A fuego lento: 43

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Capítulo XIII[editar]

Baranda se negaba a tomar alimentos, no por que fuesen malos -Alicia le compraba aposta huevos de diez céntimos y leche aguanosa-, sino por lo que él decía a Plutarco:

-¿Para qué seguir viviendo? La vida es una adaptación del individuo al medio. Desde el punto en que el ambiente nos es hostil, la vida se hace imposible. Para mí (lo digo sin pizca de lirismo) no hay más solución que la muerte. Es más, no la temo. La idea de seguir viviendo con Alicia me da horror.

Y se quedaba absorto como delante de un gran peligro.

-Por mucho que prometiese enmendarse ¡lo ha prometido tantas veces! todo seguiría igual o peor. El pretexto es Rosa. Si no hubiera Rosas habría... cardos. Creo poco en los motivos. Si así fuera, todo el mundo obraría en igualdad de circunstancias lo mismo. ¿Por qué un banquero que quiebra se suicida y otro huye? ¿Por qué una mujer caída se encenaga y otra lucha por rehabilitarse? ¿Por qué yo no me he matado? El motivo no tiene la pujanza suficiente para hacernos obrar en oposición con nuestro carácter, para cambiar nuestra substancia.

En esto entró Alicia en la alcoba, en aquella alcoba en que se respiraba una atmósfera caliente de ácido úrico.

-¿Vas a tomar o no la leche? -le dijo con tono autoritario.

-Te he dicho que no. Si Rosa estuviera aquí, la tomaría.

-Pues te morirás en ayunas, porque lo que es esa tía no pone los pies aquí. ¡No faltaba más! ¡Cuidado que se necesita tupé...! ¿Qué te parece, Nicasia, lo que me propone ese tipo? ¿Qué harías en mi caso?

-Yo accedería. Ese hombre ya no es hombre. Es un cadáver. ¿Qué peligro puede haber?

-Lo que es peligro... ¡Pero no me da la gana! ¿No quiere tomar la leche? ¡Que no la tome!

Un día en que Alicia estaba ausente, Baranda se levantó y, apoyándose en Plutarco, bajó las escaleras. No podía tenerse en pie. Las piernas le flaqueaban. Entre Plutarco y el cochero le ayudaron a entrar en el fiacre que le condujo a casa de Rosa, en la rue Mogador.

-Doctor, el día está muy crudo. Abríguese bien -le recomendó Plutarco, temeroso de que pudiera constiparse.

-Pierda cuidado -respondió el médico sacando la cabeza por la ventanilla.

Allí en casa de la querida, permaneció hasta el oscurecer. Rosa, al verle, no pudo disimular su asombro y su miedo.

-¡Oh! ¿Por qué has venido? -le dijo besándole.

-Porque no podía estar sin verte.

-Oh, mon coeur adoré! -añadió Rosa abrazándole con intensa ternura.

Le dio la mejor leche, los mejores huevos; le mimó con exquisita delicadeza y le besó en los ojos, en la frente, en las manos.

-¡Estoy muy malo! -suspiró-. Ya me quedan pocos días. Me siento como una persona medio viva y medio muerta que viviese en un semiletargo y a quien los objetos aparecen nebulosos y las gentes espectrales. Cuando me hablan me figuro que me hablan desde muy lejos, desde muy lejos...

Rosa lloró a mares.

-¡Oh, no, no puede ser! -sollozaba.

-Aquí te traigo esto -la dijo sacando del bolsillo un sobre cerrado-. Son diez mil francos. Siento no poder darte más. ¡Has sido tan buena conmigo! ¡Te estoy tan agradecido!

Rosa se le echo encima y le estrechó, deshecha en lágrimas, entre sus brazos.

Desde su vuelta de los trópicos, el médico la había ido dando sumas parecidas que ella depositaba en la caja de ahorros. Pasaban de ochenta mil francos.

-Puedes emplear tu dinero -la dijo- en un seguro vitalicio. Es lo mejor, puesto que no tienes hijos. ¡Oh, con qué gusto me quedaría aquí! -exclamó luego echándose en la cama.

