Cuentos...

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Cuentos... (1894) de Joaquín V. González

JOAQUÍN V. GONZÁLEZ






CUENTOS...




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BUENOS AIRES
imprenta de pablo e. coni é hijos
680 — calle del perú — 680

1894



CUENTOS...



JOAQUIN V. GONZÁLEZ

Mientras siga siga la verdad, nada ha de significar que se haya dicho mucho y deberá ser repetido: Joaquín V. González es el escritor nacional que en la actualidad tenemos los argentinos. En cada página suya está siempre, como si fuera su propio espíritu, el espíritu de nuestro país. Este no tiene secretos que su alma no penetre. Patria y arte han llegado á confundirse y unificarse en su blasón literario. Ciudadano de la patria del arte, lleva la bandera del arte de la patria. De dos cultos ha hecho uno solo. Sus montañas son suyas y él las llama asi porque están dentro de los límites de su nacionalidad y dentro de los límites de su pasión intelectual. Él las viste con la vida de su corazón y de su inteligencia y ellas se le entregan con todas sus galas visibles y toda su naturaleza íntima y misteriosa, satisfechas de verse comprendidas y amadas con un amor que tiene hasta ímpetus y arrebatos perfectamente mundanos.

Qué arte tan distinto es éste, lleno del vigor de la tierra, robusto y sano, que surge de la montaña, y de la selva, y de los ríos, y de la pampa, cuando es evocado por quien sabe de esas grandezas y se siente capaz de dominarlas; qué arte tan distinto del que persigue loco una pobre originalidad cualquiera por los callejones de la ciudad enfermiza, en las salas aristocráticas en que reina Guerlain ó en los escaparates en que hay flores y pájaros artificiales sobre graciosos sombreritos de paja! Hay la distancia que media entre aquel festín de cóndores que nos ha descrito González y una de esas comidas frecuentes de nuestros dispépticos elegantes de la calle Florida. ¿Quién no ha tenido cariñosas inclinaciones del sentimiento, tiernas simpatías por los que buscan expresar en forma rara y contrahecha, pero trabajada con pasión artística, las cosas, también extrañas y extraviadas, que hacen y dicen los hijos legítimos de este fenomenal fin de siglo? ¿Y quién no los abandona sin lástima para subir, orgulloso de su poder, abierto el pecho á los aires de las cumbres, con los que invitan, como Joaquín V. González, á fijar en la retina para siempre el panorama con que están familiarizados los cóndores?

Este nuevo libro de González es otra preciosa ofrenda que él deposita á los piés de la diosa Patria. En las páginas que vienen, brilla siempre el estilo de La tradición nacional y Mis montañas, estilo que ora es "como el granito de los Andes, de cuyos flancos ciclópeos heredó sus formas rígidas y armónicas á la vez"; ora como las flores de la comarca montañosa, que tienen "aromas semejantes á la inocencia de la primera edad" y "tintas frescas, inalterables y siempre nuevas". Son Cuentos, paisajes, descripciones y retratos, los artículos que forman este volumen. El alma popular los anima á todos con su poesía melancólica, caprichosa, llena de preocupaciones y de supersticiones de un encanto y de una ingenuidad infantiles y adorables. Están escritos con esa placidez tan contagiosa y tan benéfica del espíritu de este poeta nacional, — placidez que llena de lágrimas dulces los ojos ó dibuja sonrisas tristes en los labios, que levanta el alma serenamente hasta las más altas regiones ó la acompaña cariñosa en el descenso, sin perjuicio de sacudirla á veces con toda la fuerza de un torrente andino y sumergirla de golpe ya en la luz inmensa ya en la inmensa tiniebla...

Juán Cancio
CUENTOS...


I


MAURICIO


Esto que voy á contar sucedió en mi pueblo, en ese pedacito de tierra argentina, encerrado por colinas pintorescas que rodean, formando una elipse de algunas leguas, el valle tributario del Famatina. Allí está Nonogasta, asiento legendario de mis ascendientes, cubierto de viñedos y alfalfares, y cruzado de arrogantes alamedas que se divisan de lejos como las avenidas de un paraíso de inalterable ventura, de inextinguible verdor.

Por aquel tiempo,—el de mi historia,— toda la gente de faena, los mozos y las mozas robustas y rozagantes como árboles nuevos á los cuales no falta riego ni cuidado, andaban revueltos y avispados con la proximidad de las fiestas de Santa Rosa, la rosa mística protectora de nuestra América, y por advocación especial, del antiguo pueblo de Anguinán, distante unas tres leguas y al pié de una de esas colinas circundantes.

Todos preparaban trajes vistosos y lucidos; sacaban á orear sobre los cercos las prendas de lujo del fondo de las petacas, y cuando esto se hacía en todos los ranchos de la población, parecían vestidos de gala, con grandes mantos de espumilla de seda, de colores provocativos y dibujados con toda una exuberante floricultura, pero que ondearán airosos sobre la espalda mórbida de las chinitas, frescas y gordinflonas, movedizas y decidoras, cuando monten á caballo y emprendan al galope hacia el pueblo vecino el día de las fiestas, en caravana bulliciosa, como que irán llenas de esperanzas de sus primeras conquistas ó del cumplimiento de pasadas y secretas promesas.

La primavera tenía la culpa de todo aquel alboroto, y de que las pacíficas haciendas de la aldea señorial rebosasen de contento, de risas y de preludios de futuras canciones, porque ya los viñedos podados y listos empezaban á verdear con los primeros brotes; los duraznales inmensos, alternados con grupos de cepas, hallábanse pletóricos de sus flores de un rosado sangriento como mejillas de niña robusta, y parecían, mirados á distancia, como si no hubiese más que flores sobre todas las fincas; los zorzales cantaban melodías, perdidos entre los bosques de árboles frutales y de rosales silvestres, como si cada uno llamase por cantos convenidos á su querida para la estación del amor: había locura en la naturaleza, desborde en el colorido y en los brotes de las plantas, gritos y cantos de fiesta por todos lados y anuncios de desordenada alegría en los corazones. Era la primavera la única culpable, porque aquel año quiso derramar sobre la aldea y sobre las almas juveniles toda la riqueza de sus arcas, toda la pompa de su reino y la borrachera de su savia peligrosa.

El dia de la fiesta, bien de mañanita, junto con los amagos del sol primaveral, una cabalgata numerosa emprendía la marcha hacia el pueblo donde el festival de Santa Rosa de Lima celebrábase con el concurso de todas las gentes comarcanas de tres, de cinco, de siete leguas á la redonda. Había que llegar antes de la misa, y por eso se apuraba á los caballos, y las muchachas se valían de esto para apartarse solas con sus acompañantes, dando carreras para que ellos las sigan y haciendo flamear las cintas multicolores y los flecos de los pañolones de seda.

Mientras el alegre grupo se alejaba por el ancho carril al són de risotadas y vidalitas, allá en el patio del rancho, se quedaba solo un mocetón fornido y de corte árabe, ensillando la mula favorita con el apero de los días grandes: cabezadas, riendas y estribos con chapas de plata, lazo nuevo á los tientos, y asomando por debajo del pellón de merino las borlas de la alforja, bordada por la mano de la "prenda", cuando la tenía y le enviaba los regalos para el avío del viaje.

La mula de Mauricio,—que este era el nombre del mozo,—estaba para rajarla con la uña, porque la había tenido á pesebre para ese día y era un animal providencial. Él la quería como á un pedazo de su sér, porque en los mil trances que á un hombre de parranda y de pendencia, de travesías y patriadas le suceden, ella le había salvado la vida cual una divinidad protectora.

Así podía beber tres días y tres noches encajado sobre la montura y sin apearse un instante, como tomar, ya perdido el conocimiento, el rumbo que quisiera, seguro de que la mula le había de sacar ileso y llevar al patio de su rancho de Nonogasta, aunque para ello tuviese que recorrer los campos, cortando selvas y caminos extraviados y aun en las tinieblas de la noche.

Mauricio estaba triste, y antes de montar para seguir la caravana, sacó de la pintada alforja una botella de aguardiente y entonó el pecho con el primer trago de la fiesta, que había de ser memorable. Cuando revolcó la pierna para enhorquetarse en la montura, y se acomodó bien en los estribos y en el asiento, sacudió los pies para ver si las rodajas de las espuelas repicaban en forma y se puso en camino.

Él era uno de los muchachos más queridos de toda la hacienda; descendía de viejos servidores encanecidos en compañía de sus amos, y era respetado por los de su clase por algo superior reflejado en el acento, en la mirada y en los modales ennoblecidos por la proximidad de los patrones. Por eso sus bodas con la mejor de las muchachas del pueblo, con la linda Carmen, fueron un triunfo, y por eso también, para su desdicha, cuando la perdió para siempre, al año de desposada, apenas le salvaron de resoluciones desesperadas y locas. Él prometió á uno de mis abuelos que no haría disparates, pero le dejarían en cambio el derecho de llorar y de sufrir toda la vida, y de ahogar de cuando en cuando sus penas como el corazón se lo pidiese...

Nunca el recuerdo de su Carmen le había asediado más que aquel día. Como que toda una historia de felicidad se renovaba para él entonces: hacía un año que en esa misma mula, primorosamente enjaezada, se marchaban á las fiestas: ella iba á las ancas sobre una alfombra nuevecita, y prendida de la faja de seda encarnada que modelaba el cuerpo atlético de su novio, así, bien cerca, para que el pudiese, á escondidas de los otros, volver la cara para darle un beso delirante sobre la mejilla ruborosa y cálida...

¡Recuerdos terribles los del pobre Mauricio! Pero un trago más del aromático licor de la uva le espantó la visión tenaz, y quiso distraerse cantando á solas algunas tonadas alegres. Al salir de la población se alza, ó mejor dicho, se halla reclinado el pobre cementerio donde casi todos mis antepasados reposan, y donde hacia apenas un año Mauricio había depositado el cadáver de su "Carmen idolatrada", como le solía decir en sus coplas de amante; y allí la mula, siguiendo una costumbre dolorosa de su dueño, se detuvo un instante en frente del portón siempre abierto del humilde refugio.

Sintió el joven viudo un golpe sobre el corazón, como si una mano invisible se lo hubiese lastimado por dentro, y cerrando los ojos para cortar la cadena de las lágrimas y hacerse la ilusión de que, apagando el mundo exterior apagaba el de lo íntimo, clavó los ijares de la mula y casi al galope se alejó por el camino de las fiestas...

A todo esto, ya la comitiva hacía mucho que había llegado á Anguinán, justamente antes de empezar la función de la Patrona. Cuando dieron vuelta al último recodo del camino, se oían los repiques juguetones de las campanas de la iglesia, y muy pronto vióse la fachada triangular con unas manos de blanco, lo que le daba á lo lejos el aspecto de una paloma con las alas abiertas. El campanario es tan sencillo, que inspira un sentimiento indefinible de ternura, y hasta dan deseos de ser hondamente devoto para consagrarse á la indigencia evangélica, y á la vez, seráfica que aquella construcción revela... Encaramados sobre un travesaño de madera del cual penden las pequeñas campanas, algunos muchachos del pueblo las habían tomado por su cuenta, y á guisa de repiques, ejecutaban sobre ellas como si redoblasen en un tambor dianas victoriosas, aires de regocijo que iban á recorrer de prisa y atropelladamente todos los rincones del circuito de graciosas colinas: como que el señor cura les había dado plena libertad para meter todo el barullo que quisiesen, ahora que llegaba la ocasión y como quien alegra á la gente.

Cuando la caravana nonogasteña asomó á la plaza del pueblo, notóse un movimiento de júbilo en todos los vecinos y forasteros que pululaban en frente de la iglesia esperando el último toque. Reventaron miles de cohetecillos regalados para la función; los muchachos de la torre hicieron exclamar en alborozadas bienvenidas á las campanas, y todos, por fin, sintieron anuncios de que las fiestas serían esta vez, como nunca, espléndidas, grandiosas... ¡Qué de proyectos y de preparativos! Pero no es hora todavía de pensar en eso, porque la misa va á empezar; ya ha entrado todo el gentío á la iglesia y sólo se siente después un profundo, un religioso silencio que dura un largo rato.

Afuera habían quedado solamente los hombres encargados de los estruendos y de las salvas en el instante de alzar, para lo cual daría la señal un negro colocado en la puerta... Cuando fué tiempo, las campanas lanzaron verdadera lluvia de repiques acelerados, y desde la plaza estremecieron los cerrillos circunvecinos las camaretas, los cohetes y los buscapiés encendidos todos á una voz, y las descargas de una compañía de voluntarios armados con fusiles de chispa, preparada también para el acto.

Después, cuando terminó el oficio, salían los feligreses de la pequeña nave, apretándose en la puerta, y con sus vistosos y abigarrados trajes hacían el efecto de una bandada de pájaros á los cuales se les hubiese de pronto abierto la prisión. Todos corrían á buscar sus cabalgaduras, amarradas del cabestro á la sombra de los grandes árboles de alguna finca próxima, y formados de nuevo los grupos, se dispersaron entonces, yendo á las pulperías ó á las casas donde se habían preparado los bailes para los tres dias de la fiesta. En breve empezaron á oirse en distintos puntos, dentro de las casas ocultas por los huertos, los compases saltones de las músicas y las danzas criollas.

Los nonogasteños tenían preparada su fiesta en una casa espaciosa con frente á la plaza, y al fondo una extensa finca de viñas y de abundante fruta. Debía haber provisión de todo, y de entusiasmo para los tres días obligatorios de diversión, y allí había concurrido lo más escogido del pueblo en punto á mozas bailarinas y á galanes trasnochadores y capaces de seguirla sin descansar, si ustedes quieren, una semana entera, en habiendo música, vino y muchachas.

Era delicioso, oído á distancia, el rumor intermitente de palmoteos, algazara y cohetería que se levantaba de distintos puntos de la pintoresca población escondida entre los árboles, de manera que aquellos estrépitos de festín parecían surgir de un paraje de encantamientos y de brujerías.

Por más que hizo Mauricio para llegar á tiempo de oir la misa, sus pensamientos no se lo permitieron, y deteniéndose á cada momento, echaba un trago de aguardiente, cobraba nuevos bríos y seguia la marcha. Así, cuando llegó á los primeros cercados del villorío de las fiestas, ya todos estaban de baile, y lo que era de notarse, ya su cabeza no venía muy dueña de sus facultades.

Una olcada de piadoso remordimiento sintió levantarse en su corazón cuando vió cerrada la descolorida puerta del templo, como si se le negase á él solamente el derecho de ir á doblar la rodilla delante de la Virgen. Hay que confesar que en ese instante Mauricio tuvo miedo de algo desconocido que su ignorancia y la turbación de sus sentidos no le permitieron determinar claramente; sólo, sí, que le temblaron las carnes y un frío agudo recorrió por dentro de sus venas.

—"No hay más remedio,—se dijo para sí,—que ahogar las penas con el licor. Si Dios me castiga, que sea con la muerte, pero, por lo menos, yo no lo he de sentir"; y empinaba de nuevo la botella para matar en la conciencia los dos pensamientos que ahora le torturaban; ¡y los dos eran tan tenaces, tan profundos, tan dolorosos! El pobre muchacho estaba desconocido. Sus nobles facciones, sus ojos negros y brillantes, su apostura caballeresca parecían marchitos por un principio de muerte lenta, como se ponen las hojas del sarmiento trepador cuando el insecto ha cortado la raíz en el fondo de la tierra.

Daba lástima contemplarle: vacilante, instable sobre la montura chapeada, atinando apenas á imprimir rumbo á la paciente bestia, la cual le conducía con un cuidado maternal, evitando las ramas espinosas, suavizando las bajadas y los pasos difíciles, deteniéndose bajo la sombra de los árboles, soportando con resignación amorosa los caprichos y los rigores de su inconsciente dueño.

La pobre bestia tenía los ojos tristes y como enturbiados de llanto, pero era visible su contento cuando Mauricio se acostaba sobre su cuello, rodeándolo con los brazos, como si en su delirio perenne, en su aturdimiento premeditado, buscase en esas caricias un consuelo que ya no existía, ó cual si se amarrase á ella para que le salvase de un desierto ó de un bosque sin salidas ni derroteros.

Vinieron medio á despertar y solicitar su albedrío los rumores del baile donde se divertían sus compañeros de partida; picó á la mula hacia ese sitio, y ella le condujo hasta el patio de la casa, en el cual se había formado el salón; la parranda estaba en lo mejor, el entusiasmo en su punto y los muchachos se despepitaban zapateando chacareras, gatos y escondidos, y ondeándose con el movimiento arrebatador de la cueca, para la cual no admiten competencia las criollas de mi pueblo. Estallaban los vivas y se cruzaban los brindis en honor de la pareja triunfante, y se encendían cajones de cohetes cada vez que alguna linda morocha, al terminar la vuelta, se quedaba desafiando al amor en la postura final, con el pañuelito blanco revolcado en alto con la mano derecha, sonriente y provocativo el rostro y ardiente la mirada...

Mauricio tenía la borrachera triste y de una tristeza comunicativa; por eso cuando la mula se detuvo con él casi en medio de la sala del baile, porque así solía hacerlo siempre, una ligera sombra de melancolía se extendió por la reunión. Fueron en vano los ruegos para que se apease á tomar parte en la alegría común, para que bailase unas cuantas cuecas, con las que hacía volverse locas á las muchachas en sus buenos tiempos, ó por lo menos, para descansar del viaje.

Nada, nada! Mauricio se abrazaba del cuello de la mula, resistiéndose á todo trance, hasta que, advirtiendo instintivamente el mal que hacía su presencia de tal suerte, se puso de pronto de buen humor y á pedir piezas para que bailasen las niñas que él designaba:

 — "Vaya, vaya; á la salud de don Mauricio! — gritaron todos, contentos por esa repentina alegria, — ¡que baile una chacarera la Pepita con Juan Pablo! ¡Que salgan al medio, que salgan!" — Y cuando la Pepita se levantó coqueteando á pararse en el centro del salón, tiró á su asiento el abanico y el ramo de albahacas que tenía en las manos y el elegante compañero la invitó á principiar, con un gracioso contorneo y una miradita convidadora, no hubo pecho que no estallase en un grito de entusiasmo, y las manos parecían escasas para palmotear al compás de la música cuyas variaciones la pareja seguía con pasmosa agilidad y gracia desbordante. Fué tanto el efecto de esa tanda á la salud de Mauricio, que éste casi se dejó caer de la montura para estrechar en un abrazo loco aquella cintura incomparable y aquel cuerpo todo de la Pepita, que hacían olvidarse del mundo y volver la razón á los que la habían dado en cambio del vino. Pero aquel vahido de sensual entusiasmo le hizo mal; y como tenía la borrachera triste, todos le vieron derramar una lágrima silenciosa que corrió sobre su tostado rostro, nublado otra vez de súbito por la embriaguez, estimulada sin duda por las emociones fuertes; pero pudo balbucir algunas frases de cumplimiento en pago del obsequio, porque al fin Mauricio no tenía rival en cuanto á decidor y coplero:

 —"Oiga, niña; si en mi jardín hubiera flores y en mi cielo hubiera estrellas, ya estarian á sus pies para que Vd. las pisara..." Y pidiendo un vaso de vino para sí y otro para la Pepita, la llamó á su lado, puso la mano suavemente sobre su espalda y casi en secreto, entrecortadas las palabras por sollozos desgarradores que parecían de la borrachera, le dijo al oído:

 —"Vea, mi hijita, no me desprecie. Yo soy un hombre maldecido de la suerte; pero cuando esté en sus glorias, acuérdese que el pobre Mauricio le ha dedicado un gemido de su corazón." Y diciendo esto chocó su vaso con el de ella con tanta fuerza y de modo tan brutal, que el suyo cayó hecho pedazos, como si se hubiese roto su corazón. Después, ya no dijo más. Una pesantez de cadáver doblegaba su cuerpo, á cuyas oscilaciones la mula obedeció, dando vuelta suavemente en dirección á la calle... Los del baile se quedaron un momento en silencio; una niebla ligera empañó los ojos de la triunfadora Pepita, pero las músicas, con sus aires aturdidores y provocativas cadencias, volvió la animación al festín interrumpido.

El ebrio salió de allí para vagar por las tortuosas calles de la aldea, entregado al instinto de la mula amiga; á cada momento, donde oía rumores de diversión, la picaba con las espuelas con impulso automático, y el dócil animal le obedecía como si sintiese pena de contrariarle. Pero en los otros grupos no le querían tanto y no hacían de él ningún caso, y por allí le dejaban solo, abandonado á su bestia y á los intermitentes pero tardíos relámpagos de su voluntad embotada.

Mauricio se perdió de vista entre las encrucijadas que forman los callejones de las fincas y de los viñedos frondosos; era un cadáver amarrado sobre la mula, y ésta vagaba, vagaba sin más dirección que la impuesta por el instinto de salvar al jinete, ya deteniéndose largas horas debajo de un tala gigantesco, como para ocultarle debajo de las ramas á la vergüenza pública, ya retirándose por la noche al abrigo de algún rancho, donde quizá la compasión ó el comedimiento se lo arrancarían de encima para ofrecerle un techo.

