Carlo Lanza/El primer contratiempo

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Carlo Lanza
Episodios curiosos (1893) de Eduardo Gutiérrez
El primer contratiempo
Nota: Se respeta la ortografía original de la época
El primer contratiempo.

Ya quedaba Lanza perfectamente lanzado en el comercio como fuerte consignatario.

Su clientela de napolitanos habia aumentado mucho, al extremo de que con ella sola se hubiera podido sostener.

Lanza comprendió que necesitaba todo su tiempo para atender á sus negocios y á su escritorio, siéndole urgente entónces retirarse de lo de Caprile.

La felicidad de su hogar era completa; Luisa lo amaba inmensamente y su cariño aumentaba cada dia al ver la conducta irreprochable de la jóven, que vivia completamente entregada al trabajo y al amor de su marido.

Puede decirse que Luisa habia roto con todas sus relaciones pues solo se visitaba con sus tios.

Todo su dia y gran parte de la noche la empleaba en sus trabajos de modista y á embalsamar pájaros, siendo este último trabajo el que mas le producia.

Lanza la miraba cariñosamente y le decia que pronto quedaria libre de todo trabajo, y entregada como una señora, á disfrutar del dinero que él ganara á manos llenas.

Habiendo decidido retirarse de lo de Caprile, duplicó sus pequeñas operaciones de explotaciones y de sonsacamiento de clientela.

Ya á todos los que iban por la mañana á remitir dinero, les decia que la casa no se ocupaba mas de pequeñas operaciones, y los remitia á su escritorio, haciendo de él las mas exageradas ponderaciones.

Estos nuevos clientes se encontraban en lo de Lanza con los otros que iban á recibir ó remitir cartas y como éstos les referian las muchas ventajas que allí habian hallado, se quedaban sin la menor vacilacion.

La casa de Caprile no pudo ménos que notar la gran disminucion de clientela que habia tenido de tres meses á entónces y empezó á inquirir la causa sin poder atinar con ella.

La ambicion desmedida que se había apoderado de Lanza, vino á hacerle sufrir el primer contraste.

Un dia se presentó al escritorio de Caprile una persona á hacer un giro fuerte sobre Génova.

Era la primera vez que se presentaba en el escritorio y Lanza pensó que podria impunemente hacerle una jugada que le dejara alguna utilidad.

Lanza salió á cambiar en oro el dinero que se le daba para hacer el giro pedido, regresando al escritorio inmediatamente.

Pero al dar el vuelto y hacer la liquidacion de la letra, se quedó con el valor de cuatrocientos francos.

Si el comitente contaba el dinero y notaba la falta, una equivocacion la sufre cualquiera; ¡qué diablo!

Devolveria el dinero y contra cualquier mal pensamiento estaba su crédito en el escritorio.

Y si el hombre no notaba la falta de dinero, Lanza hacia un buen negocio sin peligro de ningun género.

El cliente, confiado en el proceder de la casa, ni siquiera revisó el dinero y la cuenta.

Guardó todo en su bolsillo, y se retiró despues que le entregáron el correspondiente recibo.

Aquella tarde Lanza no cerró su libro como tenia de costumbre, intencionalmente.

Era una salida que se dejaba para el caso en que el hombre se presentara á hacer el reclamo al siguiente dia.

Pasado éste, ya no habia reclamo posible y él quedaba dueño del dinero.

Pero al dia siguiente el hombre se presentó á hacer su reclamo, diciendo que recien habia rectificado la cuenta y el vuelto, encontrando que le faltaban cuatrocientos francos.

Lanza sostuvo en términos enérgicos que habia devuelto el dinero exactamente y que bien comprendia que al dia siguiente no era posible atender un reclamo tan fuerte.

Pero el cliente se alzó con el santo y la limosna, alegando en términos descomedidos y violentos que se le habia dado dinero de ménos.

Lanza alzó la voz y la alzó el cliente tambien, acudiendo á la discusion el señor Caprile que se encontraba en su escritorio.

Dados los antecedentes de Lanza y lo tardío del reclamo, el señor Caprile observó al cliente que el error podia estar de su parte, pues con aquel dependiente nunca se habia tenido una dificultad.

Pero el hombre se mantuvo en sus trece.

