Carlo Lanza/Una historia tragi-cómica

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Nota: Se respeta la ortografía original de la época
Una historia tragi-cómica.

Lanza no queria bajarse de la volanta por temor de ser notado.

Harto debia llamar la atencion aquella volanta allí parada, para que él la aumentase con paseos por la vereda ó bajadas y subidas.

—En cuanto venga una persona que espero, dijo al cochero que habia olido ya una aventura amorosa, siga no mas por la calle de Santa Fé hasta el Robinson, donde se pára.

El Robinson era un café que existe todavía, especie de hotel campestre á propósito para una aventura amorosa.

Allí caian con frecuencia parejas de novios que iban á ocultarse de miradas indiscretas, ó calaveras que echaban una cana al aire en la mas grata y alegre compañia.

En el Robinson no solo se hallaban todas las comodidades imaginables para huir á todo ojo indiscreto, sinó que habia allí glorietas perfumadas y poéticas, especie de pequeños paraisos á la francesa que incitaban por sí solos al amor mas profundo.

Unos dueños de casa complacientes y reservados, eran la garantía con que novios y calaveras de buen tono, contaban para el misterio que debia envolver toda aventura.

Lanza conocia ya este paraje á donde habia acudido con sus modistas algunas veces y con amigos calaveras otras.

Ningun paraje mas á propósito para conversar plácida y apaciblemente con su bella.

Allí no habia de irlo á molestar la patrona con sus botellas de champagne, ni aquel coro de bebedoras infames, que no tenian mas objeto al vaciar una copa, que llenarla de nuevo.

Poco tuvo que esperar Lanza con su volanta, pues si impaciente habia estado él, mas impaciente lo estaba su bella.

No era la una todavía, cuando Lanza, que miraba por el postigo de la volanta, vió venir á su ídolo por la calle de la Esmeralda.

Luisa caminaba rápidamente; habia visto la volanta y como no podia ser otra que aquella donde el jóven la esperaba, habia apretado el paso.

Lanza, con el corazon estremecido de emocion, abrió la portezuela y esperó.

Minutos despues llegaba Luisa, entraba en la volanta rápidamente y esta enfilaba por la calle de Santa-Fé.

Lanza no pudo contener una exclamacíon de asombro al ver á Luisa en su soberbio trage de paseo.

Se conocia que ella habia puesto todo su esmero en embellecerse.

Y en aquella sonrisa plácida y jovial que mostraba sus dientes blancos y brillantes por un esmalte purísimo, se comprendia que la jóven estaba satisfecha de sí misma.

Su trage elegante y de colores frescos, armonizaba artísticamente con el leve y sonrosado color de su piel, de una tersura infantil.

—Bella, exclamó Lanza, bella hasta el asombro; te miro, Luisa, y tengo que mirarte mucho para convencerme que no eres una criatura de otra vida mejor.

Me parece que no eres una mujer de la tierra.

Luisa se desentendió de este cumplimiento que llenaba su alma de mujer, abandonó su mano á Lanza, que la llevó á los lábios, y dijo:

—Me he tardado un poco porqué tuve mis dificultades para salir.

Aquel demonio, sospechando que yo queria salir con alguna otra intencion que la de pasear, queria que una de las muchachas me acompañara.

Y como precisamente mi salida tenia por objeto el vernos libres de testigos, tuve que dar una batalla para salir sola, y apresurar el paso para que no me hiciera seguir.

—Pero ¿no eres perfectamente libre? ¿por qué soportas esa vida de prision?

—Porqué al fin y al cabo allí tengo un refugio y un sueldo, y gozo de absoluta libertad respecto á mi persona.

Pienso que tal vez en otra parte no podria estar tan bien.

Lanza recordó los modales que habia visto usar á los señores de Génova en situaciones parecidas y trató dé asimilarse á ellos en todo lo que le fuera posible.

—Bella, exclamó otra vez con su expresion mas fina y enamorada, besándole de nuevo la mano.

Eres digna de habitar un astro y te conformas con aquel bodegon infame donde explotan, volviéndola dinero, la luz que irradia tu semblante magnífico!

No es posible que sigas en esa vida, Luisa; no es posible que sigas sirviendo á la explotacion de la avaricia; desde hoy en adelante es preciso que yo me haga cargo de tu porvenir y te arranque de allí, como se saca una planta delicada de entre los yuyos que le devoran la vida!

—¿Y qué sería de mi entónces? sola y disgustada con mi familia que no me quiere, ¿adónde iria á golpear la puerta?

—¡Qué! ¡tienes familia aquí y te deja en ese miserable abandono!

Eso es imperdonable, Luisa, y debe tener su castigo en este mundo.

—¡Es muy triste mi historia, amigo mio! exclamó entónces la jóven con una expresion de infinita amargura, y mostrando sobre el magnífico párpado una gruesa lágrima.

Yo estaba destinada á una vida mejor, al lujo y la abundancia, y aquí me tiene usted reducida á una situacion desesperante, por maldades y caprichos de mi familia, que ignora hasta que existo sobre la tierra:

—Incomprensible, incomprensible, exclamó Lanza con indignacion.

Cuando debieran estar orgullosos de tí, por todos motivos, te abandonan así á la miseria y los peligros!

—¡Qué quiere usted! yo no digo que no haya algo de culpa mia; ¿quién es aquel que no tenga algo de que acusarse?

Pero indudablemente no merecia yo el abandono absoluto en que me tienen: se portan mal conmigo.

Iba Luisa á continuar, cuando llegáron al Robinson.

—Aquí, dijo él, aquí podemos almorzar y hablar con libertad.

Tú no debes haber almorzado, y yo, lleno del placer de esta cita, no he almorzado tampoco.

Ella secó las lágrimas que sus palabras y sus recuerdos habian hecho brotar de sus ojos, y ayudada galantemente por él, descendió de la volanta.

En el acto acudió la fondera y llevó á la pareja al interior del hotel.

El traje de Lanza ya hemos dicho que lo hacia parecer un señor riquísimo, y la hotelera no vaciló en ofrecerle la mejor habitacion del establecimiento.

Allí estaban con todas las comodidades deseables, sin testigos de ninguna clase ni temor de que alguno viniese á importunarlos.

