Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo/Capítulo IV

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CAPÍTULO IV

De río Negro a Bahía Blanca.
Río Negro.—Estancias atacadas por los indios.—Lagos salados.—Flamencos.—De río Negro a río Colorado.—Arbol sagrado.—Liebre patagónica.—Familias indias.—El general Rosas.—Camino de Bahía Blanca.—Dunas de arena.—El teniente negro.—Bahía Blanca.—Incrustaciones salinas.—Punta Alta.—El Zorrillo.


'24 de julio 1833.—El Beagle zarpó de Maldonado y el 3 de agosto llegó frente a la desembocadura del río Negro. Este es el río más importante de toda la línea de la costa, entre el estrecho de Magallanes y el Plata. Entra en el mar cerca de 300 millas al sur del estuario de este último. Hace unos cincuenta años, bajo el antiguo gobierno español, se estableció aquí una pequeña colonia, y ella es, a la fecha en que escribo, la posición más meridional (41° de latitud) de la costa este de América habitada por el hombre civilizado.

El territorio inmediato a la desembocadura del río es mísero en extremo: en el Sur comienza una larga línea de cantiles perpendiculares, que dejan ver una sección de la naturaleza geológica del país. Los estratos son de arenisca, y una de las capas me llamó la atención por estar compuesta de un conglomerado de piedrecitas pómez, que deben de haber recorrido más de 400 millas desde los Andes. La superficie se halla cubierta en todas partes por una espesa capa de grava, que se extiende en un gran espacio por la llanura descubierta. El agua escasea en extremo, y donde la hay es casi invariablemente salobre. La vegetación es raquítica y pobre, y aunque se ven arbustos de muchas clases, todos están armados con aguijones formidables, que parecen recomendar al extranjero huir de tan inhospitalarias regiones.

La colonia está situada 80 millas río arriba. El camino corre al pie del escarpado cantil que forma el límite septentrional del gran valle por donde fluye el río Negro. En el camino pasamos por las ruinas de algunas hermosas estancias que pocos años antes habían sido destruidas por los indios. Varios fueron los ataques que hubieron de sufrir. Un testigo presencial me hizo una viva descripción de lo ocurrido. Los colonos tuvieron noticia a tiempo para recoger en el corral [1] todo el ganado vacuno y caballar, así como para preparar un pequeño cañón. Los indios eran araucanos [2] del sur de Chile, en número de varios centenares y muy disciplinados. Primeramente aparecieron en dos cuerpos, en una montaña vecina; después de apearse allí y sacar sus mantas de piel, avanzaron desnudos a la carga. La única arma del indio es un bambú muy largo, o chuzo, adornado con plumas de avestruz, y que lleva en el extremo la punta de una pica. El hombre que me hacía el relato parecía recordar con gran horror el oscilar de esos chuzos al acercarse. Ya a poca distancia, el cacique Pincheira intimó a los sitiados la rendición de las armas, si no querían morir todos degollados. Como de cualquier modo que salieran las cosas, en el caso de entrar los indios, ése era el resultado probable, la respuesta fué una descarga de mosquetería. Los indios, sin inmutarse por ello, llegaron a la cerca misma del corral; pero con gran sorpresa hallaron los troncos de la empalizada unidos entre sí por clavos de hierro en vez de correas, y, como es natural, en vano intentaron cortarlos con sus cuchillos. Esto fué lo que salvó la vida a los cristianos; muchos de los indios heridos fueron llevados por los suyos, y, al fin, cuando cayó herido uno de los caciques subalternos la tropa tocó a retirada. Replegáronse al sitio donde tenían los caballos y parecieron celebrar consejo de guerra. En tanto, los españoles estaban con la mayor angustia, por haber gastado todas las municiones, excepto algunos cartuchos. En un abrir y cerrar de ojos los indios montaron en sus caballos y huyeron a todo galope hasta perderse de vista. Un segundo ataque fué rechazado con mayor rapidez aún. El cañón estuvo a cargo de un francés, que era hombre de gran sangre fría; aguardó a que los indios estuvieran bien cerca, y entonces barrió con metralla toda la línea de asaltantes, dejando tendidos a 39 de ellos; y, como es de suponer, un golpe de tal naturaleza puso inmediatamente en fuga a toda la tropa enemiga.

La villa es indiferentemente llamada El Carmen o Patagones. Está edificada frente a un peñón que mira al río, y muchas de las casas han sido excavadas en la arenisca. El río tiene una anchura de 200 a 300 metros y es profundo y rápido. Las numerosas islas, con sus sauces, y los farallones salientes, vistos uno tras otro en el límite septentrional del anchuroso valle vestido de verdor, forman, a la brillante luz del sol, un conjunto casi pintoresco. El número de habitantes no pasa de algunos centenares. Estas colonias españolas no llevan, como las nuestras inglesas, elementos internos de desenvolvimiento. Aquí residen muchos indios de pura sangre; la tribu del cacique Lucani tiene constantemente sus toldos [3] en las afueras de la villa. El gobierno local los surte en parte de provisiones, dándoles todos los caballos viejos e inservibles, y ganan algún dinero haciendo aparejos y otros artículos análogos. Estos indios son tenidos por civilizados; pero lo que han podido perder en salvajismo queda contrarrestrado por su absoluta inmoralidad. Sin embargo, algunos de los jóvenes progresan; van cobrando amor al trabajo, y algún tiempo atrás una cuadrilla de ellos salió con una expedición a pescar focas y se portó muy bien. Ahora disfrutan el producto de su trabajo luciendo trajes elegantes y limpios y pasando el tiempo en completa ociosidad. Era admirable el gusto que mostraban en el traje; si hubiera sido posible convertir a uno de estos jóvenes indios en una estatua de bronce, su vestimenta hubiera podido presentarse como modelo de gracia y perfección.

