Una cristiana: 09

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Capítulo IX
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Una cristiana Emilia Pardo Bazán


Facsímile de una carta a Luis Portal.

«Chacho: aquí estoy a tus órdenes en el Teixo, quinta del papá de la novia de mi tío... ¡atiza! que se llama así, no el tío, sino la quinta, a causa de un tejo colosal que según fama tiene tres pisos, tantos como la mejor casa de Orense. Como acabo de llegar no puedo decirte aún lo que opino de la novia y gente que la rodea: esta gente es el papá, una vieja que tuvo que ver con el papá, y dos niñas hijas o sobrinas de esta vieja, una de ellas ya en sazón, y que aunque se llama Cándida... en fin, punto y aparte. La futura tití es una señorita de aire elegante, con una cara que agrada si se mira despacio: los ojos buenos, y hasta buenísimos. No sé si está enamorada, pero se muestra bastante cariñosa con mi tío. Hijito, vuelvo a mi tema. ¿Concibes tú que una mujer decente y honrada (dicen que mi futura tía lo es) se case así, por casarse, con semejante hombre? ¿No habrá allá en su corazoncito una historia secreta? ¿O es que en fuerza de su pureza misma, se figurará que casarse con un hombre se reduce a salir con él del brazo?

»La cosa me preocupa, porque en poquísimo tiempo he formado de Carmiña Aldao una idea particular, gracias a informes que tomé de un fraile... ¿No sabes? Chachote, he viajado con un fraile, un fraile de verdad, un franciscano descalzo y todo. Y puso a mi futura tía en las nubes. Me dijo que era el modelo de la mujer cristiana. Esto en boca de un fraile...

»¡Si vieses qué tipo curioso es el tal Padre Moreno! Hombre más corriente, más llano, más simpático, no lo ha echado Dios a este mundo. Me tiene atónito. Ni se asusta de nada, ni es intolerante, ni rehuye ninguna conversación de las admitidas en sociedad, ni le trata a uno despóticamente, ni incurre en piadosas gansadas, ni hace cosa que no resulte cordial, discreta y oportuna. Por esto que te digo no creas que el fraile me la pega. Lo que es pegármela... Al contrario: me escama terriblemente ese mismo don de captarse las voluntades, empezando por la mía. Le observaré, y poco he de poder si no le arranco la careta. ¿Qué se propondrá ese tíos? ¿Catequizar mejor? Porque no hay duda que con un carácter y modales como los que gasta, se adquieren amigos y ascendiente. ¿O tal vez disimular propensiones no muy conformes con el sayal? Porque o es un santo o es un hipócrita, aunque de distinto corte que los hipócritas conocidos hasta el día. ¿Te crees tú, chacho, que un hombre puede vivir así, rodeado de sirtas y escollos y sin tropezar en ellos? Pase el voto de pobreza, porque he visto que en efecto no llevaba ni con qué comprar un pitillo: pase el de obediencia, porque también los militares obedecen a sus superiores; pero lo que es el de castidad... Vamos, que si lo cumple... ¿Verdad que no cuela, chacho?

»Ya supondrás que mi tío está todo lo amartelado que puede. A decir verdad, la novia se parece una ganga para él. Este señor de Aldao no tendrá mucho parné, porque dicen que es amigo de figurar, y que la quinta le consume dinero, y que el hijo casado le da sus sangrías; pero así y todo, siendo mi tío quien es, me parece que ha logrado lo que nunca debió prometerse.

»La boda será pronto: el día del Carmen. Mi tío duerme en la casa del boticario de San Andrés: yo, como no soy el novio, tengo hospedaje en el Tejo. Ya te contaré lo que ocurra. Escríbeme, chachiño, holgazán. Ahí estarás rumiando tus oportunismos y tus componendas con todo Dios y hasta con el diablo. ¡Eres más trucha! Se me olvidaba. Rompe esta carta... aunque, con tus mañas de prudencia ya habías de hacerlo sin que yo te lo encargase».

