Viaje en las regiones septentrionales de la Patagonia/II parte Capítulo IV

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CAPITULO IV.
Costumbres.—Toldos de Huincahual.—Toldo de Jacinta.—Nombres de hombres, de mujeres i de perros.—Forma de un toldo.—Visita de Quintunahuel.—Ebriedad.—La corneta de Chiquilin.—Familia del tio Jacinto.—Amabilidades de mama Dominga.—Celestíno Muñoz i sus hazañas.—El muchi.—Llegada de Huincahual.—Llegada de Inacayal.—Soi su secretario.—Cartas.—Ceremonia.—Borrachera.—Diferentes escenas.—Dia despues.—Tahilmar.—Visita a Paillacan.—Pascuala.—Cargos de Paillacan.—Mis peones.—Tiro al blanco.—Rapacidad del cacique.—Un caballo por una corneta.—Despedida


25 de febrero.—Al amanecer ya estábamos en pié, como era en el mes de febrero, el sol se asomó mui temprano. Al alba ya se habian despertado los indios: mujeres i hombres, se fueron al rio a lavarse. Las gallinas i gallos animados por el frio penetrante de la mañana, se entregaron a brillantes carreras con los perros, i a cada rato atravesaban por nuestra cama. No hubo remedio, fué presiso levantarse tambien. Las mujeres volvieron con sus cámaras de agua, encendieron el fuego i pusieron a calentar las ollas, porque la primera cosa en que piensan los indios al levantarse, es en comer.

Antileghen vino a sentarse junto a nosotros, i platicando nos nombró i dió informes sobre todas las personas que vivian en la toldería.

La homojeneidad de raza i de idioma que habiamos reparado en los toldos de Huentrupan, habia desaparecido aquí. Huincahual, el viejo cacique es Pehuenche, tuvo de una mujer ya muerta, i que era de raza pampa, dos hijos; uno que vive en las orillas del Limai, e Inacayal que goza de mucha consideracion aquí i en toda la pampa. De otra mujer que actualmente existe, tambien de raza pampa, tiene dos hijos i dos hijas: Marihueque i Chiquilin, son los hombres, Llanculhuel i Nalcú, las dos mujeres. Tiene ademas otra mujer Pehuenche, que no le ha dado hijos. Marihueque es casado con una mujer Pehuenche.

En el toldo vecino viven: el viejo Jacinto, nuestro antiguo conocido, sus dos mujeres, Manuela i Dominga, sus tres perros pelados i en fin Celestino Muñoz, el dragon. En el toldo vecino de Huincahual situado a la derecha, Antileghen, i su familia. Mas cerca del Caleufu, mocetones de Antileghen i sus familias: en los últimos toldos, los mas distantes del rio, en uno Incayal i sus dos mujeres, Gabino Martinez i su mujer i en otro un Tehuelche llamado Agustin, casado con una Tehuelche: i su hija, niña de diez i siete a diez i ocho años, llamada Ninun. Antileghen nos dió todos los nombres que jeneralmente, son compuestos de dos palabras, cuyo conjunto unas veces ofrece una significacion, otras no, pero jeneralmente las terminaciones son las siguientes: Laufquen, leuvu, nahuel, pagi, gúrú, huala, ñanco, esto es, mar, rio, tigre, leon, zorra, pato, aguilucho.

El hijo de Paillacan se llama Quintunahuel (Cazador de tigres) de Quintun significa, aguaitar, i Nahuel, tigre. Uno de los nietos de Huincahual, se llamaba Quintuñanco (Cazador de aguiluchos). El nombre de un hijo de Inacayal, era Milla-leufu (Rio de oro). Aquí debo hacer notar una equivocacion del padre Febres, en su gramática chilena, al decir que estos terminaciones arriba citadas, indican el linaje. Quintunahuel era el segundo hijo de Paillacan, i el hijo mayor se llamaba Foiguel: nada hai de comun entre estos nombres que corrobore la asercion del padre. Una cosa que repara el Padre Febres i esta vez con mucha justicia, es que sí se llaman en los coyngtunes o parlamentos con sus nombres enteros, en sus pláticas familiares, solo lo hacen con la primera palabra i una sílaba o letra de la segunda, lo que confunde al principio, a los que son pocos vaqueanos; v. ig., vucha-lau por vuchalaufquen, mar grande; grande se dice igualmente vuta o vucha; Milla-leu por milla-leufú, rio de oro, curuñ por curuñanco, aguilucho negro. Otros nombres no pudieron esplicármelos los lenguaraces.

