Zaratustra 1:Prólogo

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1 [1][editar]

Cuando Zaratustra cumplió los treinta años[2], dejó su patria y el lago de su patria y se marchó a las montañas. Allí gozó de su espíritu y de su soledad y durante diez años no se cansó de hacerlo. Pero al fin su corazón se transformó, - y una mañana se levantó con la aurora, se colocó frente al sol y le habló así:

»¡Tú gran astro! ¡Qué sería de tu felicidad si no tuvieras a aquellos a quienes iluminas![3]

Durante diez años has venido subiendo hasta mi caverna: sin mí, sin mi águila y mi serpiente[4] te habrías hartado de tu luz y de este camino.

Pero nosotros te aguardábamos cada mañana, te liberábamos de tu sobreabundancia y te bendecíamos por ello.

¡Mira! Estoy hastiado de mi sabiduría, como la abeja que ha recogido demasiada miel, tengo necesidad de manos que se extiendan.

Me gustaría regalar y repartir, hasta que los sabios entre los hombres hayan vuelto a alegrarse de su locura, y los pobres, de su riqueza.

Para ello debo bajar a la profundidad: como haces tú al atardecer, cuando transpones el mar llevando luz incluso al submundo, ¡astro hiperabundante!

Debo, al igual que tú, hundirme en mi ocaso[5], como dicen los hombres a quienes quiero descender.

Así pues, ¡bendíceme, ojo apacible, que puedes mirar sin envidia incluso una felicidad tan excesiva!

¡Bendice la copa que quiere desbordarse para que fluyan de ella las doradas aguas, y lleve a todas partes el reflejo de tu deleite!

¡Mira! Esta copa quiere volver a vaciarse, y Zaratustra quiere volver a tornarse hombre.«

– Así comenzó el ocaso de Zaratustra[6].

2[editar]

Zaratustra bajó solo de las montañas sin encontrar a nadie. Pero cuando llegó a los bosques surgió de pronto ante él un anciano que había abandonado su santa cabaña para buscar raíces en el bosque[7]. Y el anciano habló así a Zaratustra:

»No me es desconocido este caminante: hace algunos años pasó por aquí. Zaratustra se llamaba; pero se ha transformado. Entonces llevabas tu ceniza a la montaña[8]: ¿quieres hoy llevar fuego a los valles? ¿No temes los castigos que se imponen al incendiario? Sí, reconozco a Zaratustra. Puro es su ojo, y en su boca no se oculta náusea alguna[9]. ¿No viene hacia acá como un bailarín? Zaratustra está transformado, Zaratustra se ha convertido en un niño, Zaratustra es un despierto[10]: ¿qué quieres ahora entre los durmientes? En la soledad vivías como en el mar, y el mar te llevaba. Ay, ¿quieres bajar a tierra? Ay, ¿quieres volver a arrastrar tú mismo tu cuerpo?«

Zaratustra respondió: »Amo a los hombres«.

»¿por qué«, dijo el santo, »me he venido yo a los bosques y a las soledades? ¿No fue acaso porque amaba demasiado a los hombres? Ahora amo a Dios: a los hombres no los amo. El hombre es para mí una cosa demasiado imperfecta. El amor al hombre me mataría.«

Zaratustra respondió: »¡Qué decía yo del amor! ¡Lo que yo llevo a los hombres es un regalo!«

»No les des nada«, dijo el santo. »Quítales mejor alguna cosa y llévala a cuestas junto con ellos - eso es lo que más bien les hará: ¡con tal de que te haga bien a ti!

¡Y si quieres darles algo, no les des más que una limosna, y deja que además la mendiguen!«

»No«, respondió Zaratustra, »yo no doy limosnas. No soy bastante pobre para eso.«

El santo se rió de Zaratustra y dijo: »¡Entonces cuida de que acepten tus tesoros! Ellos desconfían de los eremitas y no creen que vayamos para hacer regalos.

Nuestros pasos les suenan demasiado solitarios por las callejas. Y cuando por las noches, estando en sus camas, oyen caminar a un hombre mucho antes de que el sol salga, se preguntan: ¿adónde irá el ladrón?[11]

¡No vayas donde los hombres y quédate en los bosques! ¡Vé mejor aún donde los animales! ¿Por qué no quieres ser como yo - un oso entre los osos, un pájaro entre los pájaros?«

»¿Y qué hace el santo en los bosques?« preguntó Zaratustra.

El santo respondió: »Hago canciones y las canto; y cuando hago canciones, río, lloro y murmuro: así alabo a Dios.

Con cantos, lágrimas, risas y murmullos alabo al Dios que es mi Dios. Mas ¿qué regalo es el que tú nos traes?«

Cuando Zaratustra hubo oído estas palabras, se despidió del santo y le dijo: »¡Qué tendría yo que darte! ¡Pero dejadme que me vaya rápido, para que no os quite nada!« – Y así se separaron el uno del otro, el anciano y el hombre, riendo como ríen dos muchachos.

