Cosmos: Tomo I/I

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Nota: Se respeta la ortografía original de la época

PRIMERA PARTE.
EL CIELO.

CUADRO DE LOS FENÓMENOS CELESTES.


Cuando el espíritu tumano se enorgullece hasta querer avasallar al mundo material, es decir, al conjunto de los fenómenos físicos; cuando intenta reducir al dominio de su pensamiento la naturaleza entera con la rica plenitud de su vida, y la accion de las fuerzas ya patentes ya ocultas que la animan, los límites de su horizonte se pierden en lontananza y desde la altura á que se eleva se le aparecen las individualidades como agrupadas en masas y como veladas por una lijera bruma. Tal es el punto de vista en que queremos colocarnos para contemplar el Universo, é intentar describir en su conjunto la esfera de los cielos y el mundo terrestre. No se me oculta la audacia de tentativa semejante, pues sé que entre todas las formas de esposicion á que consagro estas pájinas, el ensayo de un cuadro general de la naturaleza es tanto mas difícil, cuanto que en lugar de limitarnos á describir en detalle las riquezas de sus tan variadas formas, nos proponemos pintar las grandes masas, ya sea que tengan sus contornos una existencia real, ya que las divisiones del cuadro resulten de la naturaleza misma de nuestras concepciones. Para que esta obra sea digna de la bellísima espresion de Cosmos, que significa el órden en el Universo, y la magnificencia en el orden, es necesario que abrace y describa el gran Todo (τὸπᾶϰ); es preciso clasificar y coordinar los fenómenos, penetrar el juego de fuerzas que los producen, y pintar en fin, con animado lenguaje, una viviente imágen de la realidad. ¡Quiera Dios que la infinita variedad de los elementos de que se compone el cuadro de la naturaleza no perjudique á la impresion armoniosa de calma y de unidad, supremo objeto de toda obra literaria ó puramente artística!

Desde las profundidades del espacio ocupadas por las nebulosas mas remotas, descenderemos por grados á la zona de estrellas de que es una parte nuestro sistema solar, al esferoide terrestre con su envuelta gaseosa y líquida, con su forma, su temperatura y su tension magnética, hasta los séres dotados de vida que la accion fecundante de la luz desarrolla en su superficie. Sobre este cuadro del mundo tendremos que pintar á grandes rasgos los espacios infinitos de los cielos, y trazar el bosquejo de microscópicas existencias del reino orgánico que se desarrollan en las aguas estancadas ó sobre las ásperas crestas de las rocas. Las riquezas de observacion que el estudio severo de la naturaleza ha sabido acumular hasta nuestra época, forman los materiales de esta vasta representacion, cuyo carácter principal debe ser el de llevar en sí misma el testimonio de su fidelidad. Pero en las condiciones consignadas en los prolegómenos, un cuadro descriptivo de la naturaleza no puede comprender los detalles y las individualidades consideradas fuera del conjunto, porque perjudicaria al efecto general de la obra querer enumerar todas las formas en que se revela la vida, todos los hechos, y todas las leyes de la naturaleza. La tendencia que lleva á fraccionar indefinidamente la suma de nuestros conocimientos es un escollo que el filósofo ha de saber evitar, so pena de perderse en la multitud de detalles acumulados por un empirismo casi siempre irreflexivo. Ignoramos aun, además, una parte considerable de las propiedades de la materia, ó para hablar en lenguaje mas conforme con la filosofía natural, fáltanos descubrir séries enteras de fenómenos que dependen de fuerzas de que ninguna idea tenemos en la actualidad; laguna que por sí sola sería suficiente para hacer que fuese incompleta toda representacion unitaria de la totalidad de los hechos naturales. Tambien en el fondo mismo del goce que le inspira el cuadro de sus conquistas, el espíritu, inquieto, poco satisfecho del presente, esperimenta como una especie de malestar, cediendo al deseo enérgico que le lleva incesantemente hácia las regiones de la ciencia aun inesploradas. Estas aspiraciones de nuestra alma anudan mas fuertemente el lazo que une el mundo sensible al mundo ideal en virtud de las leyes supremas de la inteligencia, y vivifican esta relacion misteriosa «de la impresion que recibe nuestra alma del mundo esterior y el acto que la refleja del seno de sus mismas profundidades.»

Siendo ademas la naturaleza (considerada como conjunto de séres y de fenómenos) ilimitada en cuanto á sus contornos y á su contenido, nos presenta un problema que toda la capacidad humana no podria abarcar, problema insoluble, porque exige el conocimiento general de todas las fuerzas que se agitan en el Universo. Bien puede hacerse semejante confesion, cuando nos proponemos por único objeto de nuestras investigaciones inmediatas, las leyes de los séres ó de sus desenvolvimientos, y cuando nos sujetamos á seguir un solo camino, el de la esperiencia guiada por un método de induccion rigurosa. Es verdad que se renuncia asi á satisfacer la tendencia que nos lleva á considerar la naturaleza en su universalidad, y á penetrar la esencia misma de las cosas; pero la historia de las teorías generales sobre el mundo, que hemos reservado para otra parte de esta obra, prueba que la humanidad puede solamente aspirar al conocimiento parcial, aunque cada vez mas profundo, de las leyes generales del Universo. Trátase pues aquí, de pintar el conjunto de los resultados adquiridos, dentro del punto de vista de la actualidad, en cuanto á la medida y los límites, como en lo tocante á la estension de este cuadro. Ahora bien: cuando se habla de los movimientos y de las transformaciones que se efectúan en el espacio, es el fin principal de nuestras investigaciones la determinacion numérica de los valores medios que constituyen la espresion misma de las leyes físicas. Estos números medios nos representan lo que hay de constante en los fenómenos variables, lo que hay de fijo en la fluctuacion perpétua de las apariencias. De aquí el que los progresos actuales de la física se manifiesten casi esclusivamente por pesos y medidas, con el objeto de obtener ó de corregir los valores numéricos medios de ciertas magnitudes. Podria, pues, decirse que los números, últimos geroglíficos que aun subsisten en nuestra escritura, son nuevamente para nosotros, pero en una acepcion mucho mas lata, lo que antiguamente eran para la escuela itálica: las fuerzas mismas del Cosmos.

Ama el sábio la sencillez de estas relaciones numéricas que espresan las dimensiones del cielo visible, la magnitud de los cuerpos celestes, sus periódicas perturbaciones y los tres elementos del magnetismo terrestre, la presion atmosférica y la cantidad de calórico que el sol irradia en cada una de las estaciones del año sobre todos los puntos de nuestros continentes ó de nuestros mares; pero esto no bastaria al poeta de la naturaleza, y menos aun á la muchedumbre curiosa que creen á la ciencia contemporánea estraviada en falsos caminos porque no responde ya sino con la duda á una multitud de cuestiones que se creyó en otro tiempo llegarian á entrar en su dominio, cuando no las declara absolutamente insolubles. Preciso es confesarlo: la ciencia actual, bajo una forma mas severa, con límites mas estrechos, está desprovista de aquel engañoso atractivo de la antigua física, cuyos dogmas y símbolos tan propios eran para perturbar la razon, dando libre curso á las imaginaciones mas ardientes. Antes del descubrimiento del Nuevo-Mundo, se creyó percibir por mucho tiempo desde lo alto de las costas de las Canarias ó de las Azores, tierras situadas al Occidente. Era ilusion producida, no por el juego de una refraccion estraordinaria, sino por el anhelo que nos arrastra á penetrar mas allá de nuestro alcance. La filosofía natural de los griegos, la física de la edad media y lo mismo la de los últimos siglos, ofrecen mas de un ejemplo análogo de aquella ilusion del espíritu que se forja, por decirlo asi, fantasmas aéreos. Parece como que en los límites de nuestros conocimientos, de igual modo que desde lo alto de las costas de las últimas islas, la vista turbada procura descansar en lejanas regiones; y que luego la tendencia á lo sobrenatural, á lo maravilloso, presta una forma determinada á cada manifestacion de ese poder de creacion ideal de que el hombre está dotado, ensanchando el dominio de la imaginacion, donde reinan como soberanos los sueños cosmológicos, geognósticos y magnéticos, en pugna constantemente con el dominio de la realidad.

Bajo cualquier aspecto en que quiera considerarse la naturaleza, ya sea como conjunto de séres y de sus desarrollos sucesivos, ya como la fuerza interior de movimiento, ó ya en fin, como el tipo misterioso al que se refieren todas las apariencias, la impresion que produce en nosotros tiene siempre algo de terrestre. Ni aun reconocemos nuestra patria, sino allí donde comienza el reino de la vida orgánica: como si la imágen de la naturaleza se asociase fatalmente en nuestra alma á la de la tierra adornada de sus flores y de sus frutos, animada por las razas innumerables de animales que viven en su superficie. El aspecto del firmamento y la inmensidad de los espacios celestes, forman un cuadro en que la magnitud de las masas, el número de soles diversamente agrupados, y las mismas pálidas nebulosas, pueden bien escitar nuestro asombro ó admiracion; pero no dejamos de sentirnos estraños á esos mundos en que reina una soledad aparente, y que no nos producen la impresion inmediata, por la cual, la vida orgánica nos liga á la tierra. Asi vemos, que todas las concepciones físicas del hombre, aun las mas modernas, han separado el Cielo de la Tierra como en dos regiones, la una superior, inferior la otra.

Si pues para pintar el cuadro de la naturaleza escogiéramos el punto de vista en que nos colocan nuestros sentidos, seria preciso empezar por el suelo que nos soporta; describir el globo terrestre, su forma y sus dimensiones, su densidad y su temperatura creciente hácia el centro; separar las capas superpuestas, tanto fluidas como sólidas; distinguir los continentes de los mares y presentar la vida orgánica desarrollando por do quiera su trama, invadiendo la superficie y poblando las profundidades; dibujar, por fin, el Océano aéreo perpetuamente agitado por sus corrientes, en el fondo del cual surgen como otros tantos bajíos y escollos, las altas cadenas de nuestras montañas coronadas de bosques. Segun este cuadro, cuyos rasgos estarian tomados solo de nuestro globo, alzaríase la vista á los espacios celestes, y la tierra, dominio ya bien conocido de la vida orgánica, vendria á ser entonces considerada como planeta, tomando puesto entre los otros globos, satélites como ella de uno de esos astros innumerables que brillan con luz propia. Esta série de ideas ha trazado la senda á las primeras teorías generales que adoptaron como punto de partida el de nuestras sensaciones; série que casi recordaria la antigua concepcion de una tierra rodeada por todos lados de agua, y como sosteniendo la bóveda celeste; série que empieza en el lugar mismo en que se halla el observador, y parte de lo conocido para ir á lo desconocido, de lo que nos toca y cerca, para llegar hasta los límites de nuestro alcance. Este es el método fundadamente matemático que se sigue en la esposicion de las teorías astronómicas, cuando se pasa del movimiento aparente de los cuerpos celestes á sus movimientos reales.

Pero si se trata de esponer el conjunto de nuestros conocimientos en lo que tienen de firme y de positivo, y aun de probable actualmente en mayor ó menor grado, sin empeñarse, no obstante, en desarrollar su demostracion, preciso es recurrir á un órden de ideas muy diferente, y sobre todo renunciar al punto de partida terrestre, cuya importancia en la generalidad es esclusivamente relativa al hombre. La tierra no debe ya aparecer en primer término sino como un detalle subordinado al conjunto del cual forma parte, debiendo guardarnos de aminorar el carácter de grandeza de tal concepcion por motivos fundados en la proximidad de ciertos fenómenos particulares, en su influencia mas íntima, ó en su mas directa utilidad. De aquí, pues, que una descripcion física del mundo, es decir, un cuadro general de la naturaleza, deba empezar por el cielo y no por la tierra; pero á medida que la esfera que abarca la mirada se estreche, veremos aumentarse la riqueza de detalles, completarse las apariencias físicas, y multiplicarse las propiedades específicas de la materia. Desde aquellas regiones en que la sola fuerza cuya existencia nos es dable comprobar es la gravitacion, descenderemos gradualmente hasta nuestro planeta, y penetraremos al fin en el mecanismo complicado de las fuerzas que reinan en su superficie. El método descriptivo que acabo de bosquejar, es el inverso del que suministró los materiales: el primero enumera y clasifica lo que el segundo ha demostrado.

El hombre se pone en relacion con la naturaleza por medio de sus órganos. Así la existencia de la materia en las profundidades del cielo, se nos revela por los fenómenos luminosos; y puede decirse que la vista es el órgano de la contemplacion del Universo, y que el descubrimiento de la vision telescópica, que data apenas de dos siglos y medio, ha dotado á las generaciones actuales de una potencia de la cual todavía se ignoran los límites.

De las consideraciones que forman la ciencia del Cosmos, las primeras y mas generales tratan de la distribucion de la materia en los espacios, ó de la creacion, empleando la palabra que sirve de ordinario para designar el conjunto actual de los séres y los desarrollos sucesivos cuyo gérmen contienen aquellos. Y ante todo, veremos la materia, ya condensada en globos de magnitudes y de densidades muy diversas, animados de un doble movimiento de rotacion y de traslacion; ya diseminada en el espacio bajo la forma de nebulosidades fosforescentes.

Consideremos en primer lugar la materia cósmica esparcida en el cielo bajo formas mas ó menos determinadas, y en todos los estados posibles de agregacion. Cuando las nebulosas tienen cortas dimensiones aparentes, presentan el aspecto de pequeños discos circulares ó elípticos, ya aislados, ya pareados, y reunidos entonces alguna vez por un pequeño filete luminoso. Bajo mayores diámetros, la materia nebulosa toma las formas mas variadas: envia lejos en el espacio numerosas ramificaciones; se estiende en abanico, ó bien afecta la figura anular de contornos claramente determinados, con un espacio central oscuro. Créese que estas nebulosas sufren gradualmente cambios de forma, segun que la materia, obedeciendo á las leyes de la gravitacion, se condense alrededor de uno ó de muchos centros. Cerca de 2,500 de estas nebulosas que no han podido resolver en estrellas los mas poderosos telescopios, están ya clasificadas y determinadas relativamente á los lugares que ocupan en el cielo.

En presencia de este desarrollo genesiaco, de estas formaciones perpétuamente progresivas que se efectuan en los espacios celestes, el observador filósofo no puede menos de establecer una cierta analogía entre estos grandes fenómenos y los de la vida orgánica; de igual modo que vemos en nuestros bosques árboles de la misma especie que han llegado á todos los grados posibles de crecimiento, tambien pueden reconocerse en la inmensidad de los campos celestes las diversas fases de la formacion gradual de las estrellas. Esta condensacion progresiva, enseñada por Anaximenes, y con él toda la escuela jónica, parece como que se desarrolla simultáneamente á nuestros ojos. Preciso es reconocer que la tendencia casi adivinadora de estas investigaciones y de estos esfuerzos del espíritu ha ofrecido siempre á la imaginacion el mas poderoso atractivo (31); pero lo que debe cautivarnos mas en el estudio de la vida y de las fuerzas que animan al Universo, no es tanto el conocimiento de los séres en su esencia, como el de la ley de su desarrollo, es decir, la sucesion de formas que revisten: pues por lo tocante al acto mismo de la creacion, al orígen de las cosas considerado como la transicion de la nada al sér, ni la esperiencia ni el razonamiento pueden darnos ninguna idea.

No se han limitado los astrónomos á comprobar en las nebulosas diversas fases de formacion, segun los grados de su condensacion mas ó menos marcada hácia el centro; sino que han creido tambien poder deducir inmediatamente de las observaciones hechas en diferentes épocas, que se han verificado cambios efectivos en la nebulosa de Andrómeda, en la del navío Argos y en los filamentos aislados pertenecientes á la nebulosa de Orion; pero la desigual potencia de los instrumentos empleados en estas diferentes épocas, las variaciones de nuestra atmósfera y otras influencias de naturaleza óptica, nos autorizan á dudar de una parte de aquellos resultados, cuando se los considera como términoa de comparacion legados por la historia de los cielos.

No deben confundirse las manchas nebulosas propiamente dichas, de formas tan variadas, y diferente brillo, cuya materia sin cesar concentrada acabará quizás por condensarse en estrellas, ni tampoco las nebulosas planetarias, que emiten desde todos los puntos de sus discos un tanto ovalados una luz suave y uniforme, con las llamadas estrellas nebulosas. No se trata aquí de un efecto de proyeccion puramente fortuito, antes al contrario la materia fosforescente, la nebulosidad, forma un todo con la estrella á que rodea. A juzgar por su diámetro aparente, generalmente considerable, y por la distancia á que brillan las nebulosas planetarias y las estrellas nebulosas, estas dos variedades deben tener enormes dimensiones. Resulta de nuevas consideraciones estremadamente ingeniosas acerca de los diversos efectos que puede producir el alejamiento en el brillo de un disco luminoso de diámetro apreciable y en el de un punto aislado, que las nebulosas planetarias son probablemente estrellas nebulosas, en las cuales toda diferencia de brillo entre la estrella central y la atmósfera que la rodea ha desaparecido, aun para la vista auxiliada de los mas poderosos telescopios.

Las magníficas zonas del cielo austral comprendidas entre los paralelos de los grados 50 y 80, son las mas ricas en estrellas nebulosas y en conjuntos de nebulosidades irreductibles. De las dos nubes magallánicas que giran alrededor del polo austral, de ese polo tan pobre en estrellas que asemeja comarca devastada, la mayor parece ser, segun investigaciones recientes (32) «una sorprendente aglomeracion de masas esféricas de estrellas mayores ó menores, y de nebulosas irreductibles, cuyo brillo general ilumina el campo de la vision y forma como el fondo del cuadro.» El aspecto de estas nubes, la brillante constelacion del navío Argos, la via láctea que se estiende entre el Escorpion, el Centauro y la Cruz, y aun me atrevo á decir, el aspecto tan pintoresco de todo el cielo austral, han producido en mi alma una impresion que no se borrará jamás.

La luz zodiacal que se eleva sobre el horizonte como resplandeciente pirámide, y cuyo dulce brillo constituye el eterno adorno de las noches intertropicales, es probablemente una gran nebulosa anular que gira entre la órbita de Marte y la de la Tierra; porque no es admisible la opinion de los que creen ver en ella la capa esterior de la misma atmósfera del Sol. A mas de estas nebulosidades, de estas nubes luminosas de formas determinadas, observaciones exactas tienden á comprobar la existencia de una materia infinitamente ténue, que no tiene probablemente luz propia, pero que se revela por la resistencia que opone al movimiento del cometa de Encke (y quizás tambien á los de Biela y Faye), y por la disminucion que hace esperimentar á su escentricidad y á la duracion de sus revoluciones. Esta materia etérea ó cósmica, flotante en el espacio, parece como animada de movimiento; y á pesar de su tenuidad originaria, podemos suponerla sometida á las leyes de la gravitacion, y mas condensada, por consiguiente en los alrededores de la enorme masa del Sol; debiendo admitirse, en fin, que se renueva y aumenta, há muchos miles de siglos, por las materias gaseiformes que las colas de los cometas abandonan en el espacio.

Despues de haber considerado asi la variedad de formas que reviste la materia diseminada en los espacios infinitos de los cielos (οὑρανοῦ χορτος) (33), ya sea que se estienda sin límites ni contornos en forma de éter cósmico, ó que primitivamente haya estado condensada en nebulosas, preciso es fijar nuestra atencion ahora en la parte sólida del Universo, es decir, en la materia aglomerada en esos globos que esclusivamente designamos con el nombre de astros ó mundos estelares. Todavía aquí encontramos diversos grados de agregacion y de densidad, y nuestro propio sistema solar reproduce todos los términos de la série de los pesos específicos (relacion del volúmen á la masa) que nos han hecho familiares las sustancias terrestres. Cuando se comparan los planetas desde Mercurio hasta Marte al Sol y á Júpiter, y estos dos últimos astros á Saturno, menos denso aun, se llega por una progresion decreciente desde el peso específico del antimonio metálico hasta el de la miel, el del agua y el del abeto. Además, la densidad de los cometas es tan débil, que la luz de las estrellas los atraviesa sin refraccion, aun por la parte mas compacta que se llama habitualmente cabeza ó núcleo: quizás no hay cometa alguno en va masa equivalga á 0,005 de la de la tierra. Señalemos en este lugar lo que aparece como mas sorprendente en la diversidad de los efectos producidos por las fuerzas cuya accion progresiva ha presidido originariamente á las aglomeraciones de la materia; pues si bien desde el punto de vista general en que nos hemos colocado, hubiéramos podido indicar á priori esta variedad indefinida como un resultado posible de la accion combinada de las fuerzas generatrices, hemos creido mejor mostrarla como un hecho real que se desarrolla efectivamente á nuestros ojos en las regiones celestes.

Las concepciones puramente especulativas de Wright, Kant y Lambert acerca de la construccion general de los cielos, han sido establecidas por William Herschell sobre una base mas sólida, sobre observaciones y medidas exactísimas. Este grande hombre, tan osado y tan prudente á la vez en sus investigaciones, fué el primero que se atrevió á sondear las profundidades de los cielos, para determinar los límites y la forma de la capa aislada de estrellas de que la Tierra es parte, y el primero tambien que intentó aplicar á esta zona estelar las relaciones de magnitud, de forma y de posicion que le habian sido reveladas por el estudio de las nebulosas mas remotas, justificando asi el bello epitafio grabado sobre su tumba de Upton: Cælorum perrupit claustra. Lanzado, como Colon, á un mar desconocido, descubrió islas y archipiélagos, dejando á las generaciones siguientes el cuidado de determinar su exacta posicion.

Ha sido preciso recurrir á hipótesis mas ó menos verosímiles acerca de las verdaderas magnitudes de las estrellas y su número relativo, es decir, sobre su acumulacion mas ó menos marcada en los espacios iguales que circunscribe el campo de un mismo telescopio graduado siempre del propio modo, para evaluar el espesor de las capas ó de las zonas que aquellas constituyen. Es tambien imposible atribuir á estos datos, cuando se trata de deducir de ellos las particularidades de la estructura de los cielos, el mismo grado de certeza á que se ha llegado en el estudio de los fenómenos peculiares de nuestro sistema solar, ó en la teoría general de los movimientos aparentes y reales de los cuerpos celestes, ó en la determinacion por último, de las revoluciones verificadas por las estrellas componentes de un sistema binario alrededor de su centro comun de gravedad. Esta parte de la ciencia del Cosmos, se asemeja á las épocas fabulosas ó mitológicas de la historia: la una como las otras se remontan en efecto á ese incierto crepúsculo en que van á perderse los orígenes de los tiempos históricos y los límites del espacio, mas allá de los cuales no alcanzan nuestras medidas. La evidencia, á tal altura, empieza á desaparecer de nuestras concepciones, y todo convida á la imaginacion á buscar en sí misma una forma y contornos fijos para esas confusas apariencias que amenazan escapar á nuestra investigacion.

Pero volviendo a la comparacion que ya hemos indicado, entre la bóveda celeste y un mar sembrado de islas y archipiélagos, ella nos ayudará á comprender mejor los diversos modos de distribucion de los grupos aislados que forma la materia cósmica; de las nebulosas irresolubles condensadas alrededor de uno ó de muchos centros, que llevan en sí mismas el signo de su antigüedad; y de las agregaciones de estrellas ó de los grupos esporádicos distintos que presentan rasgos de una formacion mas reciente. La reunion de estrellas de que nosotros hacemos parte y que podríamos llamar en este sentido una isla del Universo, constituye una capa aplanada, lenticular, aislada por todas partes; y se estima que su eje mayor es igual á setecientas ú ochocientas veces la distancia de Sirio á la Tierra, y el eje menor á unas ciento cincuenta. Para formar idea de la magnitud absoluta de la unidad de que se trata, puede suponerse que la paralaje de Sirio no escede á la de la estrella brillante del Centauro (O", 9128); en cuyo caso la luz emplearia tres años en recorrer la distancia que nos separa de Sirio; pues segun los admirables trabajos de Bessel sóbrela paralaje de la estrella 61 del Cisne (O", 3483) (34), estrella que por su movimiento considerable propio, hace sospechar su proximidad, un rayo luminoso que partiera -de este astro no podria llegar hasta nosotros sino despues de nueve años y tres meses.

Nuestro grupo de estrellas, cuyo espesor es relativamente poco considerable, se divide en dos ramas á un tercio próximamente de su estension; créese que el sistema solar está situado en él escéntricamente, no lejos del punto de division, mas cerca de la region en que brilla Sirio que de la constelacion del Águila, y casi en medio de la capa en el sentido de su espesor.

Ya hemos dicho mas arriba que midiendo sistemáticamente el cielo y contando las estrellas contenidas en el campo invariable de un telescopio dirigido sucesivamente hácia todas las regiones del espacio, es como se ha llegado á fijar la situacion de nuestro sistema solar, y á determinar la forma y las dimensiones del conjunto lenticular de estrellas de que hace parte. En efecto, si el número mas ó menos grande de estrellas contenidas en espacios iguales, varía en razon del espesor mismo de la capa á cada direccion, este número debe darnos la longitud del rayo visual, sonda atrevidamente arrojada á las profundidades del cielo, cuando el rayo hiere el fondo de la capa estelar ó mas bien á su límite esterior, porque no tienen aplicacion aquí las ideas de alto ni de bajo. En sentido del eje mayor de la capa, debe el rayo visual encontrar las estrellas escalonadas siguiendo esta direccion, en mucho mayor número que por cualquier otra parte: en efecto, las estrellas están fuertemente condensadas en estas regiones y como reunidas en un matiz general que puede compararse á un polvo luminoso. Su conjunto señala en la bóveda celeste una zona que parece envolverla por completo. Esta zona estrecha, cuyo brillo desigual se vé interrumpido á trechos por espacios oscuros, sigue con algunos grados de diferencia la direccion de un círculo máximo de la esfera, porque nosotros venimos á estar colocados cerca del medio de la capa de estrellas, y en el plano mismo de la via láctea, que es su perspectiva. Si nuestro sistema planetario se encontrase situado á una gran distancia de ese conjunto de estrellas, la via láctea nos ofreceria la apariencia de un anillo; á una distancia aun mayor, aparecería en el telescopio como una nebulosa irreductible terminada por un contorno circular.

Entre todos los astros que brillan con luz propia, tenidos largo tiempo por fijos, aunque equivocadamente, puesto que de contínuo cambia su posicion; entre esos astros que forman nuestra isla en el Océano de los mundos, el Sol es el único que observaciones reales nos permiten reconocer como centro de los movimientos de un sistema secundario compuesto de planetas, de cometas y de asteroides análogos á nuestros aerolitos. Las estrellas dobles ó múltiples no pueden ser asimiladas por completo á nuestro sistema planetario, ni por la dependencia de los movimientos relativos, ni por las apariencias luminosas. Ciertamente, los astros que brillan con una luz propia, y forman estas asociaciones binarias ó mas complejas, giran tambien alrededor de su centro comun de gravedad, y quizás arrastren cortejos de planetas y de lunas cuya existencia no pueden revelarnos nuestros telescopios; pero el centro de sus movimientos se encuentra en un espacio vacío, ó lleno únicamente de materia cósmica, mientras que en el sistema solar, este mismo centro está situado en el interior de un cuerpo visible. Si, esto no obstante, queremos considerar como estrellas dobles el Sol y la Tierra, ó la Tierra y la Luna, y si tratamos de asimilar el conjunto de los planetas á un sistema múltiple, será necesario restringir á solo los movimientos, la analogía que entrañan estas denominaciones; porque puede admitirse la universalidad de las leyes de la gravitacion; pero todo lo que se refiere á las apariencias luminosas, deberá ser escluido de esta aproximacion ó comparacion.

