Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo/Capítulo VIII

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CAPITULO VIII

Banda Oriental y Patagonia.
Excursión a Colonia del Sacramento.—Valor de una estancia.—Manera de contar el ganado vacuno.—Singular raza de bueyes. Piedrezuelas perforadas.—Perros pastores.—Doma de caballos.—Destreza de los gauchos.—Carácter de los habitantes.—Río de la Plata.—Bandadas de mariposas.—Arañas aeronautas.—Fosforescencia del mar.—Puerto Deseado.—Guanaco.—Puerto de San Julián.—Geología de Patagonia.—Animales fósiles gigantescos.—Tipos de organización constante.—Cambio en la zoología de América.—Causas de extinción.


Habiéndome visto forzado a detenerme cerca de quince días en la ciudad, me alegré de poder escapar a bordo de un paquebote que iba destinado a Montevideo. Una ciudad en estado de sitio no puede menos de ser un lugar de residencia desagradable; pero en este caso se vivía además en continua alarma a causa de los ladrones que había dentro. Los centinelas eran los peores de todos, pues por razón de su oficio y llevar armas en la mano, robaban con cierta autoridad, que los demás no podían imitar.

Tuvimos una travesía muy larga y molesta. El Plata parece un magnífico estuario en el mapa, pero en realidad no lo es tanto. Una anchurosa extensión de agua cenagosa no tiene ni grandiosidad ni belleza. En ciertas horas del día pueden distinguirse desde el puente las dos orillas, ambas extremadamente bajas. Al llegar a Montevideo supe que el Beagle no zarparía por algún tiempo; de modo que me preparé para una corta excursión en esta parte de Banda Oriental. Todo lo que he dicho sobre el país inmediato a Maldonado es aplicable a Montevideo; pero el terreno, con la única excepción del Monte Verde, que se eleva a 135 metros, de donde toma ese nombre, es mucho más horizontal. Una parte muy pequeña de las herbosas llanuras ondulantes está cerrada; pero cerca de la ciudad hay unos cuantos taludes que hacen las veces de setos y se hallan cubiertos de pita, cactus e hinojo.


14 de noviembre.—Salimos de Montevideo después de mediodía. Mi intento era encaminarme a Colonia del Sacramento, situada en la ribera norte del Plata, frente a Buenos Aires; después, subir por Uruguay hasta la aldea de Mercedes, en el río Negro (uno de los muchos ríos de este nombre en Sudamérica), y desde este punto regresar directamente a Montevideo. Dormí en la casa de mi guía, en Canelones. Por la mañana madrugamos, con la esperanza de poder avanzar un largo trecho a caballo; pero nuestro proyecto fracasó porque todos los ríos se habían desbordado. Tuvimos que pasar en bote las corrientes de Canelones, Santa Lucía y San José, y esto nos llevó mucho tiempo. En una excursión anterior crucé el Lucía cerca de su desembocadura, y rae sorprendió observar la facilidad con que nuestros caballos, aunque no acostumbrados a nadar, cruzaban una anchura de cerca de 600 metros. Hablando de esto en Montevideo me dijeron que en cierta ocasión naufragó en el Plata un barco donde iban unos titiriteros con los caballos en que hacían sus habilidades de circo, y uno de los caballos nadó siete millas, hasta la orilla. Durante el día me entretuve en ver la destreza con que un gaucho obligaba a un caballo recalcitrante a nadar en un río. Se desnudó y, plantándose de un salto a caballo, entró en el agua hasta que su montura perdió tierra, y entonces, deslizándose por la grupa, se agarró a la cola, y siempre que el caballo quería dar la vuelta y retroceder, el hombre le espantaba salpicándole agua en la cara. En cuanto el caballo tocó el fondo en el otro lado, el hombre trepó al lomo ayudándose de la cola, y quedó firmemente montado, brida en mano, antes de salir el animal a la orilla. Un hombre desnudo en un caballo a pelo es un hermoso espectáculo; no tenía idea del artístico conjunto que forman. La cola del caballo es un apéndice útilísimo; he pasado un río en un bote con cuatro personas, remolcado por un caballo de la misma manera que el gaucho. Si un hombre y un caballo tienen que franquear un ancho río, lo mejor que puede hacer el primero es asirse al pomo del arzón o a la crin y ayudarse con el otro brazo.