Rosa, haciendo de tripas corazón, bromeó con él un rato. Después recordaron el buen tiempo estudiantil, su grenier del barrio latino y lloraron juntos sobre el cadáver del pasado. Hablaban de sí mismos como de personas desaparecidas para siempre, intentando vanamente galvanizar aquellas memorias pulverizadas por el tiempo...

La despedida fue conmovedora. Ella le besó la cabeza, la boca, los ojos, el cuello, las manos, la ropa. La depresión de las acciones vitales era en él tan profunda, que apenas se dio cuenta de aquella explosión de cariño y de tristeza de su querida. Estaba como idiota.

Casi a gatas, y ayudado por el cochero, logró llegar hasta el primer piso en que vivía, deteniéndose, cadavérico y asmático, a cada cuatro escalones. Alicia no había regresado. De modo que no supo lo de la salida. Plutarco le aguardaba en la alcoba.

-Doctor, ha cometido usted una imprudencia. Ya se ha acatarrado usted -le dijo paternalmente al oírle estornudar.

-Sí, me siento muy mal. Tengo calentura -y daba diente con diente.

Se llamó al médico a toda prisa.

-Es la «grippe» -dijo-. Dada la debilidad general del paciente, esto puede complicarse.

Baranda había enflaquecido tanto que desaparecía bajo las sábanas como un niño. Los cabellos y la barba eran casi de nieve y la nariz y la frente parecían de marfil. Se le hincharon los párpados y las piernas y la cabeza le dolía como si le escarbasen los sesos. Se vio obligado a pasar muchas noches en una butaca porque no podía permanecer tendido.

Hubo junta de médicos.

-Se muere -opinaron.

Uno de ellos, llamando aparte a Plutarco, añadió:

-Si no ha hecho sus últimas disposiciones, que las haga en seguida.

Alicia, al oír estas palabras, le preguntó a Plutarco con ansiedad:

-¿Ha testado?

-Sí, hace tiempo. Y la deja a usted todos sus bienes -respondió Plutarco con desprecio.

-Usted ¿cómo lo sabe? -replicó Alicia con creciente nerviosidad.

Plutarco entró en el gabinete, abrió una gaveta y sacando un papel (la minuta del testamento) se la mostró a Alicia.

-Vea usted. La deja a usted todo lo que hay en la casa y un seguro de vida de cien mil francos.

-¿Nada más? ¡Valiente cosa! Y a usted; ¿no le deja nada?

-Sí, la biblioteca y los instrumentos de cirugía. Vea usted.

-¿Y A Rosa?

-No la mienta.

-¡Qué extraño! Se lo habrá dado en efectivo.

Luego añadió bruscamente:

-Déme acá ese papel. Nicasia, léeme esto.

-¡Si creerá que la engaño!...

Nicasia confirmó las palabras de Plutarco.

-Yo -añadió éste- no la hubiera dejado un céntimo. Porque ¡cuidado si ha sido usted infame!

-Ya ves, hija. ¡Lo que te has atormentado y lo que le has hecho padecer! -la dijo Nicasia.

-No, si no era por eso -repuso Alicia.

Baranda, con voz muy débil, clamaba por Rosa.

-¡Quiero verla! ¡Quiero verla! ¡Que me la traigan, que me la traigan!

Alicia dudó un momento. Después, volviéndose a Plutarco, le dijo:

-Que venga.

La casa se llenó de gente. La Presidenta preguntó:

-¿Se ha confesado?

-No -respondió Alicia.

-¡Y tú le dejas morir así! -exclamó doña Tecla casi furiosa, saliendo de su letargia habitual, con asombro de los presentes.

-Hay que llamar a un sacerdote. Al de la capilla española, que es amigo y confesor mío -agregó la Presidenta-. Ahora mismo voy por él -y salió en su busca.

Plutarco, desde el pasillo, oyó todo el diálogo.

La noche se arrastraba lenta y triste. En la alcoba sólo se oía el tic-tac del reloj, la tos de Baranda y los ronquidos de Mimí. Cada vez que Alicia se encontraba a Rosa en el pasillo, camino de la cocina, la insultaba.

-¡Canalla, ramera, franchuta! -la gritaba con ademán airado. Rosa palidecía, pero no contestaba.

