Úrsula

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Este texto ha sido incluido en la colección Textos póstumos de Felisberto Hernández
Compilado de relatos, no agrupados en libros, revisados por la Fundación Felisberto Hernández en colaboración con Creative Commons Uruguay
Úrsula


Úrsula era callada como una vaca. Ya había empezado el verano cuando yo la veía llevar su cuerpo grande por una calle estrecha; a cada paso sus pantorrillas se rozaban y las carnes le quedaban temblando. A mí me gustaba que se pareciera a una vaca. Una noche que el cielo estaba bajo y se esperaba la lluvia, un auto descargó sus focos sobre el cuerpo de Úrsula. Ella dio vuelta la cabeza y en seguida corrió para un lado de la calle estrecha; parecía una vaca sacudiendo las ubres. El auto se detuvo y alguien, desde adentro, preguntó algo. Úrsula contestó moviendo la cabeza; estaba rodeada del polvo que había levantado y se veía brillar las córneas de sus grandes ojos. Después yo me quedé entre unos árboles bajos hasta que llegó la lluvia. Úrsula volvería a pasar al otro día. Yo oía el ruido de gotas gordas tragadas por el polvo y me había agachado como si los árboles fueran capuchones que me pesaran sobre los hombros. Pensé en mi casa; a cada instante yo elegía en ella lugares y libros que aún no conocía. Y cuando estaba desasosegado subía una escalera de caracol que en vez de baranda tenía colgada en el centro una cuerda gruesa. A veces me quedaba un rato agarrado a ella y me parecía que esperaba el momento de subir un telón. Después entraba a una de las habitaciones y me tiraba en la cama.

Aquella noche yo oía la lluvia desde un sillón acolchado y pensaba en Úrsula. La primera vez que la vi ella estaba sentada a la mesa en el mismo restorán donde comía yo. Su cuerpo parecía haberse desarrollado como los alrededores de un pueblo por los cuales ella no se interesaba. Ella estaba únicamente en sus ojos azules. Sobre la frente, muy blanca, se abrían dos grandes ondas de su pelo rubio y yo pensaba en los cortinados de una habitación antigua; los ojos se movían debajo de sus párpados como personas dormidas bajo las cobijas. A veces iba a su mesa una mujer pequeña vestida de negro; hablaba agitadamente pero en voz baja; la boca carnosa de Úrsula pertenecía a sus alrededores: comía pero no hablaba; la pequeña enlutada no dejaba de conversar por eso: le bastaba con que los ojos de enfrente levantaran un poco las cobijas y se taparan de nuevo. No sé por qué tuve la idea de que Úrsula entregaría su cuerpo como si él fuese un animal. Y se me ocurrió que si yo entraba en relaciones con él, amaría disimuladamente a una vaca. La primera vez que la vi caminar parecía que los muros estrecharan las calles para tocar su cuerpo. Otra vez pasaba un carro y un techo de dos aguas rozó una cadera de Úrsula con el filo de un ala.

Esa noche yo estaba desasosegado y a último momento decidí ir al restorán; pero cuando llegué ya habían sacado los manteles. Me sorprendió ver, únicamente, a Ursula con un niño de tres años. ¿Sería de ella? Lo había sentado al borde del mostrador; ella estaba de espaldas y no dio vuelta la cabeza para ver quién entraba; le sobresalía una cadera porque estaba apoyada sobre una pierna. El niño me miraba fijo. Ella esperaría al dueño. Me acerqué un poco más y vi que Úrsula se había hundido el borde del mostrador en el vientre. Los ojos del niño me molestaban: se habían quedado tan firmes como un espejo y yo tuve que dar vuelta la cabeza. Por fin vino el dueño; a pesar de ser viejo su voz era como la de un adolescente en el período de cambiarla. Yo no le entendía nada. A mí tenían que hablarme lentamente y separando las palabras. De pronto me di cuenta que Úrsula le contestaría alguna cosa: sería como oír hablar una vaca. El niño estornudó; ella le puso un pañuelo en la nariz y esperó que él se sonara. En ese instante el dueño se dirigió a mí y le pedí una botella de cerveza; empezó a servirme el primer vaso y sonó la voz de Úrsula como un reloj de pared. Era una voz gruesa y un poco afónica; haría mucho que no la usaba; si hubiera tosido como cuando se tiene carraspera, la voz se habría aclarado.

