Dianas

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La guerra gaucha de Leopoldo Lugones
Dianas
Un lazo


DIANAS


Lavadas de cal, las torres en que la campanita de tiple acento victoreó tantas veces con sus repiques, bajo los júbilos de la aurora superaban á la pequeña Jujuy.

Peinadas de sol, sobre la lontananza de los ponientes emulaban las torres en que la campana de rotundo son entristecía dulcemente la tarde.

Subid, torrecitas! entonaban las dos al pleno ambiente donde las golondrinas, rozándolas de paso, arriesgábanse bruscas, á cuerpo perdido en la inmensidad.

Subid al azul! invitaban sus acentos de bronce en los días de fiesta, cuando sobre las campiñas y la ciudad el sol pulverizaba tanto oro, tanto oro, que dijérase una gloria imperial en el cristal del aire.

Nunca fueron guerreras las campanas; sus voces loaron solamente los Cuasimodos que constituían el cumpleaños de la ciudad; mas cuando la tropa del rey efectuó el avance, con foscos sones probaron su desazón.

Nunca guerreras. Sus voces elogiaban himnos ó antífonas convidando á las gentes para bautismos y desposorios, desde las torres blancas como novias, lavadas de cal.

O en los crepúsculos de invierno sus dobles deprecaban por algún vecino, corregidor ó mayordomo de hermandad, desde las torres extáticas de firmamento, peinadas de sol.

Y habían compartido con su pregón los bandos y cédulas de la Majestad, lejana como Dios tras los mares fabulosos.

Y á las torres lavadas de cal, peinadas de sol, subid torrecitas! les charlaban bemolando con argentino bemol el viejo metal.

Reverenciaban las pastorales de los obispos, gallardas en su vetustez, y sus notas proponían á las torres: Subid torrecitas! Subid al azul!

Distintamente lo acompasaban, de tal modo que á su ritmo concernían palabras: Lavadas de cal, peinadas de sol...

Y luego un metálico parloteo; notas retozando en su garganta con la percusión crústica de la granalla en un sonoro cubilete; un breve lampo de música, balbuceos de sonoridad que asonaban en bronce y silabeaban monotonías de Ángelus, para aletear de pronto en ágiles melodías, glosando como una copla sin palabras el estribillo:

Lavadas de cal,
Peinadas de sol,
Subid torrecitas,
Subid al azul...


Pero esto sólo se relacionaba con los días colendos ó para propiciar bandos y bulas. De ordinario era una sola frase de congratulación á la golondrina familiar por su regreso. Desde los aires, respondía ella con sus violinadas sobre la tremante cuerda del viento.

Hermana golondrina!... invocaba el carillón; y ella uníase con la voz fiel, á gorjear su oración de cristal por el azul, á libar claridad sutil y surcar la extensión con pueril inquietud en ebriedad de sol. Jamás concertó el metal con un rabel más juvenil. Gustó aquel madrigal el país al encender la luz su carmín matinal. Lo ansió en la estival lasitud cual un raudal de frescor. Lo oyó en la lividez crepuscular con la jovial timidez de un cantar infantil y al par con la emoción fatal de un adiós; y al suspirar la canción en el gris vesperal, la sintió decir con la postrer vibración de la sonoridad en un temblor sin fin:


Golondrina...
...londrina...
...ondrin...
...ndrin...
...drin...
...rin...
...in...
...n...


Pero las campanas no poseían su voz de otras épocas. El lego que oficiaba de sacristán envejeció á la cuenta, ó bien lo turbaban aquellos diablos de insurgentes. Anacrónicos apeldes volábanse á veces de las torres. Otras, llamadas sin motivo, repiques á deshora; la queda repetida hasta tres veces durante una noche... Y no existiendo en el convento otra persona que el sacristán, el asunto ahí permanecía.

A la aproximación del godo, los frailes emigraron en compañía de los vecinos que partieron en masa. Sólo el anciano aquél había resistido, dándole por anacoreta de un momento a otro.

Abandonar el convento en tal emergencia?... No faltaba más! ¿Y la naveta de su patrón san Francisco? Los demás se fueran cuando quisiesen. Él se quedaba, y con su sayal de picote y su vejez trataría de catequizar á la soldadesca.