Una cosa estraña, es que dan a sus perros, nombres españoles. El tio Jacinto tenia tres horribles perros de la raza china; se llamaban, Molina, Chapago i Jaramillo.

En cuanto a los mujeres, debo decir, que nunca oi llamnr a una mujer casada por su nombre, pero sí a los niñas solteras. Preguntando la razon de esto a Gabino Martinez, me contestó: que no valia llamar a su mujer por el nombre, que él no sabia el nombre de la suya, i que cuando la llamaba, le decia Eymi, que significa tú, en lengua de indio. Las hijas del viejo Huincahual se llamaban; Llancahuel la mayor i Nalcu la menor. Pero el mismo Gabino Martinez, me dijo que no le parecia bien que un estranjero, llamase a una china por su nombre: por esa razon nosotros siempre les dirijiamos la palabra llamándolas lamuen, hermana.

Inacayal como hemos dicho, estaba ausente cuando llegamos, i tambien el viejo cacique.

Los toldos del Caleufu esteban alineados perpendicularments a la direccion del rio, la abertura dirijida al Este. La construccion es mui sencilla; cinco o seis palos de dos o tres metros de largo, plantados en línea, forman el frente; detras de cada palo de la fachada viene otra línea de estacas mas bajas, en mayor o menor número, segun la profundidad que se quiere dar al toldo; estos palos constituyen las paredes; que atadas sus cabezas con lazos, forman una armazon, encima de la cual se pone un cuero que, para seguir la comparacion hasta el fin, sirve de techo. La abertura es dirijida al Oriente, porque el viento viene siempre del Oeste, i los indios duermen con los pies apoyados en el fondo. En cada toldo viven una o dos familias: tomemos por ejemplo, la distribucion interior del toldo de Huincahual: a la derecha, primera separacion, en que duerme la primera mujer de Huincahual, en seguida, la segunda mujer, despues, niños sin distincion de sexo, Chiquilin soltero; i en fin, en el último compartimiento, Marihueque, su mujer i dos niños. El toldo se desmonta facilmente como que así debe ser, para indios que cambian frecuentemente de residencia.

Cada vez que los ganados i las caballadas, han consumido el pasto del lugar que habitan, se desentierran las estacas, que son siempre las mismas, i pasan de los padres a los hijos, porque son mui escasas en la pampa, i principalmente palos derechos, como los que se necesitan para ese uso; se arrollan los cueros, i el toldo hace la carga de un caballo, los otros utensilios i objetos menudos, se cargan en otro caballo i se ponen en marcha: llegados al lugar que han escojido, en pocos momentos instalan otra vez su casa ambulante.

Adentro se cuelgan, en los ganchos de los palos, las varias cosas del menaje. Las chinas guardan sus utensilios de toillete en sacos de cuero a manera de carteras, o en canastas hechos con las ubres de las vacas. Allí están los jarritos en donde tienen las tierras con que se pintan la cara; no usan peines, pero sí escobillas, hechas con pajas tiesas i delgaditas, que solo alizan el pelo i de ninguna manera limpian la cabeza, que tanto lo necesita esa jente.

A la tarde llegó Quintunahuel el hijo de Paillacan. Venia mandado por su padre para decirme, que me fuese a vivir a los toldos de Lalicura, que me esperaba con impaciencia. Paillacan era pobre, i miéntras mas pobres son los indios, mas exijentes son; i conocida su rapacidad, contesté a Quintunahuel, que iria, pero cuando hubiese llegado Inacayal para quién traia cartas. Se fué llevando algunos regalos; antes de marcharse me pidió algunos cohetes, a fin de que pudiesen divertirse los que estaban tomando aguardiente en los toldos de su padre.

Al anochecer volvieron Marihueque i Gabino Martinez completamente ebrios. Entre jente cristiana, la mujer nunca deja de reñir a su marido, cuando vuelve ébrio a su casa; aquí no. Las chinas estan acostumbradas a ver frecuentemente a sus maridos, en guerra abierta con la temperancia i el equilibrio; i lejos de reñirles, los atienden mucho, les traen pellones para que se acuesten, les desensillan el caballo i procuran hacerlos dormir; tampoco tendrian el derecho de reconvenirlos desde que ellas mismas, son tan aficionadas al aguardiente i suelen acompañar a sus maridos a beberlo.