Un día fui a caballo a un gran lago salado o Salina, que dista del pueblo unos 24 kilómetros. Durante el invierno esta salina es un gran charco de salmuera, que en verano se convierte en un gran campo de sal blanca como la nieve. La capa inmediata a las márgenes tiene un espesor de 10 ó 12 centímetros, pero aumenta hacia el centro. Este lago era de cuatro kilómetros de largo, por más de uno y medio de ancho. Hay otros en las inmediaciones mucho mayores y con un piso de sal de seis a nueve centímetros de grueso, aun estando cubierto de agua en el invierno. Cualquiera de estas extensiones, de perfecto nivel y deslumbrante blancura, en medio de la llanura desolada, ofrece siempre un espectáculo extraordinario. Anualmente se extrae de las salinas una gran cantidad de sal, y grandes pilas de algunos cientos de toneladas yacen preparadas para la exportación. La época en que se explotan las salinas es el tiempo de cosecha para los habitantes del Carmen, y de esta recolección depende la prosperidad del lugar. Casi toda la población acampa en la margen del río, y la gente trabaja en cargar la sal y transportarla en carretas de bueyes. Esta sal cristaliza en grandes cubos y es notablemente pura; Mr. Trenham Reeks ha tenido la amabilidad de analizarla por encargo mío, y halla en ella sólo 0,26 de yeso y 0,22 de substancias térreas. Es un hecho singular que no sirva para conservar la carne tan bien como la sal marina de las islas de Cabo Verde, y un comerciante de Buenos Aires me dijo que la consideraba menos valiosa en un 50 por 100. De aquí que se importe constantemente sal de Cabo Verde y se la mezcle con la de estas salinas. La pureza de la sal de Patagonia y la ausencia en ella de otros cuerpos salinos hallados en toda agua del mar es la única causa que puede asignarse a esa inferioridad, conclusión que nadie, a mi juicio, ha sospechado siquiera, pero que se apoya en el hecho, últimamente establecido [4], de que estas sales sirven mejor para conservar queso porque contienen más cloruros delicuescentes.

Las márgenes del lago están formadas de légamo y en él se hallan sepultados numerosos y grandes cristales de yeso, algunos de los cuales tienen siete centímetros de largo, mientras en la superficie yacen esparcidos otros de sulfato de sodio. Los gauchos llaman a los primeros «el padre de la sal» y a los segundos «la madre», y aseguran que estas sales progenituras se presentan siempre en las orillas de las salinas cuando el agua empieza a evaporarse. El cieno es negruzco y tiene un olor fétido. Al principio no pude dar con la causa de ello; pero después observé que la espuma, arrastrada por el viento hacia las márgenes, estaba coloreada de verde, como si contuviera confervas. Intenté llevar a casa una porción de esta materia verde, pero un accidente imprevisto malogró mi propósito. Algunas partes del lago, vistas a corta distancia, aparecían de color rojizo, lo cual se debía quizá a ciertos infusorios. El cieno aparecía levantado en muchos sitios por una multitud de gusanos anélidos. ¡Cuán sorprendente es que haya animales capaces de vivir en la salmuera y que anden arrastrándose entre cristales de sulfato de sodio y cal! Y ¿qué es de esos gusanos cuando durante el largo verano se endurece la superficie convirtiéndose en una sólida capa de sal? Este lago es frecuentado por numerosos flamencos, que procrean aquí; en toda Patagonia, en el norte de Chile y en las islas de los Galápagos he encontrado estas aves dondequiera que había lagos salados. En el sitio de que trato los vi vadeando de aquí para allá en busca de comida—probablemente de gusanos escondidos en el cieno—, y tal vez estos últimos se alimentan de infusorios o confervas. De este modo tenemos un pequeño mundo de vivientes recluídos en el recinto de un lago de salmuera y perfectamente adaptados a este medio. Se dice [5] que en los hoyos de salmuera de Lymington viven diminutos crustáceos en número incontable, pertenecientes a la especie Cáncer salinas, pero solamente en aquellos en que el líquido ha alcanzado, por evaporación, considerable densidad, llegando a tener tres onzas de sal por cuartillo de agua. ¡Bien podemos afirmar que todas las partes del mundo son habitables! Lagos de salmuera o lagos subterráneos ocultos bajo de montañas volcánicas, fuentes de aguas minerales, las anchurosas y profundas extensiones del océano, las regiones superiores de la atmósfera y hasta la superficie de las nieves perpetuas, todo sustenta seres orgánicos.


Hacia el norte del río Negro, entre él y el país habitado cerca de Buenos Aires, los españoles tienen solamente una pequeña colonia recientemente establecida en Bahía Blanca. La distancia en línea recta a Buenos Aires es próximamente 400 millas inglesas. Las tribus errantes de jinetes indios que en otro tiempo ocuparon la mayor parte de esta región arrasaban últimamente la estancia, y el gobierno de Buenos Aires equipó hace algún tiempo un ejército a las órdenes del general Rosas con propósito de exterminarlas. A la sazón las tropas estaban acampadas en las riberas del Colorado, río que se halla a unos 130 kilómetros al norte del río Negro. Cuando el general Rosas partió de Buenos Aires marchó en línea recta por llanuras inexploradas, y como de este modo el país quedó bastante limpio de indios, dejó tras sí, en amplios intervalos, piquetes de soldados con repuesto de caballos (postas) a fin de poder mantener comunicación con la capital. En vista de que el Beagle intentaba recalar en Bahía Blanca resolví encaminarme allá por tierra, y últimamente amplié mi plan anterior decidiéndome a recorrer todo el camino hasta Buenos Aires valiéndome de las postas.