Yo recordaba esto, aquella noche que llovía. Oí golpear en una de las puertas y tuve un sobresalto. Me di cuenta de que en ese momento no llovía. Al levantarme del sillón quedó sonando un elástico y no sé por qué pensé en un instrumento profético y no iba a abrir la puerta. Después crucé un corredor donde había colgadas armas antiguas en las paredes. La persona que había llamado entró y dirigía sus pasos hacia mí, cuando reconocí al amigo que me había prestado aquella casa.

Él se había desprendido, recién, de un lugar donde había mucha gente encendida –desde París hasta donde estaba yo se tardaba dos horas–, y sacudiéndome por los hombros me decía:

—Pero ¿qué te pasa? ¿Estás dormido? (No me dio tiempo a contestarle.) Yo me quedaré hasta el viernes y después te llevaré por unos días.

Ya tendría tiempo, yo, de convencerlo de que no debía ir. Él se había dado vuelta; fue para las piezas de arriba y yo volví a lo que recordaba antes; encontré un fondo de aguas revueltas; allí estaban las plantas verdosas y la poca luz del restorán; pero no podía ver los alrededores de Úrsula. Mi amigo volvió trayendo la cara alegre y la intención de seguir removiéndome.

—¿Trabajaste?

—Poco.

—¿Qué te pasa? ¿Qué es lo que necesitas?

La palabra necesitas me dio fastidio. ¡Pero él era tan buen amigo! Antes de dormir estuvimos hablando a oscuras y de pronto él me dijo:

—Te resultaría mejor comer aquí; una mujer podría hacer la limpieza y algunas comidas sencillas.

Pensé que había descubierto mi deseo de que viniera Úrsula; y no hice otra cosa que sacar la lengua, en la oscuridad, y guardarla inmediatamente. Al otro día de mañana caminamos por los alrededores; mi amigo detuvo a una anciana que salía del cementerio y le preguntó por alguna mujer que quisiera emplearse. La anciana tenía los ojos llorosos y dijo que no conocía ninguna. Después vimos a la mujer enlutada, amiga de Úrsula. Mi amigo la interrogó y ella se puso a pensar. Entonces yo, con toda naturalidad posible, dije:

—Pregúntale por una mujer gorda que come en el restorán...

No entendí lo que decía la enlutada; pero mi amigo me tradujo:

—Dice que es muy haragana.

—¡Para lo que hay que hacer allí! –le contesté.

La enlutada pensaba en otra y yo perdí la esperanza. Al atardecer me paseaba por el camino de los árboles bajos y mi amigo me llamó. Al entrar en la casa me encontré con Úrsula, la pequeña enlutada y un hombre bajito. Mi amigo me los presentó; y señalando a Úrsula dijo:

—Ésta es la que va a venir mañana.

Después le preguntó el nombre. Úrsula juntó los labios –se hubiera dicho que se preparaba para besarlo– y contestó “Ursule”.

Al despedirme ella levantó los párpados durante el tiempo de tomar una instantánea y yo apreté su mano como a la bomba de goma de una máquina fotográfica. Después seguí paseando bajo los árboles: deseaba estar solo con la idea de Úrsula. El destino la había traído hasta mi casa y ahora él no dejaría las cosas a medio hacer. Ella se aproximaba a paso lento y su instinto sería seguro. A la mañana siguiente oí subir pesadamente la escalera. Yo todavía estaba en la cama y me pasé las manos por la cabeza para acomodarme el pelo. Ella dio un golpe en la puerta. Sin querer le grité algo en castellano para que entrara. Desde mi cama –que era baja– ella apareció inmensa. Mi amigo me mandaba decir si yo prefería café o té. Entonces, clavando mis ojos en los párpados de Úrsula contesté: “J’aime du lait”. Ella levantó los párpados y me mostró sus ojos desnudos: tenían el asombro de un presentimiento. Yo sentía voluptuosidad en haber empleado el verbo amar para hablarle de la leche. Ella se limitó a decir: “Il n’y a pas de lait”. Pero insistí señalando una valija y haciendo señas para que la abriera. Ella tenía la torpeza de un animal amaestrado. Sacó un tarro de leche desecada y lo daba vuelta entre sus manos para mirar todas las vacas pintadas alrededor. Yo quise destaparlo para ver si era ése el que estaba empezado. Me dolían las yemas de los dedos y Úrsula se quedaba allí, con su gran barriga, esperando. Yo no podía hacer saltar la tapa y pasábamos por uno de esos silencios que se hacen en los circos cuando la prueba es difícil. Por último decidí que ella me trajera otros tarros; tal vez conociera el empezado por el peso. Úrsula me los alcanzaba con una sola mano; no se le ocurría emplear las dos y traer dos tarros por vez. Conocí el empezado al sacudirlo. Ella hizo una sonrisa y empezó a dar vuelta su cuerpo y a irse. Yo temía que se cayera de la escalera. Mi amigo estuvo todo el día de mal humor y a cada momento tropezaba con Úrsula. A la hora de cenar Úrsula venía con una bandeja y tropezó con un aparador oscuro. Algo, dentro de él, quedó sonando: fue como despertar a un dormido que se hubiera puesto a rezongar. Entonces mi amigo soltó una carcajada. Yo me quedé serio; a Úrsula se le llenó la cara de vergüenza y se fue enseguida. Cuando volvió tenía los ojos enrojecidos. Al terminar la cena mi amigo levantó una lámpara para mirar un cuadro en el momento que Úrsula traía el café; entonces le preguntó:

