Castigo (Lugones)

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La guerra gaucha de Leopoldo Lugones
Castigo
Carga


CASTIGO


Esperábase de un momento á otro un cuerpo realista, que convoyando un arreo esquilmado á las más distantes poblaciones patriotas, en la frontera misma del Chaco, retrogradaba sobre la aldea muy dificultada por la sierra y por las lluvias.

Arriscábase aquélla hasta lo inexpugnable en las cercanías del pueblecito; inundaban éstas los próximos campos, lamiendo ya su progresivo embalse las rancherías del suburbio, sin que nada las retuviese. Esa tarde acababa de diluviar con borrasca deshecha, persistiendo un calor de mal augurio.

Los dos vecinos más encopetados del lugar, el cura y un cabildante potosino que regenteaba desde allá sus ingenios, contrariábanse sobre todo con aquel temporal, pues adjudicándose la representación del rey á quien profesaban culto idéntico, mantenían prisioneros en la capilla parroquial á seis viejos patriotas impedidos por sus achaques de ingresar en la montonera. Ésta, cooperando á la campaña por su lado, merodeaba lejos según se deducía por un parte recibido la tarde anterior, pero dada su rapidez proverbial, podía plantárseles cualquier día en la puerta, premiando su fidelidad con un par de raciones de horca.

El chasque aquel era el único sobreviviente de cierto exterminio efectuado la semana anterior en la vanguardia de la fuerza invasora. Internada ésta al azar de su correría, algunos indios capturados en los bosques le mencionaron una gran concentración de vacas que los patriotas tenían no lejos de allí, casi desguarnecida en el seguro del secreto y de la distancia. Pero no había camino; menester era navegar aguas arriba de un río próximo, para lo cual se ofrecían á remar en sus piraguas. Sin confrontar mucho la narración, el jefe á cuyos ojos se hermoseaba con rasgos de leyenda, infrigió toda disciplina lanzándose a la aventura.

Viajaban de día solamente, pues el río fuera de madre uníase a extensos pantanos cuyo peligro abultaban las tinieblas. Ya la primera noche, uno de los remeros, saltando de rama en rama, había procurado escamondar los árboles secos; mas desapareció entre chapaleos alarmantes, devorado, al decir de sus camaradas, por los caimanes que infestaban el estero.

Como proejaban, remolcando á la vez una balsa con sus bagajes, adelantaban poco; pero muy luego se infiltró en sus ánimos la sospecha de que los guías trampeaban el juego. Deteníanse á cada momento para pescar, en previsión, decían, de posibles retardos: ventilaban en su lengua prolongadas cuestiones, perjudicando la celeridad de la maniobra; y cuando se los conminaba a explicarse, omitían una respuesta categórica. Maltratarlos, habría comprometido todo en un combate o en una deserción; y así el jefe, aunque muy alarmado, resolvió vigilar durante la noche, absteniéndose de darse por entendido del asunto.

El tercer día, al caer la tarde, las sospechas arreciaron. Ensotábanse con toda evidencia entre ensenadas inextricables, fuera de todo cauce ya, bajo el silencio casi fúnebre de la selva inundada. Solamente un pájaro de trino melancólico gorjeaba a intervalos irregulares, allá lejos en la fronda negra. El agua, al empuje de los remos, burbujeaba con murmullo triste; mangas de mosquitos acaloraban la sangre hasta el furor, y un vaho de ahilada tibieza, contaminando fiebres con su desabor de hongo, maceraba las carnes en una flaccidez de putrefacción. Así vino la noche y así fondearon, reprimiendo apenas torvas intenciones, como sepultados por la temerosa enormidad del bosque que la noche espesaba y la parálisis tórrida del ambiente; cuidadosos de no mostrarse miedo bajo la respectiva capa de impasibilidad salvaje y de castellana altivez, en una roedora tensión de nervios y de voluntades.