Consintieron. Mas, devoción tan repentina por el claustro, preocupó á los frailes.

Ese hermano nunca se había distinguido por recoleto. Susurrábase de él más de un percance con circunflexiones de aventura; y hasta se decía que entre los "agregados" al convento, rodaba tal mocetón coya parecido á él por demás.

La crónica arrabalera atribuíale más de una cuarteta asaz seglar; algún revés maestro en las tremolinas de media noche; y una fama de bebedor que oscurecía las mejores, cuando le hacía pata ancha á un porrón hasta destriparlo en un par de obligos.

Sin embargo, los años redujéronlo poco á poco, y todos aquellos descarríos quedaron para sus excursiones afuera; pues mansionario sólo por tiempos, mandábanlo á gallofear habitualmente, al hombro la alforja y frangollando jaculatorias bajo su sombrerote de palma.

Ambagioso en grado sumo con sus limosnas, apenas entre los muy maulas recurría al medio heroico de una parrandita para remover corazones y aflojar bolsillos. La intención justificaba el desaguisado; y á la postre, regresaba con sus buenos patacones y su alforja rebosando cera, garapiñas, huevos duros teñidos de morado y rojo...

Cultivaba su poco de medicina. Cierta vez, tratábase de un tabardillo. La curandera del pago recetó tres dosis de agua barajada y un credo al pie del catre. Mas, el enfermo empeoraba. En eso llegó el sacristán; y como lo interrogaran, preguntó por la receta. Después, aconsejó que siguieran con el agua, pero substituyendo las oraciones; el credo que es cálido, por la salve que es fresca, y el remedio prosperó.

En las comilonas rurales, él había de decentar el pan y bendecir la mesa. Recordábase también en su elogio cierta procesión por él dispuesta en un villorrio, para la semana santa.

Abrían el cortejo rústicas Magdalenas cirio en mano y coronadas de cactus que punzaban lastimándolas. Los perros terrificaban con sus aullidos aquella escena que las luminarias envolvían en su amarillento claroscuro. Seguía á esa banda otra de flagelantes con las camisas desgarradas á azotes que les administraban en unas ermitas de caña dispuestas sobre el trayecto. Después, en su ataúd de cristales venía el Nazareno, con un albuminoso color livideciendo en excesiva cianosis, sus rodillas violetas y su triple gota de sangre sobre la frente. Alrededor, bullían los feligreses; y al fin, en otro grupo como de enormes murciélagos, penitentes aspados y cubiertos de negros capuces. El vaivén de los maderos basculaba su andar que un ayudante corregía á rebencazos. Y uno se presentó á gatas, con un freno entre los dientes, arrastrando las riendas que su acompañante pisaba á trechos, ensangrentándole los carrillos á cada sofrenazo. El sermón, de ese modo, provocó desmayos y confesiones á gritos. El lego no cabía en sí de gozo y la fiesta remató con una francachela desaforada.

Las procesiones constituían su fuerte, pues en una de ellas habíase convertido. Era un patrocinio de la ciudad, una Transfiguración llena de luz y de repiques. La procesión regresaba, cuando por una de las esquinas adyacentes desembocó un indio jinete en briosa mula. Apeose ante el séquito, hincando una rodilla; mas la bestia, ante ese aparato, tendiéndose rebufaba. Un murmullo de reproches llegó hasta el forastero. A pesar de sus ¡chitos! la mula se encocoraba cada vez más. Entonces, bajo la multitud de miradas que le escocían, la manoteó de una oreja. El brazo recogiose lentamente, la rodilla se hincó de nuevo. La bestia resistía, cargándose sobre las patas, contraídos los miembros en un solo nudo de fuerza.

Flotó un silencio apenas turbado por distante bisbiseo de latines. El grupo que jinete y cabalgadura formaban, parecía una brusca coagulación de bronce. Una nube pálida subió al rostro del paisano. Sobre su frente la brisa desordenaba algunas mechas. Su brazo permaneció inmóvil todavía un instante...