11 de agosto.—Me acompañaron en el viaje míster Harris, un señor de nacionalidad inglesa, residente en Patagones, un guía y cinco gauchos, que marchaban al campamento del ejército con asuntos propios del servicio. El Colorado, como ya he dicho, dista unos 130 kilómetros, y como caminábamos despacio tardamos dos días y medio en el camino. El país, en todo el trayecto de esta ruta, apenas merece nombre mejor que el de un desierto. Sólo encontramos agua en dos pequeños pozos; la llaman dulce, pero aun en esta época del año, durante la estación lluviosa, es completamente salobre. En verano debe de ser un camino tristísimo, porque aun ahora presentaba un aspecto bastante desolado. El valle del río Negro, con ser tan ancho, es una mera excavación practicada en la planicie de arenisca, porque inmediatamente encima de la margen donde se alza la ciudad empieza una campiña llana, sólo interrumpida por algunos valles y depresiones sin importancia. Por todas partes el paisaje presentaba el mismo aspecto estéril; un suelo cascajoso y seco cría matas de hierba marchita y arbustos dispersos armados de espinas.

Poco después de pasar la primera fuente dimos vista a un árbol famoso, que los indios veneran como altar de Walleechu. Está situado en un altozano de la llanura, y de ahí que sea un hito visible a gran distancia. No bien algunas tribus de salvajes le divisan, le tributan su adoración a grandes voces. El árbol es bajo, frondoso y espinoso; en la parte más baja del tronco tiene un diámetro de unos nueve decímetros. Se yergue solitario, y fué el primer árbol que vimos; después encontramos algunos otros de la misma clase, pero poco abundantes. Como estábamos en invierno el árbol no tenía hojas, pero en su lugar pendían de las ramas secas varias ofrendas atadas con cordeles, tales como cigarros, pan, carne, pedazos de tela, etcétera. Los indios muy pobres, a falta de otra cosa mejor, sacan un hilo de sus ponchos y le atan al árbol. Los más ricos suelen echar licores y mate en cierta oquedad, y fumar expeliendo el humo hacia arriba, creyendo agradar así del mejor modo posible a Walleechu. Para completar la decoración se había rodeado al árbol con los huesos mondos de caballos sacrificados. Todos los indios, sin distinción de edad ni sexo, hacen sus ofrendas, merced a las cuales imaginan que sus cabalgaduras han de ser incansables y ellos afortunados. El gaucho que me refirió esto añadió que en tiempo de paz había presenciado la escena de las ofrendas, y que él y otro habían aguardado a que los indios se alejaran para llevarse los donativos a Walleechu.

Los gauchos aseguran que los indios consideran al árbol como al dios mismo; pero parece mucho más probable que lo consideren como su altar. Imagino que la única causa para esta elección es tener un hito en un paso peligroso. La sierra de la Ventana se presenta visible a distancia inmensa, y un gaucho me dijo que, cabalgando una vez con un indio pocas millas al norte del río Colorado, de pronto su compañero empezó a meter el ruido estrepitoso que suelen hacer los salvajes al divisar un árbol distante, mientras ponía la mano en la cabeza y apuntaba con el dedo en la dirección de la sierra. Al preguntarle por la razón de esto, el indio respondió, en mal castellano: «Primera vez ver la sierra.» A cosa de dos leguas de este curioso árbol hicimos alto para pasar la noche, y en este momento los ojos de lince de los gauchos descubrieron una pobre vaca, en cuya persecución se lanzaron sin tardanza. Pocos minutos después la arrastraron presa en sus lazos y la sacrificaron. En este sitio tuvimos las cuatro cosas necesarias para la vida en el campo [6]: pasto para los caballos, agua (sólo una charca cenagosa), carne y leña. Los gauchos se pusieron del mejor humor al hallar todos estos lujos, y en breve empezamos a preparar la cena con la carne de la pobre vaca. Esta fué la primera noche que pasé a la intemperie, teniendo por cama el recado de montar. En la vida independiente del gaucho hay una íntima satisfacción en el hecho de poder apearse en cualquier momento y decir: «Aquí voy a pasar la noche.» El silencio fúnebre de la llanura, los perros haciendo centinela, y el gitanesco grupo de los gauchos en torno del fuego, han dejado en mi ánimo una pintura indeleble de esta primera noche, que nunca olvidaré.

Al día siguiente el terreno seguía siendo semejante al anteriormente descrito. Está habitado por algunas aves y cuadrúpedos de varias clases. De cuando en cuando podían verse un ciervo o un guanaco (llama salvaje), pero el agutí (Cavia Patagonica) es el cuadrúpedo más común. Este animal representa aquí a nuestras liebres; se diferencia, sin embargo, de este género en muchos respectos esenciales, como, por ejemplo, en tener solamente tres dedos en las patas traseras. Su tamaño es también doble, pues pesa de 20 a 25 libras. El agutí es un fiel amigo del desierto; como nota ordinaria característica del terreno suelen verse sólo dos o tres saltando, uno tras otro, en línea recta por estas bravas llanuras. Se los halla subiendo hacia el Norte hasta la sierra Tapalguen (latitud 37° 30'), donde el suelo se torna de pronto más verde y más húmedo, y su límite meridional está entre Puerto Deseado y San Julián, sitios en que no se presenta cambio alguno en la naturaleza de la región. Es un hecho curioso que, a pesar de no encontrarse hoy agutís al sur del puerto de San Julián, el capitán Wood, en su viaje en 1670, afirma que los encontró numerosos. ¿Qué causa ha podido hacer desaparecer en el intervalo a este animal en una región deshabitada y rara vez visitada? Se advierte también por el número de los que mató el capitán Wood en un día en Puerto Deseado que eran considerablemente más abundantes que al presente. Donde la vizcacha vive y hace sus madrigueras, el agutí las utiliza; pero donde no hay vizcachas, como en Bahía Blanca, el agutí se las cava él mismo. Lo mismo sucede con el pequeño autillo de las Pampas (Athene cunicularia), al que tantas veces se ha descrito presentándole como habitador de la boca de las madrigueras, donde parece estar de centinela, porque en la Banda Oriental, a causa de la ausencia de la vizcacha, se ve forzado a prepararse él mismo su habitación.