Colocados en el punto de vista general que nos habia impuesto la naturaleza misma de nuestra obra, podemos examinar ahora nuestro sistema solar bajo un doble aspecto: estudiaremos primero, en las diversas clases que en él pueden distinguirse, los caracteres generales de magnitud, figura, densidad y situacion relativa; trataremos en seguida de las relaciones que parecen unir este conjunto á las demás partes de nuestra zona estrellada; con lo cual se indica bastante el movimiento propio del Sol mismo.

En el estado actual de la ciencia, nuestro sistema solar se compone de once planetas principales, diez y ocho lunas ó satélites, y multitud de cometas, entre los cuales hay algunos que constantemente permanecen en los estrechos límites del mundo de los planetas, y por esto llevan el nombre de cometas planetarios. Podemos segun todas las probabilidades añadir al cortejo de nuestro Sol y colocar en la esfera donde se ejerce inmediatamente su accion central, primeramente un anillo de materia nebulosa, animado de un movimiento de rotacion, probablemente situado entre la órbita de Marte y la de Venus, por lo menos sabemos de cierto que se estiende mas allá de la de la Tierra (35), y al cual se debe esa apariencia luminosa de forma de pirámide, conocida con el nombre de luz zodiacal; forman parte asimismo del sistema solar una multitud de asteroides escesivamente pequeños, cuyas órbitas cortan la de la Tierra ó se separan muy poco de ella, y por los cuales se esplican las apariciones de estrellas errantes y la caida de aerolitos. Cuando consideramos estas formaciones tan complejas, los astros numerosos que giran alrededor del Sol en elipses mas ó menos escéntricas, sin tratar de esplicar, como el inmortal autor de la Mecánica celeste, el orígen de la mayor parte de los cometas, por medio de porciones de materia desligadas de las nebulosas, y errantes de un mundo al otro (36), preciso es reconocer que los planetas con sus satélites no forman sino una muy pequeña parte del sistema solar, si se atiende al número y no á las masas.

Háse supuesto que los planetas telescópicos, Vesta, Juno, Ceres y Palas, forman una especie de grupo intermedio, y que sus órbitas, tan estrechamente enlazadas, tan inclinadas, tan escéntricas, determinan en el espacio una zona de separacion entre los planetas interiores, Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, y la region de los planetas esteriores Júpiter, Saturno y Urano (37). Estas dos regiones presentan con efecto, los mas sorprendentes contrastes. Los planetas interiores mas próximos al Sol, son de magnitud media y densidad considerable; giran lentamente sobre sí mismos en tiempos casi iguales (veinte y cuatro horas próximamente), son poco aplanados, y, salvo la Tierra, están desprovistos totalmente de satélites; los planetas esteriores son de mucha mayor magnitud y cinco veces menos densos; su rotacion es por lo menos dos veces mas rápida, su aplanamiento mas marcado, y el número de sus satélites comparado con el de los planetas inferiores está en la relacion de diez y siete á uno, si es que Urano posee efectivamente las seis lunas que se le atribuyen.

Pero las consideraciones de donde hemos deducido los caracteres generales de estos dos grupos no pueden estenderse con igual grado de exactitud á cada uno de los planetas en particular, y no es fácil comparar asi, una á una, las distancias al centro comun de los movimientos con las magnitudes absolutas, las densidades con el tiempo de la rotacion, ni las escentricidades y la mútua inclinacion de las órbitas con los ejes máximos. No conocemos relacion necesaria entre los seis elementos que acabamos de enumerar y las distancias medias, é ignoramos si existe entre aquellas diversas magnitudes alguna ley de la Mecánica celeste, análoga por ejemplo, á la que relaciona los cuadrados de los tiempos periódicos á los cubos de los ejes máximos. Marte está mas lejano del Sol que Venus y que la Tierra, y es sin embargo mas pequeño, y de todos los planetas de antiguo conocidos, del que difiere menos en cuanto al diámetro es de Mercurio, el planeta mas próximo al Sol. Saturno es mas pequeño que Júpiter; pero es mucho mayor que Urano. Mas aun: á la zona de los planetas telescópicos sucede inmediatamente Júpiter, el mas poderoso de todos los astros secundarios de nuestro sistema; y sin embargo, la superficie de aquellos asteroides, cuyo diámetro por su pequeñez escapa casi á nuestras mediciones, escede apenas en el duplo á la de Francia, Madagascar ó Borneo. Por sorprendente que pueda ser la densidad tan estraordinariamente débil de esos colosos planetarios que gravitan hácia el Sol en los confines de nuestro mundo, todavía, sin embargo, se echa tambien aquí de menos la regularidad en la serie decreciente (38); pues Urano parece ser mas denso que Saturno, aun admitiendo la masa calculada por Lamont, 1/24605 que es el mas pequeño; y á pesar de la escasa diferencia que se observa en las densidades del grupo de los planetas mas próximos al Sol ref (39), encontramos de una y otra parte de la Tierra á Venus y Marte, que son los dos menos densos que nuestro planeta. En cuanto á la duracion de la rotacion, no hay duda que disminuye á medida que la distancia al Sol aumenta; sin embargo, Marte invierte mas tiempo en su rotacion que la Tierra, y Saturno mas que Júpiter. Las escentricidades mayores pertenecen á las elipses que describen Juno, Palas, y Mercurio, y las menores son las de Venus y la Tierra, dos planetas que se suceden sin embargo en el órden de las distancias. Mercurio y Venus nos ofrecen exactamente el mismo contraste que los cuatro planetas menores, porque las escentricidades poco diferentes de Juno y de Palas son triples que las de Ceres y de Vesta. Anomalías semejantes se nos presentan cuando consideramos la inclinacion de las órbitas sobre el plano de la ecliptica, y la posicion relativa de los ejes de rotacion; elementos que influyen, de muy distinta manera que la escentricidad, en los climas, en la estension del año y en la duracion variable de los dias. Las elipses mas prolongadas, las que recorren Juno, Palas y Mercurio, son tambien las mas inclinadas sobre la ecliptica, aunque en relaciones muy diferentes: la inclinacion de la órbita de Palas, á la que no se encuentran otras análogas sino entre los cometas, es próximamente veintiseis veces mayor que la de Júpiter; mientras que la del planeta menor Vesta, no obstante su proximidad á Palas, apenas escede del séstuplo del mismo ángulo. No se ha obtenido mejor éxito en el propósito de formar una série regular con las posiciones de los ejes de rotacion de los cuatro ó cinco planetas, respecto de los cuales este elemento ha podido determinarse con exactitud. En lo tocante á Urano, á juzgar por la posicion de los planos de los dos únicos satélites que de nuevo han sido observados recientemente, la inclinacion de su eje de rotacion sobre el plano de su órbita apenas llegará á 11°; de suerte que Saturno se encuentra asi colocado bajo este respecto entre Júpiter, cuyo eje de rotacion es casi perpendicular al plano de su órbita, y Urano.

Parece resultar de la enumeracion de estas irregularidades, que el mundo de las formaciones celestes debe ser aceptado como un hecho, como un dato natural que se oculta á las especulaciones del espíritu, por la carencia de todo enlace visible entre la causa y el efecto. En otros términos: las relaciones de magnitud absoluta y de posicion relativa de los ejes, las razones en que están las densidades en el sistema planetario, las duraciones de rotacion y las escentricidades, son cosas que no nos parecen mas ni menos necesarias en la naturaleza que la distribucion de las aguas y de las tierras en la superficie de nuestro globo, los contornos de sus continentes ó la altura de sus cadenas de montañas. Ninguna ley general puede establecerse bajo estas diferentes relaciones, ni en los cielos ni en las desigualdades de las capas terrestres: esos son otros tantos hechos naturales producidos por el conflicto de fuerzas múltiples, que se han movido en otro tiempo en condiciones del todo desconocidas hoy. Ahora bien: en materia de cosmogonía el hombre atribuye á la casualidad lo que no puede esplicar por la accion generatriz de las fuerzas que le son familiares. Con todo, si los planetas se han formado por la condensacion progresiva de anillos de materias gaseosas, concéntricas al Sol, las densidades, las temperaturas, las tensiones magnéticas desiguales de estos anillos, justifican las diferencias actuales de forma y de magnitud, asi como las velocidades primitivas de rotacion, y pequeñas variaciones en la direccion del movimiento, pueden darnos cuenta de las inclinaciones y de las escentricidades. Por otra parte, las atracciones de las masas y las leyes de la gravedad, debieron de jugar aquí su papel, como en los solevantamientos que produjeron las irregularidades de la superficie terrestre; aunque es imposible deducir del estado actual de las cosas la série entera de las variaciones que han debido recorrer antes de llegar á él. En cuanto á la ley bien conocida por la que se han querido relacionar las distancias de los planetas al Sol, háse demostrado su inexactitud numéricamente respecto de los intervalos que separan á Mercurio, Venus, y la Tierra de aquel astro, dado que por otra parte no estuviese, como lo está, en contradiccion manifiesta con la nocion misma de série, á causa del primer término que en ella se supone.

Los once planetas principales que hoy componen el sistema solar, van acompañados en sus movimientos por catorce planetas secundarios (lunas ó satélites) cuya existencia es incontestable; número que se elevaria á diez y ocho si se tuviesen en cuenta cuatro satélites cuya realidad no está bien determinada. Asi, pues, los planetas principales son á su vez los centros de los movimientos de sistemas subordinados. Evidentemente, la naturaleza ha procedido en las formaciones celestes como en el reino de la vida orgánica, donde tan frecuente es que las clases secundarias reproduzcan los tipos primitivos alrededor de los cuales vienen á agruparse los animales y los vegetales. Los satélites son mas numerosos hácia las regiones estremas del mundo planetario, mas allá de las órbitas, tan íntimamente ligadas, de los planetas que se llaman menores. Pero los planetas del lado opuesto están desprovistos de lunas, escepto la Tierra, cuyo satélite es proporcionalmente desmesurado, como que su diámetro equivale á la cuarta parte del de nuestro globo, siendo así que el mayor satélite conocido, la sesta luna de Saturno, es linealmente diez y siete veces mas pequeño que este último astro. Los planetas mas apartados del Sol, los mayores, los menos densos y mas aplanados, son precisamente los que poseen mayor número de satélites. Ni el mismo Urano forma escepcion de esta regla bajo ningun concepto, pues su aplanamiento, determinado por las nuevas investigaciones de Mædler, escede en 1/10 al de todos los demás planetas. Pero en aquellos lejanos sistemas, la diferencia de diámetros y de masas entre los satélites y el astro central, es mucho mas pronunciada que en el sistema análogo formado por la Tierra y la Luna (40), que distan entre sí 38,400 miríametros (51,800 millas geográficas). Las relaciones de densidad son tambien en todo diferentes; porque la densidad de la Luna es 3/9 de la de la Tierra; al paso que el segundo satélite de Júpiter parece mas denso que su planeta central, si es permitido prestar siempre una entera confianza á determinaciones tan delicadas como lo son las de las masas y volúmenes de aquellos satélites.

De entre todos estos sistemas secundarios, al menos entre aquellos cuya teoría ofrece un cierto grado de exactitud, el mas singular es seguramente el mundo de Saturno, en el cual se encuentran reunidos los casos estremos por lo tocante á las magnitudes absolutas y distancias de los satélites al planeta central. Asi, pues, el sesto y sétimo satélite de Saturno son enormes, de volúmen muy superior al de todos los de Júpiter, y principalmente el sesto que quizás difiera poco de Marte, cuyo diámetro es precisamente el doble del diámetro de nuestra Luna: mientras que por el contrario, los dos satélites mas próximos á Saturno, que descubrió en 1787 William Herschell con el auxilio de su telescopio de 40 pies, y mas tarde observados á duras penas por John Herschell en el Cabo de Buena-Esperanza, por Vico en Roma, y por Lamont en Munich, son, juntamente, con los satélites de Urano, los astros mas pequeños y los menos visibles de todo nuestro sistema solar; los telescopios mas graduados no bastarian si además no se saben escoger las circunstancias mas favorables para observarlos. Por otra parte, los discos aparentes de todos estos satélites, son tan estremadamente pequeños, que la determinacion de sus dimensiones reales no puede obtenerse sino por medidas micrométricas, que ofrecen todo género de dificultades; felizmente la astronomía calculadora, que representa por números los movimientos de los astros, tales como se aparecen al observador colocado en la tierra, tiene menos necesidad de conocer con exactitud los volúmenes, que las masas y las distancias.

De todos estos planetas secundarios, el sétimo satélite de Saturno es el que mas se aparta de su planeta central. Dista de él unos 333 mil miriámetros próximamente, casi el décuplo que la Luna de la Tierra. El último satélite de Júpiter está á 19,300 miriámetros dé su planeta central; verdad es que el sesto de Urano, distaria 252,000 miriámetros, si estuviera bien comprobada su existencia. Para acabar de poner de relieve estos singulares contrastes, comparemos ahora el volúmen de cada planeta central con las dimensiones de la órbita que recorre su último satélite. Las distancias de los últimos satélites de Júpiter, Saturno y Urano, espresadas en radios de sus planetas centrales respectivos, son entre sí como 91, 64 y 27; en cuyo caso el sétimo satélite de Saturno apenas dista del centro de este planeta, lo que la Luna del centro de la Tierra, pues la diferencia no escederá de 1/13. El satélite mas aproximado á su planeta central es sin duda el primero de Saturno, que nos ofrece además el ejemplo único de una revolucion entera verificada en menos de veinticuatro horas. Su distancia, espresada en semidiámetros de Saturno, es de 2,47, segun Mædler, que vienen á ser 14,857 miriámetros, reduciríase á 8,808 miriámetros si se la contase á partir de la superficie de Saturno, y á 912 miriámetros desde el borde esterior del anillo: distancia bien pequeña, de la cual se comprende que pueda un viajero darse exacta idea, si se recuerda la asercion del atrevido navegante Beechey, que dice haber recorrido 18,200 millas geográficas (13,500 miriámetros) en tres años. Por último, si en lugar de comparar entre sí las distancias absolutas, continuamos evaluándolas en radios de cada planeta central, hallaremos que la distancia del cuarto satélite de Júpiter al centro de este planeta (distancia que escede en realidad 4,800 miriámetros de la que hay de la Luna á la Tierra) se reduce á seis semidiámetros de Júpiter, en tanto que la Luna dista de nosotros 60 1/3 radios terrestres.

Por lo demás, las relaciones mútuas de los satélites entre sí y con sus planetas centrales, prueban que estos mundos secundarios están sometidos á las leyes de la gravitacion que rigen los movimientos dé los planetas alrededor del Sol. Del mismo modo que estos, los doce satélites de Saturno, de Júpiter y de la Tierra se mueven de Occidente á Oriente, en elipses que se diferencian poco del círculo. La Luna, y el primer satélite de Saturno, cuya escentricidad es de 0,068, son los únicos de órbita mas eliptica que la de Júpiter. La órbita del sesto satélite de Saturno, que ha sido calculada con bastante exactitud por Bessel, ofrece una escentricidad de 0,029, superior por consiguiente á la de la Tierra. En los confines del mundo planetario, en aquellas regiones apartadas de nosotros 19 radios de la órbita terrestre, en donde la fuerza central del Sol se halla notablemente debilitada, el sistema de los satélites de Urano presenta anomalías verdaderamente raras. Mientras que los demás satélites recorren, como los planetas, órbitas poco inclinadas sobre el plano de la eclíptica y se mueven de Occidente á Oriente, sin esceptuar el anillo de Saturno que podria asimilarse á una agregacion de satélites confundidos entre sí, ó invariablemente ligados, los satélites de Urano por el contrario, se mueven del Este al Oeste y en planos situados casi perpendicularmente á la eclíptica. Las observaciones que sir John Herschell ha hecho durante muchos años, confirman plenamente estas singularidades. Si los planetas y sus satélites se han formado por la condensacion de las atmósferas primitivas del Sol y de los planetas principales; si estas atmósferas se han dividido sucesivamente en anillos fluidos animados por un movimiento de rotacion, preciso es que se hayan producido de una manera desconocida efectos de retraso ó de reaccion muy enérgicos, en los anillos de Urano, para que los movimientos del segundo y cuarto satélite se efectúen en sentido inverso á la rotacion del planeta central.

Es casi seguro, que cada satélite dá una vuelta completa sobre su eje en el mismo tiempo que emplea en su revolucion sideral alrededor del planeta á quien sigue; de donde se deduce que el satélite debe siempre presentar la misma cara al planeta. En realidad, estos dos períodos no pueden ser rigorosamente idénticos, por razon de las desigualdades periódicas de la revolucion sideral; tal es la principal causa de la oscilacion aparente, es decir, de una especie de balanceo que en nuestra Luna llega á muchos grados de longitud y latitud. Asi es como descubrimos sucesivamente algo mas de la mitad de la superficie de nuestro satélite, hallándose la parte nuevamente visible, ya al Este, ya al Oeste del disco aparente. Estos pequeños movimientos oscilatorios, y otros del mismo género que se manifiestan hácia los polos, dejan ver mejor en ciertas épocas partes interesantes, tales como el circo de Malapert que oculta á veces el polo austral de la Luna, las regiones árticas que rodean el cráter de Gioja, y la gran llanura pardusca, situada cerca de Endimion, cuya estension escede á la del Mare vaporum (41). Sin embargo, los 3/7 de la superficie total de la Luna escapan á nuestras miradas y quedaran ocultos para nosotros eternamente, salva la intervencion poco probable de nuevas fuerzas perturbadoras. La contemplacion de estas grandiosas leyes del mundo material convida al espíritu á buscar alguna analogía en el mundo de la inteligencia, y se piensa entonces en esas regiones inaccesibles donde la naturaleza ha sepultado el misterio de sus creaciones, cuyo destino parece ser el de quedar ignoradas para siempre, bien que de siglo en siglo la naturaleza nos las haya enseñado en partes muy pequeñas, de que el hombre ha podido recoger una verdad mas, á veces una ilusion.

Hasta aquí hemos considerado como productos de una velocidad originaria, y como unidos entre sí por el lazo poderoso de una atraccion recíproca, primeramente á los planetas, despues á los satélites y á los anillos concéntricos en forma de arco no interrumpido, de que nos ofrece ejemplo uno de los planetas mas lejanos. Réstanos aun señalar otros cuerpos que se mueven tambien alrededor del Sol, cuya luz reflejan, y sea en primer lugar del innumerable enjambre de los cometas. Cuando inquirimos segun las reglas del cálculo de las probabilidades la distribucion uniforme de las órbitas de estos astros, los límites de sus mas cortas distancias al Sol y la posibilidad de que escapen á las miradas de los habitantes de la tierra, llegamos á asignarles un número cuya enormidad admira. Ya Keplero decia, con aquella vivacidad de espresion que poseia en tan alto grado. «Mas cometas hay en el cielo que peces en el Océano.» Y sin embargo, el número de las órbitas calculadas hasta hoy apenas llega á 150, si bien es cierto que se evalúa en seis ó setecientos el número de cometas cuya aparicion y curso á través de las constelaciones conocidas se hallan comprobados en documentos mas ó menos auténticos. Mientras que los pueblos clásicos del Occidente, los Griegos y los Romanos, se limitaban á indicar de cuando en cuando el lugar del cielo en que un cometa aparecia, sin precisar jamás su trayectoria aparente, los Chinos, por el contrario, observaban y anotaban con cuidado todos estos fenómenos, de suerte que sus ricos anales contienen detalles circunstanciados acerca del camino seguido por cada cometa. Estos documentos se remontan á mas de cinco siglos antes de la era critiana, y los astrónomos sacan aún de ellos útiles resultados (42).

Entre todos los astros de nuestro sistema solar, los cometas, con sus largas colas, á veces de muchos millones de leguas, son los que llenan los mayores espacios con menor cantidad de materia. En efecto, es imposible atribuirles una masa equivalente á 1/3000 de la masa terrestre, cuando menos si se atiende á los únicos datos que se tienen hoy acerca de este punto; y sin embargo, el cono de materias gaseiformes que los cometas proyectan á lo lejos, ha sido algunas veces (en 1680 y en 1811) de longitud igual á la de una línea que se tirase desde la Tierra al Sol; línea inmensa que atraviesa la órbita de Mercurio y la de Venus. Parece tambien que estas emanaciones han llegado á nuestra atmósfera, y para mezclarse á ella, singularmente en 1819 y en 1823.

Se presentan los cometas bajo aspectos tan diversos, con relacion mas bien á los individuos que á la especie misma, que seria imprudente generalizar los hechos observados y aplicarlos indistintamente á todas las apariciones de estas nubes errantes, nombre que las daban ya Xenophanes y Theon de Alejandria, contemporáneo de Pappus. Los cometas telescópicos están casi siempre desprovistos de cola, y se parecen á las estrellas nebulosas de Herschell, pues presentan el aspecto de nebulosidades redondeadas, de luz pálida y concentrada hácia el medio. Tal es, por lo menos, el tipo mas sencillo de la especie; pero no lo señalamos como tipo de un astro naciente, porque puede referirse igualmente á astros antiguos, cuya materia se hubiese volatilizado y diseminado poco á poco en el espacio. Cuando se trata de cometas mayores y mas visibles, se distingue en ellos la cabeza, el cuerpo y la cola simple ó múltiple, á la cual los astrónomos Chinos daban el pintoresco nombre de escoba (sui). En general el núcleo no tiene contornos bien definidos; sin embargo, se han visto algunos tan brillantes como las estrellas de primera ó de segunda magnitud, y aun en pleno dia hasta en la parte del cielo mas iluminada por el sol, se distinguieron los núcleos de los grandes cometas que aparecieron en los años 1402, 1532, 1577, 1744 y 1843 (43); hechos notables de donde podria deducirse que la materia de los cometas está á veces condensada y mas apta para reflejar la luz solar. Los únicos cometas que han presentado un disco bien determinado en los grandes telescopios de Herschell (44) son el cometa de 1807 descubierto en Sicilia, y el magnífico de 1811, cuyos discos tenian 1" y 0",77 de diámetro aparente, lo cual dá 100 y 79 miriámetros para los diámetros reales. Los núcleos, de contornos menos claros, de los cometas de 1798 y 1805 no tenian mas que cuatro ó cinco miriámetros de diámetro. Los cometas cuya constitucion física fué mejor estudiada, y sobre todo el cometa ya citado de 1811 que permaneció visible tan largo tiempo, presentaron la particularidad notable de que el núcleo no parecia formar cuerpo con la nebulosidad luminosa que le rodeaba, viéndose por todas partes un espacio oscuro que mútuamente los aislaba. Además, la intensidad de la luz, no crecia regularmente del estremo al centro de la cabeza, dibujándose brillantes zonas concéntricas alternando con capas de una nebulosidad mas rara y menos reflectantes, y por consiguiente mas oscuras. Unas veces la cola es simple, otras es doble, y en este último caso las dos ramas tienen ordinariamente longitudes muy desiguales (1807 y 1843); el cometa de 1744 tenia una cola séstupla cuyos radios estremos formaban un ángulo de 60°. La cola es, ademas, recta ó curva; en este último caso puede ser cóncava por sus dos bordes esteriores (1811), ó por un solo lado, y entonces la concavidad está dirigida hácia la region que abandona el cometa, á manera de llama obligada á quebrarse por un obstáculo. Finalmente, las colas están siempre opuestas al Sol, y dirigidas en el sentido de una línea que partiendo de su orígen fuese á parar al centro de aquel astro. Segun Eduardo Biot, esta observacion capital habia sido notada ya en el año 837 por los astrónomos chinos; pero no fue señalada en Europa hasta el siglo XVI por Fracastor y por Pedro Apiano, si bien con mayor exactitud. Muchas de estas apariencias ópticas tan complicadas se esplican de una manera muy sencilla, considerando las emanaciones gaseosas que proyectan á lo lejos los Cometas, como atmósferas de forma conoidal de capas múltiples.

Para encontrar diferencias salientes en la forma de estos astros, no es indispensable pasar de un cometa á otro y comparar los cometas desprovistos de apéndice visible con el 3° de 1618, por ejemplo, cuya cola tenia 104° de longitud; porque está fuera de duda que un cometa esperimenta cambios contínuos que se suceden con sorprendente rapidez. Heinsius lo comprobó en San-Petersburgo con el cometa de 1744; pero las observaciones mas exactas y decisivas acerca de estas variaciones de forma las hizo Bessel en Kœnigsberg á la última reaparicion del cometa de Haley en 1835. Hácia la parte del núcleo que miraba directamente al Sol se apercibió un apéndice luminoso en forma de borla, cuyos rajos se encorvaban por detrás y venian á confundirse con la cola; «el núcleo del cometa de Halley se parecia con sus efluvios á un cohete volante algun tanto quebrado de cola por el impulso de una brisa ligera.» Arago y yo hemos notado desde el Observatorio de París cambios notables, de una noche á otra, en los ravos emitidos por la cabeza del cometa. (45) El gran astrónomo de Kœnigsberg ha deducido de sus numerosas medidas y consideraciones teóricas, «que el cono luminoso se alejaba poco á poco de la direccion del radio vector en una cantidad considerable, pero que volvia siempre á la misma direccion para separarse de ella enseguida del lado opuesto; por consiguiente, el cono luminoso y el cuerpo del cometa de donde habia sido proyectado, debian estar animados de un movimiento de rotacion ó mas bien de oscilacion en el plano de la órbita. Estas oscilaciones no pueden esplicarse por la atraccion que el Sol ejerce sobre todos los cuerpos pesados, denotan mas bien la existencia de una fuerza polar, es decir, de una accion que pugnase por llevar en direccion del Sol la estremidad de uno de los diámetros del cometa, y por alejar del mismo astro la otra estremidad. La polaridad magnética de la Tierra, ofrece fenómeno análogo; y si el Sol estuviese dotado de la polaridad inversa, el efecto podria hacerse sentir en la retrogradacion de los puntos equinocciales.» No es aquí lugar de dar mas amplios desarrollos á este asunto; pero nos ha parecido que observaciones tan memorables (46), consideraciones tan grandiosas acerca de los astros mas estraordinarios del sistema solar, merecian tener sitio propio en el bosquejo de un cuadro general de la naturaleza.

