Chasque

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La guerra gaucha de Leopoldo Lugones
Chasque
Dianas


CHASQUE


El viento que acababa de cellisquear con la noche por esas cumbres, disminuía sobre el páramo. Un solcito macilento como una vela, nacía sobre la inmensidad ecuórea de los ventisqueros; y más abajo, abríase en hoyo de arena un valle.

Serpenteaba hacia éste el sendero, descolgándose más bien entre los taludes, ó escalonándose como una gradería sobre rasantes lajas. No se oía un gorjeo, no se veía un rastro de vegetación, como no fuesen dos ó tres piquillines medrados á la mitad del camino, entre las rocas, y cuyas escarlatinas cuentas semejaban gotitas de sangre sobre el cilicio del matorral.

Cercaban el valle inmensos paredones en cuya aridez de cráter las sombras recortaban netamente, como cuencas de calaveras, hoyos y tajos. Sobre la rampa oriental, muy sombría, quedaban los rastros de la nevasca nocturna, salpicados en manchas de clarión sobre torvo zafiro. Al lado opuesto, el sol desollaba la roca en crudezas multicolores como la carne de una res.

Traslapábanse las estratificaciones á modo de un tejado, en vetas de ladrillo y venenosos verdes. Amarillos de tártaro, moradas sulfuraciones de mercurio jaspeaban las areniscas. En exfoliaciones de argirosa escoriaba el liquen las peñas; llagábalas el salitre con su untuosa caspa, y la salumbre resplandecía con titilaciones de agua á lo lejos. Al borde de las grietas que el fuego antiguo hollinó cual lúgubres cicatrices, afloraba el cuarzo en drusas; y dos ó tres lagartijas correteaban en paz á la resolana.


Desde arriba, un piquete español dominaba ese paisaje con agria severidad. La paralización del viento imponía al conjunto una serenidad austera, que con la luz de petróleo del sol escuálido, parecía retardar la noche en los rostros de los realistas.

Irritaba aún sus párpados la desazón de un insomnio en peligro durante la noche anterior, tapiados, por la cellisca y con el desesperante bramido del vendaval eterno, acerbándoles las horas en infinitudes de desamparo y soledad.

Traían media semana de repecho, calcinados por el sol, de día; disecados de noche por las escarchas, y zamarreándolos siempre —por Dios santo!— siempre, siempre, con la aspereza de un cuchillo que escama ó con el pululante ardor de un sinapismo; ora jadeando en acezos de mastín, ora alborotándose en ímpetus de máquina desgobernada; afinándose con flajelaciones de varilla, cacheteando con brutalidad de manopla; ciclón á veces, que retorcía en furibunda espiral su embudo de arena; á veces cierzo que tullía con dolores de cintarazo; duro y diáfano como el vidrio, lóbrego de bruma cual frenético harapo; entretenido en empujar durante un día entero, hacia un mismo punto, para sobresaltarse de repente con ímpetus de loco y estrellarse contra la montaña haciéndola temblar con pavor tremendo; ó encaprichado en serenar de pronto extensiones que paralizaba un hielo mortal, como si se hubiera destapado alguna bodega del abismo; para volver muy luego á las convulsiones, con intermitentes bufidos de arranque y definitiva carga á fondo otra vez, aullando el horror de epilépticos equilibrios sobre el vértigo, rallando en torbellinos el hielo de los taludes, como uno que se despeñara en crispación de garras sobre aquella pared —y siempre despierto, zumbándoles siempre sobre las carnes su látigo de arena, el monstruoso viento de la montaña.

Liados en sus capotes á los que se asía más furiosa la ventolera, con visos de arrancarlos; áridas como cecina las caras; grises como de granito los labios, uniéndose en fosca resignación su impotencia á la cachaza de sus mulas, aquellos realistas formaban un grupo bien lóbrego entre el silencio nada jovial de las nieves.

A pesar de tanta penuria, regodeábanse con cierta incrédula dejadez en aquella calma. Poco duraría, pero en fin...

No podían ya volverse, demasiado insertos en la montaña y perdido el contacto con su columna, seguramente; quedándoles como única esperanza la junción que se prometían con una fuerza en merodeo cuyas noticias recibieron al partir.

La noche antes habían merendado como última ración un mísero companaje, y ahora marchaban á la buena de Dios entre la desolación y la nieve.

Algunos con los ojos sanguinolentos de jaqueca, miraban en una exaltación de animales bravíos, medio locos bajo la punzada de aquel clavo de viento que parecía un eje de tortura en torno al cual giraban sus cráneos como insensatos volantes al vacío.

Miraban, miraban en tácito consejo de guerra, sin atreverse á descender, no se emboscara en aquel valle alguna partida; cuando de pronto, tras un peñasco que se empinaba á la mitad de la senda, brotó una columna de humo. Divagó un instante, adherida á la roca: cortose bruscamente, como si despavesaran abajo su ignota candela, y atornillándose en densos regolfos, ascendió.

Casi al mismo tiempo un jinete salió del punto aquel, tomando el camino descendente y muy ajeno según parecía á la inspección de que era objeto.

Los realistas, emprendieron la marcha en igual dirección, chifláronle desde arriba sin que inmediatamente oyese. Al advertirlo, su primer movimiento fue talonear el caballo; mas, como amartillaran las carabinas sobre él, permaneció inmóvil, mientras los otros descendían entre los quejidos de las bestias cuyos cascos limaba hasta el hueso la aspereza del guijarral.


