Una voz

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Una voz
de Emilia Pardo Bazán



No se sabía nada de aquel atrevido hidalgo aventurero que, con propósito de mejorar de fortuna, emprendió viaje a las Indias, dejándose en el dormido poblachón castellano a su mujer, doña Claudia, hermosa y moza, y a dos hijos, muy pequeños entonces, pero que irían creciendo y sería preciso establecer. Y la esposa, desamparada, se marchitaba en la soledad tétrica del caserón solariego, labrando e hilando, en compañía no más de una dueña caduca, que daba vueltas al huso entre sus dedos secos como sarmientos negruzcos, y gemía bajito, porque la acuciaba el reuma, metido en los huesos y mal cuidado.

Los niños pudieran ser la única alegría de la abandonada; pero como nunca un mal viene solo, los niños antes daban pena que gusto, por ser el mayor corcovado, y la segunda una especie de pájaro antojadizo, que no guardaba el recato indispensable desde la niñez a las damas, y escapándose de casa todo el día, por la noche volvía rota y cubierta de polvo y briznas de paja, pues se pasaba las horas jugando al toro y a la rayuela con la chiquillería en las eras del trigo. Era inútil que su madre la reprendiese y aun la castigase; era tiempo perdido el intentar encerrarla. El mismo afán de libertad vagabunda y de horizontes anchos que realmente había arrebatado al padre del hogar, sacaba a la hija de su morada grave y llena de nostalgias, empujándola al correteo, a la actividad, a la travesura. Tenía ya diez años y no acataba a su madre.

Y no venían noticias. Doña Claudia, poco a poco, desmerecía; su cara de rosa mañanera se había vuelto del color de los ciriales. Sentimientos extraños, indefinibles, la obligaban a suspirar por la tarde, a la misma hora en que don Juan de Meneses, su dueño y señor, había partido. ¡Siete años sin escribir, sin dar razón de sí! Probablemente ya no estaba en este mundo... Y ante la hipótesis, no sabía la esposa si era pena, si era un incomprensible alivio lo que experimentaba allá dentro... ¡Y no existía manera de cerciorarse! Aquellos países tan lejanos, todavía semifantásticos, se tragaban a la gente; la huella se perdía; podía ser el mar, podía ser la macana del salvaje... Ninguno de los que regresaban había oído hablar de don Juan de Meneses. La señora, cada día más descolorida, cada día más cansada, hilaba lentamente, lentamente, cual si la lana merina que iba retorciendo fuese su propia vida, gris, dolorosa, sombría, como los aposentos de desconchadas paredes y carcomido mobiliario.

Cuando salía a misa temprano, muy rebozada en su manto de tafetancillo, raído y gastado en los dobleces, notó doña Claudia que un hombre la seguía, la miraba, buscaba sus ojos, la ofrecía el agua bendita. Y era garrido; era el hermano del cura, muchacho galán, bachiller de Salamanca... El corazón de la dama se sobresaltó de inquietud, de miedo a querer, a esperar felicidades.

Por efecto de este mismo terror, desde el anochecer atrancaba la puerta y cerraba las maderas de las ventanas, defendidas por rejas de curiosa labor, como si las tales rejas la atrajesen, y evitase la tentación de asomarse a ellas a la hora en que la luna arranca esencias a las flores y desasosiega las almas solitarias y melancólicas...

Algunas noches creía oír que una pedrezuela rebotaba contra los hierros. Entonces se arrebujaba en las sábanas. Mas fue lo peor que por las tardes una canción enamorada, entonada por una voz juvenil, empezó a venir de las verdes eras, a espaldas del caserón; y no sería gañán el cantor, porque nada se diferencia como las voces de los gañanes y las de los caballeros... Caballero y enamorado debía de ser quien así cantaba, y doña Claudia, temblorosa, escuchaba aquellas finezas, quejas y conceptos... Escuchar no es pecado; y, por otra parte, ¡si su señor no viviese ya! Si allá, en las malsanas regiones, una cuartana, un mal pernicioso, una herida...