Mas cuando Zaratustra estuvo solo, habló así a su corazón: »¡Será posible! ¡Este viejo santón no ha oído todavía nada en su bosque de que Dios ha muerto[12]

3[editar]

Cuando Zaratustra llegó a la ciudad más próxima, enclavada en los bosques, encontró allí a mucha gente reunida en el mercado[13]: puesto que se había prometido que iba a verse a un equilibrista. Y Zaratustra habló así al pueblo:

Yo os enseño el superhombre[14]. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho para superarlo?

Hasta ahora todos los seres han creado algo por encima de sí mismos. ¿Y vosotros queréis ser el reflujo de ese gran flujo y retroceder al animal en vez de superar al hombre?

¿Qué es el mono para el hombre? Una irrisión o una vergüenza dolorosa. Y eso mismo debe ser el hombre para el superhombre: una irrisión o una vergüenza dolorosa[15].

Habéis recorrido el camino que lleva desde el gusano hasta el hombre, y aún queda en vosotros mucho del gusano. En otro tiempo fuisteis monos, e incluso ahora el hombre es más mono que cualquier mono.

Y el más sabio de vosotros no es sino un ser escindido, híbrido de planta y fantasma. Pero ¿os he dicho yo que os hagáis planta o fantasma?

¡Mirad, os enseño el superhombre!

El superhombre es el sentido de la Tierra. Diga vuestra voluntad: ¡que el superhombre sea el sentido de la Tierra!

¡Yo os exhorto, hermanos míos, permaneced fieles a la Tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas supraterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no.

Son despreciadores de la vida, moribundos y ellos mismos envenenados, de los que la Tierra está cansada: ¡acaben de irse de una vez!

En otro tiempo el delito contra Dios era el máximo delito, pero Dios murió, y con Él murieron también esos delincuentes. ¡Ahora lo más horrible es delinquir contra la tierra y tener en más las entrañas de lo inescrutable que el sentido de la tierra!

En otro tiempo el alma miraba con desprecio al cuerpo: y ese desprecio era entonces lo más alto - lo quería flaco, feo, famélico. Así pensaba escabullirse de él y de la tierra.

Oh, también esa alma era flaca, fea y famélica: ¡y la crueldad era la voluptuosidad de esa alma!

Mas vosotros también, hermanos míos, decidme: ¿qué anuncia vuestro cuerpo de vuestra alma? ¿No es vuestra alma acaso pobreza y suciedad y un lamentable bienestar?

En verdad, una sucia corriente es el hombre. Es necesario ser un mar para poder recibir una sucia corriente sin volverse impuro.

Mirad, yo os enseño el superhombre: él es ese mar, en él puede sumergirse vuestro gran desprecio.

¿Qué es lo más grande que os puede acontecer? Que llegue la hora del gran desprecio. La hora en que incluso vuestra felicidad se os convierta en náusea y eso mismo ocurra con vuestra razón y con vuestra virtud.

La hora en que digáis: »¡Qué importa mi felicidad! Es pobreza y suciedad y un lamentable bienestar. ¡Pero mi felicidad debería justificar la existencia misma!«

La hora en que digáis: »¡Qué importa mi razón! ¿Anda tras el saber como el león tras su comida? ¡Es pobreza y suciedad y un lamentable bienestar!«

La hora en que digáis: »¡Qué importa mi virtud! Todavía no me ha puesto furioso. ¡Qué cansado estoy de mi bien y de mi mal! ¡Todo esto es pobreza y suciedad y un lamentable bienestar!«

La hora en que digáis: »¡Qué importa mi justicia! No veo que yo sea un carbón ardiente. ¡Mas el justo es un carbón ardiente!«

La hora en que digáis: »¡Qué importa mi compasión! ¿No es la compasión acaso la cruz en la que es clavado quien ama a los hombres? Pero mi compasión no es una crucifixión.«

¿Habéis hablado ya así? ¿Habéis gritado ya así? ¡Ah, ojalá os hubiese yo oído ya gritar así!

¡No vuestros pecados - vuestra moderación es lo que clama al cielo, vuestra mezquindad hasta en el pecado es lo que clama al cielo![16]

¿Dónde está pues el rayo que os lama con su lengua? ¿Dónde está el delirio que haría falta inocularos?

Mirad, yo os enseño el superhombre: ¡él es ese rayo, él es ese delirio! –

Cuando Zaratustra hubo hablado así, uno del pueblo gritó: »¡Ya hemos oído bastante del equilibrista; ahora, ¡veámoslo también!« Y toda la gente se rió de Zaratustra. Mas el equilibrista, que creyó que las palabras iban por él, se puso a trabajar.

4[editar]

Mas Zaratustra contempló a la gente y se maravilló. Luego habló así:

El hombre es una cuerda, tendida entre el animal y el superhombre - una cuerda sobre un abismo.

Un peligroso pasar al otro lado, un peligroso caminar, un peligroso mirar atrás, un peligroso estremecerse y pararse.

La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta: lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsito y un ocaso.[17]

Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundiéndose en su ocaso, pues ellos son los que pasan al otro lado.

Yo amo a los grandes despreciadores, pues ellos son los grandes veneradores, y flechas del anhelo hacia la otra orilla.