Al día siguiente dormimos, y nos detuvimos en la posta del Cufre. Por la tarde llegó el cartero, con un día de retraso, por haberse desbordado el río Rosario. El retraso, sin embargo, no era de graves consecuencias, pues aunque había pasado por algunas de las principales ciudades de Banda Oriental, su valija consistía... ¡en dos cartas! La vista que podía contemplarse desde la casa era agradable: una verde superficie ondulante con remotos jirones del Plata. Advierto que ahora me parece esta región muy distinta de cuando la vi por primera vez. Recuerdo que entonces la creí una llanura muy horizontal; mas al presente, después de galopar por las Pampas, no acierto a explicarme qué razones tuve para considerarla perfectamente plana. Realmente, el terreno presenta una serie de ondulaciones, tal vez nada notables en sí mismas, pero que, al lado de los llanos de Santa Fe, parecen verdaderas montañas. A causa de estas desigualdades hay gran abundancia de riachuelos, siendo el césped verde y frondoso.

17 de noviembre.—Hemos cruzado el Rosario, río profundo y rápido, y después de pasar la aldea de Colla llegamos, al mediodía, a Colonia del Sacramento. La distancia es de 20 leguas por un país cubierto de hermosa hierba, pero escaso de ganado y habitantes. Me invitaron a dormir en Colonia y acompañar al día siguiente a un señor que iba a su estancia, donde había unas rocas calizas. La ciudad está edificada sobre un promontorio pétreo, de un modo análogo a lo que sucede en Montevideo. Tiene sólidas fortificaciones; pero tanto éstas como la ciudad sufrieron mucho en la guerra con el Brasil. Es muy antigua, y la irregularidad de sus calles, así como los bosques circundantes, de añosos naranjos y melocotoneros, le dan un lindo aspecto. La iglesia es una curiosa ruina; sirvió de polvorín, y en una de las incontables tempestades del Plata la alcanzó un rayo. Dos terceras partes del edificio fueron voladas hasta los cimientos, y el resto permanece como un curioso monumento del poder del rayo y de la pólvora unidos. Por la tarde di una vuelta visitando las murallas, medio demolidas, de la ciudad. Fué el centro principal de la guerra brasileña, que causó grandísimos daños a este país, no tanto en sus efectos inmediatos como por haber producido una muchedumbre de generales y otros oficiales de ejército. En las provincias unidas de la Plata hay más generales (sin paga) que en el Reino Unido de la Gran Bretaña. Estos caballeros, después de aficionarse al mando, no ven con malos ojos que de cuando en cuando se armen algunas montoneras. De aquí que haya siempre muchas personas interesadas en crear disturbios y derribar al Gobierno, que hasta ahora ha carecido de estabilidad. Sin embargo, tanto aquí como en otras partes, advertí que era muy general el interés despertado por las elecciones presidenciales, lo cual es un buen síntoma para la prosperidad de este pequeño país. Los habitantes no exigen gran instrucción a los diputados; oí discutir en una conversación los méritos de los de Colonia, y decían que «si bien no eran hombres de negocios, sabían todos firmar»; esta cualidad les parecía bastante para satisfacer a cualquier persona razonable.


