Una moda que no cundió

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Los matrimonios aristocráticos o de personas acaudaladas se celebraban en Lima con muchísimo boato, allá en los tiempos del rey. Otro tanto pasaba con los bautizos.

En el oratorio de la casa de la novia se adornaba el altar con profusión de flores y de luces, y a las ocho en punto de la noche efectuaba la nupcial ceremonia un canónigo de la Catedral, el prior de alguna de las comunidades, o el capellán de la familia, cuando no era cleriguillo de misa y olla, salvo las rarísimas ocasiones en que el arzobispo santificaba la unión. Sabido es que las personas de copete compraban el derecho de oír misa en casa y de mantener capellán rentado, amén de otros privilegios como los que tuvo el marqués de la Bula, y que han servido de tema para una de nuestras tradiciones precedentes.

A la ceremonia religiosa seguía, no un saragüete, propio de gente de poco más ó menos, sino un espléndido sarao que terminaba después de las doce de la noche. Por esos tiempos no se estilaba que los novios desapareciesen, como por escotillón, para ir á dar el primer mordisco al pan de la boda en una pintoresca casa de campo ó en uno de los elegantes balnearios vecinos á la ciudad. A lo sumo, después de despedidos los convidados, los cónyuges se hacían conducir en calesa á la casa en que iban á establecer el nuevo hogar.

En los antiguos libros parroquiales abundan las partidas de matrimonio en que el cura declara que sirvieron de testigos fulano y zutana, y que los padrinos de los contrayentes fueron san José y la Virgen. Tal era la fórmula de todo matrimonio entre pobres de solemnidad, hasta que el señor Benavente, primer arzobispo republicano, la declaró abolida. Ese compromiso menos tienen ahora san José y la Virgen.

Doña Angela Zeballos, esposa del virrey Pezuela, se propuso singularizarse rompiendo de golpe y zumbido con la secular manera de hacer los matrimonios. Por lo menos había resuelto que sus hijas, si casaban en Lima, lo hiciesen diferenciándose de sus paisanas.

En 1817, derrotado por los patriotas de Chacabuco, regresó el brigadier Osorio, y para consolarse del agravio que Marte le infiriera negándole laureles en el campo de batalla, se propuso cosechar mirtos en los dominios de Venus y de Himeneo. Ya era tiempo, pues su señoría el general frisaba en las cuarenta y siete navidades.

El 14 de Agosto de 1817 circuló entre la aristocracia limeña una esquela que á la vista tengo y la cual, copiada (ad pedem litterae dice:


Con El. Brigadier don Mariano Osorio, se casa dona Joaqui-
na de la Pezuela y Zeballos. Los padres de ésta se lo comunican
a usted esperando los acompañe en su satisfacción.


Nada de particular ofrecería la esquela si no la hubiese comentado don Manuel Joaquín de Cobos, regidor del Cabildo de Lima, encargado de la policía de la ciudad, personaje á quien estuvo dirigido el ejemplar que conozco.

Ese don Manuel Joaquín de Cobos fué autoridad muy popular, y poseo una acuarela de Pancho Fierro que lo representa en traje de cabildante, con sombrero de tres candiles, bastón con borlas y espadín. Su señoría era gran devoto de las musas, y conozco de él un romance titulado Mi testamento, en el cual dice que és:

hijo de un macho y de una hembra,
de cristiano matrimonio,
porque en mi tierra, á Dios gracias,
no se la pone el demonio.


Pasaba don Manuel Joaquín por derrochador de agudezas de ingenio^ y cuentan que en 1815 casi anduvo á estocadas con el conde de Casa Dávalos, porque habiéndole llegado de España a un hermano suyo, que era todo un bobo de Coria, la cruz de Carlos III, le dijo á aquél el señor Cobos en plena tertulia de cabildantes:

—Felicite usted de mi parte á su hermanito por la semejanza que con Nuestro Señor Jesucristo le ha dado el rey nuestro señor.

—No sé— contestó el conde, que era hombre de malas pulgas— en qué pueda parecerse mi hermano al divino Redentor.

—Hombre, en que a Jesucristo le dieron también una cruz... y no la merecía.

—Usted, señor regidor, usa por lengua una cuchilla— le contestó el condesito, volteando la espalda y enviándole después a sus padrinos.

Entiendo que la sangre no llegó al río.

Dice el comentador de la esquela que, como de costumbre, se comió el 15 de Agosto en palacio á las cinco de la tarde; que la familia se levantó de la mesa á las seis, trasladándose al salón de ceremonia, donde damas y caballeros de lo más empingorotado de la ciudad esperaban á los novios; que pasaron los asistentes a la capilla de palacio, en la que el arzobispo Las Heras bendijo la unión, funcionando como padrinos los padres de la joven; que, terminada la ceremonia en vez del sarao que el concurso se prometía, empezó doña Angela a rezar en voz alta un rosario, con las obligadas oraciones de apéndice, a todo lo que la sociedad hizo coro; que concluido el rezo, los recién casados y los padrinos subieron al coche de gala, encaminándose al teatro, en el cual se daba aquella noche una famosa comedia de vuelos, la que terminó antes de las once; y por fin, que regresados a palacio, se cenó en familia... y todo el mundo a la cama.

Ya se imaginará el lector que esta singular manera de hacer una boda no cayó en gracia a la créme limeña, y que ello fue la comidilla de todas las conversaciones, en las que a doña Ángela se la ponía como a hoja de perejil.

Tres meses después, en la Pascua de Diciembre, la viuda del marqués de Mozobamba del Pozo casó a una de sus hijas,habiendo repartido entre sus invitados la siguiente esquelita, que parece un sinapismo cargado de cantárida aplicado a la virreina.

La Marquesa de Mozobamba del Pozo convida a usted al
matrimonio de su hija Mercedes con el Doctor Don Faustino de
La Cueva y Salazar, a las ocho de la noche del día 25,-
previniéndole que no habrá rosario.

Bien dicen los que dicen que de pequeñas causas nacen grandes efectos. Desde la noche del casamiento de su hija Joaquina, empezó la impopularidad del virrey Pezuela, a la que puso término el motín de Aznapuquio, que expulsó del país al representante de la corona.