A la mañana siguiente, conforme nos aproximábamos al río Colorado, cambió el aspecto del país; pronto llegamos a una llanura cubierta de césped, que por sus flores, alto trébol y pequeños buhos se parecía a las Pampas. Pasamos también por un pantano cenagoso de considerable extensión, que en verano se seca y se cubre de una costra de sales varias, por lo que se le llama salitral. Estaba lleno de plantas enanas y crasas como las que crecen en la costa. El Colorado, en el paso por donde le cruzamos, mide solamente unos 60 metros de ancho, próximamente la mitad del que tiene en general. Su curso es muy tortuoso, estando marcado por sauces y espesuras de cañas; la distancia en línea recta hasta la desembocadura del río es, según se dice, de nueve leguas; pero 25 por el agua. Al cruzarle en la canoa nos vimos detenidos por inmensas yeguadas, que pasaban nadando para seguir detrás de una división de tropas que se hallaba en el interior. Nunca he contemplado un espectáculo tan original como el que presentaban cientos y cientos de cabezas todas en la misma dirección, con las orejas erguidas y las fosas nasales dilatadas, dando resoplidos y apareciendo a flor de agua como un banco de extraños animales anfibios. Las tropas de operaciones no comen mas que carne de yegua. Esto les da una gran facilidad de movimientos, porque la distancia a que pueden llevarse los caballos en estas planicies es del todo sorprendente; se me ha asegurado que un caballo sin carga es capaz de caminar 160 kilómetros diarios en varias jornadas sucesivas.

El campamento del general Rosas estaba cerca del Río. Consistía en un cuadrado formado por carros, artillería, chozas de paja, etc. Casi todas las tropas eran de caballería, y me inclino a creer que jamás se reclutó en lo pasado un ejército semejante de villanos seudobandidos. La mayor parte de los soldados eran mestizos de negro, indio y español. No sé por qué tipos de esta mezcolanza rara vez tienen buena catadura. Pedí ver al secretario para presentarle mi pasaporte. Empezó a interrogarme con gran autoridad y misterio. Por fortuna llevaba una carta de recomendación del gobierno de Buenos Aires [7] para el comandante de Patagones. Presentáronsela al general Rosas, quien me contestó muy atento, y el secretario volvió a verme muy sonriente y afable. Establecí mi residencia en el rancho o vivienda de un viejo español, tipo curioso que había servido con Napoleón en la expedición contra Rusia.

Estuvimos dos días en el Colorado; apenas pude continuar aquí mis trabajos de naturalista porque el territorio de los alrededores era un pantano que en verano (diciembre) se forma al salir de madre el río con la fusión de las nieves en la Cordillera. Mi principal entretenimiento consistió en observar a las familias indias según venian a comprar ciertas menudencias al rancho donde nos hospedábamos. Supuse que el general Rosas tenía cerca de 600 aliados indios. Los hombres eran de elevada talla y bien formados; pero posteriormente descubrí sin esfuerzo en el salvaje de la Tierra del Fuego el mismo repugnante aspecto, procedente de la mala alimentación, el frío y la ausencia de cultura.

Algunos autores, al definir las razas primarias de la Humanidad, han dividido a estos indios en dos clases; pero ello es ciertamente incorrecto. Entre las indias jóvenes, o chinas, las hay que merecen el dictado de hermosas. Su cabello era crespo, pero negro y lustroso, y lo llevaban tejido en dos trenzas que les llegaban a la cintura. En su rostro, de subido color, relucían ojos expresivos; las piernas, pies y brazos eran pequeños y elegantes, y adornaban sus tobillos, y a veces la cintura, con anchos brazaletes de cuentas azules. Algunos grupos de familias eran interesantísimos. Una madre con una o dos hijas accedió a venir frecuentemente a nuestro rancho, y lo hizo montando siempre el mismo caballo. Las mujeres cabalgan como los hombres, pero con las rodillas más recogidas y altas. Esta costumbre quizá proviene de estar acostumbradas en sus viajes a cabalgar en caballos cargados. Las mujeres son las que tienen obligación de efectuar todos los trabajos de transporte; a ellas les incumbe también el preparar las tiendas para la noche, y, en suma, como las de todas las tribus salvajes, su condición es la de esclavas. Los hombres pelean, cazan, cuidan de los caballos y hacen aparejos de montar. Una de sus principales ocupaciones cuando están en sus viviendas consiste en golpear dos piedras una contra otra hasta redondearlas, a fin de hacer con ellas las bolas. Con este arma importante el indio se apodera de las piezas de caza y se provee de caballo, tomando cualquiera de los que vagan libres por el llano. Al pelear, su primer intento se dirige a derribar la cabalgadura de su adversario con las bolas, y cuando lo ve embarazado con la caída le da muerte con el chuzo. Si las bolas se enredan sólo en el cuello o cuerpo de un animal, a menudo éste escapa con ellas. Como cuesta dos días de trabajo el redondear las piedras, de ahí que sea frecuentísima esta ocupación. Varios hombres y mujeres tenían las caras pintadas de rojo, pero no vi nunca las bandas horizontales que son tan comunes entre los fueguinos. Cifran su principal orgullo en usar objetos de plata, y he visto un cacique cuyas espuelas, estribos, empuñadura de su cuchillo y freno eran de dicho metal; la cayada y riendas estaban hechas de alambre; su grosor era el de la tralla de un látigo; por cierto que tenía un carácter especial de elegancia en el manejo de un magnífico caballo con tan delgado rendaje.