La noche era magnífica, el horizonte relucia con los fuegos encendidos por los indios que andaban boleando huanacos en las lomas lejanas. La bóveda celeste resplandecia con millones de estrellas.

Tendidos en nuestra cama, no podiamos dormir, a causa de los ladridos continuos de los perros, i nos pusimos a estudiar astronomía en el libro que teniamos encima de nuestras cabezas; miéntras tanto el jóven Chiquilin nos ensordecia tocando una maldita corneta, ocupacion a que se daba todas las noches, hasta mas de una hora despues que todos se habian acostado; con él se concluia el ruido, i la tolderia se entregaba al sueño: nosotros, ménos aconstumbrados que ellos a los ladridos de los perros, i a las multiplicadas caricias de ciertos bichitos asquerosos (pediculus); no nos dormiamos sino mui tarde.

Los perros son de cria de galgos un poco mezclados; es la única clase de perros que podria correr al huanaco o al avestruz.

26 de febrero.—Inacayal no habia llegado, i tampoco Huincahual. Esperándolos pasábamos el tiempo conversando con Celestino Muñoz en el toldo del viejo tio Jacinto.

Los habitantes de este toldo eran siete: el tio Jacinto, sus dos mujeres: Manuela i Dominga, Celestino Muiïoz, el dragon, venido como chasque de Patagónica, i los tres ilustres perros de Jacinto, cuyos nombres no echará en olvido esta verídica historia: se llamaban, Chapago, Molina i Jaramillo. El tio Jacinto era hombre de edad, tenia una cara de mui buena espresion, de cuerpo mas bien gordo que flaco, hablaba castellano, i habia hecho muchos viajes a Patagónica; hombre de carácter mui tranquilo, el tio Jacinto no debia ser mui terrible en los malones: preguntándole un dia, cuantos habia presenciado en su vida, me contestó que ninguno; En el jenio belicoso de los indios, el tio Jacinto debia ser el único de su especie. Repartia sus afecciones entre sus dos mujeres i sus perros. Estas dos compañeras no le habian dado ningun hijo. Manuela atacada de elefantiasis, tenia las piernas enormes, i Dominga que parecia ser todavia la primera en las afecciones del viejo tio, descendia de los indios que vivieron cerca de la mision de Nahuel-huapi, i era de humor vagabundo; a cada momento montaba a caballo, i salia acompañada de Jacinto, que se enorgullecia, como Artaban, andando al lado de su sultana favorita. Mas de una vez, a la vuelta de esas espediciones, la mama Dominga me puso en espinas con su jenerosidad. Un dia volviendo de Huechu-huehuin, traia dos cargas de manzanas i guardadas en el seno unas cuantas escondidas para regalar; se apeó, entró al toldo, se sacó los sumeles (botas), en seguida se pasó delicadamente los dedos de las manos por entre los de los pies para limpiarlos, i acto continuo, introdujo la mano al seno i sacó dos manzanas, que yacian sumerjidas en la profundidad de sus sobacos; me las pasó con mucha urbanidad, diciéndome al mismo tiempo: tomá, comé, mui dulce, i no obstante, lleve el heroísmo hasta aceptarlas. Se podia componer un libro entero, con las ideas estrambóticas de Dominga en materia de aseo i limpieza. No lavaba los platos ni las cucharas de palo que habian servido, sino que lamia todo con la lengua. Pero tambien digamos en su honor, que Dominga tenia un talento particular para tejér ponchos i frazadas.

Celestino Muñoz, el dragon, era un zambo mui simpático; sin tener mucha instruccion, estaba dotado de un buen sentido extraordinario, i nos asombraba muchas veces, cuando contestaba con tanto tiño a nuestras preguntas.