Pero, nada; pasaron los tres días de la fiesta de Santa Rosa, volviéronse á sus aldeas lejanas los promesantes y los forasteros y la villita se quedó de nuevo sumida en el mortal silencio de siempre, no alterado sino por los perros que durante la noche levantan espeluznante concierto de aullidos, provocados por cualquiera sombra pasajera ó por ruidos que vienen de no se sabe donde, traídos por los ecos de las montañas. Y el grupo de Mauricio sobre la mula, cruzando como visión sepulcral por todas partes, ó como espanto de arrepentimiento después de tanta licencia y orgía, tuvo á los habitantes del pueblo en constante sobrexcitación, hasta el punto de creer que fuese aquel jinete extraño alguna encarnación del Diablo montado sobre una mula maldita.

Al fin, aquella horrible peregrinación debía concluir de alguna manera, y fué la mula de Mauricio la que dió el desenlance. Iban ya tres días de no reposar un instante, do no quitarse el freno ni de probar un bocado: llamábanla desde su pesebre lejano el pasto fresco y la necesidad de holganza, de revolcarse sobre la arena menuda y recobrar aliento. Su amo no la contrariaría, y de todas maneras, quizá él ganaba más con la vuelta á la casa de cada uno.

Como todos le creían caso perdido, le dejaron solo sus compañeros, ó le creyeron ya de regreso anticipado. Por eso la comitiva nonogasteña se encaminó tranquila, aunque no con la misma algazara de la venida, hacia los hogares y las labores abandonados. ¡Qué diablos! No trae uno la misma cara cuando viene á una fiesta que cuando se vuelve de ella, y lo último suele marchitar el humor hasta convertirle en fastidio y en ganas de provocar reyertas al primer transeunte que se pone al paso.

Así, pues, el infeliz Mauricio se quedó entregado á la casualidad y al instinto de la mula incomparable. La última noche de las fiestas estaba obscura; los caminos se perdían entre las dobles tinieblas del bosque, y ni siquiera fosforescencias caprichosas venían á dar vislumbre. ¡Y de qué había de servirle al pobre muchacho sin sentidos! La bestia marchaba de prisa, guiada por ese instinto que mis paisanos llaman "el amor de la querencia", y á la cual llegan siempre los animales, siquiera se hallen extraviados en el lugar más desconocido y desorientado. Mauricio, bien acomodado sobre la silla, sosteniéndose en equilibrio gracias á ese poder milagroso que cuida de los ebrios y de los niños, dormía á ratos, en otros hablaba delirando con las cosas más extrañas, y de vez en cuando, quizá en medio de algún sueño horrible, lanzaba gritos desgarradores como lamentos infernales en medio de las sombras y del silencio, é iban á hacer estremecer las colinas y el valle sobre los ecos sensibles.

La mula apresuraba cada vez la marcha, como si quisiese evitar, llegando pronto, una catástrofe, ó como si temiese caer muerta ella misma en medio del campo y dejar á su dueño abandonado, perdido para siempre. ¡Ah! pero de súbito divisó á lo lejos algunas luces semejantes á las que anuncian vivienda humana. Eran los fogones de Nonogasta, y al fin el pobre Mauricio podría reposar su cuerpo bajo el techo paterno... Las luces se aproximaban, corrían á encontrarlos en el camino y por instantes se perdían... El animal, extenuado de fatiga, debilitada la vista por el hambre y la sed, siguió á ciegas aquellos fuegos movibles y engañosos y entró detrás de ellos por el desencajado portón del cementerio, yendo á detenerse enfrente de una de las sepulturas humildísimas que allí se levantan con majestad de monumentos por el amor que encierran.

Mauricio sintió la repentina detención, abrió desmesurados ojos y creyéndose delante de su casa, bajó con perezoso esfuerzo, y extendiendo al lado de la tumba su manta de viaje se quedó sobre ella profundamente dormido, con el peso de tres días de embriaguez, de ayuno y de constantes y ahogados sufrimientos.

Era la media noche negra y pavorosa . A cada momento surgían de las sepulturas llamaradas pálidas que iban á perderse en otros sitios, como si los muertos se entretuviesen en juegos infantiles desde el fondo de sus cuevas.

La mula que se había quedado de pie como otras veces, velando el estúpido sueño de su amo, no pudo resistir más tiempo, lanzó un estridente bufido de terror y emprendió la fuga hacia la casa de Mauricio, dejándole solo, como un muerto más entre los muertos. Las aves y los roedores nocturnos, residentes venturosos de los pobres cementerios de aldea, sintieron alarma aquella noche: ¡algo extraordinario había en la pacifica morada de sus banquetes opíparos! Las lechuzas siniestras volaban hacia los árboles cercanos con su grito fatídico; los zorros audaces se acercaban hasta olfatear el cuerpo de Mauricio, y aleccionados por su astucia insuperable, contentábanse con arrancar del tirador, de las botas ó de las espuelas del mozo, algunos cordones de cuero...

El alba venía ya ; se anunciaba por la brisa fresca que la precede en aquellas comarcas, por la casi imperceptible tinta rojiza que empieza á teñir los vapores de la noche, y al fin, por un ligero piar en los nidos y en los aires.

Mauricio se incorporó de pronto, como poseído de una pesadilla horrorosa; se restregaba febricitante los ojos y los abría con avidez; no podía ser, jamás, lo que veía apenas por la luz inicial del día y con la aún dudosa claridad de sus sentidos... Confundíale, trastornábale gradualmente su informe raciocinio. Él recordaba haber salido hacía mucho, y no obstante, estaba allí, solo, tirado en el suelo; ¿adónde fué y cuánto tiempo pasó desde entonces? Su razón se turbaba cada vez más, latiéronle las sienes con dolores agudos, clavó sus miradas de poseído sobre la deslustrada pared del sepulcro que tenía á su lado, y por último, pudo ver en él un nombre, una reliquia conocida; y lanzando un grito espantoso que hizo vibrar el espacio:

—" ¡Carmen!!"— una sombra densa que no debía salir jamás, entró en ese instante en el cerebro del desgraciado Mauricio. Pasó un breve intervalo de la inconsciencia pasajera del vino, á la irreparable, á la eterna tiniebla de la locura.

Cuando la gente de su casa, viendo llegar á tales horas la mula ensillada que montaba Mauricio, dando bufidos aterrorizados, corrieron á buscarle con ansiedad y con negro presentimiento. Recorrieron el campo y las selvas, gritaban, llamaban con acentos casi sollozantes en el fondo de la noche al infeliz muchacho, y cuando ya el día aclaró los rastros de la tierra pudieron encontrarle... Venía solo, á pie, cantando coplas alegres con acompañamiento de una guitarra que se imaginaba llevar en las manos... No conocía á nadie y hablaba á todos de cosas extraordinarias, incomprensibles, pero siniestras.

Sus palabras de loco eran relámpagos de la tempestad interior. Cuando él reía á carcajadas, los del pueblo lloraban en silencio; y así, aquella primavera que cubrió de flores los huertos, regó de lágrimas los corazones.
II


LOS FUEGOS DE SAN JUAN

(Recuerdos de provincia)


Siempre que traigo á la memoria los recuerdos de mi infancia, me vienen unas ganas de llorar irresistibles, y más de una vez he acudido á toda la ciencia aprendida en los libros y en veinte años de estudios y de experiencia, he llamado en mi auxilio toda la fortaleza de hombre, que para los casos corrientes no me falta; pero, nada; el problema sigue insoluble y el hecho se repite con frecuencia alarmante. Me imagino ya convertido en un viejo lacrimoso é insoportable, en una especie de Magdalena con pantalones, y por ende, ridícula, gimoteando tras una idea imposible, como que la infancia ya pasó y ni siquiera la más absurda filosofía me permite entrever la realización mental de una vuelta á la niñez.

Entonces hago lo que tantas veces he visto en las comedias: me esfuerzo para cambiar de súbito el llanto en risa, el tono quejumbroso en alegre y risueño, el estilo grave en palabreador y chacotero: artificio que al fin reemplaza á la realidad y provoca en los demás la sonrisa verdadera, benévola y franca, pues sólo creyeron una travesura esta profunda y dolorosa revelación de la gotita de agua de los ojos, de alguna fuente que debo de llevar escondida en el fondo del alma.

¿Soy un enfermo, un neurótico, un pusilánime, un ser defectuoso, un espíritu sugestionado por elementos mórbidos de mi tiempo ó de mi historia? Para resolver este problema, allá quedarán mis escritos, de entre cuyas lineas el análisis desentrañará la solución: básteme por ahora con la confidencia, á manera de proemio á estas nuevas lineas nacidas de un recuerdo, de escenas infantiles rememoradas por la presencia de un aniversario, el del día de San Juan, portador de tantas buenas venturas.

Los niños de mi pueblo teníamos el culto de San Juan tan encarnado, tan metido en nuestras costumbres, que era de quitarse el sueño muchos días antes de la fecha, en los preparativos de las fiestas consagradas; era un fetiquismo de origen inaveriguable, porque además de ir el fuego como símbolo inconsciente, nunca pude darme exacta cuenta, ni me preocupé gran cosa de la razón histórica de encender hogueras colosales la noche de este día, siendo para mí la única la de que en Junio el invierno cortaba las carnes, las sierras cubríanse de nieve y le entraban á uno deseos locos de ponerse á correr á toda furia por las calles, y á dar gritos y á armar descomunales alborotos en toda la villa.

Verdad es que en las poblaciones agrícolas los primeros meses del año se vive de fiesta en fiesta, ya para segar las mieses, trillarlas y almacenarlas, ya para cosechar la uva con bullicio de carnaval y zarandeo de festín, y asistir luego á la faena primitiva de la fabricación del vino en los lagares, al són de flautas de caña que marcan el compás á los pisadores; ya, en fin, para dar entrada libre en las viñas espaciosas á las gentes del pueblo, cargadas con sus tipas para la rebusca siempre abundante, hasta dejar las cepas desnudas y abiertas anchas sendas entre las malezas de las mal cuidadas fincas.

La fiesta de San Juan es como el epílogo de todas las de la cosecha, porque los bosques de hierbas inútiles que se quedaron solas después de la colecta de los frutos, son las destinadas á alimentar después las inmensas fogatas encendidas en media calle en todos los barrios poseedores de una hacienda. Ya puede comprenderse cuánta animación reinaría en aquellas entradas á saco y peleas cuerpo á cuerpo con los montes de fiques, amorsecos y cadillos, á las cuales íbamos armados con los sables ociosos de la pasada siega, como si ellos también quisieran entretenerse en tajar muñecos después de haber combatido en serio.

Formábamos grupos y compañías, reclutados en los recreos de la escuela, para tomar cada uno por su cuenta la viña de su barrio, y llegado el 24 de Junio, después de medio día y al calorcillo agradable del sol invernal, la pandilla, provista de las cuchillas y las ichunas ó guadañas de la finca, nos lanzábamos con algazara de indios al fondo de la selva amarillenta de las malezas marchitas, distribuidos por zonas y con el encargo de sacar cada uno á la calle su carga para la pira común. Y allí durante la destrucción de la tupida hierba, ¡cuánto descubrimiento interesante, y á la vez, cuánto peligro imprevisto! Pues, como es sabido, debajo de las malezas suelen encontrarse muchas veces en este mundo los grandes tesoros y las horribles deformidades; y así sucedía que al tirar la guadaña y abrir el claro en el breñal, aparecían las nidadas de huevos de perdices como racimos de esmeraldas ocultos por una hada traviesa, de pichones de picaflor y de tórtola sorprendidos de pronto por el aire y la luz; pero también el segador jadeante y entusiasta descubría la guarida de la víbora astuta, del escuerzo maligno, de la araña espeluznante, los cuales atinan ya á la fuga despavorida caracoleando entre los intersticios, ya á tirar el dardo envenenado contra el imprudente pioneer, cuyo grito de terror advierte y reune á los compañeros para volver sobre el reptil con todas las armas á la mano, hasta dejarle sepultado bajo un montón de piedras, ó suspendido como trofeo de la rama de un duraznal desnudo.

A la caída de la tarde la faena ha concluido, y se ve salir en hilera á los oficiosos jornaleros llevando sobre la espalda la carga de yuyos secos, á depositarios en columna propiciatoria en el centro de una boca-calle, precisamente á la hora en que los demás grupos de muchachos del pueblo hacen lo mismo en otros puntos, esforzándose por alcanzar mayor altura y vencer á sus rivales en la magnitud del fuego, en la esplendidez de la luz y en el estrépito que al arder levantasen las respectivas hogueras.

Con pasmosa rapidez alzábanse pirámides inmensas, se les daba forma regular, colocábase sobre el vértice algún adorno, y así se esperaba la noche, dejando un centinela para guardarlas de la broma de algún vecino juguetón que quisiese prenderles fuego antes de la hora de costumbre.

Nuestros padres no podían sujetarnos en la mesa; á cada momento nos escapábamos á echar una ojeada, arrastrados por la impaciencia; combinábamos planes contra los demás, si por acaso resultasen sus fogatas mejores que las nuestras, y hasta nos permitíamos el lujo de despreciar los dulces de la comida para correr al teatro de la fiesta y ser los primeros en iluminar el espacio con las rojas llamaradas del incendio.

Momento de solemne espectativa era cuando llegaba la hora y veíamos á lo lejos á los otros niños del pueblo agruparse al rededor de sus piras, por ganarnos el placer de la iniciativa. Uno de nosotros corría por fin á traer el tizón ardiente, y cuando en circulo apretado y con los semblantes ansiosos rodeábamos la columna, la llama comenzaba con crepitaciones alegres á devorarla por la base, para ascender como una irrupción por todo el cuerpo de la fábrica deleznable y esparcirse de súbito en una explosión de luz encarnada, surgiendo por entre esos pesados nubarrones de humo de todo incendio que empieza, por el obscuro seno de la noche. Al mismo tiempo, idéntico espectáculo se contempla en otros puntos de la población, la cual parece como tomada á sangre y fuego por una horda de feroces invasores, y entregados al incendio las casas, el templo y los huertos.

Una estruendosa y universal gritería estallaba de pronto, cuando la llama retorcíase buscando alimento y espacio; los vivas á San Juan y á todo el mundo,—porque el fuego infunde la vida á todas las cosas,— resonaban de la apiñada muchedumbre infantil, y al punto, prendidos de la mano empezábamos á girar en torno de la hoguera, iluminados nuestros rostros por la vislumbre rojiza, como una ronda de demonios desatados al eco desacorde y chillón de una vocinglería infernal.

Las casas adyacentes se llenaban de espectadores de la fiesta, todos gente formal y seria que no podía substraerse á esa tentadora y contagiosa alegría de los muchachos, y entre el vertigo de aquella danza macabra veíamos al resplandor de las llamas, como en una tela gigantesca, millares de caras sonrientes, plácidas, rebosantes de contento. Al pasar por encima de la villa las nubes nocturnas, esas que andan tegiendo la neblina que ha de ocultarnos el sol del día siguiente, teñíanse de rojo y parecían en su rápida sucesión de unas á otras, cual si viniesen de lejanas regiones caravanas de fantasmas envueltos en mantos de fuego, en viaje de emigración; y allá arriba, muy arriba y lejos, en el fondo del negro firmamento, parece que también algunos habitantes del espacio están encendiendo fuego con luz traida de los astros ocultos:—es la cumbre de la montaña, que en los vastos espejos de su nieve eterna está reproduciendo el cuadro de vida y de movimiento, la escena múltiple de las hogueras de San Juan, y también los gritos de júbilo vuelven de allí sobre los ecos fugaces.

Para que el espectáculo no se acabe tan pronto y la fogata, al morir, no se lleve nuestra alegría, hay quienes la alimentan sin cesar del abundante depósito, y esta afanosa y agitada tarea de saciar al monstruo, es otro de los detalles de mayor interés pictórico de esa fiesta del fuego; y cuando es fuerza que ella concluya y la hoguera vaya extinguiéndose por grados, estrechándose el círculo de sus resplandores y reconquistando la sombra la integridad de su dominio, comienza en el alma de todos á acontecer lo propio: la tristeza vuelve con cierta amargura, antes no sentida, á apoderarse de los infantiles corazones, y el recuerdo de los deberes cuotidianos recobra su sitio en la memoria, como el frío de la noche ocupa el espacio calentado hace un instante por las llamas.

Los niños volvíamos después á nuestras casas, á someternos al yugo de la disciplina paterna, ó á abrir, bajo una vigilancia implacable, las lecciones del día siguiente, y antes de traspasar el dintel, dirigíamos en una postrera mirada un adiós melancólico á la moribunda hoguera de San Juan, próxima á quedar sepultada bajo la nieve que empezaba á caer en gruesos capullos sobre la silenciosa villa...

III


CORA


Cuando por inclinación natural, ó por deseo de hacer obra de arte, nos ponemos á observar la naturaleza en todos sus reinos, suelen asaltarnos, mezclados y medio perdidos por ahí, entre el tesoro de sus bellezas, algunas deformidades curiosas, que incitan por la misma aberración de su existencia á dedicarles quizá más atención que á lo propiamente bello. Estos seres parecen amasados con los residuos de la materia prima que sirvió para los otros, como si esos fragmentos sobrantes, desechados por el artífice, se hubiesen unido en el fondo del muladar en virtud de la cohesión de sus átomos similares.

No es raro encontrar en una hermosísima colección de flores, en un jardín natural ó facticio, una que otra monstruosa y contrahecha y cuyas hojas, que debieron abrirse y plegarse en ondulaciones elegantes, formando en el centro ese pequeño estuche destinado á la gota de rocío ó á la luciérnaga vagabunda, preséntanse desde el nacer como calcinadas por algún soplo de fuego, y como si con ellas se envolviese un gusano voraz y dormilón que no las deja tiempo para beber un rayo de sol.

Así, en todas las demás cosas bellas, creadas para nuestro deleite y recreación, aquella inteligencia oculta que dió vida á la naturaleza, puso al lado de la hermosura y de la nota melodiosa de las aves artistas, las formas y la voz horripilantes del sapo rastrero, amigo de las cuevas húmedas y tenebrosas y de los charcos malolientes, y le dió, sin duda para hacer amar mejor la armonía por horror al contraste, pretensiones de músico, sin la organización vocal y auditiva aparente; y así, no seria extraño que el pobre animal pensase para sus adentros, al emitir sus gritos destemplados y feos, que canta, cuando menos, un recitado gregoriano.

¿Y entre nosotros, los míseros humanos? No he de hablar de las enormes degeneraciones criminales, ni de las pasiones mezquinas, ni de los horrendos vicios que manchan á este soberano rey de la creación que llamamos el hombre, porque no quiero hacer de moralista, sino de otras inofensivas y propias más bien de la materia que no del alma. Quiero pintar un tipo de hombre excepcional, un personaje curiosisimo hasta lo inverosímil, que vive aún en mi pueblo.

Se llama Cara y, ya lo veis, empieza por llevar nombre de mujer. Le conocí desde mi infancia y era el cuco de los niños de mi edad, y con Cora nos amenazaban para hacernos comer, dormir é ir á la escuela de primeras letras,—las más fatales de todas y las más resistidas por instinto,— haciéndonos creer que nos engulliría de un solo bocado de su boca inmensa. Él no tenía madre ni padre, ni parecía haberlos tenido nunca; nadie se los conoció, ni aun los más viejos del lugar: debió haber nacido de algún aborto de la piedra, ó de algún conjuro de bruja, la cual se olvidó, después de crearlo, de destruir el encantamiento, esto es, fundirlo de nuevo en la olla pestilente de sus hechizos, para volverlo al muladar generador de todos esos engendros diabólicos. Y Cora se quedó fuera, por una distracción, por un olvido quizá inocente, á no haber sido de bruja.

Calla la historia sobre quién fué el inventor de su nombre: Cora, palabra tal vez imitativa de cualquier articulación animal, de cualquier ruido nocturno. Un día le preguntaron, "¿cómo te llamas?", y respondió dos monosílabos. Los libros de la parroquia no registran su partida de bautismo: todos le conocieron grande; y siendo esto así, ocurre conjeturar que entre las revueltas y bramadoras aguas desprendidas del misterioso Famatina, guarida en otros tiempos de un mundo de seres demoníacos, vino arrastrado desde los antros donde aquellos fraguan las tempestades y expelen las masas calcinadas de los metales en ebullición perpetua.

Porque Cora es negro, retinto, lustroso como la escoria, y hasta se advierte en su piel ese matiz ceniciento de los residuos de la fundición; es horriblemente feo, y su aspecto el de esos ídolos de tierra cocida que se encuentran en los enterratorios indígenas, en las huacas de los caciques. La cabeza es chata como un terrón de greda rodado de la montaña, y en ella ha nacido un apretado bosque de pelo que el fuego redujo á carbón; no tiene de frente sino una arruga horizontal, divisoria entre las cejas y el cráneo: una hormiga podría pasar de uno á otro borde sin esfuerzo sensible; en el filo de la nariz, si originariamente existió, debe haberse producido un hundimiento volcánico, así como en los cerros, porque está partida por medio en una profunda cavidad hacia cuyos abismos tienden á precipitarse, como poseídos de vértigo, dos ojos oblícuos, negros, extraviados y á veces chispeantes, como encendidos por súbita llamarada; por las fosas nasales, abiertas hacia arriba cual dos cráteres en el centro de una masa negra y mucilaginosa, debió haberse escapado la lava del cataclismo que derrumbó la nariz.