Las narices de la bestia henchíanse de vibraciones sonoras; sus corvejones se estremecían. Del lacio belfo desprendiose una hebra de baba. Por último, con movimiento imperceptible, su cogote cedió; dobláronse sus rodillas, de golpe hincaron en tierra. Un rumor de aplauso, otro repique, y el cortejo siguió, mientras él retenía su mula ardidos de triunfo los ojos y coronados de tiritantes cabellos la frente. Así se mantuvo hasta que todos desfilaron sin un pestañeo; y desde el siguiente día, descubierta su vocación conventual por ese incidente, los monjes adquirieron otro hermano.

Su conducta y su rudeza obstáronle los votos, motivando también su sacristanía, único puesto de que se lo consideró capaz. Con todo, creía de veras y aun llegaba á fanático. Su benevolencia, proveniente de su bravura, reservaba predilecciones para los niños y los ingenuos. Nunca faltaban una alcorza en el bolsillo de su manga ni un consuelo en sus labios. Si no confesaba, atendía consultas espirituales; y para que no se le olvidasen los pecados á algún penitente remiso, enumerábalos en un contal, á culpa por nudo, más ó menos gordo según la gravedad...

Viéndolo por los claustros, con sus alicates de encadenar camándulas entre los dedos; ó en su celda donde un gato viejo como él le mayaba bienvenidas, nadie sospechaba al atleta de antaño. Fruncido de arrugas, vago su rostro, pues escaseaba de cejas; canoso el cerquillo, escarpados los pómulos, acumulándosele en joroba su antiguo vigor, sólo sus muñecas, en las que arraigaban nudosos pulgares, expresaban algo aún. Las beatas le aborrecían y los perdidos le adoraban. Confesor, careciera de penitentes; lego, sobrábanle compadres.

La invasión española acabó con su serenidad. El desasosiego de las gentes, el olor de la guerra, el país desolado, tradujéronse en su espíritu por una inquietud harto análoga al amor. Su mundo se transformaba. Los árboles, las piedras, los arroyos, asumían una especie de personalidad que emparentaba con la suya. Asaltábanlo oscuros deseos cuyo solitario aborto engendraba lúgubres displicencias.

En tanto, iba despoblándose la ciudad. Todo su carruaje disponible, arrastrado al poder de mulas ó de bueyes, transportaba familias y equipajes. Una tarde partieron los últimos, ocuparon los godos la ciudad, y previa una conferencia del sacristán con el caudillo gaucho, cambiaron de voz las campanitas de la patria.

Los chapetones no tardaron en notar esos toques, más significativos por las coincidencias que aparejaban. Cada forrajeo era un combate, cada exploración una sorpresa, sin que los gauchos se equivocaran jamás. El jefe realista decidió un contragolpe.

Cierta mañana emprendieron viaje dos regimientos, y la campana, como se presumía, empezó acto continuo a tocar.

Amontonábanse nubes sobre las eminencias del contorno y llovía á intervalos. Instalado en su puesto, el sacristán abarcaba de un golpe las casas desiertas, los tapiales del suburbio donde se percataban guerrillas: todo el pliego cuadriculado de la ciudad, que la fuerza en marcha escribía con su negro renglón.

Los mohosos tejados, las paredes carcomidas de caliche, los parapetos y cañizos de ciertas techumbres que empenachaba el palán-palán ó alfombraban verdolagas rojizas, precisábanse en la grisácea luminosidad. Resaltaban con tal lustre los frutos de los opimos naranjales, que éstos semejaban sombrías torres foraminadas de candelillas.

Más lejos, por las lomas, una profusa gradación de matices armonizaba el paisaje. El verde dorado de las hierbas, el claro de los ceibos y el oscuro de los arrayanes, componían aquella entonación, engarzando al pueblo en su felpa esmeraldina. Los follajes desplegaban por los cerros su vellosa abundancia, distinguiéndose sobre ese fondo las leñas como venas de caromomia. En algunos sitios esponjábase la fronda, semejando ancas de avestruces; brillaban después manchas de hierba corta, con el vejado tornasol de la pana; más alto aún, el follaje readquiría su profundidad, pero calada ya en encajes á que se mezclaban desflocamientos de nubes. Bajo aquel gris lluvioso, que era como un balbuceo del color, un relente empañado de violeta exhalábase de la montaña. Un silencio en que se oía los silbos de los pájaros con inusitada fuerza, solemnizaba la tranquilidad. Y el viejo sentía hinchársele el pecho de ternura, ante esa arboleda y esas cumbres que el peligro le reveló como una familia cuya integridad pendía tal vez del badajo de su campana.