Mas, de allí á poco, el cacique, interpelado decididamente, condescendió por primera vez a una respuesta. Sí, desviaban un poco el rumbo, mas para vadear cuanto antes las aguas aprovechando su mismo desborde. Conservaban la buena dirección, y al otro día, temprano aún, tocarían cerca del real patriota. Dicho esto revistó con una mirada á sus hombres, acurrucose en el fondo de su canoa y se durmió.

Su ejemplo no influyó, á pesar de la seguridad relativa que dimanaba de su discurso; y pasaron la noche en vela, si bien forzados no poco por los vampiros cuyo vuelo rozaba sus cabezas desflocándose en espeluznante vellosidad.

El día amaneció serenísimo, coloreándose fogosamente de aurora. Puestos al remo los indios, el cacique reiteró sus seguridades con sonrisas de vaga ambigüedad, cuyo efecto retratábase instantáneamente en el rostro de sus compañeros que redoblaban el empuje. Semejantes signos auguraban al parecer el prometido fin, y una vislumbre de alegría flotó sobre la fosca lividez de los navegantes.

Reviviendo pesadamente el fresco del alba, sus ojos escaldados de insomnio contemplaron en silencioso estupor la imponente pompa del amanecer sobre las aguas.

Ensanchábase la selva hasta el horizonte en una especie de golfo salvajemente solitario, que confinaban arboledas lúgubres en su impenetrabilidad. Ni una arruga disgregaba su cristal sombrío, sobre el cual erguíase único, acentuando la tristeza del paisaje, el ampo de una garza. La superficie, en tersura de lastra especular, azogábase con una interna coloración de teja fundida, exaltada á púrpura de mortecina escoria, que luego se clarificaba en cárdeno gris. Culminó al oriente un banco de niebla lóbrega, franjeado por una orla rojiza que herrumbraba con su reflejo las aguas del confín. El cielo se inflamó hasta el cénit en una traslucidez de cereza. Sobre la estela de la almadía cabrillearon las aguas de un oleoso muaré; empañó un vago lila la transparencia oscura del pantano, y bruscamente el sol emergió entero, carminando la bruma en una humareda rosa de fuego de Bengala.

En ese momento, el pájaro de la tarde anterior gorjeó otra vez; pero no ya en el ramaje, sino en la canoa misma; y al trino semejante con que le respondieron de la arboleda, antes que la certeza de la traición se coordinase con acto alguno de los realistas, una nube de dardos partió del bosque. Y sobre los árboles unos, otros al pie con el agua a la cintura, brotaron guerreros en clamoroso enjambre. Pintarrajeados en guerra, enflechaban sus arcos ó revoleaban sus cachiporras, pirueteando y riendo con carcajadas crueles que el cristal cuarzoso de los bezotes deformaba en brillos siniestros, mientras llovían sin tregua sobre las víctimas los casquillos emponzoñados.

Fué una cacería entre las aguas, al azar de la macana ó de la flecha, y el sobreviviente que trajo la noticia confirmaba su narración con un codo triturado en la refriega.


Instigados á mayor severidad por ese relato, el cura y su amigo revisaban con rencoroso ahínco, día y noche, los grillos de sus prisioneros, infligiéndoles torturas en resguardo de una cavilada conjuración. Porque seguramente se confabulaban para libertarse cometiendo quién sabe qué horrores; y como las lluvias iban derrubiando los adobes de la capilla, complicábase la cosa con un nuevo temor.

En vano predicaba el cura á los reclusos y más inútilmente los denostaba el otro. Abroquelándose en su taimada vejez, los gauchos enflaquecían, torvos, sin disentir con una queja...

Frecuentábanse ambos carceleros, pues sus heredades lindaban, componiendo una pareja inseparable, bien que asaz desunida ante la opinión; pues si al cura le dispensaban su realismo en gracia de su estado y de cierta campechana popularidad, abominaban cordialmente al otro.