18 de noviembre.—Cabalgué con mi huésped hasta su estancia en el arroyo de San Juan. Por la tarde dimos un paseo a caballo alrededor de la finca; su extensión era de dos leguas y media cuadradas, y estaba situada en lo que se llama un rincón, es decir, que un lado confinaba con el Plata y los otros dos estaban protegidos por arroyos infranqueables. Constituía un puerto excelente para pequeñas embarcaciones, y abundaba en monte bajo, que servía para surtir de leña a Buenos Aires. Tuve curiosidad de saber cuánto valía una estancia tan completa. Había 3.000 cabezas de ganado vacuno en ella, pero podía mantener el triple o cuádruple; 800 yeguas, con 150 caballos sin domar y 600 ovejas. Tenía en abundancia agua y piedra caliza, una casa rústica, excelentes corrales y un huerto de melocotoneros. Por todo ello le habían ofrecido 2.000 libras esterlinas, y sólo quería 500 más, en lo que acaso hubiera alguna rebaja. El trabajo principal que da una estancia consiste en llevar dos veces por semana el ganado a un sitio céntrico, a fin de amansar y contar los animales. Esta operación última sería difícil en el caso de haber 10.000 o 15.000. Se efectúa fundándose en el principio de que las reses vacunas se dividen invariablemente en pequeños grupos de 40 a 100. Se reconoce a cada grupo por unos cuantos animales marcados de un modo especial, y se sabe su número; de modo que si se pierde una entre 10.000, se conoce porque falta una de las tropillas. Durante una noche tempestuosa el ganado se mezcla todo; pero a la mañana siguiente las tropillas se separan como antes, de suerte que cada animal tiene que conocer a sus compañeros entre otros 10.000.

En dos ocasiones he encontrado en esta provincia algunos bueyes de una raza curiosísima, llamada ñata o niata. Por su aspecto exterior parecen guardar con las otras clases de ganado vacuno la misma relación que los bull-dogs con los demás perros. Tiene la frente muy corta y ancha, y las extremidades nasales vueltas hacia arriba, mientras el labio superior está muy recortado. La mandíbula inferior sobresale de la superior y presenta una curvatura correspondiente hacia arriba, resultando de aquí que siempre están enseñando los dientes; sus ojos se proyectan hacia fuera. Las ventanas de la nariz, situadas altas, están muy abiertas. Al andar llevan la cabeza baja, sostenida por un cuello corto, y sus patas traseras, comparadas con las delanteras, son más largas de lo ordinario. Sus dientes al descubierto, frentes anchas y estrechas, y fosas nasales vueltas hacia arriba, les dan un aire ridículo de arrogancia y provocación que supera a todo lo imaginable.

Después de mi regreso he logrado adquirir una calavera de esta raza bovina, gracias a la amabilidad de mi amigo el capitán Sulivan, de la Marina Real Inglesa, y hoy se conserva en el Colegio de Cirujanos [1]. D. F. Muñiz, vecino de Luján, me ha hecho el obsequio de recogerme todas las noticias que ha podido acerca de esta raza. De los datos por él suministrados resulta, al parecer, que hace unos ochenta o noventa años estos animales eran raros, y se conservaban como curiosidades en Buenos Aires. Créese generalmente que la raza en cuestión procede del ganado vacuno criado por los indios del sur del Plata, y que entre ellos es la que más abunda. Aun en el día de hoy el ganado que pasta en las provincias inmediatas al Plata, muestra su origen más bravío en superar en fiereza a las otras variedades y en que la vaca abandona fácilmente su primera cría si se la visita a menudo o se la molesta. Es un hecho singular que una estructura casi igual a la anómala [2] de la raza ñata caracteriza, según me hace saber el Dr. Falconer, al gran rumiante extinto de la India, el Sivatherium [3]. La raza tiene existencia propia, y un toro y vaca ñatas producen invariablemente terneros ñatas. El cruzamiento del toro ñata con la vaca común, o al contrario, produce siempre tipos intermedios, pero con los caracteres ñatas muy marcados; según el Sr. Muñiz, consta con absoluta certeza, en contra de lo que creen comúnmente los ganaderos en casos análogos, que la vaca ñata cruzada con un toro ordinario transmite sus caracteres peculiares más enérgicamente que el toro ñata cruzado con la vaca común. Cuando el pasto es bastante largo el ganado ñata pace con la lengua y el paladar tan bien como el ganado común; pero en las grandes sequías, cuando perecen tantas bestias, la raza ñata se halla en condiciones desventajosas, y desaparecería si no se la cuidase; porque el ganado vacuno común, así como los caballos, se sostienen recogiendo con los labios palitos y astillas de caña, cosa que los ñatas no pueden hacer bien por no juntarse sus labios, y, consiguientemente, sucumben antes que el ganado ordinario. Este hecho me impresionó por ofrecer un buen ejemplo de lo difícil que es apreciar por los hábitos de vida ordinarios en qué circunstancias puede producirse la rareza o la extinción de una especie, cuando esas circunstancias se presentan sólo en largos intervalos.