-¿Y es esa la pájara que tanto te ha hecho sufrir? -preguntó doña Tecla.

-No vale nada -agregó don Olimpio.

Plutarco recibió al cura, que no tardó en llegar.

-Señor -le dijo- el doctor Baranda no es católico.

-Será entonces judío -contestó con viveza el clérigo, que era catalán.

-No, señor; no es judío.

-Será librepensador -prosiguió el cura con cierta sorna, pero sin desistir de su propósito.

Plutarco se le plantó delante.

-El doctor no cree en curas -le dijo seca y enérgicamente.

-¿En qué cree entonces ese hombre?-insistió dirigiéndose a la alcoba.

Plutarco, cogiéndole por el brazo, se le impuso:

-Usted toma la puerta en el acto.

Y el cura, furioso, bajó las escaleras acompañado de la Presidenta, que insistía en que se quedara.

-Pero usted no ha consultado al enfermo-dijo a Plutarco con mal disimulada ira.

-Sí, hay que consultarle -recalcó doña Tecla.

-¿Usted también, vieja idiota? -exclamó Plutarco fuera de sí-. A ver, largo de aquí todo el mundo. ¡Largo!

-¡Eh, poco a poco, mi señor don Plutarco!

Intervino Marco Aurelio encarándose con él.

-Usted también, ¡largo de aquí! ¡Fuera!

-¡Le mandaré a usted mis padrinos!

-¡Sus padrinos! Y yo no les recibo. Yo no doy la alternativa de hombre de honor a un granuja que vive del juego y de las cocotas, a un granuja cuya madre es una prostituta que robó en las tiendas de Nueva York y que no estuvo presa gracias a un hermano suyo -otro bandido- que sacó la cara por ella.

Marco Aurelio se puso lívido.

-¡Fuera de aquí, hato de sinvergüenzas y chismosos!

Plutarco hablaba con tal imperio, tenía la expresión facial tan dura y amenazante, que nadie se atrevió a replicarle.

-No, Nicasia, quédese usted. Es usted la única persona decente que entra en esta casa. ¡Y éstas son las que hacen las reputaciones!

-¡Uf, qué genio! -exclamaba doña Tecla encaminándose a la puerta.

-Un loco -añadía don Olimpio tomando el sombrero.

-Ya le mandaré mis testigos -repetía Marco Aurelio, tomando las de Villadiego, con cierta cobarde altanería de gallo que huye. La Presidenta echaba espuma por la boca.

Sólo se quedaron Alicia y Nicasia.

En el silencio de la noche no se oía sino el toser del enfermo y el pitar lejano de las locomotoras de la gare Saint-Lazare.

Nicasia se acostó en la cama de Alicia, y Alicia, más borracha que nunca, se quedó dormida en el sofá.

A eso de las cuatro de la madrugada, Rosa, no pudiendo soportar el calor alcalino de la alcoba, salió al pasillo a respirar un poco. En esto despertó Alicia, y dirigiéndose a ella, la colmó en voz baja de improperios.

-¿Qué hace usted aquí? ¡Lárguese! Intrusa, esta es mi casa.

Como Rosa no la contestase, prosiguió:

-¿Me quiere usted decir qué porquerías le hace usted a ese hombre para haberle embaucado así? Por eso y sólo por eso la ha preferido a usted, ¡sucia!

Rosa la empujó suavemente para evitar que la tocase con las manos en los ojos. Entonces Alicia, sin poder refrenarse, la dio un puñetazo en la cara.

Rosa dio un grito.

En el umbral de la puerta apareció un espectro en una larga camisa de dormir, los pies en el suelo, con la barba y los cabellos blancos, que abriendo los brazos crecía como una aparición. Sus ojos brillaban con brillo siniestro.

-¿Qué la has hecho, qué la has hecho, malvada? -gritó con voz fuerte y sonora.

Luego se desplomó exánime.

Al ruido acudieron Nicasia, medio desnuda, y Plutarco.

Rosa llorando exclamó:

-¡Le ha matado, le ha matado!

-¡Canalla! -rugió Plutarco propinando a Alicia un soberano empellón.

Le levantaron del suelo y le acostaron en la cama. Estaba muerto.