Yo amo a quienes, para hundirse en su ocaso y sacrificarse, no buscan una razón detrás de las estrellas: sino que se sacrifican a la Tierra, para que la Tierra llegue alguna vez a ser del superhombre.

Yo amo a quien vive para conocer, y quiere conocer para que alguna vez viva el superhombre. Y quiere así su propio ocaso.

Yo amo a quien trabaja e inventa para construirle la casa al superhombre y prepara para él la tierra, el animal y la planta: pues quiere así su propio ocaso.

Yo amo a quien ama su virtud: pues la virtud es voluntad de ocaso y una flecha del anhelo.

Yo amo a quien no reserva para sí ni una gota de espíritu, sino que quiere ser íntegramente el espíritu de su virtud: avanza así en forma de espíritu sobre el puente.

Yo amo a quien hace de su virtud su inclinación y su fatalidad: quiere así, por amor a su virtud, seguir viviendo y no seguir viviendo.

Yo amo a quien no quiere tener demasiadas virtudes. Una virtud es más virtud que dos, porque es un nudo más fuerte del que se cuelga la fatalidad.

Yo amo a aquel cuya alma se prodiga, y no quiere recibir agradecimiento ni devuelve nada: pues él regala siempre y no quiere conservarse a sí mismo.[18]

Yo amo a quien se avergüenza de ver caer el dado en su favor y que pregunta entonces: ¿acaso soy yo un jugador tramposo? - pues quiere perecer.

Yo amo a quien suelta palabras de oro delante de sus acciones y cumple siempre más de lo que promete - pues quiere su ocaso.

Yo amo a quien justifica a los venideros y redime a los pasados: pues quiere perecer a causa de los presentes.

Yo amo a quien castiga a su dios, porque ama a su dios[19]: pues tiene que perecer por la cólera de su Dios.

Yo amo a aquel cuya alma es profunda incluso cuando se la hiere, y que puede perecer a causa de una pequeña vivencia: así pasa de buen grado por el puente.

Yo amo a aquel cuya alma está tan llena que se olvida de sí mismo, y todas las cosas están dentro de él: todas las cosas se transforman así en su ocaso.

Yo amo a quien es de espíritu libre y de corazón libre: así su cabeza no es más que las entrañas de su corazón, pero su corazón lo empuja al ocaso.

Yo amo a todos aquellos que son como gotas pesadas que caen una a una de la oscura nube que cuelga sobre los hombres: ellos anuncian que viene el rayo, y perecen como anunciadores.

Mirad, yo soy un anunciador del rayo, y una gota pesada de la nube: mas ese rayo se llama superhombre. –

5[editar]

Cuando Zaratustra hubo dicho estas palabras contempló de nuevo a la gente y calló: »Ahí están«, dijo a su corazón, »ahí se ríen: no me entienden, no soy la boca para estos oídos[20].

¿Habrá que romperles antes los oídos, para que aprendan a oír con los ojos? ¿Habrá que atronar igual que timbales y predicadores de penitencia? ¿O es que tan sólo creen al que balbucea?

Tienen algo de lo que se sienten orgullosos. ¿Cómo llaman a eso que los llena de orgullo? Cultura[21] lo llaman, es lo que los distingue de los cabreros.

Por esto no les gusta oír, referida a ellos, la palabra ›desprecio‹. Voy a apelar, pues, a su orgullo.

Voy a hablarles de lo más despreciable: es decir, del último hombre[22]

Y Zaratustra habló así al pueblo:

Es tiempo de que el hombre se fije su objetivo. Es tiempo de que el hombre plante la semilla de su más alta esperanza.

Aún su suelo es bastante fértil para ello. Mas algún día ese suelo será pobre y manso, y ningún árbol elevado podrá ya crecer de él.

¡Ay! ¡Se acerca el tiempo en que el hombre dejará de lanzar la flecha de su anhelo más allá del hombre, y en que la cuerda de su arco habrá olvidado ya vibrar!

¡Yo os digo! es preciso tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzarina. Yo os digo: tenéis todavía caos dentro de vosotros.

¡Ay! Se acerca el tiempo en que el hombre no dará ya a luz ninguna estrella. ¡Ay! Se acerca el tiempo del hombre más despreciable, el incapaz ya de despreciarse a sí mismo.

¡Mirad! Yo os muestro el último hombre.

»¿Qué es amor? ¿Qué es creación? ¿Qué es anhelo? ¿Qué es estrella?« así pregunta el último hombre, y parpadea.

La Tierra se ha vuelto pequeña entonces, y sobre ella da saltos el último hombre, que todo lo empequeñece. Su raza es indestructible, como el pulgón; el último hombre es el que más tiempo vive.

»Nosotros hemos inventado la felicidad« dicen los últimos hombres, y parpadean.

Han abandonado los lugares donde era duro vivir: pues la gente necesita calor. La gente ama incluso al vecino y se restriega contra él: pues la gente necesita calor.

Enfermar y desconfiar – lo consideran pecaminoso: la gente camina con cuidado. ¡Un tonto es quien sigue tropezando con piedras o con hombres!