La boca merece párrafo aparte, porque no entra en el conjunto de aquella fisonomía, sino que todo el conjunto entra en aquella boca; es su apéndice, su tributario, simple hacinamiento de accesorios sin volumen comparable. Ante esa abertura desaparece la cara. Habría que dibujar una boca descomunal, y los del pueblo dirían al instante: ese es Cora. La distancia entre el borde de uno y otro labio podría recorrerse en la escala de Jacob, la más larga de cuantas la tradición conserva memoria. Las gentes del lugar le dan monedas para hacerlo estirar la boca con los dos índices formando ganchos, hasta encontrar las orejas, la cual es una operación normal, y á veces con reirse lo consigue naturalmente. Esos labios tienen la elasticidad de ciertos gusanos de las tierras húmedas, que unas veces se contraen hasta formar una bolilla, y otras se estiran como una serpiente: hay allí carne para todo.

A tal formación andro-geológica corresponde un desarrollo mental semejante. Esa alma es una nebulosa informe en cuyo seno germinan todas las facultades en un revoltijo incalificable, y lo mismo asoma un destello de voluntad, que una ráfaga de sentimiento, ó un empuje de inteligencia. Pero predomina en más alto grado el segundo de esos atributos. Cora es muy sensible, y tiene caprichos tenaces; llora con mucha facilidad unos lagrimones como lluvia de verano, que van á depositarse en la quebradura de la nariz, debajo del entrecejo, como en su cuenca natural. Carece de algunas de las más instintivas nociones de todo sér humano, y sus apetitos indefinidos, cuando en él se manifiestan, suelen darle hondos sufrimientos morales. Entonces llora, llora y llora con un gemido sin eco, desgarrador, por lo mismo que es comprimido. Se estremece convulso como los montes cuando el fuego subterráneo pugna por hallar escape. Me imagino su corazón en tales momentos: debe ser un horrible hervor de todo lo informe y lo embrionario, y por eso su manera de llorar tiene mucho de los sacudimientos subterráneos. La ciencia no da á estas cosas todo su profundo sentido trágico. Esos seres incompletos inspiran grande interés, el interés de los arcanos, ocultos tantas veces en el fondo de la intrincada máquina humana; los reflejos de su vida interna me recuerdan esos poemas bárbaros, en los cuales, entre un caótico amontonamiento de formas, imágenes y pensamientos grotescos, suele de pronto estallar un rayo que deslumbra y revela un génesis. Sólo los genios excepcionales, los que han observado y comprendido la naturaleza, pueden arrancar de aquellos organismos el pensamiento increado. ¿En qué instante evolucional del cerebro de Shakespeare, tomó cuerpo y vino al mundo Caliban, aquella bestia sujeta á un tiempo á la esclavitud del hombre y á la esclavitud de la materia bruta?

Pero abandonemos estos obscuros problemas y volvamos á la superficie, á la vida exterior de mi personaje. Aún queda algo por revelar de su vida. En el pueblo montañés es conocida su fuerte pasión por la música: es la que le domina y le imprime carácter particular; y no es extraño: las serpientes, los monstruos feroces, la aman y se dejan adormecer por sus encantos etéreos. ¡Eterno contraste de las cosas creadas! En Cora la música es no sólo una pasión, sino una enfermedad; no sólo una manía, sino una vanidad y una ambición.

Todos los pueblos, cual más, cual menos, tienen un tonto célebre. Los genios, los héroes, los tribunos, los artistas no bastan: la humanidad necesita también las personificaciones inmortales de la estupidez; y así como la historia designa á los primeros con los nombres gloriosos: "el héroe del siglo", "el águila del occidente", "la estrella del arte", así las sociedades se dan el lujo de tener también "el tonto del pueblo", que les divierte y les da ocasión de reir á mansalva de tantas cosas como acumulan sobre su cabeza, muchas veces para no reir de sí mismas.

Cora cree haber nacido músico, y allá en su vagabundaje por los campos se entretiene en fabricar flautas de caña, por un primitivo procedimiento que recuerda el de los pastores de Teócrito: se calienta al rojo una varilla de hierro; se la introduce á través de los compartimentos de la caña, se abren luego seis agujeros en linea, se dá un corte oblicuo en un extremo y luego, con un poco de cera de abejas, se le tapa, dejándole un pequeño conducto, y está hecho el melifluo instrumento. Después se larga por los caminos y llega á los ranchos y á la villa, y por el medio de la calle, muy posesionado de su papel de músico eximio, se le oye repasar unos aires de su invención, es decir, que sale lo que quieren sus pulmones en incesante y monótono resoplido. Él no sabe lo que toca, pero es muy bonito, y aún pretende imitar del clarinete de la banda popular las turbias variaciones sobre motivos de óperas más ó menos infortunadas.

El pobre imbécil rebosa de contento si le llaman á "dar una música" en la puerta; y cuando ha concluido la tocata, ríe con íntima satisfacción, cual si tuviese conciencia de haber arrancado al arte los más ricos secretos de la armonía. Y se hace al fin huésped de todas las casas á la hora del mendrugo; y allí se le vé, en un rincón de la cocina, dormitando con esas languideces del hambre, hasta que le toca el turno. ¡Pobre Cora! Pero á fuerza de compadecerle todos, al fin lo pasa bien, porque se le viste, se le da abrigo y se le alimenta. Ha llegado á tutear á los más encopetados señorones de la población y se las tiene de igual á igual hasta con el mismo Gobernador de la Provincia, su grande y tradicional amigo, quien ha dispuesto que se le reserve ración y alojamiento en la casa policial. Este exótico ejemplar de hombre no conoce, siquiera como los brutos, las dulzuras del hogar, el calor materno que alienta la vida de todos los seres animados; y quizá sea ese horrible vacío, para el incomprensible, lo que ha engendrado su fácil sentimentalismo y su inclinación á llorar por un mínimo contratiempo en su manía favorita, la música.

Un día tuvo á su alcance el contrabajo de cobre de la banda; lo abrazó con cariño y calzó como pudo la trompa de cobre en su trompa de carne, y cuando dió su formidable soplido y explotó como un cañonazo el enorme instrumento, haciendo repercutir mil veces en los cerros su eco estentóreo, Cora, entre sorprendido y gozoso, sonrió con honda complacencia, como diciendo: — "Este grito sí que me llega á la médula!" Desde entonces se propuso obtener para su exclusivo uso uno de aquellos cobres, cuyos sonidos desgarrados le sacudían el alma; saldría con él á cuestas, á vagar por los solitarios senderos del ancho valle; le arrancaría gritos capaces de despertar á los truenos de sus lechos de piedra secular; con su ayuda haría que su dolor, embotado por la idiotez, adquiriese la voz potente que le hacía falta para hacer oir al Dios de las criaturas la terrible protesta de su desamparo y su orfandad; y tal vez soplando y soplando por esos campos, volviese á su cuerpo miserable y rudo el espíritu luminoso que debiera ennoblecerlo.

Hizo que una persona caritativa escribiese al Gobernador pidiéndole el contrabajo apetecido. Mucho tardó en venir el regalo, y entre tanto, veíasele siempre detrás de la banda, cuando marchaba por las calles ó tocaba en los bailes de los ricos, formando parte del cortejo de pilluelos, con los ojos y el oído fijos en el gran instrumento de sus amores. A todos preguntaba por la respuesta de "su amigo el Gobernador", y como siempre se le decía —"espera"— echábase á llorar con desaliento supremo, como si algo providencial aguardase de aquel donativo y viese perdida la esperanza de la única ventura.

Cora es hoy dichoso. Cuando pusieron en sus manos "la música", como el llama al colosal instrumento, la expresión de su rostro de esfinge mutilada y negra, el brillo de sus ojos y el estertor espeluznante que lanzó á manera de risa, hubieron de parecer el estallido sordo de una violenta enajenación mental; y luego aquella brutal é informe naturaleza empezó á fundirse en sollozos, que brotaban con ese espantoso ronquido de la sangre coagulada, cuando sale á chorros intermitentes de la ancha herida abierta en la garganta del toro. Pasó la profunda crisis, y hoy el desgraciado, que nada sabe del placer de morir, ha concentrado todo su instinto de la vida en el contrabajo. Cuando en el silencio de las noches montañesas, óyese á distancia las formidables y destempladas notas del cobre gigantesco, ocurre pensar:

—¡Pobre Cora! Son los ecos dolientes de su alma tenebrosa, que no tiene siquiera el consuelo de saber que la muerte es la salvación de las existencias miserables... Y sopla, sopla y sopla hasta que por el sueño y la fatiga cae derrumbado como un peñasco de la cumbre.
IV


MI PRIMERA BIBLIOTECA

(Escrito para un libro patriótico)


Si he de contribuír á este libro de la patria con una nota intensa, por lo íntima y desprendida del fondo de mi alma, me es forzoso alejarme de la época en que vivo y volver al terruño, donde manan las fuentes inagotables del recuerdo y donde vibran las únicas armonías que yo puedo comprender: me vuelvo á la infancia y á mi pueblo montañés, porque todavía existen allá voces que me llaman, notas errantes que me responden, sombras fugaces que vienen á mi encuentro.

Era yo muy niño y me acuerdo del alboroto de toda la Villa, un día en el cual abrióse á la avidez y á la curiosidad de los vecinos una gran biblioteca. Una banda de música formada por iniciativa popular se apostó desde muy temprano á la puerta de la casa: los muchachos de mi edad, las gentes del pueblo, acudían de todos los villorios cercanos al rumor estrepitoso de esta alegre música precursora de nobles regocijos: mirábamos hacia dentro con los cuellos estirados, como si hubiese allí encerrado un misterio ó un juguete grande para todo un pueblo niño.

Luego empezaron á llegar las personas respetables, los señores decentes vestidos de etiqueta, con trajes sacados al aire después de mucho tiempo, que les daban un aspecto de mayor importancia y gravedad que de costumbre, y cuando estuvieron todos adentro, —mucha, muchísima gente ,—los de afuera empujaban con tal fuerza, que no hubo más remedio que permitir la entrada á todos: se morían de curiosidad.

Entonces supe bien claro de qué se trataba. Adentro, un señor que siempre era el encargado de los discursos en todas las ceremonias públicas, en las reuniones políticas y en los banquetes dados al Gobernador cuando llegaba á la villa de visita, hablaba, es decir, pronunciaba uno de tantos, pero esta vez no decía lo mismo que ya nosotros sabíamos de memoria, sino que en nombre del Gobierno de la Nación, de la junta nombrada para el caso, venia á hacer entrega al pueblo de la primera biblioteca popular, establecida en ese sitio para ir á buscar la luz de la verdad y á iluminar las conciencias, para conocer los derechos de cada uno y para ser más libres.

En la calle se quemaban miles de cohetecillos, la banda atronaba los aires con tocatas arrebatadoras, y los vivas iniciados por algunos de los de la fiesta eran repetidos por la concurrencia de los patios y de la calle con unanimidad automática, pero que hacía entrar en calor sin saber uno á punto fijo la causa, hasta que, por fin, vimos sacar en hombros una gran tabla con letras doradas y colocarla encima de la puerta; y el letrero decía:

Biblioteca Avellaneda.

Rematábase con este bautismo la parte ceremoniosa de la fiesta, y cuando invitaron al pueblo á entrar, me colé el primero por entre las piernas de los que invadían la sala y me quedé inmóvil de asombro ante tal cantidad de libros, inverosímil para mis entendederas.

—"¿Y habrá quien se sepa todo esto de memoria"? —fué la pregunta que me formulé en monólogo interior, interrumpido en lo más interesante por los cohetes y la música y por la atracción de otro espectáculo, el de una manifestación colectiva por las calles, con la banda á la cabeza, derramando millares de estruendos que reventaban sin interrupción, y haciendo acompañamiento con ruido de aplausos de innumerables manos á los gritos y aclamaciones incesantes de —"¡Viva el Dr. D. Nicolás Avellaneda!" "¡Viva el futuro Presidente de la República" "Viva la educación del pueblo!", —voces que allá, en ese espacio limitado por montañas repetíanse muchas veces, como si la naturaleza también hubiese querido unir su voto por la inmortalidad de los nombres entre tanta algazara pronunciados.

Cuando después de tantas correrías y rendido de cansancio volví á casa, sentí clavada en mi cabeza la idea de una biblioteca, de la cual yo fuese dueño, pero con muchos, muchísimos libros.

En casa los había; haría un viaje á la finca señorial de mis abuelos, donde recordaba haber visto un armario lleno, que nunca me atreví á tocar; saldría á pedir á los amigos de mi familia los que tuviesen, los que ya hubiesen leido, y si no querían dármelos, por lo menos, prestados habían de cedermelos. Nunca emprendí una tarea con más entusiasmo, ni con más fe: resonábanme en los oídos las estruendosas aclamaciones del dia, y tuve la convicción de hacer un bien, porque tal debía ser lo que de ese modo lograba enloquecer de júbilo á tanta gente, á toda la del pueblo.

No pude dormir por la noche; recorrí todos los rincones, abrí todos los baules, registré cuanto hueco había y pude asi reunir al lado de mi cama una pila respetable de volúmenes, base de la futura biblioteca soñada por mí. Púseme á revisar uno por uno los títulos y autores: Chateaubriand, Calderón de la Barca, Alejandro Dumas, José Zorrilla,

Fígaro, Lord Chesterfield, Año Cristiano, El Correo de Ultramar, El Museo de las Familias... y á sacudirles el polvo y á limpiarles las tapas, y cuando al fin me quedé dormido, tuve un sueño luminoso, espléndido, poblado de visiones risueñas y de encantos extraordinarios.

Casi con el día estuve de pie á continuar mi campaña, mi exploración en busca de libracos arrumbados, de esos que yacen en los depósitos, en las despensas, para alimento de roedores, pero que un día inesperado se aparecen como un fantasma de tiempos viejos á decir á la orgullosa ciencia nueva: — "alto ahí, señora; eso lo dije yo hace tres, cinco, siete siglos; por lo menos tenga la bondad de reconocerlo!"

Aguijoneaban mi empeño el entusiasmo y la moda reinantes desde la víspera por ir á sacar libros de la biblioteca pública, y causábame un escozorcillo de envidia el ver á las personas de mi casa correr á elegir los volúmenes nuevecitos, que luego venían á deslumbrar á mis desamparados infolios, á mis maltrechas antiguallas.

Ese mismo día quedó concluida la armazón donde debía colocarlos de pie, con los dorsos relucientes á fuerza de refregoteo, con los títulos medio borrados en unos, y en otros reaparecidos por efecto de la limpieza. Sentía una rara y placentera emoción al contemplar esas letras gordas de una caligrafía primorosa sobre envolturas de cuero amarillento de los tomos antiguos, y cuando llené el armario y ví á mis volúmenes bien alineados, gozábame en los contrastes entre los viejos y los novísimos: aquellos graves, serios, venerables, con aspecto de sacerdotes ancianos; estos pequeñitos, resaltantes de colorete y de dorado y con facha de inspirar poco respeto; y el instinto me obligaba á separarlos: no se hallaban bien los unos con los otros y dí á los mayores la preferencia.

Debo confesar que yo no era mal escolar entonces; gozaba de cierta celebridad por unos exámenes públicos en los cuales me porté muy bien y dije un discurso, cuyo autor no recuerdo, en presencia de todas las damas y señores de la villa; y esto fué razón para anoticiarse todos de esta nueva biblioteca en formación y para enviarme libros y más libros, y hasta esos montones de folletos oficiales que de Buenos Aires se distribuyen á todo el país para.... para... envolver azúcar en los almacenes, ó cuando menos, para ocupar espacio entre los trastos de alguna bodega hambrienta de vino; pero á mi no me disgustaban, porque me servían para hacer número.

Mi padre tenía siempre en su escritorio gran reunión, á la cual concurrían todos los políticos del día y se comentaban las noticias de los periódicos de Buenos Aires y las provincias, se hacían conjeturas siempre alegres, —porque así es la política, —sobre el triunfo de sus candidatos y se pasaban los días y las noches haciendo leer al maestro de mi escuela los artículos editoriales, las correspondencias de Europa y las sesiones del Congreso; y sucedió que mi padre refirió á sus visitantes lo de la biblioteca que yo formaba, y de mi intención de ponerla al servicio publico. Mandaron a decirme que me preparase á recibir la concurrencia, porque deseaban conocer mi instalación y utilizar los libros.

¡Qué honor! —exclamé para mí solo— y con gran prisa púseme á disponerlo todo para la recepción: dí á los libros unos plumerazos por los lomos, arreglé los muebles del cuarto, coloqué una silla en frente del armario, y con un volúmen en las manos, en actitud de leer, me senté á esperar la visita anunciada.

Conducidos por mi padre llegaron á poco: todos venían serios, como si asistiesen á una ceremonia solemne, y muy lejos estaba yo de pensar que viniesen á ponerme en apuros.

Un señor —lo recuerdo todavía— que en tiempos de lucha electoral solia escribir un periódico manuscrito para leerlo en los corrillos de puerta de calle, fué quien me preguntó si tenía en mi biblioteca los autores más raros, y los demás le miraban como asombrándose de que supiese tanto aquel hombre.

—"No, señor, —contestaba yo,— V. ve que esta biblioteca empieza á formarse; pero si desea leer el Año Cristiano, tal vez le sea útil: mi abuelita me ha dicho que ese libro debe leerse todos los días y que se aprende mucho en él. Aquí tengo las Cartas de Lord Chesterfield, las Poesías de Zorrilla, El Conde de Montecristo y unos libros grandes que no sé todavía cómo se llaman"...

Y así, cada uno me preguntaba si tenía ó no los libros vistos alguna vez por acaso, y cuyos títulos y autores apenas si acertaban á pronunciar, hasta que comprendí la diversión y me propuse despedirlos diciéndoles que era hora de cerrar... Todos me hicieron muchos cariños, y cuando traspasaban el umbral de mi destartalada habitación, habilitada de librería, oí á uno de ellos decir á mi padre que yo prometía para el porvenir llegar á ser... una cosa que ahora no me atrevo á confesar.

Los demás niños, mis condiscípulos, tuvieron pronto noticia de la biblioteca; y si he de exceptuar á uno ó dos que llevaron libros, los demás no pisaron otra vez mi salón, haciéndome todos el vacío y dejándome solo con mi estante improvisado y en frente de mis viejos y carcomidos librotes.

Y á fe que se lo agradezco, porque no tuve más remedio que ponerme á leerlos uno tras otro, y al cabo de algunos días no había poder humano que me arrancase del sillón de mi despacho, donde me pasaba los días enteros sin ver el sol, amarrado de cuerpo y alma por el encanto secreto de aquellos infolios desenterrados de un sueño que hubo de ser eterno.

El espíritu contemporáneo, representado por mis compañeros y mis hermanos, hacía lo posible por arrancarme de mi retiro y de mi encierro; y luego, ya fué mi padre quien me ordenó dejar aquella desatinada lectura, por temor de que ella causase un grave daño en mi salud. Tenían todos razón; era yo muy niño, pero por eso mismo no tenía fuerzas para desasirme de las invisibles redes en las cuales caí, llevado por un capricho de criatura.

Sucedía esto durante las vacaciones de la escuela, y mis padres empeñábanse en hacerme participar de los juegos y recreaciones de los otros niños; pero yo me valía de ardides y engaños para burlar sus legitimas precauciones, yendo á ocultarme debajo de los tupidos parrones de la viña ó de los grandes árboles cubiertos de enredaderas silvestres, con alguno de mis libros amados.

Un cambio profundo se había operado en mi espíritu: el propósito de abrir mi hiblioteca al público trocóse en un deseo egoista de guardarla para mí solo, de ocultarla y aún de borrar en los demás el recuerdo de haberla visto.

Iba apoderándose de mí una sed como la que consume á los bebedores de alcohol, por devorarme todos los libros, por develar todos los misterios ocultos dentro de esas tapas mohosas y húmedas, y por no contraer mi sensibilidad á otra cosa si no era el mundo ideal ó fantástico de mis lecturas.

Recuerdo de un episodio cuya simple remembranza renueva en mí la impresión de entonces. Guarecido en una especie de gruta que hallé entre los frondosos rosales de la viña, una tarde en la cual las brisas de la montaña refrescaban el ardiente estío, leía en Chateaubriand las páginas embriagadoras del Genio del Cristianismo, dedicado á la poética idealización del culto de los muertos; habían transcurrido las horas y las horas, y el sol detrás del Famatima empezaba á recoger de prisa sus telas luminosas; la noche venía de carrera y yo no tenía conciencia del mundo exterior. Un día muy diferente alumbraba mi espíritu, el día radiante de la imaginación excitada, febricitante, desbordada; toda la espléndida creación del inmortal poema vivía, agitábase y rumoreaba en mi cabeza, haciéndome asistir á la pompa deslumbradora de escenas en las cuales la naturaleza divinizada se derramaba en perfumes y en armonías debajo del inmenso templo de lo creado; repercutían claramente en mis oidos las campanas lúgubres y majestuosas, y los cantos graves y solemnes del oficio de difuntos; cruzaban por delante de mis ojos, medio velados por extraña neblina, cortejos aparatosos envueltos en nubes de incienso y acompañados por rezos de cien voces.