Lanza pidió á la hotelera les trajese de almorzar, de lo mejor que tuviera en la casa, con una botella de vino generoso y una de champagne, para que pudiera dejarlos solos y no tener que ser interrumpidos á cada momento.

Sumamente práctica, como que no hacia otra cosa, la dueña del Robinson les arregló una mesa con cuanto podian desear, con todo género de fiambres y demas pertrechos necesarios para sostener una batida con el hambre.

Y se retiró á confeccionar los platos calientes, diciendo á Lanza que llamara cuando quisiese que lo sirviera.

Este despachó el carruaje ordenándole volviera á buscarlo á la tarde y se encerró á almorzar con toda comodidad y á escuchar la historia que Luisa debia contarle.

Esta se habia quitado el sombrero y el tapado, quedando en perfecta comodidad, y se sentó al lado del jóven, que la sirvió con cariñosa delicadeza.

—Confieso que no habia probado un solo bocado de comida desde que me levanté, le dijo.

La emocion de esta entrevista que ya sabia yo me iba á hacer recordar cosas dolorosas, por un lado, y la lucha con aquella mujer diabólica que queria hacerme acompañar á todo trance por un testigo inaceptable por otro, no me dejáron tranquila toda la mañana.

Cuando me llamáron á almorzar ya me estaba vistiendo, y no quise ir.

—No importa, tenemos todo el dia libre para hablar de todo lo que nos interesa, respondió Lanza, ó mejor dicho tenemos por delante toda la vida, porqué yo no me separo mas de tí.

Cuéntame tu historia, pero ante todo te voy á pedir un servicio.

Es preciso que no me vuelvas á tratar mas con ese usted frio y alejador.

Trátame de tú, como si fuera un viejo amigo á quien se ha conocido toda la vida.

—En el casino se trata de tú á todo el mundo, es la práctica, ya lo sabes; pero no sé qué sentimiento extraño me habia impedido darte á tí igual tratamiento.

Pero, puesto que asi lo exiges, lo hago sin ninguna violencia; no sé por qué me parece que te he conocido toda mi vida.

—Me haces feliz con ese modo de hablar, dijo Lanza besando la mano de su bella.

Y como miéntras hablaban comian con buen apetito, Lanza sirvió dos buenas copas de oporto, que ambos apuráron de un solo trago.

No hay nada que desate la lengua como el buen vino, y Luisa, obedeciendo á este principio invariable, desató la suya en la narracion de una historia que dejó asombrado á Lanza, porqué este no se esperaba cosa semejante.

Para que no interrumpieran aquella narracion, habia pedido los platos calientes y todo cuanto podia necesitar, y habia cerrado la puerta despues de asegurarse que de las piezas vecinas nada podian oir.

Luisa bebió su segunda copa de vino como quien desea fortalecerse, y empezó así la narracion de su curiosísima historia:

Yo soy hija del banquero Luis Maggi de Génova, dijo, cuya gran fortuna no puedo en este momento avaluar.

Lanza se estremeció de una manera poderosa, pues en ningun caso contaba con revelacion semejante.

—Y son precisamente las rarezas de mi padre y su gran fortuna, continuó ella lo que me ha reducido á situacion semejante.

Voy á tomar mi historia desde el punto mas remoto que me permitan mis recuerdos, y así podrás apreciar mejor las peripecias amargas por que ha pasado mi existencia.

—Habla con entera libertad, que yo juro no interrumpirte en un relato, respondió Lanza; y sirvió la tercer copa de vino, que debia establecer la suficiente franqueza en el relato que empezaba.

Cuando se tiene medio litro de oporto en el estómago, se habla siempre la verdad, porqué desaparece generalmente todo cálculo y toda idea de engaño.

Y esto era lo que Lanza queria, mas, despues de saber la estupenda noticia de que Luisa era hija del banquero Luis Maggi, á quien conocia de nombre y de crédito, por transacciones que con el habia tenido la casa de Caprile.

El interes del corazon que la jóven había despertado en Lanza desde el primer momento, se mezcló al interés de la fortuna, y el jóven, tomando una mano de Luisa se preparó á estrecharla, con el propósito de no interrumpirla sinó para hacerla beber y desatar así mejor su lengua, en caso que se anudase y quisiera reservarle algo.

—Mi padre, remontándome á la época que mi memoria me permite, era un simple negociante judío por inclinacion, que ocultaba su profesion verdadera de prestamista y su capital que no sé cual seria, bajo el humilde oficio de vendedor de jaulas y trampas de ratones, que vendia por la calle al conocido grito de: ¡Gaggie, Rattaieu!

Era entónces un hombre sumamente hermoso.

Alto, grueso y bien repartido, con su fisonomía varonil y hermosa, con dos ojos ardientes y expresivos, era un hombre capaz de inspirar una pasion á cualquier mujer.

Yo recuerdo como si lo estuviera viendo, y te aseguro que era un hombre hermoso en toda la estension de la palabra.

Mi padre era un hombre de educacion fina y útil; recuerdo que entre otras cosas embalsamaba aves al extremo de parecer vivas y teñia plumas de sombreros con colores preciosos.

Recuerdo que habia plumas teñidas por mi padre, que se pagaban á precios fabulosos, relativamente.

Yo me educaba entónces en un buen colegio de Genova, lo que era una prueba del gran amor que mi padre me tenia, cuando pagaba por mí una educacion tan cara, él, que no se desprendia de un sueldo sinó despues de hacer un violento esfuerzo y meditar un dia entero sobre este gasto.

Habia entónces en Génova una dama de posicion muy distinguida y de notable fortuna, conocida de todo el mundo por su conducta extravagante y liviana.

Esta dama era ya algo entrada en años, pero conservaba restos de una hermosura imponderable.

Se referian de esta dama mil aventuras amorosas y picantes, en que habia sido víctima de la explotacion de jóvenes calaveras que habian soportado el amor de la mujer por el amor de la bolsa, que habia sido siempre el objetivo de aquellos amores.

Esta dama habia cobrado por mi padre una pasion violentísima, de aquellas pasiones que subyugan completamente á una mujer haciéndola cometer todo género de locuras.

No era preciso ni satisfactorio para una mujer de su posicion, tener un amante vendedor de gaggie y rattaieu é impuso á mi padre la única condicion de que habia de abandonar su oficio, lo que este aceptó de mil amores.