Había terminado, y hasta cerrado el sobre, por fortuna, cuando se metió campechanamente en mi dormitorio el aprendicillo de clérigo. A no mediar ciertas circunstancias que ya saldrán a relucir, no recordaría yo con tanta exactitud la silueta de aquel eclesiástico in fieri; pero conviene decir que tenía una especie de hocico de roedor, boquilla sin labios que al reír descubría los dientes careados y mal puestos, nariz roma y menuda como pico de garbanzo, unos ojos sorbidos hacia el meollo (el cual debía de ser poco mayor que el de un gorrión), tez blanca y salpicada de anchas pecas, rostro imberbe, cabellera, cejas y pestañas rojas. Podía clasificarse su tipo físico entre el del bobo de comedia y el mico malicioso. Dudaba yo si encontrarle cara de simple o de trasto. Al mismo tiempo había en él algo de persistencia de la infancia, tan a la vista, que impedía tomar por lo serio sus palabras ni sus acciones.

-¿Se baña? -me preguntó hablando en impersonal, según costumbre.

-¿Que si me baño

-En el mar, señor. En San Andrés. Porque yo bajo todos los días a la playa, y puedo acompañarle.

-Bien, convenido; nos remojaremos.

-Ya me parecía a mí que le iba a petar eso del baño. Su tío también se remoja todas las mañanas. Hace como el bacalao. Ni por esas está más fresco. ¡Gui, gui!

-Lo malo es que no tengo traje de baño.

-¡Ay! Yo tampuerco. Si es tan melindroso... Con irse a un rinconcillo detrás de unas peñas...

-¡Hombre!

-O con llevar unos calzoncillos de repuesto...

-Vamos, así pase.

A todas estas el cleriguín (mejor le llamaría el monago), se arrellanó en la silla con trazas de no despegarse en toda la noche. Yo comprendí que era preciso tomarle a beneficio de inventario, y desnudándome rápidamente, me deslicé en la cama.

-¿Tiene soneca? -preguntome Serafín arrimándose al lecho y pegándome, con la mayor confianza, un pellizco monjil en un hombro y una sobadura en los carrillos. Chillé, y por instinto devolví un coscorrón formidable, lo cual le hizo estallar en convulsiva risa: «¡Gui, guiíi gui guiíi!». Empeñose después en averiguar experimentalmente si yo tenía cosquillas, y también si tenía mimo, para lo cual me apretó fuertemente el dedo meñique. Aquella extraña familiaridad, más propia de criatura de seis años que de hombre, y particularmente de hombre que aspira al sacerdocio, ejerció sobre mí el irresistible contagio de un desprecio cómico, y en el fondo indulgente, y amenacé al monago con tirarle una bota si no se estaba quietecito. La amenaza surtió efecto; Serafín se calmó, y echándose como un perrillo atravesado a los pies de mi cama, me dijo que no tenía sueño, que lo que apetecía era charlar un poco. Le autoricé a que charlase, y nunca se cumplió programa alguno más al pie de la letra. Salió de aquella boca un río de tonterías y despropósitos, de inocentadas ridículas, mezcladas con golpes de ciencia teológica y rasgos de malicia grosera tan certeros a veces, que me sorprendían, dejando pendiente el problema de si aquel tipo era rematado imbécil o larguísimo truhán.

