Algo sobre una ley de Instrucción

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Algo sobre una ley de Instrucción.

En ningún ramo se ha hecho sentir tanto la instabilidad, de nuestra manera de ser, social y política, como en el ramo de Instrucción pública. Nuestros presupuestos consignan ingentes sumas para el sostenimiento de infinitas escuelas: y la verdad es que nos damos el lujo de gastar en la enseñanza, sin haber cuidado antes de crear maestros que enseñen. A la falta de pedagogos instruídos hay que añadir un pecado capital, fruto exclusivo de la condición atrasada de nuestros pueblos del interior. No sólo no hay maestros, sino que tampoco hay alumnos. El indígena raciocina que, para cultivar una fanegada de terreno y aumentar su rebaño de cabras, no ha tenido necesidad de saber leer y escribir, que su hijo debe seguir su ejemplo, y que más provecho saca éste ayudándolo en sus labores agrícolas, que pasándose las horas muertas deletreando el silabario y haciendo palotes. Así las escuelas están desiertas, y la autoridad es impotente para compeler á los padres de familia.

Por otro lado, se ha reglamentado tanto, en materia de instrucción, que ya no hay cómo entenderse. Cada Ministro del ramo, por hacer que hacemos, sin gran meditación ni estudio, ha implantado un sistema, que luego el sucesor ha reemplazado con otro. Y de esta volubilidad ha resultado un pan como unas hostias, y así anda la instrucción universitaria más revuelta que costura de beata y

más torcida que una ley
cuando no quieren que sirva,

como dijo el regocijado poeta limeño Juan de Caviedes.

La manía de imitar irreflexiblemente lo que se hace en otros países, ha hecho que se trate de implantar, entre nosotros, el sistema universitario de Francia; olvidando que la prudencia aconseja dar tiempo al tiempo, y aguardar á que se reunan ciertas condiciones y circunstancias que hagan provechoso, en Lima, lo que aún es discutible si es bueno en París.

De todos estos puntos y de otros más que nos dejamos en el tintero por no ser difusos, se ocupa el interesantísimo libro que bajo el seudónimo T. L. S. acaba de publicar uno de nuestros más distinguidos y correctos escritores. [1] En Algo para una ley de instrucción, vemos más que un libro de doctrina una obra de polémica. El autor, con envidiable ligereza y con un estilo lleno de atractivo combate el actual sistema universitario, y sus argumentos, en muchos casos, como cuando aboga por la conveniencia de restablecer el internado, son incontestables.

Al hablar de la llamada Escuela de Artes y Oficios, cuya actual organización combate, entra el autor en importantísimas consideraciones sobre la gran cuestión que hoy trae convulsionada á la Europa.—«Hay en la Internacional (dice) un hecho que no debe despreciarse: la miseria de los obreros, que quieren trabajar para vivir y que no tienen trabajo, y la de los que trabajan sin un provecho proporcionado. De ese hecho han abusado los ateos, socialistas y comunistas, y los demagogos que nada respetan, siempre que se les franquee el camino hacia el poder. No somos partidarios de la Internacional; porque, para nosotros, la Biblia es el único código completo de moral y de derecho: el culto, necesidad individual y social: la herencia, la salvaguardia de la familia; y sin impuestos, sin fuerza pública, sin gobierno, sin religión, es imposible la sociedad. Pero la Internacional descansa en un hecho, en el que hay, cuando no un fondo de justicia, una loable aspiración.»

Perdone el ilustrado señor T. L. S. que no estemos de acuerdo con su opinión. Creemos que no hay aspiración loable si, ante todo, no está basada en la justicia. Convenimos en que el obrero tiene derecho al trabajo: pero no aceptamos que, para hacer práctico este derecho, le sea, no diremos lícito, síno excusable, recurrir á la violencia y al desquiciamiento social. Para nosotros, ese desnivel funestísimo en la cuestión capital del trabajo, no es más que, valiéndonos de una frase del mismo señor S. una desiguadad racional é inevitable, y no la obra de la injusticia humana.

Incidentalmente consagra el señor T. L. S. algunos capítulos de su libro á la música, la pintura, el teatro, la biblioteca y museo, y, francamente hablando, son estos capítulos los que más han llamado nuestra atención. Cada uno de ellos forma un excelente cuadro de crítica social y administrativa, donde campean el aticismo literario y el espíritu filosófico y de observación concienzuda, que tan estimables hacen las producciones de nuestro modesto amigo.

Completa el libro del señor T. L. S. un proyecto de ley de instrucción que, en el fondo, es la síntesis de las ideas que forman el cuerpo de la obra. Extraños á la carrera del profesorado, reconocemos nuestra incompetencia para juzgar este trabajo; pero sería de desear que, hallándose hoy reunido el Congreso, fuese tomado en consideración el indicado proyecto. Honra, y grande, será para los legisladores de 1874, dictar una ley de instrucción que, por imperfecta que salga, siempre significará un paso adelante en las regiones del progreso.

  1. El doctor don Manuel Santos Pasapera, catedrático en la Universidad de Lima.