Un ruido inesperado, repentino, entre las ramas de los rosales, vino á arrancarme de la abstracción absoluta; helóseme el cuerpo, y sin atinar con las sendas en medio de un laberinto de sarmientos entretejidos como culebras para aprisionarme, emprendí despavorida carrera, mirando hacia atrás por instantes cual si de cerca me siguiesen los espectros.

La noche había llegado y oía como lamentos dolorosos á distancia, ó como llamados de ultratumba, los gritos de mi padre, mis hermanos y sirvientes, quienes desde muy temprano me buscaban por todas partes. Yo corría dando saltos inverosímiles, ciego, poseído de horrible espanto y sólo pude volver al conocimiento cuando mi madre ocultó entre sus dos manos mi rostro encandecido.

Ya ha pasado mucho tiempo. He vuelto hecho hombre á aquel pueblo donde formé mi célebre biblioteca, donde adquirí esta enfermedad de los libros, y al volver, no he encontrado sino algunas reliquias salvadas de la dispersión total de la que fué Biblioteca Avellaneda; en la casa paterna no ví más que la soledad y la desnudez; en la huerta y en la viña ni un recuerdo de los árboles y rosales exuberantes de la infancia; y por último, en el fondo de mi sér un

hacinamiento de ruinas, entre las cuales arde, como lámpara de un santuario, una llama inextinguible, —un deseo alimentado de esperanza, una sed de ideal siempre más intensa, cada vez más insaciable!
V


EL NIÑO DE CERA


Fué en el ardiente Enero. Los labradores de una aldea de provincia mediterránea veían agostarse sus sembrados, achicharrarse los sandiales y los trigos en flor, y doblar las frondosas parras sus trepadores sarmientos cargados de racimos pintones, á la influencia del calor que hacia reverberar la atmósfera, como si hirvieran los gases volátiles y fuese á incendiarse la tierra.

Ya no había remedio. La vertiente de la montaña vecina había suspendido la producción de su caudal cristalino, el único que alimentaba á hombres, bestias y plantas, y caían rendidos, doblegados por la sed y la fatiga.

Y el sol quemaba, abrasaba, ardía desde la mañana hasta la tarde, y entonces los ardores acumulados en el suelo empezaban á surgir hacia arriba, para no dar descanso á la naturaleza aletargada.

Era necesario implorar á Dios, á los santos benefactores, á la corte entera de los cielos, y aquella aldea creyente, agotados los esfuerzos del trabajo, reunióse para celebrar una procesión, para pedir el auxilio de la divinidad y aplacar su terrible cólera.

No había en todo el lugarejo sino un Niño-Dios de cera, pequeñito pero rosado y transparente, con unos ojos y unos labios risueños, cabello rubio y ensortijado; era el que todos los años, para Navidad, ocupaba su sitio en el pesebre, rodeado de todas las primicias, — los primeros racimos de uva, la mata de trigo con sus brotes nacientes, los pequeños duraznitos de la Virgen, nidos de tórtolas llenos de huevos arrebatados á la triste madre, flores del campo olorosas, con aroma cálido y selvático, haciéndole alfombra al divino nacido, acostado en una cama de tiernas pajas dentro de un fanal de vidrio.

Todavía estaba el pesebre compuesto y adornado de la pasada fiesta, y acababan los Reyes Magos de despedirse de él. No habla sino que levantarlo así, y pasearlo en romería suplicante por los sembrados y los huertos mustios, para que viese por sus mismos ojos celestes la desolación y el hambre horribles y amenazadores.

Tomó el más anciano en sus brazos la urna de cristal; rodeáronle las mujeres, los mozos y los niños; algunos empuñaron los tamboriles de las fiestas, otros las flautas pastoriles de sonido lastimero y otro un violín exótico que gemía desgarrándose á si mismo, y así, formando doloroso concurso todos los habitantes de la aldea emprendieron la triste procesión hacia los sembrados sedientos y agonizantes.

Era la hora meridiana, en la cual el sol de Enero parece detenerse en su sitial del cénit, gozándose en la desesperación de los humanos, en el incendio de la vegetación, en el exterminio de la labor del campesino; y así, bajo las llamas que caían sobre sus cabezas y por encima de la tierra candente, los pobres aldeanos emprendieron la triste peregrinación, al rumor agonizante de sus rezos, al monótono pam-pam de los tamboriles rústicos y al lloroso clamoreo de las flautas de los muchachos.

Llegaron al centro de un inmenso sembrado donde el sol caía á plomo, donde las hojas lozanas y las guías atrevidas encogíanse como reptiles al contacto del fuego; colocóse en alto, sobre los nervudos brazos del aldeano viejo la urna con el Niño-Dios de rosada cera, y todo el concurso de rodillas rezaba á grandes voces las rogativas más fervientes, pidiendo la lluvia regeneradora, la protección inagotable de Dios para sus hijos infelices, la salvación para las cosechas, la abundancia de los manantiales. Prometíanle en cambio — ¿qué no le prometían? — fiestas grandiosas, peregrinaciones hacia los templos más lejanos, á pie, con la planta desnuda, de rodillas, sin alimento, en el tiempo y en la forma en que su designio supremo se los diese á conocer.

Cuando la súplica terminó, callaron los cantos quejumbrosos y los peregrinos, más tranquilos del ánimo, resolviéronse á emprender la vuelta, quisieron todos besar la divina planta del Niño-Dios de la aldea... Pero un grito de terror y de espanto, despavorido é infernal, salió de todos aquellos labios enjutos por la sed y la miseria.

¡El Niño-Dios había desaparecido! Vacía estaba la urna de cristal, incendiadas las pajas que le servían de lecho. y sólo sus ropas de seda y de encaje veíanse allí, como la vestidura abandonada de un ángel que hubiese volado al empíreo.

No había duda alguna. Era un signo aterrador de la negativa suprema; era que debían hallarse en pecado mortal, en vicios y malas costumbres, y aquella milagrosa desaparición, dejando sin Dios á la aldea, la entregaba á la desesperación y á la miseria y á la muerte.

¡Qué horrible aspecto el del lugarejo de labradores! El sol descendía con más lentitud para prolongar por más tiempo su obra desoladora; secáronse los sembrados, ardiéronse los trigos y escondió la montaña el manantial de sus aguas.

Emigraron á otros pueblos los atribulados campesinos en busca de santuarios de penitencia; eran caravanas fúnebres las que salían por los áridos caminos, dejando cerrados hasta la vuelta incierta los ranchos de adobe ó de quincha, cubiertos de ceniza los hogares, donde la brasa, semejante al fuego sagrado, no volvería á encenderse mientras la penitencia no hubiese borrado las culpas de los moradores de la pobre aldea.

Oí después. en una iglesia. á un predicador misionero, explicar el suceso diciendo que el Niño-Dios había desaparecido porque quiso castigar en los habitantes de la aldea las rencillas domésticas, la desunión en el trabajo y el olvido de la fe.

Y aquí se acaba este relato, verídico "en tanto en cuanto..." como dicen los teólogos, y que se me ha venido á la memoria, diré, por casualidad.
VI

EL FESTÍN DE DON BALTASAR

(Capítulo inédito de una novela que no he escrito ni pienso escribir)


Tenia por fuerza don Baltazar, el ricacho de la Provincia, que deslumbrar esta vez con una fiesta como nunca se hubiese visto en muchos años atrás: tenia que demostrar á la sociedad en cuyo seno vivía y desempeñaba papel en modo alguno secundario, que también sabia abrir sus salones con todo el esplendor de la moda y del buen tono; y el día en el cual concibió esa idea, previa y amplia y minuciosamente consultada con su joven y anacrónica esposa, no había servidumbre que diese abasto, ni artesanos suficientes para los arreglos de casa. No había más sino que el rico don Baltasar estaba decidido á derrochar una buena parte de sus crecidos ahorros en el baile del próximo carnaval. Y bien necesitaba, allá para sus adentros, hacer ver que no era un advenedizo en aquel medio abierto generosamente para él á pesar de su humilde, obscuro y desconocido origen. Porque él era así. De la noche á la mañana hallóse convertido en hombre importante; manejaba muchos miles y, es sabido, ya eso basta y sobra en sociedades tolerantes como las nuestras para ser persona decente. Y don Baltasar lo era, sí, señor; !vaya que sí lo era! Como que halló una niña de quince, de las familias de copete, para novia, la cual fué corta de vista y no pudo, naturalmente, ver los defectos físicos, ni los morales, que, ―al fin y al cabo, alguna relación guardan entre sí,― del que iba á ser su esposo por toda la vida.

Es el caso que ocho días antes del célebre baile de carnaval, el buen hombre, el respetable don Baltasar hizo bajar de sus mil y una estancias toda la gente de faena, con cabalgaduras y todo, porque las necesitaba para los preparativos. Aquel día, el de la llegada de la gente, el pueblo hubo de alarmarse creyendo que el prestigioso don Baltasar se proponía hacer una revolución contra el Gobierno, porque le hubiese dado la gana de ser gobernador, ―cosa, por otra parte, nada extraña en países tan democráticos, donde no hay uno malo para ese lucrativo cuanto honorífico oficio;― y él había sonado ya muchas veces como candidato y siempre lo desairaron, fundados en no haber nacido de sangre azul, sólo para eso de gobernar, mas no cuando le abrían los salones de la quisquillosa aristocracia.

Pero no había tal cosa; no se le había pasado por la imaginación esta vez la revolución; era un simple bailecillo el que se proponía dar para... para con sus más y sus menos, acercarse á la posibilidad de ser candidato de veras, llenando su casa de "lo más selecto", como suele decirse. Para eso aquel buen día impartió sus órdenes á la servidumbre:

― "Usted, Pedro, monte en la mula y recorra todos los puestos de por cerca de la ciudad y recoja cuanto huevo encuentre para los postres y las macitas."

― "Vos, Sinforoso, subí en tu bayo y andá haceme una recogida de pollos y gallinas. Si no te quieren vender, deciles que son para mi y basta."

― "Oiga usted, ño Jacinto, vaya digalé á doña Eulogia, la de los dulces, que la preciso en mi casa por unos días; que no me vaya á faltar."

― "Mirá, vos, Antonio, que sos más guapo, andate de una carrera á la "Retamilla" y traete unos tres ó cuatro corderos gordos, que ya han de estar buenos pa la parrilla." ― "A la negra Petrona, la cocinera, esa que sabe cocinarle para el señor Gobernador, le has de decir, vos, Sinforiano, que no deje de venir el sábado, la víspera, para que se imponga de todo y ordene lo necesario."

Y así, era hombre de no perdonar un solo detalle, y por eso le salía todo tan bien, y además porque tenía la buena costumbre de hacerlo y disponerlo todo por sí mismo. Cualquiera habría creído que se preparaban las bodas de Camacho, ó un banquete al pueblo entero de la Provincia. Seguramente, no quedaba aquella vez ave doméstica, ni legumbre, ni cosa alguna manducable en muchas leguas á la redonda, porque los emisarios de don Baltasar, dispersos á los cuatro vientos, lo mismo que si fuesen á juntar á ciudadanos para las votaciones, se iban á dejar taladas las estancias.

¡Ah! pero él era hombre de mucha trastienda y sabía muy bien dónde había de poner la mano para conseguir la adhesión de esa orgullosa y disimulada aristocracia; sabía, entre otras cosas, que el que da de comer bien, obliga, y esa vez no le habían de dar la espalda al día siguiente de la fiesta, después de hartarse con sus potajes y sus vinos añejos, los vinos queridos de su bodega.

―"El vientre, oh! el vientre es un órgano muy sensible, se decía interiormente, (porque don Baltasar era de esos que lo piensan y no saben expresarlo) y lo que es en política ha realizado hazañas memorables". Y lo mejor era que don Baltasar no se equivocaba. Allá á sus solas frotábase las manos de contento y sonreía con sorna mefistofélica ante la visión del resultado de su estratajema.

Luego venía una tarea algo seria; había que redactar las invitaciones, y como don Baltasar no tenía la costumbre de escribir, y la costumbre, ustedes saben, es el todo en ciertos oficios, llamó á su mujer y á su secretario para que escribiesen. Él les dictaría, eso sí, á dictar nadie le ganaba, y así mantenía su numerosa correspondencia comercial, política y de cortesía. Primero se hizo una larga lista de nombres de las familias de la ciudad, empezando por los más viejos, los que tenían niñas para ponerles en la dirección, y familia, y acabando por los solteros, los mozos de baile, teniendo cuidado de no omitir á ninguno, y mucho cuidado de no omitir á los festejantes de las niñas invitadas.

―"Yo me reservo añadir después otros nombres especiales, dijo á su mujer; esas invitaciones corren de mi cuenta... á ver, lean la lista, no sea que se queden algunos... sí, ese está bueno... ese otro... también, sí sí, puede entrar en mi casa... se te olvida uno... ese, ese... Bueno, bueno. Ahora, á hacer las invitaciones, y como son más de ciento, hay que mandar á la imprenta, porque ahora se usa con imprenta.

― "¿Usted va á dictar, señor?

― "Sí, escriba... Ya sabe, primero la fecha y después, Señor D... "Los que suscriben, Baltasar de la Peña y Señora, tienen el alto honor de invitar á usted (aqui un blanco para la familia si la tiene, si no, se le pondrá una raya) á... V. á..." Espérese un poquito... "a una tertulia casera que tendrá lugar en su casa habitación el dia 12 del corrientes á las... á las..." ¿á qué hora será bueno poner? ¿qué te parece? Ah! ponga usted... "á las ocho y media de la noche".

―"¡P.M., Baltasar, P.M! Ahora ya no se pone la noche.

―"Bueno, como á vos te guste... Pero ¿sabes lo que quiere decir P.M.? No ves que eso quiere decir Por la Mañana y nuestra invitación es por la noche?

―"Pero hombre de Dios, ponele A.M. entonces, que es el compañero, y ha de significar eso.

-"A ver, lea, señor secretario."

El secretario lee y una ligera sonrisa que se le dibuja en la cara es atribuida por don Baltasar á un legitimo orgullo de co-autor del sabroso billete.

―"Cierto, cierto; pues poco se me iba quedando en el tintero! Y... ¿á qué le pondremos?

―"Eso lo has de saber vos... Pero la verdad no se dice: hay que inventar un motivo ... ¡Pero si es Carnaval, hombre! ¿ y qué mejor?

―"¡Cierto, cierto! Ponga usted señor secretario... con motivo de ser día de Carnaval-"

―¡Vaya, vaya, al fin salió",― decía el ricacho, sonriendo plácidamente de aquel pequeño apurillo en que le ponía la tal invitación. ¡Lo que es la falta de costumbre de ocuparse uno de estas pequeñeces!

El secretario puso en limpio con la mayor escrupulosidad el borrador, pues tenía que llevarlo á la imprenta inmediatamente; pero se mordía los labios hasta hacerles brotar sangre, para no soltar la carcajada, porque el secretario sabía cuánto estimaba don Baltasar los frutos de su talento, sobre todo cuando dictaba, y lo inútil de las observaciones siendo un simple escribiente cuyo oficio es escribir lo que le mandan. Y la invitación salió, esto es, la invitación general, porque todavía quedaban las reservadas á los altos personajes de la política, á quienes había que invitar por escrito y en papel y sobres especiales guardados para esos casos. Esos eran el Gobernador, los Ministros y uno que otro ciudadano de significación y de elementos. Su secretario y su mujer ya conocían el texto de estas almibaradas esquelas, llenas de títulos: Exmo. señor, Su Excelencia; eso sí, el tratamiento no se puede olvidar, porque ¡quién sabe si no llega el caso de tener que reclamarlo algún día!

Entre tanto, la noticia corrió por la ciudad de la próxima fiesta en casa de don Baltasar, y hacíanse cruces y preguntas de sorpresa todos sus habitantes al saber de esta humorada de parte de quien siempre habíase distinguido por eminentes dotes de economista. Pero ya que se presentaba la ocasión, era de aprovecharla, tan raras como son esas de divertirse, comer y beber de lo bueno sin gastar dinero y sin comprometerse, porque "á don Baltasar, con cualquier cosa se le engaña", se decían todos, y "lo único que se ha sacado es un provecho cierto sin ninguna obligación". ¡Ay! de cuán distinta manera apreciaba el acto el futuro anfitrión!

Durante los ocho días fué una de agitaciones y de desvelos en la casa, que ya no se podía más. Iban y venían mensajes á todas y de todas partes. ― "A doña Elvira, que cuidadito con faltarme; lo mismo á doña Manuela; y á doña Esperanza, que no deje ninguna de sus seis niñas, porque les voy á tener novios; y á misia Genara, que se venga, aunque sea con sus sirvientes y sus chiquillos, que los haré dormir con los míos y que de eso no debe preocuparse..." Entraban y salían albañiles á cerrar los agujeros de las paredes y de los pisos, carpinteros y herreros, blanqueadores y hasta un pintor de brocha gorda, un italiano llegado á la Provincia entre una camada de inmigrantes labradores, toneleros y picpedreros, fué llamado para que pintase por lo menos la sala de baile, y si no tenía tiempo para hacer grandes cosas, aunque fuesen unas cuantas rayas celestes y blancas y unos escudos nacionales en cada centro de las cuatro paredes, como para que no quedasen tan peladas, porque la cosa se había pensado tarde y no se pudo encargar espejos, fuera del grande colocado en el fondo "para que la sala parezca doble y se retraten las parejas", decía don Baltasar, satisfecho de este chispazo de artista.

El dueño de casa y la señora casi no comían por trabajar, él en mangas de camisa todo el día, arrastrando su voluminosa persona, atendiendo á todos los trabajadores, mirando que los cuadros no estuviesen torcidos, que las alfombras no tuviesen dobleces para que no tropezasen los danzantes, y que las costureras no le dejasen en ella ningún agujero sin cerrar, que las cortinas blancas con bordados dados se hallasen elegantemente plegadas, que la mesa del comedor se aumentase con otras cuatro ó cinco, que no faltasen platos, copas y cubiertos, y al efecto los contaba y recontaba á cada momento; que se apurase la provisión de chanchitos, pavos, corderos, gallinas, etcétera, para que nadie se quejase de hambre en casa de don Baltasar de la Peña y señora, la primera vez que abría sus salones á la sociedad.

En cuanto á la ama de la casa, su esposo no la permitía trabajos fuertes, porque, como tenía que conservarse para la noche del baile, podría ajársele el cutis y perdérsele el color, y lo más que hacía era vigilar la gente femenina de plumero y de aguja, y eso, bien envuelta la cabeza con una tohalla para resguardar el pelo del polvo; en cuanto á las manos, no había cuidado, porque se pondría guantes y no se notarían las durezas de la piel. Ella era hermosa y fresca todavía, aunque se casó de muy niña, y tenía nueve hijos, así, de mayor á menor, formando escalera, á cual más alhajita de los nueve; y por eso su marido la cuidaba como una joya, ordenándole no molestarse por nada y prefiriendo más bien ocupar él su lugar en los quehaceres domésticos. Conservábase, pues, para don Baltasar y para no desmerecer de ninguna de las invitadas la noche del festín, pues su mayor orgullo era leer en el periódico las crónicas de baile, llamándola siempre "la elegante, la hermosa, la atrayente, la arrogante, la deslumbrante señora de la Peña", cosas que ella misma leía á su marido por la mañana, así como le leía todos los periódicos de Buenos-Aires, las cartas y todo papel escrito que debería leer él si tuviese la costumbre de leer; pero aquellos elogios le sabían acre, y más cuando su mujer los repetía con mal disimulada emoción, pues ya se le figuraba que ese sentimiento de vanidad satisfecha trocaríase en otro de simpatía por el autor de la crónica, tan subida de tintas para cuanto era ponderar la belleza de su esposa.

Llegó por fin el día tan deseado, ese primer día de Carnaval, que tantas emociones prometía á la sociedad y á don Baltasar. Todavía al entrar la noche y cuando empezaba á aglomerarse en la puerta de calle la gente del pueblo, se oían los últimos golpes de martillo clavando un pedazo de alfombra sobrante, como para que no se pierda; encendíanse las lámparas de la araña, despojada por fín de su camisa de tarlatán celeste en sus buenos tiempos, pero hoy confundido con el polvo, semejante al del sepulcro por lo respetado; y á todo eso ya los músicos del gobierno formados en media calle, anunciaron á don Baltasar, con un redoble de tambor y un golpe de bombo preliminares que le retumbaron en el alma, la sorpresa preparada por el señor Gobernador, pues le enviaba la banda en señal de distinción.