Contra la regla general que siguen las colas de los cometas de hacerse mayores y mas brillantes en la proximidad del perihelio, aunque permaneciendo constantemente en direccion opuesta al Sol, el cometa de 1823 ha ofrecido el curioso espectáculo de una cola doble, una de cuyas ramas se contraponia al Sol mientras que la otra se estendia casi rectamente hácia este astro formando con la primera un ángulo de 160°. ¿No podriamos recurrir para esplicar este fenómeno escepcional, á ciertas modificaciones de la polaridad obrando sucesivamente y provocando esas dos corrientes de materia nebulosa que luego pudieron continuarse libremente? (47) En la filosofía natural de Aristóteles se encuentra una conexion estraña entre la via láctea y los fenómenos que acabamos de describir. Supone el Estagirita que las innumerables estrellas de que está compuesta la vía láctea, forman en el firmamento una zona incandescente (luminosa), como un inmenso cometa cuya materia se renueva sin cesar. (48)

Las ocultaciones de estrellas causadas por el núcleo de un cometa ó por la capa atmosférica que inmediatamente le rodea, nos daria mucha luz sobre la constitucion física de estos notables astros, si existiesen observaciones por cuya virtud hubiéramos podido llegar al convencimiento de que la ocultacion ha sido realmente central (49); pero esta condicion se obtiene difícilmente, merced á las capas concéntricas de vapores alternativamente densos y raros que rodean el núcleo y de que antes hemos hablado. He aquí, sin embargo, un hecho de esta especie que las medidas llevadas á cabo por Bessel el 29 de setiembre de 1835, han puesto fuera de toda duda. Una estrella de décima magnitud se hallaba entonces á 7", 78 del centro de la cabeza del cometa de Halle y, y su luz debia atravesar una parte bastante densa de la nebulosidad; el rayo luminoso, sin embargo, no se separó en nada de su direccion rectilínea (50). Una carencia tan completa de poder refringente, no permite admitir que la materia de los cometas sea un fluido gaseiforme. ¿Deberemos, pues, recurrir á la hipótesis de un gas casi infinitamente enrarecido, ó bien habremos de suponer que los cometas consistan en moléculas independientes, cuya reunion forma nubes cósmicas desprovistas de la facultad de obrar sobre los rayos luminosos, de igual manera que las nubes de nuestra atmósfera, que no alteran nada las distancias zenitales de los astros que observamos? En cuanto á la disminucion de luz que las estrellas sufren al parecer por la interposicion de la sustancia cometaria, hásele atribuido justamente al fondo iluminado sobre el cual se proyectan entonces sus imágenes.

Debemos á las investigaciones de Arago sobre la polarizacion los datos mas importantes y decisivos acerca de la naturaleza de la luz de los cometas. Su polariscopo le ha servido para resolver los mas difíciles problemas, así sobre la constitucion física del Sol como de los cometas. Este instrumento permite en muchas circunstancias, determinar si un rayo de luz, que llega hasta nosotros luego de haber recorrido un espacio cualquiera, es un rayo directo, un rajo reflejado, ó un rajo refractado; y si el manantial de luz de donde emana es un cuerpo sólido, líquido ó gaseíforme. Con ayuda de este aparato, fueron analizadas simultáneamente en el observatorio de París la luz de la Cabra, y la del gran cometa de 1819: la luz de la estrella fija obró como debia esperarse, es decir, como deben hacerlo los rayos emitidos bajo todas las inclinaciones y en todos los azimúts posibles por un sol que brilla con luz propia, mas la luz del cometa apareció polarizada, y tenia por consiguiente luz refleja (51).

La existencia de rayos polarizados en la luz que nos llega de los cometas no ha sido únicamente comprobada por la desigualdad de brillo de dos imágenes, pues de ello nos ha dado una nueva prueba el contraste sorprendente de los colores complementarios, basado en las leyes de la polarizacion cromática descubierta por Arago en 1811. Estas observaciones se renovaron con el mismo resultado en 1835, época de la última aparicion del cometa de Halley. Sin embargo, estos brillantes trabajos no son bastantes para decidir si de la luz propia de los cometas, no se mezcla nada, á la luz solar que estos astros reflejan; combinacion de la cual ciertos planetas, tal como Venus, ofrecen un ejemplo bastante probable.

Tampoco es posible atribuir todas las variaciones que se han notado en el brillo de los cometas á sus cambios de posicion relativamente al Sol. Pueden nacer tambien de la condensacion progresiva y de las modificaciones que debe esperimentar el poder reflectante de las materias que los forman. Hevélius descubrió que el núcleo del cometa de 1618 se disminuyó á su paso por el perihelio y se dilataba á medida que el astro alejábase del Sol. Estos hechos notables fueron largo tiempo olvidados, y Val fué quien renovó sus observaciones sobre los cometas de corto período; el hábil astrónomo de Marsella hizo ver con cuanta regularidad decrece el volúmen de los cometas al mismo tiempo que su rádio vector; pero parece bien difícil encontrar la esplicacion de este fenómeno en la accion de un éter cósmico mas condensado hácia el Sol, porque entonces seria necesario representarnos la atmósfera de los cometas como una masa gaseosa impenetrable al éter (52).

Merced á la variedad de formas de las órbitas cometarias, la astronomía solar se ha enriquecido en estos últimos tiempos con un brillante descubrimiento. Encke demostró la existencia de un cometa de corto período que no se aparta jamás de la region en que se mueven los planetas, y tiene situado el punto de su órbita mas lejano del Sol, entre la region de los planetas menores y la de Júpiter. Su escentricidad es de 0,845 (la de Juno, la mas fuerte de todas las escentricidades planetarias es de 0,255.) El cometa de Encke se ha presentado á la simple vista, en diferentes ocasiones, especialmente en 1819 en Europa y en 1822 en la Nueva Holanda, donde le vio Rümker, pero siempre con dificultad. El tiempo de su revolucion es próximamente de tres años y medio. Resulta de una comparacion bastante minuciosa entre los pasos sucesivos de este cometa por el perihelio, que los periodos comprendidos entre 1786 y 1838 han disminuido regularmente de revolucion en revolucion, dando una variacion total para los cincuenta y dos años de 1 dia y 8/10. Para armonizar juntamente los cálculos y las observaciones, no ha bastado llevar una cuenta exacta de las perturbaciones planetarias, y ha sido preciso recurrir á una hipótesis, en parte muy verosímil, y suponer que los espacios celestes están llenos de una materia fluida escesivamente ténue, que opone cierta resistencia á los movimientos, disminuye la fuerza tangencial, y tambien por consiguiente, los grandes ejes de las órbitas cometarias. El valor de la constante de esta resistencia parece poco diferente antes y despues del paso del cometa por su perihelio, quizás á causa de las variaciones de forma que esperimenta entonces esta pequeña nebulosidad, ó de la densidad variable de las capas formadas por el éter cósmico (53). Estos hechos, así como las teorías que de ellos nacen, son seguramente una de las partes mas interesantes de la astronomía moderna. Añadamos que los cálculos de las perturbaciones del cometa de Encke han dado ocasion de someter á una prueba delicada la masa de Júpiter, que juega tan importante papel en la astronomía, y producido una disminucion sensible en los cálculos hechos sobre la de Mercurio.

A este primer cometa de corto periodo hay que agregar otro, el de 1826, tambien planetario, cuyo afelio está colocado mas allá de la órbita de Júpiter, pero mas lejos aun de la de Saturno. Este cometa, llamado de Biela, efectúa su revolucion alrededor del Sol en 6 años y ¾. Es mas débil que el de Encke, y se mueve, como este, en el mismo sentido que los planetas, en tanto que el cometa de Halley es retrógrado. Este es el único caso que se ha presentado hasta aquí de un cometa que corta la órbita terrestre, y que podria ocasionar por su encuentro con la Tierra una catástrofe, si es permitido emplear esta voz hablando de un fenómeno desconocido en la historia y cuyas consecuencias escapan á toda apreciacion. Es cierto que pequeñas masas animadas de una velocidad enorme, pueden producir efectos considerables; pero despues de haber probado Laplace que es imposible atribuir al cometa de 1770 ni aun los 5/1000 de la masa de la Tierra, ha calculado con bastantes visos de probabilidad que la masa media de los cometas es inferior en 1/100000 de la de la Tierra (próximamente 1/1200 de la masa de la Luna) (54). Sea como quiera, es preciso guardarnos de confundir el encuentro de la Tierra y del cometa de Biela con el paso de este á través de nuestra órbita; paso que se verificó el 29 de octubre de 1832, hallándose la Tierra entonces á una distancia tal de este punto de su órbita, que no llegó á él sino al cabo de un mes entero.

Las órbitas de estos dos cometas de breve periodo se cortan tambien entre sí, no siendo por lo tanto improbable, atendidas las fuertes perturbaciones á que están sometidos estos pequeños astros, que puedan encontrarse y chocar (55). Si tal acaeciese efectivamente, á mediados de un mes de octubre, los habitantes de la Tierra presenciarian el maravilloso espectáculo del choque de dos cuerpos celestes, ó mas bien de su mútua penetracion, tal vez de una aglutinacion que los reuniese en un solo cuerpo, ó quizás tambien los veriamos disiparse completamente en el espacio. Tales consecuencias de la accion perturbadora de las masas preponderantes ó de la situacion relativa de órbitas que se cruzaron siempre, pueden muy bien haberse realizado frecuentemente, há miles de siglos, en la inmensidad de los cielos; estos acontecimientos no dejarian de ser por ello accidentes aislados, sin accion sobre los grandes hechos generales, y sin mas influencia que la erupcion ó la obliteracion que un volcan puede tener en el estrecho dominio que ocupamos.

Un tercer cometa de corto periodo ha sido descubierto por Faye el 22 de noviembre de 1843 en el Observatorio de París. Su órbita elíptica se acerca mas á la forma circular que la de todo otro planeta conocido, y está comprendida entre la órbita de Marte y la órbita de Saturno. El cometa de Faye, que segun los cálculos de Goldsmidt, rebasa en su afelio la region de Júpiter, pertenece al pequeño número de cometas cuyo perihelio está situado mas allá de la órbita de Marte. Su periodo es de siete años 29/100, y la forma actual de su órbita es debida quizás á la accion perturbadora de Júpiter, del cual estuvo muy cerca este cometa hácia fines del año 1839.

Si consideramos á todos los cometas de órbitas elípticas como partes integrantes del mundo solar, y los colocamos por el órden de sus grandes ejes y de sus escentricidades, encontraremos muchos que pueden ponerse inmediatamente despues de los tres cometas planetarios de Encke, Biela y Faye. En primer lugar el cometa descubierto por Messier en 1766, que Clausen mira como idéntico al tercer cometa de 1819; despues, el cuarto cometa de este último año descubierto por Blanpain, y análogo, segun Clausen, al cometa directo de 1743 (este cometa como el de Lexell, han debido esperimentar fuertes perturbaciones por parte de Júpiter). Sus períodos parecen ser de cinco á seis años, y sus afelios caen en la region de Júpiter. Vienen luego los cometas cuyo período está comprendido entre setenta y setenta y seis años; y son: el cometa de Halley, que tan importante papel ha jugado en la teoría y la física del cielo, cuya última reaparicion (1835) fué menos brillante que las precedentes; el cometa de Olbers (6 de Marzo de 1815), y el descubierto por Pons en 1812, cuya órbita elíptica fué calculada por Encke. Estos dos últimos no han sido nunca perceptibles á simple vista. Conocemos actualmente nueve apariciones ciertas del gran cometa de Halley, por los recientes cálculos de Langier, fundados en la nueva tabla de cometas, extractada por Eduardo Biot de los Anales chinos, dejan fuera de toda duda la identidad del cometa de 1378 con el de Halley. (56) De 1378 á 1835, el tiempo de la revolucion del cometa de Halley ha variado de 74,91 á 77,58 años; siendo el período intermedio de 76,1.

Esta clase de cometas contrasta con otro grupo de astros del mismo género, cuyo período siempre incierto y difícil de determinar, abraza muchos miles de años. Tales son entre otros, el bello cometa de 1811, que emplea 3,000 años segun los cálculos de Arlegander, en verificar su revolucion, y el sorprendente de 1680, cuyo tiempo periódico pasa de ochenta y ocho siglos, segun Encke. El primero de estos astros se aleja del Sol ventiun radios de la órbita de Urano, y el otro, cuarenta y cuatro, ó sean respectivamente 6200 y 13000 millones de miriámetros. La fuerza atractiva del Sol alcanza, pues, aun á estas enormes distancias; pero debe tenerse en cuenta que el cometa de 1680 recorre 393 kilómetros por segundo en su perihelio, cuya velocidades entonces trece veces mayor que la de la Tierra, al paso que en su afelio se mueve apenas á razon de 3 metros por segundo próximamente; velocidad casi triple de la que llevan los rios de Europa, é igual á la mitad de la que he comprobado en un brazo del Orinoco, el Cassiquiare. Entre los cometas que no han podido calcularse, y en el número inmenso de los que han pasado desapercibidos, deben ciertamente encontrarse algunos cuyo eje mayor exceda bastante del de 1680. Limitándonos á este último, citaremos algunos números por donde pueda formarse idea, no de la estension que abraza la esfera de atraccion de los otros Soles, sino únicamente de la distancia que los separa aun del afelio, ya de por sí tan remoto, de dicho cometa. Segun recientes determinaciones del paralaje de las estrellas mas próximas, distan estas del Sol doscientas cincuenta veces mas que el afelio del cometa de 1680; porque esta última distancia equivale á cuarenta y cuatro radios de la órbita de Urano, al paso que la estrella ɑ de Centauro está á 11000 radios de la misma órbita, y la estrella 61° del Cisne á 31000.

Despues de habernos ocupado de los casos en que los cometas se alejan mas del astro central, réstanos hablar de las mas cortas distancias que hasta ahora han sido medidas. El cometa de Lexell y de Burckhardt (1770), célebre por las fuertes perturbaciones que ha esperimentado del lado de Júpiter, es de todos los conocidos el que se ha acercado mas á la Tierra, pues el 28 de junio se hallaba á una distancia tan solo seis veces mayor que la de la Luna. Este mismo cometa atravesó dos veces, á lo que parece (en 1767 y en 1779) el sistema de los cuatro satélites de Júpiter, sin causar ningun trastorno en estos pequeños astros, cuyos movimientos son tan bien conocidos. La distancia del cometa de 1680 al Sol, fué ocho ó nueve veces menor que la del cometa de Lexell á la Tierra, pues el 17 de diciembre, dia de su paso por el perihelio, esta distancia no era mas que la sesta parte del diámetro solar que equivale á los 7/10 de la distancia de la Luna. En cuanto á los cometas cuyo perihelio se encuentra mas allá de la órbita de Marte, son raramente visibles para los habitantes de la Tierra, á causa de su alejamiento; sin embargo, el cometa de 1729 llegó á su perihelio en la region situada entre las órbitas de Palas y de Júpiter, y fué observado aun mas allá de este último planeta.

Desde que los conocimientos científicos, mezclados de algunas nociones imperfectas y confusas, han penetrado mas hondamente en la sociedad, háse esta preocupado mas que otras veces de las catástrofes de que estamos amenazados por el mundo de los cometas, si bien sus temores han tomado una direccion menos vaga. La certeza que existe, sin salir del seno mismo de nuestro mundo planetario, de que hay cometas que recorren tras cortos intervalos las regiones en que la Tierra ejecuta sus movimientos; las perturbaciones considerables que Júpiter y Saturno producen en sus órbitas, perturbaciones cuyo resultado puede ser transformar un astro indiferente en un astro poderoso; el cometa de Biela que corta la órbita de la Tierra; el éter cósmico, cuya resistencia tiende á reducir todas las órbitas; las diferencias individuales de estos astros, que dejan sospechar los grados mas diversos en la cantidad de materia de que están formados sus núcleos: tales son actualmente los motivos de nuestras aprensiones, que reemplazan por su número los vagos terrores que han inspirado á los siglos mas atrasados, las espadas inflamadas, las estrellas de cabellera que amenazaban abrasar al mundo en universal incendio.

Los motivos de seguridad, basados en el cálculo de las probabilidades, obran sobre el entendimiento ilustrado por un razonado estudio del asunto, pero no bastarán á producir la conviccion profunda que resulta del asentimiento de todas las fuerzas de nuestra alma; son impotentes para la imaginacion; y no está desprovista de justicia la censura que se ha hecho á la ciencia moderna, de querer ahogar las preocupaciones que ella misma ha despertado. Siempre lo imprevisto, lo extraordinario, darán orígen al temor, jamás á la alegría ni á la esperanza (57); ley secreta de la naturaleza humana que no debe despreciar un investigador reflexivo. En todos los paises y en todas las épocas, el aspecto estraño de un cometa, la pálida claridad de su cabellera, su súbita aparicion en el firmamento, han producido en el ánimo de los pueblos el efecto de una temible fuerza, amenazadora del órden establecido de antiguo en la creacion; y como el fenómeno está limitado á un corto tiempo, afírmase la creencia de que su accion debe ser inmediata, ó por lo menos próxima; ahora bien; los acontecimientos de este mundo ofrecen siempre en su encadenamiento un hecho que puede mirarse como la realizacion de un presagio funesto. Diríase, sin embargo, que las tendencias populares han tomado en nuestra época otra direccion, y han revestido una forma menos sombría; pues vemos que en los graciosos valles del Rhin y del Mosela se atribuye hoy á estos astros, por tan largo tiempo calumniados, una bienhechora influencia sobre la fertilidad de los viñedos. Aunque en nuestra época abundan los cometas, y no han faltado tampoco ejemplos contrarios á este mito meteorológico, nada ha podido quebrantar la nueva creencia de que estos astros errantes nos traen fecundante calor.

Abandono por ahora este asunto para pasar á otra série de fenómenos aun mas misteriosos: hablo de esos pequeños asteroides cuyos fragmentos toman el nombre de piedras meteóricas ó de aerolitos, al penetrar en nuestra atmósfera. Si entro aquí, como al tratar de los cometas, en detalles que á primera vista pueden parecer estraños al plan de esta obra, no es sino despues de haberlo reflexionado con madurez. He indicado todo lo que tienen de variable y de individual, los caracteres distintivos de estos astros, y cómo la ciencia, tan adelantada bajo el aspecto de las medidas y los cálculos, parece atrasada relativamente á la constitucion física de los cometas. Y en efecto, se hace imposible discernir actualmente, en medio de esta gran masa de observaciones mas ó menos exactas, qué hechos son generales y esenciales, y qué otros accidentales ó particulares. Así las cosas, hemos debido limitarnos á describir los principales caracteres físicos, lo que podríamos llamar las diferencias de fisonomía; á comparar la duracion de las revoluciones; á señalar en fin, las variaciones estremas, ya en las dimensiones de las órbitas, ya en las distancias á los astros mas importantes. En estos fenómenos, como en aquellos de que vamos á hablar, los tipos individuales dominan necesariamente el conjunto del cuadro y para llegar á la realidad es preciso hacer que resalten con mas energía los contornos.

Todo induce á creer que las estrellas errantes, los bólides y las piedras meteóricas son pequeños cuerpos que se mueven alrededor del Sol describiendo secciones cónicas, y obedeciendo en un todo, como los planetas, á las leyes generales de la gravitacion. Cuando estos cuerpos llegan á tocar á la Tierra, se hacen luminosos en los límites de nuestra atmósfera, se dividen por lo comun en fragmentos cubiertos de una capa negra y brillante, y caen en un estado de calefaccion mas ó menos fuerte. La análisis minuciosa de las observaciones recogidas en ciertas épocas de aparicion periódica que tienen tales cuerpos (en Cumana en 1799, y en la América del Norte en 1833 y 1834) no permite que se consideren los bólides y las estrellas errantes como fenómenos de distinto órden; pues no solo están frecuentemente mezclados los primeros á las últimas, sino que sus discos aparentes, sus vias luminosas y sus velocidades reales, no ofrecen diferencias de magnitud esenciales. Se ven enormes bólides acompañados de humo y de detonaciones que iluminan el cielo con una luz bastante viva para ser sensible aun en pleno dia (58) bajo el ardiente sol de los trópicos; mas tambien hay estrellas errantes tan pequeñas, que aparecen como otros tantos puntos trazando sobre la bóveda celeste innumerables líneas fosforescentes (59). ¿Pero estos cuerpos brillantes que pueblan el firmamento de chispas estelares, son todos de una misma naturaleza? Cuestion es esta que actualmente no puede contestarse. He vuelto de las zonas equinocciales creyendo, bajo la impresion recibida, que en las llanuras ardientes de los trópicos, y como á 5 ó 6 mil metros sobre el nivel del mar, las estrellas errantes son mas frecuentes y de colores mas ricos que en las zonas frias ó templadas; pero no es así, y en la pureza y admirable trasparencia de la atmósfera de aquellas regiones es preciso buscar la causa de este fenómeno (60), allí, nuestra mirada penetra mas fácilmente las capas de aire que nos rodean. Tambien á la pureza del cielo de Bokhara atribuye Sir Alejandro Burnes «el magnífico espectáculo, renovado sin cesar, de estrellas errantes de vistosos colores» que tuvo ocasion de admirar en aquel pais.

Al brillante fenómeno de los bólides, viene á referirse el de la caida de piedras meteóricas que algunas veces penetran en la tierra basta 3 y 5 metros de profundidad. La dependencia mútua de estos dos fenómenos se halla establecida por numerosos hechos, y sobre todo por las observaciones muy exactísimas que poseemos acerca de los aerolitos que cayeron en Barbatan, departamento de las Landas, (24 de julio de 1790), en Siena (16 de junio de 1794), en Weston en el Connecticut (14 de diciembre de 1807), y en Juvenas departamento de la Ardecha (15 de junio de 1821). Estos fenómenos se presentan tambien bajo otro aspecto estando el cielo sereno, una nubecilla muy oscura aparece en él súbitamente; y en medio de esplosiones semejantes al ruido del cañon, se precipitan á la tierra las masas meteóricas. Algunas veces nubecillas de esta especie, recorren regiones enteras sembrando la superficie de miles de fragmentos muy desiguales pero de naturaleza idéntica.

Hase visto caer tambien, pero mas raramente, aerolitos estando el cielo perfectamente sereno, y sin prévia formacion de nube precursora alguna. Se presentó este caso hace algunos meses (16 de setiembre de 1843) cuando cayó el gran aerolito recogido en Kleinwenden, no lejos de Mulhouse, con un ruido semejante al del rayo. Varios hechos establecen, en fin, una íntima analogía entre las estrellas errantes y los bólides que arrojan sobre la tierra piedras meteóricas, porque sucede por lo comun que estos bólides apenas si tienen las dimensiones de las pequeñas estrellas de nuestros fuegos artificiales.

¿Cuál es aquí la fuerza productiva? ¿cuáles son las acciones físicas ó químicas que juegan en estos fenómenos? ¿Hallaríanse originariamente en el estado gaseoso las moléculas de que se componen estas piedras meteóricas tan compactas, ó simplemente esparcidas como en los cometas, condensándose en el interior del metéoro en el momento mismo de comenzar á brillar á nuestros ojos? ¿Qué ocurre en esas nubes negras donde truena minutos enteros antes de que los aerolitos se precipiten? ¿Es preciso creer, que las estrellas errantes dejan tambien caer alguna materia compacta, ó es solamente una especie de niebla, de polvo meteórico, compuesto de hierro y nikel (61)? Cuestiones son estas que se hallan aun envueltas en profunda oscuridad; porque si bien se ha medido la espantosa rapidez, la velocidad esencialmente planetaria de las estrellas errantes, de los bólides y de los aerolitos; si es cierto que conocemos el fenómeno en sus generalidades, y hemos podido comprobar cierta uniformidad en sus apariencias, ignoramos de todo punto los antecedentes cósmicos y las trasmutaciones originarias de la sustancia.

Suponiendo que las piedras meteóricas circulen en el espacio formadas ya en masas compactas (de una densidad mas débil no obstante, que la densidad media de la Tierra) (62), es necesario admitir que solo constituyen un pequeño núcleo, rodeado de gas ó de vapores inflamables, en aquellos enormes bólides cuyos diámetros reales, deducidos de sus alturas y diámetros aparentes, son de 160 y de 850 metros. Las mayores masas meteóricas que conocemos son las de Bahia en el Brasil, y la de Otumpa en el Choco, descritas por Rubin de Celis, y que cuentan 2 metros y 2 y medio de longitud. La piedra de Ægos-Potamos, mencionada ya en la crónica de Paros, y tan célebre en la antigüedad, cayó hacia la época del nacimiento de Sócrates; y segun la descripcion que de ella existe, era gruesa como dos veces una rueda de molino, y su peso el suficiente para la carga de un carro. A pesar de las inútiles tentativas que hizo el viajero Brown para descubrirla, no renunció á la esperanza de que pueda un dia encontrarse, mas de 2300 años despues de su caida, aquella masa meteórica cuya destruccion no me parece admisible; esperanza tanto mas fundada, cuanto que la Tracia es al presente mas accesible que nunca á los Europeos. A principios del siglo X cayó un aerolito tan colosal en el rio de Narni, que, segun aparece de un documento descubierto por Pertz, sobresalia mas de una vara sobre el nivel de las aguas. Es preciso consignar aquí, que todas estas masas meteóricas, antiguas ó modernas, deben ser consideradas como los principales fragmentos del núcleo que se ha roto con explosion, ya en el bólide inflamado, ya en la nube oscura; porque cuando considero la enorme velocidad, matemáticamente demostrada, conque se precipitan las piedras meteóricas desde las últimas capas de la atmósfera hasta el suelo, y la corta duracion de su trayecto, no puedo resolverme á creer que un tan pequeño espacio de tiempo haya bastado para condensar una materia gaseiforme, convirtiéndola en un núcleo sólido, metálico, con incrustaciones perfectamente formadas de cristales de olivina, de labrador y de pirogeno.

Por lo demás, todas estas masas meteóricas tienen un carácter comun, cualesquiera que sean las diferencias de su constitucion química interna; y es, un aspecto bien pronunciado de fragmentos y frecuentemente una forma prismática ó piramidal de vértice truncado, caras anchas y un poco curvas, y ángulos redondeados. Ahora bien; ¿de qué puede provenir en los cuerpos que circulan en el espacio, como los planetas, esta forma fragmentaria, señalada primeramente por Schreibers? Confesemos que aquí, como en la esfera de la vida orgánica, todo lo que se refiere á los períodos de formacion está rodeado aun boj de profunda oscuridad.

Las masas meteóricas empiezan á brillar ó á inflamarse en alturas donde reina ya un vacío casi absoluto. A la verdad, las recientes investigaciones de Biot, acerca del importante fenómeno de los crepúsculos (63), rebajan considerablemente la línea que ordinariamente se designa con el atrevido nombre de límite de nuestra atmósfera; por otra parte, los fenómenos luminosos pueden producirse independientemente de la presencia del gas oxígeno, y Poisson se inclinaba á creer que los aerolitos se inflaman mas allá de las últimas capas de nuestra envuelta gaseosa. Pero, sin embargo, ni esta parte de la ciencia, ni la que se ocupa de los otros cuerpos mayores de que se compone el sistema solar, ofrecen base sólida á nuestros razonamientos é investigaciones, sino allí donde pueden aplicarse el cálculo y las medidas geométricas.