Un poco de veneno de vez en cuando: eso produce sueños agradables. Y mucho veneno al final, para un morir agradable.

La gente continúa trabajando, pues el trabajo es una distracción. Mas se procura que la distracción no canse.

La gente ya no se hace ni pobre ni rica: ambas cosas son demasiado molestas. ¿Quién quiere aún gobernar? ¿Quién aún obedecer? Ambas cosas son demasiado molestas.

¡Ningún pastor y un solo rebaño![23] Todos quieren lo mismo, todos son iguales: el que piensa de otro modo, marcha voluntariamente al manicomio.

»Anteriormente todo el mundo desvariaba« – dicen los más sutiles, y parpadean.

Hoy la gente es lista y sabe todo lo que ha acontecido: así no acaba nunca de burlarse. La gente continúa discutiendo, mas pronto se reconcilia – si no, ello estropea el estómago.

La gente tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche: pero honra la salud.

»Nosotros hemos inventado la felicidad« – dicen los últimos hombres, y parpadean. –

Y aquí acabó el primer discurso de Zaratustra, llamado también «el prólogo»[24]: pues en este punto fue interrumpido por el griterío y el regocijo de la multitud. «¡Danos ese último hombre, oh Zaratustra«, – gritaban – »haz de nosotros esos últimos hombres! ¡El superhombre te lo regalamos![25]« Y toda la gente se alborozaba y chasqueaba la lengua. Pero Zaratustra se entristeció y dijo a su corazón:

»No me entienden: no soy la boca para estos oídos.

Sin duda he vivido demasiado tiempo en las montañas, he escuchado demasiado a los arroyos y a los árboles: ahora les hablo como a los cabreros.

Impasible es mi alma, y luminosa como las montañas por la mañana. Pero ellos piensan que yo soy frío, y un burlón que hace chistes horribles.

Y ahora me miran y se ríen: y mientras ríen, continúan odiándome. Hay hielo en su reír.«

6[editar]

Pero entonces ocurrió algo que hizo callar todas las bocas y quedar fijos todos los ojos. Entretanto, en efecto, el equilibrista había empezado con su número: había salido de una pequeña puerta y caminaba sobre la cuerda, la cual estaba tendida entre dos torres, colgando sobre el mercado y el pueblo. Mas cuando se encontraba justo en la mitad de su camino, la pequeña puerta volvió a abrirse y un compañero de oficio vestido de muchos colores, igual que un bufón, saltó fuera y marchó con pasos rápidos detrás del primero. »¡Avanza, cojitranco!«, gritó su terrible voz, »¡avanza, perezoso, impostor, cara de tísico! ¡Que no te haga yo cosquillas con mi talón! ¿Qué haces aquí entre torres? ¡Dentro de la torre está tu sitio, en ella se te debería encerrar, a uno mejor que tú le estás estorbando el camino!« - Y a cada palabra se le acercaba más y más: pero cuando estaba ya a un solo paso detrás de él ocurrió aquella cosa horrible que hizo callar todas las bocas y quedar fijos todos los ojos - lanzó un grito como si fuese un demonio y saltó por encima de quien le obstaculizaba el camino. Mas éste, cuando vio que su rival lo vencía, perdió la cabeza y el equilibrio; arrojó su balancín y, más rápido que éste, se lanzó hacia abajo como un remolino de brazos y de piernas. El mercado y la gente parecían el mar cuando rompe una tormenta: todos huyeron apartándose y atropellándose, sobre todo allí donde el cuerpo tenía que estrellarse.

Zaratustra, en cambio, permaneció inmóvil, y justo a su lado cayó el cuerpo, maltrecho y quebrantado, pero no muerto todavía. Al poco tiempo el destrozado recobró la consciencia y vio a Zaratustra arrodillarse junto a él. »¿Qué haces aquí?« dijo por fin, »desde hace mucho sabía yo que el diablo me echaría la zancadilla. Ahora me arrastra al infierno: ¿Quieres tú impedírselo?«

»Por mi honor, amigo«, respondió Zaratustra, »todo eso de lo que hablas no existe: no hay ni diablo ni infierno. Tu alma estará muerta aún más pronto que tu cuerpo[26]: ¡no temas ya nada!«

El hombre alzó su mirada con desconfianza. »Si tú dices la verdad«, dijo después, »nada pierdo perdiendo la vida. No soy mucho más que un animal al que, con golpes y escasa comida, se le ha enseñado a bailar.«

»No hables así«, dijo Zaratustra; »tú has hecho del peligro tu profesión, en ello no hay nada despreciable. Ahora pereces a causa de tu profesión: por ello voy a enterrarte con mis propias manos.«

Cuando Zaratustra hubo dicho esto, el moribundo ya no respondió; pero movió la mano como si buscase la mano de Zaratustra para darle las gracias. –

7[editar]

Entretanto iba llegando el atardecer, y el mercado se ocultaba en la oscuridad: la gente se dispersó entonces, pues incluso la curiosidad y el pavor acaban por cansarse. Mas Zaratustra estaba sentado en el suelo junto al muerto, sumido en sus pensamientos: así olvidó el tiempo. Finalmente se hizo de noche, y un viento frió sopló sobre el solitario. Zaratustra se levantó entonces y dijo a su corazón:

»¡En verdad, una hermosa pesca ha cobrado hoy Zaratustra! No ha pescado ni un solo hombre[27], pero sí, en cambio, un cadáver.