Siempre era mucho mejor que el suyo, el oficio de amar á una vieja rica y hermosa todavía, capaz de hacer por su amante cualquier locura.

Mi padre abandonó entónces sus gaggie y se estableció como embalsamador de pájaros y comerciante en plumas teñidas, abriendo una casa de esta especialidad, que no era mas que el disfraz de otro negocio mucho mas positivo.

Sin abandonar sus tendencias de judío, mi padre se dedicaba á descontar letras de buenas firmas, con intereses bárbaros, y prestar dinero á aquellos que sabia se lo podrian devolver, aunque mas tarde, pero casi doblado por los intereses y comisiones que se iban acumulando.

La fortuna de su amante le permitia hacer ese negocio en grande escala, con gran contento de esta, que habia logrado por fin un enamorado de juicio que en vez de destrozárselo, aumentaba su capital.

Fué entónces que mi padre me retiró del colegio y me llevó con él á su casa de comercio para que desempeñara el doble cargo de secretario íntimo y tenedor de sus libros cuyas anotaciones misteriosas solo yo podia entender.

Desconfiado, terriblemente desconfiado por naturaleza, solo en mí podia tener la confianza necesaria para hacerme depositaria de sus secretos y apuntes.

Otra hermanita mucho mas pequeña, que yo tenia, quedaba en el colegio educándose.

La poca edad la hubiera hecho servir de estorbo á nuestro padre y á mí, que hubiera tenido que dedicarme á su cuidado.

Aburrida en aquella especie de encierro comercial y fastidiada con aquella especial teneduría de libros, me dediqué á la tintura de plumas y embalsamamiento de pajaritos, en lo que me perfeccioné rápidamente enseñada por mi padre.

Y miéntras este andaba en la calle en sus negocios ó enamorando á su gran dama para hacerle soltar dinero, yo atendía con mi solo esfuerzo al negocio aparente de la casa: teñir plumas y embalsamar aves.

Parece que esta tal dama habia firmado letras por grandes sumas á otros amantes calaveras que habian disfrutado el amor de su bolsa ántes que mi padre, y cuyos vencimientos serian un golpe tremendo para su fortuna.

Sola, sin parientes y única responsable de sus actos, aquellas letras que habia firmado tenian la fuerza ejecutiva de todo documento de ese género, y á su vencimiento no habria mas remedio que pagarlas ó ser ejecutada en sus propiedades mas valiosas.

Mi padre estaba en el secreto de estas letras, sabiendo solo que ellas eran firmadas á un largo plazo, porqué la dama, como era presumible, no habia dejado apunte de ningun genero.

Mi padre encontró el único remedio que habia para evitar un fracaso y que se ejecutara á su amante por el gran valor de las letras, cuyo monto ella misma ignoraba.

No habia mas remedio que vender á mi padre todas sus propiedades, asegurándolas así bajo su nombre.

De esta manera, la ejecucion de las letras, que podia venir de un momento á otro, los tomaba perfectamente resguardados.

La falsedad de aquellas ventas no podria nunca probarse á mi padre, puesto que su fortuna, que nadie conocia á punto fijo, le permitia aquellas compras.

La dama aquella, que estaba enamorada de mi padre hasta la locura, firmó sin vacilar todo aquello que este quiso y rechazando toda especie de explicacion que quisiera darle.

Le hubiera firmado de la misma manera un pagaré sobre la vida.

Lo queria con el amor violento que inspira á una mujer de edad su pasion última y no habia sacrificio que no hubiese hecho por él.

Si en vez de proponerle una venta falsa le hubiera propuesto francamente la verdadera cesion de todos sus bienes, los hubiera soltado de la misma manera sin la menor vacilacion.

Sucedió al fin lo que era natural que sucediera con aquellas medidas tan hábilmente tomadas.

Las letras se venciéron, vino la ejecucion en seguida del protesto y los acreedores quedáron burlados.

No podian llevar á cabo su explotacion, porqué la dama no tenia en qué ser ejecutada.

Todas las propiedades que denunciáron y sobre las cuales creyéron poderse cobrar, estaban á nombre de mi padre.

Este no varió por esto en nada su conducta respecto á su amante.

Al contrario, cada dia parecia amarla mas y estaba mas dedicado á ella.

Y yo creo que el amor de mi padre para su amante era sincero.

Al fin él, aunque hermoso todavía, era un hombre entrado en años y no podia aspirar á nada mejor.

Así siguiéron las cosas por mas de dos años en los que la fortuna de mi padre aumentó de una manera considerable.

Yo iba á casa de la amante, quien me demostraba gran cariño y me colmaba de regalos.

Y mi padre habia arreglado las cosas tan bien y de tal manera, que muchos, al ver el lujo con que vivia la dama, pensaban que mi padre se estaba arruinando manteniendola, porque sus amores con ella no podían ser mas públicos.

Ella seguia enloquecida con mi padre, quien satisfacia sus menores caprichos.

Teatro, carruajes, joyas, trajes, cuanto deseaba, mi padre se lo proporcionaba al momento, puesto que era como quien dice su apoderado y administrador general.

El tiempo que los negocios dejaban libre á mi padre, él se lo pasaba al lado de su dama, demostrándole su cariño por todos los medios á su alcance.

Y á mí misma me decia siempre:

—Es preciso, Luisa, que quieras mucho á esa señora, mira que á sus bondades debo yo la mayor parte de la fortuna que tenemos.

Quiérela mucho, mi hija, y demuéstrale todo lo que la quieres.

Yo, sin necesidad de esta recomendacion queria mucho á la dama, porqué ella me obsequiaba siempre y me prodigaba sus cariños.

Conocida la tacañeria de mi padre, todos se admiraban de verlo gastar de aquella manera; pues como la dama aquella pasaba por fundida, atribuian á él todos sus gastos.

Solo á mí me decia, y esto sin duda para que no le tuviera mala voluntad, que él administraba los bienes de aquella señora, en secreto, para que sus acreedores no la ejecutaran, y yo sabia por los apuntes de los libros que aquello era cierto y que mi padre al decírmelo no me engañaba.

Sucedió lo que era natural que sucediera, visto la edad de la señora.

