Cuento de Pascua

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Cuentos (1896) de Ángel de Estrada
Cuento de Pascua
CUENTO DE PASCUA


Después de muchos años, le veía en la Iglesia, de pie, á mi lado, y del fondo de mis recuerdos le evocaba cuidando á sus cabras entre los cercos del camino. Sus interjecciones violentas y sus dichos pintorescos, han quedado entre moreras y cinacinas con nuestros gritos de colegiales en libertad.

Me miraba sin conocerme, y estaba ya por hablarle, cuando empezaron los oficios. La Iglesia iba á bendecir el fuego y el incienso.

Las naves misteriosas con sus ventanas cerradas se poblaban poco á poco. Las sillas movidas con los reclinatorios encadenados; los vestidos con sus roces de sedas y percales; las oraciones y los semi-tonos del canto llano, llenaban de vida singular la media luz del ambiente.

Una voz de bajo profundo, entonó: In principio creavit Deus Cœlum et terram. El pueblo asistía al poema bíblico, animado por el espíritu de Díos, en la majestad del verbo profético.

Después las mujeres empezaron á revolverse para dar paso á la procesión. Los ministros adelantaban con la nueva luz, hacia la copa de mármol, fuente del agua de vida.

Brillaba el poder y la hermosura del amor infinito. El pozo de Jacob puede extinguirse, la suave Samaritana abandonarle, y si hay quien niegue el odre á los hijos de Nazaret: ¡qué importa!

Mas mi cabrero, ajeno á todo, se agitaba en un limbo. ¡Bella gracia para él, que los ángeles celebrasen en el cielo como los fieles, los misterios santos! Se hincaba, se ponía de pie y volvía á hincarse, rabioso por lo largo de todo, luciendo su alma de bruto en el rostro impasible.

Como un clamor vibrante estalló el ruego de las letanías; desfilaron los nombres seráficos capaces de volver los ojos á la miseria, y espiró el coro con el grito de una suprema esperanza.

Luego los rostros se animaron; aparecían los oficiantes con sus dalmáticas de nieve. Ligera brisa rizaba el paño negro del altar mayor, y se llenaban los espíritus de alegría profunda.

En el silencio se oyó un frote: mi vecino se rascaba los brazos, la cabeza, el pecho; y se siguió rascando cuando el altar coronado por un cielo, resplandeció sin luto, frente al coro erizado de trompetas. Cuando el incienso subía con un reflejo de luz gloriosa, los ventanales giraban, y el sol se teñía de colores en los vidrios. Cuando los acordes del órgano corrían por los arcos, en la cúpula, como en vibrante caja sonora, se fundían, crecían, se despeñaban, y las vírgenes, santos y profetas, sonreían á la ilusión de la fe estremecida por el contento.

Sin disputa era una bestia mi antiguo amigo. Y he ahí, que alguien quiso burlarse de mi juicio, haciendo que mi alma se estremeciera con la suya.

Subía al pulpito por la primera vez un joven. Chata era su frente, vulgares sus facciones; pero vivos, inteligentes, sus ojos pardos. Pálido como la emoción, empezó su discurso; y luego serenado habló con elocuencia. El cabrero le miraba, como yo le viera en otro tiempo mirar los racimos de uvas en sazón, y á cada período decía con el gesto: —no lo entiendo, debe estar muy bien.

Pero cuando el joven pintó la Resurrección; cuando vibró el rasgo imaginativo, que como relámpago hiere toda niebla, se estremeció aquel bruto. Le vi buscar los ojos que le rodeaban; llevarse las manos al pelo, hablar, y al oir los siseos, callarse rezongando.

El final del sermón, recordaba á un humilde muchacho, nacido en pobre aldea, que no soñó sentir sobre su frente las alas del ave simbólica de la cátedra, y pedía para el país hospitalario donde se formara, los frutos de la paz y del trabajo, la gloria... No pude oír más; el cabrero me había clavado sus ojos repletos de lágrimas.

—¡Cómo! ¿es Vd.?—Murmuró repentinamente iluminado. Comprendí lo que deseaba decir, y le respondí: — sí, yo soy.

—Y Él—exclamó—es Pepito: ¿se acuerda de Pepito? Y sin que yo hablara, me dió un abrazo, y con el sacudón la barba le bebía las lágrimas. Alguien se introdujo en medio; le oprimió brutalmente y con voz más brutal: —debe estar borracho — dijo; y él con el arranque del alma de un hombre en la voz de una fiera:—yo borracho?—gritó—soy su padre! Y le parecía imposible que se le preguntara ¿de quién?

Entonces apareció en mis labios una de esas sonrisas que son un enternecimiento del alma.