—¿Le gusta este cuadro?

Ella recorrió, con sus ojos azules, todo el paisaje y dijo:

—Sí. Mi abuelo pintaba en las iglesias y hacía cuadros como éste.

—¿En las iglesias pintaba así? ¿Paisajes con vacas?

Entonces Úrsula se rió poniéndose una mano en la boca y repitió:

—¡Vacas en las iglesias!

Mi amigo le tomó de un brazo. Yo sentí, también, la piel de ella en mi mano; pero odié a mi amigo. Antes de dormir pensé en Úrsula; nos habíamos encontrado varias veces en el corredor de las armas y ella se ponía de costado. Me dormí pronto pero me desperté al rato. Creía comprender más a Úrsula cuando ella caminaba por las calles estrechas. Ahora todo se volvía más simple pero yo lo comprendía menos. Ni siquiera tenía para Úrsula los pensamientos de costumbre; era como si en la oscuridad no reconociera mi saco ni pudiera calzar las mangas.

Al otro día mi amigo se fue. Aunque Úrsula y yo no hablábamos nunca ahora parecíamos más silenciosos. Al anochecer empecé a mirar un juego de barajas nuevas; pero sin la intención de hacer solitarios. Pensaba que debía buscar la manera de conversar con Úrsula. Y fue ella la que se acercó para preguntarme si sabía adivinar lo que decían las cartas. Le dije que no y me arrepentí enseguida. Pero cuando ella volvió al comedor se me ocurrió proponerle:

—Puedo adivinar mejor en las manos...

Ella se detuvo sin decirme nada. Me pareció que era supersticiosa y haciendo un esfuerzo le dije:

—Si quiere, después de cenar podríamos ver qué dicen sus manos.

Seguí trabajando en silencio, y antes de irse a su casa yo insistí:

—¿No tiene tiempo ahora?

—¿Y si me sale una desgracia? –contestó.

Se acercaba a la mesa con timidez y traía movimientos raros en el cuerpo; tal vez quería que le perdonaran los alrededores. Se miraba una mano y me hizo pensar que tendría una espina. Entonces le pedí que fuéramos a la lámpara de pie con flecos amarillos. Le tomé la mano y acercamos nuestras cabezas a la pantalla. Yo pasaba mis dedos sobre su palma como si su destino estuviera escrito en un papel arrugado. Ya había pensado lo que le iba a decir. Antes le miré la cara; tenía la seriedad de una novia en el momento de casarse. Cuando volví los ojos a nuestras manos la luz no me pareció suficiente. Entonces separé los flecos con una mano y enseguida hice pasar las otras debajo de la luz. Nuestros ojos miraban la ceremonia detrás de los flecos, mientras las manos tomadas esperaban con la más inocente delicadeza; y de pronto yo, con mi voz más lejana, dije:

—Usted ha tenido, en su vida... preocupaciones...

Me detuve todo el tiempo posible. Después, arrugando las cejas, agregué:

—Hay una persona, sobre todo, que la ha disgustado mucho...

Me detuve de nuevo. Ella aspiró un poco de aire y tuvo un quejido entrecortado, como en medio de un sueño y mientras su cuerpo cambiara de posición. Al rato, con la actitud de estar seguro de todo, le propuse:

—Si le parece mejor abandonamos el pasado y averiguamos el futuro.

Y antes de que se arrepintiera cerré los ojos diciendo:

—Voy a descansar un instante.

Saqué las manos de la luz sin soltar la de ella; la sentía en la mía pero yo no hacía ningún movimiento; temía que la de ella se asustara. El resplandor me hacía pensar en que estábamos al borde de una hoguera. A los pocos instantes la mano de ella hizo un movimiento; entonces yo volví a llevar las tres debajo de la luz. Colocamos las frentes junto a la pantalla, que parecía otra cabeza, y su cara vacía pero encendida atendía al mismo acontecimiento.