El general Rosas insinuó que deseaba verme, de lo que me alegré mucho posteriormente. Es un hombre de extraordinario carácter y ejerce en el país avasalladora influencia, que parece probable ha de emplear en favorecer la prosperidad y adelanto del mismo [8]. Se dice que posee 74 leguas cuadradas de tierra y unas 300.000 cabezas de ganado. Sus fincas están admirablemente administradas y producen más cereales que las de los otros hacendados. Lo primero que le conquistó gran celebridad fueron las ordenanzas dictadas para el buen gobierno de sus estancias y la disciplinada organización de varios centenares de hombres para resistir con éxito los ataques de los indios. Corren muchas historias sobre el rigor con que se hizo guardar la observancia de esas leyes. Una de ellas fué que nadie, bajo pena de calabozo, llevara cuchillo los domingos, pues como en estos días era cuando más se jugaba y bebía, las pendencias consiguientes solían acarrear numerosas muertes por la costumbre ordinaria de pelear con el arma mencionada. En cierto domingo se presentó el gobernador con todo el aparato oficial de su cargo a visitar la estancia del general Rosas, y éste, en su precipitación por salir a recibirle, lo hizo llevando el cuchillo al cinto, como de ordinario. El administrador le tocó en el brazo y le recordó la ley, con lo que Rosas, hablando con el gobernador, le dijo que sentía mucho lo que le pasaba, pero que le era forzoso ir a la prisión, y que no mandaba en su casa hasta que no hubiera salido. Pasado algún tiempo, el mayordomo se sintió movido a abrir la cárcel y ponerle en libertad; pero apenas lo hubo hecho, cuando el prisionero, vuelto a su libertador, le dijo: «Ahora tú eres el que ha quebrantado las leyes, y por tanto debes ocupar mi puesto en el calabozo». Rasgos como el referido entusiasmaban a los gauchos, que todos, sin excepción, poseen alta idea de su igualdad y dignidad.

El general Rosas es además un perfecto jinete, cualidad de importancia nada escasa en un país donde un ejército eligió a su general mediante la prueba que ahora diré: Metieron en un corral una manada de potros sin domar, dejando sólo una salida sobre la que había un larguero tendido horizontalmente a cierta altura; lo convenido fué que sería nombrado jefe el que desde ese madero se dejara caer sobre uno de los caballos salvajes en el momento de salir escapados, y sin freno ni silla fuera capaz no sólo de montarle, sino de traerle de nuevo al corral. El individuo que así lo hizo fué designado para el mando, e indudablemente no podía menos de ser un excelente general para un ejército de tal índole. Esta hazaña extraordinaria ha sido realizada también por Rosas.

Por estos medios, y acomodándose al traje y costumbres de los gauchos, se ha granjeado una popularidad ilimitada en el país, y consiguientemente un poder despótico. Un comerciante inglés me aseguró que en cierta ocasión un hombre mató a otro, y al arrestarle y preguntarle el motivo respondió: «Ha hablado irrespetuosamente del general Rosas, y por lo mismo le quité de en medio.» Al cabo de una semana el asesino estaba en libertad. Esto, a no dudarlo, fué obra de los partidarios del general y no del general mismo.

En la conversación es vehemente, sensato y muy grave. Su gravedad rebasa los límites ordinarios; a uno de sus dicharacheros bufones (pues tiene dos, a usanza de los barones de la Edad Media) le oí referir la siguiente anécdota: «Una vez me entró comezón de oír cierta pieza de música, por lo que fui a pedirle permiso al general dos o tres veces; pero me contestó: «¡Anda a tus quehaceres, que estoy ocupado!» Volví otra vez, y entonces me dijo: «Si vuelves, te castigaré.» Insistí en pedir el permiso, y al verme se echó a reír. Sin aguardar salí corriendo de la tienda, pero era demasiado tarde, pues mandó a dos soldados que me cogieran y me pusieran en estacas. Supliqué por todos los santos de la corte celestial que me soltaran, pero de nada me sirvió; cuando el general se ríe no perdona a nadie, sano o cuerdo.» El buen hombre ponía una cara lastimosa al solo recuerdo del tormento de las estacas. Es un castigo severísimo; se clavan en tierra cuatro postes, y, atada a ellos la víctima por los brazos, y las piernas tendidas horizontalmente, se le deja permanecer así por varias horas. La idea está evidentemente tomada del procedimiento usado para secar las pieles. Mi entrevista terminó sin una sonrisa, y obtuve un pasaporte con una orden para las postas del gobierno, que me facilitó del modo más atento y cortés.

A la mañana siguiente partimos para Bahía Blanca, donde llegamos en dos días. Al salir del campamento regular pasamos junto a los toldos de los indios. Son unas chozas redondas como los hornos, cubiertas con pieles; a la entrada de cada una se yergue un chuzo puntiagudo clavado en tierra. Los toldos están divididos en grupos separados, que pertenecían a tribus de distintos caciques, y los grupos se dividían de nuevo en otros más pequeños, según las parentelas de sus dueños. En un trayecto de varias millas viajamos a lo largo del valle del Colorado. Las llanuras aluviales contiguas parecían fértiles, y se suponen a propósito para cultivar trigo en ellas.