Desde muy temprano la señora sometió á hierros su cabellera copiosa y excesiva encerróse en su toilette con tres sirvientas y alguna amiga íntima para todo lo que era vestirse y adornarse y ponerse linda, hasta desconocida del mismo don Baltasar, no obstante lo mucho que la conocía sus intimidades, pues era de los maridos que tienen por sistema no dormir jamás en cama separada, por razones de alta trascendencia para el porvenir de los afectos conyugales.

Cuando la banda del Gobierno hizo su primer estallido, don Baltasar, que se vestía en el cuarto siguiente al de su mujer, dió un salto de nervios y se le escapó de las manos el chaleco blanco que iba á ponerse, el cual sonó en el piso de tablas con gran ruido, pues tenía en uno de sus bolsillos un inmenso cronómetro amarrado con una cadena maciza de oro medio bruto, para que en su buen andar no se escapase. Así, entre nervioso y conmovido, acabó de ponerse las distintas piezas del traje, porque al oir la banda, los convidados habían de empezar á llegar, y era preciso que él estuviese en la puerta para recibir desde el primero hasta el último. Cuando asomó al zaguán, la mosquetería le saludó con un murmullo de admiración y de sorpresa, porque salía radiante de noble satisfacción y porque era la primera vez que su vientre pantagruélico, fajado por su chaleco blanco, se adelantaba unas cuantas pulgadas de los filetes de un frac. ¡Cómo conocía él la impresión causada por aquella fiesta en el pueblo apretado para mirar adentro de su casa! Parecíale que de un momento á otro iba á surgir el grito comprometedor, pero ansiado, del seno de la masa popular:

― "¡Viva don Baltasar de la Peña, futuro Gobernador de la Provincia!"

Tan clara tenía la convicción de que ese grito iba á estallar, que tentado estuvo de llamar á algunos del grupo y pedirles por favor que no lo hicieran, porque lo comprometerían ante el señor Gobernador.

La primera familia llegó, finalmente, á su puerta, en coche: todos hicieron calle y don Baltasar adelantóse á dar la mano á la señora y á las niñas, y á estrechar las del amigo que venía á asociarse á su fiesta, y con una galantería desbordante, apresurada y de dulzores infinitos les acompañó hasta las sillas del salón, diciéndoles: ―"Háganme ustedes el favor de sentarse: mi esposa vendrá pronto á hacerles compañía, porque aún no ha concluido su tocado: ya vendrá, ya vendrá; tengan ustedes la bondad de disculparla".

Y lo mismo hizo con todas las demás familias que llegaban; los coches iban y venían cargados de concurrentes, señoronas remilgadas y niñas de trajes vaporosos y de raros caprichos, obra meritoria de sus propias habilidades, pues la previsión de don Baltasar fué hasta darles el tiempo necesario para sus confecciones. Algunas, muchas de ellas, venían en trajes de fantasía carnavalesca, con antifaz, máscaras ó dominós pués habían interpretado el texto de la invitación fijándose en aquello de "con motivo de ser dia de Carnaval"; otras se vinieron con sus trajes de diario ó de dentro de casa, porque interpretaron el texto por sus palabras "á una tertulia casera", y aquellos que tenían más confianza con la señora y más previsión, advirtieron mandar preguntar cuál era el carácter de la reunión, si de Carnaval, ó sólo de baile de sociedad, y esas anduvieron con más tino, porque hicieron lo que se les dió la gana, según la respuesta de que vinieran como quisieren, porque era su casa y no usaran etiquetas. Resultó, pues, una mezcla curiosa de caracteres en aquella exposición de vestidos y de modas, un tanto atrasadas, es verdad, ― porque la señora del Gobernador, que recibía figurines de tarde en tarde, tenía que pasarlos de mano en mano después de utilizarlos ella,― pero no por eso menos pintorescas.

Lleno estaba el salón de señoras y de caballeros, ― estos últimos también divergentes respecto de la interpretación del texto, pues al lado de muy pocos fracs, abundaban las formas democráticas, ― cuando don Baltasar mandó decir á su cochero que de una carrera se pusiese en casa de Su Excelencia y le dijera: "que lo más selecto de la sociedad, reunida en mi casa particular, espera á Su Excelencia para comenzar la danza" ; y parecía que también la señora tenía preparada su entrada teatral, porque así que hubo un instante de distracción, abrióse de pronto la puerta de la habitación inmediata, y apareció en todo el esplendor de su conservada hermosura y de su toilette extraordinaria y de sus joyas, llamando vivamente la atención de las damas una estrella de brillantes con plumerito que resplandecía encima de su peinado. Sonrió ella como dispensando gracia y felicidad á sus convidados. Don Baltasar sintió un rápido reblandecimiento en toda su máquina animal, y las señoras del salón, repuestas de la sensación repentina del asombro, adelantáronse á recibir los efusivos besos de sus lábios todavía rojos y los apretones de sus manos con guantes nuevos.

Otro redoble y bombazo de la banda anunciaron la llegada de su Excelencia "y Señora", como diría don Baltasar, los cuales no despertaron la misma espontánea sensación de asombro que la señora de la casa, porque se habían hecho esperar y porque eran autoridad, y la autoridad jamás es bien recibida en parte alguna de la tierra.

Llevaba ya cuatro horas largas y penosas el baile de don Baltasar y señora, y comenzaban las matronas viejas á cuchichear por lo bajo, preguntándose á qué hora se abriría el comedor; las parejas se quedaban sentadas largo rato sin cruzar una palabra, ni siquiera de amor, ―que es quien más resiste al hambre,― y todo ese cansancio, con gran contentamiento de los músicos, que apenas arrancaban uno que otro rugido de desesperación ó de fatiga á los cobres del gobierno, resabiados y mañeros de tanto trabajo en los banquetes de ó á Su Excelencia, en las manifestaciones de los amigos, en las procesiones de los santos, en la bienvenida á las personas notables, en las funciones oficiales y en cuanta ocasión creen conveniente meter bulla para arrancar una muela al pueblo.

Llegaron el desabrimiento y la chirlura á tal extremo, que hasta el mismo don Baltasar hubo de advertir que lo necesario era comer, y previo permiso de Su Excelencia, ― quien hacía rato departía de política electoral con un grupo de amigos en el patio, ― indicó con su melosa cortesía que podían pasar al ambigú, donde se les serviría cualquier cosa para entonar el cuerpo.

¡Cómo cambió de aspecto, entonces, el festín de don Baltasar! Él sólo se colgó de los brazos unas cuantas viejas que ya no veían las horas de cambiar de postura y calentar el estómago, y las parejas de solteros, con mal contenida prisa, se encaminaron á la bien provista mesa, la cual, en menos de un abrir y cerrar de ojos se llenó con doble hilera de comensales, quienes, parecía, por lo ávidos y apetitosos, que hubiesen ahorrado ganas para ese momento. Hablaban más los platos que la gente; y muy pronto los animales que antes parecieron vivos sobre las grandes palanganas, coronados de ramas de albahacas y adornados con moños de papel prendidos en sitios inconfesables, fueron perdiendo sus formas, así como poniéndose en deorden y vergonzosa derrota el ejército de botellas que el anfitrión había dispersado sobre la cuádruple mesa. ¡Qué pulcritudes, ni atenciones delicadas, ni cumplimientos, ni cosa parecida! Nadie escuchaba allí los ofrecimientos de don Baltasar, ni se acordaba de festejos ni amoríos, ni tenía en cuenta la presencia del señor Gobernador y señora, los cuales, como los demás, ponían los más laudables empeños en honrar la espléndida mesa del festin, por cierto, con indescriptible satistacción del astuto candidato, el cual con una risita socarrona y un tanto agreste, se decía para sí:

― "¡Bién vá! ¡bravo! mientras con más ganas coman, más pronto se me entregarán", ― y repetía los brindis de vino añejo con Su Excelencia, que ocupaba la cabecera de la mesa.

Eran en verdad las bodas de Camacho: la gente de servicio, los comedidos y los músicos, entreverados todos en el patio, barajaban en el aire los platos que salían del banquete con algunos residuos de buena educación; la muchedumbre del pueblo, aglomerada en la calle, fué ganando posiciones poco á poco hasta atravesar el zaguan, y tan desierto estaba el salón, que una pareja de pata en quincha se dió el lujo de zapatear un gato en las alfombras del salón de baile, mientras los señores de la aristocracia rendían culto á los lechones, á los pavos y al añejo del festín. Era aquel, sin duda alguna, un colmo de fraternidad entre las clases, y auguraba para el pueblo muy buenos tiempos bajo el futuro imperfecto gobierno del señor de la Peña.

Oído de afuera, el estrépito del comedor se asemejaba á un combate al arma blanca; pero poco á poco fueron reanimándose el humor, las conversaciones y los brindis, en los cuales el mismo Gobernador llegó á proclamar á don Baltasar candidato para la Presidencia de la República, ― y el salón volvió á llenarse y á resonar de nuevo la música; si bien es verdad que las exigencias de la digestión y los caprichos que ella trae consigo, fueron parte á limitar de pronto la duración del rumboso baile; y los dueños de casa, después de presenciar aquella devastación implacable de su hacienda, y sin descubrir en sus comensales demostración alguna de adhesión sincera, tuvieron que correr al salón á despedir á las familias que ya empezaban á desbandarse, muy simplificados sus atavíos, porque en la faena de la comida fueron despojándose de todos aquellos adornos menudos y embarazosos, casi siempre, para el trabajo. El ruido, la algazara, el parloteo finales de toda reunión que se concluye, sonóle á don Baltasar á despedida eterna de sus ilusiones de político, porque eran breves y secos los ofrecimientos, y en ellos se leían claras estas palabras: "Bueno, amigo, ya nos ha dado usted de comer, que lo pase bién, y que se repita!" Esto leía en todos los amigos que se marchaban.

Cuando el último se alejó, y sólo quedaba la gente de su casa, don Baltasar tuvo un instante de profundo desaliento y de desesperación, y dando un golpe á la puerta de calle, golpe que se oyó en toda la ciudad, la cerró como para que no se abriese jamás.
VII


LOS REYES DE MI CASA

(A mi esposa)


Me dormí rendido, derribado por la fatiga de una vigilia pasada en borronear papel, con esa fiebre cerebral y esa profunda agitación del espíritu que me invaden cuando transmito por la pluma todo mi ser en imágenes, en frases, en páginas.

La media noche con su atmósfera cargada de visiones fosforescentes, poblada de ruidos levísimos, pero que al herir los nervios sobrexcitados, repercuten en el oido como explosiones ó derrumbes de montañas, me había producido tal postración material, que mi sueño fué más que nunca, esta vez, un remedo de la muerte.

Pero quedarme dormido y empezar á soñar, fué todo uno: dos fenómenos de división imperceptible, como ciertos colores en el cielo durante el crepúsculo.

Hallábame cerca de un campo de batalla cubierto de humo de cañonazos y polvo de caballerías á la carga: de estampidos formidables de metralla, de fusilería, de árboles que se rompen, de fortalezas que se desploman, de selvas que se incendian; oía un vocerío infernal, palabras de mando, de reto, de súplica y todas en lengua intraducible, alaridos, silbidos, chirridos; músicas militares de marcha, de ataque, de victoria, de festejos, de atención, de plegaria. Luego cambiábase el cuadro en apacible y sereno: las nubes de humo y polvo disipadas, luna poniente en el espacio, pájaros gorjeando dianas, rumores de campiña que se despierta y luces anunciadoras de la alborada.

Vinieron á refrescarme la cara gotas de agua de las que saltan de un torrente despeñado, y caricias de vientecillos vagabundos, de esos que andan de noche robando el perfume de las flores que se abren, – de aromas, de cactus silvestres, de azahares, – cual si fuesen silfos y gnomos traviesos y curiosos. Sus alitas doradas y olorosas me tocaban la frente, las mejillas, los ojos, con tacto de pétalos de seda, con tibieza de flor escondida en seno vírgen, con cosquillas de mariposa sutil.

Todas estas impresiones fueron trayéndome gradualmente á la vida, y cuando desperté, se hallaban encima de mí mis dos hijos: – César, un rubio de larga cabellera, bullicioso, insoportable, amigo de caballos, tramways, carros, pitos y de cuanta cosa se ha inventado para volvernos locos, á mí y á los vecinos, hablador en idioma primitivo que sólo la madre entiende, – y Hortensia, una morocha de diez meses, rosada como mañana de estío, con ojos negros, redondos y movedizos, risueña para mostrar su primer par de dientes y balbucidora de palabras futuras.

Los dos me acarician con sus manos diminutas, me besan con sus labios de rosas acabadas de abrir y de los cuales se aspira una esencia apenas perceptible; César me aturde con el saludo cuotidiano y me marea con las historias recogidas en su excursión reciente:

— "Moñiña papá; beto nene; cayo cabayo tén; niño coleco campana". — frases que entrego al estudio de los filólogos; Hortensia apenas me nombra, pero chirria y salta y aletea con sus bracitos, como avecilla que intenta volar cuando viene el día.

Luego ¡qué cuadro en derredor de mi cama! Ahora comprendo por qué en el sueño asistí á una tan descomunal pelea. Confundidos, revueltos, desparramados como despues de una derrota, se veían sobre el pavimento una locomotora tumbada, dispersos los carros, y uno que otro pasajero asomándose con su cara de plomo por las ventanillas ; un caballo sin jinete, con el vientre roto y hueco, abierto sin duda por alguna bala de cañón, estirado sin vida, con los ojos blancos ; amontonados más allá en desorden trompas abolladas, fusiles quebrados, tambores sin parche, cañones desmontados, carruajes en trizas y en medio de cuyos despojos se veían aún un inglés coloradote y una lady de peluca rubia y cofia encarnada, víctimas de su curiosidad de turistas ; luego, por todas partes trapos, — girones de banderas, — cuerpos de polichinelas obesos como Falstaff, ó escuálidos como don Quijote, de músicos ambulantes caídos patas arriba y perdidos por ahí los platillos, el bombo y la manija de un cilindro que uno de ellos tenía en el vientre.

Y este cuadro siniestro, visto á la luz del sol que ya entraba por un postigo entreabierto, y al través de la bruma que todavía empañaba mis pupilas, era la obra de uno sólo, de un malhechor privilegiado que tiene el poder de hacerse perdonar con una mueca graciosa, una palabra revesada, ó un beso siempre dulce, las grandes catástrofes que traen alborotado el mundo... de mi casa; especie de Napoleón mimado, todo lo revuelve, lo abre, lo recorre, lo desacomoda, lo quiebra, para que después, mi esposa y yo, que representamos allí la humanidad, nos veamos obligados á estrechar en nuestros brazos al autor de tanto estrépito, y á premiar con regalos y caricias sus devastadoras proezas, en cambio de la gloria con que inunda nuestros corazones, de las promesas con que halaga nuestros días, del inefable contento con que baña nuestras almas y de la serena gracia con la cual, por su intermedio, Dios bendijo nuestro humilde hogar!

Sí, benditas seáis mil veces, divinas criaturas, porque me habéis hecho contemplar un cielo desconocido, y más que todo eso, amar la vida, á Dios y con doble amor á la patria en que hemos visto la luz!


15 de Agosto de 1892
VIII


NAVIDAD

(A los niños argentinos)


Ha llegado el día de las francas expansiones, de reavivar el fuego de los afectos domésticos, de rendir culto á los dioses tutelares del hogar. Lleno está de algazara y de bullicio inocentes; los niños corren y saltan alrededor de los abuelos y de los padres, como los pájaros revolotean en torno del árbol donde se oculta el nido.

No son ya, ciertamente, los establos humildes de la Judea; pero el triunfo del divino nacido es mayor todavía, porque desde la pobre morada del obrero hasta el palacio del opulento magnate, la sombra invisible del Niño-Dios, se pasea silenciosa derramando bendiciones y caricias, gracia y buenas nuevas.

Aunque hayan perdido la fe ingénua de las sociedades en infancia; aunque la razón haya envuelto y ofuscado los recuerdos de la leyenda, ella vive en los corazones, se alimenta como lumbre inmortal en el seno de todas las razas y de todas las civilizaciones.

Noel es un ideal dulce, risueño y, á la vez, profundo. La familia en nuestro tiempo no vive todo el año en íntima confidencia; la vida moderna ha introducido en ella, por reflejo, las formas exteriores, los olvidos que enfrían, las preocupaciones que entristecen. Noel se acerca al umbral y con un toque apenas perceptible, llama á todos los que en el hogar habitan, y su voz suavísima, que suena como música de aura pasajera, dice en cada oído:—"Buenas Noches!" y pasa y deja en cada corazón una ráfaga de amor y de paz.

Los niños lo han visto y lo han oído, porque ellos tienen visiones sublimes, las de la inocencia: es un niño sonrosado, de ojos azules y cabellos rubios. que vuela con alitas de oro, envuelto en un nimbo luminoso.

Hermosa costumbre es la de celebrar el día de Noel; porque vuelven los sentimientos perdidos ó amortiguados en el roce diario de la vida de combate, de esta eterna milicia en la cual vivimos arrebatados los humanos. Los viejos se coronan de verdes palmas, rejuvenecen sus sienes, sombra pasajera obscurece sus cabellos y sus risas resuenan en medio del bullicio infantil, confundiéndose con él, porque las almas puras las exhalan. Sí, almas puras, porque las de los ancianos han pasado por el crisol candente de la existencia, y las de los niños aún no se han empañado con el dolor.

Las calles de la soberbia ciudad parecían de pasaje para infinidad de personajes y objetos extraños inventados para la infancia; de todas las tiendas salían á cuestas, salpicando el animado concurso diario, las muñecas de ojos inmóviles y caritas rientes, arlequines traviesos y de vistosos trajes, músicos automáticos, señoras y niños de peluca blanca, carruajes adornados de seda rosa ó celeste con tules blancos, caballos enjaezados, locomotoras y vapores, torres y puentes, y cuanto el hombre ha ideado para impulsar el progreso del mundo, allí está en miniatura sirviendo de juguete á los niños, como los grandes inventos de hoy lo serán mañana para los hombres mismos.

Allí, en medio del salón deslumbrador del palacio del rico, se alza el árbol cargado de frutos de todas las especies: árbol maravilloso entre cuyas ramas salpicadas de luces penden también los dulces, los muñecos, los artefactos, los ángeles y los mil juguetes que hacen la delicia de la alborotada muchedumbre.

Así es, en efecto, el árbol de Navidad, símbolo de la sabiduría y del amor supremos, inagotable, infinito en dones y en beneficios.

Es el niño nacido en Bethlem de Nazareth el que ha venido á poner allí para sus compañeritos de la tierra todo lo que ha de hacerlos dichosos; es él quien inunda de júbilo sus rostros radiantes y sus pupilas movedizas, para que pase á los corazones de los padres, sentados con gravedad de dioses lares, —como dijo un ilustre poeta de su anciana madre,— en el mullido sofá del gran salón señorial, contemplando tranquilos el grupo de la humanidad que ha de reemplazarlos y que les infunde fe, serenidad y alegría para contemplar el más allá.

¡Que felices son los niños de las grandes ciudades, cuán estrepitosas sus carcajadas y radiosa su alegría! Pobres y ricos tienen á la vista, ó en las manos, las maravillas del arte inventado para ellos. Y la concepción del ideal Noel debe ser la de un Dios alegre, juguetón, rico y generoso, porque tantas cosas les envía. Bien, pues, vosotros que sois tan felices, recordad que tenéis hermanos en todos los rincones de la tierra argentina, tanto en la ciudad melancólica y modesta de los Andes lejanos, como en el rancho miserable del desierto. Y allí también hay niños, nacidos como Jesús en indigentes establos, y tienen madres pobres, viven muchos de ellos desnudos, sufriendo del sol ardiente y del hambre aniquiladora. Pero esos niños son argentinos como nosotros; son los que más tarde empuñan las armas para defender á la patria y los que mueren sonriendo porque mueren por ella: aquel pedazo de tierra pobre y desolado donde vieron la luz del sol.

¿Cómo creeis vosotros, oh adorables criaturas, que el Niño-Dios se aparece en esos ranchos del desierto? Si lo vieráis tal vez no podríais reconocerlo: ¡tan pobrecito y desnudo viene á inclinarse sobre el lecho de ordinaria jerga en donde duermen los hijos de los campesinos, nuestros compatriotas, nuestros hermanos!

Al verlo en sueños, aquellos niños también sonríen como si contemplaran un mundo de riquezas; él los besa en la frente, dejándoles la esperanza y la fe, y con ellas se hacen hombres robustos y fuertes para luchar contra las privaciones y la aridez de la tierra.

Pero también les deja regalos preciosos, desconocidos para vosotros que vivís en las cómodas habitaciones de la ciudad y entre el perfume de los parques y de los jardines. Al día siguiente, después de la visita del Niño-Dios, el cielo se nubla, la lluvia riega los campos y los padres de esos niños levántanse con el alba, llenas de regocijo las antes mustias almas, empuñan el arado y todos arrojan la semilla, y en breve las mieses llenan el granero; ábrense los pechos bronceados por el sol para aspirar el sagrado incienso de los campos, ese incienso que sube como acción de gracias hasta aquel trono donde saben que el Niño invisible de la Noche-Buena tiene su silla de oro!