Aquel paisaje con su calva mole al fondo, significaba esfuerzo; el cielo cejijuntaba; y el gotear de las bocatejas lloraba pensativamente su llanto sobre el riesgo de la patria.

Vagas cerrazones profundizaban por instantes el gris. La mole del fondo azulábase más en esos leves relámpagos de sombra. Después cerníase un desmenuzamiento de agua; un trueno gruñía entre las sierras. La montaña, oscureciéndose más, se engrandecía: acercaba á la ciudad su ola de piedra y bosque. En una de esas cantó un gallo á la distancia, y al propio tiempo el badajo tocó.

A poco rato notose movimiento en la arboleda. Los realistas contramarcharon. La campana guardó silencio y el amago de las partidas cesó.

Otra contramarcha. Un nuevo toque...

La columna regresó definitivamente y su comandante galopó hacia la iglesia.

El sacristán vio y comprendió todo. Un nuevo toque salvábalo quizá; pero advertiría en falso á los montoneros; y perdido por perdido, no los iba á perjudicar. Entumió su talante, desoló su facha y aguardó.

Claramente oyó las voces que desde abajo pedían irónicamente la continuación del repique. Ahuecó una mano sobre el oído simulando sordera...

Poco después sonaban pasos en la torre. Desde el último tramo, el lego, en cuclillas, miraba. El soldado desaparecía á intervalos en los huecos del caracol. Por último, á los pies de aquél, aparecieron dos ojos y dos bigotes.

En esa soledad, al borde del vertiginoso agujero, una ocurrencia terrible asaltó á aquellos hombres; pero el militar contúvose ante el hábito y el otro retrocedió ante el crimen. Bajaron en silencio, no teniendo nada que decirse, pues la campana delatora acababa de confirmarlo todo con un vítor patriótico que lucía recién grabado en su pata, por contraposición al roído escudo de su vaso superior.

Ya en la puerta, el lego se encapilló, dirigiéndose ambos al cuartel. No bien llegaron comenzó el interrogatorio.

Acotó la negativa del anciano el gesto de un gran qué. Gauchos?... Señales?... Cómplices?... Ni palabra!

Mentía descaradamente, abjurando su única probabilidad de Paraíso por el bien de ese país cuya amistad le enternecía la entraña; por sus hermanos de cobre, por su familia de piedras y árboles, por su amenazada parentela de ríos. La libertad, amoldándolo en su horma de heroísmo, lo endurecía. Hablar?... No, no y no —aunque todos los montes le rodaran sobre los huesos!


Tres días después, el ejército dirigióse á Salta. Rodeado por el desastre, seguía su ruta, respirando el vientecillo de victoria que levantaban sus banderas. Vencido de hecho, obstinábase en la terquedad de su empresa, y carente de ganado, había tenido que formar sus convoyes con indios á guisa de acémilas.

La disciplina, como una barra tenaz, emparejaba las voluntades; triunfaban, triunfaban siempre pero la montonera renacía, y á modo de un eslabón de acero se astillaban en centellas sobre ese inrayable pedernal. Poco a poco, entre los abandonados bagajes, fueron dejando la esperanza. Sus triunfos no equivalían a éxitos: eran un modo de morir.

Por esto abandonaban la ciudad con aire tan sombrío. Mientras el suelo hostil se conmovía, brillaba claro el sol. Fogones de alarma encendíanse en los cerros. A lo largo del camino las partidas se concentraban. Percibíase ya un tiroteo en la cabeza de la columna.

A la misma hora, alguien subía al campanario con mucha dificultad al parecer, pues entre pisada y pisada sentíase el rumor de la tropa y los escapes del viento en las ojivas. Los pasos continuaban, interrumpíanse de nuevo, seguían otra vez...