Era hombre que contaba algunas hazañas en su vida. Nacido en Mendoza, habia ido mui jóven hasta Buenos-Aires, en donde ejercia la profesion de cochero; habia hecho unos viajes a Santiago de Chile, i espresaba con mucha orijinalidad todo lo que habia reparado en sus peregrinaciones. Pero un dia en Buenos-Aires, le faltó la paciencia de que no estaba dotado en sumo grado, i dió una elegante puñalada a un borracho que le arrojó a la cara el contenido de su vaso, porque rehusaba tomar con él, i por este momento de olvido, nuestro amigo Celestino, fué condenado a servir tres años como soldado, en la guarnicion de Puerto-Cármen o Patagónica. Pero, como fuera de su poca paciencia, tenia mui buenas prendas, Celestino se habia granjeado en poco tiempo la consideracion de sus jefes, i siempre se le mandaba como chasque, en misiones de confianza. Habia recorrido todas las costas de Patagónica i las conocia perfectamente. Me contó que una vez habia sido mandado para llevar auxilio a unos náufragos, que se decia, habian sido echados a la costa con el buque, i privados de todo recurso, estaban a mas de treinta o cuarenta leguas de Puerto-Carmen. Él i otro soldado tuvieron la suerte de encontrarlos casi muertos de hambre; los fortalecieron con víveres que llevaban cargados en caballos i los condujeron hasta Patagónica. Celestino me dijo que esos náufragos hablaban ingles, pero no pudo decirme si eran ingleses o norte-americanos. Por este hecho no obtuvo recompensa alguna; probablemente porque esta acción, que honra tanto a nuestro Celestino, fué ignorada del cónsul Americano o Ingles, o quién sabe si Celestino tuvo el trabajo i otros el provecho. Se habia hallado en varios combates con los indios de la pampa i era mui entretenido oirle contar sus hazañas, Miéntras que conversábamos juntos en el toldo del tio Jacinto, éste, para honrar dignamente a sus huespedes, mandó a Dominga que preparase un plato de muchi[1]. El muchi es un fruto pequeño, de color violado cuando es maduro; tiene un hueso bastante grande en comparacion del fruto, pero la cáscara tiene un gusto a corteza de limon mui agradable; restregando los frutos con las manos cae la cáscara en un plato donde hai agua, i él todo mezclado dá un licor de color violado, bastante sabroso. Por fortuna, se nos sirvió a cada uno en platos apartes, porque quién sabe si la vista de lo que pasó despues, nos hubiéra puesto en la imposibilidad de tomar el licor en el mismo plato con el tio Jacinto i sus dos mujeres. Los tres se habian puesto al rededor de un gran tiesto con muchi; se echaban puñados de cáscaras a la boca, chupaban el jugo, i las escupian otra vez en el plato; mezclaban otra vez el todo con las manos, i volvían a echarse a la boca otro puñado, í así siguieron hasta haber agotado enteramente el jugo que pudieron dar las cáscaras.

A la noche comimos como de costumbre carnero asado, i nos fuimos a dormir.

27 de febrero.—Este dia como a las doce, llegó el viejo Huincahual con su segunda mujer. Tenia un sombrero de paja i un poncho; de léjos parecia un honrado campesino que venía de dar una vuelta por su hacienda acompañado de su esposa. Traia manzanas en sacos, i luego que se apeó, mandó que se le trajese una piedra pomez para hacer chicha; restregaba las manzanas contra lo aspero de la piedra, i lo molido caia a un cuero; en seguida, tomaba puñados i se los echaba a la boca, esprimia el jugo i arrojaba el resto.

Despues de haberle dejado los primeros momentos, me acerqué a él i trabé conversacion, con la ayuda de Gabino Martinez que me servia de lenguaraz. El viejo me recibió bien, pero me dijo que no podia contestarme nada de decisivo ántes que llegase Inacayal.

28 de febrero.—A la noche volvió Inacayal de su visita a los toldos de Huitraillan, pero como llegó mui tarde, fué preciso aplazar la conferencia para el dia siguiente.

Al amanecer nos juntamos bajo la ramada enfrente del toldo, Inacayal, su padre Huincahual i yo.

Inacayal me agradó al momento, tiene el ademan franco i abierto, la cara intelijente, i sabe algo de castellano; de cuerpo rechoncho pero bien proporcionado. Le dije que habia sentido mucho, no haberle visto en mi primer pasaje por las orillas del Quemquemtreu; que lo que habia oido hablar de él, me habia inspirado mayor deseo de conocerle, i tenia la esperanza que me llevaría consigo hasta Patagónica. Me contestó que lo haria con mucho gusto, porque podia servirle en calidad de secretario en sus negociaciones con el Comandante de Patagónica, i diciendo esto mandó que le trajeran las cartas que habia recibido de ese pueblo.