Las leyendas patriotas decían de cierta dama, á quien el amor y el entusiasmo conducían por entre riesgos de muerte hasta la más lejana montonera de las punas, cada dos ó tres meses, con mensajes del caudillo. Aprovechando las franquicias de su sexo, traspuso así muchas veces las líneas españolas; mas, prisionera las dos últimas, y bien que perdonada una de ellas por la cortesía goda en atención a su temeridad, y otra rescatada á peso de oro, habíanle asegurado cautiverio definitivo si reincidía.

Era de las más vehementes; y constaba como episodio de su patriotismo, cierto sarao en tal salón realista de Salta, al cual asistió calzada de patria, un zapato azul, el otro blanco; acorazada de patria en un aderezo de perlas y turquesas, y con un escudo de la patria que la coronaba, calado en el forzal de su peineta.

Prendadísima del esposo que batallaba lejos, buscábalo á través del país en guerra, desalada por el fuego del amor cuando duraba mucho la ausencia de sus brazos. Y sobre la dura tierra, trocando en almohada los bastos del guerrero, palpitantes aún con el azar de aquellas correrías, y seguros para ese instante de abandono á la sombra de los sables que clareaban en desvelo avizor, amábanse como leones hermosos, abismando sus corazones en una plenitud de noche estrellada y de brisa libre.

La última vez, el riesgo fue tanto que convinieron en no verse ya; pero las noches de soledad volviéronse poco á poco tristísimas; el amor, angustiado primero en suspiros, rugió a poco su sed en el seno de la temeraria; anticipó desventuras, insinuó con vergonzante titubeo el crimen de la infidelidad, desasosegándola tanto, que cierto día, después de una conferencia con el caudillo, desapareció sola en el mejor de sus caballos.

Nadie, sino aquél, conocía su ruta ni la clase de mensaje que llevaba. Pero éste era tan grave como su decisión; y dado el tiempo, significaba para el ejército enemigo la pérdida de su base de operaciones.


El humo dilataba ya sobre el ventisquero su densa borla, cuando los chapetones llegaron donde el caminante esperaba. Veíase por el suelo los restos de ramas que surtieran de combustible al fogón, percibíase la brasa mortecina de las yaretas y su sahumerio empireumático corregido por un dejo de ámbar. Aquello era seguramente un ángaro encendido con pérfida intención, pues bastaban dos tizones para el desayuno ó el mate. Dos puntapiés los desbarataron sin una protesta del caminante. Éste, montado aún, seguía masticando en la inconsciencia de su miedo, un diente de ajo que había empezado para no apunarse, al emprender su marcha. Era un muchacho de notable belleza, á pesar del polvo que ensuciaba sus facciones como a designio, su camisa y sus calzones de viejo terliz, sus botas torcidas. A través de la tierra con que habíalo encostrado el vendaval, coloreaba sus mejillas un rosa aterciopelado como el envero de las frutas; y bien que muy tostado, su cuello se lacteaba de blancuras.

Parecía imposible que aquel chico fuese un espía; pero los rebeldes daban para todo; y familiarizados con sus tretas, los realistas comenzaron el interrogatorio:

Quién era? Para dónde iba?

El muchacho se aporró, agachando la cabeza hasta ocultar bajo el sombrero sus ojos, cuya belleza, entrevista apenas, había preocupado al jefe.

—Pero qué hacía! Holgazaneaba por aquel precioso país? Y aquel humo?... Era para los montoneros quizá? No temía que lo bautizaran por comedido con un par de escopetazos?...

El transeúnte se obstinaba, llamando cada vez más la atención del jefe su aspecto poco rural, sus dedos fuselados, las mechitas que jugueteaban en su nuca. Algo lo diferenciaba, sin que acertara á definirlo.

La quebrada, á pleno sol, exhibía con rigor más intenso su aridez casi siniestra. Arriba, las cumbres alomándose una tras otra hasta emparedar al horizonte, infundían con una vaga enormidad la certidumbre de sus siglos inmóviles. Parecían congelar con su nieve el silencio mismo.

En las rampas del valle coloríase más aún el viso mineral, cromatando en rojo los ocres y lustrando con grises de bismuto los hollines plutónicos. El cielo azuleaba sombríamente; el aire poníase como quebradizo en su sequedad de vejiga, y la quietud extremábase hasta lo solemne, cuando con brusco mugido la ventolera descendió girando como un trompo demente, aventando la arena á los rostros y espoleando otra vez sus hordas indómitas.

No podían permanecer en ese callejón que el viento arrasaba á porfía; y decidido a concluir de una vez con el mutismo del muchacho, el jefe á quien su donosura interesaba, le alzó el rostro en una cascaruleta:

—Bájate, perillán!

El efecto que estas palabras causaron en aquél, fue tan extraño como su resistencia y su gallardía. Marchitósele la tez, apretáronse sus rodillas en una crispación contra su pobre cojinillo de cordero, y su voz desfallecida de sollozos imploró:

—No, señor, no, señor, por vida suya!...

Sus ojos resplandecían verdaderamente magníficos entre las lágrimas; y así éstas como su voz y la postura que adoptó para suplicar lo afeminaban tanto que uno de los hombres neceó en voz baja un comentario libertino.

El jefe advertíalo también; pero como á su vez no comulgara con aquellos dengues, atusó impaciente su bigote cristalizado de frío:

—Bájate, pues!

No lo hizo tampoco; dos hombres lo desmontaron á la fuerza, y entonces, con evidencia reveladora, apareció sobre el cojinillo una mancha de sangre fresca. El signo infausto con que su sexo acababa de traicionarla, cuando peligros, desiertos, montañas, todo lo iba dominando en suprema aventura por la patria y por el amor.