Por último, en el hueco que caía bajo las campanas, asomó un semblante horrendo. Alterábalo una verdosa amarillez que sanguinolentas equimosis veteaban en los pómulos amoratando sus orejas; y únicamente por el hábito podía reconocerse en aquel intruso al sacristán.

Desde las ojivas divisábase el ejército y las montoneras que concurrían; pero el anciano ya no miraba con aquel regocijo de antes. Un desvarío petrificaba sus facciones. El recuerdo de recientes torturas estremecíalo aún.

Sentía los fusiles que, atravesado uno sobre la nuca y pasado el otro por las corvas y las sangrías, dos hombres apretaron hasta unirlos; el torcijón de su plegado estómago; la puntada fulgurante de la cintura; el martilleo de latidos con que percutió su cabeza y apisonó su nariz apoplético flujo; la lesión urente que le atravesó el pecho como una llamarada; el derrumbe de los hombros; la ojeada delirante, cuando su barba tocó las rodillas, eternizando una visión de groseras botas; el tumbo de su desnivelado cuerpo, la tiniebla verde del vahído...

Cuando volvió en sí, todo él era un solo dolor. Atormentábalo la sed; allegáronle una cantimplora, percibió un rumor de voces y desmayó por segunda vez. Pero ni una palabra le sacaron; y valiéndose de la confusión que el viaje introducía en la tropa, se marchó ese día sin que lo advirtieran.

La fuerza retoñó en él; y a la rastra con sus miembros, sin saber cómo, pudo llegar á la torre.

El ejército seguía camino, estorbado por las escaramuzas de sus propias guerrillas, pero siempre imponente bajo sus estandartes decusados por las cruces de Borgoña. El anciano volvió los ojos á sus campanas y su rostro se avivó.

—¡Mandar en el viento repiques á modo de dianas irrumpidas por el tubo de la torre! ¡Reemplazar las bandas con ese instrumento, y en vez de tocar, fraguar música á martillazos!

Simultánea idea y acción, sus manos que un tacto de badana entorpecía, inseguras aún de suplicio, asieron los cordeles. Sobre la ciudad desierta vibró una nota; y á remesones, destemplado, con estallidos cacofónicos, un repique tremoló.

Los patriotas saludaron con un clamoreo. Comprendían.

A ese acento familiar que enredaba en el aire ladridos de bronce, el ataque arreciaba. Jinetes se desprendían, revoleando los ponchos, baja la chuza contra los batallones. Como un erizamiento de la montonera espoleada por el repique.

Humaredas daban fondo al movido escenario. Por un instante el ejército se detuvo, oponiendo una cizalla de bayonetas. Otras partidas bajaban de las alturas, nuevos galopes encrespaban la refriega.

Y en tanto el metal tañía su rebato tremendo, imponía las cargas a fondo, la muerte, la gloria, los esplendores del triunfo en su algarabía desenfrenada. Por momentos volvía á su compás de júbilo, festejaba las derrotas, las fugas a escape rajando la tierra; estridulaba zurdos toques que caían atornillando espiras de cohete en el cráter de la pelea; daba á montes, árboles y ríos albricias gloriosas, lapidaba discordias, reía estrépitos, hería con bofetadas de címbalo la cólera de ese ejército que decampaba.

La torre entera se estremecía. Brotaban de sus ojivas llamaradas de música. Y el sacristán, alucinado hasta la locura, badajeaba furibundo, cañoneaba sus estruendos con mayor violencia cada vez, envuelto en el huracán de su orquesta.

En los recalmones de la lucha los combatientes oían.

A la manera que se levanta un ave, abarcando en su vuelo leguas de aire y de campo, aquel toque llenaba el firmamento, cubría los bosques con la palpitación de su onda.

Paulatinamente la distancia lo apagó. Los humos se borraban. Extinguíanse los disparos. Y el repique seguía clamando su viva la patria! viva! viva la patria! viva!a!...a!... —hasta que cortados los badajos, el sacristán, frenético, siguió golpeando con ellos su viva la patria! viva! viva! viva!...a! contrahecho de martirio, gigantesco de inspiración, arrojando aquellos vítores en enjambre de águilas sonoras, viva! viva! viva!... —hacia las montañas y los caminos, por donde el ejército invasor huía como una presa bajo las alas de metal de su repique.