Un dia vino muy apurada la sirvienta de su confianza y dijo á mi padre que fuera inmediatamente, que á su señora le habia dado un ataque terrible y que le rogaba fuera lo mas pronto posible.

Mi padre cerró la casa en seguida y se trasladó conmigo á lo de su amante.

Esta se hallaba en cama, gravemente enferma, muy pálida y desencajada.

Apénas nos vió entrar, estiró á mi padre sus brazos aristocráticos y le dijo:

—Yo estoy muy mala, Luis de mi alma, y me voy á morir.

—No tengas cuidado, que no ha de ser nada, respondió mi padre conmovido como nunca lo habia visto.

He cerrado mi casa y te traigo á Luisa para que te cuide, porqué nadie lo ha de hacer con mas cariño.

Entretanto yo me voy á buscar médicos para que te vean y te curen pronto.

—Muchas gracias, Luis, respondió la dama, mas tranquila y con acento de profundo cariño; cada dia que pasa tengo un nuevo motivo de bendecir aquel en que el destino te deparó á mi paso.

—Déjate de estas cosas y ahí te queda Luisa, respondió mi padre; yo me voy ya para no perder tiempo.

Yo me quedé allí efectivamente, compadecida del estado alarmante de la señora y tratando de distraerla como me era posible.

Mi padre salió apresuradamente y al poco tiempo volvió con dos médicos, los médicos mas notables de Génova.

Estos la examináron detenidamente, diciendo que no era nada de gravedad; recetáron y se fuéron.

Pero como volvieran á la tarde y mi padre andara como aturdido y pálido, yo me sospeché al momento que habia algo muy grave.

Toda aquella noche la pasamos con mi padre al lado de su cama, velándola y atendiéndola con cariñosa solicitud, que la pobre no se cansaba de agradecernos de todos modos.

Al otro dia estaba notablemente peor.

Tenia una fatiga inmensa y en sus ojos habia una expresion de profundo desaliento.

No era necesario ser médico para comprender que aquella era una enfermedad de la mayor gravedad.

Y á pesar de los prolijos cuidados de la ciencia y del cariño, la enferma se fué empeorando visiblemente.

Al día siguiente la enfermedad se habia agravado tomando proporciones amenazadoras, y los médicos dijéron á mi padre delante de mi que aquel era un caso perdido y que debia apresurarse á tomar todas aquellas medidas del caso.

Mi padre no se atrevió á decir esto á su bella, limitándose á rodearla de sus mas cariñosos cuidados.

La cosa era tan grave que esa misma noche ella lo comprendió así, y llamándonos á su lado dijo á mi padre:

—Aunque nada me dicen, Luis, por no afligirme ó no asustarme, yo veo que estoy muy grave y siento que me voy á morir.

No me desespero, pero me duele profundamente este golpe que viene á arrancarme de entre mi mayor felicidad.

Confieso que ántes nada me hubiera importado morir, hoy lo siento profundamente.

Y la dama rompió á llorar de una manera desconsoladora.

En su palidez mortal estaba mas bella y mas simpática que nunca.

—Pero ¿por qué te afliges de esa manera? le preguntó mi padre bondadosamente.

Estás grave, sí, pero nada indica que puedas morir; los médicos que te asisten son muy buenos y nada de alarmante dicen aún.

—Pero yo siento que me muero y es inútil tratar de engañarme ya.

Yo tenia que hacer violentos esfuerzos para contener el llanto que se me saltaba á los ojos.

Mi padre me hizo entónces una seña para que me retirase de la habitacion, y yo me alejé apresuradamente para dar rienda suelta á mi llanto.

Mi padre quedó solo con la dama y permaneció con ella mucho tiempo.

Yo no sé qué habláron; estaba demasiado conmovida para pensar en cosa alguna.

Cuando mi padre volvió adonde yo estaba, me mandó volver al cuarto de la enferma.

—Consuélala, me dijo, me parece que le queda muy poco tiempo de vida.

Cuando yo volví á la pieza, la dama era presa de una inmensa fatiga.

Poco tiempo despues se calmó, pareció tranquilizarse mas, y tomándome una mano, me dijo:

—Ya lo ves, hija mia, yo me muero sin remedio, en vano me lo quiere ocultar tu padre, yo veo demasiado claro.

Es muy triste caso cuando la muerte nos sorprende en medio de la mayor felicidad.

Quiere mucho á tu padre, hija mia, quiérelo mucho, que él bien lo merece, y trata de mantener fijo en su memoria mi pobre recuerdo y que nadie ni nada pueda borrarlo.

Yo lloraba sin consuelo, nunca me habia encontrado en un momento tan terrible.

Y Luisa, retirando el plato que tenia por delante, bebió de un trago otra copa de oporto que le habia servido Lanza.

—No te aflijas, hija mia, continuó, me dijo la dama, no te aflijas, esto es natural, porqué yo he vivido ya demasiado.

En seguida le acometió una nueva fatiga, mas violenta que la primera y no pudo seguir hablando.

Sus ojos se revolvian entre las órbitas de una manera aterradora y su boca estaba entreabierta con una expresion de inmensa agonía.

Yo tenia un miedo tremendo, pero no me atrevia á separarme de aquel lecho de muerte.

Al cabo de un gran rato, regresó mi padre acompañado de los dos médicos que habian venido los dias anteriores y dos mas, que sin duda traian para la consulta.

Examináron á la enferma y sentí que uno de ellos decía á mi padre:

—Bueno, amigo, ya la ciencia no tiene nada que hacer aqui, es preciso tener valor, y endulzarle en lo posible sus últimos momentos.

Mi padre estaba envuelto en una expresion de espanto doloroso.

Se veia claramente que tenia por aquella mujer un cariño inmenso.

Me dijo que me quedase allí otro poco y salió con los médicos inmediatamente.

Yo me quedé allí mas aterrada que nunca.

El cuerpo de aquella mujer se iba enfriando rápidamente y ya la mano que tenia entre las mias parecia una mano de mármol.

Iba á disparar de allí aterrada, cuando entró mí padre, esta vez acompañado de un sacerdote.

Habia llegado el momento tremendo.

Yo salí de la pieza llorando amargamente, y poco despues salió tambien mi padre.

La señora quedaba sola con el sacerdote, pero sin uso de razon ni de palabra.

Pocos, muy pocos momentos despues, se sintió en la habitacion donde estábamos el murmullo del sacerdote que oraba.