Fue la vieja quien acabó de quitar escrúpulos. No se sabe por qué, tal vez por guisar lo que ya no pueden comer, las viejas adoban untos de amor, del amor que es para ellas paraíso perdido...

-Salí a la reja, mi señora, que está el galán, que habrá que valerle con la Santa Unción si vos no le valéis...

Y como doña Claudia alegase una vez más sus deberes, afirmó la dueña:

-Muerto es mi señor, tan muerto como mi abuelo, que Dios haya... A fe que su alma se me ha aparecido ya dos o tres veces pidiendo misas... Sí, para misas estamos; así tuviésemos que yantar en abundancia...

Quedó la bruja en concertar la entrevista en la reja. La tarde de aquel día doña Claudia pareció animarse, como si tuviese fiebre de gozo. Se rizó el pelo y se colgó una patena de oro, puliéndose las manos y esparciéndose esencia de clavo en las ropas. Su hijo, el corcovadito, que tenía muy despejado entendimiento y comenzaba a estudiar latín, la miró con admiración y recelo. Las ánimas soñaron en la iglesia mayor. Y, al mismo tiempo que el toque solemne, se oyeron las rebotadas de un caballo, el choque de sus herraduras sobre los desiguales guijarros de la calle, y en el portón, que la dueña acababa de cerrar, sonó un aldabonazo grave, violento, enérgico, de amo de casa... Doña Claudia palideció y juntó las manos... No se sorprendió, sin embargo, poco ni mucho. Lo encontraba natural: algo allá, en lo recóndito de su conciencia, no cesaba de repetir que don Juan vivía. Bajó las escaleras con piernas trémulas y ordenó a la dueña que alumbrase, que abriese. Despavorida, la vieja obedeció. El candelero de azófar oscilaba en sus rugosas manos. -¡Válgame Nuestra Señora! ¿Y quién es que así aporrea? -preguntó malignamente.

Porque don Juan venía desfigurado, era otro. Moreno como un puchero de barro, grises las barbas y asimismo el cabello, cubierto un ojo con una viserilla a lo Éboli -se lo había vaciado una flecha-, apenas le reconocía su esposa, sublevada de pronto, ansiosa de negar que aquel pudiese ser su dueño... Pero don Juan habló..., y la voz... ¡la voz!, ¡lo que perturba, lo que cautiva, lo que engendra odio o ternura, confirmó la identidad del marido!...

-Seáis bien hallada, doña Claudia... Marché sin dineros y vuelvo rico. Nuestra casa va a recobrar su esplendor. ¡Hermosa os encuentro! ¿Y mis hijos?

-Viven, señor, están sanos; subid -murmuró la dama, dejándose estrechar por el recién llegado.

Subieron. Detrás del hidalgo venía un escudero sobre una mula, y en pos otra mula de bagaje, abrumada de cajas y cofres atestados de riquezas, oro, plata y pedrería.

-Si me avisaseis, hubiese ido a Sevilla a recibiros.

-¿Avisar? No es de cuerdos. ¡Conviene a todo varón prudente llegar sin que le aguarden!

Y sonrió un poco, porque veía satisfecho que todo estaba bien en orden, y su casa al anochecer cerrada y muda, como conviene al decoro y al recogimiento. La virtud se mostraba en todo, hasta en la humilde y escasa cena que poco después le sirvieron, excusándose... Carnero, una ensalada...

-Ahora tendréis más rica mesa, doña Claudia, y vestiréis terciopelos, y os colgaré arracadas y patenas mejores que esa mísera. Y habrá servidumbre, y plata en que comer y tapices para las paredes, y mi hijo será un gran señor, como cumple a su linaje. A mocedad trabajosa, honrada vejez. A descansar vengo, y a disfrutar de lo ganado...

Al otro día no se hablaba en todo el pueblo sino de la gran suerte de doña Claudia. ¡Tales magnificencias traía el indiano! Y la envidia sustituyó a la lástima.

¡Bien se podía aguardar y sufrir, a trueque...!

Sólo ella misma sabía por qué su espíritu andaba más acongojado todavía que antes... Era que echaba de menos una voz y una canción.