Volviendo hacia el Norte, entramos en una región que difiere de la de las llanuras del sur del río. La tierra continuó aún siendo seca y estéril, pero criábanse en ella plantas de muchas clases, y la hierba, aunque tostada y correosa, se hacía más abundante, al paso que iban escaseando los arbustos espinosos. Esta última vegetación desapareció enteramente al poco trecho, y las llanuras quedaron sin la menor maleza que cubriera su desnudez. El cambio que acabamos de indicar señala el comienzo del gran depósito calcáreo-arcilloso que forma la dilatada extensión de las Pampas, y cubre las rocas graníticas de la Banda Oriental. Desde el estrecho de Magallanes al Colorado, en una distancia de 1.300 kilómetros, el terreno se compone de cascajo; los guijarros son en su mayor parte de pórfido, y probablemente proceden de las rocas de la Cordillera. Al norte del Colorado esta capa se adelgaza, y los guijarros se hacen excesivamente pequeños, terminando aquí la vegetación característica de Patagonia.

Después de recorrer a caballo unos 34 kilómetros, llegamos a una ancha faja de dunas de arena, que se extiende hasta donde la vista puede alcanzar de Este a Oeste. Las lomas de arena, que descansan sobre arcilla, permiten la formación de pequeños charcos, lo que suministra en este seco país un surtido inapreciable de agua dulce. Frecuentemente pasan inadvertidas las grandes ventajas que proceden de las depresiones y elevaciones del suelo. Los dos raquíticos manantiales existentes en el trayecto entre los ríos Negro y Colorado tenían su origen en insignificantes desigualdades de la llanura; a no ser por ellas no se hubiera hallado ni una gota de agua. La faja de dunas arenosas tiene una anchura aproximada de 13 kilómetros; en algún período anterior formó probablemente la margen de un gran estuario, donde ahora corre el Colorado. Hipótesis es esta que apenas podrá desdeñar quienquiera que observe las patentes pruebas de elevación reciente presentadas por el terreno de esta parte de la Argentina, aunque sólo se fije en la geografía física del país. Tras cruzar la extensión arenosa, llegamos ya tarde a una de las postas, y como los caballos de refresco estaban pastando a cierta distancia, resolvimos pasar allí la noche.

La casa estaba situada al pie de un cerro de 30 a 60 metros de alto, el rasgo más notable de este país. Esta posta tenía por jefe a un teniente negro nacido en Africa, y en su elogio debo decir que no había un rancho entre el Colorado y Buenos Aires que se acercara a éste en orden y limpieza. Allí encontramos un cuartito para los forasteros que llegaran y un pequeño corral para los caballos, y ambos locales estaban hechos de palos y cañas; además se había cavado un foso o zanja alrededor de la casa, como defensa para el caso de ser atacada. Sin embargo, a haberse presentado indios de poco le hubiera servido; pero la principal seguridad del negro parecía fundarse en la resolución de vender cara su vida. Poco tiempo antes un cuerpo de indios habían pasado de noche no lejos de este sitio; si hubieran tenido noticia de la posta, mi amigo el negro y sus cuatro soldados habrían sucumbido a su furor. En ninguna otra parte encontré un hombre más atento y cortés que este negro; por lo mismo, sentí vivamente ver que no se sentaba ni comía con nosotros.

A la mañana siguiente enviamos por los caballos muy temprano y emprendimos otro alegre galope. Dejamos atrás Cabeza de Buey, antiguo nombre dado al trozo primero de un gran pantano que se extiende desde Bahía Blanca. Aquí mudamos de caballos y recorrimos algunas leguas de terreno encharcado y marismas salinas. Después de renovar por última vez las cabalgaduras, empezamos otra vez a vadear por lodazales. Cayóse mi montura y me puse perdido de barro, accidente de lo más desagradable que es dable imaginar cuando no se tiene ropa con que mudarse. A pocos kilómetros del fuerte encontramos a un hombre, y nos dijo que se había disparado un fuerte cañonazo, que es una señal de que los indios están cerca. Inmediatamente dejamos el camino y seguimos la orilla de un pantano, que en caso de persecución ofrece el mejor modo de escapar. Con no pequeña satisfacción llegamos al amparo del fuerte, donde supimos que la alarma carecía de fundamento, pues los indios resultaron ser amigos que deseaban unirse al general Rosas.

Bahía Blanca apenas merece el nombre de aldea [9], pues sólo tiene unas cuantas casas y las barracas para la tropa dentro de una muralla que tiene al pie un foso profundo. El establecimiento es de reciente creación (desde 1828), y su desarrollo ha acarreado grandes trastornos. El gobierno de Buenos Aires le ocupó injustamente por la fuerza, en lugar de seguir el prudente ejemplo de los virreyes españoles, que compraron a los indios el terreno cercano de la antigua colonia del río Negro. De aquí la necesidad de las fortificaciones, de aquí las pocas casas y la escasa tierra cultivada dentro del recinto de la muralla; ni siquiera el ganado mayor está seguro de los ataques de los indios más allá de los límites del llano en que se levanta el fuerte.

Como la parte del puerto en que el Beagle intentaba anclar distaba 25 millas, obtuve del comandante un guía y caballos que me llevaran a ver si había llegado. Dejando el llano de verde césped que se extiende a lo largo de la corriente de un arroyuelo, entramos pronto en una dilatada planicie que se componía, ya de arena, ya de pantanos salinos, ya de barrizales sin una hierba. Ciertos puntos estaban cubiertos de matorral bajo, y otros de esas plantas crasas que sólo crecen exuberantes donde abunda la sal. A pesar de ser tan malo el terreno abundaban en él los avestruces, ciervos, agutís y armadillos. Mi guía me contó que dos meses antes se había visto en grandísimo riesgo de perder la vida: ocurriósele salir a cazar con otros dos compañeros a no mucha distancia de esta parte del país, cuando de pronto se vieron acometidos por una partida de indios, que, emprendiendo su persecución, alcanzaron y dieron muerte muy pronto a sus dos amigos. El mismo caballo que montaba el narrador quedó cogido y trabado por las bolas, pero el jinete se apeó de un salto y le dejó libre cortándolas con el cuchillo; entretanto tuvo que escabullirse de un lado a otro alrededor del caballo, no sin recibir dos grandes heridas de los chuzos enemigos. Saltando en la silla consiguió, con esfuerzo supremo, tomar la delantera a las largas picas de sus perseguidores, que le dieron caza hasta llegar a la vista del fuerte. Desde entonces se mandó que nadie se alejara del recinto fortificado mas que a distancias muy limitadas. De todo esto yo no sabía nada cuando partimos; de modo que no fué pequeña mi sorpresa al observar la cautelosa atención con que mi guía espiaba los movimientos de un ciervo que parecía asustarse de algún objeto distante.