Era pues indudable que la enferma habia muerto.

Yo no pude contenerme ya, y vencida por el espanto, caí de rodillas y oré tambien.

No me habia equivocado, pues momentos despues apareció el sacerdote y dijo reposadamente á mi padre:

—Ya no hay nada que hacer con ella; está descansando las fatigas de la vida.

Queriendo arrancarme á aquel triste cuadro, mi padre volvió á casa acompañándome.

—Puedes descansar, hija mia, me dijo, yo me voy porqué tengo que cumplir allí mis tristes deberes de enterrarla.

No te preocupes por mí, aunque no vuelva hasta mañana, pues ya comprendes todo lo que allí tengo que hacer.

Mi padre se retiró y yo quedé dominada por el espanto de todo lo que en aquellas horas habia pasado por mi espíritu.

En todas partes creia ver el semblante de la moribunda, y mi terror fué tal, que desperté á toda la servidumbre para que viniera á acompañarme.

Me parecia que la muerta venia á llevarme con ella y no podia disimular mi miedo.

Nada quise decir á los sirvientes de lo que pasaba, pues yo no sabia si esto podia disgustar á mi padre.

Este no volvió á casa hasta el otro dia, sin duda despues de haber cumplido con todos los deberes del entierro.

Cuando vino, me entregó un anillo con un grueso brillante, diciéndome que era un recuerdo que la dama habia dejado para mí y que no debia sacar nunca de mi mano.

Desde entónces mi padre quedó con una expresion sombría en el semblante, que no debia disiparse mas; se conocia que habia querido profundamente á aquella mujer.

Y quedó así dueño de todas aquellas propiedades que, para salvarlas de una ejecucion, habian sido puestas á su nombre.

Aquella mujer no tenia pariente alguno cercano.

Uno muy lejano se presentó á reclamar la herencia, pero solo pudo apoderarse de los muebles y objetos que adornaban la casa que ella habitaba y que mi padre no quiso ó no pudo retener.

Desde entónces solo se dedicó á atender los negocios de la casa, que prosperaban notablemente.

Todas las aves curiosas que para el museo llegaban de América y de otras partes, eran confiadas á él para que las embalsamara, en la persuasion de que nadie habia de hacerlo mejor.

Ocupado de otros asuntos que le daban una utilidad mayor, el embalsamamiento de las aves estaba absolutamente confiado á mi, que concluí por hacerme tan hábil como él para su preparacion.

Mi otra hermana, aunque mucho menor, fué sacada tambien del colegio y traida al almacen, donde yo debia enseñarle todas las preparaciones que conocia, tanto para las aves como para las plumas.

Hombre eminentemente desconfiado, solo se fiaba de nosotras, y sus libros no permitia que fueran tocados sinó por mí.

A pesar de todo lo que trabajábamos en su beneficio, vivíamos con terrible miseria.

Recuerdo con espanto aun, que los dias mas crueles de invierno los pasábamos con la misma ropa que habíamos usado en el verano.

Jamas nos dió un centavo para poder gastar en un chiche, ni se pasó en su casa de la miserable comida de siempre.

Habia sin embargo en el negocio ciertas cosas que nosotras no podíamos hacer, porqué no teníamos el tiempo suficiente.

Se necesitaba un empleado para que estuviese de firme en la casa, y otro para que hiciera en la calle aquellas diligencias que nosotras no podíamos hacer, como ir á entregar al museo las aves embalsamadas, cobrar las cuentas y otras cosas imprescindibles.

Mi padre se vió forzado á tomar dos dependientes, con muy escaso sueldo, pero con la promesa de írselos aumentando á medida que se pusieran mas prácticos.

Uno de estos era un jóven de muy buena familia, bien acomodado y sumamente simpático.

Desde que este jóven entró en la casa, se vió su deseo de ser agradable y necesario á mi padre, que le tomó cariño desde el principio, viendo sus buenas disposiciones y su deseo de trabajar.

Arturo que así lo llamaré, era muy fino y atento conmigo.

Me hablaba con mucho cariño y me ayudaba en mis quehaceres todo el tiempo que lo dejaban libre los suyos.

Yo hallaba cierto encanto en su conversacion y recibia con placer todas sus demostraciones de cariño.

Un dia, miéntras embalsamaba un bello pájaro, se acercó á mí y me dijo cariñosamente:

—Yo no tengo necesidad de este empleo, Luisa, ni de un sueldo tan miserable.

Sin embargo, por este he despreciado empleos mucho mas ventajosos como carrera y con un sueldo diez veces mayor.

Y hubiera tomado este aun sin sueldo; ¿sabe usted por qué, Luisa?

Yo no sé por qué me turbé, miré á Arturo poniéndome colorada y no atiné á contestarle.

—Pues lo he preferido, siguió el jóven, porqué este empleo me proporciona el placer de estar siempre á su lado, porqué desde el primer dia que la ví á usted, la amé con locura.

Yo la amo, Luisa, con delirio, como solo se ama una vez en la vida, y creo que no habria sacrificio en la vida que no abordara por no salir de esta casa que me proporciona el placer de estar á su lado.

Francamente yo recibí aquella manifestacion con el mayor agrado.

Sentia por aquel jóven un cariño dulce y tranquilo que yo misma no acertaba á explicarme.

No le contesté nada, me limité á mirarlo, pero lo miré con tal expresion, que él me dió las gracias diciéndome:

—Dios bendiga esos ojos cuya mirada me hacen tan feliz en este momento.

Desde aquel dia empezáron con el jóven unos amores vehementes como era natural en jóvenes de nuestra edad.

Eran las primeras palabras de amor que yo sentia pronunciar á mi oido, y eran dichas con tanto cariño, con tanta dulzura, que me sentí fuertemente emocionada.

Desde entónces todos los momentos libres que tuvimos, fué para conversar de nuestro amor, y para hacer mil proyectos del porvenir.

—Cuando yo me haya ganado mas la confianza de su padre, me decia, y vea él bien claro que yo soy un hombre digno y honrado, yo la pediré en matrimonio, Luisa, y entónces aseguraremos nuestra felicidad eterna.