Siniestra es la existencia humana, y carente aún de sentido: un bufón puede convertirse en su perdición.

Yo quiero enseñar a los hombres el sentido de su ser: que es el superhombre, el rayo que brota de la oscura nube que es el hombre.

Pero todavía estoy muy lejos de ellos, y mi sentido no habla a sus sentidos. Para los hombres yo soy todavía algo intermedio entre un necio y un cadáver.

Oscura es la noche, oscuros son los caminos de Zaratustra[28]. ¡Ven, compañero frío y rígido! Te llevaré adonde voy a enterrarte con mis manos.«

8[editar]

Cuando Zaratustra hubo dicho esto a su corazón, cargó el cadáver sobre sus espaldas y se puso en camino. Y no había recorrido aún cien pasos cuando se le acercó furtivamente un hombre y comenzó a susurrarle al oído - y he aquí que quien hablaba era el bufón de la torre. »Vete fuera de esta ciudad, oh Zaratustra«, le dijo; »aquí son demasiados los que te odian. Te odian los buenos y justos[29] y te llaman su enemigo y su despreciador; te odian los creyentes de la fe ortodoxa, y éstos te llaman el peligro de la muchedumbre. Tu suerte ha estado en que la gente se rió de ti: y, en verdad, hablabas igual que un bufón. Tu suerte ha estado en asociarte al perro muerto; al humillarte así te has salvado a ti mismo por hoy. Pero vete lejos de esta ciudad - o mañana saltaré por encima de ti, un vivo por encima de un muerto.« Y cuando hubo dicho esto, el hombre desapareció; pero Zaratustra continuó caminando por las oscuras callejas.

A la puerta de la ciudad encontró a los sepultureros: éstos iluminaron el rostro de Zaratustra con la antorcha, lo reconocieron y comenzaron a burlarse de él. »Zaratustra se lleva al perro muerto: ¡bravo, Zaratustra se ha hecho sepulturero! Ya que nuestras manos son demasiado limpias para ese asado. ¿Es que Zaratustra quiere acaso robarle al diablo su bocado? ¡Pues adelante! ¡Suerte, y que aproveche! ¡A no ser que el diablo sea mejor ladrón que Zaratustra! – ¡y robe a los dos, y a los dos se los trague!« Y se reían entre sí, cuchicheando.

Zaratustra no dijo ni una palabra y siguió su camino. Pero cuando llevaba andando ya dos horas, al borde de bosques y de ciénagas, había oído demasiado el hambriento aullido de los lobos, y el hambre se apoderó también de él. Por ello se detuvo junto a una casa solitaria dentro de la cual ardía una luz.

»El hambre me asalta«, dijo Zaratustra, »como un ladrón. En medio de bosques y de ciénagas me asalta mi hambre, y en plena noche.

Extraños caprichos tiene mi hambre. A menudo no me viene sino después de la comida, y hoy no vino en todo el día: ¿dónde se entretuvo, pues?«

Y mientras decía esto, Zaratustra llamó a la puerta de la casa. Un hombre viejo apareció; traía la luz y preguntó: »¿Quién viene a mí y a mi mal dormir?«

»Un vivo y un muerto«, dijo Zarathustra. »Dame de comer y de beber, he olvidado hacerlo durante el día. Quien da de comer al hambriento reconforta su propia alma: así habla la sabiduría.«[30]

El viejo se fue y al poco volvió y ofreció a Zaratustra pan y vino. »Mal lugar es éste para hambrientos«, dijo; »por eso habito yo aquí. Animales y hombres acuden a mí, el eremita. Mas da de comer y de beber también a tu compañero, él está más cansado que tú.« Zaratustra respondió: »Mi compañero está muerto, difícilmente le persuadiré a que coma y beba.« »Eso a mí no me importa«, dijo el viejo con hosquedad: »quien llama a mi casa debe tomar también lo que le ofrezco. ¡Comed y que os vaya bien!« –

A continuación Zaratustra volvió a caminar durante dos horas, confiando en el camino y en la luz de las estrellas: pues estaba habituado a andar por la noche y le gustaba mirar a la cara a todas las cosas que duermen.[31] Mas cuando la mañana comenzó a despuntar, Zaratustra se encontró en lo profundo del bosque, y ningún camino se abría ya ante él. Entonces colocó al muerto en un árbol hueco, a la altura de su cabeza – pues quería protegerlo de los lobos – y se acostó sobre el suelo y el musgo. Enseguida se durmió, con el cuerpo cansado, pero el alma impasible.