Nos encontramos con que el Beagle no había llegado, y en vista de ello resolvimos volver; pero habiéndose cansado en breve los caballos, nos vimos obligados a vivaquear en el llano. Por la mañana cazamos un armadillo, que si bien es un plato excelente asado en su caparazón, no era gran cosa para desasyuno y almuerzo de dos hombres hambrientos. El terreno en el sitio donde hicimos alto para pasar la noche estaba incrustado de una capa de sulfato de sodio, y de ahí, como era natural, que faltara el agua. Sin embargo, muchos de los pequeños roedores lograban hallar aún aquí los vegetales de que se alimentan, y durante la mitad de la noche el tucutuco estuvo produciendo su pequeño ruido característico debajo de mi cabeza. Nuestros caballos valían poco y a la mañana siguiente no tardaron en agotar sus fuerzas a causa de no haber bebido; de modo que nos vimos precisados a apearnos y continuar el viaje a pie. A eso del mediodía los perros mataron un cabrito, que nosotros asamos. Tomé algo de él, pero me causó una sed intolerable. Esto fué tanto más penoso de soportar cuanto que el camino estaba lleno de charquitos de agua clara procedentes de alguna lluvia reciente, pero no era potable. Aunque escasamente había pasado veinte horas sin agua y solamente parte del tiempo bajo un sol ardiente, la sed me produjo una debilidad extrema. Cómo hay personas que resisten dos o tres días en tales circunstancias es cosa que no puedo concebir; al mismo tiempo debo confesar que mi guía continuaba sin la menor novedad y se maravillaba de que un día de privación me trastornara tanto.

Varias veces he aludido a la superficie del suelo, que está incrustado de sal. Este fenómeno es enteramente distinto de las salinas y más extraordinario. En muchas comarcas de Sudaméríca se tropieza con esas incrustaciones dondequiera que el clima es moderadamente seco, pero en ninguna parte las he visto tan abundantes como en las cercanías de Bahía Blanca. La sal aquí y en otras partes de Patagonia se compone principalmente de sulfato de sodio con alguna sal común. Mientras la tierra permanece húmeda en estos salitrales (como los españoles impropiamente los llaman, tomando esta substancia por salitre) la vista no percibe mas que una extensa llanura de suelo negro y cenagoso, en la que vegetan dispersos algunos manojos de plantas crasas. Al volver a pasar por una de esas extensiones después de una semana de fuertes calores, queda uno sorprendido al ver blanquear la llanura en varios kilómetros cuadrados, como si sobre ella hubiera caído una capa de nieve, amontonada aquí y allá por el viento en pequeñas acumulaciones. Este último efecto se produce por depositarse las sales, durante la lenta evaporación de la humedad, en torno de las briznas de hierba seca, tocones de madera y terrones sueltos, en lugar de cristalizar en el fondo de las charcas de agua. Los salitrales se presentan en extensiones llanas que sólo se levantan alguno pies sobre el nivel del mar o en terrenos de aluvión que forman las márgenes de los ríos. Mr. Parchappe [10] halló que la incrustación salina de la llanura, a la distancia de algunas millas del mar, consiste principalmente en sulfato de sodio con sólo un 7 por 100 de sal común, mientras que más cerca de la costa la sal común aumentaba hasta un 37 por 100. Esta circunstancia hubiera inducido a creer que el sulfato de sodio se generó en el suelo por el clorhidrato que quedó en la superficie durante la lenta y reciente elevación de este seco país. El fenómeno, en su conjunto, es bien digno de que los naturalistas fijen en él su atención. ¿Tienen las plantas crasas salitrosas, que contienen mucha soda, según es sabido, el poder de descomponer el clorhidrato? ¿El légamo negro y fétido, que abunda en materia orgánica, suministra el azufre y, en último término, el ácido sulfúrico?