Los indios, una vez que reciben cartas, las dan a leer a todo recien llegado, sea para enterarse bien del contenido, o para ver si no se les ha ocultado algo. Juan chileno que habia llegado en la mañana, traducia frase por frase lo que leia. La carta era del coronel Murga, entonces Comandante de Puerto-Cármen. Convidaba a los indios a que fuesen al Cármen con el objeto de hacerla paz. Para inducidos, mandaba la lista de los regalos que habia recibido del gobierno central para recompensar a los caciques; al mismo tiempo adjuntaba una carta del Ministro de la Guerra de la República Arjentina, en que les decia que tuviesen entera confianza en las palabras del coronel Murga, porque le habia delegado plenos poderes para tratar.

Añadamos en honor de nuestro amigo Celestino Muñoz, que el coronel en su carta encargaba a los indios que tuviesen muchos miramientos para con él. Leídas las cartas, las puso Inacayal en un pedazo de tela, las ató con, un cabo de lana colorada, i las guardó hasta la llegada de otro que supiese leer, i cuya lectura iban a oir los indios quizas por la vijésima vez.

Hice regalos a Inacayal. Juan chileno regaló tambien al cacique un barril de aguardiente, que yo le habia cambalachado en Arsquilhue por un caballo. En la tarde, el viejo Huincahual se ató la cabeza con un pañuelo nuevo i se puso su mejor poncho para presidir la ceremonia de la abertura del barril. El sol estaba a punto de ponerse. Hueñupan, elevado a la dignidad de maestro de ceremonias, fijó tres lanzas en el suelo como a cincuenta metros de los toldos. Huinicahual convocó a os hombres de lanza de la toldería, i teniendo cada uno su cacho se presentó para beber. El viejo entonces rodeado de sus altos barones, se acercó a las lanzas; todos tenian la cara hacia el oriente. Huincahual salpicó con aguardiente los mangos de las lanzas, i lanzó algunas gotas en la direccion del Este, hablando entre dientes. Cada uno de los asistentes hizo lo mismo, i en seguida habiendo bebido lo que sobraba en los cachos, se volvieron a los toldos. Hueñupan sacó las lanzas de tierra, i el caciqüe le mandó que fuese a esconderlas, así como tambien los boleadores, i todo lo que pudiese servir de arma ofensiva. Es una precaucion mui natural, porque una vez ébrios los indios, ya no saben lo que hacen. Dominga, mujer de mucha prudencia, nos dijo, soltando la fea palabra con que siempre adornaba el principio de sus frases: que escondiesemos tambien los cuchillos que llevabamos en la cintura.

Se habia mandado chasques a los toldos vecinos, para anunciar la buena noticia. Llegaron los indios, i principió la tomadura. Todos estaban sentados en el suelo, formando círculo al rededor de Huincahual, que presidia la ceremonia. El anciano se habia puesto en la cabecera de su cama, a fin de poder facilmente tocar retirada, si el aguardiente le subía a los sesos. Inacayal estaba a su izquierda, Jacinto, el mayor en edad despues de él, estaba a su derecha. Ala izquierda, de Inacayal, estaba Agustin el Tehuelche, en seguida las chinas. Porque éstas que casi nunca van a tomar a otros toldos, toman su desquite, cuando la fiesta se celebra en los toldos en donde viven. Al frente de Inacayal estaban sentados Gabino Martinez i Celestino el dragon; por órden del cacique tomé yo mi asiento en el centro, para tocar el flageolet. Despues del naufrajio, lo habia regalado a Antileghen, pero los indios son como los niños, tienen ganas de todo, i una vez en posesion del objeto, no hacen mas juicio de las cosas. Antileghen habia cambiado el flageolet por la guitarra que tenia Quintunahuel, i éste no pudiendo tocar el instrumento, me lo volvió sin dificultad. Me coloqué en medio del círculo con mi flageolet, Lenglier se sentó en el ángulo formado por la linea de los hombres, i la de las chinas. Algunos indios atrasados que iban llegando, formaron otro gran círculo bajo la prolongacion de la testera del mismo toldo. Traido el barril, del cual se habia sacado un poco reservadamente para satisfacer la sed del dia siguiente, Huicahual echó aguardiente en un plato i principió por pasar licor a los asistentes en un pequeño cacho. Despues, una vez animada la cosa, Inacayal ponia a los pies de cada uno un jarrito de aguardiente, con el cual cada asistente obsequiaba a su vecino. Entónces todos se soltaron a hablar sin escucharse; la confusión llego a ser jeneral. Unos hablaban Araucano, otros Pampa, otros se interpelaban en la lengua ruda de los, Tehuelches. Se hubiera dicho que quebraban nueces entre los dientes. Al fin los mas eruditos ponían en relieve sus conocimientos en la castilla, como suelen ellos llamar a la lengua castellana. Las mujeres no se quedaban ociosas. La mujer de Agustín cantaba palabras inintelijibles en un tono monótono i lento. Su hija aprovechaba la vecindad de Lenglier, que es mui fumador, i la ebriedad de su madre, para entregarse sin reserva a las delicias de numerosas cachimbas que su vecino se esmeraba en no rehusarle. En tanto, yo permanecia impacible i seguia modulando diferentes tocatas en mi flageolet, sin que los bárbaros manifestasen la menor emocion por los acordes de mi sonoro instrumento, que interpretaba sucesivamente los mejores trozos que el dios de la música inspiró a Meyerbeer i Rossini.