Y cuando la tierra se ha cubierto de verdura y las flores silvestres de esas llanuras congregan millares de aves de cantos nunca oídos de vosotros, es de ver la escena conmovedora del rancho del labrador. Encima de un altar cubierto de flores rústicas, adornado con mieses nacientes, de brotes tiernísimos y de primicias de la tierra, la familia del campesino, con los niños medio desnudos, pero sonrientes, se arrodilla y reza al Niño-Dios, hecho de cera y acostado sobre una camita de hierba en flor, fresca y olorosa, de la que ellos llaman el pasto del Niño, porque saben, ellos también, que Dios nació sobre una cama de hierbas.

Anoche fué de halagos y de presentes, de árboles repletos de confites y juguetes, de músicas y de besos amantes en todos los hogares de la Capital Argentina: fué la Noche-Buena de las promesas ópimas, de los votos de ventura, de los regocijos y de las íntimas expansiones. Noel es uno y múltiple, y por eso al mismo tiempo que envía á los niños de Buenos-Aires sus regalos espléndidos, no descuida las viviendas de los hijos del pobre, perdidas en la soledad de la pampa, en la espesura de la selva ó en las riscosas y ásperas montañas de nuestra tierra.

Nuestros votos son por la dicha de los hermanos de Noel que viven en todo el territorio: á los de las ciudades, prosperidad y salud; á los que viven en los inmensos campos, lluvias generosas, mieses abundantes y fe en el trabajo y en el amor de la patria.

Buenos Aires. Diciembre 25 de 1892
IX



EL SOL PONIENTE


Era en la ciudad de los templos y de la vida colonial, y en los buenos días en que aún no habían desaparecido del todo las huellas de la Córdoba antigua, llena de tradiciones y recuerdos, de signos elocuentes de la historia, de ceremonias y festividades anunciadas de lo alto de gallardas torres por las campanas sonoras y solemnes.

Vivía aún la Córdoba de los estudios tranquilos y serenos á la sombra del claustro y bajo la austera vigilancia del Rector, de severa túnica eclesiástica y nombradía indiscutible, llevados entre paredes casi ciclópeas, alternados con funciones religiosas en la Compañía y rosarios y novenas cuotidianos en la capilla del colegio.

Era yo alumno interno, venido de lejana provincia, donde hay mucho aire, mucho sol y mucho horizonte. Ahogábame el encierro, aunque no me diese cuenta clara del motivo, sumergíame en el estudio, lo devoraba, lo precipataba con frenesí, y en el fondo de mi espíritu había como una creencia vaga de que así seria más pronto libre. Y había venido ya á los estudios metódicos con muchas lecturas románticas de la vieja y rica biblioteca de mis abuelos, puesta en la aldea nativa como un tesoro oculto.

Ya Chateaubriand había filtrado en mi corazón el veneno deleitoso de sus lágrimas, ya había llorado los infortunios de Chactas, de René, y comprendido la triste pero cautivadora poesía del Cristianismo.

Salía del mundo de Chateaubriand para venir á una ciudad religiosa, donde los templos parecíanme gigantescos, los claustros imponían silencio y las campanas en los crepúsculos difundían la solemnidad y el respeto á un poder desconocido: era, pues, continuar en un mundo positivo la existencia ideal de mis lecturas.

Encerrado estuve tres años en el memorable Colegio de Monserrat, acumulando en la cabeza nociones de todo y en el corazón sentimientos comprimidos, agigantados por la soledad, idealizados por la ausencia de las cosas materiales, formando un universo intangible, incorpóreo, luminoso.

Pronto las puertas de los claustros se abrieron; la educación claustral se suprimía y debíamos buscar alojamiento en la ciudad.

Fue éste para mí el principio de un romance tristísimo, por lo dulce y fugitivo, , y por lo hondo de la impresión que dejó grabada en mi alma por mucho tiempo.

Mi vivienda de estudiante no era sino el espacio contenido por cuatro paredes y un techo, sin más abertura que la puerta de calle para la luz y para el aire. Estudiaba ante el público, medio escondido detrás de la puerta entornada, y mis horas de estudio eran la tarde y la noche.

Pero un día, de los primeros de mi vida urbana, tuve una sorpresa que me golpeó el corazón é inundó de luz desconocida mi cerebro.

Enfrente de mi única puerta veíase un balcón sencillo, pero tejido de enredaderas sutiles, entre cuyos lazos asomábanse tímidos unos claveles rojos, blancos y rosados y algunas rosas pálidas: pero las ventanas siempre cerradas hacíanme pensar en que el destino de esas flores era morir en abandono.

Crujido suave escuchóse al fin en las maderas de la morada misteriosa; entreabrióse una ventana, y las tristes flores del balcón estremeciéronse como de regocijo y de esperanza.

Era el crepúsculo. La campana gigantesca de la oración bañaba el cielo y la tierra con su grave y prolongada armonía, el sol bajaba como una esfera de carbón incandescente sobre las difusas aristas de la sierra lejana, y un haz de luz rojiza coloreaba los edificios, las nubes y el cielo.

Esbelta con esbeltez de majestad, melancólica con aspecto de reina doliente, el rostro como consumido por un eterno insomnio, la mirada sin vivacidad, pero muy honda y muy sombría, los brazos sueltos y entrelazadas adelante las manos blancas y finas, erguido el cuello abrazado por una ancha cinta negra cuyos extremos perdíanse en la sombra de sus cabellos recogidos con algún abandono, una mujer, el alma de esas flores tímidas del balcón solitario, asomó lentamente, con los ojos fijos en el sol agonizante, cuyo reflejo de fuego envolvió en una llamarada súbita su semblante doloroso.

Allí se quedó de pie, inmóvil, casi rígida, destacándose sobre el fondo sombrío del muro como visión fantástica aparecida en una velada nocturna al resplandor de la hoguera... Así la veo ahora, á traves de veinte años, y creo que no he perdido un solo detalle.

Yo la contemplaba con el mismo éxtasis que ella al sol poniente; perdí la noción del medio para poner toda el alma en ese cuadro.

A medida que el sol iba hundiéndose, el rostro de mi triste desconocida sombreábase con tinte fúnebre; los últimos rayos de luz iban á morir en sus grandes pupilas con un débil centelleo, como si en esa vida fuesen á morir todos los amores, las esperanzas y los sueños.

Mi imaginación revolvíase buscando la historia íntima de esa mujer sublime por el dolor, por el dolor secreto que dejaba adivinar, por la extraña actitud de contemplación al sol que se ausentaba. Quizá era un presentimiento lúgubre aquella partida muda y sangrienta del astro del día; quizá renovaba en ella recuerdos de un amor perdido para siempre, ó al alejarse para volver mañana, pedíale en aquella íntima plegaria de la tarde, al rumor difuso y oscilante de la campana vecina, que la próxima aurora lo fuese también para su alma, trayéndole un rayo sonrosado, un perfume, un eco mensajero de ese mundo invisible hacia el cual volaban siempre su pensamiento y sus miradas.

Vino la noche, borráronse los últimos reflejos rojizos del sol, perdiéronse en el espacio las postreras ondas de la campana, y con ellas se desvaneció como una sombra perdida en la noche la imagen de la joven contemplativa. Sentí cual si una piedra hubiese caido sobre una fosa y en seguida, desierta la necrópoli, el pobre muerto se quedase solo.

No pude volver á la realidad de las cosas; aquella escena, vista como en el escenario de un cuento fantástico, asediaba mi cerebro, mezclábase con mis pensamientos, con las percepciones más comunes; llegué á creer que nacia en mi ser un sentimiento desconocido, profundo, avasallador; pero ninguna fuerza impelíame á acercarme á ella, á comunicarme con ella, y toda mi ansiedad era volver á contemplar el cuadro; y pasé la noche atormentado por una duda horrible: ¡si mañana al ponerse el sol saliese de aquella humilde morada un cortejo mortuorio!

Pero no; fué lo mismo, ví de nuevo el cuadro, la misma aparición, los mismos ojos, pero más hondos efectos en mi espíritu; y me convencí, al cabo de muchos días, que yo adoraba á aquella mujer con una pasión extraña, como al supremo infortunio, como á la divina melancolía de los ciclos, de los crepúsculos y de todo cuanto existe; si, era esa dulce tristeza que devora lentamente la vida, pero que es una fuerza secreta de lo alto, de lo incognoscible, de lo ideal, hacia donde vuelan los espíritus en su ascención eterna.

Jamás, durante los largos días de contemplación silenciosa á mi amada pensativa, recuerdo haber solicitado su atención ni su mirada: no, habría creído cometer un crimen, cortando el lazo invisible que unía sus ojos, su alma entera, con el sol poniente, con el horizonte lejano donde sin duda ella veía un punto fijo, una tierra prometida. Era para mí una sagrada, una inviolable actitud reveladora de un gran misterio, de una religión íntima, de un voto cuya ruptura atraería las cóleras de la divinidad. ¿Cómo hubiera podido profanar su éxtasis, si era la hora en que el campanario llamaba á rezar, en que la muerte del día evocaba los pensamientos sombríos, y cuando mi triste amiga lloraba á torrentes lágrimas que sepultaba en lo íntimo de su corazón? No, no lo habría hecho nunca, y nunca perturbé su dolorosa contemplación del crepúsculo del sol expirante.

Una pena muy cruel me estaba reservada. Mis tareas escolares del año llegaron á su término y debía ausentarme á mi rincón querido de provincia, hacia donde me llamaban afectos incontrastables. Era para mí una despedida tan dolorosa como si hubiese poseído á aquella mujer, como si nuestros amores hubiesen durado mucho tiempo, como si me arrancasen de sus brazos amantes, me arrebatasen sus miradas abrasadoras y me quitaran para siempre un tesoro inmenso de dicha, de sueños, de esperanzas, de amor; en fin, esa adorable esclavitud de los sentidos y de la vida, que deseamos más cuando es más absoluta. Y, no obstante, aquella mujer no me había hecho nunca la suprema gracia de una de sus miradas, de esas miradas que parecían lágrimas caídas en un abismo.

¡Ah! llevaré hasta mi último instante el recuerdo de su despedida! Cuando en esa noche se desvanecieron el sol, el eco del bronce y la imagen del balcón de las madreselvas y los claveles, cerré mi puerta, lo mismo que hubiese cerrado las de la vida, y tendido sobre mi lecho de estudiante, lloré, lloré mucho, á torrentes, porque el alma me decía que al volver de mi viaje, aquel balcón no se abriría más, que aquellas flores habrían ido á perfumar una pobre sepultura, y en la reja por donde los claveles asomaban sus cabecitas rojas, habría un papel blanco en señal de alquiler.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

No quise á mi vuelta, después de tres meses, mirar siquiera á la ventana por temor á la terrible realidad; pero no me habían engañado las copiosas lágrimas de la partida.

Corrí al cementerio que se acuesta casi al pie de la montaña del poniente. busqué el sepulcro, lo busqué con verdadera agitación en el alma: sentía una impulsión irresistible, y por último, al fin y detrás de todos, mirando al sol poniente, una lápida nueva rodeada de una madreselva triste me señaló el sitio de su reposo eterno, de su tierra prometida; dos letras negras grabadas en el blanco mármol indicaban apenas su nombre: M. C.— q. e. p. d .— Y nada más.

Yo también la dejé una ofrenda: mi primera lágrima de hombre y mi última ilusión de adolescente.

Y este episodio de mi vida, este poema entrevisto apenas y ya convertido en misterio insondable, fué la primera de esas mil experiencias que van acumulando en el fondo del alma, hasta el día de la partida, del último sol poniente, esa amarga cosecha de nuestro paso por la tierra y que el gran poeta llamó: lacrimae rerum.




X


EL CUERVO


He presenciado en medio del desierto que guarda la memoria de Facundo, algunos de aquellos cuadros que dejan por mucho tiempo una reminiscencia melancólica, por los personajes y por el escenario.

El llano desolado, polvoroso y de rígida vegetación despertó también, al fin, al silbato estridente de la locomotora; el primero que se escuchó debió asemejarse al clarín de la resurrección resonando en medio de una inmensa necrópoli. ¡Que estremecimiento profundo el de aquella silenciosa llanura horadada de tumbas y salpicada de cruces piadosas! Y ¡cómo repercuten á distancia y con vibraciones infinitas, los toques de alarma del heraldo fantástico, corriendo envuelto en nubes de humo, en chisporroteo de brasas y en remolinos de polvo á través de selvas descoloridas, y flanqueando montañas, avanzadas como centinelas en medio de la planicie!

Intensa fué, sin duda, la emoción que sintieron las aves tristes de esos bosques, consagradas á cantar lamentos de una musa huérfana y abandonada en un desierto, ó á implorar las bendiciones de dioses mudos y sordos, casi siempre, á las súplicas melodiosas.

Las lluvias se ausentan por largo tiempo, y los pobladores de la tierra sedienta se revisten del color de ceniza de las lavas volcánicas; comienzan á caer rendidos por el hambre y la sed los ganados, y á agruparse y apiñarse en número inverosímil, revoloteando con graznidos lúgubres encima de la res los cuervos deslustrados, de ojos amarillentos por la anemia y ensanchados por el hambre en vísperas de la saciedad! Inmundos espías de la muerte, parecen dotados de un dón maravilloso de anunciarla; y es de ver cómo siguen de cerca, á modo de asesinos que esperan el momento oportuno, los pasos vacilantes de la presa, cuando va buscando la exigua sombra del quebracho ó del algarrobo donde va á rendir la vida, y cómo se levantan y desparraman alborotados cuando la locomotora les sorprende en su banquete de carne corrompida.

Son los espíritus sombríos del desierto, y revoloteando sobre las tierras movedizas, junto á los remolinos de polvo que suben hasta confundirse con nubes solitarias y estériles, ellos simbolizan los elementos persistentes aún de un pasado miserable; son los cóndores contrahechos de una magia siniestra, como los reptiles alados que engendró Satanás cuando pretendió formar los ángeles luminosos.

¡Eterna ley de los contrastes! El genio tiene en la historia degeneraciones aborrecibles; el cóndor de los Andes, el ave inmortal de nuestra epopeya, tiene también en el cuervo de impotentes alas y limitado imperio su caricatura repugnante, raquítica, despreciable. El primero anuncia las colosales cumbres donde se presienten las del pensamiento que tiende á divinizarse; el segundo los bajíos pantanosos y áridos, los charcos mefíticos y los panteones repletos por el hambre y la sed; el pájaro de los Andes vuela sereno y olímpico, con su cuello casi recto é inmóvil, con mirada fija y describiendo inmensas curvas como un cometa por el éter inmensurable; el otro apenas se atreve á perder de vista la carne oculta debajo del arbusto, y mientras se cierne encima de ella, tiene movimientos irregulares y nerviosos, guiños de payaso inhábil, miradas torcidas y desconfiadas, cual si temiera ser descubierto en una rapiña ó en una usurpación; aquel ostenta y exhibe en sus garras de acero la presa viva arrancada por el derecho de la fuerza soberana, allí donde se lucha para conservar el dominio en combate igual y abierto, y éste se arrastra, agazapándose entre las matas deshojadas, ocultándose de los compañeros para lograr la pieza de su sabor y devorarla á escondidas detrás del montón de tierra ó entre las ramas del árbol; lo que en el uno es la apropiación de lo que cree suyo, en ejercicio de su poder imperial sostenido con lealtad y proclamado en los amplios y espléndidos espacios bañados de sol meridional, en el otro es el robo sigiloso y astuto, velado é hipócrita, disfrutado con egoísmo, con embriaguez y con hartazgo de pordiosero que logra los restos de un banquete opíparo.

Tiene el cuervo costumbres y modales que recuerdan los de ciertas criaturas humanas, de esas que nacen predestinadas á ocupar las esferas inferiores, las penumbras, los escondrijos nauseabundos; vive siempre alrededor de los parajes habitados, sin acercarse ni huir demasiado, porque lo primero le hace temer por la vida, y lo segundo por la pérdida de la comida fácil.

Con todo el cinismo de los seres abyectos, llega á veces á soportar los golpes de los pilluelos andariegos y los mordiscos de los perros de la casa, presentándose como un mendigo cegado por el hambre, que soporta los agravios mayores con el fin de conseguir el bocado que ha de matárselo. Shakespeare, cuando ha descendido á los negros antros de la miseria, ha pintado algunos caracteres de estos, que parecen la parodia grotesca y repugnante del hombre.

Y luego, cuando libre de riesgos, escondido entre los matorrales, vése dueño del pobre animal muerto de sed ó de fatiga, ¡cómo extrema los procedimientos de su cruel voracidad y de su febril glotonería, con cierta predilección de Lúculo por alguna porción delicada de la res corrompida!

Recuerda este pájaro, aislado aún en sociedad, á aquellos amigos que suelen tener los gobernantes mientras manejan caudales y distribuyen favores, ó por lo menos, conceden esperanzas de dones más ópimos; le siguen, le bailan por cerca, le hacen compañía y le amenizan las horas; pero en aproximándose á la cesantía, ya empiezan á mudar de rostro, á trocarse de cortesanos en espías y de cosecheros de mendrugos en olfateadores de carne muerta. Son los amigos de Timón de Atenas, vueltos de espaldas cuando el generoso anfitrión cierra las puertas del palacio para retirarse á los bosques.

¡Cómo cambia el critero de aquellos hombres sobre los actos del magnate opulento! No se diría sino que una venda cubría sus ojos y que volvieron á la realidad, en la cual sólo hallaron miseria, corrupción y criminales instintos en el que antes adoraron como patricio ilustre, honra de la tierra y ejemplo de varones.

El cuervo tiene, sin duda, un inmenso talento y honda penetración del porvenir; conoce á maravilla el arte de adivinar la hora y el sitio en que ha de caer la presa; lo sabe mucho antes y no se aparta desde entonces de la pista. Como aquellos que esperan impacientes herencias de padres ancianos, sería capaz de filtrar una gota de veneno para apresurar el desenlace de su situación incómoda, y se desvela y ayuna muchas noches y días para hallarse con apetito en el momento del festín ansiado.

Nada, ni las radiantes auroras de los climas tropicales, ni las risueñas músicas que del fondo de las selvas las saludan, tienen un encanto ni vierten un soplo de poesía en aquella existencia fúnebre: es el ave fatídica, el símbolo sombrío de la muerte y de los flajelos que diezman los campos, y en sentido más extenso, lo sería también de las malas influencias, de los principios destructores que, infiltrados como veneno en la sangre de los seres animados y en la savia de los árboles, produce el agotamiento, los raquitismos, las descrepitudes anticipadas.

En la llanura interior de mi país, donde ya corre la máquina de vapor, se mantiene como siempre, envuelto en su capa negra, mudo y observador perspicaz, espiando las victimas del hambre para acercarse á devorarlas, saltando como clown envejecido, con movimientos penosos y desairados.

Sobre la copa de un algarrobo medio desnudo, en cuyas ramas escuálidas vense sujetos algunos nidos abandonados, morada ya de insectos ó reptiles, se divisa á lo lejos una bandada de cuervos acurrucados en actitud soñolienta, con las cabezas calvas debajo de las alas fétidas; la locomotora pasa envolviéndolos en nubes de vapor y de humo, y ellos apenas alzan el cuello un instante, y en seguida, con un movimiento de cínico desprecio, vuelven á quedar inmóviles, fingiendo un sueño que sólo es la modorra de una digestión trabajosa, ó la actitud de una espectativa inquieta.


Mayo de 1892.



XI


EL SOL DE MAYO

(Impresiones de un viaje)


Venía yo con el alma llena de pesadumbre. En el pueblo quedaba mi madre deshecha en lágrimas, viéndome partir para un viaje tan largo y con la idea fija de que no volvería á verme. La enfermedad la consumía por instantes y su sensibilidad era cada vez más exquisita, como si fuese desapareciendo toda su carne para dejar libre y puro el espíritu que bien pronto voló para siempre.

Un árido é interminable desierto parecía amarrar las patas de las cabalgaduras en que yo y mi peón, los dos solos, nos alejabámos de la villa donde ambos teníamos nuestro hogar y donde cada uno había roto alguna fibra al partir. Aquel camino era recto, como las consejas pintan el del infierno, y no se acababa nunca; la montaña allí, en frente, más bien parecía huír de nosotros; y la tarde se iba y la noche vendría luego á hacer pavorosa la travesía. Marchábamos con nuestros cuerpos hacia adelante, pero nuestros corazones corrían en sentido inverso.

A nuestra espalda quedaba el Famatina con sus torreones blancos, encendidos de sol poniente, y parecía que sus centinelas invisibles estuviesen atizando el fuego del vivac. La sombra del vértice más alto proyectábase sobre la llanura delante de nosotros, sin abandonarnos, como si nos acompañase hasta dejarnos en la puerta de la serranía vecina, esto es, en el umbral de su casa.

Esta otra despedida, la del paisaje de toda mi infancia, la de las nubes, los valles y las siluetas de pueblecillos pintorescos, vino á recargar las tintas que ya ennegrecían mi alma. No pude contenerme, á pesar de no hallarme enteramente sólo, detuve mi bestia, la volví hacia el occidente y me quede un largo espacio contemplando las últimas luces de la puesta del sol, y cómo el contorno de la montaña iba desvaneciéndose en la sombra de la noche. Pero como quien se resuelve á ejercitar un acto heroico, venciendo toda la flaqueza humana, hice de pronto dar media vuelta á mi cabalgadura, y con un apretón de espuelas, me puse casi al trote á escalar la senda, rumbo á otras alturas y hacia donde había de encontrarme de nuevo con el sol amigo cuya ausencia acaba de ponerme triste.