Misántropo y fanfarrón, hacíase envidiar hasta la ojeriza tanto como escandalizaba con su lujo. Traficaba en esclavos enviándolos al Perú en recuas de cuatro y quinientos; ó arrendándolos según sus oficios a los potentados del contorno, cuando no servían en los talleres de su mansión donde se explotaba todo — desde la sastrería á la horticultura; y su crueldad tiranizaba á aquellos pobres, no adiestrándolos sino á dieta y á lazo. Tostarles los pies ó salarles las heridas contaban entre los castigos comunes. Más de uno fue herrado con la marca de los bueyes. Las negritas, apenas púberes, se corrompían en su lecho.

Pues blasonaba de apuesto galán, no obstante sus patillas barbirrucias y sus dientes escomidos de neguijón. La peluca y el cabello despeluzado sobre las sienes, mal disimulaban los comeros de su calvicie; pero zanjábalo todo con un tricornio que remataba vistosa pluma. Usaba de diario su traje oficial, insultando las pelambres lugareñas con su chupetín y sus calzones de terciopelo ajustados á la rodilla por ancho broche de plata, sus zapatos con hebilla de topacio y sus profusas guirindolas. Mas á pesar de tanta riqueza, su tacañería le concitaba el desprecio. Acatábase su autoridad, pero refunfuñando.


Platicaba aquella tarde con el cura, muy fastidiados por la tardanza de la tropa, frente á la casa solariega en cuya esquina su bridón enjaezado de plata y terciopelo befaba impaciente la argentina barbada.

Montonera y realismo entumíanse al influjo de la misma escasez depulsora; pero sin que cejara el entusiasmo patriota. Fanatismo, rencores, fatalidad, todo contribuía á semejante maldición.

No sonaba un paso en los alrededores ni se veía un alma en las calles. La capilla, plaza por medio, exhalaba olores de muladar que la tibieza húmeda del aire les traía con mayor agudeza. Dos esclavos guarnecían la entrada, tercerola al hombro. Algunos rostros de viejos, impasibles en su gravedad barbuda, aparecían, amarilleando sus pómulos como talones de difunto en la oscuridad de caverna que profundizaba el templo; y una voz cascada, voz de prisionero en que se condolían irreparables ingratitudes, endechaba de adentro una tonada montañesa, percutiendo á guisa de triángulo los grillos que asonaban tristemente con el cantar.

Como ésos eran todos, ve? como ésos de duros. Y el eclesiástico refirió que aquella mañana, como anduviera por la ranchería circunstante en distribución de consuelos á la gente damnificada por el temporal, halló á la vieja Gertrudis, quien oficiaba á la vez de bruja y de médica, guisando sabía Dios qué manjares en su tugurio barnizado de hollín; y que al invocar la Iglesia y al mentar el infierno por ver si libraba de Satanás alma tan perdida, se puso á blasfemar cosas horribles, castañeteándole de rabia sus cuatro dientes y accionando como una endemoniada. Amenazó á todo realista con feroces conjuros sobre los lagartos secos que pendían del tirante, y deprecó por la patria en un diabólico frenesí. Así era como se pervertía el paisanaje. Tolerar semejantes cosas valía tanto como criar cuervos...

En ese instante retumbaron sobre la vereda los golpes de un bastón, y la vieja, como brotada del suelo, apareció ante sus ojos.

Bajo la harapienta falda estremecíanse con sanguinolenta hinchazón sus piernas que la hidropesía abotagaba; un rebozo apolillado al parecer por larvas de sepulcro, cubría sus hombros y su cabeza, solapándose en un griñón del cual se escapaba una mecha sórdida. Doblada enteramente en dos, sus manos fofas de batracio se aferraban al garrote; y regoldaba más que decía, con un leleo de niño, palabras sueltas, caducando en repugnante decrepitud.

