Críticas injustas sobre el Martín Fierro

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Críticas injustas - Estética y Filosofía de Moorne
Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


MARTIN FIERRO

CRITICAS INJUSTAS


ESTÉTICA Y FILOSOFÍA


Si la poesía es el espejo mas fiel del alma íntima de un pueblo y el acabado retrato de los caracteres y costumbres del mismo, puede decirse que, la nuestra ha tenido muy pocos representantes.

Hidalgo, Ascasubi, Del Campo y Hernández, han sido tal vez los únicos poetas argentinos, que sin necesidad de buscar inspiraciones y modelos en los autores extranjeros, han sabido arrancar de sus liras, verdaderos acentos nacionales que reflejan de un modelo tan admirable como gráfico, la fisonomía moral de nuestro pueblo, y el carácter peculiar y distintivo de nuestros antiguos gauchos, pintando, al propio tiempo, con inimitable y opulento colorido, la intensa magestad de nuestra Pampa y de nuestro cielo con todos sus esplendores y delicados perfumes.

Los demás vates, Andrade y Echevarría, Mármol y los Gutiérrez, fueron, á pesar de sus relevantes dotes de pensadores profundos y de su inagotable inspiracion, pocas veces desmentida, representantes genuinos, si bien mucho menos directos, del romanticismo avasallador, del neo-clasicismo soberano, ó del naturalismo ó verismo convencionales, por mas de que se diga, por autoridades en materias literarias, que todas estas palabras están desprovistas de sentido, si se desciende al fondo mismo de las cosas.

No me compete á mí —por mas qué pudiera hacerlo— juzgar si Hidalgo, fundador de esta escuela y relegado al olvido por los propios, cumplió ó no con la misión que se impuso; ni si el único móvil de las obras de Ascasubi fué el de hacer que el hombre culto se riera del lenguaje del gaucho, y mucho menos examinar si es ó no cierto que Estanislao del Campo se propuso criticar las obras artísticas por boca de los gauchos. Me guian otras intenciones, figurando en primer término, la de hacer resaltar la injusticia con ques ha ido tratado el autor de Martin Fierro por algunos críticos, eminentemente argentinos y por algunos profesores de literatura, quienes han tenido la avilantez de decir, que, Hernandez era, en unión de Ascasubi, insoportable y prosaico.




Hace ya mucho tiempo que, llamado á desempeñar la cátedra de literatura en uno de nuestros primeros establecimientos de enseñanza, tuve ocasión de advertir que en los programas correspondientes al curso de 5º año del Colegio Nacional, nada se hablaba de Hernández, ni en la parte que se refiere á la poesía nacional ni en otra alguna.

Mis dudas y mis vacilaciones, á este respecto fueron grandes, llegando al estremo de leer cuatro ó cinco veces seguidas, tanto la ida como la vuelta de Martin Fierro. Estas dudas solo se disiparon, cuando al aparecer la obra titulada «América Literaria», (colección de trozos escogidos de los primeros poetas y prosistas americanos) vi en el prólogo escrito por el doctor Juan Antonio Argerich con referencia á la sección argentina las siguientes palabras, en que después de haber juzgado con demasiada parcialidad, por cierto, á Olegario V. Andrade y á Estanislao del Campo, exclama «Qué diferencia con Ascasubi y con Hernandez, lisa y llanamente insoportables y prosaicos!»

Habiendo sido catedrático de literatura en el Colegio Nacional, la persona que esas frases estampaba en un libro que debia tener —como ha tenido- gran circulación, no podía extrañarme ya, cual era la causa de haber eliminado de los estudios de literatura, el nombre del poeta eminentemente nacional, de que voy á ocuparme, no con la erudición y detenimiento necesarios, pero sí con la buena fé del que vá á exponer juicios propios que en forma alguna se separan de las reglas del arte, como trataré de demostrarlo.

Para los que así opinan, imperan, desde luego, el charlatanismo, la ingenuidad, el espíritu de sistema y la seca retórica de los pedantes sin facultades creadoras, á quienes tanto critican, siendo por otra parte, letra muerta para ellos, los justos, bien pensados y mejor escritos juicios críticos que habrán de preceder al mío.


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No era el señor Hernandez —en mi concepto— el poeta, irresoluto y tímido, ni estaba ajeno de antiguos resabios, aun cuando muchas veces le veamos fluctuar, entre un pasado de que no quisiera apartarse, un presente lleno de corrupción y de personalismos, y un futuro que le causaba espanto y le llenaba el alma de la melancolía y amargura de que están impregnados algunos de sus magníficos versos.