Tenía que cambiar mi ambiente moral, desterrando con un arranque de valor mis preocupaciones, y á fuerza de hacerme comedia á mi mismo, libertar el espíritu y alegrar las horas de la jornada nocturna. Mi compañero nada decía, nada podía decir. Sin duda imaginaba que todas aquellas maniobras serían propias de la superioridad y sabiduría del patron, como que vino de hacer sus estudios y le preocuparían cosas para él incomprensibles.

He podido entonces experimentar el sufrimiento de quien no puede comunicar emociones é ideas que bullen y estallan en silencio, ó cuando más se traducen en movimientos que á cualquier observador se le antojarían de un loco, no conociendo el impulso que los produce. Buscaba una forma de hacer comprender á ese hombre rudo mis pensamientos, y de entrar con él en una conversación en la cual no me pusiese en ridículo ante mi propio criterio, y mientras al rumor de las rodajas y de los cascos herrados nuestras buenas marchadoras se tragaban el camino, híceme explicar por mi compañero todos los secretos de aquellos parajes montañosos, tan ricos de sencillas y primitivas leyendas, conservadas en su memoria para ser referidas á los viajeros con esa estoica indiferencia del que está habituado á todas las escenas y espectáculos de la naturaleza.

Llegábamos al pie de una cuesta cuya cima parecía impracticable; á ambos lados levantánbanse dos muros de negro granito y marchábamos por debajo de una selva cuyos garfios, á cada momento, nos detenían de los ponchos ó nos enganchaban de las piernas. Las luciérnagas parecíanme en la obscuridad absoluta ojos de seres infernales, y los chirridos de los reptiles y el cric, cric, cric de los grillos acurrucados entre los resquicios de las rocas, venían á producir en conjunto una armonía extraña que aumentaba el frío, que ya por lo crudo de la estación y de la hora congelábame la sangre y erizábame la piel.

El peón tomó la delantera, y comprendiendo mi pregunta silenciosa de "¿cómo se sigue adelante en este infierno?" me dijo en tono tan cariñoso que fué para mi toda una resurrección:

— "No tenga cuidao, patroncito; larguelé no más la rienda á la parda, que ella no ai errar el camino. No la apure y dejelá descansar cuando ella quiera."

Y esto diciendo, empezó la ascensión de la tortuosa senda, cuyas mil y una espirales las sentía yo por los movimientos, pero no porque viese el suelo donde pisaba. A la sombra de la noche vino á añadirse la neblina opaca, espesa y fría, corriendo en masas inmensas y mudas, aglomerándose sobre las hondas quebradas, cubriéndolo todo, la tierra y el cielo, ante nuestros ojos que muy pronto ya no distinguieron sino una tela, ó mejor dicho, la nada, como si de súbito hubiésemos perdido la vista.

Eterna parecióme aquella subida, y á no ser el ruido de los pedruscos hollados, habríame creído viajando en el seno de un enorme nubarrón, en pleno espacio y á merced del viento. Y era esta ilusión casi una realidad, porque las nubes nos envolvían y nos hallábamos á muchas centenas de metros sobre el nivel común de la tierra, y la soledad arriba y en torno nuestro... Mi compañero era para mí un genio, un espíritu superior, un ser sobrenatural que me guiaba y me alentaba en aquel laberinto mil veces más horrible que el del Dante, pues, para que yo no tuviese miedo, ni inquietud, ni recelo algunos, empezó á cantar con una voz como de arrullo y un tanto temblorosa, unas vidalitas criollas cuyos acentos tristes ahogábanse en el seno de las nubes sin un éco, sin una respuesta, pero con el poder maravilloso de asegurarme de su compañía en la obscuridad y, al parecer, de dar alientos á las fatigadas pero nunca rendidas mulas.

Amor, soledad, desengaño, ingratitud, eran las palabras que al resonar en su canto le hacían temblar la voz; y cuando alguna pausa se prolongaba más tiempo del que la canción permitía, figurábame ver desprenderse de sus ojos dos lágrimas que fuesen á caer, como gotas de vapor congelado, sobre las hojas de los arbustos rastreros, y que un suspiro profundo, comprimido, desgarrador, se hundiese también en las frías entrañas del nublado...

Después de largas horas de penosa marcha advertí que el terreno era plano, que el aire circulaba con más fuerza y tuve la sensación del espacio pleno, del firmamento mismo en todas direcciones. Mi guía se detuvo, y acercándose, me dijo dulcemente:

—"Apiesé, patroncito. El camino pa abajo es muy peligroso y la neblina es muy escura. Aquí vamos á aguardar el día y á estirar los güesos un rato. Las bestias han trabajao mucho y es güeno hacerlas pastear un poco pa seguir viaje."

Yo caí desplomado como una masa inerte, "come corpo mortu", y sea por exceso de fatiga ó de sensaciones violentas durante la ascensión de la cumbre, no pude dormir, ni aquietar las ideas, ni dominar los nervios declarados todos en rebelión dentro de mí. Tuve que pedir á mi único compañero que procurase fuego; necesitaba ver algo más que esa tela impenetrable de nubes, sentía ansia de cambiar de color y de convencerme de la realidad de mi situación. Y cuando con gran esfuerzo pude contemplar el resplandor rojizo de la fogata y fijar la vista en las llamas que luchaban por devorar los húmedos tizones, casi pronuncié una oración á esa divinidad generadora de cuanto sustenta y hermosea la vida, al fuego, que difundido en la creación, tiene subordinada á la suya la existencia de nuestro Universo... Y entonces comprendí que de todas las idolatrías, la única digna de llamarse religión es la del Sol, el padre de lo creado, fuente de cuanto vive, é imagen de ese poder ideal que la humana especie adora, desde la cuna al sepulcro, como su autor y árbitro supremo.

Permanecí largo rato con los ojos inmóviles, fijos en las brasas y como hipnotizado, dejando correr la imaginación y nacer y reemplazarse unos á otros los recuerdos, sucederse las fantasías, las imágenes, las historias y las visiones, hasta que llegué á la memoria del día en el cual me encontraba, y fué algo como fiebre, como desesperación lo que entonces se apoderó de mí. Era el 25 de Mayo el que empezaba á amanecer, y lo advertía en el nuevo matiz que comenzaba á colorear las oleadas de la niebla pasajera. La tinta negra convirtióse lentamente en una leve y cenicienta claridad con visos de rosa pálida; ya se distinguían siluetas de cumbres más lejanas como vistas á través de cortinas de tul; el fuego languidecía y un vientecillo crudo y cortante llegaba á anunciarme la aurora.

¿Será posible que la niebla tenaz me impida contemplar la salida del Sol de Mayo desde esta cumbre que domina tan inmenso horizonte, y que no pueda verle iluminando todo el ámbito de la patria? No; si es preciso correré hasta la cúspide más alta, trasmontaré la esfera de las nubes, llegaré al espacio libre... ¡Fuerza es que lo admire en toda la esplendidez de su majestad!

La hora solemne se aproximaba, las nubes de la noche empezaron á desgarrarse, á despedazarse, á dispersarse y á huir de prisa, escondiéndose en parajes ignorados y dejando ver el azul del cielo, los celajes lejanos, tendidos en el límite del espacio y de la tierra, encendidos en fulgores de oro incandescente, se partían en hondas y anchas aberturas y se levantaban en forma de arcos de triunfo sobre pedestales de montañas; por los espacios abiertos inundaba la luz, la luz desbordante y blanca del rey de los astros, y las altas cimas se coronaban de lampos prematuros, salidos como heraldos de gloria á anunciar la llegada del soberano.

¡Oh! qué grandiosa, qué solemne espectativa la del cielo, de la tierra, de la colosal montaña! El uno es de azul y de oro, la otra es de rosas y de perlas, y la última, serena, olímpica en su gravedad de monumento eterno, apenas se estremece y se sonríe. Mi corazón late con furia, mis ojos se ensanchan, mi garganta se anuda y la impaciencia me agita. Llamo á mi guía, le hablo, le advierto que es el Sol de Mayo, el de la libertad, el de la patria, el que está asomando en el horizonte, para que me acompañe en mi gozo y me ayude á saludarle con un grito, con un grito que se oiga en todos los valles y llegue á las tierras más remotas... Y aquel hombre vuelve á ser la esfinge de la víspera, la roca insensible y sin resonancia. Me encuentro solo, solo sobre una cumbre que domina los ámbitos lejanos, con un volcán de entusiasmo dentro del pecho, con una ansiedad devoradora de entonar un himno con toda la fuerza de mis pulmones, y enfrente de una explosión de luz, inminente, grandiosa, sublime..! Es el sol de la redención, es el símbolo de la gloria argentina, es el astro divinizado por la historia, la leyenda y el patriotismo de todas las generaciones, y no están conmigo un pueblo, un ejército, para que en un "viva" colosal hagamos temblar la montaña y despertar los ecos entumecidos, y para que los cañones, tronando desde la eminencia, demuestren á las tempestades del cielo el poder de las tempestades que en la tierra levantan el heroismo y la libertad.

No; yo no puedo más; el sol ya se ha puesto de un salto sobre la línea de la tierra, medio amortiguados sus rayos por el vapor de la noche; hay un momento de silencio sepulcral en toda la naturaleza: todo se ha puesto de rodillas ante la aparición espléndida, para empezar después los himnos, las salvas y el esparcir perfumes la tierra y el entonar salutaciones las aves.

Yo estoy loco, desesperado, indomable: corro de uno á otro lado, me trepo sobre una peña no pudiendo contenerme más tiempo, cual si me escuchasen todos los hombres del mundo, y esforzándome para igualar la voz del trueno,exclamo:

¡Oid, mortales. el grito sagrado..!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Al gran pueblo argentino. salud!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Y cuando pude escuchar mis últimas palabras alejándose sobre los ecos, mil

y mil veces repetidos hacia los cuatro vientos, y que ellos pregonaban el nombre de la patria, comprendí que sólo desde las cumbres pueden las naciones contemplar el espacio destinado á su grandeza y divisar el derrotero de su gloria, el derrotero de su símbolo magestuoso: el astro rey del mundo y de los mundos!



XII


UN JUSTO


Le ví por ultima vez algunos días antes de su partida eterna. Nuestra amistad era muy reciente, y ya aquel hombre había penetrado en el mas sagrado retiro de mi corazón. Tenía mucho de extraordinario, mucho de superior á los demás hombres de su tiempo y un gran caudal de esas virtudes que desarrollan su acción en el humilde recinto del hogar y, cuando más, de la aldea. La antigüedad con todas sus doctrinas filosóficas, con todas sus purezas del alma, con todos sus heroismos, hacía en él su aparición á través de los siglos.

Era el hombre de la moral pura, el apóstol de la virtud privada y cívica, el patriarca de la familia y de la comuna. En su hogar era el sacerdote que proteje y bendice, en los negocios humanos la buena fe ideal del derecho cristiano, muchas veces más alta que la moral de la ley; en la sociedad á que perteneció, fué un ciudadano de los grandes tiempos de Roma, cuando la patria vivía en el corazón é impulsaba la voluntad. Buscaba en todas las cosas la hermosura y la admiraba con entusiasmo; en las acciones buenas veía ante todo el lado bueno, admitiendo la maldad con pruebas severas; en las palabras fijaba la atención tratando de recojer con cuidado la idea culminante, la enseñanza moral ó científica, la belleza de la forma, y las retenía y participaba de su entusiasmo á todos los demás.

Nunca el hombre de pensamiento tuvo mejor amigo, porqué lo absorbía, lo amaba con delirio, lo escuchaba con sed, porque la había en su espíritu, de luz y de verdad, de amor y de justicia. Sus ideas propias, espontáneas y limpias como la corriente que surge de la gruta, fluían agradando, imponiéndose, arrancando siempre aprobación y concluyendo por rodearse de una atmósfera tal de respeto, que nadie se atrevía á hablar en su presencia sino con circunspección, con recato, cuidando de no torcer el más recto sentido de la frase: su aspecto corregía la intención del interlocutor.

¿Qué fuerza desconocida era la de este hombre, que así lo hacía el centro de todas las miradas, el objeto de todos los amores? Ese influjo secreto se revelaba en toda su persona, en la placidez de su semblante, en la serenidad de sus ojos, en la dulzura de sus modales, en la unción de sus palabras, que brotaban como raudales de una fuente cristalina escondida en su corazón.

Vivió en una aldea que se acuesta al pie de los Andes; allí había levantado la mansión apostólica, donde su familia, como las de la antigua Grecia, rendía culto á los dioses manes y quemaba incienso en los altares de Céres. Allí le habrían tomado por un sacerdote de la deidad coronada de espigas de oro. Era labrador, y este sagrado oficio que ha cantado el poeta mantuano, engendró en el las ideas y los sentimientos puros que le consagraron como bueno. Sí, Virgilio le habría inmortalizado en un exámetro.

Yo lo he visto, en medio del bullicio colosal de la metrópoli, pasar tranquilo delante de las majestuosas construcciones del arte moderno, y estallar en exclamaciones de orgullo por la grandeza de la patria; pero sus miradas se volvían al occidente buscando las cimas nevadas que velan el reposo de su aldea.

¡Cuánta trascendencia en este fenómeno de su espíritu! Era la patria sentida en toda su significación, hasta el más lejano de sus términos. En un solo hombre se realizaba el problema final de nuestra sociabilidad, y yo pensaba con tristeza en la distancia que nos separa todavía de aquella solución ideal.

A su lado, yo me levantaba á esferas desconocidas; por modo sobrenatural veía renacer en aquel hombre todo nuestro pasado glorioso, cuando el recuerdo de un martirio, cuando la relación de una epopeya arrancaban una lágrima á sus ojos serenos: era que soñaba para la patria grandezas inauditas, y como poseía el poder de una sugestión invencible, aunque inconsciente, todos soñábamos sus sueños y en torno nuestro se esparcía un ambiente de religión, de patriotismo, de austeridad y de justicia.

He ahí la palabra. Si me hubieran dicho: clasificad á ese hombre con un solo término, habría contestado: es el hombre justo. No es posible decir más. La justicia es la más alta de las virtudes, el más perfecto de los estados del alma, el más sublime de los ideales humanos. Comprendía y sentía el Evangelio, era su filosofía, su moral, su religión. Amar, perdonar, hacer justicia: he ahí la trinidad que condensaba su vida y que engrandeció su muerte. Como Sócrates secaba las lágrimas de los vivos con su propio sudario.

Vida tan hermosa no pudo concluir sino en la más bella de las muertes. La zampoña de los pastores de Sicilia se enluta y enronquece cuando muere Teócrito, el poeta amado; los hogares sencillos de la aldea montañesa donde mi amigo ofició como ministro de la caridad, han apagado las llamas de las alegrías domésticas y las voces de las flautas campesinas, pero renacerán tan vivas como antes cuando el espíritu vagabundo vuelva á posar las alas entre ellos.

Propiedad de los grandes amores es hacer resucitar con formas visibles á la mente el objeto amado: las visiones de Magdalena y los apóstoles son la consagración divina del amor terrenal: "no busqueis entre los muertos al que vive".

No nacerá religión de las sociedades cultas: el cristianismo surgió del seno de un pueblo de pescadores. Todo hombre lleva dentro de sí una religión, si ha amado alguna vez con pureza un ideal, un sueño, una virtud; y para él la muerte será siempre una nueva vida. Así mi amigo vivirá entre los suyos, porque todos le amaron; y si los grandes héroes tienen estátuas de bronce ó de mármol, él perpetuará su recuerdo en formas mucho más queridas de los hombres: el árbol que plantó con su mano, que vive siglos y se reproduce transportando la tradición de su origen. Un árbol es templo sagrado de las virtudes solitarias, sin historias y sin cantos, el símbolo viviente de un poema de familia ó de ciudad, como la estatua y el monumento son el símbolo de una vida fecunda en los vastos estadios de la nación y de la humanidad.

Confieso que este personaje extraordinario me daría elementos para un libro: tan vasta se dilata en mi espíritu su influencia y tanta filosofía se encerraba en aquella humilde y obscura vida. Nunca encontré, como en él, espacio más propicio para las tendencias de mi razón; creo que habría concluido por esclavizarme: tal era la atracción que ejercía sobre mi sér, tal la afinidad entre ese carácter y el hombre que yo forjaba en mi filosofía para mi patria: le he perdido cuando conocí que le había encontrado. Mi inteligencia está de duelo, porque ¿cuándo verá realizarse otra vez ese sueño de toda la vida?

Pero su imagen ha quedado impresa en mí con caracteres candentes, y cuando quiera satisfacer con un grito de orgullo la inquietud de mi razón, diré: "pude un día ver sobre la tierra el hombre ideal de mi filosofía: he encontrado el hombre justo".

XIII



EN LA CIUDAD DE LOS TEMPLOS


I


Las primeras misas

Después de una noche de viaje en ferro-carril, siquiera sea en los cómodos sleeping cars modernos, es imposible sosegar los nervios. El continuo, el interminable rumor de las ruedas debajo de nosotros, girando sobre el acero en el silencio de la noche y de la llanura, se asemeja al ruido sordo, profundo de una cascada que se despeña entre las cortaduras de una montaña, produciendo esa somnolencia invencible, en la cual se mezcla el aturdimiento de los sentidos con cierta extraña agitación del ánimo.

Todo el día de mi llegada á la ciudad de los templos, á la hermosa Córdoba, lo pasé así; había en mi cabeza como zumbidos de insectos y como un vago desvanecimiento que me impedían gozar de la novedad de los paisajes y percibir con claridad las primeras impresiones, las más fuertes, sin duda, pero quién sabe si las más reales y verdaderas.

Necesitaba aire puro, caminar á pie para convencerme de que pisaba tierra firme, y más que todo eso, mi espíritu estaba inquieto por asistir á todo lo que le revelase la vida de la ciudad, legítima heredera de la cultura colonial, y esta prisa nacía del temor de no encontrar sino restos agonizantes é indecisos del pasado, tan valioso, tan rico en elementos de observación, en medio de las transformaciones rápidas, llevadas por el espíritu nuevo, sin respetos por la santidad de la vejez: este progreso devastador y cruel, que se goza en apagar los latidos de los corazones, los fuegos del hogar patriarcal y, por último, hasta las luces de los santuarios, esas llamitas oscilantes, solitarias en medio de la obscuridad de la inmensa nave.

Leía á media noche, leía lo más fastidioso y árido para dormir por la fuerza; soplaba la luz creyéndola incómoda, pero la excitación nerviosa encendíame después millares de lucecillas movedizas, traviesas, que caracoleaban en el aire como relámpagos del cielo reflejados en una pupila; veía un firmamento con más estrellas y nebulosas que el verdadero, y si no volvía á iluminar la habitación, esos puntos brillantes llegaban á convertirse en globos enormes encendidos, en endriagos de ojos chispeantes, en monstruos horribles y en serpientes voladoras con estela azulada. Ya no podía distinguir el sueño de la realidad; veía aquellos seres, sentía los terrores y la fascinación de sus miradas, el frio espeluznante de sus dedos puestos sobre mi cara y la atmósfera caldeada por las llamas en que cruzaban con siniestro ruido de incendio; mis sienes latían con demasiada celeridad, batía mi corazón con golpes de minero que estuviese por abrir salida á un subterráneo; tuve que incorporarme, tocarme la frente, verificarme á mí mismo para convencerme de que no estaba en ese mundo aparente.

De súbito estalló muy cerca de aquella casa, en los aires, el tañido grave, hondo, solemne y formidable, de una campana del templo vecino. Debía estar muy alto, porque durante largos momentos oíanse aún con intensidad las oscilaciones del estampido, como si se fuese por mundos remotos, despertándolos para que se pongan á rezar, ó para que recuerden lo perecedero y transitorio de sus días.

Es la campana del alba, la primera que anuncia el día y despierta al pueblo dormido, obligándolo á pensar en Dios: es la hora de la primera misa.

Óyese á lo lejos el rechinar de los portones gigantescos de la iglesia, el ruido del mazo de llaves del lego que se ha levantado rezongando en voz baja, cual si rezara en secreto, restregándose los ojos, y hace, al fin, crujir las pesadas cerraduras. Aplicando el oido más todavía, percíbese el abrir de puertas en distintos puntos del barrio. Hice yo lo propio con mi balcón, y una brisa perfumada, regeneradora, trájome de pronto á la conciencia plena de mi sér.

Saludé aquella mañana con íntimo contento, absorbí una ráfaga de aire purísimo, y con el pecho sobre los brazos cruzados encima de la reja, me puse á observar por un instante los primeros movimientos de aquella población que empezaba á interesarme desde su despertar, y en medio del claroscuro de la alborada de primavera.