9[editar]

Largo tiempo durmió Zaratustra, y no sólo la aurora pasó sobre su rostro, sino también la mañana entera. Mas por fin sus ojos se abrieron: asombrado miró Zaratustra en el bosque y el silencio, asombrado miró dentro de sí. Entonces se levantó con rapidez, como un marinero que de pronto ve tierra, y lanzó gritos de júbilo: pues había visto una verdad nueva[32], y habló así a su corazón:

»Una luz ha aparecido en mi horizonte: compañeros de viaje necesito, compañeros vivos – no compañeros muertos y cadáveres que llevo conmigo adonde quiero.

Compañeros de viaje vivos es lo que yo necesito, que me sigan porque quieren seguirse a sí mismos – e ir adonde yo quiero ir.

Una luz ha aparecido en mi horizonte: ¡Zaratustra no hablará al pueblo, sino a compañeros de viaje! ¡Zaratustra no debe ser pastor y perro de un rebaño!

Para incitar a muchos a apartarse del rebaño – para eso he venido. Pueblo y rebaño se irritarán contra mí: los pastores llamarán ladrón a Zaratustra.

Digo pastores, pero ellos se llaman a sí mismos los buenos y justos. Digo pastores: pero ellos se llaman a sí mismos los creyentes de la fe ortodoxa.

¡Ved los buenos y justos! ¿A quién odian más? Al que rompe sus tablas de valores, al quebrantador, al infractor – pero ése es el creador.

¡Ved los creyentes de todas las creencias! ¿A quién odian más? Al que rompe sus tablas de valores, al quebrantador, al infractor[33] – pero ése es el creador.

El creador busca compañeros, y no cadáveres, ni tampoco rebaños y creyentes. El creador busca compañeros de creación, a aquellos que escriben nuevos valores en nuevas tablas.

El creador busca compañeros y colaboradores de recolección: porque en él todo está maduro para la cosecha. Pero le faltan las cien hoces[34]: por ello arranca las espigas y está enojado.

El creador busca compañeros, que sepan afilar sus hoces. Se los llamará destructores y despreciadores del bien y del mal. Pero son cosechadores y celebradores.

Zaratustra busca compañeros de creación, compañeros de recolección y de celebración busca Zaratustra: ¡qué tiene él que ver con rebaños y pastores y cadáveres!

Y tú, primer compañero mío, ¡descansa en paz! Bien te he enterrado en tu árbol hueco, bien te he resguardado de los lobos.

Pero me separo de ti, el tiempo ha pasado. Entre aurora y aurora ha venido a mí una verdad nueva.

No debo ser pastor ni sepulturero. No volveré a hablar con el pueblo nunca. Por última vez he hablado a un muerto.

Quiero unirme a los creadores, a los cosechadores, a los celebradores: voy a mostrarles el arcoíris y todas las escaleras del superhombre.

Cantaré mi canción para los eremitas solitarios o en pareja[35]; y a quien todavía tenga oídos para lo inaudito, a ése voy a abrumarle el corazón con mi felicidad.

Hacia mi meta quiero ir, yo continúo mi marcha; saltaré por encima de los indecisos y de los rezagados. ¡Sea mi marcha el ocaso de ellos!«

10[editar]

Esto es lo que Zaratustra dijo a su corazón cuando el sol estaba en pleno mediodía: entonces se puso a mirar inquisitivamente hacia la altura – pues había oído por encima de sí el agudo grito de un pájaro. Y he aquí que un águila cruzaba el aire trazando amplios círculos y de él colgaba una serpiente, no como si fuera una presa, sino una amiga: pues se mantenía enroscada a su cuello.[36].

»¡Son mis animales!« dijo Zaratustra, y se alegró de corazón.

»El animal más orgulloso bajo el sol y el animal más inteligente bajo el sol – han salido para explorar el terreno.

Quieren averiguar si Zaratustra vive todavía. En verdad, ¿vivo yo todavía?

He encontrado más peligros entre los hombres que entre los animales, peligrosos caminos recorre Zaratustra. ¡Que mis animales me guíen!«

Cuando Zaratustra hubo dicho esto, se acordó de las palabras del santo en el bosque, suspiró y habló así a su corazón:

»¡Ojalá fuera yo más inteligente! ¡Ojalá fuera yo inteligente de verdad, como mi serpiente!

Pero pido cosas imposibles: ¡por ello pido a mi orgullo que camine siempre junto a mi inteligencia!

Y si alguna vez mi inteligencia me abandona – ¡ah, le encanta marcharse volando! – ¡pueda mi orgullo volar junto con mi locura!« –