-Conque de Madrí... ¡Ay, qué gusto será Madrí! Yo no fui nunca. No hay cuartos para el ferrancho-ferril. ¡Cuartos! Quién los viera. Límpiate, Serafín, que estás de huevo. Y en Madrí, ¿las calles son... así... como las de Pontevedra? ¡Ca! El empiedrado será de marmole... Bueno, ¿allí también se va la gente al otro mundo rabiando o cantando, verdad? Pues entonces no les tengo miga de envidia a los madrileros. Ante la muerte todos iguales, señorito. ¿Y usté para qué estudia? ¿Para esos que hacen ferriles y viraductos y tunantes, digo, toneles? ¡Ah! Entonces tenemos que darle vucencia. Será ministro de la ministración y me hará a mí canónigo electoral, digo, lectoral. Aunque yo sirvo mejor para penitenciario, porque soy una penitencia. Y usted, aunque llegue a ser más ingeniero que el que discurrió la condenada ingeniería, no hará la carreriña de su tío. ¡Hacer!... No, su tío sabe: es peje. Nadie le saca a don Vicente Sotopeña la nata como él. Los solares ya fueron buena tajada, y ahora le alquilan la casa para correo y le pagan de alquiler un millón de duros... ¡gui, gui! luego, cuando hay eleuciones, nos viene a jonjabar a los cerdotes... bueno, a los que seguimos la sacrosanta carrera del sacerdocio... Pero lo que le dijo un cerdote amigo mío: ¡Arre allá, vade retro, exorciso te, que el liberalismo es pecado, y al que lo dude le paso por las narices la doctrina fundamental de fide, expuesta por el santo Concilio Vaticano! Aquí no somos de esos paladares estragados por salsas mestizas! ¡Gui, gui, gui!...

-¿Y tú, cómo piensas en política? -pregunté resolviéndome a tutear al monillo eclesiástico.

-¿Yo? ¿En política? No cabe en pechos nobles más que una opinión...

-Sepamos qué opinión cabe en pechos nobles.

-Pues lo diré por boca del que supo lo que se decía: Nequit idem simul esse et non esse: ¿lo quiere más claro? Yo no soy partidario de la Iglesia liebre en el Estado galgo. Quod semper, quod ubique, quod ab omnibus.

-Habla en cristiano o siquiera en gallego. ¿Eres carcunda?

-Ego sum qui sum; es decir, ¡ojo con las mesticerías y los distingos y las transacciones! A su señor tío don Felipe se lo canté muy claro; y también a don Román Aldao, que es un valiente farolón y anda lampando por el título de Marqués del Tejo, o al menos por una gran cruz. Dicen que el yerno se la trae de regalo de boda. Vanitas vanitatis, gori gori. También el hermanito de Carmiña pide teta: ese quiere la chupandina de la Administración del Hospital... creo que engordan mucho las cataplasmas...

-Cállate, que me revuelves el estómago.

-No las catará, que el cuñado le tiene tema. No hará el caldiño con harina de linaza, ni les echará en el puchero a los pobres enfermitos gallinas de boj, para figurar. El tío Felipe es de recibo. Sirve. Y vergüenza, ni tanta. Con ir a casarse y con todo, aún corre detrás de Candidiña por la era. ¿Piensa que no? Candidiña también es doctora. Ya sabe más que muchas viejas. Ne attendas fallaciæ sapientes.

-No calumnies a mi tío, miquín -exclamé impulsado por la curiosidad, pues se me figuraba que aquel bobillo, en bastantes ocasiones, no dejaba de dar en el clavo-. ¿En la misma presencia de su novia iba a andar siguiendo chicuelas?

-Sí, sí, fíese... Si viese a otros vejestorios que ya no pueden con los calzones ir detrás de la monicaca... Vium et mulieres apostatare faciunt sapientes, como dijo el otro. La Cándida les da cuerda: y no piense que es por gastar tiempo. Le digo yo que Cándida sabe donde echa el anzuelo. A Carmiña le va a salir de detrás de una berza una madrastra.

Me incorporé sorprendido.

-¿Pero y esa Candidiña, no es... no es hija de...?

El monago pegó un chillido.

-¡Gui, gui! pensaba que... (hizo ademán de juntarlas yemas de los dedos índices). No, hombre, no... Ni Candidiña ni la otra pequeña son higas de la higuera de doña Andrea... Son sobrinas... Yo conocí a su papá, que era general... digo, cabo de carabineros. La vieja cargó con ellas porque se murieron los papás. Y a fe que la rapaza... acuérdese que se lo dice Serafín Espiña... no se va tras los amoríos por la concupiscentia carnis... Esa quiere arrastrar un rabo de seda... Si vivimos hemos de ver milagros.


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