A poca distancia se alzaba, con su fachada novísima y elegante, el templo dominicano, debido á la piedad de los fieles, bajo la santa inspiración de uno de sus guardianes de querida memoria, fray Olegario Correa. Las últimas vibraciones de la campana matinal se habían extinguido, y una á una, con la tradicional alfombra colgada del brazo izquierdo, el manto negro sobre la cabeza y cayendo en largos pliegues, venían de diversas direcciones las devotas madrugadoras, las que atormentan con sus impertinencias al lego portero, con preguntas por la salud del padre guardián, del confesor, del predicador, por la hora de la misa, aunque la saben de memoria, por noticias de las funciones próximas, hasta que el hermano, salido de quicio, las empuja, las rechaza para que vayan á oir, por lo menos, el final de la misa, pasada mientras ellas desahogaban su inextinguible sed de hablar, de empaparse en las cosas del templo. Razón es esta, la de haber entrado tarde, para aplicarse una penitencia de una ó dos misas enteras, que se oyen con una oreja y á las cuales se asiste con un ojo, porque la otra oreja y el otro ojo están muy ocupados en la curiosidad de lo que pasa alrededor, como que nadie puede advertir dentro de la cámara obscura formada por el clásico mantón, los movimientos nerviosos é inquietos de esas pupilas brillantes y vivarachas, maliciosas y traviesas, que no descansan, ni se hartan de investigar, de escudriñar, de recorrerlo todo con la velocidad de la chispa fugaz.

Pasé toda la mañana en la iglesia, medio escondido entre dos gigantescas columnas sobre las cuales descansan las bóvedas atrevidas y, á la vez, sensibles como una lámina de acero, y de allí pude observar escenas de lo más pintoresco y original, aún dentro de la severidad del marco en que las figuras, los tipos sociales, presentábanse encerrados.

Mujeres, sólo mujeres, todas envueltas, embozadas como para ir de cita clandestina en comedias de capa y espada, son las que asisten á la primera misa llamada la misa del alba. Por la calle se juntaron las que habían de ser compañeras de rezo, de alfombra, de escaño y de murmuración; se formaron los grupos, se tiraron con insultos las rivales y se saludaron con zalamerías exageradas las amigas, las relaciones de la víspera condenadas á disgustarse y reñir al siguiente día; cuando han llegado á la puerta del templo, ya han recorrido todas las crónicas escandalosas del pueblo, han inventado todas las calumnias destinadas á circular en aquellas veinticuatro horas, han bordado menudo encaje y filigrana de comentarios sobre cualquier ventana entreabierta vista al pasar, sobre un casamiento frustrado ó sobre un viaje repentino; y como hablando se sueltan las lenguas, lo mismo que corriendo se desentumecen las ruedas de un vehículo, cuando han llegado á la iglesia y es fuerza callarse, siguen hablando todavía; diríase que sus lenguas hablan solas, movidas por el impulso inicial, aún suprimida la conciencia del acto, justamente como la rueda sobre el eje sigue girando una vez que ha quedado por una súbita detención fuera del contacto del suelo.

He comprendido bien este automatismo de la lengua, viendo en aquellas mujeres, algunas de las cuales vinieron á arrodillarse cerca de mí, al amor del mismo escondrijo, el calor, la verbosidad, la furia con que, —disimulando oraciones debajo del mantón,— discutían de todo cuanto en la ciudad se ventilaba de público ó privado, pasando revista como en procesión vertiginosa, á todos los nombres cultos de la alta clase; y por cierto, cada uno, al pasar por ese par de labios —que se mueven incesantemente el uno sobre el otro, ó se apartan á derecha é izquierda, ó se estiran juntos hacia adelante ó se contraen, según expresen sorpresa, anatema, desprecio, burla, alabanza, conformidad, resignación, fe, adoración y cuanto afecto ó pasión asoman en aquella carrera fantástica,— se va con una mancha negra, como la cinta del aparato receptor del telégrafo sale con la marca de tinta impresa por el cuchicheo irregular é intermitente de la aguja.

Olvidé casi la solemne majestad de aquel templo á la media luz de la mañana recién venida, atraído por las escenas de las devotas. Mis dos vecinas eran un prodigio. Tan bien sabían y tan exactamente calculado tenían los tiempos de la misa, que sin atender á nada, ni oír una palabra, ni mirar sino de soslayo al sacerdote, repetían sin errar un punto todos los detalles del ceremonial, entremezclando en connubio sacrílego, muchas veces, períodos del oficio divino con fragmentos graníticos, por lo ásperos, de la crónica picante ó grotesca del mundo profano.

Al concluír la primera misa, atendida por ellas con escasísima devoción, sentáronse sin variar de sitio, sobre sus alfombras, cual si necesitasen reposo y recogimiento después del trabajo mental de la oración por el sacrificio del Redentor y por toda la gente de la ciudad, viva ó muerta.

— "Pues á mí no me ha satisfecho esta misa,- dijo la una, y la otra respondióle en el mismo sentido.

— "Es que me han perseguido los malos pensamientos. Tengo que reconciliarme antes de comulgar. Usted sabe que es pecado no prestar á la misa toda la devoción.. aunque, ya ve vd., las dos la hemos rezado juntas...

— "El diablo, comadre, ya sabe vd. que anda escondido tras de los pilares, y hay que espantarlo con la señal de la cruz."

Las dos me miraron á un tiempo, advirtiéndome, y al santiguarse con toda unción y con marcado propósito de que el diablo lo viera, se comunicaron algo en secreto y al oído; lo mismo que si me hubiesen creído el diablo, á mí, la víctima de la extraña devoción de aquellas pobres almas, que ni un instante permitióme concentrar mi pensamiento á lo sagrado del lugar ni á lo sublime y misterioso del conjunto, en esa media claridad del día naciente.

Verdad es que yo no sirvo para hacer el papel de "espectador desapasionado", mucho menos si se trata de lo grande y de lo hermoso; y allí, solo en medio de una inmensa nave, en cuyos ámbitos repercuten las medias voces graves y solemnes del sacerdote oficiante, como el zumbido de cuerdas oído á distancia; el perfume del incienso excita la pasión mística dormida en el corazón de toda humana criatura; ese raro silencio de los vastos templos vacíos, poblados de rumores que llegan ó acaban de partir, de notas pasajeras ó de ondas difusas, yendo á encontrarse en el foco de una elipse, en el chapitel de una columna ó en la coronación de la cátedra, para formar juntas un acorde; esas repercusiones lejanas, venidas desde lo alto ó del fondo de otras naves sumidas en las tinieblas; las primeras claridades asomándose por los pintados cristales de las altísimas claraboyas, y haciendo brillar en el fondo de la gran nave central el oro y la plata de la vajilla espléndida, de las molduras esculturales ó arquitectónicas de los altares y nichos, las caras graves ó plácidas de las imágenes, el esmalte multicolor de las flores de artificio que tiemblan con crepitaciones apenas perceptibles sobre los inmensos floreros; el crujido de las puertas interiores, comunicado por el eco después de mil zigzags por claustros interminables y, por último, todo el rumor de la vida que renace é invade el templo,— todo este conjunto me mantiene suspenso, aturdido, abstraído, mientras pasan las misas del alba y llega el día pleno.

Pensaba en lo pequeño, lo mezquino, lo banal de algunas fórmulas y del hombre mismo, ante la augusta grandeza del sentimiento que une al espíritu humano con Dios, y en la infinita pequeñez de ciertas criaturas, cuando inundado el templo de luz, de vistoso y lucido gentío, de banderas flameantes y música estruendosa, hube de abandonar la estratégica posición de la madrugada, para contemplar el espléndido aparato de una fiesta religiosa, cuando todo el poder del órgano colosal del templo parece precipitarse debajo de aquellas bóvedas eminentes, estremecidas por la catarata de armonías derrumbadas como un río desde una montaña al valle.


II


La música religiosa


Poco á poco fueron llenándose de gente las inmensas naves del suntuoso templo de Santo Domingo; eran oleadas de pueblo las que entraban por los anchos portales, y como había solemnes oficios y excepcional aparato de fiesta, el movimiento en todos los parajes, tanto en las calles y en los atrios, como en las naves y en los claustros del convento adyacente, era ensordecedor, daba vértigo y atraía las miradas como muchachas locas que quisiesen ver todas las cosas al mismo tiempo.

Conocí entonces la severa aristocracia de la ciudad religiosa y doctoral. Las matronas de nombre antiguo, los caballeros, los abogados de borla y pergamino, graduados en la ilustre Universidad de Trejo y Sanabria, los jóvenes inquietos, movedizos como en todas partes, agrupándose alrededor de las columnas, alineándose en calles para ver pasar las bellezas que les tienen insomnes y presos por las indecisas esperanzas concedidas, ó por las condiciones de la respuesta anhelada; las corporaciones formadas por esa otra curiosa y original aristocracia de la clase artesana, que usa el don y vive en recato y austeridad, y observa las prescripciones del confesor como reglas ineludibles de conducta, ostentando con orgullo apenas contenido la banda bordada de oro, el escapulario suspendido de la cinta blanca sobre el pecho, y siguiendo con paso marcial por las calles el estandarte de la Orden, bordado primorosamente con dibujos alegóricos, entran en masas ordenadas y respetuosas á tomar su acostumbrada colocación para asistir á la festividad.

Junto al techo de bóveda, enclavadas en las cornisas de ancho vuelo y ocultando las pinturas, se mueven incesantemente, como bandadas de palomas inquietas y asustadizas, las transparentes banderas de tules multicolores, mecidas por el aire tibio; enciéndense en los altares deslumbradores centenares de candelabros monumentales; atraviesan vestidos de albas túnicas, mirando siempre con mirada curiosa en todas direcciones, los monaguillos pizperetos y traviesos que sirvieron para inmortalizar algunas telas del Renacimiento; por las altas claraboyas de la elegante rotonda central penetran haces de sol que ponen en revuelta los corpúsculos errantes y van á bañar de palidez á los cirios y á las bujías amarillentas; y abajo, la multitud de las mujeres, encendidos los rostros por el aire cálido, agitan todas á un tiempo los abanicos, asemejándose el conjunto á un campo de lirios que meciese el viento.

Pero es entonces cuando el órgano colosal, erguido sobre el coro hasta rozar la bóveda, empieza á tronar como el cielo irritado, precipitándose los torrentes de armonías como los que bajan de las montañas; sacúdense los muros, vibran los cristales, estremécense los altares y las colgaduras como poseídos de temblor nervioso; las crecientes sonoras llenan las naves y se desbordan escapándose por las puertas hasta las calles, que también se inundan de gigantescas corrientes armoniosas.

Yo me había situado en el coro para dominar con la mirada todo el conjunto del templo; pero de súbito sentí sacudirse bajo mis pies el pavimento y una erupción pavorosa de sonidos estalló sobre mi cabeza; salí aterrado, corriendo á colocarme en el otro extremo, cerca del altar; todavía, cuando atravesaba el claustro interior, percibía las vibraciones de la inmensa fábrica. ¡Oh, qué efectos maravillosos pude observar entonces en la música sagrada! Arriba, las cataratas del cielo, con todo el estrépito de sus truenos y vendavales; abajo, el apiñado concurso, murmurando á media voz y simultáneamente sus oraciones, traía á la memoria el monótono rumor del viento cuando cruza por entre las selvas tupidas, ó roza de lado las rocas de la montaña.

En mi corazón, en mi sistema nervioso y en mis sentidos todos repercutían como en templada lámina de acero, las modulaciones y las variantes de esa música. Soñaba, me espiritualizaba, cuando alguna nota quedábase vibrando solitaria, como vagabunda y perdida en el vasto templo, lo mismo que esas avecillas nocturnas, sueltas de pronto en un salón iluminado, vuelan sin rumbo en todas direcciones, balanceando las alas, embistiendo los ángulos sombríos y volviendo luego al espacio hasta caer rendidas por la fatiga; mas de pronto, como un terremoto repentino, estallan á un tiempo con espantosa fuerza todos los registros del órgano, y entonces el espectador se estremece, cual si se hallase en medio del océano irritado y el dios de los vientos lánzase al exterminio los aprisionados elementos para barrer las naves peregrinas: un grito interno, hondo, profundo, pero que implora piedad, ahógase dentro del pecho; la multitud arrodillada conmuévese en un solo instante, y aquel clamor parece asomar á todos los labios comprimidos para aprisionarle; el rumor de los rezos se levanta en crescendo rapidísimo, como si todos viesen inminente el rayo de la cólera celestial sobre sus cabezas. Pero la tormenta se apacigua, las divinas iras se aplacan y las tumultuosas aguas del mar convertidas en cristales transparentes reflejan amorosas la luna viajera; dulcísima armonía, somnoliente y triste, vaga después con lentitud por debajo de las bóvedas; los ojos se humedecen de llanto evocado más bien por deseo de algo desconocido que por recuerdo penoso; las melancólicas bellezas de pupilas obscuras, de la Biblia, pasan envueltas en nebulosas tenues por el espacio de nuestros sueños, la una yendo á postrarse humilde ante los pies de un rey soberbio para domarle como á fiera, ostentando la otra en su mano una espiga dorada de la cosecha, y otras más llevan colgadas del mórbido brazo desnudo las ánforas á la fuente vecina; después, ese dolor que vive oculto en todo lo divino y lo humano, clama también en la nota grave del órgano con un gemido profundo, arrancado de lo íntimo, de fuente ignorada, como si todas las lágrimas de lo creado asomasen para clamar por el perdón y la misericordia, para implorar la muerte redentora, para suplicar la libertad de las cadenas que atan á la humanidad sobre la tierra; anúdanse los sollozos en las gargantas y todos los labios murmuran la lamentación del profeta: "¡Venid y ved si conoceis dolor como el mío!" Y al mismo tiempo que la fuente despide raudales clarísimos, el llanto de la raza humana riega el suelo agostado por el delito; los acordes gemebundos aumentan, crecen, se agigantan y ya parecen rodar con el estrépito de los astros desquiciados, en el espacio turbio y revuelto por los torbellinos desordenados que pasan, giran y se revuelven, confundiendo las cenizas dispersas, las arenas y las aguas de los mares, las luces y las tinieblas, el fuego y las nieves, los hombres y las cosas en la catástrofe final, y el órgano sigue pregonando por encima de todo:

Dies irae, dies illa
Solvet seclum in favilla...

No pude resistir más tiempo; ahogábanme las emociones; la imaginación me torturaba haciéndome ver y traducir en formas espantables y dolientes aquellos vendavales furiosos, aquellos lamentos intensos, aquellas armonías errantes, aquel canto seco y grave de los sacerdotes en diálogo misterioso con el órgano, y por último, la influencia del grandioso espectáculo sobre mi espíritu y mi cerebro, dos enemigos atados á mi existencia, que no me permiten gozar un punto de reposo, porque el uno me arrastra detrás de su vuelo fantástico por mundos imposibles y el otro me tortura con sus recuerdos y con sus visiones de tiempos y de cosas mejores, y los dos me agitan sin cesar desde el pasado al porvenir, desde la vida á la muerte, de uno á otro extremo de la nada donde empieza y concluye nuestra fugitiva existencia.

Salí á los claustros y al jardín del convento; el aire perfumado, el rumor de los árboles y la vista del horizonte alumbrado por el sol de la primavera, volviéronme á la realidad; apagáronse las luces fantásticas de la mente y desvaneciéronse las visiones sugeridas por el aparato imponente de las ceremonias y de las músicas sagradas; toda la antigüedad bíblica, cristiana y medieval, que ya se había infiltrado en mi sér moral, fué reemplazada por la concepción tranquila y serena de la vida contemporánea; pero siempre el pensamiento revoloteaba dentro del mismo orden de ideas, y para obligarlo á abandonar esa órbita engendradora de vértigos y fascinaciones, abandoné también aquel sitio para buscar emociones heterogéneas, contrarias, antagónicas.

Pero todo fué en vano; era día de la Iglesia y en todas partes sentíase el vacio de la vida mundana; las calles casi desiertas lo decían; todo el mundo está en los templos; hay recogimiento religioso en toda la ciudad. Después de medio día emprendí de nuevo mi excursión; iba á visitar la vieja Universidad, renovada exteriormente por la ornamentación moderna, y en lo interior por los progresos de la ciencia y del arte novísimos; pero al pasar por la iglesia y convento de Santa Catalina, ví abiertas las entradas del templo, y percibí una suave repercusión de música y de voces femeninas, entonando cánticos y recitados que impresionaban dulcemente los sentidos.

Una voz de mujer llegó á mis oídos; me era conocida, y de súbito, como una ráfaga que se escurre por entre los rosales opulentos, nació en mi memoria un recuerdo de la adolescencia, un poema de íntima y sublime tristeza, que duerme y se apaga en medio del bullicio y los afanes de la lucha cuotidiana. No esperaba esta nueva, esta honda impresión que podía costarme muchos dolores, pero era ya esclavo otra vez de mis recuerdos y penetré, poseído de un leve temblor interno, en aquel recinto.

¡Cuánta soledad en las naves! ¡cuánta frescura en el ambiente! ¡cuánto delicioso perfume circulaba en las imperceptibles ondas del aire! Adivinábase el alma de la mujer en todas partes; en el santuario había jarrones repletos de flores del tiempo, puestas ese mismo día; los paños sutiles y vaporosos del altar y de la cátedra, las vestiduras de las imágenes, festoneadas de encajes finísimos, revelaban que mística pero femenil ternura había cuidado de ellos y los había bordado en el apacible retiro de la celda; reinaba un claroscuro inspirador filtrado por las entreabiertas cortinas de las altas vidrieras; la iglesia estaba como la religiosa que apenas deja un intersticio de la rígida toca que encubre su rostro; y aquella luz indefinible, difusa, como increada, permitía apenas vislumbrar las sombras de los objetos: había un alma en todo el recinto, é imponía silencio y meditación.

Era un sábado y la hora solemne en que la comunidad entona la Salve á la Reina de los cielos. Yo recordaba que en otro tiempo había escuchado ese canto; pero fué en la edad del amanecer de todas las pasiones y de todos los sueños, en la primavera de la vida, cuando no concebimos aún cómo al corazón y al pensamiento se les ahoga en nombre de la ley social; pero ahora estaba solo en la media luz propicia de la iglesia, y perdido como una sombra en el ámbito silencioso, dispúseme á escuchar la armoniosa oración y á ahogar mi vida entera en el mar de los recuerdos... Vuelto hacia el coro, que se iluminó algo más por una ventana del fondo, apoyé mi cabeza en el respaldo de un banco y lancé las alas de mi pensamiento hacia el infinito.

Rumor de pasos lentos, sombras vagas de mujer que entraban de los claustros al coro percibiéronse luego, y después de un breve silencio, surgió una melodía suave y soñadora detrás de la velada reja, recorrió lentamente como un fluido bienhechor por todo el espacio, penetrando hasta las más diminutas cavidades de los muros, yendo á acariciar los oídos de la imagen sonriente y á despertar en otro mundo á las almas terrenales; eran casi insensibles las transiciones de unos tonos á otros, la sucesión de las notas y las ascensiones y descensos de los acordes; parecía como si las manos que los arrancaban del órgano invisible pasasen soñando por el teclado, y como si el alma que los inspiraba y los ojos de la monja artista estuviesen vertiendo lágrimas al evocar aquellas notas, reveladoras en todo humano organismo, de misterios insondables, de paraisos imposibles y de amores tan eternos como puros.

El canto brotaba del coro velado, lo mismo que el perfume de los pebeteros místicos ocultos en algún rincón de las naves: pero salía con desgarramiento. con ecos de sollozo contenido, apagado y sin vibración, como si al pasar por la garganta hubiese tenido que bañarse en las lágrimas que iban entrando á escondidas. Si, aquellos cánticos lloraban, decían el hondo poema de esas almas ausentes, que sólo envían al mundo el eco de sus armonías, como las flores ocultas en las rajaduras de una roca inaccesible, regalan al viajero una ráfaga sutil de su perfume.

No puede escucharse esa música sin traducir el lenguaje arcano de lo que en ella vuela envuelto; la soledad, el destierro, la ansiedad de la vida, los sueños de la vigilia, las visiones de formas humanas, las voces oídas en el silencio de la noche, las revelaciones espontáneas de los sentidos, los resplandores de la lucha interna, las formas persistentes de los recuerdos de infancia, de adolescencia, de juventud, de amores muertos al nacer, de ilusiones sepultadas debajo de las bóvedas macizas, y todo el drama cuyo desenlace fué la reclusión eterna en el convento y pronto en el sepulcro: todo esto habla, gime, solloza y clama con acentos desgarradores en aquella Salve, y en aquella hora y en aquella semi-obscuridad del templo solitario. La música sagrada envuelve y satura de olvido esas existencias, les da alas para arrancarse de la tierra y las hace encaminarse al mundo luminoso de las promesas, de las venturas y de la libertad infinitas, en la vida incorpórea de los eternos paraísos.



ÍNDICE




 Joaquin V. Gonzalez, por Juan Cancio
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v
3
I.
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1
II.
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29
III.
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41
IV.
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57
V.
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73
VI.
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81
VII.
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107
VIII.
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115
IX.
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125
X.
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137
XI.
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147
XII.
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161
XIII.
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169