  1. Así habló Zaratustra reproduce literalmente el aforismo 342 de La gaya ciencia; sólo «el lago Urmi», que allí aparece, es aquí sustituido por «el lago de su patria». El mencionado aforismo lleva el título Incipit tragedia (Comienza la tragedia) y es el último del libro cuarto de La gaya ciencia, titulado Sanctus Januarius (San Enero).
  2. Es la edad en que Jesús comienza su predicación. Véase el Evangelio de Lucas, 3, 23: «Éste era Jesús, que al empezar tenía treinta años». En el buscado antagonismo entre Zaratustra y Jesús es ésta la primera de las confrontaciones. Como podrá verse por toda la obra, Zaratustra es en parte una antifigura de Jesús. Y así, la edad en que Jesús comienza a predicar es aquella en que Zaratustra se retira a las montañas con el fin de prepararse para su tarea. Inmediatamente después aparecerá una segunda contraposición entre ambos: Jesús pasó sólo cuarenta días en el desierto; Zaratustra pasará diez años en las montañas.
  3. Zaratustra volverá a pronunciar esta misma invocación al sol al final de la obra. Véase, en la cuarta parte, El signo.
  4. Los dos animales heráldicos de Zaratustra representan, respectivamente, su voluntad y su inteligencia. Le harán compañía en numerosas ocasiones y actuarán incluso como interlocutores suyos, sobre todo en el importantísimo capítulo de la tercera parte titulado El convaleciente.
  5. Untergehen. Es una de las palabras-clave en la descripción de la figura de Zaratustra. Este verbo alemán contiene varios matices que con dificultad podrán conservarse simultáneamente en la traducción castellana. Untergehen es en primer término, literalmente, «caminar (gehen) hacia abajo (unter)». Zaratustra, en efecto, baja de las montañas. En segundo lugar es término usual para designar la «puesta del sol», el «ocaso». Y Zaratustra dice bien claro que quiere actuar como el sol al atardecer, esto es, «ponerse». En tercer término, Untergehen y el sustantivo Untergang se usan con el significado de hundimiento, destrucción, decadencia. Así, el título de la obra famosa de Spengler es Der Untergang des Abendlandes (traducido por La decadencia de Occidente). También Zaratustra se hunde en su tarea y fracasa. Su tarea, dice varias veces, lo destruye. Aquí se ha adoptado como terminus technicus castellano para traducir Untergehen el de «hundirse en su ocaso», que parece conservar los tres sentidos. De todas maneras, Nietzsche juega en innumerables ocasiones con esta palabra alemana compuesta y la contrapone a otras palabras asimismo compuestas. Por ejemplo, contrapone y une Untergang y Ubergang. Übergang es «pasar al otro lado» por encima de algo, pero también significa «transición». El hombre, dirá Zaratustra, es «un tránsito y un ocaso». Esto es, al hundirse en su ocaso, como el sol, pasa al otro lado (de la tierra, se entiende, según la vieja creencia). Y «pasar al otro lado» es superarse a sí mismo y llegar al superhombre.
  6. Esta misma frase se repite luego. El «ocaso» de Zaratustra termina hacia el final de la tercera parte, en el capítulo titulado El convaleciente, donde se dice: «Así - acaba el ocaso de Zaratustra».
  7. Hacia el final de la obra el papa jubilado vendrá en busca de este anciano eremita y encontrará que ha muerto; véase, en la cuarta parte, Jubilado.
  8. Véase, en esta primera parte, De los trasmundanos, y Del camino del creador, y en la segunda parte, El adivino, donde vuelve a aparecer la referencia a las cenizas. La ceniza es símbolo de la cremación y el rechazo de los falsos ideales juveniles.
  9. La pureza de los ojos y la ausencia de asco en la boca son atributos de Zaratustra a los que se hace referencia en numerosas ocasiones; véase, por ejemplo, en la segunda parte, De los sublimes, y en la cuarta, El mendigo voluntario.
  10. «El despierto» es un calificativo usual de Buda, que aquí se aplica a Zaratustra.
  11. Alusión a 1 Tesalonicenses, 5, 2: «Pues sabéis perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón de noche».
  12. La idea de la muerte de Dios, que recorre la obra entera, y su ignorancia por parte del santo eremita, será tema de conversación entre Zaratustra y el papa jubilado cuando ambos hablen del eremita ya fallecido. Véase, en la cuarta parte, Jubilado.
  13. Markt es la palabra empleada por Nietzsche, que aquí se traduce literalmente por mercado. No se refiere sólo al lugar de compra y venta de mercancías, sino, en general, a lugar amplio donde se reúne la gente, a plaza pública. Todavía hoy la plaza central de muchas ciudades alemanas se denomina Marktplatz.
  14. Sobre el «superhombre», expresión que ha dado lugar a tantos malentendidos, dice el propio Nietzsche en Ecce homo: «La palabra “superhombre”, que designa un tipo de óptima constitución, en contraste con los hombres “modernos”, con los hombres “buenos”, con los cristianos y demás nihilistas, una palabra que, en boca de Zaratustra, el aniquilador de la moral, se convierte en una palabra muy digna de reflexión, ha sido entendida, casi en todas partes, con total inocencia, en el sentido de aquellos valores cuya antítesis se ha manifestado en la figura de Zaratustra, es decir, ha sido entendida como tipo “idealista” de una especie superior de hombre, mitad “santo”, mitad “genio”».