Ya en 1686 consideraba Halley como un fenómeno cósmico el gran metéoro que apareció en aquella época, cuyo movimiento se efectuaba en sentido inverso del de la Tierra (64). Pero á Chladni pertenece la gloria de haber reconocido el primero, en toda generalidad, la naturaleza del movimiento de los bólides y sus relaciones con las piedras que al parecer caen de la atmósfera (65). Los trabajos de Dionisio Olmsted en Newhaven (Massachusets), confirmaron mas tarde de una manera brillante la hipótesis que dá á estos fenómenos un origen cósmico. Cuando aparecieron las estrellas errantes en la noche del 12 al 13 de noviembre de 1833, época que llegó á ser luego tan célebre, Olmsted demostró, que segun el testimonio de todos los observadores, tanto los bólides, como las estrellas errantes partian al parecer, en direcciones divergentes, de un solo y mismo punto de la bóveda celeste, situado cerca de la estrella λ de la constelacion de Leo; punto constantemente comun de divergencia de los metéoros, aunque el azimut y la altura aparente de la estrella hubiesen variado notablemente, durante el largo tiempo empleado en las observaciones. Independencia tal en el movimiento de rotacion de la Tierra prueba que estos meteoros provenian de regiones situadas fuera de nuestra atmósfera, y que antes de llegar á ella recorrian los espacios celestes. Segun los cálculos de Encke (66), fundados en el conjunto de las observaciones que se hicieron en los Estados-Unidos de América, entre las latitudes de 35 y de 40°, el punto del espacio de donde estos metéoros parecian divergir, era precisamente aquel hácia el cual estaba dirigido en aquella época el movimiento de la Tierra. Las apariciones de noviembre se reprodujeron en 1834, en 1837, y unas y otras fueron observadas en América; la de 1838 lo fué en Brema: estas observaciones comprobaron de nuevo el paralelismo general de las trayectorias, así como su direccion comun hácia el punto del cielo opuesto á la constelacion de Leo. Como las estrellas errantes periódicas afectan una direccion parelela mas generalmente que las estrellas errantes esporádicas, ha creido notarse en 1839, en la aparicion del mes de agosto (las lágrimas de San Lorenzo), que los metáoros en su mayor parte procedian de un punto situado entre Perseo y Tauro, hácia el cual se dirigia entonces la tierra. Un fenómeno tan sorprendente como la direccion retrógrada de todas estas órbitas en noviembre y en agosto, merece ciertamente que se recojan para lo futuro, las mas exactas observaciones que puedan confirmarle ó invalidarle.

Nada es mas variable que la altura de las estrellas errantes, es decir, la parte visible de su trayectoria, que oscila en un espacio de 3 á 26 miriámetros: importante resultado que debemos, así como un conocimiento mas exacto de la enorme velocidad de estos problemáticos asteroides, á las observaciones simultáneas de Brandes y de Benzenberg, y á las medidas de paralage que hicieron los mismos tomando por base una longitud de 15.000 metros (67). Su velocidad relativa es de 5 á 13 leguas por segundo, y por lo tanto, equivalente á la de los planetas. Esta velocidad, verdaderamente planetaria de los bólides y de las estrellas errantes (68), y la direccion bien comprobada de sus movimientos inversos á los de la Tierra, son los principales argumentos que se oponen ordinariamente á la hipótesis que atribuye el origen de los aerolitos á la existencia de pretendidos volcanes activos en la Luna. Ahora bien; cuando se trata de un pequeño astro desprovisto de atmósfera, toda suposicion numérica acerca de la energía de las fuerzas volcánicas tiene que ser por naturaleza arbitraria, y nada impide, por lo tanto, admitir una reaccion del interior contra la capa esterior, cien veces mas enérgica, por ejemplo, que en nuestros volcanes actuales: así podría esplicarse aun, cómo masas arrojadas por un satélite, cuyo movimiento se verifica de Oeste al Este, pueden parecemos animadas de un movimiento retrógrado, pues basta para esto que la tierra llegue mas tarde que aquellos proyectiles á la parte de órbita, que hubieran atravesado; pero si se considera el conjunto de hechos, cuya enumeracion he debido hacer, á fin de evitar la censura que se formula contra las teorías atrevidas, se verá que la hipótesis del orígen selenítico de estos metéoros supone un concurso de circunstancias numerosas, cuya realizacion solo podria efectuarse por la casualidad (69). Es mas sencillo admitir la existencia de pequeñas masas planetarias que estén circulando desde el origen en los espacios celestes, pues esta hipótesis está mas en armonía con las ideas, aceptadas ya, acerca de la formacion de nuestro sistema solar.

Es muy probable que muchas de estas masas cósmicas pasen muy cerca de nuestra atmósfera y continúen su curso alrededor del sol, sin haber esperimentado otro efecto, de la atraccion del globo terrestre, que una modificacion en la escentricidad de su órbita; y que luego no las volvamos á ver sino despues de largos años, y cuando hayan verificado un cierto número de revoluciones. En cuanto á los metéoros ascendentes que Chladni, poco inspirado esta vez, esplicaba por la reaccion de capas de aire comprimidas violentamente durante un rápido descenso, pudo verse luego en estos fenómenos el efecto de una fuerza misteriosa que pugnase por arrojar estos cuerpos lejos de la Tierra; pero Bessel ha demostrado que tales hechos serian teóricamente inadmisibles; y apoyándose despues en los cálculos ejecutados por Feldt con el mayor cuidado posible, probó que la realidad de estos pretendidos hechos, se desvanece aun en aquellas observaciones que parecen mas favorables, si se tienen en cuenta los errores inherentes á la apreciacion simultánea que formen dos observadores separados, de la desaparicion de una misma estrella errante; así, que esta ascension de los metéoros no debe considerarse hasta ahora como un resultado de la observacion (70). Olbers pensaba que los bólides inflamados podrian estallar y lanzar verticalmente sus fragmentos á modo de cohetes, y que esta ruptura alteraria en ciertos casos la direccion de sus trayectorias; pero todas estas hipótesis deben ser objeto de nuevas observaciones.

Las estrellas errantes caen ya desparramadas y aisladas, es decir, esporádicas, ya como enjambres y á millares. Estas últimas apariciones, que han comparado los escritores árabes á nubes de langostas, son periódicas, y siguen direcciones generalmente paralelas. Las mas célebres son las del 12 al 14 de noviembre y las del 10 de agosto, dia de San Lorenzo, cuyas candentes lágrimas parece que fueron antiguamente en Inglaterra el símbolo tradicional de la vuelta periódica de estos metéoros (71). Ya Klœden, habia señalado en Potsdan, en la noche del 12 al 13 de noviembre de 1823, la aparicion de una multitud de estrellas errantes y bólides de todas magnitudes. En 1832, vióse el mismo fenómeno en toda Europa, desde Portsmouth hasta Orenburgo en los bordes del Oural, y hasta en la isla de Francia en el hemisferio austral. Sin embargo, la idea de que ciertos dias del año están predestinados á estos grandes fenómenos no tomó vida hasta 1833, con ocasion del enorme haz de estrellas errantes que cayó como copos de nieve, y que Olmsted y Palmer observaron en América la noche del 12 al 13 de noviembre: durante nueve horas de observacion contaron más de 240.000. Palmer se remontó á la aparicion de los metéoros en 1799 descrita por Ellicot y por mí (72), de la cual resultaba en virtud de la comparacion que habia vo hecho de todas las observaciones de aquel tiempo, que la aparicion habia sido simultánea para los lugares situados en el Nuevo Continente, desde el Ecuador hasta New-Herrnhut en la Groenlandia (lat. 64° 14') entre 46 y 82° de longitud; reconociéndose con sorpresa la identidad de las dos épocas. Este flujo de metéoros que surcaron todo el firmamento en la noche del 12 al 13 de noviembre de 1833, y fué visible desde la Jamaica hasta Boston (lat. 40° 21'), se reprodujo en la noche del 13 al 14 de noviembre de 1834 en los Estados-Unidos de América, aunque con intensidad menor. Desde esta época la periodicidad del fenómeno se confirma en Europa de la manera mas exacta.

La aparicion de San Lorenzo (del 9 al 14 de agosto), segunda lluvia de estrellas errantes, se verifica con igual regularidad que la primera. Ya hácia mediados del último siglo, Musschenbroek habia notado la frecuencia de los metéoros que aparecen en el mes de agosto (73); pero Quételet, Olbers y Benzenberg han sido los primeros que probaron la periodicidad de estas apariciones, fijando su época en el dia de San Lorenzo. Indudablemente nos reserva el porvenir el descubrimiento de otras épocas análogas, destinadas igualmente á la reproduccion periódica de estos fenómenos (74); tales sean quizás la del 22 al 25 de abril, la del 6 al 12 de diciembre, y como consecuencia de las investigaciones de Capocci, la del 27 al 29 de noviembre ó la del 17 de julio.

Parece ser que estos fenómenos se han realizado hasta ahora, con una independencia completa de todas las circunstancias locales, tales como la altura del polo, temperatura de la atmósfera, etc.; sin embargo, su aparicion va acompañada frecuentemente de otro fenómeno meteorológico, y aunque esta coincidencia pueda ser efecto de simple casualidad, no está fuera de lugar el señalarla aquí. Una aurora boreal muy intensa, acompañó á la aparicion mas magnífica de estrellas errantes, entre las que se conocen hasta el dia, ó sea la del 12 al 13 de noviembre de 1833, cuya descripcion debemos á Olmsted. En 1838 se reprodujo en Brema esta concordancia de ambos fenómenos, si bien la caida periódica de las estrellas errantes fué allí menos notable que en Richmond, cerca de Lóndres. En otro escrito me he hecho cargo de una observacion del almirante Wrangel (75), que he tenido frecuente ocasion de oirle confirmar. Viajando por las costas siberianas del Mar Glacial, vió el almirante en medio de los resplandores de una aurora boreal iluminarse de repente ciertas partes del cielo que habian quedado oscuras, al ser atravesadas por una estrella errante, y recobrar enseguida su rojo brillo.

Estas miriadas de asteroides constituyen, indudablemente, diversas corrientes que vienen a cortar la órbita terrestre como el cometa de Biela; y podemos imaginar, siguiendo esta idea, que su conjunto forma un anillo contínuo, dentro del cual siguen todos una misma direccion. Ya en los planetas menores situados entre Marte y Júpiter, escepto Palas, hemos hallado relaciones análogas relativamente á sus órbitas tan íntimamente enlazadas. Pero si se trata de la teoría misma de estos anillos, preciso es confesar que aun quedan muchos puntos por resolver; por ejemplo: ¿las épocas de estas apariciones, varian? ¿los retrasos que esperimentan, señalados por mí há mucho tiempo, provienen de una retrógradacion regular, ó de un simple cambio oscilatorio de la línea de los nodos, es decir, de la línea de interseccion del plano de la órbita terrestre con el plano del anillo? Quizás estos pequeños astros estén agrupados muy irregularmente; quizás sus distancias mútuas sean muy desiguales; y su zona de tan considerable anchura que necesitara la Tierra dias enteros para atravesarla. El mundo de los satélites de Saturno nos presenta ya un grupo de inmensa amplitud, compuesto de astros íntimamente unidos entre sí. La órbita del último satélite, la del sétimo, es tan considerable, que la Tierra, en su movimiento alrededor del Sol, emplea tres dias en recorrer una parte de la suya igual al diámetro de aquella.

Supongamos ahora, que en vez de ser homogéneos estos anillos que consideramos como formados por corrientes periódicas de estrellas errantes, no contengan mas que un pequeño número de partes en que los grupos sean bastante densos para dar lugar á una de aquellas grandes apariciones, y se comprenderá por qué los brillantes fenómenos del mes de noviembre de 1799 y 1833 se reproducen tan raramente. Meditando Olbers profundamente acerca de este difícil asunto, creyó tener algunas razones para anunciar la época del 12 al 14 de noviembre de 1867 para la primera reproduccion del gran fenómeno de las estrellas errantes mezcladas con bólides, cayendo del cielo como copos de nieve.

Alguna vez la aparicion de noviembre no ha sido visible sino en partes muy limitadas de la superficie terrestre. En 1837, por ejemplo, fué brillante en Inglaterra, donde se la comparó á una lluvia de metéoros (meteoric shower), mientras que en Braunsberga (Prusia), un observador muy práctico y escesivamente atento, no vió aquel la misma noche, mas que un pequeño número de estrellas errantes aisladas, á pesar de que el cielo permaneció constantemente sereno, y duró la observacion desde las siete de la noche hasta la salida del Sol. Bessel ha deducido de estos hechos, que un grupo poco estenso de los asteroides de que el anillo se compone pudo tocar á la region terrestre en el punto en que está situada Inglaterra, al paso que las comarcas mas orientales atravesaban otra parte del anillo, comparativamente mucho menos rica (76). Si la hipótesis de una retrogradacion regular ó de una simple oscilacion de la línea de los nodos tomara consistencia, los documentos antiguos serian objeto de un interés muy especial. Tales son los Anales chinos, donde entre las noticias cometográficas se citan varias apariciones de metéoros, que se remontan á épocas anteriores á la de Tirteo ó segunda guerra mesénica. Señalaremos entre otras dos apariciones que tuvieron lugar en el mes de marzo, y una de las cuales se remonta al año 687 antes de la Era Cristiana. Entre las cincuenta y dos apariciones que ha recogido Eduardo Biot en los Anales chinos, ha notado que las del 20 al 22 de julio (estilo antiguo), son las mas frecuentes; y podrian corresponder á la aparicion actual del dia de San Lorenzo (77). Boguslawski hijo, ha descubierto en los anales de la Iglesia de Praga (Benessii de Horowic Chronicon Ecclesiæ Pragensis) una aparicion de estrellas errantes ocurrida el 21 de octubre de 1366 (est. ant.); si esta aparicion que fué entonces visible en pleno dia, corresponde al fenómeno actual del mes de noviembre, puede deducirse de la precesion en 477 años, que el sistema entero de los metéoros ó mas bien, su centro de gravedad, describe con un movimiento retrógrado una órbita alrededor del Sol. Por último, de las teorías mas arriba desarrolladas resulta, que si hay años en que las dos apariciones de agosto y de noviembre faltan á la vez en toda la superficie de la Tierra, es preciso buscar la causa de esta anomalía, ya en una interrupcion del anillo, ya en los intervalos que dejen entre sí los grupos sucesivos de asteroides, ya, en fin, como quiere Poisson (78), en las acciones planetarias, cuyo efecto seria modificar la forma y la situacion del anillo.

Ya lo hemos dicho: las masas sólidas que despide el cielo provienen de los bólides inflamados que se ven durante la noche; de dia, y estando el cielo sereno, caen con estrépito del seno de una nube oscura, pero no llegan en estado de incandescencia, aunque sí muy calientes. Ahora bien: cualquiera que sea su origen, estas masas presentan en general, un carácter comun que es imposible desconocer; cualquiera que sea el tiempo y el lugar de su caida, son siempre las mismas las formas esteriores, las propiedades físicas de la corteza, é iguales los modos de agregacion química de sus elementos. Tan sorprendente paridad de aspecto y de constitucion, no ha escapado á los observadores; pero cuando se la examina individualmente encuéntranse tambien notables escepciones. Compárense los aerolitos por Pallas mencionados, la masa de hierro maleable de Hradschina en el condado de Agram, y la de las orillas de Sisim en el gobierno de Ieniseisk, ó tambien las que traje de Méjico (79), todas las cuales contienen 96 por 100 de hierro; compárense, digo, con los aerolitos de Siena, en los que apenas se cuenta un 2/100 del mismo metal, ó con los de Alesia, Jonzac y Juvenas, desprovistos enteramente de hierro metálico, y reducidos á una mezcla cuyos elementos perfectamente separados ya en cristales, puede distinguir el mineralogista, y digasenos si es dable concebir oposicion mas marcada. De aquí la necesidad de diferenciar en dos clases estas masas cósmicas: la de los hierros meteorices combinados con el nikel, y la de las piedras de grano fino ó basto. Otro carácter particular de los aerolitos es el aspecto de su corteza esterior, cuyo espesor no pasa jamás de algunas líneas de superficie, reluciente como la pez, y surcadas á veces por venas ó ramificaciones muy señaladas (80). Uno solo, que yo sepa, se esceptúa de esta relacion; el aerolito de Chantonnay (Vendeé), cuyos poros y abolladuras constituyen, como en el aerolito de Juvenas, otra singularidad muy rara. En todos los demás, la corteza negra es distinta del resto de la masa de un gris bastante claro, con una línea de separacion tan marcada como el pedrisco de granito blanco con veta negra ó aplomada (81), que traje yo de las cataratas del Orinoco, y que se encuentra en otras muchas como las del Nilo y rio Congo por ejemplo. El fuego mas violento de nuestros hornos de porcelana, no produce nada análogo á esta corteza, tan perfectamente distinta del resto de la masa de los aerolitos, cuyo interior no ha sufrido alteracion alguna. Ciertamente que, algunos hechos parecen indicar que estos fragmentos meteorices, han esperimentado una especie de reblandecimiento; pero, en general, la manera de agregarse sus partes, la carencia de aplanamiento despues de la caida, y el poco calor que poseen en aquel instante, no permiten suponer que su masa interior haya estado en fusion durante el corto trayecto que recorren desde los límites de la atmósfera hasta la superficie de la tierra.

Berzelius ha hecho escrupulosamente la análisis química de estos cuerpos, y encontrado en ellos los mismos elementos que vemos esparcidos en la superficie de la tierra, á saber: ocho metales, el hierro, el nikel, el cobalto, el manganeso, el cromo, el cobre, el arsénico y el estaño; y cinco tierras, á saber: la potasa, la sosa, el azufre, el fósforo y el carbon; es decir, la tercera parte del número de los cuerpos simples actualmente conocidos. Aunque las masas meteóricas estén formadas de iguales elementos químicos que las especies minerales de las montañas y de las llanuras, no por ello dejan de presentar siempre en el modo como están combinados estos elementos, un carácter muy diferente, y un aspecto estraño á nuestro globo. El hierro en el estado nativo que se encuentra en casi todos los aerolitos les imprime tambien un sello especial; mas no podria atribuirse por ello este tipo esclusivamente á la Luna, pues nada se opone á que pueda haber otros astros desprovistos como ella de agua, y privados de las reacciones químicas de donde nace la oxidacion. En cuanto á las vesículas gelatinosas, á las masas orgánicas semejantes á la tremella nostoc, que han sido tenidas desde la Edad media como un producto cósmico, residuo de las estrellas errantes, así como tambien á las piritas de Sterlitamak (al oeste del Oural), que pasaban por núcleos de granizos (82), es preciso colocarlas entre los mitos de la meteorología. Los aerolitos de tejido fino y granuloso, compuestos de olivina, de augita y de labrador (83), son, segun Gustavo Rose, los únicos que se asemejan á nuestros minerales (tal es el aerolito de Juvenas muy semejante á la dolerita); pues contienen sustancias cristalinas como las que se encuentran en la corteza terrestre; y aun en el hierro meteórico de Siberia, citado por Pallas, la olivina no se distingue de la ordinaria, mas que por la falta de nikel, el cual está sustituido por el óxido de estaño (84). Si se tiene en cuenta que la olivina meteórica contiene, como nuestros basaltos, 47 ó 49 por 100 de magnesia, y que forma mas de la mitad de las partes terrosas de los aerolitos, segun Berzelius, no causará admiracion la gran cantidad de magnesia que se halla en estas masas cósmicas. Y como el aerolito de Juvenas contiene cristales separables de augita y de labrador, podemos deducir de la análisis de las piedras meteóricas de Chateau-Renard, de Blansko y de Chantonnay, que la primera es probablemente una diorita compuesta de anfibol y de albita, y que las otras dos son combinaciones de anfibol y de labrador. Pero estas analogías me parecen débiles argumentos que citar en favor del orígen terrestre ó atmosférico que ha querido asignarse á los aerolitos. Porque no hay razon alguna, y aquí podria referir el célebre entretenimiento de Newton y Conduit, en Kensington (85), para suponer que sean en gran parte idénticos, los elementos que forman un mismo grupo de astros, ó un mismo sistema planetario ¿Ni cómo admitir el principio de la heterogeneidad de los planetas despues del bello sistema que esplica su génesis por la condensacion gradual de anillos gaseosos, abandonados sucesivamente por la atmósfera solar? A mi juicio, estamos tan poco autorizados para atribuir esclusivamente al nikel, al hierro, á la olivina ó al piróxeno (augita) de los aerolitos, la calificacion de sustancias terrestres, como podríamos estarlo para designar por ejemplo, como especies europeas de la flora asiática, las plantas alemanas que encontré mas allá del Oby. Y si los astros de un mismo sistema se componen de iguales elementos, ¿cómo no admitir que estos elementos, sometidos á las leyes de una atraccion mútua, puedan combinarse en relaciones determinadas y dar vida, ya á las cúpulas resplandecientes de nieve ó de hielo que cubren las regiones polares de Marte, ya en otros astros, á las pequeñas masas meteóricas que contienen, como los minerales de nuestras montañas, cristales de olivina, de augita y de labrador? No debe dejarse nunca nada abandonado al arbitrio, y hasta en el dominio de las conjeturas es preciso que el espíritu sepa dejarse guiar por la induccion.

En ciertas épocas, se oscurece momentáneamente el disco del Sol, y su luz se debilita hasta el estremo de ser visibles las estrellas en pleno dia. En 1547, hacia la época de la fatal batalla de Mühlberg, se efectuó por espacio de tres dias enteros un fenómeno de este género, que no puede esplicarse ni por las nieblas ni por las cenizas volcánicas. Kepler quiso buscarle una causa, primero en la interposicion de una materia cosmética, y despues en una nube negra que suponia formada por las emanaciones fuliginosas, salidas del cuerpo mismo del Sol. Chladni y Schnurrer atribuian al paso de masas meteóricas por delante del disco solar, los fenómenos análogos de los años 1090 y 1203, de los cuales duró el primero, tres horas, y el segundo seis. Desde que han sido consideradas las estrellas errantes como formando un anillo contínuo, situado en el sentido de su direccion comun, háse notado una singular coincidencia entre la vuelta periódica de las lluvias de metéoros y las manifestaciones de los misteriosos fenómenos de que acabamos de hablar; y á fuerza de ingeniosas investigaciones y de una discusion profunda de todos los hechos conocidos, ha llegado Adolfo Erman á señalar dos épocas del año, el 7 de febrero y el 12 de majo, en que se ha manifestado esta coincidencia de un modo sorprendente. Ahora bien: la primera de estas dos fechas corresponde á la conjuncion de las estrellas errantes que están en el mes de agosto en oposicion con el Sol, y la segunda, se refiere á la conjuncion de los asteroides de noviembre y á los famosos dias frios de las creencias populares (San Mamerto, San Pancracio y San Servando) (86).

Los filósofos griegos tan poco inclinados á la observacion, como ardientes y fecundos en sistemas cuando se trataba de esplicar fenómenos que apenas habian entrevisto, nos han dejado consideraciones muy aproximadas á las ideas que se aceptan hoy generalmente, acerca del orígen cósmico de las estrellas errantes y aerolitos. «Piensan algunos filósofos, dice Plutarco en la vida de Lysandro (87), que las estrellas errantes no provienen de partículas desprendidas del éter que llegan á apagarse en el aire inmediatamente despues de haberse inflamado; ni que tampoco nacen de la combustion del aire que se disuelve en gran cantidad en las regiones superiores, sino que son mas bien cuerpos celestes que caen, es decir, que sustraidos en cierto modo al movimiento de rotacion general se precipitan enseguida irregularmente, no solo en las regiones habitadas de la Tierra, sino que tambien en el gran Océano, de donde resulta que no se los puede encontrar.» Diógenes de Apolonia se espresa en términos aun mas claros (88). «Entre las estrellas visibles, dice, se mueven tambien estrellas invisibles á las cuales por consiguiente no ha podido darse nombre. Estas últimas caen frecuentemente sobre la Tierra, y se apagan como aquella estrella de piedra que tocó encendida cerca de Ægos-Potamos.» Indudablemente una doctrina anterior habia inspirado al filósofo de Apolonia, que creia tambien que los astros eran semejantes á la piedra pómez. En efecto, Anaxágoras de Clazomeno se figuraba todos los cuerpos celestes «como fragmentos de roca que el éter por la fuerza de su movimiento giratorio hubiera arrancado á la Tierra, inflamándolas y transformándolas en estrellas.» Así, pues, la escuela jónica colocaba, como Diógenes de Apolonia, en una misma clase á los aerolitos y á los astros, asignándoles el propio orígen terrestre, pero en el único sentido de que la Tierra, como cuerpo central, facilita la materia á cuantos le envuelven (89); de igual modo que con nuestras ideas actuales derivamos el sistema planetario de la atmosfera primitivamente dilatada de otro cuerpo central, el Sol. Es preciso pues guardarnos de confundir estas ideas con lo que comunmente se llama el orígen terrestre ó atmosférico de los aerolitos, ó con la singular opinion de Aristóteles, que no veia en la enorme masa del Ægos-Potamos sino una piedra arrastrada por un huracan.

Hav una disposicion de ánimo mas nociva aun quizás que la credulidad desnuda de toda crítica, y es la arrogante incredulidad que rechaza los hechos sin dignarse profundizarlos. Estas dos irregularidades del espíritu son un obstáculo al progreso de la ciencia. En vano, desde hace veinte y cinco siglos, los anales de los pueblos hablan de piedras desprendidas del cielo; á pesar de tantos hechos fundados en testimonios oculares, irrecusables, tales como los bœtilios, que desempeñaron tan importante papel en el culto de los metéoros entre los antiguos; el aerolito que los compañeros de Cortés vieron en Cholula y que habia chocado con la pirámide próxima; las masas de hierro meteórico de que se hicieron forjar espadas de sables los califas y príncipes mogoles; los hombres muertos por piedras caldas del cielo, como por ejemplo, un fraile de Cremona el 4 de setiembre de 1511, otro fraile de Milán en 1650 y dos marineros suecos, heridos dentro de su navío en 1674; á pesar de tantas pruebas acumuladas, quedó en el olvido un fenómeno cósmico de tamaña importancia, y sus íntimas relaciones con el mundo planetario permanecieron ignoradas hasta los tiempos de Chladni, ilustre ya por su descubrimiento de las líneas nodales. Pero hoy es imposible contemplar indiferentemente las magníficas apariciones de las noches de noviembre y de agosto; diré mas, uno solo de esos rápidos metéoros bastará frecuentemente para dar vida á sérias observaciones. Ver surgir de repente el movimiento enmedio de la calma de la noche y turbarse por un instante el plácido brillo de la bóveda celeste; seguir con la vista al metéoro que cae dibujando en el firmamento una luminosa trayectoria ¿no nos trae luego al punto á la imaginacion esos espacios infinitos llenos por doquiera de materia y vivificados por todas partes de movimiento? ¿Qué importa la estremada pequeñez de esos metéoros en un sistema donde se encuentran, al lado del enorme volúmen del Sol, átomos tales como el de Ceres, y el primer satélite de Saturno? ¿Qué importa su repentina desaparicion cuando un fenómeno de otro órden, la estincion de las estrellas que brillaron en Casiopea, en el Cisne y en la Serpentaria, nos ha obligado ya á admitir que en los espacios celestes pueden existir otros astros de los que en ellos vemos por lo comun? Al presente ya lo sabemos: las estrellas errantes son agregaciones de materia, verdaderos asteroides que circulan alrededor del Sol, que atraviesan como los cometas las órbitas de los grandes planetas y que brillan, por último, cerca de nuestra atmósfera, ó al menos en sus últimas capas.