19 de noviembre.—Después de pasar el valle de Las Vacas dormimos en la casa de un norteamericano que explotaba un horno de cal en el arroyo de las Víboras. Por la mañana fuimos a caballo a un cabo que forma la margen del río, llamado Punta Gorda. En el camino intentamos dar con algún jaguar. Había muchos rastros frescos, y visitamos los árboles en que, según creencia general, se afilan las uñas; pero no logramos levantar ninguno. Contemplado desde aquel punto, el río Uruguay presentaba a nuestra vista una imponente masa de agua. Por la limpidez y rapidez de su corriente, su aspecto era muy superior al de su mismo vecino el Paraná. En la costa opuesta varios ramales del último río penetraban en el Uruguay. Como brillaba un sol espléndido, podían verse con perfecta distinción los dos colores de las aguas.

Aprovechamos la tarde para continuar nuestro viaje a Mercedes, en el río Negro. Al llegar la noche pedimos que nos admitieran a dormir en una estancia con que tropezamos. Era una finca enorme, que tenía 10 leguas cuadradas, y su dueño figura entre los principales propietarios del país. Un sobrino del amo se hallaba al frente de la misma, y estaba con él un capitán del ejército, que en días anteriores había huído de Buenos Aires. En la situación en que se encontraban, su conversación no dejó de ser amena. Como de costumbre, se mostraron asombradísimos de que la tierra pudiera ser redonda, y apenas podían creer que un hoyo bastante profundo y largo la taladraría abriendo un boquete en el lado opuesto. Tenían, no obstante, noticias de un país donde había seis meses de día y seis de noche, y en el que los habitantes eran ¡muy altos y delgados! Me preguntaron con viva curiosidad por el precio y condiciones del ganado vacuno y caballar en Inglaterra. Al saber que en este país no se cazaba a los animales con lazo, exclamaron: «¡Ah! Entonces usan ustedes las bolas.» La idea de un territorio dividido totalmente en fincas cercadas era para ellos una novedad. Al fin el capitán anunció su propósito de hacerme una pregunta, anticipándome gracias expresivas si se la contestaba con toda verdad. Temblé al pensar en la profundidad científica de la cuestión que me propusiese; pero me repuse después de oírsela formular. La pregunta era si las señoritas de Buenos Aires no eran las más hermosas del mundo. A esto respondí, como un renegado: «Lo son de una manera encantadora.» Entonces añadió: «Y ¿usan las señoritas de otras partes del mundo peinetas tan grandes?» Con toda solemnidad le aseguré que de ninguna manera. Los dos jóvenes quedaron complacidísimos. El capitán exclamó luego: «¡Ahí tienes! Un hombre que ha visto medio mundo nos lo atestigua; siempre creí que era así, pero ahora lo sé con toda certeza.» Mi excelente dictamen en punto a peinetas y belleza me facilitó una hospitalidad obsequiosísima; el capitán me obligó a aceptar su cama, resignándose él a dormir sobre su recado de montar.