Dos días después volví a ir a caballo al puerto, y en el camino, cuando no nos faltaba mucho para llegar, mi compañero, que era el mismo de antes, divisó a tres personas que cazaban a caballo. Apeóse al punto, y observándolas con atención dijo: «No montan como cristianos, y, por otra parte, nadie puede abandonar el fuerte.» Los tres jinetes se reunieron, y también bajaron de sus cabalgaduras. Al fin, uno volvió a montar y dió vuelta a un cerro, ocultándose. Mi compañero me dijo: «¡Ahora, a caballo! Cargue usted su pistola. » Y él echó una mirada a su espada. «¿Son indios?», pregunté. «¡Quién sabe! [11]. Si no hay mas que esos tres, importa poco.» Entonces me ocurrió que el jinete que desapareció tras de la montaña habría ido a buscar el resto de su tribu. Se lo indiqué así; pero no pude arrancarle otra respuesta mas que el «¡Quién sabe!» Sus ojos no cesaron ni un momento de escudriñar el lejano horizonte. Su extraordinaria sangre fría me pareció una broma demasiado pesada, y le pregunté por qué no volvíamos a casa. Me sobresalté cuando respondió: «Ya volveremos; pero en una dirección que nos lleve cerca de un pantano, en el que podemos lanzar los caballos a todo galope, y luego apelaremos a nuestras piernas; de modo que no hay cuidado.» Yo no me sentía tan seguro, y quería que aceleráramos el paso. Pero él me dijo: «No, de ningún modo, hasta que lo hagan ellos.» Cuando nos ocultaba alguna pequeña desigualdad del terreno galopábamos; pero mientras permanecíamos a la vista continuábamos al paso. Al fin llegamos a un valle, y torciendo a la izquierda galopamos rápidamente hasta el pie de un cerro; dióme su caballo para que se le tuviera, hizo a los perros echarse, y luego, gateando sobre manos y rodillas, se puso a reconocer a los jinetes sospechosos. En esa posición permaneció por algún tiempo, y al cabo prorrumpió en una carcajada, «¡Mujeres!» [12]. Las conocía: eran la esposa y la cuñada del hijo del comandante del fuerte, que andaban buscando huevos de avestruz. He descrito la conducta de este hombre con todos los pormenores porque obró bajo la impresión plena de que eran indios enemigos. Sin embargo, en cuanto se dió cuenta de su absurda equivocación me expuso un centenar de razones por las cuales no podían ser indios; pero todas ellas se le pasaron por alto en el momento oportuno. Después de esto seguimos marchando, al paso y con toda tranquilidad, hacia un pico de escasa elevación, llamado Punta Alta, desde donde podíamos ver casi todo el puerto de Bahía Blanca.

La dilatada extensión de agua se halla interrumpida por numerosos y grandes bancos de cieno, llamados en el país cangrejales, a causa de la extraordinaria abundancia de estos pequeños crustáceos. El cieno es tan blando que no se puede andar por él ni el menor trecho. Muchos de los bancos se hallan cubiertos de largos juncos, cuyas puntas son las únicas partes visibles durante la pleamar. En una ocasión, yendo en un bote, me enredé de tal modo en esos bajíos, que a duras penas hallé manera de salir. No se veía nada mas que los lechos de lodo; el día no era claro y había una gran refracción, o, como decían los marinos, «las cosas parecían altas». El horizonte se presentaba como desnivelado; los juncales parecían arbustos colgados en el aire; el agua tomaba el aspecto de bancos de cieno y éstos semejaban agua.

Pasamos la noche en Punta Alta, y me ocupé en buscar huesos fósiles; el sitio me invitaba a ello, pues este punto es una perfecta catacumba de monstruos de razas extintas. La noche era serena y clara, y la extremada monotonía del paisaje le hacía interesante aun entre la mezcolanza de bancos de cieno y gaviotas, montículos de arena y buitres solitarios. Al volver a caballo por la mañana pasamos por el rastro muy reciente de un puma o león americano, pero no logramos dar con él. También vimos un par de zorrillos o mofetas, animales repugnantes, que no dejan de abundar. El zorrillo es algo mayor que la mofeta ordinaria, pero se le parece en el porte general. Consciente de su poder, vaga en pleno día por la campiña abierta, sin temor a perros ni a hombres. Cuando algún can se le acerca para embestirle no tarda en quedar paralizado por la acción de un aceite fétido, que causa un violento malestar, destruyendo el olfato. Todo lo que ese aceite toca resulta inservible para siempre. Azara dice que el olor puede percibirse a una legua de distancia, y más de una vez lo he sentido a bordo del Beagle al entrar en el puerto de Montevideo, cuando el viento soplaba de la orilla. Es un hecho indudable que todos los animales dejan paso al zorrillo.


  1. El corral es una cerca de estacas altas y fuertes. Cada estancia o hacienda tiene uno anejo.
  2. Al grupo racial y lingüístico de los aucanos (que se extienden por las Pampas entre los 35° y 40° de latitud) pertenecen también los araucanos aborígenes (del Chile central y septentrional) y los tehuelches del río Negro, en Patagonia.—Nota de la edic. española.
  3. Así se llaman las chozas de los indios.
  4. «Report of Agricult. Chem. Assoc.» en la Agricult. Gazette, 1845, pág. 93.
  5. Linnæan Trans., vol. XI, pág. 205: «Es notable que sean semejantes todas las circunstancias relativas a los lagos salados en Siberia y Patagonia. Siberia, como Patagonia, parece haber salido recientemente de las aguas del mar. En ambos países los lagos ocupan someras depresiones en las llanuras; en ambos el cieno de las márgenes es negro y fétido; en el fondo, la costra de sal común, sulfato de sodio o magnesia se presenta imperfectamente cristalizada, y en ambas la arena cenagosa está mezclada con pequeños cristales lenticulares de yeso. Los lagos de Siberia están habitados por pequeños crustáceos y en ellos se ven con frecuencia flamencos» (Edin. New Philos. Jour., enero 1830). Como estas circunstancias, en apariencia tan insignificantes, concurren en dos continentes distantes, podemos estar seguros de que son resultados necesarios de causas comunes. Véase Viajes de Pallas, 1793 a 1794, págs. 129-134.
  6. En español en el original.
  7. Me veo obligado a significar en los términos más expresivos mi agradecimiento al gobierno de Buenos Aires por la generosa amabilidad con que se me facilitaron pasaportes para todas las partes del país, como naturalista del Beagle.
  8. Esta profecía ha resultado una completa y lastimosa equivocación: 1845.
  9. Hoy es una ciudad de 40.000 habitantes, capital del partido de su nombre y primer puerto de exportación de la Argentina. N. del T.
  10. Voyage dans l'Améríque Merid., por M. A. d'Orbigny. Part. hist. tomo I, pág. 664.
  11. En español en el original.
  12. En español en el original.