Aislados en nuestro planeta de todas las partes de la creacion que no comprenden los límites de nuestra atmósfera, no estamos en comunicacion con los cuerpos celestes sino por el intermedio de los rayos, tan íntimamente unidos, de la luz y del calor (90) y por la misteriosa atraccion que los cuerpos lejanos ejercen, en razon de su masa, sobre nuestro globo, sobre los mares, y aun sobre las capas de aire que nos rodean. Pero si los aerolitos y las estrellas errantes son realmente asteroides planetarios, su modo de comunicacion con nosotros cambia de naturaleza, se hace mas directo y se materializa en cierto sentido. En efecto; no se trata ya de aquellos cuerpos lejanos cuya accion sobre la tierra se limita á ocasionar vibraciones luminosas y caloríficas, ó tambien á producir movimientos segun las leyes de una gravitacion recíproca; sino de cuerpos materiales, que abandonando los espacios celestes atraviesan la atmósfera y vienen á chocar con la tierra, de la cual forman parte desde entonces: tal es el único acontecimiento cósmico que puede poner á nuestro planeta en contacto con las otras regiones del Universo. Acostumbrados como estamos á no conocer los séres colocados fuera de nuestro globo sino por las medidas, el cálculo y el razonamiento, nos admira ahora el poder, sin embargo, tocarlos, pesarlos y analizarlos. Así es como la ciencia pone en juego los secretos resortes de la imaginacion y las fuerzas vivas del espíritu, mientras que el vulgo no vé en estos fenómenos sino chispas que se encienden y apagan, y en esas piedras ennegrecidas, caidas con estrépito del seno de las nubes, el producto grosero de una convulsion de la naturaleza.

Aunque estos enjambres de asteroides, de los cuales nos hemos ocupado largo tiempo como asunto de predileccion, se asemejan á los cometas por la pequeñez de sus masas y por la multiplicidad de sus órbitas, difieren, no obstante, de ellos, esencialmente, por el mero hecho de que no brillan ni son visibles para nosotros, sino hasta el momento en que atraviesan la esfera de accion de nuestro globo, Pero el estudio de estos metéoros, no completa todavía el cuadro de nuestro sistema planetario, tan complejo, tan rico en formas variadas, desde el descubrimiento de los planetas menores, de los cometas interiores de corto periodo y de los asteroides meteóricos; réstanos hablar del anillo de materia cósmica á que se atribuye la luz zodiacal, citada ya muchas veces en el transcurso de esta obra. Todo el que haya pasado años enteros en la zona de las palmeras, conservará toda su vida el dulce recuerdo de aquella pirámide de luz que ilumina una parte de las noches, siempre iguales, de los trópicos. De mí sé decir, que la he visto tan brillante como la via láctea en el Sagitario, no solamente sobre las cimas de los Andes, en las alturas de 3.000 ó 4.000 metros donde el aire es tan puro y tan raro, sino que tambien en las inmensas praderas (llanos) de Venezuela, y á orilla del mar bajo el cielo siempre sereno de Cumaná. Sin embargo, alguna vez proyéctase una pequeña nube sobre la luz zodiacal y contrasta de un modo pintoresco en el fondo luminoso del cielo, siendo entonces el fenómeno de gran belleza. Este juego atmosférico se halla apuntado en mi diario de viaje, desde Lima á la costa occidental de Méjico. «Hace tres ó cuatro noches (entre 10 y 14° de latitud septentrional) que apercibo la luz zodiacal con una magnificencia totalmente nueva para mí. Por el brillo de las estrellas y de las nebulosas, podria creerse que en esta parte del mar del Sud la transparencia de la atmósfera es extraordinaria. Desde el 14 al 19 de marzo, regularmente tres cuartos de hora despues de ponerse el sol, era imposible distinguir el menor rayo de la luz zodiacal, y sin embargo la oscuridad era completa. Una hora despues de la prueba, aparecía de repente con gran brillo, entre Aldebaran y las Pleyades; el 18 de marzo tenia 39°5' de altura. De una y otra parte, cerca del horizonte, estendíanse pequeñas nubes prolongadas sobre un fondo amarillo; mas arriba, otras nubes matizaban el azul del cielo con sus cambios de color, ofreciendo un aspecto semejante al de una segunda puesta de sol. La claridad de la noche aumentaba entonces por aquella parte de la bóveda celeste, hasta igualarse casi á la del primer cuarto de luna. A las diez, la luz zodiacal era muy débil, y á media noche apenas se divisaba una huella en aquella parte de la mar del Sud. El 16 de marzo, cuando brillaba con mayor intensidad, se vislumbraba hacia el Oriente una débil reverberacion.» En nuestros climas del Norte, en esas regiones brumosas que se llaman templadas, muy al contrario sucede: la luz zodiacal no es visible de una manera clara sino hácia el principio de la primavera, despues del crepúsculo de la tarde, y sobre el horizonte occidental; y hácia el fin del otoño en el Oriente, antes del crepúsculo matutino.

Apenas se comprende que un fenómeno tan notable no ha ya llamado la atencion de los físicos y astrónomos hasta mediados del siglo XVII, y que haya pasado desapercibido tambien á los árabes, que hicieron observaciones tantas en el antiguo Bactriana, en las márgenes del Eufrates y en el mediodia de España. Por lo demás, no es menos sorprendente el tardío descubrimiento de las dos nebulosas Andrómeda y Orion, que Simon Mario y Huygens fueron los primeros á describir. En la Britannia Baconica de Childrey (91) de 1661, es donde se encuentra la primera descripcion bien clara de la luz zodiacal, no habiéndose hecho la primera observacion sino dos ó tres años antes; pero indudablemente pertenece á Domingo Cassini la gloria de haber sometido el primero este fenómeno á un exámen profundo (en la primavera de 1683). En cuanto á la luz que se vió en Bolonia en 1668 y que percibia tambien por la misma época el célebre viajero Chardin (los astrólogos de la corte de Ispahan no la habian citado con anterioridad: llamábanla nycek, pequeña lanza), no era la luz zodiacal (92), sino la enorme cola de un cometa cuya cabeza estaba oculta bajo el horizonte, y que debia presentar una gran analogía de aspecto y de posicion con el largo cometa de 1843. Es imposible dejar de reconocer la luz zodiacal en el brillante resplandor que se vió en 1509, durante cuarenta noches consecutivas, subir como una pirámide por encima del horizonte oriental del llano mejicano. En un manuscrito de los antiguos Aztecas, perteneciente á la Biblioteca real de París (Codex Telleriano-Remensis) (93), es donde he visto mencionado este curioso fenómeno.

Así, pues, la luz zodiacal ha existido en todos los tiempos, aunque su descubrimiento en Europa no date mas que desde Childrey y Domingo Cassini. Háse querido atribuirla á una cierta atmósfera del Sol; pero esta esplicacion es inadmisible, porque segun las leyes de la mecánica, el aplanamiento de la atmósfera solar no puede esceder del de un esferoide, cuyos ejes estén en la relacion de 2 á 3, y por consiguiente sus capas estremas no pueden estenderse mas allá de los 9/20 del radio de la órbita de Mercurio. Las mismas leyes mecánicas fijan tambien los límites ecuatoriales de la atmósfera de un cuerpo celeste que gira sobre sí mismo, en el punto donde la gravedad se equilibra con la fuerza centrífuga; solamente allí el tiempo de la revolucion de un satélite sería igual al tiempo de la rotacion del astro central (94). Esta limitacion tan restringida de la atmósfera actual de nuestro Sol llega á ser mas sorprendente, cuando se la compara con la de las estrellas nebulosas. Herschell ha encontrado muchas cuyo diámetro aparente llega á 150"; y admitiendo para esos astros un paralaje inferior á 1", resulta que la distancia de la estrella central á las últimas capas de la nebulosidad, equivale á 150 radios de la órbita terrestre. Si pues una de esas estrellas nebulosas ocupara el lugar de nuestro sol, no solamente comprenderia su atmósfera la órbita de Urano, si no una distancia ocho veces mayor (95).

Asi, pues, la atmósfera solar está encerrada en límites mas estrechos que aquellos por que se estiende la luz zodiacal. Este fenómeno se esplica mejor suponiendo que existe entre la órbita de Venus y la de Marte, un anillo muy aplanado, formado de materias nebulosas, y que gira libremente en los espacios celestes (96). Quizás se halle este anillo en relacion con la materia cósmica que creemos esté mas condensada en las regiones próximas al Sol; ó acaso se aumente de contínuo con las nebulosidades abandonadas en el espacio por las colas de los cometas (97). Tan difícil es decidir algo sobre este punto, como consignar las verdaderas dimensiones del anillo, que varian indudablemente, puesto que parece algunas veces comprendido por entero en la órbita de la Tierra. Las partículas de las nebulosidades de que este anillo se compone, pueden ser luminosas por sí mismas, ó reflejar únicamente la luz del Sol. La primera suposicion no parece inadmisible, pues podria citarse en su apoyo la célebre niebla de 1783, que en plena noche, y en la época de novilunio, producía una luz fosfórica bastante intensa para iluminar los objetos y hacerlos claramente visibles aun á la distancia de 200 metros (98).

En las regiones tropicales de la América del Sur, han causado muy amenudo mi asombro las variaciones de intensidad que la luz zodiacal esperimenta. Como entonces pasaba yo durante meses enteros las noches al aire libre, ya á orillas de los rios, ó en las praderas (llanos), tuve frecuentes ocasiones de observar atentamente este fenómeno. Cuando la luz zodiacal habia llegado á su máximum de intensidad, se debilitaba notablemente algunos minutos para volver despues á tomar inmediatamente su primitivo estado. Nunca llegué á ver, como dice Mairan, ni coloracion roja, ni arco inferior oscuro, ni aun centelleo; pero si noté muchas veces que la pirámide luminosa estaba atravesada por una rápida ondulacion. ¿Habrán de creerse cambios reales en el anillo nebuloso? ¿O bien no será mas probable que en el momento mismo en que mis instrumentos metereológicos no me revelaban variacion alguna de temperatura ó de humedad en las regiones inferiores de la atmósfera, se operasen sin embargo en las capas elevadas, sin yo advertirlo, condensaciones capaces de modificar la trasparencia del aire, ó mas bien su poder reflectante? Observaciones de naturaleza muy diferente justificarian, en caso necesario, esta apelacion por causas meteorológicas que suponemos obrando allá en el límite de la atmósfera. Olbers, en efecto, ha señalado «los cambios de luz que se propagan en algunos segundos como pulsaciones de un punto á otro de la cola cometaria, y que tan pronto aumentan como disminuyen su estension en muchos grados; y como las diferentes partes de una cola de algunos millones de leguas deben estar muy desigualmente distantes de la tierra, resulta, por consiguiente, que la propagacion gradual de la luz no nos permitiria apercibir, en un tan corto intervalo de tiempo, los cambios reales que pudieran ocurrir en un astro de estension tan considerable (99)

Forzoso es convenir, sin embargo, en que estas observaciones en nada contradicen la realidad de las variaciones observadas en las colas de los cometas; ni tienen además por objeto negar que los cambios de resplandor tan frecuentes en la luz zodiacal puedan provenir, ya de un movimiento molecular en el interior del anillo nebuloso, ya de una súbita modificacion de su poder reflectante, sino que he querido solamente distinguir en estos fenómenos, la parte que pertenece á la sustancia cósmica propiamente dicha, de la que debe restituirse á nuestra atmósfera, intermedio obligado de todas nuestras percepciones luminosas. En cuanto á los fenómenos que pasan en el límite superior de la atmósfera, límite tan controvertido frecuentemente por otros motivos, ciertos hechos bien observados demuestran cuan difícil es darse en este punto cuenta satisfactoria. Por ejemplo: aquellas noches de 1831, tan maravillosamente claras en Italia y en el Norte de Alemania que podian leerse aun á media noche los caracteres mas finos, están en manifiesta contradiccion con todo lo que las mas nuevas y sábias investigaciones han podido enseñarnos acerca de la teoría de los crepúsculos y de la altura de la atmósfera (100). Los fenómenos luminosos dependen de condiciones poco conocidas, cuyas variaciones imprevistas nos sorprenden, ya se trate de la altura de los crepúsculos, ó ya de la luz zodiacal.

Hasta abora hemos considerado lo que pertenece á nuestro Sol, ó sea el mundo de las formaciones que dependen de su accion reguladora, es decir, los planetas, los satélites, los cometas de corto y largo período, los asteroides meteóricos aislados ó reunidos en anillo contínuo, y por último, el anillo nebuloso cuya posicion en los espacios planetarios autoriza á conservar el nombre de luz zodiacal, con que propiamente se le designa. Por todas partes reina la ley de la periodicidad en los movimientos, cualquiera que sea la velocidad ó la masa de los cuerpos celestes. Solo los asteroides que atraviesan nuestra atmósfera pueden ser detenidos en medio de sus revoluciones planetarias, pasando á formar parte de un gran planeta. En este inmenso sistema, en el que la fuerza de atraccion del cuerpo central determina los límites, se ven los cometas obligados á volver al punto de partida, aun desde una distancia igual á 44 radios de la órbita de Urano, y recorrer una órbita cerrada; no siendo menos maravilloso que hasta en aquellos cometas que por la escesiva tenuidad de su masa se nos aparecen bajo el aspecto de una nube cósmica, retenga sin embargo el núcleo, en virtud de su atraccion, las últimas partículas de una cola de muchos millones de leguas. Por donde se vé que las fuerzas centrales son á la vez las que constituyen y las que mantienen un sistema.

Aunque podemos considerar al Sol como inmóvil con relacion á los astros mayores ó menores, densos ó nebulosos, que verifican alrededor de él sus revoluciones periódicas, en realidad gira el mismo Sol en torno del centro de gravedad de todo el sistema, y este punto está situado ordinariamente en el interior del propio Sol, a pesar de los cambios que sobrevienen sin cesar en las posiciones respectivas de los planetas. Pero el movimiento progresivo que trasporta al Sol en el espacio, ó mejor dicho, el centro de gravedad del sistema solar, es de una naturaleza diferente; movimiento cuya velocidad es tal, que el cambio relativo del Sol y de la estrella 61 del Cisne, es, segun Bessel, de 619,000 miriámetros por dia (1). Nada sabríamos de este movimiento de traslacion del sistema solar, si la admirable exactitud de los instrumentos de medicion que posee actualmente la astronomía, y los progresos de sus métodos de observacion, no hubiesen llegado á hacer sensibles los pequeños cambios de posicion que al parecer afectan las estrellas, semejantes en esto á los objetos colocados sobre un rio, movible en apariencia. El movimiento peculiar de la estrella 61 del Cisne, es sin embargo bastante considerable para producir en setecientos años 1° entero de diferencia en su posicion relativa.

Apesar de las dificultades inherentes á la determinacion del movimiento propio de las estrellas (llámase asi el cambio que se origina en sus posiciones relativas), es, sin embargo, mas fácil medirle con exactitud que investigar su causa. Descartada la aberracion producida por la sucesiva propagacion de los rayos luminosos, y el pequeño paralaje que procede del movimiento de la Tierra alrededor del Sol, los cambios observados no nos dan aun el movimiento real de las estrellas sino combinado con los movimientos aparentes que han debido originarse de la traslacion general de todo el sistema solar. Mas los astrónomos han llegado á separar estos dos elementos, merced á la exactitud con que se conoce al presente la direccion del movimiento propio de ciertas estrellas, y á la ingeniosísima consideracion, debida á las leyes de la perspectiva, de que aun cuando las estrellas fuesen absolutamente inmóviles, deberian, no obstante aparentemente moverse separándose del punto hácia el cual dirige el Sol su carrera; y resulta en último análisis de estos trabajos, en que el cálculo de las probabilidades juega tan importante papel, que tanto las estrellas como el sistema solar están en movimiento á la vez en el espacio. Por investigaciones practicadas con arreglo á un plan mas vasto y mas perfecto que las de W. Herschell y Prevost, Argelander ha ha probado que el Sol se dirige actualmente hácia un punto situado en la constelacion de Hércules, á 257° 49' 1" de ascension recta y á 28" 49' 1" de declinacion boreal (equinoccio de 1792,5); resultado importante que se funda en la combinacion de los movimientos propios de 537 strellas(2). Fácilmente concíbese qué cúmulo de dificultades han debido presentarse en estas delicadas investigaciones, en que se trataba de distinguir los movimientos reales de los movimientos aparentes, y de formar la parte relativa al sistema solar.

Considerando los movimientos propios de las estrellas, despojados de todo efecto de perspectiva, hállanse muchas que siguen direcciones opuestas por grupos; mas los datos actuales de la ciencia no bastan para obligarnos á admitir que todas las porciones de nuestra zona estrellada, y todas las pertenecientes á las demás zonas de que está lleno el Universo, deben moverse alrededor de un gran cuerpo desconocido, brillante ú opaco. Indudablemente, semejante hipótesis satisface a la imaginacion, y á la incesante actividad del espíritu humano, siempre deseoso de desentrañar las últimas causas. El Estagirita habia dicho ya: «Todo lo que tiene movimiento supone un motor; el encadenamiento de las causas no tendria fin, si no existiese un primer motor inmóvil (3)

Pero el estudio de estos movimientos estelares no paralájicos, independientes del cambio de posicion del observador, ha abierto á la actividad humana ancho campo para que estienda libremente sus investigaciones, sin lanzarse á concepciones vagas en el mundo ilimitado de las analogías. Aludo á las estrellas dobles, cuyos movimientos lentos ó rápidos, se verifican en órbitas elípticas segun las leyes de la gravitacion, dándonos asi la prueba irrecusable de que estas leyes no son especiales de nuestro sistema solar, si no que reinan tambien hasta en las mas apartadas regiones de la Creacion: sólida y bella conquista de la Astronomía, que asimismo debemos á los recientes progresos de los métodos de observacion y de cálculo. El número de estos sistemas binarios ó múltiples cuyos astros componentes circulan alrededor de un centro de gravedad comun, es verdaderamente pasmoso (pasaba de 2,800 en 1837); pero lo que principalmente hace de este descubrimiento una de las mas brillantes conquistas científicas de nuestra época, es la estension que dá á nuestros conocimientos sobre las fuerzas esenciales del Universo; es la prueba que nos ha suministrado de la universalidad de la gravitacion. Los tiempos que emplean estas estrellas en trazar una revolucion entera, varian desde cuarenta y tres años, como en la estrella η de la Corona, hasta miles de años, como en la 66 de la Ballena, en la 38 de Géminis y en la 100 de Piscis. Desde los cálculos de Herschell hechos en 1782, el satélite mas próximo de la estrella principal en el sistema triple ζ de Cáncer, ha completado ya una revolucion y aun parte de otra. Combinando convenientemente las distancias y los ángulos (4) que determinaban en diferentes épocas las posiciones relativas de las estrellas que componen los sistemas dobles, se llega á calcular los elementos de sus órbitas reales, y aun á fijar provisionalmente sus distancias á la Tierra y la relacion de sus masas con la del Sol. Estos resultados conservarán largo tiempo un carácter hipotético, porque ignoramos si la fuerza de atraccion se regula invariablemente en aquellos sistemas, como en el nuestro, por la cantidad de las moléculas materiales; Bessel ha demostrado por qué aquella fuerza podria ser allí específica y no proporcional á las masas (5). La solucion definitiva de estos problemas, parece, pues, reservada á un porvenir muy lejano aun de nosotros.

Comparando el Sol con los astros que componen nuestra capa lenticular de estrellas, es decir, á otros soles que brillan por sí mismos con luz propia, se reconoce la posibilidad de determinar, respecto de algunos por lo menos, ciertos límites estremos entre los cuales deben hallarse comprendidas sus distancias, sus masas, sus magnitudes y su velocidad de traslacion en el espacio. Tomemos por unidad de medida el radio de la órbita de Urano, que equivale á diez y nueve radios de la órbita terrestre, y hallaremos que la distancia de α del Centauro, al centro de nuestro sistema planetario, contiene 11,900 de aquellas unidades; la de la estrella 61 del Cisne cerca de 31,300 y la de α de la Lira 41,600. La comparacion del volúmen de las estrellas de primera magnitud con el del Sol, depende de su diámetro aparente; elemento óptico cuya determinacion presentará siempre una gran incertidumbre. Admitiendo con Herschell que el diámetro aparente de Arturo no escede de un décimo de segundo, resultará que su diámetro real es once veces mayor que el diámetro del Sol (6). Una vez que la distancia de la estrella 61 del Cisne es conocida, merced á los trabajos de Bessel, es posible determinar aproximadamente la masa de esta estrella doble. Bien es verdad, que no basta la porcion de la órbita que el satélite ha recorrido desde las observaciones de Bradley, para fijar con gran precision los elementos de su órbita real, y particularmente el eje máximo; sin embargo, el célebre astrónomo de Kœnigsberg (7) cree poder afirmar que «la masa de esta estrella doble no difiere en mucho de la mitad de la del Sol.» Este es un resultado de medidas efectivas; que por lo tocante á analogías fundadas en la masa que predomina en los planetas provistos de satélites, y en la observacion hecha por Struve de que hay entre las estrellas brillantes seis veces mas sistemas binarios que entre las estrellas telescópicas, han creido otros astrónomos poder atribuir á la mayor parte de las estrellas dobles, una masa media superior á la del Sol (8). Mucho tiempo ha de pasar todavía antes de obtener en este punto resultados generales. Añadamos por último, que Argelander coloca al Sol en el rango de las estrellas cuyo movimiento propio es considerable.

Causas numerosas que obran incesantemente produciendo variaciones en la posicion relativa de las estrellas y de las nebulosas, en el resplandor las de diferentes regiones del cielo, y en la apariencia general de las constelaciones, pueden despues de miles de años imprimir un carácter nuevo al aspecto grandioso y pintoresco de la bóveda estrellada. Estas causas son: los movimientos propios de las estrellas; el de traslacion que lleva en el espacio todo nuestro sistema solar; la súbita aparicion de nuevas estrellas; la debilitacion y aun la estincion de algunas de las antiguas; y finalmente, y mas que todo, los cambios que esperimenta la direccion del eje terrestre á consecuencia de la accion combinada del Sol y de la Luna. Dia llegará en que las brillantes constelaciones de Centauro y de la Cruz del Sud, serán visibles para nuestras latitudes boreales, en tanto que otras estrellas (Sirio y el Tahalí de Orion) dejarán de aparecer sobre el horizonte. Las estrellas β y α de Cefeo y la δ del Cisne servirán sucesivamente para reconocer en el cielo la posicion del polo norte; y al cabo de doce mil años, la estrella polar será Vega de la Lira, la mas magnífica de todas cuantas pudieran desempeñar este papel.

Semejantes consideraciones hacen sensible en algun modo la magnitud de aquellos movimientos que proceden con lentitud, pero sin interrumpirse nunca; y cuyos vastos periodos forman como un reloj eterno del Universo. Supongamos por un momento que se realizan los sueños de nuestra imaginacion: que nuestra vista escediendo los límites de la vision telescópica, adquiere una potencia sobrenatural; que nuestras sensaciones duraderas nos permiten comprender los mayores intervalos de tiempo; en tal supuesto al punto desaparece la inmovilidad que reina en la bóveda celeste: innumerables estrellas son arrastradas como torbellinos de polvo en direcciones opuestas; las nebulosas errantes se condensan ó se disuelven; la vía láctea se divide en pedazos como un inmenso cinturon que se desgarra en girones; por todas partes reina el movimiento en los espacios celestes, como reina sobre la tierra en cada punto de ese rico tapiz de vegetales, en vos retoños, hojas y flores presentan el espectáculo de un perpétuo desarrollo. El célebre naturalista español Cavanilles fué el primero que tuvo la idea de ver «crecer la verba,» dirigiendo un fuerte anteojo provisto de un hilo micrométrico horizontal, ya sobre el tronco de un aloe americano (Agave americana), cuyo crecimiento es tan rápido, ya sobre la copa de un boton de bambú, de igual manera que lo hacen los astrónomos cuando miran por la cuadrícula de sus telescopios una estrella culminante. En la naturaleza física, para los astros como para los séres organizados, el movimiento parece ser una condicion esencial de la produccion, de la conservacion y del desarrollo.

El fraccionamiento de la vía láctea, que acabo de mencionar, merece especial atencion. Midiendo el cielo con la ayuda de estos poderosos telescopios, William Herschell, á quien es preciso tomar siempre por guia en esta parte de la historia de los cielos, halló que la latitud real de la via láctea escede en 6 ó 7° á su latitud aparente, á la que se distingue con la simple vista y se halla figurada en los mapas celestes (9). Los dos nodos brillantes en que se reúnen sus dos ramas, uno de los cuales está situado hácia Cefeo y Casiopea, y el otro hácia el Escorpion y Sagitario, parecen ejercer sobre las estrellas inmediatas una atraccion poderosa. Entre la β y γ del Cisne se vé una region resplandeciente como de 5.° de ancha. Este conjunto de estrellas contiene á lo menos 330000, de las que una mitad parece dirigida en un sentido completamente opuesto á la de la otra mitad; por donde Herschell supone una tendencia á la ruptura en esta parte de la capa estelar (10). Calcúlase en 18 millones el número de estrellas que permite distinguir el telescopio en la via láctea. Para formarse idea de la magnitud de este número, ó mas bien, para buscar un término de comparacion, basta recordar que no divisamos á simple vista en toda la superficie del cielo, mas que 8000 estrellas; que tal es, en efecto, el número de las comprendidas entre la primera y sesta magnitud. Por lo demás, los dos estremos de la estension, es decir, los cuerpos celestes y los animalillos microscópicos, concurren ambos á producir esa impresion de asombro que escitan en nosotros los grandes números, sentimiento estéril cuando se les presenta aislados, sin relacion con el plan general de la naturaleza ó con la inteligencia humana: una pulgada cúbica de trípol de Bilin, contiene en efecto, segun Erhemberg, 40.000 millones de conchas silíceas de galionelas.

Segun hace notar Argelander, las estrellas brillantes son mas numerosas en la region de la via láctea que en cualquiera otra parte del cielo; pero además de esta via láctea, compuesta de estrellas, hay otra via láctea de nebulosas que encuentra á la primera casi en ángulo recto. De las observaciones de Sir John Herschell, se desprende que la primera forma un anillo análogo al de Saturno, una especie de cinturon aislado por todas partes y colocado á alguna distancia de nuestra capa lenticular de estrellas. Nuestro sistema planetario está situado en el interior de este anillo, pero escéntricamente, mas cerca de la region donde se halla la Cruz del Sud que de la region opuesta de Casiopea (11). Una nebulosa que Messier descubrió en 1774, pero que no pudo observarse sino imperfectamente, reproduce al parecer con asombrosa exactitud todos los rasgos del conjunto que acabamos de bosquejar, pues, se encuentra allí el grupo interior y el anillo formado por las diversas partes de la via láctea (12). Respecto de la via láctea compuesta de nebulosas, créese que no pertenece á nuestra zona estelar, sino que la rodea únicamente á una enorme distancia bajo la forma de un gran círculo, casi perfecto, que atraviesa las nebulosas de Virgo tan numerosas hácia el ala septentrional, la cabellera de Berenice, la Osa mayor, el cinturon de Andrómeda y los Piscis boreales. Probablemente esta via láctea se cruza con la otra formada de estrellas hácia la region de Casiopea, reuniendo asi sus polos situados en la direccion en que es menos espesa nuestra capa estelar; polos destruidos indudablemente por las fuerzas que condensaron las estrellas en grupos (13).