21 de noviembre.—Partimos al salir el sol, y cabalgamos despacio durante el día entero. La naturaleza geológica de esta parte de la provincia se diferenciaba del resto de la misma, acercándose mucho a la de Las Pampas. Por lo tanto, había inmensos macizos de plantas espinosas, así como de cardos; realmente, todo el país puede llamarse un gran criadero de esas especies vegetales. Las dos clases de cardos crecen separadamente, cada una con sus similares. El cardo es tan alto como el lomo de un caballo; pero el de las Pampas sobresale a menudo por encima de la cabeza del jinete. Apartarse del camino un metro es cosa en que no cabe pensar, y aun el mismo camino está en parte, y a veces totalmente, cerrado. Los pastos, como es natural, faltan en absoluto; si las reses y caballos se internan en tales espesuras, por el momento hay que considerarlos como completamente perdidos. De ahí que resulte peligrosa la conducción del ganado en esta parte del año, pues cuando las bestias, bastante cansadas, se encuentran ante estos macizos de plantas, se precipitan en ellos y no se las vuelve a ver. En estas regiones hay muy pocas estancias, y las que hay están situadas en las cercanías de valles húmedos, donde, por fortuna, no pueden vegetar esas terribles plantas. Habiendo anochecido antes de llegar al término de nuestro viaje, dormimos en una miserable chocita, habitada por gente sumamente pobre. La extremada y a la vez harto sincera cortesía de nuestro huésped y huéspeda, teniendo en cuenta su nivel de fortuna, era extremadamente deliciosa.


22 de noviembre.—Hemos llegado a una estancia sobre el Berquelo, perteneciente a un inglés muy hospitalario, para quien tenía una carta de recomendación de mi amigo Mr. Lumb. Aquí me detuve tres días. Una mañana salí a caballo con mi patrón hasta la Sierra de Pedro Flaco, a unos 32 kilómetros río Negro arriba. Casi todo el país está cubierto de una buena hierba, aunque basta, cuya altura alcanzaba al vientre de un caballo; mas a pesar de ello había leguas cuadradas sin una sola cabeza de ganado vacuno. La región de Banda Oriental, si estuviera bien poblada de ganado, podría sostener un número asombroso de animales; al presente la exportación anual de pieles desde Montevideo se eleva a 300.000, siendo muy considerable el consumo del interior, por lo que se desperdicia. Un estanciero me dijo que a menudo había tenido que enviar numerosos rebaños de vacas a una fábrica de salazón de carnes situada a gran distancia, y que frecuentemente era necesario matar y desollar las reses cansadas, pero que nunca había logrado persuadir a los gauchos a comer de ellas, siendo indispensable sacrificar cada noche una nueva res para la cena. La vista del río Negro desde la sierra era más pintoresca que ninguna otra de las que contemplé en esta provincia. El río, ancho, profundo y rápido, retorcía su corriente al pie de un alto acantilado rocoso; una franja de bosques seguía la dirección de su curso, y el horizonte se terminaba en las lejanas ondulaciones de la llanura de césped.

Estando en esos sitios, varias veces oí hablar de la sierra de las Cuentas, montañas que distan muchas millas hacia el Norte. Me aseguraron que se encuentran muchas piedrecitas redondas de varios colores, cada una de las cuales tiene un pequeño orificio cilíndrico. Antiguamente los indios tenían costumbre de cogerlas para hacer collares y brazaletes, afición (observaré de paso) que es común a todos los pueblos salvajes, así como a los más civilizados. No sé qué pensar de esto, pero al citarle esta historia, en el cabo de Buena Esperanza, al Dr. Andrés Smith, me refirió a la vez que había recogido, con ocasión de explorar la costa sureste de Africa, a 100 millas al este del río de San Juan, algunos cristales de cuarzo con las aristas desgastadas por el frote y mezclados con grava en la playa. Cada cristal vendría a tener un centímetro de diámetro y dos y medio a tres de largo. Muchos estaban perforados por un canal perfectamente cilíndrico, por el que podía pasar un hilo grueso o una cuerda fina de guitarra. Su color era rojo o blanco nata. Los naturales estaban familiarizados con esta estructura en cristales. He citado este relato con sus circunstancias, a pesar de no conocer hasta hoy cuerpo cristalizado alguno que tome esa forma, por si puede servir de guía a algún futuro viajero para investigar la verdadera naturaleza de tales piedras.