Y con estas conversaciones yo sentia diariamente que mi cariño aumentaba por él, al extremo de andar yo misma buscando la oportunidad de hablarlo, cosas bien fácil, porqué mi padre pasaba fuera del almacen una buena parte del dia.

Arturo me obsequiaba siempre con ramos de flores, bombones delicados y masitas.

Y yo, habituada á la miseria espantosa en que vivia, recibia cariñosamente aquellos obsequios.

—Yo desearia regalarle otras cosas que usted necesita, me decia, pero las veria su padre y entónces todo se echaria á perder y sería capaz de despedirme de su casa, lo que sería mi muerte.

Así, nuestros amores iban creciendo, mecidos por la esperanza de un porvenir mejor.

El aprecio de mi padre por Arturo aumentaba tambien, al extremo de llegar á subirle el sueldo voluntariamente.

Con este motivo habíamos llegado á considerarnos felices, pues dados estos antecedentes, mi padre no se negaria á dejarnos casar.

—El secreto está en no pedirle nada, me habia dicho Arturo, sinó en hacerle creer que se le dá.

Siendo yo su hijo político, él pensará que gana un dependiente á quien no pagará sueldo en adelante y todo queda así perfectamente arreglado.

Yo creia en el amor de Arturo, como se cree en las verdades de la religion.

No pasábamos separados un solo momento del dia, pues cuando él no estaba en nuestro gabinete de trabajo, estaba yo en el despacho.

Y cada dia sus palabras eran mas ardientes y mas entusiastas.

Fuera del cariño de mi padre yo no habia conocido mas cariño que el de Arturo.

El habia despertado mi corazon á las sensaciones del amor, y mi cariño por él era completamente ciego.

Si él me hubiera dicho cualquier enormidad yo la habria creido sin vacilar.

Cuando le pagaban su sueldo mezquino, siempre lo empleaba en obsequios para mí, obsequios que yo recibia llena de placer, pues fuera del anillo que me dejó aquella dama de mi padre, yo no habia jamas recibido obsequios de ninguna clase.

Arturo me traia pequeñas joyas que yo guardaba para que mi padre no las viera y me traia flores y demostraciones de su recuerdo en pañuelitos, perfumes y todas aquellas cosas que una mujer tanto agradece.

Yo concluí por amar á Arturo de tal manera, que lo apresuré á que diera el paso deseado respecto á mi padre.

—¿Y si tu padre se niega? me preguntó pálido y tembloroso.

Mira que si él no me quiere me vá á despedir de su casa, y vamos á perder la felicidad íntima de estar juntos.

—Si se niega ahora, es porqué se ha de negar siempre, le contesté.

Yo lo rogaré, yo lloraré, yo haré todo lo que esté en mi mano para hacerlo ceder.

—¿Y si á pesar de todo esto no cede?

—Poco importa, no por eso ha de disminuir el amor que te tengo y podremos poner en juego otros recursos.

—Si tú me juras que una negativa de tu padre en nada puede disminuir nuestro amor, me dijo, hoy mismo mando á mi padre que hable á don Luis.

Yo juré á Arturo que nada en la tierra era capaz de disminuir el cariño inmenso que yo le profesaba, y él se resolvió entónces á dar el paso que tanto miedo le imponia.

Habló con su padre y en la noche del dia siguiente éste vino á hablar con el mio.

—Yo no tengo valor para quedarme aquí, me dijo Arturo, porqué tengo miedo que tu padre me llame y me eche una peluca espantosa despidiéndome de su casa.

Mañana ya es distinto, porqué se habrá enfriado, se le habrá pasado la rábia y será mas fácil ablandarlo.

Si la contestacion es favorable, yo te lo avisaré mañana en cuanto abran el almacen; si es fatal no necesitas que yo te lo avise, porqué el mismo don Luis te lo dirá esta noche, recomendándote, probablemente, que no vuelvas á mirarme á la cara.

Confieso que al oir hablar así á Arturo tuve miedo, pero un miedo que pronto se disipó por un pensamiento razonable.

¿Qué razon podia tener mi padre para oponerse á mi felicidad?

No existia ni aun la misma de su miseria, puesto que nada se le pedia y puesto que se trataba de un jóven tan honrado y trabajador que él mismo le dispensaba toda su confianza.

Cuando vino el padre de Arturo y se encerró con el mio en el escritorio, sentí despertarse en mí el sentimiento de la curiosidad, que nunca habia conocido, y me puse á escuchar lo que hablaban, al lado de la puerta.

¡Qué momento de amarga angustia! no recuerdo otro tan desagradable y tan triste.

Desde las primeras palabras del padre de Arturo en que pudo comprenderse el objeto de su visita, el mio se puso de un humor espantoso.

—Es inútil que usted siga adelante, le dijo, porqué lo que usted viene á pedirme es un desatino digno de un loco.

—Pero, amigo mio, decia aquel hombre razonable, no puede haber nada mas justo ni natural que lo que yo le digo á usted, salvo que usted tenga otros proyectos para su bella hija.

Arturo es un muchacho bueno, digno y trabajador; nadie mas aparente que usted para conocerlo, puesto que lo tiene á su lado.

¿Qué cosa mas natural que querer casarse con una niña igualmente digna y bella?

—Muy natural, muy digno y sobre todo muy cómodo, contestó mi padre.

Pero yo no he trabajado medio siglo rompiéndome el alma y haciendo una fortuna, para que el primer tonto que llegue y quiera apoderarse de ella, no tenga mas trabajo que el de enamorar á mi hija y pedírmela en matrimonio.

Su hijo es muy muchacho, aun tiene tiempo de trabajar para formarse una fortuna y casarse despues que la tenga.

Creo, pues, que hemos hablado lo bastante y que no tengo nada mas que responder.

—Piense, amigo, que cuando dos jóvenes se aman apasionadamente, es peligroso negarles así toda esperanza, porqué entónces suelen hacerse justicia por su mano.

—Amigo mio, yo gobierno mi casa y mi fortuna y estoy acostumbrado á que se haga lo que yo mando.

Lo que es mi hija corre de mi cuenta, cuide usted de que el suyo no se meta á lo que no debe, y todo habrá pasado en paz.

Yo me retiré rápidamente de la puerta, y me fuí á mi cuarto donde me puse á llorar amargamente.

Arturo seguramente iba á ser despedido por mi padre, y ya no podríamos vernos como ántes ni conversar con él de sus plácidos amores.