Lanza vino entónces á dar un corte momentáneo á la cuestion, pero que el cliente en manera alguna podia rechazar.

—Casualmente yo no he balanceado mi libro anoche, dijo, y como ni el Papa es infalible por mas que se diga, puede ser que yo me haya equivocado.

Esta noche cerraré el libro y si aparecen los cuatrocientos francos de mas, los devolveré al señor y no tendré inconveniente en ofrecerle mis escusas.

Pero si no aparecen en mi libro, el señor habrá perdido el dinero en otra parte y yo no puedo permitirle que venga á dirigirme el menor reclamo, mucho ménos en el tono que lo hace.

Caprile encontró sumamente justo aquel procedimiento, dando á su dependiente toda la razon.

Así es que el cliente se retiró quedando en volver al siguiente dia.

Lanza pretextó una salida imprescindible ántes de la hora habitual de retirarse, y se fué sin balancear el libro, tratando así de hacer el último esfuerzo para quedarse con aquel dinero.

A la mañana siguiente el reclamante se presentó en el escritorio á ver el resultado del balance dado por Lanza.

Como todas las mañanas, Lanza estaba solo en el escritorio y nadie podia escuchar lo que dijera.

Así es que con un tono áspero dijo al cliente:

—He encontrado exacto mi balance y usted habrá perdido el dinero en otra parte.

Si yo se lo hubiera dado de ménos, apareceria en mi libro y en mi libro no está; luego usted no tiene razon.

El hombre se irritó porqué tenia conciencia de lo justo del reclamo que hacia.

Pero Lanza se irritó tambien, porqué así convenia al papel que representaba y lo invitó á retirarse y á no importunarlo mas.

Se cambiáron entónces algunas groserías é inconveniencias y el cliente se retiró por fin asegurando que era la última vez que ponia sus piés en semejante casa.

Era precisamente lo que Lanza queria para embolsarse tranquilamente aquel dinero.

En cuanto el cliente se retiró, balanceó su libro para quedar á cubierto con Caprile y se metió al bolsillo el dinero que en prevision de todo tenia aun en el cajon, para el caso en que lo hubiera tenido que devolver.

Preocupado con las mil ocupaciones que sobre él pesaban, el señor Caprile no volvió á recordar aquel incidente del reclamo, creyéndolo ya completamente arreglado.

Lanza tuvo por su parte buen cuidado de no recordárselo.

El estaba seguro de que aquel cliente, como lo habia dicho, no pondria mas sus piés allí, y entónces su negocio quedaba en el misterio.

Los cuatrocientos francos ya ni Cristo los sacaria de su bolsillo.

En este intérvalo Lanza recibió de su suegro la segunda carta y la segunda remesa de mercaderías, pequeña tambien, pues aun no habia recibido el dinero y la noticia de haber sido vendido la primera.

Lanza se sintió entónces plenamente satisfecho.

Si su suegro le remitia nuevas mercaderías sin haber tenido noticias de las primeras, era lógico esperar que al saber y recibir el resultado de las primeras, se las remitiria entónces sin limitacion alguna, mas, viendo que giraba á la vista contra los banqueros Parody, en poder de quienes tenia buenas sumas, procedentes de giros remitidos por su clientela y que se debian pagar á diversos plazos.

Su crédito empezaba pues á tomar proporciones envidiables.

Entónces y deseando dedicar todo su tiempo á sus asuntos, decidió despedirse del escritorio del señor Caprile.

La clientela pensaba seguírsela arrebatando, con solo venir á la puerta del escritorio todas las mañanas, a la hora en que el señor Caprile no podia estar alli.

—Así podria hablar con los clientes del escritorio á quienes nada habia dicho ántes, y reducirlos con el aviso de que él habia establecido una casa mejor que aquella y que como él estaba al frente siempre, serian mejor tratados y atendidos que allí, donde vendria un dependiente nuevo que para nada los conocia ni podia habituarse como él á las costumbres de cada cual.

Esto indudablemente podia causar un gran perjuicio á Caprile, pues aquella clientela de gente infeliz y fácil de engañar, acostumbrada ya á Lanza, se iria con él sin meterse en mas averiguaciones.

Muchos de ellos no habian tratado en todos sus negocios sinó con Lanza, de modo que para ellos Lanza era el banquero y aquello no importaba sinó un cambio de domicilio.