—Quién los veía... tan paquetes! Y los pobrecitos viejos de la patria encarcelados como ladrones, y los negritos de la patria alquilados como animales. Ella venía a mendigarles la libertad — eran hombres como todos, no ofendían a nadie — y si no la otorgaban, se querellaría al mismo Dios de los cielos. No profanasen más el templo convertido ya en establo. ¿Que no los horrorizaba el aspecto de esas nubes cargadas de fuego, con que la Providencia podía decretarles alguna tremenda expiación?...

Verdaderamente, el cielo se enfoscaba otra vez. Llenaba el ámbito de la tarde una silenciosa claridad bogada por nubes de oro. Otras surgían, sobreponiéndose como cargas de bálago, y el sol poniente que aclaraba sus horizontes con un matiz de hiel, traslucía en ópalo la nevada cúspide del picacho vecino. Por las quebradas oscuras, la blanca floridez de la arboleda se enguirnaldaba en encajes. Un álamo próximo al grupo, tiritaba con el susurrante rehilo de su follaje revuelto en loriga de plata, y no había otro movimiento en la inmensa quietud.

El silencio la sucedía. Solamente la vieja continuaba agorando su exorcismo, entre súplica y diatriba:

—¡Quién los veía tan paquetes!

Finchados para la recepción, los amigos lucían, en efecto, sus trajes de gala. Chaleco de tisú de oro, frac, capotillo de anafaya verde y sublime corbatín, el cabildante; el párroco sotana de raso y un manteo cuyo paño acipado denunciaba cuotidiano desuso.

Roncó un trueno sordamente, azuleó en las nubes más bajas una vislumbre de cuarzos estregados.

—¡... Quién los veía! Allá bajaba á extirparlos el fuego de Dios, como ya lo hizo con el tirano Tacón en Moxocoya, con los barriles de pólvora de Potosí que volaron un cuartel entero; con los tres godos de Tarija...

Un incisivo relámpago latigueó las nubes, y el sacerdote, abrochándose el manteo en brusco repullo, se estremeció.

De dónde sacaba tales cosas ese espectro? Cosas que sólo sabían ellos en comunicación reservadísima del día anterior?

La vieja lloraba ahora, lloraba un llanto cristalino cuya pródiga abundancia veníale de quién sabe qué cavernas. Su voz de torpeza pueril entonaba una jaculatoria salvaje, entre cuyas palabras quichuas el nombre de la Pacha Mama precedía malignas adjuraciones.

Pero la calma había vuelto. El nevado relumbraba con su opalino matiz, estremecíase débilmente el álamo, y entre el nubarrón cenital se ovalaba una gran bahía celeste.

La vieja imploraba aún; pero el cabildante, concomiéndose fastidiado, se encasquetó el tricornio con movimiento decisivo. Chocheaba demasiado ya esa carlancona. ¡Largo de ahí con su matraqueo y sus agüerías! Y refregándola contra la pared de un empellón, le enseñó la calle.

Alejose ella, tentaleando en silencio; mas cuando llegó á la esquina, se volvió de pronto; y un grito, horrendo grito de maldición, desgarrósele como un vómito de entrañas:

—Godos malditos! Bostezos del infierno! Rayos y centellas les partan el alma!

Muy lejos, entre las lomas, el clarín realista vibró al fin su deseado toque; pero en el mismo instante un rayo ardió con lumbre irresistible sobre la casa goda; perforó los aires el estallido de un descuajamiento de catástrofe; y cuando el cura se repuso, contempló á su amigo muerto junto al caballo muerto sobre el cual se desprendía una rama de álamo.

El rayo de Dios y de la Patria, realizando el conjuro, castigaba la impiedad del enemigo y marchaba á guisa de sable predecesor, con sus batallones de nubes y su artillería de aerolitos, á huracán desplegado y trueno batiente, en un deslumbramiento de porvenir, y certificando la intervención misteriosa, el cadáver se pudrió aquella misma noche con tal premura, que lo enterraron al amanecer sin despojarlo siquiera de sus adornos, sobre los cuales supuraba con hedor funesto la ponzoña de la maldición.