¿Qué habia querido decir el padre de Arturo con aquello de hacerse justicia por su mano?

Esto era lo que mas me intrigaba y lo que yo queria saber á toda costa.

Esperé á que mi padre me llamara para decirme algo, pero esperé inútilmente, pues poco despues lo sentí dirigirse á su cuarto donde se recojió como lo hacia siempre, despues de haber revisado los libros de la casa.

Yo no pude dormir en toda la noche, llegando en mi desesperacion hasta maldecir la fortuna de mi padre, puesto que esta fortuna era la causa única de que mi padre no consintiera mi casamiento.

Toda la noche me la pasé llorando y pensando lo que sería de mí, separada de aquel hombre á quien tanto amaba.

Yo conocia la firmeza de voluntad de mi padre y sabia por esperiencia que cuando él habia dicho que nó una vez, era inútil insistir.

A la mañana siguiente, pálido y desencajado se presentó Arturo á la hora de siempre.

No podimos vernos sinó de léjos, porqué mi padre lo esperaba y apénas entró lo llamó á su escritorio.

Tuve vehementes deseos de ir á escuchar como la noche anterior, pero confieso que no me atreví.

Temí ser sorprendida, y me quedé donde estaba trabajando, sofocando los sollozos que me ahogaban.

La conferencia aquella duró muy pocos minutos, al cabo de los cuales ví que Arturo salia del escritorio, tomaba su sombrero y se alejaba del almacen despues de haberme hecho con la mano una rápida señal de espera.

Poco despues salió del escritorio mi padre y viniendo á donde yo estaba me dijo bruscamente:

—Acabo de despedir á ese imbécil, porqué al casarse contigo pretendia casarse con mi fortuna.

Cuidado con lo que se hace en adelante, Luisa, porqué yo no he trabajado para alimentar haraganes.

No me atreví á contestar una palabra.

Dí vuelta el semblante para ocultar mis lágrimas y seguí trabajando.

Mi padre se retiró sin decirme una palabra.

Aquel dia fué para mí de insoportable tormento.

A la tarde, cuando mi padre salió como de costumbre, entró rápidamente Arturo y me entregó una carta, diciéndome:

—Toma y trata de tenerme la contestacion para mañana á esta hora; es el solo medio que tenemos de entendemos por ahora y es necesario no perderlo, por eso no me demoro mas.

Y salió tan rápidamente como habia entrado.

Mi padre demoró unos pocos minutos; sin duda temia que Arturo viniera en su ausencia y solo habia salido á algo muy urgente.

Miró por todas partes y no hallando nada que pudiera hacerlo sospechar, se metió á su escritorio.

Recien á la noche pude leer la carta de Arturo.

El pobre me contaba con frases llenas de amargura y de dolor lo que yo sabia tan bien como él.

No hay que tener la menor esperanza en que tu padre ceda, y es necesario que me digas si estás dispuesta á hacer lo que yo te indiqué, si no, no podremos vernos mas, y ante tamaña desventura yo me mataré, Luisa mia, porqué la vida sin tí no la quiero para nada.

Esta carta me produjo una impresion tremenda.

Ya se me figuraba ver á Arturo muerto por mi amor y acusándome de su muerte; aquello era orrible para una niña impresionable como yo lo era entónces.

Se me figuró que ya no lo volveria á ver mas en la vida, que yo sería un ser desventurado, y le contesté con toda la vehemencia de mi cariño así amenazado.

Te amo siempre, Arturo, pero ahora te amo mas que nunca.

Todo cuanto me indiques lo haré sin vacilar y aunque me hubiera de costar la vida; no te desesperes, que mi amor no ha de faltarte un solo momento.

Guardé aquella carta que debia entregarle al otro dia, y como la noche anterior no habia dormido, me dormí profundamente.

Al siguiente dia me levanté tan temprano como siempre y me puse á trabajar sin saber lo que hacia, pues todo mi pensamiento estaba en Arturo y en el momento que le debia entregar mi carta.

Largo fué para mí aquel dia, inmensamente largo.

Mi padre salió como el anterior, tarde y apénas un momento.

Pero aquel momento fué lo suficiente para que entrase Arturo y recibiera de mí aquella carta que saqué de mi seno para dársela.

¡Con qué expresion de suprema ansiedad recibió mi carta! parecia un hambriento que se lanza sobre un plato de comida!

Estrechó mis manos hasta hacerme mal, y salió rápidamente despues de decirme:

—Hasta mañana, hasta luego, hasta siempre y cada vez que salga tu padre vendré á contemplarte aunque sea un solo segundo.

Mi padre, como el dia anterior, no demoró mas que un momento en la calle, regresando en seguida y mirando siempre á todas partes como si buscara algo.

Al dia siguiente, y apénas salió, recibí la segunda carta de Arturo.

El pobre estaba allí de centinela perpétuo hasta que mi padre salia para poder entrar él.

En aquella carta que creo leí en una sola mirada, me decia que no podria jamas habituarse á vivir separado de mí, que aquella situacion era horrible.

Es preciso que hagamos algo por nuestra felicidad y solo de tí depende, mi ángel, agregaba.

No nos queda sinó un solo recurso, el recurso de la fuga.

Huyendo juntos un poco de tiempo, tu padre, para cubrir la falta, no tendrá mas remedio que consentir en nuestro casamiento, casamiento que le impondrá nuestra situacion y la suya misma.

De otro modo nuestra eterna desgracia es inevitable, pues ya sabes que tu padre no ha de consentir nunca en este casamiento.

Mañana te obligaria á casarte con algun viejo rico y tu pobre Arturo se haria saltar los sesos léjos de tí.

Nuestra felicidad está, pues, en tus manos, Luisa mia.

Medita y contéstame, que solo espero tu contestacion para prepararlo todo.

Yo estaba loca.

No pensaba en otra cosa que en Arturo y no tenia mas voluntad que la suya.

Eso de que podia hacerse saltar los sesos me hacia un efecto de terror imposible de pintar, porqué yo sería la única culpable de semejante desventura.

No pensé, no reflexioné en la enormidad que Arturo me proponia, y le contesté que haria cuanto me dijese.