Segun estas consideraciones deberíamos representarnos en el espacio: primero, nuestro grupo de estrellas, donde se encuentran indicios de un cambio progresivo de formas, y aun de una dislocacion, determinada, indudablemente, por la atraccion de los centros secundarios; despues, dos anillos de los cuales, uno, colocado á muy grande distancia se compone esclusivamente de nebulosas, y el otro mas aproximado á la Tierra, está formado enteramente de estrellas desprovistas de nebulosidades, (es el que llamamos via láctea). Estas estrellas parecen por término medio, de décima ó undécima magnitud (14); pero tomadas separadamente, difieren mucho entre sí; mientras que, por el contrario, las que componen los grupos aislados ofrecen casi siempre una perfecta uniformidad de magnitud y de brillo.

Por cualquier punto que se haya estudiado la bóveda celeste con auxilio de telescopios, bastante graduados para penetrar en el espacio, hánse visto estrellas siquiera no hayan sido mas que de vigésima ó vigésima cuarta magnitud; ó bien nebulosas, en las cuales, instrumentos mas poderosos, nos harian distinguir, sin duda, algunas estrellas aun mas pequeñas. En efecto, los rayos luminosos que recibe la retina en estos diversos géneros de observacion, proceden, ya de puntos aislados, ya de puntos estremadamente cercanos; siendo en este último caso la visibilidad mayor que en el primero, como lo ha demostrado recientemente Arago (15). La nebulosidad cósmica universalmente esparcida en el espacio, modifica verosímilmente su transparencia, y deberia por lo tanto disminuir la intensidad de aquella luz homogénea que, deberia existir en toda la bóveda celeste, segun Halley y Olbers, si cada uno de sus puntos fuese la base de una série infinita de estrellas dispuestas en el sentido de la profundidad (16). Pero estas ideas no están conformes con lo que nos enseña la observacion; muéstranos esta, regiones enteras desprovistas de estrellas, aberturas en el cielo, como decia Herschell; existe una en Escorpion, de 4° de latitud, y otra en el Serpentario; cerca de estas dos aberturas y hácia sus bordes, se encuentran nebulosas resolubles. La que se nota al borde occidental de la abertura de Escorpion es uno de los mas ricos grupos de pequeñas estrellas que pueden hallarse en el cielo. Herschell esplica por la atraccion de estos grupos la ausencia de estrellas en las regiones vacías (17). «Hay, dice, en nuestra zona estelar regiones que el tiempo ha destruido.» Si queremos representarnos las estrellas telescópicas escalonadas en el espacio, como formando un tapiz que cubre toda la bóveda aparente del cielo, entonces, las regiones vacías de Escorpion y Serpentario, serian otras tantas aberturas por donde penetra nuestra vista hasta en las mas hondas profundidades del universo. Allá donde las capas del tapiz están interrumpidas, habrá quizás otras estrellas que nuestros instrumentos no alcanzan á divisar. La aparicion de los metéoros igneos, indujo tambien á los antiguos á suponer que existen hendiduras ó brechas (chasmata) en la bóveda celeste; pero las consideraban únicamente como pasajeras, creyendo además que estas hendiduras eran brillantes y no oscuras, á causa del éter luminoso que debia segun ellos distinguirse, por aberturas accidentales (18). Derham y el mismo Huygens, no estuvieron muy lejos de esplicar de esta manera la tranquila luz de las nebulosas (19).

Cuando comparamos las estrellas de primera magnitud con las estrellas telescópicas, que están ciertamente, por término medio, mucho mas apartadas de nosotros; cuando comparamos los grupos nebulosos con las nebulosidades irreductibles, como la de Andrómeda por ejemplo, ó bien con las nebulosas planetarias, nuestras concepciones acerca de esos mundos situados á distancias tan diferentes y como perdidos en la inmensidad, esperimentan el dominio de un hecho que modifica, segun ciertas leyes, todos los fenómenos y todas las apariencias celestes: el hecho de la propagacion sucesiva de los rayos luminosos. Segun las últimas investigaciones de Struve, es de 30,808 miriámetros por segundo la velocidad de la luz: un millon de veces próximamente mayor que la del sonido. Con arreglo á lo que los trabajos de Maclear, de Bessel y de Struve nos han enseñado acerca de las paralajes y las distancias absolutas de tres estrellas muy desiguales en brillo, α del Centauro, 61 del Cisne y α de la Lira, un rayo luminoso, á partir de cada una de ellas emplearía respectivamente tres, nueve y un cuarto, y doce años para llegar de aquellos astros hasta nosotros. Ahora bien: en el corto pero memorable periodo de 1572 á 1604, es decir desde Cornelio Gemma y Tycho hasta Képlero, aparecieron sucesivamente tres estrellas nuevas, una en la Casiopea, otra en el Cisne y la tercera en el pie del Serpentario. El mismo fenómeno se reprodujo en 1670, en la constelacion de la Vulpeja, pero con intermitencia; y en estos últimos tiempos Sir John Herschell ha reconocido durante su permanencia en el Cabo de Buena-Esperanza, que el brillo de la estrella η del Navio se habia aumentado gradualmente desde la segunda hasta la primera magnitud (20). Todos estos hechos pertenecen en realidad á épocas anteriores á aquellas en que los fenómenos de luz los anunciaron á los habitantes de la tierra; llegan pues á nosotros como por la tradicion. Háse dicho con verdad, que, merced á nuestros poderosos telescopios, nos ha sido dable penetrar á la vez en el espacio y en el tiempo. Medimos efectivamente el uno por el otro; y una hora de camino equivale para la luz á 110.000.000 de miriámetros que recorrer. Mientras que en la Teogonia de Hesiodo las dimensiones del Universo están espresadas por la caida de los cuerpos («el yunque de acero no cayó del cielo á la tierra mas que 9 dias y 9 noches»), Herschell estimaba que la luz emitida por las últimas nebulosas, visibles aun con su telescopio de cuarenta pies, debia emplear cerca de dos millones de años para llegar hasta nosotros (21). Así pues, ¡cuántos fenómenos habrán desaparecido mucho antes de ser percibidos por nuestros ojos! y ¡cuántos cambios que no vemos aun se habrán verificado ya de muy antiguo! Los fenómenos celestes no son simultáneos sino en apariencia; y aunque se disminuya tanto como se quiera la distancia á que se hallan de nosotros las débiles manchas de nebulosa, ó los grupos estrellados; aunque se reduzcan los miles de años que miden sus distancias, no por ello dejará de ser la luz que emitieron y que llega á nosotros hoy, en virtud de las leyes de la propagacion, el testimonio mas antiguo de la existencia de la materia. De esta manera es como la ciencia lleva al espíritu humano desde las premisas mas simples á las mas altas concepciones, y abre esos campos fecundados de luz «donde infinitos mundos germinan como la yerba de una noche (22)


NOTAS

^(31)  Pág. 71.—Las consideraciones relativas á la diferencia que existe bajo el concepto de la claridad, entre un punto luminoso y un disco de diámetro angular apreciable, han sido desarrolladas por Arago en el Analyse des travaux de sir William Herschell. (Annuaire du Bureau des longitudes, 1842, p. 410-412 y 441.)

^(32)  Pág. 72.—«Las dos nubes Magallánicas, Nubecula major et minor, son objetos muy notables. La mayor se compone de conjuntos estelares irregulares, conjuntos esféricos y estrellas nebulosas mas ó menos grandes, mezcladas con nebulosidades irreductibles. Segun lo mas verosímil, estas últimas no son sino un polvo estelar (star-dust): pero aun el telescopio de 20 piés es impotente para resolverlas en estrellas. Producen una claridad general cuyo campo de vision está iluminado y los otros objetos se encuentran diseminados sobre este fondo brillante. Ninguna otra region del cielo encierra tantas nebulosas y conjuntos de estrellas en el mismo espacio. La Nubecula minor es mucho menos bella; presenta mas nebulosidades irreductibles, y los conjuntos estelares son á la vez menos numerosos y menos brillantes." (Estrado de una carta de sir Jhon Herschell, fechada en Feldhuysen, Cabo de Buena Esperanza, 13 de junio de 1886).

^(33)  Pág. 73.—Esta bella espresion χὸρτος οὑραναῦ tomada por Hesychius de un poeta desconocido, hubiera podido ser citada ya al tratar de los Campos celestes (Himmels-Garten, literalmente: jardines del cielo), si la palabra χὸρτος no hubiera sido empleada comunmente para designar de una manera general el espacio comprendido en un recinto. Por lo demás, no puede desconocerse la afinidad de esta palabra con el Garten de los alemanes (en lengua gótica gards, la cual se deriva, segun Jacobo Grimm, de gairdan, cingere), ó con el grad, gorod de los Eslavos, con el khart de los Osetas, y segun Pott, (Etymolog. Vorschungen, primera parte, p. 144) con el chors de los Latinos (de donde corte, corte ó corral). Citemos tambien el gard, gârd de las lengas del Norte (un cerramiento, y por consiguiente un cercado, una residencia), y las palabras persas gerd, gird, recinto, círculo, despues residencia régia, castillo ó ciudad, como se ve en los antiguos nombres de lugares que se encuentran en el Schahnameh de Firdusi: Siyawakchgird, Darabgird, etc.

^(34)  Pág. 76.—El error probable de la paralaje de 22 del Centauro, determinada por Maclear, es de 0", 064. (Résultats de 1839 et de 1840). Véanse las Transact. of the Astron. Soc. t. XII, p. 370. Para la paralaje de la 61ª del Cisne, véase Bessel, en el Annuaire de Schumacher, 1839, p. 47-49: error medio 0", 014. Respecto á la idea que debemos formarnos de la figura real de la via láctea, encuentro en Keplero este notable trozo (Epitome Astronomiæ Copernicanæ, 1618, t. I, l. I, p. 34-39): «Sol hic noster nil aliud est quam una ex fixis, nobis major et clarior visa, quia propior quam fixa. Pone Terram stare ad latus, uno semidiametro viæ lactæ, tunc hæc via lactea apparebit circulus parvus, vel ellipsis parva, tota declinans ad latus alterum; eritque simul uno intituitu conspicua, quæ nunc non potest nisi dimidia conspici quovis momento. Itaque fixarum sphæra non tantum orbe stellarum, sed etiam circulo lactis versus non deorsum est terminata.»

^(33)  Pág. 79, «Si en las zonas abandonadas por la atmósfera del sol, se han encontrado moléculas demasiado volátiles para unirse entre sí ó á los planetas, deben, continuando su circulacion alrededor de este astro, ofrecer todas las apariencias de la luz zodiacal, sin oponer resistencia sensible á los diversos cuerpos del sistema planetario, bien por causa de su estremada rareza, bien porque su movimiento es casi el mismo que el de los planetas que encuentran.» Laplace, Exposition du Systéme du Monde, (quinta edicion), p. 410.

^(36)  Pág. 79.—Laplace, obra citada, p. 396 y 414.

^(37)  Pág. 79.—Littrow, Astronomie, 1823, t. II, p. 107; Mædler, Astron., 1841, p. 212; Laplace, obra citada, p. 210.

^(38)  Pag. 81.—Véase Keplero, sobre la densidad decreciente y el volúmen creciente de los planetas á medida que aumenta su distancia al Sol: considera el astro central (el sol) como el mas denso de todos. Véase su Epitome Astron. Copern. in VII libros digesta, 1618-1622, p. 420. Del mismo modo que Keplero y Otto de Guericke, pensaba Leibnitz que los volúmenes de los planetas crecen en razon de su distancia al Sol. Puede leerse su carta al burgomaestre de Magdeburgo (Maguncia, 1571), en la coleccion de Escritos alemanes de Leibnitz, editada por Guhrauer, primera parte, p. 264.

^(39)  Pág. 81.—Para la comparacion de las masas, véase Encke, en las Astronom. Nachrichten de Schumacher, 1843, n.° 488, p. 114

^(40)  Pag. 84.— Admitiendo con Burckhardt, 0.2725 para diámetro de la Luna y 1/49'09 para su volúmen, se encuentra 0,5596, ó próximamente 5/9 para su densidad. Véase tambien G. Beer y H. Mædler, der Mond, p. 2 y 10: y la Astronomie de Mædler, p, 157. Segun Hansen, el volúmen por unidad de nuestro satélite es proximamente 1/54 (1/49'6 segun Mædler), y su masa 1/87'75' tomados el volúmen y la masa de la Tierra respectivamente por unidad. Para el tercer satélite de Júpiter, el mayor de todos, las relaciones con el planeta central son: 1/15370 el volúmen, y 1/11300 la masa. Respecto al achatamiento de Urano, véanse las Atron. Nachrichten de Schumacher, 1844, n.° 493.

^(41)  Pág. 87.— Véanse Beer y Mædler, obra citada, § 183, p. 208, y § 347, p. 332, y de los mismos autores la Physische Kenntniss der himmlischen Körper, p. 4 y 69, tabla I.

^(42)  Pág. 89.—Los cuatro cometas mas antiguos, cuyas órbitas se han podido calcular, fueron observados por los chinos, y son: el 1.° el del año 240 (en tiempo de Gordiano III); el 2.° el de 539 (en tiempo de Justiniano); el 3.° el de 565, y el 4.° el de 837. Segun Duséjour, este último permaneció durante 24 horas, á menos de 400,000 miriámetros de la Tierra. Su aparicion aterró de tal modo á Luis el Piadoso, que este príncipe creyó deber fundar muchos conventos á fin de conjurar el peligro. Durante este tiempo, los astrónomos chinos observaban de una manera verdaderamente científica, la trayectoria aparente del nuevo astro, midieron su cola, cuya longitud era de 60°, y describieron sus variaciones; pues era unas veces sencilla y otras múltiple. El primer cometa cuya órbita ha sido calculada por solo las observaciones europeas, fue el de 1456, una de las apariciones del cometa de Halley; durante mucho tiempo se creyó equivocadamente que esta era la primera aparicion bien cierta de este famoso cometa. Véase Arago, en e Annuaire de 1836, p. 204 y ademas la nota (56) de las aquí coleccionadas.

^(43)  Pág. 90.—Arago, en el Annuaire de 1832, p. 209-211. El cometa de 1402 fue visible en pleno sol, como el de 1843. Este último fue observado en los Estados-Unidos el 28 de febrero, entre una y tres de la tarde, por J. G. Clarke (en Portland, Estado del Maine). Se pudo medir con gran precision la distancia del núcleo al borde del Sol. Este núcleo debía ser muy denso; el cometa tenia la apariencia de una nube blanca de contornos muy destacados: únicamente presentaba un espacio oscuro entre el núclo y la cola. (Amer. Journ. of Science. t. XLV, n.° 1, p. 229; Astron. Nachrichten de Schumacher 1843, n.°491, p. 175).

^(44)  Pág. 90.—Philos. Transact. for 1808, 2.ª parte, p. 155; for 1812, 1.ª parte, p. 118. Los diámetros de los núcleos, medidos por Herschell, fueron de 538 y de 428 millas inglesas. Para las dimensiones de los cometas de 1798 y 1805, véase Arago en el Annuaire de 1832, p. 203.

^(45)  Pág. 92.—Arago, des Changements physiques de la cométe de Halley, du 15 au 23 octobre 1835, en el Annuaire de 1836, p. 218-221. La direccion que afectan ordinariamente las colas de los cometas era ya conocida en tiempo de Neron, Comæ radios solis effugiunt, dice Séneca, Nat. Quæst., libro VII, c. 20.

^(46)  Pág. 92.—Véase Bessel, en las Astron. Nachrichten de Schumacher, 1836, núm. 300-302, p. 188, 192, 197, 200, 202 y 230, y en el Jahrbuch del mismo, 1837, p. 149-168. W. Herschell creyó encontrar en el magnífico cometa de 1811, indicios de un movimiento de rotacion en el núcleo y la cola. (Phil. Transact. for 1812, 1.ª parte, p. 140); la misma observacion hizo Dunlop en Paramatta, con respecto al tercer cometa de 1825.

^(47)  Pág. 93.—Bessel, en las Astron. Nachrichten de Schumacher, 1836, número 303, p. 231; Schum. Jahrbuch, 1837, p. 175. Véase tambien Lehmann, sobre las colas de los cometas, en Bode's Astron. Jahrb. für. 1826, p. 168.

^(48)  Pág. 93.—Aristóteles, Meteor. l. I, c. 8, 11-15 y 19-21 (ed. Ideler, t. I, p. 32-34), Biese, Philos. des Aristóteles, t. II, p. 86, Cuando se reflexiona en la influencia que ejerció Aristóteles durante toda la edad media, no puede menos de deplorarse la hostilidad de este grande hombre contra las brillantes ideas de los antiguos pitagóricos sobre la estructura del Universo. En el mismo libro en que recuerda Aristóteles que la escuela de Pitágoras consideraba á los cometas como otros tantos planetas de largo periodo, declara él que los cometas son simples meteoros pasajeros, que nacen y se disipan en nuestra atmósfera. De la escuela de Pitágoras, estas ideas, cuyo origen se remonta á los Caldeos segun Apolonio de Mynda, llegaron á los Romanos que se limitaron á reproducirlas, como hacian con todo. Apolonio, al describir las órbitas de los cometas dice, que penetran profundamente en las regiones superiores del cielo; sobre esto, Séneca se espresa como sigue (Natur. Quæst. l. VII. c. 17); «Cometes non est species falsa, sed proprium sidus, sicut Solis et Lunæ: altiora mundi secat et tune demum apparet quum in imum cursum sui venit.» Añade (l. VII, c. 27): «Cometas æternos esse et sortis ejusdem cujus cœtera (sidera), etiamsi faciem illis non habent similem. Plinio (II, 25) hace igualmente alusion alas ideas de Apolonio de Mynda cuando dice: «Sunt qui et hæc sidera perpetua esse credant suoque ambitu ire, sed non nisi relicta á Sole cerni.»

^(49)  Pág. 93.— Olbers, en las Astron. Nachrichten. 1828, p. 157 y 184. Arago, de la Constitution physique des Cométes, Annuaire de 1832, p. 203-208. Ya los antiguos habian notado que penetra nuestra vista al través de los cometas lo mismo que al través de una llama. La observacion mas antigua de estrellas que han permanecido visibles, á pesar de la interposicion de un cometa, se remonta á Demócrito (Aristóteles, Meteor., l. I, c. 6). Este hecho ha dado ocasion a Aristóteles para referir que él mismo habia observado la ocultacion de una estrella de Geminis, á causa de la interposicion de Júpiter. Séneca ha dicho: «Se ven las estrellas al través de un cométa lo mismo que al través de una nube.» (Nat. Quæst. l. VII, c. 18); en realidad, estas palabras no deben referirse al cuerpo del cometa, sino solamente á su cola, pues el mismo Séneca añade (l. VII, c. 26): «Non in eaparte qua sidus ipsum est spissi et solidi ignis, sed qua rarus splendor occurrit et in crines dispergitur. Per intervalla ignium non per ipsos vides.» Esta última restricion es supérflua; toda vez que puede verse á través de una llama cuyo espesor no sea muy considerable. Galileo no lo ignoraba y acerca de este particular hizo investigaciones las cuales cita en el Saggiatore (Lettera á Monsignor Cesarini, 1619.)

^(50)  Pág. 93.—Bessel, en las Astron. Nachrichten, 1836, n.° 301, p. 204-206. Struve, en el Recueil des Mém. de l'Acad. de Saint-Pétersbourg, 1836. p. 140-143, y en las Astron. Nachrichten, 1836, n.° 303, p. 238. «En Dorpat, la estrella que se hallaba en conjuncion con el cometa, distaba solo 2", 2 del punto mas brillante del núcleo. La estrella no dejó de ser visible; su luz no pareció debilitarse siquiera, en tanto que el núcleo del cometa fué como eclipsado por el brillo mas intenso de la estrella que sin embargo no era mas que de 9.ª ó 10.ª, magnitud.»

^(51)  Pág. 94.—Las primeras investigaciones en que Arago hizo uso de los fenómenos de la polarizacion para analizar la luz de los cometas, llevan la fecha del 3 de julio de 1819, la noche misma que aparecía de repente el gran cometa. Yo estaba entonces en el Observatorio, y pude convencerme, como Mathicu y como el difunto Bouvard, de que las dos imágenes luminosas obtenidas por medio del anteojo prismático, tenian un brillo desigual, cuando el instrumento recibia la luz del cometa, al paso que cuando mirábamos á la Cabra, cerca de la cual se encontraba el cometa aquella noche, las dos imágenes brillaban con la misma intensidad. En la época del retorno del cometa de Halley, en 1835, el aparato modificado indicaba la presencia de la luz polarizada, por el contraste de dos imágenes de colores complementarios (rojo y verde, por ejemplo); nueva aplicacion de la polarizacion cromática, cuyo descubrimiento es debido á Arago. Véanse, Annales de Chimie, t. XIII, p. 108, y el Annuaire, de 1832, p. 216. «Del conjunto de estas observaciones, dice Arago, debe deducirse que la luz del cometa no estaba compuesta en su totalidad de rayos dotados de las propiedades de la luz directa, propia ó asimilada; en él se encontraba luz reflejada especialmente y prolongada, esto es, luz proveniente del sol. De este método no puede asentarse de una manera absoluta que los cometas no tengan luz propia. En efecto, hechos luminosos por sí propios, los cuerpos no pierden por esto, la facultad de reflejar luces estrañas á ellos.»

^(52)  Pág. 93.—Arago, en el Annuaire de 1832, p. 217-220; Sir John Herschell, Astronomie, § 488.

^(53)  Pág. 96.—Encke, en las Astron. Nachrichten, 1843, n.° 489, p. 130-132.

^(54)  Pág. 97.—Laplace, Expos. du Systéme du Monde, p. 216 y 237.

^(55)  Pág. 97.—Littrow, Beschreibende Astronomie, 1835, p. 274. Acerca del cometa de corto período descubierto recientemente por Faye en el Observatorio de París, cuya escentricidad es 0,551, su distancia perihelia 1,690 y la afelia 5,832, véanse las Astron. Nachrichten de Schumachcr 1844, n.° 495. (Acerca de la identidad presunta del cometa de 1766 con el tercer cometa de 1818, véase la obra citada, 1833, n.° 239; y sobre la identidad del cometa de 1743 con el cuarto cometa de 1819. el n.° 237).

^(56)  Pág. 99.—Laugier, en los Comptes rendus des Séances de l'Academie, 1843, t. XVI, p. 1006.

^(57)  Pág. 101.—Fries, Vorlesungen ueber die Sternkunde, 1833, p. 262-267. Se encuentra en Seneca (Nat. Quæst, l. VII, c. 17 y 21) una prueba bastante mal elegida de la innocuidad de los cometas; habla el filósofo del cometa «quem nos Neronis principatu lœetissimo vidimus et qui cometis detraxit infamiam. "

^(58)  Pág. 103.— En Popayan (latitud boreal 2°26', altura sobre el nivel del mar, 1793 m.) En 1788, uno de mis amigos, persona muy instruida, vió en pleno dia un bólide tan brillante, que iluminó por completo toda su habitacion, á pesar de la luz solar cuyo resplandor no estaba debilitado por nube alguna. En el instante de su aparicion, el observador se hallaba de espaldas á la ventana; y cuando se volvió, una gran parte de la trayectoria recorrida por el bólide, brillaba aun con mucha intensidad. En lugar de la repugnante espresion de Sternschnuppe (literalmente pavesas de estrellas) preferiria otras espresiones de alemán no menos castizo como Sternschuss ó Sternfall (en sueco Stjernfall; Star-shoot en inglés y Stella Candente en italiano), si no me lo hubiera impedido la obligacion que me he impuesto de evitar escrupulosamente en mis escritos, las palabras inusitadas, cuando se trata de cosas conocidas generalmente y bien determinadas en el lenguaje ordinario. El vulgo en su física grosera cree que las luces celestes necesitan ser despabiladas como si fueran candiles. Sin embargo, he oido otros nombres menos agradables aun en los bosques próximos al Orinoco y en las solitarias orillas del Casiquiare; los indígenas de la mision de Yasiva (Relat. hist. du Voyage aux régions équinoxiales, t. II, p. 513), llaman á las estrellas errantes, orina de las estrellas, y al rocio que se deposita en perlas sobre las preciosas hojas de la heliconia, saliva de estrellas. El popular mito de los lituanos acerca del orígen y significacion de las estrellas errantes, indica mas elegancia y nobleza en esa facultad de la imaginacion que da á todo una forma simbólica: «Cuando nace una criatura, Werpeja tuerce para él el hilo de su destino; cada uno de estos hilos se termina en una estrella. En el instante de la muerte, el hilo se rompe y la estrella cae, palidece y se apaga.» Estas palabras están estractadas del libro de Jacobo Grimm, Deutsche Mithologie, 1843, p. 685.

^(59)  Pág. 103.—Segun la relacion de Denison Olmsted, profesor del colegio de Yale en New-Havre (Connecticut). Véanse los Annalen der Physik de Poggendorff, t. XXX, p. 194. «Keplero, dicen, ha desterrado de la astronomía los bólides y las estrellas errantes. Segun él, estos meteoros son engendrados por las exhalaciones terrestres y van en seguida á perderse en las altas regiones etéreas.» Sin embargo, acerca de esto se ha esplicado con suma reserva. «Stellæ candentes, dice, sunt materia viscida inflammata. Earum aliquæ inter cadendum absumuntur, aliquæ vere in terram cadunt, pondere suo tractæ. Nec est dissimile vero quasdam conglobatas esse ex materia fœculenta, in ipsam aurara ætheream iminixta: exque ætheris regione, tractu rectilineo, per aerem trajicere, ceu minutos cometas, occulta causa motus utrorumque.» Keplero, Epit. Astron. Copernicanæ, t. I, p. 80.