Ebrios los indios sé pusieron a fumar. Una pipa bastaba para una docena; cada uno echaba dos o tres pitadas i se tragaba el humo. Pera el dueño de la pipa nunca se separaba de ella; la presentaba apretándola fuertemente entre los dedos, si la hubiera dejarado un rato, no la habria visto mas. Al fin, al cabo de una hora, la orjia había llegado a su apojeo. El viejo Huincahual, creyéndose en medio de un numeroso parlamento, hacia discursos magníficos que nadie escuchaba; Inacayal se había juntado con Celestino i Gabino, trataban de altas cuestiones de política, relativamente a la actitud que debian tomar los indios para con el Gobierno de Buenos-Aires. Agustín contemplaba a su mujer, cuya voz principiaba a faltarle en la garganta, i que la reemplazaba por el movimiento de dos grandes brazos, que parecian pertenecer a un telégráfo aereo. Su niña absorbía el humo del nicotiana-tabacum; Bonifacio i otros para agradar a Inacayal, me hacían mucho cariño, llamándome hermano i envolviéndome la cara en sus mugrientas huaralcas. Los perros, excitados por el bullicio jeneral, aprovechaban la inatencion de todos, para robar lod pedazos de carne colgados en los toldos, mezclando sus ladridos a los clamores de los indios; hasta los gallos i gallinas, todos estaban en revolucion. En fin había una cacofonía, como no se debió haber visto nunca en el arca de Noé, cuando todos los habitantes con pelo i pluma, ejecutaban sus monstruosos conciertos. Como mi equipaje estaba en el toldo del tio Jacinto, desamparado de sus dueños, a cada instante me iba para dar una ojeada, a fin de que algún indio distraído no fuese a cometer una sustracción. Ya el viejo Huincahual habia ejecutado su sabio movimiento de retirada. Se habla ehado a dos o tres pasos atras, i encajonádose en el compartimento de su uso; flanqueado por su segunda mujer, (la primera i todos sus hijos estaban ausentes) tenia a su lado, resuelto a defenderlo contra los ataques de los borrachos, el barril, en donde quedaba todavia un poco de aguardiente para la sed del dia siguiente. El que mas bebió fué un indio Huaicurú de Magallanes, éste parecia ser el mas vicioso; no obstante que ya habia recibido una dura leccion por sus excesos en una borrachera anterior; no habiendo podido llegar a su toldo a causa del estado de embriaguez en que se hallaba, durmió en el campo, los perros lo atacaron i le comieron algunas pulgadas de los muslos; el no sintió las heridas; al otro dia lo encontraron bañado en sangre i casi exánime. Para precipitar la convalescencia, esta vez habia bebido por ocho. Al fin, se concluyó el combate, no por falta de combatientes, pero por falta de municiones. Todo acabó bastante bien, sin embargo, no dejaron de haber algunos puñetazos, rasguñones i algunos cachazos distribuidos aquí i allá; pero no siempre se pasa de esta manera. No es raro que corra la sangre; i cuando sucede tal cosa, el pobre herido no tiene que esperar compasion de los indios; el alcohol los pone insensibles. Las mujeres lo cuidan llevándolo a un toldo, i para aliviarlo se sangran ellas mismas los brazos i las piernas. No creo que este remedio alivie mucho al paciente, pero es una prueba de interés a la cual no lo falta su sensibílidad.