Eran incalculables los perjuicios que para Caprile podia importar aquella conducta.

Decidido á retirarse, Lanza lo comunicó á Caprile, pero por supuesto, sin decirle que establecia un negocio igual al suyo, para que no fuera á sospechar nada referente á la clientela.

—Mi suegro me está mandando mercaderías á consignacion, le dijo, y yo no puedo atender ese negocio con mis ocupaciones del escritorio á las que debo todo mi tiempo.

Ese negocio importa mucho para mi, porqué si me vá bien, en poco tiempo podré abrir una casa en grande y hacer mi fortuna.

Solo una razon como esta es capaz de hacerme abandonar una casa donde he sido tan bien tratado.

Ahora tengo sobre mí mayores obligaciones y es necesario que me haga un porvenir mas independiente.

Yo, sin embargo, me quedaré á su lado hasta que usted encuentre un dependiente que pueda reemplazarme á su satisfaccion.

Caprile encontró perfectamente razonable lo que Lanza decia.

Era muy natural que su suegro, siendo un hombre rico, lo ayudara mandándole mercaderías y era muy justo que el jóven quisiera dedicarse por completo á aquel negocio.

Así es que sin sospecharse nada de lo que habia en el fondo de todo aquello, y sintiendo la separacion del jóven, le ofreció su ayuda en todo lo que pudiera servirlo, quedando en poner un dependiente á su lado para que se hiciera práctico en las obligaciones de Lanza.

Aquel era uno de los mismos dependientes de la casa, sumamente adicto á Caprile y deseoso de hacer méritos para seguir en la casa y mejorar de sueldo y de posicion.

Lanza se encargó de instruirlo en sus obligaciones tan rápidamente como le fuera posible, suponiéndole muy poco tenerlo á su lado, porqué un novaton como aquel no podia causarle el menor perjuicio.

Con proceder delante de él con toda integridad, á nada se exponia, pues el secreto de sus manejos no podia ser penetrado si él mismo no lo mostraba y no lo explicaba en su detalle.

El reemplazante de Lanza empezó á concurrir al escritorio á la misma hora que este, para atender al despacho de la clientela matutina y al manejo del correo, en lo que se referia á remision de correspondencia.

En el primer dia, el jóven notó una cosa que le llamó la atencion, y es que muchas personas que venian, hablaban con Lanza en voz baja y como evitando que él las oyera.

Sin embargo, por mas en silencio que hablaran, el jóven pudo oir de uno y otro lo bastante para comprender que se trataba de clientela particular de Lanza, que se refería á la casa Tacuarí 81.

Lanza no le habia dado ninguna explicacion al respecto, pasándose la mañana sin que acudiera ningun cliente para el escritorio.

A la noche el nuevo dependiente habló con Caprile para contarle lo que habia aprendido y las dificultades que habia hallado en el nuevo puesto, quedando asombrado que en toda la mañana no hubiese ido cliente alguno para la casa.

Esto era extraño, y mucho mas extraño le pareció, el saber que habia ido mucha gente en busca de Lanza.

Sin embargo, nada dijo, prometiéndose averiguar lo que habia al respecto.

¿Qué significaban aquellas referencias á la calle Tacuarí 81, donde vivia Lanza?

Por mas confianza que tuviera en su dependiente, aquello era como para llamarle la atencion.

A la mañana siguiente sucedió lo mismo.

De todas las personas que viniéron al escritorio y habláron con Lanza, solo uno quiso remitir una carta con algun dinero para la familia, carta que Lanza encargó al nuevo dependiente que la escribiera.

Cuando Lanza se fué á almorzar, el dependiente comunicó á sus compañeros lo que sucedia, y el fenómeno de no venir ya para la casa ni un solo cliente.

Hablaban de esto, cuando llegáron dos sugetos en busca de Lanza, siendo uno de ellos un antiguo cliente.

—¿Qué es eso? le preguntáron, ya no mandas dinero ni escribes para tu familia?

—Si escribo, respondió y mando dinero, pero lo hago por otra parte que no son tan careros como ustedes.

Ustedes están cobrando el cinco y allí no pagamos sinó el tres, y mejor servidos.

—¿Y por qué casa mandas que pueda servirte mejor que nosotros?

—Por la calle Tacuarí 81.