El autor de Martin Fierro, no es un caso aislado, no obstante el género que cultivó. Mármol, Echevarría y Andrade también sufrieron las mismas angustias de ver cómo desaparecían los tiempos casi patriarcales, á impulsos de la civilizacion y del progreso; progreso que traía consigo refinamientos y costumbres hasta entonces ignoradas y que al propio tiempo que gustaban de aquellos y de éstas los seres humanos perdían, como por encanto, su adorable sencillez y la ingeniudad que tanto los caracterizaba, en los primeros albóres y aun casi á mediados del siglo de las luces.

El gaucho, en este concepto, era retardatario; costábale gran trabajo desprenderse de sus costumbres; por eso era mirado con recelo; por eso se le trataba injustamente y hasta se le despreciaba. ¿Qué estraño es, pues, que el señor Hernandez haya tronado contra estas injusticias y esos absurdos, tratando al propio tiempo de perpetuar una raza noble, hospitalaria, generosa, varonil, sóbria y trabajadora....?

Martin Fierro, tan enérgico tan arrogante, tan varonil, compendia en sí. —por incomprensible é inexplicable paradoja,— el máximum del valor personal y la suma de la debilidad humana.

Extraño contraste: tiene valor paracuclhar, cuerpo á cuerpo, con diez, con veinte hombres, no importaba con cuantos y no lo tiene para romper con el pasado y seguir la corriente de los demás seres. No quiere matar y mata, ó lo que es lo mismo, tiene valor para hacerlo, pero es débil para resistir los impulsos que le incitan á ello, ó para acatar con resignación el fallo de la suerte.

Y, sin embargo, Martin Fierro, en los momentos de vacilación y de desesperación, cuando vacila ó cuando llora, cuando canta ó cuando rie, es varonil, es fuerte y en esto no se parece ciertamente, ni á Anastasio el Pollo, ni a Santos Vega, ni á Juan Sin Ropa.

Hay algo mas todavía en la obra del señor Hernandez, que no puede pasar desapercibido para ninguna persona inteligente y de mediana instrucción.

Se moteja y se tacha al señor Hernández de prosaico y de insoportable, y sin embargo —salvo rarísimos períodos— la obra que nos ocupa está completamente encadenada y sujeta, no solamente á los invariables principios de la estética, sino también á los de la mas sana filosofía, si bien puestos al alcance de los críticos mas obtusos.

Esta encadenada á los principios de la estética, porque no habiendo paleta cuyos colores compitan con la palabra humana, ésta se amolda admirablemente al lenguaje del gaucho, á fin de que no palidezcan en nuestra imaginación las imágenes de Martin Fierro, de Cruz y del viejo Vizcacha; pinturas todas que pueden competir, á pesar de la diferencia de género, con las de algunos clásicos europeos. La verdad y el colorido de ellas, nos hacen sentir y pensar, obligándonos a terminar la lectura del libro una vez abierto, y hasta, si se nos permite la frase, llorar cuando ellos lloran y reir cuando ellos rien. Si la estética, es la ciencia de la sensibilidad debo confesar que Martin Fierro está sujeta á los principios que ella establece, por cuanto su lectura me ha causado diversas emociones é impresiones.


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Considerada la obra que me ocupa... bajo el punto de vista filosófico, debo confesar también que su filosofía es tanto mas valiosa cuanto es mas original.

No se verán en ella máximas tomadas de Kant, de Spencer, de Ribot, de Aristóteles ó de otros filósofos, pero en cambio, las que Hernandez pone en boca del viejo Vizcacha, de Martin Fierro y del payador moreno, son además de ser concisas y claras, tan originales como los refranes que Cervantes pone en la de Sancho, ó las máximas que oportunamente coloca el mismo autor en la de Don Quijote.

Los dichos, pues, refranes, ó máximas de que está sembrada, tanto la ida como la vuelta de Martin Fierro, constituyen la filosofía popular, expresada en lenguaje gauchesco, con expresiones y modismos puramente locales, pero cuyo fondo de verdad no puede negar ninguna persona instruida.

Voy á terminar; Martin Fierro es una obra que descansa en sólidas bases: es el producto de la observación y de la experimentación, por cuanto refleja en unas cuantas individualidades, identificándose con ellas, toda una raza entera, que el progreso moderno, en sus múltiples manifestaciones, se ha encargado de hacer que desaparezca.


Dr. Moorne.


Nota

Esta carta apareció publicada en algunas ediciones del libro El Gaucho Martín Fierro.