  15. Eco de los fragmentos 82 y 83 de Heráclito (Diels-Kranz): «El más bello de los monos es feo al compararlo con la raza de los humanos.» «El más sabio de entre los hombres parece, respecto de Dios, mono en sabiduría, en belleza y en todo lo demás.»
  16. «Clamar al cielo» es expresión bíblica. Véase Génesis, 4, 10: «La voz de la sangre de tu hermano está clamando a mí desde la tierra» (palabras de Yahvé a Caín). Como hace casi siempre con estas «citas» bíblicas, Zaratustra confiere a ésta un sentido antitético del que tiene en el original.
  17. Véase lo dicho en la nota 5.
  18. Paráfrasis del Evangelio de Lucas, 17, 33: «Quien busca conservar su alma la perderá; y quien la perdiere, la conservará.»
  19. Cita literal, invirtiendo su sentido, de Hebreos, 12, 6: «Porque el Señor, a quien ama, lo castiga.» Véase también, en la cuarta parte, El despertar.
  20. Reminiscencia del Evangelio de Mateo,13,13: «Por esto les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender.»
  21. Sobre el concepto de «cultura» puede verse, en la segunda parte, Del país de la cultura.
  22. El «último» hombre significa sobre todo el «último» en la escala humana. En Ecce homo dice Nietzsche: «En este sentido Zaratustra llama a los buenos unas veces “los últimos hombres” y otras el “comienzo del final”; sobre todo, los considera como la especie más nociva del hombre, porque imponen su existencia tanto a costa de la verdad como a costa del futuro».
  23. Paráfrasis, modificando su sentido, del Evangelio de Juan, 10, 16: «Habrá un solo rebaño y un solo pastor.»
  24. Mediante el juego de palabras en alemán entre erste Rede (primer discurso) y Vorrede (prólogo o, también, discurso preliminar), Nietzsche quiere indicar que en realidad este su primer hablar o discursear (reden) a los hombres no ha sido más que un hablar preliminar, pero que su verdadero hablar va a comenzar ahora. Por eso la verdadera primera parte de esta obra se titulará precisamente «Los discursos (Reden) de Zaratustra».
  25. Eco de la escena evangélica (Evangelio de Lucas, 23, 17) en que la muchedumbre rechaza a Jesús y reclama a Barrabás: «Pero ellos vociferaron a una: ¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás!»
  26. Un desarrollo de esta idea puede verse en esta primera parte, De los despreciadores del cuerpo, y, en la tercera parte, El convaleciente: «Las almas son tan mortales como los cuerpos.»
  27. La expresión «pescador de hombres» es evangélica. Véase el Evangelio de Mateo, 4, 19, «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres» (Jesús a Pedro y a Andrés). Véase también, en la cuarta parte, La ofrenda de la miel.
  28. Cita ligeramente modificada de Proverbios, 4,19: «Oscuros son los caminos del ateo» (traducción de Lutero). Lutero emplea el término gottlos (literalmente: sin-dios), expresión que luego va a ser epíteto constante de Zaratustra. Pero son los «buenos y justos» los que se lo aplican; véase, en la tercera parte, De la virtud empequeñecedora. Pero luego Zaratustra se apropiará con orgullo de esa calificación. Los buenos y justos son también los que llaman a Zaratustra «el aniquilador de la moral»; véase, más adelante, De la picadura de la víbora.
  29. La pareja verbal «los buenos y justos», que aquí aparece por primera vez, se repetirá numerosísimas veces en toda esta obra. Probablemente es imitación de otra pareja verbal, «los hipócritas y fariseos», que también aparece con mucha frecuencia en los Evangelios, y tiene el mismo significado que ella. Véase, por ejemplo, en la tercera parte, De tablas viejas y nuevas: «¡Oh hermanos míos! ¿En quién reside el mayor peligro para todo futuro de los hombres? ¿No es en los buenos y justos, que dicen y sienten en su corazón: “nosotros sabemos ya lo que es bueno y justo, y hasta lo tenemos”».
  30. Cita del Salmo 146, 5-7: «Bienaventurado aquel... que da de comer a los hambrientos.»
  31. Sobre esta costumbre de Zaratustra de «mirar a la cara a todas las cosas que duermen» véase también, en esta misma parte, Del amigo; y en la cuarta parte, La sombra.
  32. En la cuarta parte, Del hombre superior, Zaratustra recordará esta «verdad nueva».
  33. Juego de palabras en alemán entre Brecher (destructor, rompedor, quebrantador) y Verbrecher (infractor, criminal). También Moisés rompe las tablas; véase Éxodo, 32,19: «Al acercarse al campamento y ver el becerro y las danzas, Moisés, enfurecido, tiró las tablas y las rompió al pie del monte». En esta obra Zaratustra utiliza numerosas veces esta contraposición.
  34. Reminiscencia del Evangelio de Mateo, 9,37: «La mies es abundante y los braceros, pocos.»
  35. Juego de palabras en alemán entre Einsiedler (eremitas) y Zweisiedler (término este último creado por Nietzsche y que hace referencia al matrimonio, esto es, a la «soledad de dos en compañía»).
  36. Los amplios círculos que traza el águila y el enroscamiento de la serpiente en torno al cuello del águila son ya aquí una premonición del «eterno retorno», que es una de las doctrinas capitales de esta obra.
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Prólogo de Zaratustra