Acriollado

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Acriollado
de Godofredo Daireaux



Bajo los sauces, el asador estaba plantado, frente a la puerta de la cocina de los peones, y éstos -cinco o seis gauchos- en cuclillas, unos, otros parados, con el cuchillo en una mano y un pedazo de carne en la otra, acababan su frugal almuerzo, antes de ir a dormir la siesta.

De repente, los perros, fieles cumplidores de su deber, heroicos, dejaron, sin vacilar, los huesos que estaban royendo y se abalanzaron, ladrando, hacia la tranquera. Un jinete se acercaba despacio, al tranco, después de haber arrollado su tropilla de overos, a corta distancia.

-¿Quién será? -dijo uno de los peones.

-Algún resero -contestó otro.

-O algún campero que viene a pedir rodeo.

-No debe de ser; anda demasiado paquete.

-Ese es un forastero que pasa, no más.

Y todos los ojos, ávidos, escudriñadores, se apoderaban de su persona, calando, curiosos, con sus miradas agudas, al que llegaba, como para penetrar en el secreto de quién podía ser, de dónde podía venir, de su edad, de su profesión, pero no de su nacionalidad, que no parecía dudosa. Por poco, hubieran tratado de adivinar cuánto dinero traía en el bolsillo y qué ideas encerraba su cabeza, y qué sentimientos su corazón.

El jinete se aproximaba y ya se le podían detallar las facciones. Hombre de treinta años, al parecer, de alta estatura, de anchas espaldas y cintura delgada, airoso, gallardamente sentado en el recado, el cutis bastante tostado, pero no tanto que no relucieran en él, en parte, unos reflejos rojizos, y, en la barba, algunos pelos dorados, que lo hicieron, al momento, notar por rubio.

No contradecía la filiación el color de los ojos azules como los hay pocos en la Pampa, y si, por su lado, sondeaban éstos las fisonomías, era sin deslizar la mirada, sino fijándola bien, como un foco de luz radiante y clara, a la vez que benévola.

El ala ancha del sombrero se levantaba -un tanto compadrita-, sobre la frente alta y blanca, descubriendo una nariz aguileña que daba a toda la cara aspecto de muy resuelta decisión.

-Buen gaucho lindo -dijo uno-; ¿de dónde será?

Y realmente que era lindo gaucho el que venía. Todo, en él, anunciaba el hombre de campo formal, que toma a lo serio su oficio, y lo lleva escrito en todos y cada uno de los detalles de su atavío. Garboso era en el vestir, y no desprovisto de cierto lujo, pero sin la menor nota chillona. Usaba chiripá de paño negro y llevaba poncho de color, pero las anchas rayas eran de matices apagados, sin nada que llamase la vista o turbase el ojo.

Las botas de vaqueta eran botas de trabajo, fuertes, y sólidas, que no debían su elegancia más que a la sola forma del pie, sin que ningún bordado estrafalario indicara, como suele suceder, dolorosas pretensiones artísticas. El mismo pañuelo, flotante en el pescuezo, si bien era de género rico, no cantaba su precio con colores a gritos, y el cuchillo de cabo de plata pasado en el tirador, era sencillo y cortador.

Y cuando, después de haber pedido licencia, se apeó, los gauchos que lo seguían estudiando, mientras ataba con cuidado su caballo al palenque, pudieron comprobar que el hombre venía tan bien armado y montado como bien vestido, y que no sólo era gaucho correcto, sino también completo.

El overo, gordo, sin ser pesado, ni tampoco con formas de parejero, demostraba bien ser el caballo ideal de trabajo que sueña tener, para lucirse en el rodeo, todo gaucho, y que pocos, en realidad, saben, si no adiestrar, por lo menos conservar en sus buenas condiciones: bien tuzada la crin, en la forma que presentan a menudo los caballos de las antiguas esculturas romanas, lo que hacía más salientes las orejas; la cola larga, sin exageración, y primorosamente peinada; sanito de manos y patas, llevaba en el lomo un recado bien completo, confortable y adecuado, por su composición, a la conservación del caballo y a las necesidades del amo.

El lazo trenzado, el bozal y el rebenque, las riendas y la cincha, todo bien trabajado, fino y fuerte, anunciaban que el hombre sabía como nadie lo que era bueno y lindo; y cuando, sentado en el fogón, contestando a una pregunta, dijo a los peones, ofreciéndoles un cigarro negro, que él mismo fabricaba sus huascas, corrió entre los gauchos un pequeño murmullo de admiración.

Se supo que era mayordomo de una gran estancia lejana, y que iba para dentro, llamado por su patrón, a recibir y poner en marcha una hacienda destinada al establecimiento que manejaba. Como era el hombre de conversación chistosa y entretenida, que no le corría mayor prisa y no le disgustaba dejar descansar un poco la tropilla, y como, por otra parte, el patrón de la estancia no estaba y sólo volvería tarde, el día siguiente, le hicieron fuerza para que se quedara.

Consintió; ayudó a carnear una res y a desollarla, luciendo su habilidad; y se pasaron lindamente las horas, escuchándole cantar, acompañándose con la guitarra, sentidos versos criollos, coplas de amor y de pelea, quejidos contra la suerte y alabanzas de la mujer querida.

-¡Gaucho lindo! -repitió despacio uno de los peones al capataz.

-Sí -dijo éste-, un santiagueño viejo, astuto y desconfiado.

Pero, ¿será que tiene un pelo en la lengua que no puede decir erre?

Y dirigiéndose al forastero, le dijo:

-Seré cúúrioso. ¿De qué próóvincia es usted? díígame.

-De Suiza -contestó sencillamente el gaucho.

Y para celebrar la Pampa aquerenciadora que se lo había asimilado tan bien, y -fuera de un detalle, de por sí inmutable-, sin que una sola pincelada exagerada o torpe hiciera desmerecer la obra, preludió con la guitarra y cantó, en versos criollos, unas décimas a las nevosas y verdes montañas de su tierra, que, muy joven aún, había dejado, para venir a ver si la Fortuna había emigrado a las llanuras.


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Nota de WS[editar]

Este cuento forma parte de los libros: