Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo/Capítulo IX

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CAPITULO IX

Santa Cruz, Patagonia y las Islas Falkland.
Santa Cruz.—Expedición río arriba.—Indios.—Inmensas corrientes de lava basáltica.—Fragmentos no acarreados por el río.—Excavación del valle.—El cóndor y sus hábitos.—La Cordillera.—Bloques erráticos de gran tamaño.—Despojos indios.—Regreso al barco.—islas Falkland.—Caballos salvajes, ganado vacuno, conejos.—Zorro parecido al lobo.—Hoguera hecha con huesos.—Manera de cazar el ganado salvaje.—Geología.—Corrientes de piedras.—Escenas de violencia.—Pingüino.—Gansos.—Huevos de Doris.—Animales compuestos.


13 de abril de 1834.—El Beagle ancló dentro de la desembocadura del Santa Cruz. Este río está situado a unas 60 millas al sur de Puerto San Julián. Durante el último viaje, el capitán Stokes navegó 30 millas río arriba; pero luego, por falta de provisiones, se vió obligado a regresar. Excepto lo que entonces se descubrió, apenas se sabía nada de este gran río. El capitán Fitz Roy resolvió ahora seguir su curso mientras el tiempo lo permitiera. El 18 partieron tres botes balleneros, con provisiones para tres semanas, y los expedicionarios éramos 25, número suficiente para resistir cualquier partida hostil de indios. Favorecidos por una fuerte pleamar y un tiempo hermoso, avanzamos un buen trayecto; entramos poco después en agua dulce, y al venir la noche nos hallábamos allende la influencia de las mareas.

El río tomó aquí las dimensiones y aspecto que se conservaron inalterables hasta el punto más lejano de nuestro avance. La anchura, por regla general, fué de 300 a 400 metros, y la profundidad en la parte media, de unos cinco. Su particularidad más notable la constituye quizá la rapidez de la corriente, que en todo su curso marcha a razón de seis nudos por hora. El agua es de un hermoso color azul, pero con un ligero tinte lechoso, y no tan transparente como pudiera juzgarse a primera vista. Fluye por un lecho de guijarros parecido a los que forman las riberas y llanos de los alrededores. Describe una trayectoria sinuosa por un valle que se extiende en línea recta hacia el Oeste. La anchura del valle mencionado varía entre cinco y diez millas, y está limitado por terrazas escalonadas, que se levantan en casi todas partes, una sobre otra, a la altura de 150 metros, correspondiéndose de una manera notable en las orillas opuestas.


19 de abril.—Claro es que contra una corriente tan violenta resultaba del todo imposible remar o utilizar las velas; en consecuencia, hubo de recurrirse al artificio de estar los tres botes, uno tras otro, proa con proa, dejando dos hombres en cada uno, mientras los restantes saltaron a tierra para sirgar. Describiré aquí el arreglo general hecho por el capitán Fitz Roy, pues dió excelentes resultados, facilitando el trabajo de todos, y de tal modo que nadie quedó desocupado. Dividióse a los expedicionarios en dos tandas, cada una de las cuales halaba alternativamente de la sirga durante hora y media. Los oficiales de cada bote vivían con su correspondiente tripulación, tomaban la misma comida que ésta y dormían en la misma tienda; de suerte que cada bote era enteramente independiente de los demás. En cuanto se puso el Sol se eligió el primer sitio llano, donde crecieran algunos arbustos, para pasar en él la noche. Cada individuo de la tripulación hacía por turno el oficio de cocinero. Inmediatamente de haberse halado el bote, el cocinero preparaba el fuego; otros dos plantaban la tienda, el patrón alargaba las cosas desde el bote, y los demás las llevaban hasta las tiendas y recogían leña. Procediendo con este orden, en media hora estaba todo listo para pasar la noche. Se montaba siempre una guardia de dos hombres y un oficial, que tenían a su cargo cuidar de los botes, atizar el fuego y evitar una sorpresa de los indios. A cada hombre de la expedición le tocaba una hora todas las noches.

Durante este día sirgamos sólo un corto trecho, porque había muchas isletas, cubiertas de arbustos espinosos, y los canales intermedios eran poco profundos.


20 de abril.—Después de pasar las islas volvimos a la labor con mucho empeño. Nuestro avance ordinario en un día, aunque bastante trabajoso, era sólo de 10 millas en línea recta, y acaso de 15 a 20 con los rodeos. Más allá del sitio en que dormimos la última noche el país es enteramente terra incognita, pues allí fué precisamente donde volvió grupas el capitán Stokes. Vimos a gran distancia una gran humareda, y hallamos el esqueleto de un caballo: de modo que no nos cupo duda sobre la existencia de los indios en las inmediaciones. En la mañana siguiente (21) observamos en la tierra el rastro de un grupo de jinetes y las señales dejadas por los chuzos o largas picas al ir arrastrando. Todos convinimos que los indios nos habían espiado durante la noche. Poco después llegamos a un sitio donde, por las huellas recientes de hombres, niños y caballos, se conocía evidentemente que la tropa de indios había cruzado el río.


22 de abril.—El país seguía siendo el mismo, y apenas ofrecía el menor interés. Uno de los caracteres más notables de Patagonia es la completa semejanza de producciones en toda su extensión. Las llanuras horizontales, de árido cascajo, crían las mismas plantas enanas y achaparradas, y en los valles crecen los mismos arbustos espinosos. Por todas partes se ven las mismas aves e insectos. Aun las riberas del río y de los claros arroyuelos que desaguan en él, apenas animaban el paisaje con la nota alegre de un verdor vivo. Sobre esta tierra pesa la maldición de la esterilidad, y de ella participa el agua del río, que corre por un lecho de guijarros. Por eso es también escasísimo el número de aves acuáticas, pues la corriente de este río infecundo no ofrece nada que pueda servir de alimento.

Mas con ser tan pobre Patagonia, en algunos respectos puede, sin embargo, ufanarse de poseer mayor número de pequeños roedores [1] que tal vez otro país del mundo. Varias especies de ratones se caracterizan exteriormente por grandes orejas delgadas y una piel finísima. Estos animalejos pululan entre las malezas de los valles, donde por espacio de meses enteros no pueden probar una gota de agua, salvo el rocío. Todas parecen ser caníbales, pues no bien cayó una de ellas en una de mis trampas, cuando la devoraron las demás. Un raposo pequeño y de elegante forma, que abunda también mucho, probablemente se alimenta de ratones. El guanaco está también en su distrito propio; son comunes rebaños de 50 a 100 individuos, y, según he dicho, divisé en cierta ocasión uno que lo menos tendría 500. El puma, con el cóndor y otras rapaces que se alimentan de carroña, caza y devora dichos animales. Las huellas del puma podían verse en casi todas partes y en las riberas del río, y los restos de varios guanacos con sus cuellos dislocados y huesos rotos dejaban adivinar cómo habían muerto.

24 de abril.—Imitando el ejemplo de los antiguos navegantes cuando se acercaban a un país desconocido, registrábamos el terreno, buscando el menor indicio de un cambio de aspecto. El tronco de un árbol arrastrado por la corriente, o el canto rodado procedente de una roca primitiva, era saludado con regocijo, como si hubiéramos visto un bosque creciendo en las faldas de la Cordillera. Pero la señal más halagüeña, y que casualmente nos aseguró lo que tanto anhelábamos, la variación del paisaje, fue una masa de nubarrones que casi constantemente conservaron la misma posición. En un principio las nubes fueron tomadas por las montañas mismas, cuando no eran sino masas de vapor condensado por sus heladas cimas.


26 de abril.—En este día nos encontramos con un cambio notable en la estructura geológica de las llanuras. Desde el momento de la partida había yo examinado cuidadosamente la grava del río, y en los dos últimos días había notado la presencia de algunos guijarritos de un basalto muy celular. Estas piedrezuelas aumentaron gradualmente en número y tamaño, pero sin llegar a ser tan grandes como la cabeza de un hombre. Mas en la mañana de este día los guijarros de la misma roca, aunque más compactos, se hicieron de pronto más abundantes, y en el transcurso de media hora vi, a la distancia de cinco o seis millas, el borde angular de una gran plataforma basáltica. Cuando llegamos a su base hallamos que la corriente burbujeaba entre los bloques caídos. En las siguientes 28 millas, el curso del río se presenta obstruído por estas masas basálticas. Más allá de ese límite eran también muy numerosos los inmensos fragmentos de rocas primitivas, procedentes de la capa de cantos rodados de los alrededores. Ningún trozo de tamaño considerable había sido arrastrado río abajo por más de tres a cuatro millas desde la roca de origen: considerando la especial rapidez de la gran masa de agua del Santa Cruz, sin que en ninguna parte presente remanso o parte tranquila, este caso prueba patentemente la ineficacia de los ríos en el acarreo de fragmentos de roca, aun de moderado tamaño.

El basalto es únicamente lava que ha corrido y penetrado en el mar; pero las erupciones deben de haberse verificado en muy gran escala. El punto en que por primera vez di con esta formación tenía un espesor de 36 metros; remontando el curso del río, la superficie se eleva insensiblemente, y la masa crece en espesor; de modo que a las 40 millas del primer sitio en que la descubrí medía cerca de 91 metros. Cuál sea el espesor que alcanza cerca de la Cordillera, no hallo manera de calcularlo; pero la plataforma llega a tener allí una altura de 900 metros sobre el nivel del mar; por tanto, debemos considerar las montañas de esa gran cadena como su origen; y digamos que de esta fuente proceden las corrientes, que han fluído sobre el lecho suavemente inclinado del mar, a la distancia de 100 millas. A la primera ojeada que se eche a los cantiles basálticos de los lados opuestos del valle, se ve claramente que los estratos estuvieron unidos en algún tiempo. ¿Qué fuerza, pues, ha removido a lo largo de toda una línea del país una masa sólida de roca durísima, que tiene un espesor medio de unos 90 metros y una anchura variable entre dos y cuatro millas? El río, aunque de tan escaso poder para transportar pequeños fragmentos, sin embargo, en el transcurso de las edades sería capaz de producir, por su erosión gradual, un efecto cuya magnitud no es posible apreciar. Pero en este caso, independientemente de la insignificancia de tal agente, pueden aducirse buenas razones para creer que este valle estuvo ocupado en tiempos remotos por un brazo de mar. En el presente libro no creo necesario detallar los argumentos que conducen a dicha conclusión, derivados de la forma y naturaleza de las terrazas escalonadas en ambos lados del valle, del modo como el fondo del valle cerca de los Andes se dilata en una gran llanura estuárica salpicada de montículos de arena, y del hallazgo de algunas pocas conchas yacentes en el lecho del río. Si tuviera espacio podría probar que Sudamérica estuvo en otro tiempo cortada por un estrecho que unía los Océanos Atlántico y Pacífico, como el de Magallanes. Pero cabe preguntar: ¿Cómo ha sido removido el sólido basalto? Los geólogos de hace años hubieran hecho intervenir la acción violenta de algún cataclismo espantoso; pero en este caso semejante suposición hubiera sido del todo inadmisible, a causa de que las mismas llanuras escalonadas, con conchas existentes en su superficie, que corren a lo largo de la costa patagónica, suben por ambos lados del valle de Santa Cruz. No se concibe acción del agua, en grandes avenidas, que haya modelado así el terreno, ya en el interior del valle o a lo largo de la costa abierta, y el valle mismo se ha excavado por la formación de tales llanuras escalonadas, o terrazas. Aunque sabemos que algunas mareas corren por los canales del estrecho de Magallanes a razón de ocho nudos por hora, sin embargo, debemos confesar que aturde reflexionar en el número de años, centuria tras centuria, que han debido necesitar las mareas, sin ayuda de una fuerte resaca, para arrasar un área tan vasta y el espesor de la sólida lava basáltica. Sin embargo, debemos creer que los estratos, minados por las aguas de este antiguo estrecho, se rompieron en enormes fragmentos, los cuales, quedando diseminados en la playa, fueron reducidos primero a bloques menores; luego, a guijarros, y por último, al más impalpable tarquín, que las olas arrastraron lejos en el Océano oriental y occidental.

Al cambiar la estructura geológica de las llanuras se altera también el carácter del paisaje. Mientras recorría uno de los angostos y rocosos desfiladeros pude casi imaginarme transportado de nuevo a los desolados valles de la isla de Santiago. Entre los cantiles basálticos hallé algunas plantas que no había visto en ninguna otra parte, y reconocí otras procedentes de la Tierra del Fuego. Estas rocas porosas sirven como de depósitos a la escasa agua de lluvia, y, consiguientemente, en la línea donde se unen las formaciones ígneas y sedimentarias brotan algunos pequeños manantiales (cosa que ocurre rarísima vez en Patagonia), y pueden distinguirse a distancia por manchas limitadas de brillante verdor.


27 de abril.—El cauce del río se estrecha algún tanto, y de ahí que la corriente se haga más rápida. Aquí corre a razón de seis nudos por hora. Por esta causa y por los muchos y grandes fragmentos esquinados que rayaban los costados de los botes, la navegación se hizo a un tiempo peligrosa y difícil.


Hoy maté un cóndor de un tiro. Medía de punta a punta de las alas más de dos metros y medio, y del pico a la cola, un metro y dos decímetros. Como es sabido, este ave tiene una amplia área geográfica, pues se la halla en la costa occidental de Sudamérica, desde el estrecho de Magallanes, a lo largo de la Cordillera, hasta 8° al norte del Ecuador. El escarpado cantil que hay cerca de la desembocadura del río Negro señala su límite septentrional en la costa de Patagonia, y hasta ese punto se han extendido en unas 400 millas, desde la gran línea central de su habitual morada, en los Andes. Más al Sur, entre los precipicios riscosos al fondo de Puerto Deseado, el cóndor no es raro; sin embargo, solamente algunos extraviados visitan accidentalmente el litoral. Estas aves frecuentan una linea de cantiles que hay cerca de la desembocadura del Santa Cruz, y a unas 80 millas río arriba, donde las laderas del valle están formadas por escarpados precipicios basálticos, el cóndor reaparece. De estos hechos parece que el cóndor requiera cantiles perpendiculares. En Chile frecuentan durante la mayor parte del año las tierras bajas junto a las costas del Pacífico, y por la noche varios de ellos duermen juntos en un árbol; pero en la primera parte del verano se retiran a las porciones más inaccesibles de la interior Cordillera, para procrear allí tranquilamente.

Con respecto a su propagación, la gente de los campos de Chile me dijo que el cóndor no hace nido de ninguna clase, sino que en los meses de noviembre y diciembre pone dos grandes huevos blancos en el rellano de una roca desnuda. Se asegura que los cóndores jóvenes tardan un año en volar y que mucho después de esa época continúan durmiendo por la noche y oteando el horizonte durante el día, con sus padres. Los adultos viven de ordinario en parejas; pero entre los cantiles basálticos del Santa Cruz, en el interior, hallé un sitio muy frecuentado por grupos numerosos. Al llegar de improviso al borde del precipio era un magnífico espectáculo contemplar 20 ó 30 de esas grandes aves partir lentamente del sitio en que descansaban y describir en la atmósfera majestuosos círculos. Por la cantidad de excrementos que había sobre las rocas se colegía que desde mucho tiempo atrás debían de haber frecuentado aquel risco para dormir y procrear. Después de hartarse de carroña en las llanuras se retiran a estos refugios favoritos para digerir su comida. Dedúcese de tales hechos que el cóndor, como el gallinazo, debe ser considerado hasta cierto punto como un ave gregaria. En esta parte del país viven enteramente de los guanacos que perecen de muerte natural o han sido sacrificados por el puma, que es lo más común. Creo, por lo que vi en Patagonia, que en circunstancias normales no extienden sus excursiones diarias a gran distancia de sus ordinarios albergues.

Frecuentemente puede verse a los cóndores en las altas regiones de la atmósfera, describiendo sobre un sitio determinado los más elegantes círculos. En algunas ocasiones estoy seguro que lo hacen sólo por recreo; pero en otras, según los campesinos chilenos, es que espían algún animal moribundo o al puma devorando su presa. Cuando los cóndores descienden rápidos y luego suben de pronto, el chileno comprende que el puma vigila el cadáver de su víctima y se ha lanzado sobre los intrusos para ahuyentarlos. Además de alimentarse de carroña, los cóndores atacan a menudo los cabritos y corderos, y, por lo mismo, se adiestra a los perros pastores en ladrarles furiosamente, alzando la cabeza, siempre que pasan volando. Los chilenos matan y cazan muchos. Dos son los métodos que emplean: el primero consiste en poner un animal muerto en un sitio llano, rodeado de una empalizada con una abertura, y cuando los cóndores están repletos de carroña, llegar a caballo corriendo a todo galope y cerrar la entrada, pues cuando el cóndor no tiene bastante espacio en que correr no puede dar a su cuerpo el impulso suficiente para levantarse del suelo. El segundo método se reduce a señalar los árboles en que suelen dormir, en número de cinco o seis, y luego, por la noche, trepar a ellos y echarles un nudo corredizo. Duermen con un sueño tan pesado, que la empresa anterior no tiene nada de difícil, según he presenciado yo mismo. En Valparaíso vi vender un cóndor vivo por seis peniques; pero el precio ordinario es de ocho a diez chelines. En cierta ocasión trajeron uno atado con una cuerda y muy estropeado; pero en cuanto cortaron la cuerda que le sujetaba empezó a desgarrar con furia una pieza de carroña. En un jardín de la misma población conservaban vivos unos 20 ó 30. No les daban de comer mas que una vez a la semana, y sin embargo parecían en buen estado de salud [2]. Los labriegos de Chile afirman que el cóndor puede vivir sin comer y conservar su vigor entre cinco o seis semanas; no respondo de la verdad de ello; pero sin duda es una experiencia cruel que ha debido de hacerse.

Cuando hay en el campo algún animal muerto, es bien sabido que los cóndores, así como otros buitres que comen carroña, no tardan en advertirlo, y se reúnen de un modo inexplicable en el sitio donde está el cadáver. Conviene tener presente que en la mayoría de los casos esas aves descubren su presa y dejan limpio el esqueleto antes que la carne presente el menor grado de descomposición. Recordando las experiencias de Mr. Audubon sobre el escaso olfato de las rapaces que viven de carne muerta, ensayé en el jardín de referencia el siguiente experimento: los cóndores estaban atados, cada uno con su cuerda, en una larga fila, al pie de una pared; y habiendo envuelto una pieza de carne en un papel blanco, paseé, yendo y viniendo con el envoltorio en la mano, a la distancia de unos tres metros de las aves mencionadas, y éstas no dieron señales de advertir la proximidad de la carne. Entonces la arrojé al suelo, a un metro de donde estaba un macho viejo; miró el bulto con atención por un momento, y después volvió la cabeza sin hacer más caso. Con un palo empujé el papel con la carne, acercándola más y más, hasta que al fin el ave la tocó con el pico, y al punto desgarró con furia el paquete, mientras sus compañeras luchaban por desatarse y sacudían las alas. En las mismas circunstancias hubiera sido imposible engañar a un perro. Las pruebas en favor y en contra de la agudeza olfatoria de los buitres y rapaces afines son igualmente poderosas. El profesor Owen ha demostrado que los nervios olfatorios del zopilote (Cathartes aura) están grandemente desarrollados, y en la misma sesión en que se leyó ante la Zoological Society el trabajo de Mr. Owen, uno de los asistentes refirió haber visto las rapaces carroñeras de las Antillas reunirse en dos ocasiones sobre el tejado de una casa, cuando había en ella un cadáver insepulto que empezaba a oler; en este caso parece difícil que descubrieran por el sentido de la vista la carne en descomposición. Por otra parte, además de los experimentos de Audubon y del más arriba citado, Mr. Barchman ha ensayado en los Estados Unidos varios procedimientos, de los que se deduce que ni el zopilote (la especie disecada por el profesor Owen) ni el gallinazo descubren la comida por el olfato. Envolvió en una tela de cañamazo delgado despojos que hedían fuertemente, y los cubrió de trozos de carne; los buitres comieron éstos y después se quedaron tan tranquilos, con los picos tocando casi la masa pútrida, pero sin notar su presencia. Hízose un pequeño rasgón en el cañamazo, y entonces fueron descubiertos por las aves los restos podridos; reemplazóse el cañamazo por un trozo nuevo, en el que se volvió a poner carne, y otra vez fué ésta devorada por los zopilotes, sin echar de ver la masa oculta en que estaban picoteando. Estos hechos se hallan atestiguados por las firmas de seis caballeros, además de la de Mr. Bachman [3].

Muchas veces, estando tendido en las llanuras abiertas y mirando hacia arriba, he visto las rapaces carroñeras volando a gran altura. En terreno llano la porción de bóveda celeste que de ordinario alcanza a ver una persona, a pie o a caballo, no creo que mida más de 15° sobre el horizonte. Suponiendo que ése sea el caso y que el buitre vuele a una altura de 300 a 400 metros antes de penetrar en el campo de visión, su distancia en línea recta desde el ojo del observador sería algo mayor de dos millas británicas. ¿No podría, pues, el ave distinguir fácilmente lo que pasa en tierra? Cuando un cazador mata un animal en algún valle solitario, ¿no podría muy bien ser divisado al punto por la aguda vista del ave? Y su manera de descender, ¿no anunciaría a todos los vultúridos de la comarca la proximidad de su presa?

Cuando los cóndores dan vuelta en bandada, girando alrededor de un sitio, su vuelo es bellísimo. A no ser cuando se levantan del suelo, no recuerdo haber visto a estas aves, mientras están volando, mover sus alas. Cerca de Lima observé a varias durante cosa de media hora, sin apartar la vista de ellas, y se movían en amplias curvas, o describiendo círculos, o descendiendo o ascendiendo, sin dar un solo aletazo. Al deslizarse sobre mi cabeza observé atentamente en posición oblicua las siluetas de las grandes plumas terminales, separadas de cada ala, y si en ellas hubiera habido el menor movimiento vibratorio se me hubieran presentado como unidas; pero, al contrarío, las vi proyectarse perfectamente, distintas sobre el azul del cielo. La cabeza y el cuello se movían frecuentemente, y al parecer con fuerza, y las alas extendidas venían a servir de punto de apoyo a los movimientos con que actuaban el cuello, cuerpo y cola. Si el ave quería descender, las alas se colapsaban por un momento, y al extenderlas de nuevo, con una inclinación especial, el impulso adquirido con el rápido descenso parecía favorecer la elevación del ave con el movimiento uniforme y firme propio de una cometa.

Cuando el ave ha de descender, el movimiento de avance debe ser suficientemente rápido para que la resistencia del cuerpo inclinado del ave en la atmósfera contrarreste su gravedad. Pero, tras haber subido a la altura deseada, para mantenerse en ella, moviéndose en sentido horizontal (en cuyo caso el rozamiento del aire es escaso), debe necesitarse una fuerza muy pequeña. Podemos suponer que basta la producida por el movimiento del cuello y del cuerpo del cóndor. Como quiera que fuere, es verdaderamente admirable y hermoso ver a un ave tan corpulenta permanecer hora tras hora, sin el menor esfuerzo aparente, girando y deslizándose en la atmósfera sobre montes y ríos.


29 de abril.—Desde una altura hemos saludado con gozo las blancas cumbres de la Cordillera, que parecían asomar en aquel momento por entre su sombría envoltura de nubes. Durante unos cuantos días sucesivos continuamos avanzando lentamente, porque el curso del río era muy tortuoso y estaba obstruído por inmensos trozos de varias rocas antiguas, pizarrosas y de granito. La llanura que bordea el valle había alcanzado aquí una elevación aproximada de 300 y pico metros sobre el río, y su carácter había cambiado mucho. Los cantos rodados de pórfido aparecían mezclados con muchos e inmensos fragmentos angulares de basalto y de rocas primarias. El primero de esos bloques erráticos que noté distaba 67 millas de la montana más próxima; otro que medí tenía cinco metros cuadrados y sobresalía de la grava metro y medio. Sus bordes eran tan agudos y tan grande su tamaño, que en un principio lo confundí con una roca in situ y saqué mi brújula para determinar la dirección y buzamiento. La llanura no era tan perfectamente horizontal como la más próxima a la costa; mas con todo eso no presentaba señales de ningún trastorno violento. En estas circunstancias, creo de todo punto imposible explicar el transporte de esas masas gigantescas de roca a tantas millas de su origen mediante teoría alguna, excepto por la de icebergs flotantes.

Durante los dos últimos días encontramos huellas de caballos y varios menudos artículos que habían pertenecido a los indios, tales como retazos de una manta y un puñado de plumas de avestruz, pero con indicios de haber permanecido allí largo tiempo. Entre el sitio por donde los indios habían pasado el río en época tan reciente y esta comarca, aunque separada por tantas millas, el país parece ser poco o nada frecuentado. En un principio lo extrañé, al considerar la abundancia de guanacos; pero se explica por la naturaleza pedregosa de las llanuras, que en breve incapacitarían a un caballo no herrado para intervenir en la caza. Sin embargo, en dos lugares de esta tan céntrica región hallé montoncitos de piedras que no creo se hubieran reunido accidentalmente. Estaban colocados en puntos proyectándose sobre el borde del más alto cantil de lava, y se parecían, aunque en pequeña escala, a los de Puerto Deseado.


4 de mayo.—El capitán Fitz Roy resolvió no llevar los botes más arriba. El río tenía un curso tortuoso y muy rápido, y el aspecto del país no convidaba a seguir adelante. Por todas partes encontramos las mismas producciones y el mismo paisaje desolado. Ahora nos hallamos a 150 millas del Atlántico y a unas 60 de la costa más cercana del Pacífico. El valle, en su parte superior, se dilataba en una anchurosa cuenca, limitada al Norte y al Sur por plataformas basálticas y enfrontadas por la larga cadena de la nevada Cordillera. Pero contemplamos con pena aquellas grandes montañas, porque nos veíamos forzados a imaginar su naturaleza y producciones en vez de estar, como habíamos esperado, en sus cimas. Además de la pérdida inútil del tiempo que nos había costado el intento de seguir remontando el río, llevábamos ya algunos días a media ración de pan. Aunque este alimento baste en realidad para personas de moderado comer, después de una dura jornada era poco alimento: un estómago ligero y una fácil digestión son cosas buenas para ponderadas, pero desagradables en la práctica.


5 de mayo.—Antes de la salida del Sol empezamos nuestro descenso. Bajamos disparados por la corriente, a gran velocidad, generalmente a razón de 10 nudos por hora. En este solo día retrocedimos lo que habíamos avanzado en cinco y medio. El día 8 llegamos al Beagle, después de nuestros veintiún días de expedición. Todos menos yo venían descontentos; pero a mí aquella navegación río arriba me dió a conocer una sección interesantísima de la gran formación terciaria de Patagonia.


En 1 de marzo de 1833, y otra vez en 16 de marzo de 1834, el Beagle ancló en Berkeley Sound, en la isla Falkland oriental. Este archipiélago está situado casi a la misma latitud que la encada del estrecho de Magallanes; ocupa un espacio de 120 por 60 millas geográficas, y es poco mayor que la mitad de Irlanda. Después de haberse disputado Francia, España e Inglaterra la posesión de estas miserables islas, permanecieron inhabitadas [4]. El gobierno de Buenos Aires las vendió más tarde a un particular, sin haberlas utilizado mas que para un establecimiento penal, como la vieja España había hecho antes. Inglaterra invocó sus derechos y las ocupó. El inglés que quedó a cargo de la bandera fué posteriormente asesinado. Se envió a continuación un oficial sin proveerle de la fuerza necesaria, y a nuestra llegada le hallamos encargado de una población compuesta en más de su mitad de rebeldes y asesinos fugitivos.

El teatro es digno de las escenas que en él se representan. Un país ondulante, de aspecto mísero y desolado, se muestra cubierto en todas partes por un suelo turboso y una hierba fina y dura, que presenta un color pardusco y uniforme. Aquí y allá se abre paso por la alisada superficie, alzándose a cierta altura, un pico o peñón de una roca cuarzosa gris. Todo el mundo ha oído hablar del clima de estas regiones; puede compararse al que domina en las montañas de Gales septentrional entre los 300 y 600 metros de altitud. Sin embargo, el Sol y las heladas se dejan sentir en este archipiélago con menor intensidad, abundando más los vientos y las lluvias [5].


16.—Describiré ahora una corta excursión que hice alrededor de una parte de esta isla. Partí por la mañana con seis caballos y dos gauchos: estos últimos eran hombres excepcionales para el propósito, y acostumbrados a vivir de sus propios recursos. El tiempo estaba tempestuoso y frío, con fuertes pedriscos. Sin embargo, nos fué bastante bien durante el primer día; pero, fuera de la geología, no hallé nada de interesante. El país presenta uniformemente el aspecto de un interminable páramo ondulado, con la superficie cubierta por una hierba rala, correosa y negruzca, sobre la que crecen algunas matas pequeñísimas, brotando todas en un elástico suelo turboso. En los valles podía verse aquí y allá una pequeña bandada de gansos silvestres, y en todas partes el terreno era bastante blando para permitir a las agachadizas buscar su alimento. Salvo de estas dos aves, hay muy pocas más. Levántase en la isla una cadena principal de colinas, de unos 600 metros de altura, compuestas de roca cuarzosa, cuyas crestas ásperas y desnudas nos costó algún trabajo cruzar. En la vertiente meridional se halla el terreno más a propósito para criar el ganado vacuno salvaje, a pesar de lo cual no le vimos en gran número, a causa de haberle perseguido mucho últimamente.

Por la noche nos cruzamos con un pequeño rebano. Uno de mis compañeros, que se llamaba Santiago, separó muy pronto del grupo una vaca gorda, hizo girar las bolas y las disparó con tino, dándole en las patas; pero no se enredaron. Inmediatamente tiró el sombrero en el sitio donde habían quedado las bolas; sin dejar de correr a todo galope, preparó el lazo, y, tras una persecución durísima, alcanzó de nuevo a la vaca y la enganchó por los cuernos. El otro gaucho había ido delante con los caballos de repuesto; de modo que Santiago tropezó con alguna dificultad para matar la furiosa bestia. Consiguió llevarla a un trozo de terreno llano, adelantándosele siempre que le embestía, y cuando no quería moverse, mi caballo, que estaba adiestrado para tal faena, galopaba hacia la res por detrás y con el pecho le daba un violento empujón. Pero aun estando el animal en terreno llano no parece empresa fácil para un hombre solo matar una res salvaje en el paroxismo del furor, como no sea a balazos. Y no lo sería, en efecto, sin la ayuda del caballo, que, apeándose el jinete, aprende al punto, guiado por el instinto de conservación, a mantener el lazo tenso, de suerte que si la vaca o toro se mueven hacia adelante, el caballo avanza con la misma rapidez, y si aquéllos se paran, el caballo sigue tirando, inclinándose a un lado. Pero el que en esta ocasión llevaba Santiago era joven y no estaba acostumbrado a contrarrestar el empuje de la res enganchada, y por lo mismo cedía, dejando avanzar a la vaca. Era admirable contemplar la destreza con que el gaucho se movía ágilmente detrás de la bestia, hasta que al fin logró darle el corte fatal en el principal tendón de la pata trasera, después de lo que no tardó en clavarle el cuchillo en el comienzo de la medula espinal, cayendo la vaca desplomada, como herida por el rayo. Cortó varios trozos de carne, con piel y todo, pero sin hueso, en cantidad suficiente para nuestra expedición. Entonces marchamos a caballo al sitio en que habíamos de dormir, y tuvimos de cena «carne con cuero», esto es, carne asada con su piel. Es un bocado tan superior a la carne de vaca ordinaria como el venado lo es al cordero. Se puso encima de las brasas un gran trozo circular, sacado del cuarto trasero, con el pellejo hacia abajo en forma de plato, de suerte que no se perdió nada de la substancia. Si algún respetable regidor de Londres hubiera cenado con nosotros aquella noche «carne con cuero» indudablemente no hubiera tardado en celebrarse en Londres.

Durante la noche llovió, y el día siguiente (17) fué muy tempestuoso, con abundante nieve y granizo. Atravesamos la isla a caballo hasta llegar al istmo que une el Rincón del Toro (la gran península de la extremidad Sudoeste) con el resto de la isla. A causa del gran número de vacas sacrificadas, es grande la proporción de toros. Estos vagan de una punta a otra, ya solos, ya en grupos de dos o tres, y son muy salvajes. Nunca he visto animales de estampa tan soberbia: en el tamaño de sus enormes cabezas y cuellos igualaban a las mejores esculturas griegas de mármol. El capitán Sulivan me hace saber que la piel de un toro de tamaño medio pesa 47 libras, que es lo que se asigna en Montevideo a las mayores, aun estando menos secas. Los toros jóvenes huyen generalmente en un corto trecho; pero los viejos no se mueven un paso, como no sea para embestir al hombre y al caballo. Muchos de éstos han perecido a cornadas. Un toro viejo atravesó una corriente fangosa y se plantó en el lado opuesto, frente a nosotros; todos los esfuerzos que hicimos para apartarle fueron inútiles, por lo que nos vimos precisados a dar un gran rodeo. Los gauchos, en venganza, resolvieron emascularle, dejándole inofensivo para siempre. Era digno de ver cómo el arte domina enteramente a la fuerza. Echáronle un lazo a los cuernos mientras embestía al caballo, y otro alrededor de las patas traseras; en un minuto el monstruo estuvo tendido en tierra, reducido a la impotencia. Cuando se ha apretado fuertemente el lazo alrededor de los cuernos de un toro bravo, a primera vista no parece fácil desengancharle sin matar al animal, y, según me dicen, así sería si hubiera de hacerlo un hombre solo. Pero con ayuda de otra persona que sujete con otro lazo las dos patas traseras, la operación se efectúa con prontitud, porque el animal, mientras tiene tendidos los remos posteriores, no puede valerse, y el primer hombre puede aflojar con las manos el lazo, sacándolo de los cuernos, y montar luego tranquilamente en su caballo; y cuando el segundo hombre, acercándose un poco, afloja el otro lazo de las patas, sale él solo merced a las sacudidas de la bestia, que entonces se levanta libre, da un respingo y procura en vano acometer a su antagonista.

Durante todo el viaje entero vi únicamente una tropa de caballos salvajes. Estos animales, así como el ganado vacuno, fueron introducidos por los franceses en 1764 [6], y desde esa fecha se han multiplicado considerablemente. Es un hecho curioso que los caballos nunca hayan abandonado la porción oriental de la isla, aunque no hay límites naturales que les impidan vagar por donde quieran y a pesar de que aquella parte de la isla no era más atrayente que el resto. Los gauchos a quienes pregunté, si bien me certificaron la verdad del caso, no supieron explicármelo sino por la gran afición que los caballos cobran a las localidades donde se han criado. Considerando que la isla no se halla enteramente poblada de los que puede mantener, y que no hay fieras capaces de devorarlos, picaba vivamente mi curiosidad conocer la causa limitadora de su multiplicación, en un principio rápida. Que esa causa deba presentarse, más tarde o más temprano, en una isla limitada, es inevitable; ¿por qué el aumento del ganado caballar se paralizó antes que el del vacuno? El capitán Sulivan ha hecho en obsequio mío grandes diligencias para averiguar lo que hay de cierto en este asunto. Los gauchos empleados aquí lo atribuyen principalmente a que los caballos padres se trasladan constantemente de un sitio a otro y obligan a las yeguas a ir con ellos, puedan o no seguirlas los potrillos. Un gaucho refirió al capitán Sulivan que había visto un caballo padre, durante una hora entera, cocear y morder violentamente a una yegua, hasta que la forzó a dejar la cría abandonada a su suerte. El capitán mencionado corrobora esta curiosa relación con el hecho de haber hallado muertos varios potrillos, pero jamás una sola ternera. Además, se hallan caballos adultos muertos con mucha frecuencia, como si estuvieran más expuestos a enfermedades o accidentes que el ganado vacuno. A causa de la blandura del terreno, los cascos crecen a menudo de un modo excesivo e irregular, engendrando cojeras. Los colores predominantes son el ruano y el gris acero. Todos los caballos criados aquí, así domésticos como salvajes, son algo pequeños, aunque de ordinario bien proporcionados; y en cuanto a fuerza, se han debilitado de tal modo, que no sirven para cazar con el lazo ganado vacuno salvaje, siendo, por tanto, preciso importar caballos frescos del Plata, con grandes gastos. Llegará tiempo en que el hemisferio meridional produzca su raza de ponies Falkland, como el septentrional la tiene de Shetland.

El ganado vacuno, en lugar de haber degenerado como el caballar, parece, según se ha advertido arriba, haber crecido en tamaño, siendo también más numeroso que el segundo. Me dice el capitán Sulivan que en la forma general y en el tamaño de sus cuernos no varía mucho del ganado vacuno de Inglaterra. En cambio se diferencia mucho en el color, y es notable por la circunstancia de que predominen diversos colores en las diversas partes de esta pequeña isla. Alrededor del monte Usborne, de una altura de 300 a 450 metros sobre el nivel del mar, casi la mitad de las vacadas son de color aplomado, tinte que no es común en otras partes de la isla. Cerca de Fort Pleasant prevalece el pardo obscuro, mientras que al sur del estuario Choiseul (que casi divide la isla en dos partes) las más numerosas son las reses blancas de cabeza y patas negras; en todas partes pueden verse animales negros y algunos manchados. Observa el capitán Sulivan que la diferencia de los colores predominantes se hacía tan visible, que al mirar a larga distancia las vacadas de las cercanías de Fort Fleasant parecían manchas negras, mientras al sur del estuario Choiseul se advierten como manchas blancas en las faldas de las colinas. El capitán cree que los distintos hatos de ganado vacuno permanecen aislados unos de otros, sin cruzarse; y es un hecho curioso que la clase aplomada o gris, a pesar de habitar en terrenos altos, pare un mes antes que las de otros colores de las tierras bajas. No deja de ser interesante que el ganado originariamente doméstico, al multiplicarse en estado salvaje, se haya dividido en tres colores, de los que alguno ha de prevalecer últimamente sobre los demás, según todas las probabilidades, si se le deja abandonado a sí propio durante varias centurias sucesivas.

El conejo es otro de los animales introducidos que se ha aclimatado muy bien; de modo que abunda en grandes extensiones de la isla. Sin embargo, como los caballos, viven confinados dentro de ciertos límites, pues no han cruzado la cadena central de montañas, y no se hubieran extendido hasta el pie de las mismas si, según me aseguran los gauchos, no se hubieran llevado allí pequeñas colonias. Nunca hubiera supuesto que estos animales, oriundos del Africa Septentrional, pudieran haber existido en un clima tan húmedo como este, y tan poco cálido, que hasta el trigo sólo grana en contados casos. Se asegura que en Suecia, cuyo clima podría suponerse más favorable, el conejo no puede vivir fuera de techado. Las primeras parejas aquí traídas tuvieron además que luchar contra enemigos del país, como el zorro y algunas aves de rapiña, de gran tamaño. Los naturalistas franceses han considerado la variedad negra como especie distinta, denominándola Lepus Magellanicus [7]. Se figuran que Magallanes, al hablar de cierto animal hallado en el estrecho de su nombre, designándole con el nombre de «conejo», se refería a esta especie; pero en realidad aludía a un pequeño Cavia que hasta hoy es llamado así por los españoles [8]. Los gauchos se rieron al oír que en opinión de algunos la clase negra era diferente de la gris, y aseguraron que, en todo caso, el área de la primera no era mayor que la de la segunda, que nunca se las encontraba separadas, y que se cruzaban fácilmente, produciendo crías de color abigarrado. Tengo un ejemplar de las últimas, y los caracteres que presenta cerca de la cabeza se diferencian de los que contiene la descripción específica francesa. Esta circunstancia demuestra la cautela con que deben proceder los naturalistas al formar especies, pues el mismo Cuvier, al examinar el cráneo de uno de estos conejos, ¡creyó probable que fuera una especie distinta!

El único cuadrúpedo originario de la isla es un zorro grande parecido al lobo (Canis antarcticus), que es común a las dos islas Falkland, la oriental y la occidental [9]. No dudo que es una especie peculiar y confinada a este archipiélago, porque muchos cazadores de focas, gauchos e indios que han visitado estas islas sostienen unánimes que no se halla semejante animal en ninguna parte de Sudamérica. Molina, fundándose en la semejanza de hábitos, creyó que este zorro era el mismo animal que su Culpeu [10]; pero los he visto a ambos y son enteramente distintos. Estos zorros alobados son bien conocidos por las noticias que de su domesticidad y afición a husmearlo todo da Byron; los marinos que los vieron por vez primera tomaron por muestras de ferocidad las cualidades anteriores. Hasta la fecha sus costumbres siguen siendo las mismas. Se les ha visto entrar en una tienda y sacar la carne que había debajo de la cabeza de un marinero dormido. Los gauchos, además, los han matado frecuentemente, por la noche, alargándoles un pedazo de carne con una mano y empuñando en la otra el cuchillo para clavársele. No creo que haya otro ejemplo en ninguna parte del mundo de que una tan pequeña masa de tierra, distante de un continente, posea un cuadrúpedo aborigen tan grande y peculiar de la misma. Su número ha decrecido rápidamente, y han desaparecido ya de la mitad de la isla, situada al este de la lengua de tierra entre la bahía de San Salvador y Berkeley Sound. A los pocos años de estar colonizadas estas islas, el zorro de referencia tendrá que ser clasificado con el Dodo, animal que ha desaparecido de la superficie de la tierra.

Por la noche (17) dormimos en la lengua de tierra rayana con Choiseul Sound, que forma la península sudoeste. El valle estaba muy bien defendido de los vientos fríos, pero escaseaba la leña para hacer fuego. Los gauchos, sin embargo, con gran sorpresa mía, hallaron material con que hacer un fuego de tanto calor como el de carbón; y fué el esqueleto de un toro recién muerto, perfectamente mondo por los buitres. Me dijeron que en invierno mataban con frecuencia una res, separaban la carne de los huesos con los cuchillos, y después con los mismos huesos asaban la carne para su cena.


18.—Ha llovido durante casi todo el día; por la noche, no obstante, nos las arreglamos con nuestros aparejos de montar o recados para preservarnos de la humedad y del frío; pero la tierra en que dormimos era de ordinario poco menos que un cenagal, y no se halló un sitio seco en que sentamos después de la cabalgada del día. En otro lugar he dicho la extrañeza que causa no ver un árbol en estas islas, a pesar de que la Tierra del Fuego está cubierta por un gran bosque. El mayor arbusto de la isla (perteneciente a la familia de las Compuestas) es apenas tan alto como nuestra aulaga. El mejor combustible lo suministra un pequeño arbusto perenne del tamaño del brezo común, que tiene la útil propiedad de arder estando fresco y verde. No salía de mi asombro al ver a los gauchos, que en medio de la lluvia, y cuando todo chorreaba agua, sin otros medios que un yesquero y un pingajo de algodón, hicieron fuego inmediatamente. Buscaron debajo de los manojos de hierba y matas unos cuantos palitos secos, que dividieron en finas astillas; luego las rodearon de otras más gruesas, formando una cavidad parecida al nido de un pájaro; pusieron dentro el trapo con su chispa de fuego, y lo taparon todo. Después sostuvieron el nido en alto, exponiéndolo al viento, con lo que por grados empezó a humear más y más, hasta que al fin ardió en llamas. Creo que ningún otro procedimiento hubiera tenido probabilidades de dar resultados con materiales tan húmedos.


19.—Todas las mañanas, a consecuencia de no haber cabalgado por algún tiempo anteriormente, me sentía muy entumecido. Y no fué pequeña mi sorpresa al oír a los gauchos que a ellos les sucedía lo mismo en semejantes circunstancias, a pesar de haber pasado desde su infancia la mayor parte de su vida a caballo. Santiago me refirió que, por haber estado confinado durante tres meses por enfermedad, salió después a cazar vacas salvajes, y a consecuencia de ello sus muslos se pusieron tan entumecidos, que se vió obligado a guardar cama en los dos días siguientes. Esto prueba que los gauchos, aunque no lo parezca, en realidad deben de hacer gran ejercicio muscular cuando montan. La caza de reses salvajes en un terreno tan arduo como éste, a causa de su naturaleza pantanosa, debe de ser una faena durísima. Los gauchos dicen que a menudo pasan a todo correr por sitios que serían intransitables yendo a un paso moderado; de un modo parecido a los patinadores, que resbalan sobre hielo delgado sin hundirse. En las cacerías, los hombres que forman la partida de caza procuran acercarse cuanto pueden al rebaño de reses sin ser descubiertos. Cada cazador lleva cuatro o cinco pares de bolas, las cuales arroja una tras otra a otras tantas reses; y tras haberlas enredado, las abandonan durante algunos días, hasta que se debilitan bastante con el hambre y los esfuerzos hechos para desatarse. Entonces las sueltan y conducen hacia un pequeño grupo de bestias mansas llevadas de intento al mismo lugar. Como este previo tratamiento deja a las reses salvajes acobardadas, siguen dócilmente a las mansas, sin separarse de ellas hasta el poblado, si es que sus esfuerzos se lo permiten.

El tiempo continuó siendo tan pésimo, que resolvimos hacer un esfuerzo para llegar al barco antes que anocheciera. Con la gran cantidad de lluvia que había caído, todo el país se puso encharcado. Mi caballo resbaló y cayó lo menos una docena de veces, y ocasiones hubo en que los seis caballos anduvieron flotando en el barro. Todos los arroyos tienen sus márgenes formadas por una turba blanda, que hace dificilísimo para los caballos el saltarlos sin caerse. Vino a colmar la medida de nuestros contratiempos la circunstancia de tener que pasar una pequeña ría, en la que el agua les llegaba a los caballos hasta cerca de las sillas, y las pequeñas olas, producidas por la violencia del viento, rompían sobre nosotros calándonos de humedad y de frío. Hasta los gauchos, a pesar de su constitución férrea, mostraron su alegría por haber vuelto al poblado después de nuestra pequeña excursión.


La estructura geológica de estas islas es en general sencilla. Las tierras bajas se componen de pizarras arcillosas y arenisca, con algunos fósiles afines, pero no idénticos, a los que se hallan en las formaciones silúricas [11] de Europa; las colinas están constituídas por una roca cuarzosa blanca granular. Los estratos de la misma se presentan frecuentemente arqueados con perfecta simetría, y consiguientemente el aspecto de algunas de las masas es muy singular. Pernety [13] ha dedicado varias páginas a la descripción de una Montaña de Ruinas, cuyos sucesivos estratos ha comparado, con propiedad, a las gradas de un anfiteatro. La roca de cuarzo debió de hallarse en un estado enteramente pastoso cuando sufrió tan notables flexiones sin partirse en fragmentos. Como del cuarzo se pasa insensiblemente al asperón, parece probable que el primero debe su origen a haberse calentado el segundo hasta ponerse viscoso, cristalizando después por enfriamiento. Mientras se hallaba tan reblandecido debe de haber sido empujado hacia arriba al través de los estratos suprayacentes.

En muchas partes de la isla los fondos de los valles están cubiertos en una forma extraña por miriadas de grandes fragmentos, sueltos y angulosos, de cuarzo, que forman las llamadas «corrientes de piedras». Todos los viajeros desde el tiempo de Pernety los han mencionado con sorpresa. Los bloques no han sido acarreados por el agua, y sólo tienen un poco desgastadas sus aristas; su tamaño varía desde unos cuantos decímetros de diámetro hasta tres metros, y aun otro tanto más. No están apilados en montones irregulares, sino esparcidos en capas horizontales o grandes corrientes. No es posible precisar su espesor, pero puede oírse gotear al través de las piedras y a muchos pies debajo de la superficie el agua de pequeños arroyuelos. La profundidad actual es probablemente grande, porque las hendeduras que hay entre los fragmentos inferiores deben de haber estado llenas de arena desde hace mucho tiempo. La anchura de estos lechos de piedra varía desde algunos centenares de pies hasta una milla; pero el suelo turboso invade diariamente los bordes y aun forma isletas dondequiera que se hallan reunidos casualmente algunos fragmentos. En un valle meridional de Berkeley Sound, que alguno de mis compañeros llamó el «gran valle de fragmentos», fué necesario cruzar una faja no interrumpida de media milla de ancho saltando de una piedra puntiaguda a otra. Tan grandes eran los bloques que, habiéndonos sorprendido un fuerte chubasco, pude hallar fácilmente abrigo bajo uno de ellos.

Su escasa inclinación es la circunstancia más notable en estas «corrientes de piedras»; en las faldas de las montañas las he visto formar un declive de 10° con el plano del horizonte, pero en algunos valles de fondo ancho y horizontal la inclinación era sólo justamente lo suficiente para poder advertirse claramente. En una superficie tan desigual no había manera de medir el ángulo; sin embargo, para dar alguna idea de él diré que el declive no hubiera modificado la velocidad de marcha de cualquier carruaje. En algunos lugares una corriente continua de estos fragmentos seguía el fondo ascendente de los valles y se extendía sobre la misma cresta de las montañas. Aquí parecían haberse detenido algunos bloques desmesurados, de tamaño mayor que muchos edificios de los pequeños, y también en esas alturas los estratos, arqueados formando bóveda, se amontonaban unos sobre otros como las ruinas de una inmensa y antigua catedral. Los símiles y comparaciones acuden espontáneamente a la imaginación al intentar describir estos paisajes, indicadores de violentos trastornos naturales. Podemos suponer que grandes corrientes de lava blanca han fluído de las montañas a las tierras bajas, y que, después de solidificarse, alguna convulsión enorme las rompió en miriadas de fragmentos. La expresión «corrientes de piedras», que inmediatamente se nos ocurrió a todos, sugiere la misma idea. La impresión causada por el conjunto se aumenta con el contraste de las formas bajas y redondeadas que presentan las montañas vecinas.

Una de las cosas que me interesaron fué un gran fragmento arqueado que yacía en posición invertida, esto es, con la convexidad hacia abajo, en el pico más alto de una cadena (a unos 210 metros sobre el nivel del mar). ¿Deberemos creer que fué lanzado al aire y volteado de esa manera? ¿O, con mayor probabilidad, que antiguamente existió allí una parte de la misma cadena más elevada que el punto en que yace ahora este monumento de una gran convulsión natural? Como los fragmentos en los valles no son redondeados ni tienen las grietas llenas de arena, forzoso es inferir que el período de violencia fué subsecuente a la elevación del terreno sobre las aguas del mar. En una sección transversal del interior de estos valles el fondo es casi horizontal o se levanta muy poco hacia uno de los lados. De ahí que los fragmentos parezcan haberse trasladado desde la parte superior del valle; pero en realidad lo más probable es que hayan sido lanzados desde las faldas más próximas, y que a contar de esa fecha se hayan ido disponiendo en una capa continua horizontal, merced a un irresistible movimiento vibratorio [14]. Si durante el terremoto que en 1835 destruyó Concepción [15], en Chile, se consideró asombroso que hubieran sido levantados unos centímetros del suelo algunos peñascos de escaso tamaño, ¿qué deberemos pensar de un movimiento capaz de hacer avanzar fragmentos de muchas toneladas hasta entrar en el nivel general, como si fueran menudos granos de arena sacudidos por el movimiento vibratorio de una tabla? He visto en la Cordillera de los Andes señales evidentes de haber sido despedazadas estupendas montañas como si fueran una costra delgada, y trastornados los estratos en sus bordes verticales; pero nunca contemplé espectáculo igual al de estas «corrientes de piedras», que tan poderosamente convienen en mi ánimo con la idea de una convulsión sin semejante en la historia de los cataclismos terrestres. Sin embargo, el progreso de la ciencia llegará tal vez algún día a dar una sencilla explicación de este fenómeno, como ya lo ha hecho con el por tanto tiempo inexplicable transporte de los cantos erráticos esparcidos por las llanuras de Europa.


Poco es lo que tengo que notar sobre la zoología de estas islas. Anteriormente he descrito el buitre o Polyborus. Hay además algunas otras rapaces, buhos y unas cuantas aves terrestres de pequeño tamaño. Las aves acuáticas son particularmente numerosas, y, si hemos de creer a los relatos de los antiguos navegantes, debieron de abundar más en tiempos pasados. Cierto día observé cómo jugaba un cuervo marino con un pez que había pescado. Hasta ocho veces sucesivas le dejó escapar, y otras tantas se lanzó tras él por debajo del agua y volvió a sacarle a la superficie. En los Jardines Zoológicos he visto a la nutria proceder de igual modo con la pesca viva que le habían echado, imitando lo que hace el gato con el ratón: no conozco otros casos en que la Señora Naturaleza se muestre tan deliberadamente cruel. Otro día, habiéndome colocado yo mismo entre un pájaro bobo (Aptenodytes demersa) [16] y el agua, me divertí sobremanera estudiando sus costumbres. Era un ave valiente, y luchó cara a cara conmigo, haciéndome retroceder hasta que llegó al mar. Sólo a porrazos hubiera sido posible detenerla; defendía pulgada a pulgada el terreno ganado, y se mantenía firme cerca de mí, erguida y resuelta. Durante la lucha daba vueltas a la cabeza de un lado a otro, de una manera extraña, como si el poder de visión distinta residiera sólo en la parte anterior y basal de cada ojo. A este ave se la llama comúnmente el pingüino asno, porque cuando está en la playa tiene la costumbre de echar la cabeza hacia atrás y producir un ruido fuerte y raro muy parecido al rebuzno del borrico; pero en el mar, si no se la molesta, emite una nota muy profunda y solemne, que se oye a menudo por la noche. Al bucear usa sus cortas alas como aletas, y en tierra, como patas delanteras. Cuando corre entre montículos de plantas bajas o trepa por las laderas de cantiles cubiertos de hierba, se mueve tan rápidamente, arrastrándose sobre patas y alas, que podría confundírsela con un cuadrúpedo. Mientras está pescando en el mar sale de cuando en cuando a la superficie para respirar; pero lo hace tan rápidamente, volviendo luego a sumergirse, que a primera vista no es posible distinguirla de los peces que saltan por deporte.

Dos clases de gansos frecuentan las islas Falkland. La especie montañesa (Anas Magellanica) es común, en parejas y en pequeñas bandadas, en toda la isla. No emigran, y construyen sus nidos en las pequeñas isletas contiguas. Se supone que es por temor a las raposas, y quizá por la misma causa estas aves, aunque muy mansas por el día, son esquivas y salvajes en cuanto obscurece. Viven enteramente de substancias vegetales. El ganso de las rocas, así llamado por vivir exclusivamente en los acantilados (Anas antarctica), abunda no solamente aquí, sino en la costa occidental de América, subiendo hacia el Norte hasta Chile. En los profundos y retirados canales de Tierra del Fuego, el ganso macho, enteramente blanco como la nieve, anda invariablemente acompañado por su obscura consorte, y, colocados uno junto a otro en la punta de un peñón distante, forman una de las notas características del paisaje.

Vese además frecuentemente en estas islas un pato grande o ganso (Anas brachyptera), que a veces llega a pesar 22 libras. En tiempos pasados se les llamó caballos de carrera, por su manera de bogar y chapuzarse; pero hoy se les denomina, más propiamente, barcos de vapor. Tiene las alas tan pequeñas y débiles, que no pueden volar; pero con su ayuda, en parte nadando y en parte remando, se mueven con suma rapidez. El modo de efectuarlo se parece algo al del pato doméstico cuando huye perseguido por un perro; pero estoy casi seguro de que este ave hace jugar las alas alternativamente y no a un tiempo, como las demás aves. Estos pesados y estúpidos ánades arman tal estrépito con sus graznidos y chapuces, que el efecto es extremadamente curioso.

Según lo que llevamos dicho, hay en Sudamérica tres aves que usan las alas para fines distintos del vuelo: el pájaro bobo, como aletas; el Anas citado, como remos, y el avestruz, como velas. Análogamente, el Apteryx de Nueva Zelandia, así como su extinto prototipo gigantesco el Deinornis, posee sólo órganos rudimentarios representativos de las alas. El Anas no puede bucear mas que un reducido trayecto. Se alimenta únicamente de mariscos, que busca en las algas y rompientes; de ahí que para romper las conchas se halle provisto de un pico y cabeza tan gruesos y fuertes, que apenas pude romperlos con mi martillo de geólogo. Todos los cazadores del Beagle tuvieron ocasión de aprender lo duros que son de morir estos ánades. Mientras por la tarde se peinan el plumaje en bandadas, hacen el mismo ruido extraño y confuso que las ranas-toros en los trópicos.


En Tierra del Fuego, así como en las islas Falkland, hice muchas observaciones sobre los animales marinos inferiores [17]; pero son de escaso interés general. Mencionaré sólo un conjunto de hechos referentes a ciertos zoófitos en la división de esa clase de más elevada organización. Varios géneros (Flustra, Eschara, Cellaria, Crisia y otros) convienen en tener especiales órganos movibles (como los de la Flustra avicularia, hallada en los mares europeos) que van unidos a sus células. El órgano bucal y partes accesorias, en el mayor número de casos se parecían mucho a la cabeza de un buitre; pero la mandíbula inferior puede abrirse mucho más que en el pico de un pájaro. La cabeza misma es bastante movible, merced al juego de un cuello corto. En un zoófito, la cabeza misma estaba fija, pero libre la mandíbula inferior; en otro estaba reemplazada por una caperuza triangular provista de una válvula admirablemente ajustada, la cual correspondía evidentemente a la mandíbula. En el mayor número de especies, cada celda tenía una cabeza, pero en algunas cada célula tenía dos.

Las celdas jóvenes en la extremidad de las ramas de estas coralinas contienen pólipos no maduros; pero las cabezas vulturiformes que llevan adheridas, aunque pequeñas, son por todos conceptos perfectas. Cuando con una aguja se sacó el pólipo de alguna de las celdas, dichos órganos no parecían afectados en lo más mínimo. Si se cortaba de una celda las cabezas vulturiformes, la mandíbula inferior conservaba su poder de abrirse y cerrarse. Tal vez la parte más curiosa de su estructura está en que, cuando había más de dos series de celdas en una rama, las centrales estaban provistas con estos apéndices, cuyo tamaño era la cuarta parte de los exteriores. Sus movimientos variaban según las especies, pero en algunas no descubrí el menor movimiento; en tanto, otras, con la mandíbula inferior generalmente abierta, oscilaban con movimientos de vaivén, que alternaban cada cinco segundos; también las había que se movían rápidamente y por sacudidas bruscas. Al tocarlas con una aguja, el pico asía tan fuertemente la punta, que podía sacudirse toda la rama.

Estos cuerpos no tienen relación de ningún género con la producción de los huevos o gémulas, puesto que se forman antes de aparecer los jóvenes pólipos en las celdas, al finalizar el crecimiento de las ramas; porque, además, se mueven independientemente de los pólipos y no parecen estar relacionados con ellos de ningún modo; y como se diferencian en tamaño de las series exteriores e interiores de celdas, casi estoy seguro de que en sus funciones se relacionan más bien con el eje córneo de las ramas que con los pólipos de las celdas. El apéndice carnoso de la extremidad inferior de la pluma de mar (descrita en Bahía Blanca) forma parte también del zoófito en su totalidad, de igual modo que las raíces de un árbol forman parte del árbol entero y no de cada hoja o capullo.