Era preciso poner aquello en conocimiento de Caprile, puesto que el domicilio indicado importaba dos cosas graves.

Primera, que Lanza sonsacaba para si la clientela de la casa, y segunda que la clientela de la casa era corrida por la enorme comision del cinco por ciento, cuando allí nunca se habia pagado mas que el tres.

Aquella diferencia de precio ¿era únicamente para correr la clientela, ó era con el doble objeto de buscar un perjuicio á la casa?

De todos modos era necesario que el señor Caprile supiera lo que pasaba y aquel mismo dia lo pusiéron en su conocimiento.

El señor Caprile no podia creer lo que le decian.

¿Cómo era posible que un dependiente que habia sido un modelo como conducta y honradez, cometiera actos semejantes?

Antes de proceder, ántes de herirlo con una ofensa semejante, era preciso constatar los hechos denunciados, de manera que no cupiese la menor duda.

Caprile, á las horas que Lanza estaba en su casa, le hizo espiar la suya de la calle Tacuarí y alli viéron entrar y salir á toda la clientela que de allí habia desaparecido sin saberse la causa.

Y supiéron fácilmente que Lanza se ocupaba del mismo negocio, de remitir giros á Europa y atender la correspondencia de aquella gente.

Averiguando de uno y otro, se supo tambien que muchos de aquellos clientes se habian retirado por la diferencia entre el cinco que les cobraban en lo de Caprile y el tres que les cobraba Lanza.

Y como en el libro de Lanza no figuraba ninguna comision á mas del tres, era indudable que allí habia un abuso de confianza á él y un robo á los clientes.

Fué entónces que Caprile se acordó de aquel reclamo de los cuatrocientos francos, y cuando volvió Lanza, ántes de decirle una palabra de lo demas, le preguntó en que habia quedado aquella cuestion del reclamo.

—Los encontré en el balance dado, respondió Lanza con increible cinismo, y los devolví, por eso es que no ha vuelto mas.

Como efectivamente el hombre no habia vuelto mas, Caprile creyó sin dificultad la cosa, pero en seguida abordó la cuestion principal resueltamente, y tratando de sorprender á Lanza para no darle tiempo á meditar disculpas.

—Podría usted explicarme satisfactoriamente, le dijo, ¿cómo es que en el escritorio se ha cobrado a muchos clientes el cinco por ciento de comision, cuando en su libro no figura mas que el tres?

Lanza palideció intensamente ante aquella pregunta hecha cuando ménos lo esperaba y sin que hubiera podido meditar sobre la respuesta que mas le convenia.

Vaciló un momento y no supo qué responder.

—Espero su contestacion, insistió Caprile y usted debe justificarse, porqué este hecho arroja sobre usted una sospecha muy fea.

Lanza se repuso un momento y con palabra vacilante repuso:

—Ese hecho está destruido por sí mismo, pues cualquiera que me conozca sabe que yo no soy capaz de cometer una accion semejante.

—Sin embargo, el hecho existe, puesto que hay gente á quien se ha cobrado el cinco por ciento y que no vienen mas al escritorio por esta razon.

—Esa es una mentira miserable, respondió Lanza con un cinismo asombroso.

El que eso ha dicho miente como un verdadero miserable.

—Sin embargo, insistió Caprile, son muchas las personas que lo aseguran.

—Pues todas ellas mienten, contestó Lanza, todas ellas me calumnian miserablemente, repitió Lanza subiendo la voz.

Caprile empezaba á irritarse ante el cinismo inaudito de aquel hombre, pues en su turbacion, en su palidez y en su actitud misma habia comprendido que el hecho era cierto.

—Bueno, replicó, supongo por un momento que es rigurosamente exacto lo que usted dice.

¿Y cómo me explica usted que la clientela que ha desaparecido de mi casa se encuentra en el boliche de giros que usted ha establecido?

Lanza se encontró plenamente descubierto y juzgó inútil negar los hechos.

Recurriendo entónces á su máxima audacia y levantando siempre la voz, exclamó:

—¿Y qué quiere usted que yo rechace la clientela que cae á mi boliche, como usted dice? ¿pretende usted que yo lleve mi abnegacion hasta no trabajar para mí? ¡sería curioso!