—Veo llegar, a sus días futuros, un extranjero.

Hubo un silencio demasiado largo. Lo interrumpió ella:

—¿Qué tipo de hombre es él?

Me acerqué a su mano como para observar un insecto. Al fin contesté:

—Parece morocho... y la hará feliz.

Al mismo tiempo pasé mi mano por mi pelo negro.

—¿Qué más?

—Por ahora no me doy cuenta.

Di vuelta la mano de ella para mirar el dorso; pero ella la retiró llevándola a la penumbra con un movimiento de pezuña. Al rato le pregunté:

—¿Qué le pasa? ¿No le gusta estar enamorada?

—Después no se puede dormir ni comer y vienen los disgustos.

—¿Qué disgustos?

Pero ella dio vuelta torpemente su cuerpo y se fue.

Esa noche recordé la ceremonia de las manos y tuve para ellas un sentimiento de futuro lejano y como si dijera: “¡Ah! ¡Cuando nuestras manos eran jóvenes!”. Después pensé en los dedos de ella, siempre juntos y temerosos de separarse; y en los míos que parecían moverse en una pecera iluminada.

A la mañana siguiente Úrsula me dijo que llevaría a su sobrino la cucharada de leche disecada que tomaría en casa. Con la alegría de saber que aquel niño del restorán no era su hijo, fui a mi pieza y traje un tarro. Ella estaba conmovida y quiso llevarlo enseguida a casa del niño. La acompañé hasta el portón y al verla alejarse pensé en los días primeros del verano, cuando no éramos amigos. De pronto ella dio vuelta la cabeza; a mí se me ocurrió hacerle adiós con la mano y ella me contestó levantando la suya. Entonces yo me dije: “Esto va bien: ninguna sirvienta saluda así a su patrón”. Después subí la escalera lentamente y me agarraba de la cuerda lleno de esperanzas.

Ese día, un poco antes de la noche, ella entró en la pieza donde yo trabajaba y con una sonrisa rara, me anunció:

—Lo buscan.

—¿Quién?

—Un señor.

Y al decir esto me mostraba su mano.

—El señor que usted vio en la mano anoche...

—¡Oh! Muy bien. Voy enseguida.

Pero yo no sabía quién sería; de pronto recordé lo del “extranjero morocho” y pensé: “¡Yo no le habré arreglado el destino a otro!”. Y recién al cruzar el corredor de las armas recordé haberle dicho que una persona del pasado le daba disgustos. El visitante era el hombre bajito que había venido con la señora enlutada cuando tomamos a Úrsula. Yo trataba de comprender su francés y miraba sus pantalones negros muy apretados de donde salían pies tan grandes que parecían guadañas. Él me hablaba de la leche desecada y me agradecía el tarro. Tal vez fuera cuñado de Úrsula; pero ¿por qué la había hecho sufrir? Él dio vuelta la cabeza hacia un lado y el perfil era tan alargado como una sombra en la pared.

—¿Usted es el papá del niño? ¿Y aquella señora de luto la mamá?

Él miró a Úrsula y ella dijo:

—Él es el abuelo, el padre de mi hermana; y la señora de luto es amiga de él.

Yo me sentí feliz y me prometí estrechar las relaciones con Úrsula.

Al otro día, antes del almuerzo, le propuse:

—En honor a su abuelo, que fue un gran pintor, le ruego que me acompañe a comer.

Ella se quedó perpleja, fue a buscar una fuente y al volver me contestó:

—Yo no puedo... todos mis parientes no son honorables.

—¡Oh! Hágalo por nuestra amistad. Estoy muy solo...

¿Por qué ella habría dicho eso? En la tardecita Úrsula se sentó cerca de la ventana; parecía que estuviera en un palco y mirara la escena donde unos árboles bajos se cubrían con un follaje oscuro. Después encendió las lámparas; y la luz, al salir por la ventana daba sobre troncos grises y parecía que alumbraba pantalones. Ella se quedó inmóvil mucho rato. A la noche, en el instante de sentarse bajo la lámpara de flecos amarillos, Úrsula se acomodaba en la silla como si fuera a tocar el arpa. Y al rato, cuando yo miré de nuevo me pareció que ella y la lámpara me esperaban. Entonces me acerqué y le dije:

—¿Me permite que le hable de algo íntimo?

Levantó los párpados tan rápidamente como si se le hubieran volado; y con los ojos espantados me empezó a decir:

—Mi padre... ya es tarde. Yo esperaba que usted terminara de leer para decirle que mañana no podía venir.