^(60)  Pág. 103.—Relation historique, t. I, p. 80, 213 y 527. Si se distingue en las estrellas errantes como en los cometas la cabeza ó el núcleo y la cola, se puede juzgar por la longitud y el brillo de la cola, ó del rastro luminoso, del grado de transparencia de la atmósfera, y dar cuenta de la superioridad de las regiones tropicales á este respecto. En ellas la impresion producida por el espectáculo de las estrellas errantes es mas viva, sin que por esto el fenómeno necesite ser mas frecuente; allí se ve mejor y dura mas tiempo. Por lo demás, la influencia de la atmósfera sobre la visibilidad de estas apariciones, se hace sentir, aun en las zonas templadas, por las grandes diferencias que se observan en apostaderos poco distantes. Así Wartmann dice que el número de los meteoros que han podido contarse durante una aparicion de noviembre, en dos lugares próximos, en Ginebra y en Planchettes, estaban en la relacion de 1 á 17 (Wartmann, Mem. sur les étoiles filantes, p. 17). Brandes ha hecho una serie de numerosas observaciones muy exactas acerca de las colas de las estrellas errantes. Este fenómeno no podria esplicarse por la persistencia de la impresion producida en la retina, visto que continúa á veces hasta un minuto despues que el núcleo de la estrella ha desaparecido. Generalmente el rastro luminoso aparece inmóvil (Gilbert's, Annalen, t. XIV, p. 231). Estos hechos establecen una gran analogía entre las estrellas errantes y los bólides. El almirante de Krusenstern, en su viaje alrededor del mundo, vió á un bólide dejar tras sí un rastro luminoso que brilló durante una hora, sin cambio sensible de lugar. (Voyage, primera parte, p. 58). Sir Alexander Burnes describe en brillantes términos la transparencia atmosférica de Bokhara (latitud 39°43'; altura sobre el nivel del mar, 390 m.: «There is also a constant serenity in its atmosphere, and an admirable clearness in the sky. At night, the stars have uncommon lustre, and the milky way shinhes gloriously in the firmament. There is also a neverceasing display of the most brilliant meteors, which dart like rockets in the sky: ten or twelve of them are sometimes seen in an hour, assuming every colour: fiery, red, blue, pale and faint. It is a noble conntry for astronomical science, and great must have been the avantage enjoyed by the famed observatory of Samarkand.» Burnes, Travels into Bokhara, t. II, 1834, p, 138. Si Burnes cree que las estrellas errantes son numerosas cuando pueden contarse 10 ó 12 por hora, no seria justo hacer de ello un motivo de censura para un viajero aislado: ha sido necesario recurrir en Europa á un sistema de observaciones regularmente continuado, antes de poder asegurar con Quetelel (Corresp. mathém. et phys., nov. 1837. p. 447), que aparecen, por término medio, ocho estrellas errantes por hora en el círculo que abraza una sola persona; y aun otro escelente observador, Olbers, reduce este número a cinco ó seis. (Annuaire de Schumacher, 1836, p. 325).

^(61)  Pág-. 105.—Sobre el polvo meteórico, véase Arago, en el Annuaire de 1832, p. 254. Hace muy poco he tratado en otra obra (Asie centrale, t. I, p. 408) de demostrar, cómo el mito escítico del oro sagrado, que cayó del cielo en plena incandescencia, y fue luego una propiedad de la Horda dorada de los Paralatas (Herod., l. IV c. 5-7), pudo tomar nacimiento en el confuso recuerdo de la caida de un aereolito. Los antiguos han hablado tambien de masas argentíferas lanzadas del cielo en tiempos del emperador Severo, y con las cuales se intentó platear algunas medallas de bronce (Dio Casio, l. LXXV, p. 1259); sin embargo, el hierro metálico habia sido ya reconocido como uno de los elementos de las piedras meteóricas (Plinio, l. II, c. 56). Respecto á la espresion tan repetida lapidibus pluit, sábese ya que no siempre se refiere á la caida de aereolitos. Así, en el libro XXV, c. 7. estas palabras designan rapillis, esto es, fragmentos de piedra pomez arrojados por un volcan no completamente estinguido, el Monte Albano, hoy Monte-Cavo; véase Heyne, Opuscula, acad., t. III, p. 261, y mi Relat. histor., t. I, p. 394. El combate sostenido por Hércules contra los Ligios cuando se dirigia desde el Cáucaso al jardin de las Hespérides, se refiere á otro órden de ideas. Este mito tenia por objeto asignar un origen á los trozos de cuarzo que se encuentran en abundancia en los Campos Ligios, cerca de la embocadura del Ródano. Aristóteles creía que los arrojaba una hendidura eruptiva durante un temblor de tierra; y Posidonio los atribuye á la accion de las olas de un antiguo mar interior. En un fragmento del Prometeo libertado, de Esquilo, se halla una descripcion, cuyos detalles todos pudieran aplicarse perfectamente á una lluvia de aereolitos. Júpiter forma una nube y hace caer «una lluvia de piedras redondeadas que tapizan el suelo de aquel pais.» Ya Posidonio se permitía ridiculizar el mito geognóstico de los tejos y de los pedruscos. Por lo demás, la descripcion que han dejado los antiguos de las piedras de los Campos Ligios (hoy este país se llama La Crau), está conforme en un lodo con la realidad. Véase Guerin, Mesures barométriques dans les Alpes, et Météorologie d'Avignon, 1829, cap. XII, p. 115.

^(62)  Pág. 105.—El peso específico de los aerolitos varía desde 1, 9 (Alesía) á 4, 3 (Tabor); su densidad es generalmente tres veces mayor que la del agua. En cuanto á los diámetros reales que he asignado á les bólilides, he recurrido á las medidas mas dignas de confianza; desgraciadamente el número de estas medidas es muy limitado. Hé aquí algunas: el bólide de Weston (Connecticut, 14 diciembre 1807), 162 m.: el observado por Le Roi (10 julio 1771), 325 m. próximamente; el del 18 de enero de 1783, le estimó sir Carlos Blagden en 845 m. Brandes (Unter-haltungen, t. I, p. 42) asigna un diámetro de 25 á 40 m. á las estrellas errantes; aprecia la longitud de sus colas ó de sus rastros luminosos en dos ó tres miriámetros. Pero es de creer que los diámetros aparentes de los bólides y de las estrellas errantes han sido exagerados, bajo la influencia de ciertas causas de naturaleza óptica. Su volúmen no puede bajo ningun concepto compararse con el de Ceres, aun admitiendo «70 millas inglesas» como diámetro de este pequeño planeta. Véase la escelente obra: On the Connexion of the Physical Sciences, 1835, p. 411. Como documento justificativo en apoyo de un aserto de la página 106, sobre el gran aerolito caido en el lecho del rio de Narni, y que hasta ahora no ha sido encontrado, voy á trasladar aquí el pasaje que Pertz copió del Chronicon Benedicti monachi Sancti Andreæ, in Monte Soracte (Biblioteca Chigi en Roma); este documento se remonta al décimo siglo y en él se refleja el estilo bárbaro de aquella época: "Anno 921, temporibus domini Johannis decimi papæ, in anno pontificatus illius 7, visa sunt signa. Nam juxta urbem Romam lapides plurimi de cœlo cadere visi sunt. In civitate quæ vocatur Narnia, tam diri ac tetri, ut nihil aliud credatur, quam de infernalibus locis deducti essent. Nam ita ex illis lapidibus unus omnium maximus est, ut decidens in flumen Narnus, ad mensuram unius cubiti super aquas fluminis usque hodie videretur. Nam et ignitæ faculæ de cœlo plurimæ omnibus in hac civitate Romani populi visæ sunt, ita ut pene terra contingeret. Aliæ cadentes, etc." (Pertz, Monum. Germ. hist. scriptores, t. III, p. 715.) Sobre el aerolito de Ægos-Potamos, cuya caida dice la crónica de Paros haber tenido lugar en el año primero de la 78ª olimpiada (Bœckh, Corp. Inscr. græc, t. II, p. 302, 320 y 340), cf. Aristóteles, Meteor., l. I, c. 7 (Ideler, Comm., t. I. p. 404-407); Stobee, Ecl. phys. l. I, c. 25, p. 508, ed. Heeren; Plutarco, Lysandre, c. 12; Diógenes Laert., l. II, c. 10. (Véanse tambien mas adelántelas notas 69, 87, 88 y 89). Segun una tradicion mogólica, una roca negra de 13 metros de altura, hubo de caer del cielo á una llanura próxima á las fuentes del Rio Amarillo en la China Occidental. (Abel Remusat, en el Journal de Physique de Lametherie, 1819, mayo, p. 264).

^(63)  Pág. 107.— Biot, Traite d' Astronomie physique, (3.ª edic.) 1841, t. I, p. 149, 177, 238 y 312. Mi amigo el inmortal Poisson esplicó de una manera completamente nueva la ignicion espontánea de las piedras meteóricas á una altura en que la densidad de la atmósfera es casi nula. «A una distancia de la tierra tal, que la densidad de la atmósfera sea totalmente insensible, parece difícil atribuir, como ya se ha hecho, la incandescencia de los aerolitos á un rozamiento contra las moléculas del aire. ¿No pudiera suponerse que el fluido eléctrico, en estado neutro, formase una especie de atmósfera que estendiéndose mas allá de la masa de aire estuviera sometida á la atraccion de la tierra aunque físicamente imponderable, y que siguiera por tanto á nuestro globo en sus movimientos? En semejante hipótesis, al penetrar en esta atmósfera imponderable, los cuerpos de que tratamos descompondrian el fluido neutro por su desigual accion sobre las dos electricidades, y al electrizarse aumentaria su temperatura concluyendo por ponerse en estado incandescente." (Poisson. Rech. sur la Probabilité des jugements. 1837. p. VI).

^(64)  Pág. 107.—Philos. Transact., t. XXIX, p. 161-163.

^(65)  Pág. 107.—La primera edicion de la importante obra de Chladni, Ueber den Ursprung der von Pallas gefundenen und anderen Eisenmassen, apareció dos meses antes de la lluvia de piedras de Siena, y dos años antes que Lichtemberg escribiera en una coleccion de Gœtinga «que piedras provenientes de los espacios celestes penetraron en nuestra atmósfera.» Véase tambien le carta de Olbers á Benzenberg, fecha 18 noviembre 1837, en la obra de este último sobre las estrellas errantes, p. 186.

^(66)  Pág. 108.—Encke, en los Annalen de Poggendorff, t. XXXIII (1834). p. 213. Arago, en el Annuaire para 1836, p. 291. Dos cartas mias á Benzenberg, del 19 mayo y del 22 octubre 1837, sobre la precesion presumible de los nodos de la órbita recorrida por el flujo periódico de las estrellas errantes (Benzenberg, Sternschnuppen, p. 207 et 209). El mismo Olbers adoptó mas tarde esta idea de un retardo progresivo en la aparicion de noviembre (Astron. Nachrichten, 1838, n° 372, p. 180). Voy á esponer á continuacion los elementos que me parecen deber servir para fijar el movimiento de los nodos y añadiré dos observaciones árabes á la época descubierta por Boguslawski para el siglo XIV:

En el mes de octubre de 902, y en la noche en que murió el califa Ibraim-ben-Ahmed, aparecieron gran número de estrellas errantes; aparicion que "se asemejaba á una lluvia de fuego." Por esta razon dióse á este año el nombre de año de las estrellas. (Conde, Hist. de la dom. de los Arabes, p. 346).

El 19 de octubre de 1202 "estuvieron en movimiento las estrellas durante toda la noche. Caian como langostas." (Comptes rendus, 1837, t. I, p. 294, y Fræhn, en el Bull. de l' Acad. de Saint-Petersbourg, t. III. p. 308).

El 21 de octubre, est. ant. de 1366; die sequente post festum XI millia Virginum, ab hora matutina usque ad horam primam, visæ sunt quasi stellæ de cœlo cadere continuo, et in tanta multitudine quod nemo narrare sufficit. Esta curiosa noticia de la que vuelvo á ocuparme mas adelante en el testo fue descubierta por M. de Boguslawski hijo, en la Chronicon Ecclesiæ Pragensis, p. 389. Esta crónica se encuentra tambien en la segunda parte de los Scriptores rerum Bohemicarum, de Pelzel y Dobrowsky, 1784. (Astron. Nachrichten de Schumacher, diciembre 1839).

Del 9 al 10 de noviembre de 1787, observó Hemmer numerosas estrellas errantes en el mediodia de Alemania, y particularmente en Manheim. (Kæmtz, Meteorologie, parte III, p. 237).

El 12 de noviembre de 1799, despues de la media noche, tuvo lugar la gran lluvia de estrellas errantes que hemos descrito Bonpland y yo, y que fue observada en gran porcion de la tierra (Relat. hist., t. I, p. 519-527).

Del 12 al 13 de noviembre de 1822, Klœden vió en Postdam un gran número de estrellas errantes entremezcladas con bólidos (Gilbert's Annalen, t. I, LXXII, p. 219).

El 13 de noviembre de 1831, hácia las cuatro de la mañana, vió el capitan Bérard una gran lluvia de estrellas errantes en la costa de España á la altura de Cartagena, (Annuaire de 1836, p. 297).

En la noche del 12 al 13 de noviembre 1833, la memorable aparicion tan bien descrita por Denison Olmsted, en la América del Norte.

En la del 13 al 14 de noviembre de 1834. el mismo fenómeno, aunque un tanto menos marcado, en la América del Norte (Poggend., Annalen, t. XXXIV, p. 129).

El 13 de noviembre de 1835, un bólido esporádico cayó cerca de Belley, departamento del Ain, y prendió fuego á un monton de leña. (Annuaire de 1836, p. 296).

En 1838, el flujo de las estrellas errantes se manifestó con mayor claridad del 13 al 14 de noviembre (Astron. Nachrichten, 1838, n.° 372).

^(67)  Pág. 108.—Me consta que de sesenta y dos estrellas errantes observadas en Silesia (1823), por invitacion de Brandes, viéronse muchas de ellas á una altura de 34, 45 y aun de 74 miriámetros. (Brandes, Unterhaltungen für Freunde der Astron. und Physik, libro 1.°, p. 48); pero á causa de la pequeñez de su paralaje, Olbers cree dudosas todas las determinaciones de alturas que escedan de 22 miriámetros.

^(68)  Pág. 109.—La velocidad planetaria, es decir, la celeridad de traslacion de los planetas en sus órbitas, es en Mercurio de 4,9; en Venus, de 3, 6; en la Tierra, de 3, 0 miriámetros por segundo.

^(69)  Pág. 109.—Segun Chladni, fue un físico italiano, Paolo Maria Terzago, el primero que consideró los aerolitos como piedras arrojadas por la Luna. Emitió con efecto esta idea en 1660, en ocasion de haber sido muerto en Milan un monje franciscano por la caida de un aerolito. «Labant Philosophorum mentes,» dice en su obra (Musæum Septalianum, Manfredi Septalæ, Patricii Mediolanensis, industrioso labore constructum. Tortona, 1664. p. 44). «sub horum lapidum ponderibus; ni dicere velimus, lunam terram alteram, sive mundum esse, ex cujus montibus divisa frusta in inferiorem nostrum hunc orbem delabantur.» Olbers, que ignoraba estas hipótesis, se ocupó desde 1795, despues de la célebre caida de aerolitos de Siena (16 junio 1794), en calcular la velocidad que deberia animar á una masa lanzada desde la Luna para llegar á la Tierra. Este problema de balística preocupó diez ó doce años despues á los geómetras Laplace, Biot, Brandes y Poisson. La opinion muy admitida en aquella época, y hoy abandonada, de que existian volcanes muy activos en la Luna, inducia al público á confundir dos cosas muy diferentes á saber: la posibilidad bajo el punto de vista matemático, y la verosimilitud bajo el punto de vista físico. Olbers, Brandes y Chladni creyeron encontrar «en la velocidad relativa de 3 á 6 miriámetros por segundo, de que los bólides y estrellas errantes están animados cuando penetran en nuestra atmósfera,» un argumento decisivo contra el origen selenítico de estos meteoros. Para que las piedras lanzadas de la Luna puedan llegar á la Tierra, es necesario, segun Olbers, que estén animadas de una velocidad inicial de 2527 metros por segundo. (Laplace habia hallado 2396 m.; Biot, 2524; Poisson, 2314). Laplace considera esta velocidad inicial como siendo solamente 3 ó 6 veces mayor que la de una bala de canon á su salida de la pieza; pero Olbers ha hecho ver «que si las piedras meteóricas fueran arrojadas de la Luna con una velocidad inicial de 2300 á 2600 m. llegarian á la tierra animadas de una velocidad que seria solo de 1,14 miriámetros por segundo. Pero como la velocidad observada es realmente de 3,70 miriámetros por término medio, la velocidad de proyeccion inicial en la superficie de la Luna debería ser de 35700 m. próximamente, 15 veces mayor por lo tanto que la supuesta por Laplace.» (Olbers, en el Schumamacher's Jahrbuch, 1837, p. 52-58, y en el Neues Physik, Worterhuch de Gehler, t. VI, 3.ª parte, p. 2129-2136. Sin embargo, es preciso convenir en que si la hipótesis de los volcanes lunares fuese hoy aun admisible, la falta de atmósfera daria á estos volcanes una notable ventaja sobre los de la Tierra con relacion á la fuerza de proyeccion; pero con respecto á esto, carecemos de datos exactos aun para nuestros volcanes y todo induce á creer que su fuerza de proyeccion ha sido notablemente exagerada. El doctor Peters, que observó y midió con escrupulosa exactitud todos los fenómenos del Etna, halló que la velocidad máxima de las piedras arrojadas por su cráter era solo de 81 m. por segundo. Otras observaciones hechas en el Pico de Tenerife en 1798, dieron 975 m. Si Laplace, al hablar de las piedras meteóricas al final de la Expos. du Syst. du monde (edicion de 1824, p. 339), dice con inteligente reserva que «segun lo mas verosímil provienen de las profundidades del espacio celeste»», se le ve en otro lugar sin embargo (cap. IV, p. 233) volver á la hipótesis selenítica con cierta predileccion (sin duda no debia conocer la enorme velocidad planetaria de las piedras meteórieas), y suponer que las piedras arrojadas por la Luna, «llegan á ser satélites de la Tierra, describiendo á su alrededor una órbita mas o menos alargada, de tal suerte que no llegan á la atmósfera terrestre, sino despues de muchas y á veces de un numero muy considerable de revoluciones.» Así como á un Italiano de Tortona ocurriósele un dia la idea de que los aerolitos provenian de la Luna, del mismo modo algunos físicos griegos imaginaron hacerlos venir del Sol. Diógenes Laercio (l. II, c. 9) relata esta opinion al hablar de la masa caida cerca de Ægos-Potamos (véase la nota 62). Plinio, el gran recopilador, recuerda tambien esta idea singular (l. II, c. 58): «Celebrant Græci Anaxagoram Clazomenium Olympiadis septuagesimæ octavæ secundo anno prædixisse cœlestium litterarum scientia, quibus diebus saxum casurum esse e Sole, idque factum interdiu Thraciæ parte ad Ægos flumen.—Quod si quis predictum credat, simul fateatur necesse est majoris miraculi divinitatem Anaxagoræ fuisse, solvique rerum naturæ intellectum, et confundi omnia, si aut ipse Sol lapis esse aut unquam lapidem in eo fuisse credatur; decidere tamen crebro non erit dubium.» Se atribuía igualmente á Anaxágoras el haber profetizado la caida de una piedra de mediana magnitud, conservada en el gimnasio de Abydos. Aerolitos caidos en pleno dia, cuando la Luna no era visible, fueron probablemente el orígen de la idea de piedras arrojadas por el Sol. Uno de los dogmas físicos de Anaxágoras, dogmas que atrajeron sobre él persecuciones religiosas, fue que el Sol era «una masa incandescente en fusion (μὺδρος δίαπυρος).» En el Faeton de Eurípides, llámase al Sol, segun la idea del filósofo de Clazomena «masa de oro,» es decir, materia de color de fuego y que brilla con un vivo resplandor. Véase Walckenaer. Diatribe in Eurip. perd. dram. Reliquias, 1767, p. 30; Diog. Laert. l. II, c. 10.—Encontramos, pues, en los físicos griegos cuatro hipótesis diferentes: los unos atribuyen estos meteoros á las exhalaciones terrestres; los otros, á piedras arrancadas y levantadas por huracanes; (Arist., Meteorol., l. I, c. 4 y 9). Estas dos primeras opiniones asignan un orígen terrestre á las estrellas errantes y á los bólides. La tercera hipótesis coloca este orígen en el Sol; y finalmente, la cuarta lo coloca en los espacios celestes, esplicando el fenómeno por la aparicion de astros por mucho tiempo invisibles, á causa de su alejamiento. Sobre esta última opinion de Diógenes de Apolonia, opinion que coincide completamente con las ideas actuales, véase el testo pág. 111 y la nota 88. Por mi profesor de lengua persa, M. Andrea de Nerciat (sabio orientalista, actualmente en Smirna), sé que en la Siria se da mucha importancia, á causa de una antigua creencia popular, á las piedras caidas del cielo, cuando este está iluminado por la Luna. Los antiguos, por el contrario, se preocupaban por la caida de aerolitos durante los eclipses de Luna: véase Plinio, 1. XXXVII, c. 10; Solinus, c. 37; Salm., Exerc., p. 531, y los pasajes reunidos por Ukert en la Geogr. der Griechen und Römer, 2.ª parte, l. I, p. 131, nota 14. Véase sobre la inverosímil hipótesis de Fusieneri, que atribuia la formacion de las piedras meteóricas á la condensacion súbita de vapores metálicos de que estuvieron ordinariamente cargadas las capas superiores de la atmósfera, como sobre la penetracion mútua y la mezcla de gases de especies diferentes, mi Relat hist. t. I, p. 525.

^(70)  Pág. 110.—Bessel, en la Astron. Nachrichten de Schum., 1839, números 380 y 381, p. 222 y 346. Termina la Memoria con una comparacion de las longitudes del Sol con las épocas de la aparicion del mes de noviembre, á partir de 1799, fecha de la primera observacion practicada en Cumana.

^(71)  Pág. 110.—El doctor Tomás Forster dice (The pocket Encyclop. of natural Phænomena, 1827, p. 17), que en el colegio de Christ-Church en Cambridge, se conserva un manuscrito titulado: EphEmerides rerum naturalium, cuyo autor parece ser un fraile del siglo precedente. Al lado de cada dia del año, indica el manuscrito el fenómeno correspondiente, como la primera florescencia de ciertas plantas, la llegada de los pájaros, etc.. El 10 de agosto está designado bajo el nombre de meteorodes. Esta indicacion, unida á la tradicion relativa á las lágrimas de fuego de San Lorenzo, determinaron á M. Forster á seguir asiduamente la aparicion del mes de agosto. (Quételet, Corresp. mathem., serie III, t. 1, 1837, p. 433).

^(72)  Pág. 111.— Humboldt, Relat. hist., t. 1, p. 519-527; Ellicot en las Transact. of the American Society, 1804, t. VI p. 29. Arago dice, hablando de la aparicion de noviembre: «Asi se confirma cada vez mas la existencia de una zona compuesta de millares de pequeños cuerpos, cuyas órbitas encuentran al plano de la eclíptica hácia el punto que la Tierra va á ocupar todos los años del 11 al 13 de noviembre. Es un nuevo mundo planetario que empieza á revelársenos.» (Annuaire de 1836, p. 296.)

^(73)  Pág. 111.—Cf. Musschenbroek, Introd. ad Phil. Nat., t. II, p. 1061; Howard, Climate of London, t. II, p. 23, observaciones del año 1806,. por consiguiente, siete años anteriores á las primeras de Brandes (Benzenberg, Sternschnuppen, p. 240-244); las observaciones de agosto hechas por Tomás Forster, en Quételet, obra citada, p. 438-453; las de Adolfo Erman, de Boguslawski y de Kreil, en el Jahrbuch de Schum. 1838, p. 317-330. Sobre la posicion del punto de divergencia de los meteoros en la constelacion de Perseo, el 10 agosto 1839, véanse las escelentes medidas de Bessel y de Erman (Schum., Astron. Nachrichten, números 385 y 428). Sin embargo, parece que el movimiento en la órbita no fue retrógrado el 10 de agosto de 1837. Véase Arago, en los Comptes rendus. 1837. t. II. p. 183.

^(74)  Pág. 111.—El 25 de abril de 1095, «una infinidad de personas vieron caer las estrellas del cielo, tan compactas como el granizo,» (ut grando, nisi lucerent, pro densitate putaretur; Baldr., p. 88); llegóse á creer en el concilio de Clermont, que tal suceso debia ser presagio de grandes revoluciones en la cristiandad; Wilken, Geschichte der Kreuzzüge, t. I, p. 75. El 22 de abril de 1800, se vió una gran lluvia de estrellas errantes en la Virginia y en Massachussets; parecía «como la combustion de un cohete que hubiese durado dos horas.» Arago fue el primero que señaló la periodicidad de este «surco de asteroides.» (Annuaire de 1836, p. 297). Las lluvias de aerolitos á principios de diciembre, son tambien muy notables; y pueden encontrarse indicios de su periodicidad en las antiguas observaciones de Brandes (contó dos mil estrellas errantes durante la noche del 6 al 7 de diciembre de 1798), y quizás tambien en la enorme lluvia de aerolitos que cayó en el Brasil, el 11 de diciembre de 1836, cerca del pueblo de Macao, sobre el rio Assu (Brandes, Unterhaltungen. 1845, 1.ª entrega, p. 65, y Comptes rendus, t. V, p. 211). Capocci descubrió doce lluvias de aerolitos entre el 27 y 29 de noviembre (de 1809 á 1839), y otros fenómenos del mismo género correspondientes al 13 noviembre, al 10 agosto y al 17 julio. (Comptes rendus, t. XI, p. 257). Es muy notable, el que ningun flujo periódico de estrellas errantes ó de aerolitos se haya presentado hasta ahora en las partes de la órbita terrestre que corresponden á los meses de enero, febrero y tal vez marzo. Sin embargo, yo he observado en el mar del Sur, el 15 de marzo de 1803, una gran cantidad de estrellas errantes, y se ha visto en Quito una lluvia de meteoros del mismo género, poco tiempo antes del horrible temblor de tierra de Riobamba (3 febrero 1797). Reasumiendo, las épocas siguientes parecen deber fijar la atencion de los observadores:

22-25 abril;
17 julio (17-26 julio?) (Quételet. Corresp., 1837, p. 435);
10 agosto;
12-14 noviembre;
27-29 noviembre;
6-12 diciembre.

La multiplicidad de estos flujos periódicos no deben ser objeto de séria dificultad, como no lo es el gran número de cometas que llenan los espacios celestes, sin que la diferencia esencial que existe entre un cometa aislado y un anillo de asteroides, pueda hacer viciosa la asimilacion.

^(75)  Pág. 112.— Fernando de Wrangel, Reise längs der Nordkuste von Sibirien in den Jahren, 1820-1824, 2.ª parte, p. 259.—Sobre la vuelta de la gran aparicion del mes de noviembre, en períodos de 34 años, véase Olbers, en el Schumacher's Jarbuch, 1837, p. 280.—He oido decir en Cumana, que poco tiempo antes del temblor de tierra de 1766, se habia visto un fuego de artificio celeste, semejante al del 11 al 12 de noviembre de 1799; el intervalo seria pues de 33 años. Sin embargo, el temblor de tierra no tuvo lugar á principios de noviembre, sino el 21 de octubre de 1766. Una noche apareció el volcan de Cayambo, durante una hora, como envuelto por una lluvia de estrellas errantes, y los habitantes de Quito, asustados por esta aparicion, hicieron procesiones, con objeto de atenuar la cólera celeste; quizás los viajeros que van á Quito pudieran decirnos la fecha precisa de este fenómeno. Véase Relat. hist., t. 1, c. 4, p. 307; c. 10, p. 520 y 527.

^(76)  Pág. 114.— Estracto de una carta que me fue dirigida con fecha 24 enero 1838. El enorme enjambre de estrellas errantes del mes de noviembre de 1799, no fué visible mas que en América; pero allí se observó desde New-Herrnhut, en la Groenlandia, hasta el Ecuador. El enjambre de 1831 y el de 1832 se vieron solo en Europa; los de 1833 y 1834 únicamente lo fueron en los Estados-Unidos de América.