—¿Entónces usted confiesa que ha abierto su boliche para explotarme en todo? ¿usted confiesa que sonsaca la clientela de mi casa?

—Yo confieso simplemente que no soy tan bruto para echar de mi casa á la gente que vá á ocuparme.

Demasiado lo he servido y lo he ayudado con mi crédito, agregó, y no estoy dispuesto á sacrificarme mas.

Iba á quedarme á instruirle un dependiente para que la casa no sufriera con mi separacion, pero desde que usted compensa tan mal mis abnegados servicios, dejo de pertenecer á su casa y le pido que me arregle mi cuenta si quiere, que si no, me es igual, el dinero que usted me debe no me ha de hacer mas rico.

La actitud de Lanza no podia ser mas insolente, y el señor Caprile habia concluido por perder la paciencia.

Y aunque así lo quisiera, no podia conservarse tranquilo, pues sus dependientes y demas personas que escucháron á Lanza, podian figurarse que realmente él debia grandes servicios á aquel bribon, cuando así se atrevia á hablarle.

Así es que sin salir del tono exigido por la educacion correcta, enrostró á Lanza su miserable proceder.

—Nunca hubiera creido que usted fuera capaz de cometer acciones semejantes, señor Carlo Lanza.

Yo hacia á usted todos mis cargos sin creerlos yo mismo y deseando oir de sus lábios la justificacion mas completa.

Pero al ver la manera como usted me contesta, no solo estoy convencido de que todo es cierto, sinó que veo con dolor que es usted un ingrato y un gran insolente.

Usted se irá de mi casa, si señor, pero ántes devolverá todas esas diferencias de comision cobradas, y volverá á la casa la clientela que le ha arrebatado.

Lanza, tratado de esa manera, no podia retroceder.

Si él aflojaba en su actitud era reconocer ante los demas la verdad de los cargos que se le habian hecho.

Tenia que sostenerse en el terreno insolente en que se habia colocado, así es que respondió á Caprile que él era el ingrato que desconocia los servicios por él prestados a su casa.

—Yo no tengo que justificarme de nada, no devolveré nada, continuó.

Es la primera persona que se permite la insolencia de dudar de mí, añadió, que soy la honestidad personificada, y á semejantes personas no tengo consideraciones que guardar.

Yo me voy inmediatamente y como veo que hay interés en no pagarme lo que se me debe, yo lo perdono, poca falta puede hacerme ese pucho de dinero.

Guárdelo, señor Caprile, y sea feliz con él.

La discusion habia traido al escritorio de Caprile á sus dependientes y á algunas personas extrañas que en la casa se encontraban.

Caprile perdió por completo los estribos y las frases de ladron y sin vergüenza se cruzáron enérgicas y violentas con las de explotador y villano.

El señor Caprile se levantó, no pudiendo contenerse mas, y el ruido característico de un bofeton puso fin al diálogo.

El incidente venia así al terreno donde Lanza queria traerlo, pues así era mas fácil su salida.

En una lucha con Caprile, hombre fuerte y bravo, él tenia que sacar forzosamente la peor parte.

Pero ¿qué le importaba todo esto si lo hacia salir del escriorio sin dar explicaciones de ningun género y quedando libre de toda responsabilidad?

Se felicitó de la actitud violenta de Caprile y se batió débilmente, tratando solo de emprender la retirada para evitar mayores golpes.

Caprile, que habia perdido toda la calma y que no reflexionaba ya, avanzó sobre él tratando sola de sacudirle los mayores golpes posibles.

Los dependientes acudiéron en el acto á prestarle su contingente, pero este era un contingente innecesano, pues ya Lanza no trataba de responder á los golpes sinó de evitarlos en lo posible y tratar de ganar la calle.

—Me dará una satisfaccion completa, ¡corpo di Bacco! gritó una vez que se vió en la calle, y prorumpió en un discurso formidable contra Caprile y su crédito.

Este intentó salir y castigar en la calle nuevamente la insolencia de aquel bribon, pero sus dependientes y sus amigos lo contuviéron.

Lanza estuvo gritando en la calle un cúmulo de insolencias de todo género, hasta que se retiró, con los golpes recibidos, pero triunfante.

La cuestion capital para él era no tener que dar explicaciones respecto á su conducta en el escritorio.

