Una mata de helecho: 09

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.



VIII.[editar]

— Ya estáis mejor, caballero; se os conoce en la voz, —dijo la doncella, con el gracioso acento que aún conservan las hermosas hijas de la costa de Málaga.

— Dos cosas me habéis dicho, Moraima, —respondió el Cristiano;— que no son de igual manera verdad. Decís que estoy mejor, y es cierto; pero me habéis llamado caballero, y no lo soy, aunque hidalgo.

— Pero podeis serlo, cuando querais.

— Cuando esté armado.... Cabalmente, á eso vine por escudero del Maestre de Santiago; pues yo no queria me armasen caballero sino después de ganar tamaña honra con la espada. Dios no quiso conceder la victoria á los Cristianos....

— Dí más bien, —interrumpió Yusef, que á la sazon volvía del campo,— que los Cristianos anduvisteis harto imprudentes. Por cierto, que no era sino tentar á Allah, emprender á ciegas tan desatinada correría.... Aún no habiais salido de Antequera, y ya estábamos avisados todos los guerreros para saliros al encuentro. Si ántes no lo hicimos, fué por dejaros caer en la trampa, de suerte que no os pudieseis escapar.

— Y bien lo hicisteis, á fe. Por cierto, que, ni aun puedo decir, si el Maestre es con vida.

— Sano y salvo está.

— Entónces.... sólo siento hallarme cautivo, y no tomar el desquite en su compañía.

Llegóse Yusef al Cristiano, y le enseñó una gaviota, que, en aquel momento, volaba, casi rozando la cumbre del cerro de San Cristóbal.

— ¿Ves aquella gaviota? —dijo el Musulmán; mírala bien..... Pues tan libre eres tú.

— Gracias, Yusef... —exclamó el Cristiano conmovido;— pero yo te debo rescate.

— ¿Pagué yo alguno al Mariscal Pero Pardo de Cela, cuando me dió libertad?

— ¿Tú has sido cautivo del Mariscal?

— Como tú, caí herido en sus manos; como á tí me asistieron en el castillo de la Frouseira, en Galicia, por órden de su señor. Como yo á tí... me pusieron en libertad... Ya sabes que el Mariscal es tan altanero con sus iguales, y aun con los reyes... como blando, en general, con los que toma bajo su amparo. Supo que yo tenía madre, y era hijo único; y al punto mandó curarme, para después ponerme en libertad sin rescate. En mi convalecencia, casi puede decirse me asistió ese hermoso alano, que ahí yace á tus pies. Viendo Pero Pardo, que á todas partes me seguía el noble animal, me le regaló diciendo:

— Te doy uno de los mejores alanos que hay en España.

— Y tenia razón, —añadió Yusef,— Sil es el mejor perro de su casta que he conocido.

— ¿Y cómo no le llevas á la guerra?

— Porque no me le dieron, para que le enseñase á matar á los tuyos...

— Noble respuesta.

— No, sino la que me dicta mi sangre; —respondió Yusef,— que, según ya sabes, es tan española como la tuya... — Y si eres español, ¿cómo crees en el falso profeta?

— No hablamos de eso, —dijo el Musulmán, con ceño, y serenándose al cabo, añadió sonriendo;— bien sé que está escrito que los Cristianos han de señorear de nuevo la costa de Málaga... Para entónces, ahí enfrente nos queda la tierra de África. Durante muchos años, fueron conocidos los Beni-Lope por renegados de su antigua fé... Miéntras Yusef viva, no le ha de llamar nadie, renedo de la religión que heredó de su padre.

— Pero, ¡desdichado! —exclamó Juan de Silvela,— ¡no ves que gate condenas de seguro!

Sonrióse amargamente Yusef, y añadió:

— El Mariscal Pardo de Cela me propuso lo que tú, pero al oirme la propia respuesta que te acabo de dar, no trató de ofenderme de nuevo.

— ¿Te ofendo?

— ¡Mortalmente!

— Callo, pues.

Hubo breve momento de silencio. Fátima, que no entendia sino palabras sueltas, hilaba, sin decir palabra. Moraima, sentada en un cojin á los piés de su madre, tenia los ojos clavados en el suelo, miéntras jugaba distraída con las puntas de sus rubias trenzas, que por hombros y pecho la caian, viniendo de atrás adelante.

— Sólo siento, —dijo al fin Yusef,— no poder darte algo, que te recuerde nuestra casa. De Galicia traje yo un fiel alano. De Málaga, ¿qué podrías tú llevar?...

Yusef entró en la casa, y Juan de Silvela puso los ojos en Moraima; esta alzó los suyos tambien, y ambos permanecieron largo rato mirándose, como, en noche de verano, devuelve el sereno espejo de la bahía de Málaga sus rayos á la luna, que sin cesar riela en el apacible ondéo de las aguas.


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