1.º de marzo.—Al dia siguiente, el sol al asomarse, solo alumbraba caras embrutecidas, pero parece que les devuelve la memoria a los indios: uno tiene vergüenza de las riñas que ha querido armar a su mejor amigo, otro se arrepiente de excesos de jenerosidad imprudente. Es preciso decir, que bajo la influencia del aguardiente, los indios son atacados de súbitos accesos de jenerosidad, i digamos en su honor que nunca al dia siguiente vuelven a tomar lo que han regalado en el anterior. Nos refirieron que un indio, hace algun tiempo, habia regalado casi todos sus caballos en una borrachera, i que a la mañana se despertó sin un caballo para su uso. Soportó con valor las consecuencias de su imprudente jenerosidad. No llegó a ese punto la borrachera que presenciamos. El único que sacó alguna ventaja, fué nuestro amigo Celestino Muñoz: Inacayal dijo a un indio que le regalase un bonito poncho que llevaba, i el mismo le obsequíó un caballo overo.

Si hubieran tenido aguardiente, los indios habrían seguido emborrachándose hasta la completa absorcion del licor, pero no habia mas. A las orjias de bebida, sucedieron las orjias de comida. Es costumbre entre ellos, que cuando algun indio ha estado ausente algun tiempo, a su regreso las chinas celebren la vuelta con cantos en honor del viajero [2]. Ya habia presenciado tal escena la primera vez que pasé por los toldos de Huincahual con Antileghen i su hija mayor, que habia estado ausente algunos meses. I despues que le hubieron cantado, hizo matar un potrillo que se repartió a las cantoras.

Hacia mui pocos dias que Inacayal habia vuelto de sus cacerias en las pampas del Sur, i la misma ceremonia se celebró. Pero hasta entónces no habia retornado nada; pero al dia siguiente de la borrachera regaló un potrillo, a cuya carne tienen mucha aficion los indios. Se laceó el potrillo, lo mataron a bolazos en la cabeza; despues se repartieron los miembros entre la jente de la tolderia, e hicieron todos una comida de gargantúas. A Inacayal como dueño del animal le cupo la sangre de que se hicieron morcillas. Despues del almuerzo, propuse a Inacayal que me acompañase hasta Lalicura en donde vive Paillacan, a fin de llevarle los regalos que le destinaba, i conocer el verdadero pensamiento del cacique, sobre mi pasaje para Patagónica.

Paillacan, como se puede recordar, me habia prometido que si iba hasta Valdivia a buscar el rescate de los hombres que se quedaban con él a mi vuelta acompañaria a Quintanahuel hasta Patagónica. Pero yo tenia desconfianza del cumplimiento de esta promesa, porque cuando Quintunahuel vino a visitarme, me dijo que nunca habia pensado seriamente en ir a Patagónica. Luego me habia engañado Paillacan; i lo probará la relacion de como se pasó la visita que le hice con Inacayal i Hueñupan.

Cuando llegamos a Lalicura, Paillacan estaba presenciando la matanza de un ternero. Hizo como si no nos hubiera visto. Si estaba mortificado por mi parte, lo estaba mas pensando cuanto debia herir el amor propio de mi compañero la impolítica del cacique. Nos mirábamos sin decir una palabra, hasta que Pascuala, la mujer de Paillacan, rompió el hielo de la situacion, trayéndonos unos pellones. Nos sentamos i entonces comenzó la india con su avidez ya tan conocida, diciéndome al oido ¿i qué es lo que me trajistes? tú has regalado a las chinas del Caleufu? ¿I el chalon que me habias prometido? etc. En mi vida habia visto una cara en donde estuviese pintada mas claramente la ambicion, con todo lo que tiene de mas asqueroso principalmente cuando se manifestaba con la voz ronca de esa mujer; voz que se habia enronquecido con el abuso del aguardiente. Porque Pascuala tenia tanta aficion al aguardiente, como el mas borracho de los Tehuelches, a cuya raza pertenecia. Era una mujeraza, con cuerpo bien proporcionado, sobre cuya salud no parecian haber tenido mucha influencia los excesos del licor i del libertinaje.

Pascuala, vagabunda como los Telmelches, e hija de uno de sus caciques, que no sé porqué razon solían nombrar el cacique Frances, habia hecho muchos viajes a Patagónica, i en cada uno de ellos, su razon i su virtud habian sufrido ataques repetidos, tanto por parte del alcohol, como de los galanes; ataques de los cuales creo que nunca salió vencedora.

