A fuego lento: 41

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Capítulo XI[editar]

Pasaban los días y los días y el doctor no mejoraba. Alicia se oponía a que se le trasladase a una casa de salud, a pesar de las reiteradas instancias del médico que le asistía.

-Aquí no tiene aire ni quien le cuide como se debe -decía Plutarco- ¡Le está usted matando!

-¿Quién puede atenderle mejor que yo? -replicó Alicia-. No, de aquí no sale.

Plutarco se quedó atónito ante aquel cinismo inconsciente. No sólo no le atendía, sino que cada vez que entraba en el cuarto era para insultarle.

-¡Cuándo acabarás de reventar! -le decía.

Muchas veces, a media noche, cuando el enfermo dormía, se colocaba sigilosa, como un gato, en la alcoba y sé ponía a revolver el escritorio y a registrar las ropas del médico que colgaban de la percha. Si hallaba dinero, la vuelta de algún billete con que se pagó la botica, se le guardaba en el seno. La alcoba permanecía toda la noche tibiamente iluminada. Así se explica que Baranda hubiese podido sorprenderla una noche.

-¿Qué haces ahí? -la gritó.

-¡Ay, qué susto me has dado! -respondió-. Vine a saber si dormías.

-No, no duermo -agregó el médico con intención.

Otras noches roncaba vestida, durmiendo la mona, en el sofá de la sala. Plutarco se la acercaba quedo, muy quedo, silbando y entonces cesaba de roncar. A las cuatro o las cinco de la madrugada se despertaba de muy mal humor, y hablando consigo misma, medio en sueños, se desnudaba acostándose de una vez. A las siete ya estaba en pie dando vueltas por la casa.

-¡Por Dios! -exclamaba Plutarco en voz baja-. No haga usted ruido, que va a despertarle.

-Y a mí ¿qué me importa? -y continuaba yendo y viniendo del comedor a la cocina, no sin tropezar en el pasillo con algún mueble.

-¿Qué tal noche ha pasado? -preguntaba luego como podía preguntar qué hora era.

Plutarco, sin responderla, volvía en puntillas a la alcoba y cerraba suavemente la puerta.

Algunas noches, cuando Alicia, borracha, dormía, entraba Rosa, después de aguardar largo rato en el descanso de la escalera a que Plutarco la abriese. Pasaba una media hora junto al paciente y luego de besarle con infinita ternura, salía, casi sin pisar, resguardada por Plutarco que la acompañaba hasta la puerta. Rosa solía permanecer hasta dos horas en la escalera y al menor ruido bajaba precipitada y silenciosamente como un ladrón, temerosa de que Alicia pudiese sorprenderla. Peinaba al enfermo, le perfumaba la barba con un pulverizador que traía ella misma y le frotaba con un guante de cerdas los riñones. La presencia de aquella mujer tan dulce y cariñosa le levantaba el espíritu.

Plutarco, a la postre, no tuvo más remedio que poner en autos al comisario de policía y al juez de paz de lo que pasaba, y dos médicos certificaron que el paciente carecía de asistencia y que debía trasladársele a toda prisa a una casa de salud.

Alicia estaba con Nicasia y otras amigas en el saloncito. De pronto se oyó el rodar de un coche que entraba en el zaguán. Era la ambulancia. Dos hombres subieron una camilla que colocaron a la puerta del gabinete del médico. La sorpresa de Alicia fue tan honda que no supo qué decir. Se quedó estupefacta. Sacaron al paciente de la cama. Al mirar el cuadro del Greco, se le figuró una copia de aquella escena. Luego le colocaron en la camilla. Sus ojos tristes se pasearon dolorosamente por las paredes y los muebles; después se fijaron en Alicia, como si se despidiera de ella para siempre. Aquel adiós mudo, largo, de una melancolía penetrante, no pudo menos de enternecer a todos.

Alicia, reaccionando en aquel momento crítico, rompió a llorar gritando:

-¡Yo quiero darle un beso! ¡Quiero abrazarle por última vez! ¡Oh, yo le amo, yo le amo! ¡Nicasia, Nicasia, se lo llevan, se lo llevan! ¡Ya no volveré a verlo!

Se detuvo en la puerta de la escalera vigilando la camilla para echarse encima cuando fueran a sacarla. Plutarco, comprendiéndolo, la dijo de pronto:

-Alicia, se necesita un pañuelo.

Y aprovechando el momento en que entraba en su cuarto, bajaron al enfermo que echó una última mirada de angustia a su casa, a aquella casa donde tanto había padecido. Diríase el entierro de un vivo. Le metieron en el carro que partió hacia la casa de salud entre el bullicio de París que brillaba acariciado por la melodía rubicunda de un largo crepúsculo de otoño.

Cuando Alicia, al volver con el pañuelo, se dio cuenta de la añagaza, montó en cólera. Luego se introdujo en la alcoba y, echándose sobre la cama que aún conservaba el hueco caliente del enfermo, se deshizo en sollozos y lamentos.

-¡Se lo han llevado! ¡Se lo han llevado! ¡Ay, Nicasia! ¡Cuánto sufro! ¡Cuánto sufro! ¡Qué sola estoy! ¡Qué sola me han dejado! -Y sus lágrimas corrían abundantes y calientes.

-Si es por su bien, hija. Consuélate. Ya volverá -la decía Nicasia también compungida.

Entretanto el perrito se paseaba por la alcoba buscando con ojos llorosos y adoloridos al ausente.

La aflicción de Alicia era más de rabia que de verdadero pesar. Habían podido más que ella. Pasada la crisis, exclamó:

-Ahora mismo voy a ver al comisario de policía para decirle que se han llevado a mi marido sin mi consentimiento. La policía me dirá dónde está. Vaya que si me lo dirá. Nadie tiene derecho de secuestrarle. Yo le haré volver aquí. No puede ni debe tener mejor asistencia que la mía. Bien han podido decirme esos canallas adónde ha ido. Me han tratado como no se trata a nadie, a nadie. ¡Esto es infame! ¡Esto es inicuo! ¿Quién, sino Plutarco, puede ser el autor de todo esto? Y ahora Rosa estará con él. ¡No, no y no! Acompáñame, Nicasia.

Y salieron juntas a ver al comisario. Éste, que estaba al corriente de lo que ocurría, fingió no saber nada, pero prometió dar a Alicia las señas de la casa de salud.

Alicia, en su aturdimiento, se puso sobre la robe de chambre un gabán del médico y en la cabeza desgreñada, un sombrero rojo. Parecía una gitana vestida con el traje de una cantatriz de ópera de tres al cuarto.

Pasó la noche inquieta hablando, hablando sin cesar. Nicasia, muerta de sueño en una butaca, abría de cuando en cuando los ojos.

-Sí, sí -silabeaba maquinalmente.

-¿Por qué no viene alguien a decirme siquiera cómo ha llegado? -continuaba Alicia-. Es criminal abandonarme de esta manera. ¿Qué he hecho yo para eso, que he hecho yo?

A cada cláusula, se atizaba un trago de cognac.

-No te quepa duda, Nicasia; ese comisario es un sinvergüenza. Está en el ajo.

-Sí, sí -respondía Nicasia cabeceando.

Y hasta el amanecer estuvo paseándose Alicia por toda la casa, como un remordimiento hecho carne.