—Muy bien, no se preocupe; yo le iba a hablar de la persona que le daba disgustos.

Ella se había parado; pero después de un instante sus párpados volvieron a posarse sobre los ojos y me preguntó:

—¿Tardará mucho?

—Creo que no; pero si está apurada...

Al descargar su cuerpo en la silla las maderas se quejaron.

—¡Su papá parece un hombre bueno!

—Sí...

—¿En qué se ocupa?

Después de un silencio ella me dijo algo que no entendí.

—¿Cómo?

Entonces levantó la cabeza; y desafiando la verdad repitió:

—De robos.

Y después de otro silencio:

—Ahora hace mucho que no lo llevan preso.

Y empezó a contar detalles. Su padre robaba de día. El año pasado ella le había cosido en el sobretodo unos bolsillos que le llegaban hasta abajo; allí él metía las piezas de género como si envainara espadas. Me contó otras cosas más; y parecía que hablara de la técnica de un cazador que para cada ave se preparara de manera distinta. De pronto vi que Úrsula se pellizcaba un seno; pero en realidad sólo se pellizcaba la bata para decirme:

—Esta seda me la trajo él.

A último momento decidí acompañarla a la casa. En las calles estrechas encontramos algunos vehículos; yo le tomaba el brazo y procuraba quedarme con él; ella se resistía; pero cuando salimos de la aldea fue más condescendiente. Desde ese camino se veía la ciudad y se me ocurrió invitarla al cine. Convinimos en ir el domingo por la tarde y no conversamosmás. Ahora llevábamos el apresuramiento torpe de los que están próximos a un pecado. A veces nuestros pasos no coincidían y los cuerpos chocaban; parecían bestias desiguales prendidas en el mismo carro. Su casa quedaba en la orilla del bosque y antes de llegar ella me dijo:

—Suélteme; papá es muy celoso.

Esa noche no pude dormir. Y a la noche siguiente hicimos la misma carrera; yo quería rodearle el talle pero el brazo no me alcanzaba. El domingo, enseguida de almorzar había sol y fuimos caminando despacio hasta el cine. En el informativo había vacas y yo puse mi brazo en el hombro de Úrsula. La película era triste y cuando un niño huérfano iba solo por un camino polvoriento a Úrsula le salieron lágrimas. Yo se las sequé con mi pañuelo y le di un beso en la cara; la carne de su mejilla era dura, pero estoy seguro que tenía olor a leche. Después le di muchos besos más hasta que se enojó y me dijo cosas que no entendí. Yo también me enojé y no hablamos ni en el camino de vuelta ni en la cena; pero me pidió que la acompañara a la casa y por las calles estrechas empezaron de nuevo los besos; ella no quería detenerse ni un instante; para besarla yo iba saltando a su alrededor: debía parecer un insecto que conservaba el vuelo mientras picaba. Me extrañó que a la noche siguiente ella aceptara otra invitación al cine. Al salir de allí, tarde en la noche y cuando pasábamos por mi casa le propuse que tomáramos una taza de leche. Entonces se me ocurrió decirle:

—¡Es tan tarde! Si su papá no fuera tan celoso usted podría quedarse en mi casa.

En ese momento ella tenía la taza en la boca; la separó apenas de los labios y sintiéndose escondida detrás de ella, me dijo:

—Mi padre está preso.

Hicimos un minuto de silencio para pensar en el padre; pero yo estaba contento.

A la mañana siguiente ella fue un momento a su casa. Yo sentía la libertad de un estudiante después de una temporada de exámenes. Me tiré en un montón de paja que había entre una cochera. Desde allí veía el verano. Los techos eran viejos, les faltaban tejas y se echaban encima de casas que apenas podían soportarlos. Yo me imaginaba que vivía un día de antes, cuando el sol daba de otra manera sobre la tierra. Tal vez el silencio de Úrsula fuera de aquel tiempo. Ella lo habría heredado desde la época en que él fue repartido entre todas las cosas. Y ahora yo deseaba el silencio que se había amontonado en Úrsula.

Durante unos días yo creí saber cómo era Úrsula. Pero una tarde, ya cerca de la noche, yo estaba tirado en el montón de paja con los ojos cerrados; y al abrirlos vi delante de mí una vaca. Me asusté y tuve un instante de ofuscación. Entonces le grité con todas mis fuerzas: “¡Úrsula!”. Los dos nos quedamos quietos; y a los pocos segundos Úrsula vino corriendo, empezó a reírse y se llevó la vaca. Las dos iban sacudiendo sus cuerpos hacia un portoncito del fondo; y yo las miré hasta que una salió y la otra cerró el portón.