Pocos dias antes habia hecho una infidelidad al viejo Paillacan; su cómplice fué Celestino el dragon, i el protector, el honrado tio Jacinto que me contó la historia. Una vez que esta digna pareja vino a los toldos de Huincahual a una tomadura, Paillacan habiéndose quedado ébrio i sin sentido sobre la brecha, Pascuala se fué a dormir con el dragon en el toldo del tio Jacinto.

Miéntras que me fastidiaba Pascuala con sus exijencias i preguntas, se acercó Paillacan con una cara de taimado, i la india se vió obligada a callar. Entónces estendí a sus pies todas las cosas que le traia. Apenas las miró, diciéndome que hacia tanto juicio de todo eso, como si fuera pasto, i continuó: que habia sido demasiado bueno para con nosotros en el momento del naufrajio, que cualquier otro en su lugar nos habria muerto sin remision; que luego que nos habia dejado salir en libertad, llegaron chasques de los caciques vecinos, aconsejándole que nos matara, i que su enojo fué mui grande, cuando supieron que nos habia dejado pasar; que otra vez no sería tan tonto para dejarse engañar con buenas palabras etc. Al fin concluyó, poniéndome un ultimatum, cuyos términos eran los siguientes, que me tradujo un indio ladino, Bonifacio, que presenciaba la escena: que no creia en la autenticidad de la carta de don Ignacio Agüero que le habia traido, que yo debia ir hasta Valdivia para traer a un hijo de don Ignacio; o si no venia ese hijo de Ignacito, que éste mandase a uno de sus mozos; al mismo tiempo debia traerle a Aunacar, su mujer que cuarenta años atras le habian arrebatado los Huilliches, i que debia estar en casa de don Ignacio, i ademas un freno, una silla plateada i estribos de plata. Que sin eso no me concedia el paso para Patagónica. No contesté nada, Inacayal tampoco. Estábamos ambos mui disgustados.

Al reconvenirlo por el mal tratamiento que les habia dado a mis peones, me contestó, que todo lo habian merecido, que le habian robado un cuero con aguardiente i en vez de trabajar lo poco que era de su obligacion, solo se habian ocupado en emborracharse i pelear, i por último que al fugarse, se habian llevado unos cuchillos i dos lazos. En fin, que su conducta habia sido mui diversa de lo que prometieron i de mis recomendaciones. Desgraciadamente, mucho habia de cierto en este asunto.

Inacayal i Hueñupan montaron a caballo i se despidieron, yo iba a hacer otro tanto, pero el cacique me sujetó para que le enseñase a tirar con un naranjero que le habia llevado entre los regalos: lo cargué con bala i apunté a un cuero que habia colgado en un horcon de la ramada: casi todos los caballos dispararon con el tiro; no contaban con eso los indios. Despues el cacique quiso tirar a su turno, pero con un fusil de piedra que tenia en el toldo: apuntó; al encender la pólvora de la cazoleta, el viejo apartó la cara cerrando los ojos i levantando el fusil; por su puesto no dió en el cuero, quiso entónces que yo repitiese la operacion, i se admiró mucho de mi puntería. El cuero estaba a unas veinte varas de distancia. Los indios prefieren las armas de chispa a las de fulminantes, temiendo siempre que se les concluyan éstos.

Al despedirme me trajo un caballo diciéndome que lo llevase, que al otro dia iria José Maria, su lenguaraz, por una corneta de las que yo habia dejado, en los toldos de Huincahual; me despedi llevándome el caballo. Pero Paillacan no es hombre que dejase salir de su casa una persona a quien le sobraba algo en el bolsillo. Me habia visto guardar dos pitrines del añil, que habia llevado para cambiar con Quintunahuel, trato que no se habia concluido porque su mujer no estaba presente. Me alcanzó a toda carrera pidiéndome el añil. Incomodado por este viejo bribon, pedigüeño, i para librarme de sus importunidades le di lo que pedia, i alejándome de él alcancé a Inacayal; de una carrera llegamos al Caleufu. Esa noche dejé dormir a Inacayal, que no debia estar de buen humor con la recepcion de su viejo pariente, i aplacé para el dia siguiente una esplicacion decisiva sobre mi pasaje.




  1. Duvanna pendens (D C).
  2. Esta ceremonia se llama tahilmar.