Para mí aquello era muy simple, puesto que mi padre para evitar el consiguiente ridículo, tendria que consentir en un matrimonio del que dependia la felicidad de toda mi vida.

Esta carta no se la pude dar á Arturo hasta el dia siguiente, porqué mi padre no volvió á salir.

Al llevar la mia, Arturo me dejó otra carta, en la que me manifestaba que era preciso apurar la huida, porqué ya habia sido notada en el barrio su eterna presencia.

Pueden contárselo á tu padre de un momento á otro, me decia, y si este llega á saberlo, perderemos este único medio de comunicacion.

Yo quedé aterrada con esta carta; no poder ver mas á Arturo ni escribirme con él, era una desgracia irresistible para mí.

Felizmente yo habia consentido en sus planes, y de él solo dependia su mas rápida ejecucion.

¡Ah! si yo hubiera meditado un momento, si yo hubiera tenido quien me diera un consejo amigo, ¡cuántas desgracias no me habria evitado!

Luisa se interrumpió un momento para tomar una copa de champagne que le sirvió Lanza.

El relato y los recuerdos que éste despertaba, la habian fatigado de una manera dolorosa.

Despues de una corta pausa siguió diciendo:

—Al otro dia cuando salió mi padre, se me presentó Arturo radiante de felicidad.

Sonreia con una placidez infinita y agitaba en su mano la carta que me traia.

—Querida de mi alma, me dijo, veo que me amas inmensamente, Dios te bendiga y te compense todo el mundo que abres á mi pobre alma.

Por estas cartas verás que no nos veremos ya mas hasta pasado mañana, pero que entónces nos veremos para no separarnos mas en la vida.

Pasado mañana, desde el amanecer, yo te esperaré con una volanta al dar vuelta la calle.

Cuando tu padre salga, sales tú tambien; no te preocupes de traer nada, que tendrás todo cuanto te haga falta.

De aqui saldremos al nido que te he prepado, que será nuestro cielo, y verás que pronto cede tu padre y nos dá permiso para que nos casemos!

Yo no podia modificar aquel plan, puesto que no tendria ocasion de hablar ni de escribir á Arturo.

No habia de dejarlo plantado con todos sus preparativos, y me resigné á seguirlo, lo confieso, con un placer íntimo y verdadero.

Nada tenia que aprontar para llevar conmigo.

¿Que habia de aprontar, si yo no poseia mas que ropa vieja y remendada?

Junté todos los obsequios que habia recibido de Arturo y que constituia toda mi fortuna, toda mi verdadera fortuna, y estuve lista para la partida.

¡Qué largo me pareció el tiempo desde entónces!

El dia lo pasaba algo distraida con mis quehaceres, pero la noche me parecia horriblemente larga é interminable.

Aquí Luisa se interrumpió de nuevo.

Lanza le habia servido una copa de licor y café, instándola á que siguiera sin omitir detalles.

—No sé como seguir, dijo; ahora tengo vergüenza.

Y sus ojos brillantes por el alcohol que habia ya tomado, esquiváron la mirada apasionada de Lanza.

—Sigue adelante, le dijo éste, tu relato me interesa de tal modo, que siento crecer de una manera imponderable la inmensa simpatia que hasta tí me ha arrastrado.

Luisa estrechó la mano que amorosamente le tendia el jóven y siguió asi su interrumpido relato:

—No omitiré un solo detalle, por duro que me sea.

Miéntras mas lentamente pasaba el tiempo, era mayor mi deseo de ver llegar el momento de la partida.

Me parecia que alguna desgracia se iba á cruzar por el medio, desgracia que no íbamos á poder evitar.

Aunque mi padre no podia sospecharse lo que pasaba, y su conducta en nada se habia modificado, yo pensaba que todo lo sabia y que en el momento de mi salida se me iba á poner por delante deteniéndome.

La mañana de la partida llegó por fin; yo me levanté mas temprano que nunca, y por pnmera vez de mi vida sentí la necesidad de parecer mas bella.

Me vestí con la mejor ropita que poseia, y me perfumé con los perfumes que Arturo mismo me regalara.

Como si Dios quisiera protejer mi huida, mi padre me dijo que él tenia que salir temprano y que si á hora del almuerzo no estaba en casa, podíamos almorzar no mas, pues él se demoraría algo.

Yo me eché á temblar.

¿Sospecharia mi padre lo que pasaba y aquel no sería mas que un lazo para confiarme mas?

Casi me hizo renunciar á mi propósito el miedo de ser tomada en el delito.

Pero pensé en la desesperacion de Arturo, que podia llevarlo á un extremo fatal y me resolví.

Eché una mirada última á aquella casa donde tanta miseria habia pasado y donde tan feliz habia sido en mis amores y salí precipitadamente á la calle, tomando la direccion que me habia dado Arturo.

Yo iba temblando de miedo.

Me parecia que todos cuantos me miraban conocian mi delito y que mi padre iba á aparecérseme de pronto.

No es posible imaginarse todo lo que yo sufrí en aquellos pocos minutos!

Al volver la calle y á pocos pasos de la esquina, ví la volanta parada.

Por la portezuela asomaba la bella y jovial cabeza de Arturo.

Fué tal la impresion que experimenté, que tuve que agarrarme de la pared para no caer, porque las piernas me tembláron fuertemente.

Al ver que me detenia, Arturo vino hasta mí y me ayudó á llegar á la volanta donde subimos rápidamente.

El cochero, que sin duda ya sabia lo que tenia que hacer, castigó los caballos y partió á escape.

Recien pude respirar con libertad relativa, pues siempre tenia miedo que en el momento menos pensado nos detuvieran la volanta.

—¡Juntos, juntos para toda la vida! exclamó Arturo acariciándome de todas maneras—¡Oh! gracias, mi bella, gracias, ¡me has hecho el mas feliz de todos los hombres! ya no nos separaremos mas en la vida, pues tu padre tendrá ahora que darnos su consentimiento.

Y yo al escucharlo y recibir sus caricias, me sentia inmensamente feliz.

¡Quién me hubiera dicho en lo que todo esto vendria á parar!

La volanta siguió rodando hasta la estacion del tren, donde Arturo tenia pasaje, y subimos.

Ya no era posible tener miedo de ser sorprendidos, porqué cuando mi padre llegara á casa, estaríamos tal vez al fin de nuestro viaje.