^(77)  Pág. 114.— Carta de M. Eduardo Biot á M. Quételet, sobre las antiguas apariciones de estrellas errantes en China, en los Bull. de l'Acad. de Bruxelles, 1843, t. X, n.° 7, p. 8.— Sobre la noticia sacada del Chronicon Ecclesiæ Pragensis, véase Buguslawski hijo, en los Annalen de Poggend., t. XLVIII, p. 612.

^(78)  Pág. 115.—«Se cree que un número, que parece inagotable, de cuerpos demasiado pequeños para ser observados, se mueven en el cielo, ya alrededor del Sol, ya alrededor de los planetas, asi como quizás tambien alrededor de los satélites. Supónese que cuando nuestra atmósfera encuentra á estos cuerpos, la diferencia entre su velocidad y la de nuestro planeta es suficientemente grande para que el rozamiento que sufren contra el aire, eleve su temperatura hasta el punto de ponerlos incandescentes y á veces hasta de hacerlos estallar. Si el grupo de las estrellas errantes forma un anillo continuo alrededor del Sol, su velocidad de circulacion, podrá ser muy diferente de la de la Tierra; y sus desplazamientos en el cielo, consecuencia de las acciones planetarias, podrán aun hacer posible ó imposible, en diversas épocas, el fenómeno de que se encuentren en el plano de la eclíptica.» (Poisson, Recherches sur la probabilité des jugements, p. 306-307.)

^(79)  Pág. 115.—Humboldt, Essai poutique sur la Nouvelle-Espagne (2.ª edicion), t. III, p. 310.

^(80)  Pág. 116.— Plinio habia observado ya el color particular de la costra de los aerolitos «colore adusto» (l. II, c. 56 y 38); la espresion «lateribus pluisse» se refiere igualmente al aspecto de los aerolitos cuya superficie indica la accion del fuego.

^(81)  Pág. 116.—Humboldt, Relat. hist., t. II, c. 20, p. 299-302.

^(82)  Pág. 117.— Gustavo Rose, Reise nach dem Ural, t. II, p 202.

^(83)  Pág. 117.—G. Rose, en los Annalen de Poggend., 1825, t. IV., p. 173-192; Rammelsberg, Erstes Suppl. zum chem. Handwörterb. der Mineral., 1843, p. 102.

«Es un hecho muy notable y por mucho tiempo olvidado, dice Olbers, el que ningun aerolito fósil haya sido encontrado entre las conchas fósiles de los terrenos secundarios y terciarios. ¿Débese deducir de aquí que si caen verosimilmente, segun Schreibers, setecientos aerolitos por año sobre la superficie actual del globo, no haya caido ninguno antes de la época en que fué formada esta superficie?» (Olbers. Schum. Jahrbuch, 1838, p. 329). Muchas masas de hierro nativo niquelífero, de naturaleza problemática, han sido halladas á una profundidad de 10 metros debajo de tierra en el norte del Asia (lavaderos de oro de Petropawlowsk), y muy recientemente aun en los Karpatos occidentales (minas de Magura, cerca de Szlanicz). Cf. Erman, Archiv. für wissenschatfl. Kunde von Russland, tomo I, p. 315; y Haidinger, Bericht über die Szlaniczer Schürfe in Ungarn.

^(84)  Pág. 117,— Berzélius, Jahresbericht, t. XV, p. 217 y 231; Rammelsberg Handwörterbuch, 2.ª parte, p. 25-28.

^(85)  Pág. 118.—«Sir Isaac said, he took all the planets to be composed of the same matter with this earth, viz. earth, water and stones, but variously concocted.» Turner, Collections for the hist. of Grantham, cont. authentic Memoirs of sir Isaac Newton, p. 172.

^(86)  Pág. 119.— Adolfo Erman, en los Annalen de Poggend., 1839, t. XLVIII, p. 582-601.

Algunos años antes, dudaba Biot que la corriente de asteroides de noviembre, debiera reaparecer hacia principios de mayo (Comptes rendus, 1836, t. II, p. 670). Mædler investigó, mediante ochenta y seis años de observaciones metereológicas hechas en Berlín, lo que se debe pensar de la popular creencia relativa á los tres famosos dias de frio del mes de mayo (Verhandl. der Vereins für Beförd. des Gartenbaues, 1834, p. 377), y halló que efectivamente, el 11, el 12 y el 13 de mayo, la temperatura retrograda 1.°22, precisamente en la época del año en que el movimiento ascendente debería ser el mas marcado. Convendria que este fenómeno curioso, donde se ha visto el efecto de la fundicion de los hielos en el noroeste de Europa, pudiera ser estudiado simultáneamente en puntos muy distantes, en América, por ejemplo, y en el hemisferio austral. Cf el Bull. de l'Acad. imp. de Saint-Petershourg, 1843, t. I, n.°4.

^(87)  Pág. 119.—Plutarco. Lysandro, c. 22. Segun la narracion de Damachus (Daïmachos) se ha visto durante setenta dias consecutivos, una nube inflamada arrojar chispas que se asemejaban á estrellas errantes, descender despues y lanzar por último la piedra de Ægos-Potamos, «que solo formaba una porcion insignificante de la nube.» Esta narracion es inverosímil; puesto que de ella resultaría que el bólide ha debido moverse durante setenta dias en el mismo sentido y con la misma velocidad que la tierra, circunstancia á la cual solo obedeció durante un corto número de minutos, el bólide del 19 de julio de 1686 descrito por Halley. Por lo demás, este Daïmachos, el escritor, (περί ευρεβειας) podría ser muy bien el Daïmachos de Platea, que Seleuco envió á las Indias al hijo de Androcoto y que Strabon (p. 70, Casaub.) presenta como un «gran narrador de fábulas»; otro trozo de Plutarco Parall. de Solon, et de Public. c. 4, induciría á pensarlo. Sea como fuere, aquí solo se trata de la narracion muy tardía de un autor que escribía en Tracia, siglo y medio despues de la caída del célebre Aerolito, y cuya veracidad ha parecido suspecta á Plutarco.

^(88)  Pág. 120.—Stob., ed. Heeren, l. I. c. 25, p. 508; Plutarco, de Plac. philos., l. II, c. 13.

^(89)  Pág. 120.— El trozo notable de Plutarco (de Plac. philos., l. II, c. 13) está concebido en estos términos; «Anaxágoras demuestra que el éter ambiente es de naturaleza ígnea; por la fuerza de su movimiento giratorio, arranca pedazos de piedras, los pone incandescentes y los transforma en estrellas.» Parece que el filósofo de Clazomena, esplicaba tambien por un efecto análogo del movimiento general de rotacion, la caida del leon de Nemea, que una antigua tradicion hacía caer de la Luna sobre el Peloponeso (Elien., l. XII, c. 7; Plutarco, de Facie in orbe Luna, c. 24; Schol. ex Cod. Paris in Apoll. Argon., l. I, p. 498, ed Schœf.; t. II, p. 40; Meineke, Annal. Alex., 1843, p. 85). Antes teníamos piedras de la luna, ahora tenemos un animal caido de la luna. Segun la ingeniosa observacion de Bœckh, este antiguo mito del leon lunario de Nemea, tiene un origen astronómico, y en la cronología se halla en relacion simbólica con el ciclo de intercalacion del año lunar, con el culto de la Luna en Nemea, y los fuegos que le acompañaban.

^(90)  Pág. 122.—Copio aquí un notable trozo de Keplero sobre las irradiaciones calóricas de las estrellas; una de esas inspiraciones que á cada paso se encuentran en los escritos de tan distinguido sábio. «Lucios proprium est calor: sydera omnia calefaciunt. De syderum luce claritatis ratio testatur, calorem universorum in minori esse proportione ad calorem unius solis quam ut ab homine, cujus est certa caloris mensura, uterque simul percipi et judicari possit. De cincindularum lucula tenuissima negare non potes, quin cum calore sit. Vivunt enim et moventur, hoc autem non sine calefactione perficitur. Sed neque putrescentium lignorum lux suo calore destituitur; nam ipsa putredo quidem lentus ignis est. Inest et stirpibus suus calor.» (Paralipomena in Vitell. Astron. pars optica, 1604, prop. XXXII, p. 25). Cf. Keplero, Epit. Astronomia Copernicanæ. 1618. t. I. 1. I, p. 35.

^(91)  Pág. 124.—«Thereis another thing, wich I recommend to the observation of mathematical men: wich is, that in February, and for a little before, and a little after that month (as I have observed several years together) about sex in the evening, when the Twilight hath almost deserted the horizon, you shall see a plainly discernable way of the Twilight strihing up toward the Pleiades, and seeming almost to touch them. It is so observed any clear night, but it is best illac nocte. There is no such way to be observed at any other time of the year (that I can perceive), nor any other way at that time to be perceived darting up elsewhere. And I believe it hath been and will be constantly visible at that time of the year. But what the cause of it in nature should be, I cannot yet imagine, but leave it to further inquiry,» Childrey, Britannia Baconica, 1661, p. 183, Tal es la primera y mas sencilla descripcion del fenómeno. (Cassini, Découverte de la lumière céleste qui paraît dans le zodiaque, en las Mém. de l'Acad., t. VIII, 1730, p. 276. Mairan, Traité phys. de l'aurore boréale, 1754; p. 16). La notable obra de Childrey de la cual hemos tomado el trozo que antecede, contiene, tambien (p. 91) detalles muy bien razonados sobre las épocas de máximo y mínimo en la distribucion anual del calórico y en la marcha diurna de la temperatura, y algunas consideraciones sobre el retardo que se manifiesta para la produccion del efecto máximo ó mínimo en todos los fenómenos metereológicos. Desgraciadamente el capellan de lord Henry Somerset, enseña al propio tiempo, en su Filosofía baconiana que la tierra está alargada hácia los polos (idea tambien de Bernardino de Saint-Pierre). «En su orígen, dice, la tierra era completamente esférica; pero el contínuo aumento de las capas de hielo hácia los dos polos, modificó esta figura; y como el hielo está formado de agua, de aquí resulta que la masa de esta disminuye por todas partes.»

^(92)  Pag. 125.—Dominico Cassini (Mém. de l'Acad., t. VIII, 1730 p. 188), y Mairan (Aurore boréale, p. 16), creyeron encontrar la luz zodiacal en el fenómeno que se observó en Persia en 1668. Delambre (Hist. de l'Astron. moderne, t. II, p. 742) atribuye el descubrimiento de esta luz al célebre viajero Chardin; pero el mismo Chardin presenta este nyazouk (nyzek, lanza pequeña) en el Couronnement de Soliman y en otros lugares del relato de su viaje (ed. de Langlés, t. IV, p. 326; t. X, p. 97), como «el grande y famoso cometa que apareció casi en toda la tierra en 1668, y cuya cabeza estaba oculta en el Occidente, de suerte que no podia vérsele en parte alguna desde el horizonte de Ispahan.» (Atlas du voyage de Chardin, tab. IV, con arreglo á las observaciones hechas en Schiraz). La cabeza de este cometa fué vista en el Brasil y en las Indias (Pingré, Cométographie, t. II, p. 22.). Sobre la identidad presumida del último gran cometa de 1843, con el que Cassini había tomado por la luz zodiacal, véase la Astron. Nachr. de Schumacher, 1843, n.° 476, 1480. En Persa, las palabras nîzehi, âteschîn (dardos o lanzas de fuego) se aplican tambien á los rayos del sol en su orto ú en su ocaso; del propio modo nayâzik está traducido en el Léxico árabe de Freytag, por stellæ candentes. Por lo demás, estas singulares denominaciones aplicadas á los cometas, comparándolos con lanzas y espadas, se encuentran en todos los idiomas, sobre todo, durante la edad media. Hay mas, el gran cometa observado en 1500, desde el mes de abril hasta el mes de junio, fue designado siempre por los escritores italianos de aquella época con el nombre de il signor Astone (véase mi Exámen critique de l'histoire de la Géographie, t. V, p. 80). Háse afirmado muchas veces que Descartes (Cassini, p. 230, Mairan, p. 16) y aun Keplero (Delambre, t. I, p. 601) habian conocido la luz zodiacal; pero esta opinion me parece inadmisible. Descartes (Principes, III, art. 136, 137) esplica de un modo bastante oscuro la formacion de las colas de los cometas: «Por rayos oblicuos que al caer sobre diferentes partes de las órbitas planetarias, llegan á nuestra vista desde las partes laterales, por una refraccion estraordinaria»; dice tambien que los cometas que se ven en el crepúsculo de la noche ó en el de la mañana, pueden aparecernos «como una ancha vigueta» cuando el sol se halla entre el cometa y la tierra. Estos pasajes en nada se refieren á la luz zodiacal, así como tampoco aquel en que habla Keplero de una atmósfera solar (limbus circa solem, coma lucida); esta, dice, impide que la oscuridad sea completa durante los eclipses totales de sol. Nada es menos exacto que el pensar con Cassini (p. 231, art. XXXI), y con Mairan (p. 15), que las palabras «trabes quas δοϰοὺς vocant» (Plinio, l. II, c. 26 y 27) se refieren á la luz zodiacal que se levanta en el horizonte en forma de lengua. Entre los antiguos, la palabra trabes se aplica siempre á los bólídes (ardores et fases) y á otros meteoros ígneos, ó bien á los cometas de largas cabelleras. (Sobre las palabras δοϰός, δοϰίας, δοϰίτης, véase Schœffer, Schol. Par. Apoll. Rhod., 1813, t. II, p. 206; Seudo-Aristóteles, de Mundo, 2, 9; Comment. Alex., Joh. Philop. et Olymp. in Aristot. Meteor., t. I, c. 7, 3 p. 195. ed. Ideler; Séneca, Natur. Quæst., t. I, c, 1.

^(93)  Pág. 125 Humboldt, Monuments des peuples indigénes de l'Amerique, t. II, p. 301. Este rarísimo manuscrito, proviene de la biblioteca de Letellier, arzobispo de Reims; contiene numerosos pasages sacados de un ritual azteca, de un calendario astrológico y de anales históricos que se estienden desde 1197 á 1549, los cuales transcriben á un tiempo los fenómenos naturales, la fecha de los terremotos, la aparicion de los cometas, los de los años 1490 y 1529, por ejemplo, y numerosos eclipses de sol muy importantes para la cronología mejicana. En el manuscrito de Camargo, Historia de Tlascala, llámase á la luz que ascendia desde el horizonte occidental hasta casi el zénit «chispeante y como sembrada de estrellas muy unidas.» Esta descripcion de un fenómeno que duró cuarenta días, no puede aplicarse en manera alguna alas erupciones del Popocatepetl, volcan situado a muy poca distancia en direccion del S.—E. (Prescott, Hist. of the Conquest of Mexico, t. I, p. 284). Comentadores mas recientes han comprendido esta aparicion, en la que veia Motezuma el presagio de alguna gran desventura, con la «estrella que humeaba» (mas propio; que centelleaba; en mejicano choloa, chispear y centellear). Por lo que respecta á la conexion de este vapor con la estrella Citlal Choloa (Venus) y con el Monte de la Estrella (Citlaltepetl, ó el volcan de Orizaba), véase mi obra sobre los Monuments des peuples indig. de l'Amérique, t. II, p. 303.

^(94)  Pág. 125.—Laplace, Expos. du Système du Monde, p. 270; Mecanique celeste, t. II, p. 169 y 171. Schubert, Astron., t. III, § 206.

^(95)  Pág. 126.—Arago, Annuaire de 1842, p. 408. Cf. las consideraciones desarrolladas por sir John Herschell, acerca de la pequeñez del volúmen y del brillo de las nebulosas planetarias, en la obra de Mary Sommerville, Connexion of the phys. Sciencies, 1835, p. 108. La idea de que el Sol es una estrella nebulosa, cuya atmósfera diera lugar al fenómeno de la luz zodiacal, no fué emitida por Dominico Cassini y sí por Mairan en 1731 (Traité de l' Aurore boreale, p. 47 y 263; Arago en el Annuaire de 1842, p. 412). Esta idea no es mas que una reproduccion de otra de Keplero.

^(96)  Pág. 126.—Con objeto de esplicar la forma de la luz zodiacal, recurrió Dominico Cassini, como lo hicieron mas tarde Laplace, Schubert y Poisson, á la hipótesis de un anillo aislado. Dice así: «Si las órbitas de Mercurio y de Venus fueran visibles (materialmente en toda la estension de su superficie), las veríamos habitualmente de la misma figura y en la misma disposicion, con respecto al Sol y en las mismas épocas del año que la luz zodiacal.» (Mem. de l' Acad., t. VIII, 1730, p. 218; y Biot en los Comptes rendus, 1836, t. III, p. 666). Cassini pensaba que el anillo nebuloso de la luz zodiacal estaba formado de un número infinito de cuerpos planetarios escesivamente pequeños, girando alrededor del Sol; no estaba muy lejos de creer tambien que la caida de los bólides tenia relacion con el paso de la Tierra á través de este anillo nebuloso. Olmsted y especialmente Biot (obra citada, p. 673), trataron tambien de relacionar esta opinion con la lluvia de estrellas errantes del mes de noviembre; pero Olbers espuso sus dudas acerca de este particular. (Schumacher's Jahrbuch, 1837, p. 281). Houzeau en las Astron. Nachr. del mismo editor, 1843; n.° 492, p. 190, examina si el plano de la luz zodiacal coincide exactamente con el plano del Ecuador solar.

^(97)  Pág. 126.—Sir Jhon Herschell, Astron., § 487.

^(98)  Pág. 126.—Arago, en el Annuaire de 1842. p. 246. Numerosos hechos parecen indicar, que cuando una masa esta reducida mecánicamente al estado de division estrema, la tension eléctrica puede crecer lo bastante para desarrollar la luz y el calor. Las tentativas que se han hecho con los mejores espejos cóncavos no han dado, hasta ahora, ninguna prueba decisiva de la existencia del calórico radiante en la luz zodiacal. (Carta de M Matthiessen á M. Arago, en los Comptes rendus. t. XVI; abril, 1843, p. 687.

^(99)  Pág. 127.—«Lo que me decis acerca de las variaciones de la luz zodiacal entre los trópicos, y sobre las causas de estas variaciones, escita tanto mas mi interés, cuanto que yo mismo, desde hace mucho tiempo, presto particular atencion á este fenómeno, cada vez que se presenta durante la primavera, en nuestra zona septentrional. He pensado siempre como vos que la luz zodiacal debia estar animada de un movimiento de rotacion: pero en contradiccion con la idea de Poisson, de que me dais cuenta, admito que esta luz se estiende hasta el Sol. creciendo rápidamente en intensidad y que su parte mas brillante forma la corona luminosa, que parece rodear al Sol, durante los eclipses totales. He observado de un año á otro considerables variaciones en esta luz: es á las veces, durante muchos años consecutivos, muy brillante y muy estensa; otras, apenas perceptible, tambien durante algunos años. Creo haber hallado la primera indicacion de la luz zodiacal en una carta de Rothmann á Tycho, en la que aquél, dice haber observado que el crepúsculo de la tarde concluía durante la primavera, cuando el Sol habia descendido 24° bajo el horizonte. Rothmann tomó ciertamente la desaparicion sucesiva de la luz zodiacal en los vapores del ocaso, por el fin real del fenómeno crepuscular. Jamás he visto movimiento de efervescencia á causa, sin duda, de la pequeñez de la luz zodiacal en muchos paises; pero con seguridad teneis razon al atribuir las rápidas variaciones de brillo, que bajo los trópicos os han presentado los objetos celestes, á los cambios que sobrevienen en nuestra atmósfera, especialmente en las regiones elevadas. El efecto de que habláis se manifiesta del modo mas asombroso en las colas de los cometas. Se ven con frecuencia, sobre todo cuando el cielo está muy despejado, pulsaciones que parten de la cabeza, como punto mas bajo, y que en uno ó dos segundos recorren toda la cola, de tal suerte, que ésta parece dilatarse rápidamente algunos grados y contraerse inmediatamente, despues, del mismo modo. Estas ondulaciones, de las que antes se habia ocupado Roberto Hooke, y hace poco tiempo tambien Schræter y Chladni, no se producen en el cuerpo mismo del cometa; resultan de simples accidentes atmosféricos. Esto se hace evidente con solo pensar en que las diferentes partes de un cometa, cuya longitud es de muchos millones de leguas, se encuentran necesariamente situadas á distancias muy desiguales de la Tierra, y que su luz emplea, para llegar hasta nosotros, intervalos de tiempo que pueden diferir en muchos minutos. Respecto á esas variaciones de la luz zodiacal que habéis visto en las orillas del Orinoco prolongarse durante minutos enteros, no puedo decidir si deben atribuirse á resplandores efectivos, ó bien á un juego de la atmósfera. Me es igualmente imposible esplicar la claridad singular de ciertas noches, así como la estension y el resplandor anormal de los crepúsculos de 1831, crepúsculos cuya parte mas brillante no correspondía, segun algunos observadores, al lugar que el Sol debia ocupar debajo del horizonte.» (Tomado de una carta que me dirigió, desde Brema el doctor Olbers, el 26 de marzo de 1833.)

^(100)  Pág. 128.— Biot. Traité d' Astron. physique (3.ª ed.), 1844, t. I, p. 171, 238 y 312.

^(1)  Pág. 129.—Bessel, en el Schumacher's Jharbuch für, 1839, p. 51; esta velocidad llega quizá á 742.000 miriámetros por dia; la velocidad relativa es, por lo menos, de 648.000 miriámetros; mas del doble de la velocidad con que gira la Tierra alrededor del Sol.

^(2)  Pág. 130.—Sobre el movimiento del sistema solar, segun Bradley, Tobías Mayer, Lambert, Lalande y W. Herschell, véase Arago en el Annuaire de 1842, p. 388-399; Argelander en las Astron. Nachr. de Schum., números 363, 364, 498; y sobre Perseo, considerado como cuerpo central, alrededor del cual girase todo el conjunto estelar, en la Memoria von der eigenen Bewegung des Sonnensystems, 1837, p. 43. Véase tambien Othon Struve en el Bull. de l' Acad. de Saint-Petersbourg, 1842 t. X, n.° 9, p. 137-139. Un nuevo cálculo de este último dá, para la direccion del movimiento solar, 261° 23' A. R.; + 37° 36' decl.; y uniendo este resultado al de Argelander, se encuentra por una combinacion definitiva de 797 estrellas, 259° 9' A. R.; + 34° 36' decl.

^(3)  Pág. 131. —Aristóteles, de Cœlo, l. III, c. 2, p. 201, ed. Bekker; Phys., l. VIII, c. 5, p. 256.

^(4)  Pág. 132.—Savary, en el Connaissance des temps para 1830, p. 56 y 163; Encke. Berl. Jahrbücher, 1832, p. 25 y siguientes; Arago en el Annuaire de 1834, p. 260-295; John Herschell, en las Mem. of the Astron. Soc. t. V, p. 171.

^(5)  Pág. 132.—Bessel, Untersuchung des Theils der planetaris chen Storungen, welche aus der Bewegung der Sonne entsechen, en las Mem. de l' Acad. des Sciences de Berlin, 1821. (Classe des Mathem.), p. 2-6. La cuestion fué iniciada por Juan Tobías Mayer, en los Comment. Soc. Reg. Gotting., 1804 1808, t. XVI, p. 31-68.

^(6)  Pág. 133.—Philos. Transact. for, 1803, p. 225: Arago, Annuaire de 1842, p. 375. Para poder considerar de un modo sencillo la distancia de las estrellas, tal como la he transcrito algunas líneas mas arriba, en el testo, basta colocar dos puntos, que disten entre sí un pié para representar el Sol y la Tierra; Urano entonces estaña situado á 19 pies del primer punto y Vega de la Lira á 64 leguas (de 4.000 metros).

^(7)  Pág. 133.—Bessel, en Schumacher's Jahrbuch, 1839, p. 53.

^(8)  Pág. 133.—Mædler, Astron., p. 476; el mismo, en Schum. Jahrbuch, 1839, p. 95.

^(9)  Pág. 135.—Sir W. Herschell, en las Philos. Transact. for., 1817; 2.ª parte, p. 328.

^(10)  Pág. 135.—Arago, Astronomie populaire, t. II, p. 17.

^(11)  Pág. 136.— Sir John Herschell, en una carta escrita desde el cabo de Buena Esperanza el 13 de Enero de 1836; Nicholl, Archit. of the Heavens, 1838, p. 22. Véanse tambien muchas indicaciones aisladas de sir William Herschell, sobre el espacio privado de estrellas que nos separa de la via láctea, en las Philos. Transact. for, 1817; 2.ª parte, p. 328.

^(12)  Pág. 136. —Sir John Herschell, Astron., § 624. El mismo, en las Observations of Nebulæ and Clusters of Stars (Transact. 1833; 2.ª parte, p. 479, fig. 25): «We have herea brother System bearing a real physical resemblance and strong analogy of structure of our own.»

^(13)  Pág. 137.—Sir William Herschell, en las Transact. for, 1785, t. I, p. 257. Sir John Herschell, Astron., § 616. («The nebulous region of the heavens forms a nebulous milky way, composed of distinet nebulæ as the other of stars.» El mismo, en una carta que me dirigió en marzo de 1829.)

^(14)  Pág. 137.—John Herschell, Astron., § 585.

^(15)  Pág. 137.—Arago, Annuaire de 1842, p. 282-285. Astronomie populaire, t. I, p. 524-527 y 534-536.

^(16)  Pág. 137.—Olbers, sobre la transparencia de los espacios celestes en Bode's Jahrbuch, 1826, p. 110-121.

^(17)  Pág. 138.—«An opening in the heavens,» Villiam Herschell en las Transact. for., 1785, t. LXXV, primera parte, p. 256; el francés Lalande, en el Conn. des temps para el año VIII, p. 383; Arago, Astronomie populaire, t. I, p. 511.

^(18)  Pág. 138.—Aristóteles, Meteor., l. II, c. 5, 1; Séneca, Natur. Quæst., l. I, c. 14, 2. «Cœlum discessisse», en Ciceron, de Divin., l. I, capítulo 43.

^(19)  Pág. 138.—Arago, Astronomie populaire, t. I, p. 515.

^(20)  Pág. 139.—En diciembre de 1837, sir John Herschell vió la estrella η de Argos, que habia sido hasta entonces de segunda magnitud, crecer rápidamente en brillo, y llegar á ser de primera. En enero de 1838, lucia ya tanto como la de la α del Centauro. Segun las noticias mas recientes, Maclear la halló en marzo de 1843 tan brillante como Canopea, y aun la α de la cruz del Sud pareca completamente deslucida al lado de la η de Argos.

^(21)  Pág. 140.—«Hence it follows that the rays of light of the remotest nebulæ must have been almost two millions of years on their way, and that consequently, so many of years ago, this object must already have had an existence in the sidereal heaven, in order to send out those rays by which we now perceive it.» William Herschell, en las Transact. for., 1802, p. 498: John Herschell, Astron. § 590; Arago, Astronomie populaire, t. I, p. 363-406 y 438-445.

^(22)  Pág. 140.—Este verso es de un precioso soneto de mi hermano Guillermo de Humboldt, gesammelte Werke, t. IV, p. 358, núm. 25.