En otra elegante y pequeña coralina (Crisia?), cada celda tenía unas asperezas dentadas, que podían moverse rápidamente. Cada una de esas asperezas o vellosidades fuertes, y las cabezas vulturiformes, funcionaban independientemente unas de otras; pero, unas veces en ambos lados de una rama y otras solamente en un lado, se movían a un tiempo, habiendo también casos en que lo efectúan una tras otra, en orden regular. En estas acciones vemos aparentemente algo así como la perfecta transmisión de la voluntad del zoófito, considerado como un solo animal, no obstante componerse de millares de pólipos distintos. Realmente el caso no es diferente del de las plumas de mar, que al tocarlas se hundían en las arenas de la costa de Bahía Blanca. Haré constar otro ejemplo de acción uniforme, aunque de diferente naturaleza, en un zoófito muy afín a la Clytia, y, por tanto, de una organización muy sencilla. Habiendo conservado un gran penacho del mismo en un lebrillo grande con agua salada, cuando obscureció observé que cuantas veces frotaba cualquier parte de la rama, toda ella se ponía fosforescente, emitiendo una viva luz verdosa; no recuerdo haber visto jamás un objeto más bello. Y lo más notable era que las ondas luminosas subían por las ramas desde la base hasta las extremidades.

El examen de estos animales compuestos me interesó siempre muchísimo. ¿Puede haber nada más sorprendente que ver un cuerpo en forma de planta producir un huevo capaz de nadar de una parte a otra y de elegir un sitio adecuado para adherirse, echando luego brotes que se transforman en ramas, cubiertas todas de innumerables animales distintos y a menudo de complicada organización? Y, como si esto fuera poco, las ramas, según hemos visto, poseen a veces órganos capaces de movimientos e independientes de los pólipos. Por admirable que pueda parecer esta unión de individuos distintos en un tronco común, en todos los árboles podemos observar el mismo hecho, porque los capullos pueden ser considerados como plantas individuales. Sin embargo, es natural considerar como individuo distinto a un pólipo dotado de boca, intestinos y otros órganos, mientras que no es igualmente fácil concretar la individualidad de una yema o botón; y, por tanto, la unión de individuos separados en un cuerpo común es más sorprendente en una coralina que en un árbol. Nuestra concepción de un animal compuesto en el que la individualidad no es completa en algunos respectos puede ilustrarse reflexionando en la producción de dos animales distintos al seccionar uno solo con un cuchillo, o en que la Naturaleza se encarga por sí misma de la tarea de esta segmentación o bisección. Podemos considerar a los pólipos de un zoófito o a las yemas de un árbol como casos en que la división del individuo no ha sido completamente efectuada. Ciertamente, en el caso de los árboles, y, juzgando por analogía, en el de las coralinas, los individuos propagados por yemas guardan entre sí mayores relaciones de semejanza que los huevos o semillas con los seres vivos que los producen. Hoy parece perfectamente establecido que las plantas propagadas por yemas participan todas de una común duración de vida, y no hay quien desconozca cuán numerosas y menudas particularidades se transmiten con certidumbre por medio de yemas, acodos e injertos, los cuales nunca o sólo por casualidad reaparecen con la propagación por semillas.


  1. Los desiertos de Siria se caracterizan, según Volney (tomo I, pág. 351), por arbustos leñosos, numerosos ratones, gacelas y liebres. En la campiña de Patagonia el guanaco reemplaza a la gacela y el agutí a la liebre.
  2. Una de las cosas que noté es que algunas horas antes de morir un cóndor todos los piojos de que estaba plagado salieron a las plumas de afuera. Me aseguraron que siempre sucede lo mismo.
  3. London's Magazine of Nat. Hist, vol. VII.
  4. Véase Bougainville, Viaje alrededor del mundo, tomo I, editado por Calpe.
  5. Según relaciones publicadas con posterioridad a nuestro viaje, y más especialmente según cartas interesantes del capitán Sulivan, de la Marina Real, empleado en los trabajos de medición y exploración, parece que mi impresión acerca del mal clima de estas islas fué exagerada. Pero al pensar en la turba extendida por todas partes y en que el trigo rara vez grana, no puedo creer que el verano sea tan agradable y seco como se ha dicho.
  6. Véase Bougainville, Viaje alrededor del mundo, tomo I.
  7. Lesson, Zoology of the Voyage of the «Coquille», tomo I, pág. 168. Todos los primeros viajeros, y en especial Bougainville, afirman claramente que el único animal de la isla era el zorro parecido al lobo. La distinción del conejo negro como especie distinta está fundada en ciertas particularidades de la piel, en la forma de la cabeza y en la pequeñez de las orejas. Observaré aquí que la diferencia entre la liebre inglesa e irlandesa descansa en caracteres análogos, que únicamente son más marcados.
  8. Los españoles llaman conejos de Indias a las especies del género Cavia, ya se trate del Cavia cobaya, ya del C. porcellus—acaso la forma ancestral del anterior—, ya del C. australis, que por ser común en la costa de Patagonia debió ser el que viera Magallanes.—Nota de la edic. española.
  9. Sin embargo, tengo motivos para suponer que además del zorro mencionado hay un ratón de campo. La rata y ratón comunes europeos se han internado a gran distancia de las viviendas de los colonos. El cerdo común se ha hecho también salvaje en una isleta; es de color negro, sin excepción, y los machos son muy fieros y tienen grandes colmillos.
  10. El Culpeu, común en Chile, es el Canis Magellanicus, llevado a Inglaterra por el capitán King desde el estrecho de Magallanes. Es común en Chile.
  11. Sin que sea incompatible con el hallazgo de Darwin, se han encontrado también en las islas Falkland areniscas ferruginosas de fecha devónica—descansando sobre granito y gneis—con Spirifer antarcticus, Atripa palmata, Chonetes falklandicus, etcétera, muy semejantes a las que se encuentran en una formación análoga en los Andes (pizarras de Icla).

    Se ha encontrado también el carbonífero con hojas de Glossopteris.

    Las islas Falkland, Georgia Meridional, el grupo Sandwich, las Orkneys meridionales y las Shetlands del Sur son islas geográficamente unidas por una cresta submarina que en un tiempo reunió los Andes con el continente antártico, y así se le llama hoy a este rosario de Islas Archipiélago andino-antártico o andantártico. Excepto en lo que toca a su fauna y rasgos muy generales de la topografía, se tiene por errónea la interpretación que Darwin dió de la geología y clima de estas islas. Las corrientes de piedras, maravilla de las islas Falkland, no son sino testigos de un viejo subglaciarismo extinto, y no de los trastornos que en la ya desacreditada teoría de los cataclismos geológicos Darwin imaginara. (Léase Harvey Pirie, Report on the Scientific Results of the «Scotia»).—Nota de la edic. española.

  12. Léase Dom. de Pernety, Journal historique d'un voyage fait aux îles Malouines en 1763 et 1764, etc., 1764.

    Véase también Cook (James), Viaje hacia el Polo Sur y alrededor del mundo, en los años 1772-5, de la colección de Viajes clásicos, editados por Calpe.—Nota de la edic. española.

  13. Pernety, Voyage aux Isles Malouines, pág. 526 [12].
  14. «Nous n'avons pas été moins saisis d étonnement a la Pue de l'innombrable quantité de pierres de toutes grandeurs, bouleversées les unes sur les autres, et cependant rangées, comme si elles avoient été amoncelées négligemment pour remplir des ravins. On ne se lassoit pas d'admirer les effets prodigieux de la nature.»—Pernety, pág. 526.
  15. Un habitante de Mendoza, muy capacitado, por lo mismo, para emitir su opinión en este asunto, me aseguró que durante varios años de su residencia en estas islas nunca había sentido el menor choque de un temblor de tierra.
  16. Hoy se llama Spheniscus magellanicus, y se reserva el nombre de S. demersus para el del Cabo de Buena Esperanza.—Nota de la edic. española.
  17. No pude menos de quedar asombrado al contar los huevos de una gran Doris blanca (babosa de mar de unos ocho centímetros de larga), por lo extraordinariamente numerosos que eran. Grupos de dos a cinco huevos (cuyo diámetro era de 0,00762 m.) se hallaban contenidos en su correspondiente capsulita esférica. Estas cápsulas estaban dispuestas en series transversales de doble espesor, formando una cinta, la cual se adhería por su borde a la roca en una espira oval. Una de las que hallé medía medio metro de longitud por 12 milímetros de ancha. Contando el número de cápsulas contenidas en una longitud de dos y medio milímetros, y la longitud de la cinta, hallé, en el cómputo más moderado, 600.000 huevos. A pesar de ello, esta Doris no era muy común, pues aunque las busqué muchas veces bajo de las piedras, sólo vi siete individuos. No hay falacia más generalizada entre los naturalistas que la de suponer que el número de individuos de una especie depende de su poder de propagación.