—Los golpes no dan razon á nadie, decia, y ménos al que los ha pegado, pues prueban que no ha tenido razon alguna y pierde todo el derecho que podia tener á recibir explicaciones.

De todos modos hago un buen negocio y hasta conquisto el derecho de decir que todo ha sido por no pagarme lo que me deben.

Así quedo libre de este escritorio que me ataba de una manera poco agradable.

Y esta fué la razon que empezó Lanza á dar á todos, de su salida del escritorio de Caprile.

Ya podia dedicarse por completo á los negocios suyos, atender bien á su clientela y á la venta de los artículos que á consignacion le remitiera su suegro.

Descubierto en el escritorio el negocio de la diferencia en las comisiones, empezáron á averiguar á los pocos clientes napolitanos que aun quedaban, y se supo por ellos todo lo que hemos narrado, averiguándose así todo el proceder de Lanza.

Caprile supo como habia corrido á la clientela nueva con la fuerte comision que les cobraba, y como habia reducido á la vieja levantándosela á su escritorio desde hacia mas de tres meses.

Y se siguiéron descubriendo así lentamente nuevas embrollas de Lanza y todos los negocios en que habia explotado la casa.

Caprile se encontró casualmente en la bolsa con el cliente aquel de los cuatrocientos francos de ménos que Lanza le aseguró haber devuelto y supo que no habia existido semejante devolucion.

—Por eso no he vuelto mas á su casa, le dijo aquel cliente explotado, pues estaba convencido que ahí no hubo error ninguno sinó la mas refinada mala fé: tenia la conciencia de haber sido robado.

Y si usted no despide á ese hómbre vá á concluir con el crédito de su escritorio, yo se lo aseguro.

En seguida y por un reclamo del correo se descubrió el negocio de las estampillas, lo que debia haber dejado á Lanza una utilidad bárbara.

Lo peor es que todas estas eran cosas en las que Caprile no tenia el menor reclamo, porqué estaban hechas con tal habilidad que no habian dejado justificativo posible.

Solo podia intentarse el reclamo sobre reduccion de clientela y esto mismo era de una prueba laboriosa.

Lanza aseguraba entretanto, que se iba á presentar contra Caprile ante la justicia correccional por los golpes recibidos y por las inculpaciones calumniosas que habia hecho de su persona.

Esta sola amenaza perjudicaba á Caprile, pues no faltaba gente que creyera que Lanza saldria triunfante en ese juicio.

Esta era una situacion mortificante para un hombre sério como el señor Caprile, á quien en manera alguna convenia entrar en discusion con un pillo del calibre de Lanza.

Este, entretanto, no se habia llamado á la inaccion.

Por la mañana temprano y cuando calculaba que no podian verlo, se venia á la esquina y aun á la puerta misma del escritorio de Caprile, para tratar de seducir á la clientela, diciéndoles que la casa iba á quebrar, que él se habia salido porqué todo aquello era un bochinche, porqué allí no se hacia sinó explotar á los pobres, lo que él no queria autorízar con su presencia.

Aquellos infelices, desconfiados por naturaleza y que tenian confianza en el jóven con quien tanto tiempo se habian entendido, le creian cuanto les decia y se iban con él, formando entre los clientes de lo que Caprile habia llamado justamente un boliche, pero un boliche al que Lanza habia sabido dar un crédito bárbaro entre aquellos napolitanos tan desconfiados.

Es que Lanza, bruto é ignorante para la generalidad de las cosas, tenia para la embrolla y para la intriga un talento y un tino especiales.

Se habia apoderado de tal modo del espíritu de aquella gente, que habrian depositado en sus manos, sin reserva de ningun género, cuanto dinero poseian.

Este era el talento especial de Carlo Lanza, talento en el que no era posible superarlo.

Y la prueba es que sin un centavo de capital se habia hecho de un escritorio de giros, acreditado entre la gente que remitia dinero á Europa y con un regular crédito en plaza, crédito que debia aumentar sériamente con las mercaderías remitidas por su suegro y vendidas por él á precios excelentes pudiendo demorar el dinero que por ellas sacase, cuando la confianza de su suegro fuera absoluta, para emplearlo en otros negocios de resultado seguro.

Su salida del escritorio de Caprile importaba un beneficio, lejos de importarle un perjuicio, como su compañeros lo creyéron.


FIN.