Mientras estuve en esta estancia me divirtió mucho lo que vi y oí de los perros pastores del país [4]. Yendo a caballo, es cosa corriente encontrar un gran rebaño de ovejas guardado por uno o dos perros, a la distancia de algunas millas de poblado. Con frecuencia me maravillé de cómo podía haberse establecido una amistad tan firme. El método de educación consiste en separar los perritos, cuando son muy jóvenes, de la madre, y acostumbrarlos a vivir con sus futuros compañeros. Hácese que una de las ovejas dé de mamar al cachorro tres o cuatro veces al día, y al último se le prepara una cama de lana en el corral; además, no se le permite nunca juntarse con otros perros ni con los niños de la familia. Por regla general, se le castra; de modo que cuando alcanza su completo desarrollo apenas tiene afición a los individuos de su especie. A consecuencia de semejante educación, el perro pastor no siente deseo alguno de dejar el rebaño, y defenderá a éste como los ordinarios suelen defender a sus dueños. Es divertido observar al acercarse a un hato de ovejas cómo el perro avanza inmediatamente ladrando, mientras el ganado se reúne detrás de él, como pudiera hacerlo alrededor del morueco. A estos perros se les enseña también fácilmente a conducir a casa el ganado a cierta hora de la tarde. El defecto más enojoso que tienen, de jóvenes, es su afición a jugar y retozar con las ovejas, pues en tales deportes las hacen galopar sin misericordia hasta cansarlas.

El perro pastor acude a casa todos los días por alguna cantidad de carne, y después de recibirla escapa de nuevo, como avergonzado de sí mismo. En tales ocasiones sus congéneres domésticos le hostilizan ferozmente, y el menor de ellos no deja de ladrar y perseguir al extraño. Pero en cuanto éste ha llegado al rebaño se vuelve y empieza a ladrar a sus perseguidores, con lo que todos los perros domésticos huyen a todo correr. De un modo análogo, una cuadrilla de perros salvajes hambrientos difícilmente atacaría alguna vez (nunca, me dijeron) a un rebaño guardado por uno de estos fieles pastores. Todo este relato me parece un curioso ejemplo de la adaptabilidad de las afecciones en el perro; y, en medio de todo, se ve que, en estado salvaje o doméstico, tiene un sentimiento de respeto y temor a los que se valen de su instinto de asociación. Porque únicamente fundándonos en este supuesto podemos explicarnos que una manada de perros salvajes sea puesta en fuga por un solo perro con su rebaño; y es que los fugitivos deben sentir de una manera confusa que aquel adversario único, al estar asociado, adquiere tanto poder como si tuviera de su parte un número de perros igual al de ovejas que le acompañan. F. Cuvier ha observado que todos los animales de fácil domesticación consideran al hombre como miembro de su sociedad, y satisfacen así su instinto de asociación. En el caso precedente, el perro pastor considera a las ovejas como semejantes suyos, y así, confía en su fuerza, y los perros salvajes, no obstante saber que cada oveja individualmente no es un perro, sino buena presa para comer, acepta su punto de vista solamente cuando las ve en un rebaño con un perro pastor a su cabeza.

Una tarde llegó un domador con ánimo de ejercer su oficio en algunos potros. Describiré las diligencias preparatorias de la operación porque creo que no han sido mencionadas por otros viajeros. Meten en el corral, que es un amplio cercado de estacas, una manada de caballos jóvenes sin domar, y cierran la entrada. Supondremos que un hombre solo ha de coger y montar un caballo enteramente extraño a silla y freno. A mi modo de ver sólo un gaucho es capaz de realizar esta hazaña. El gaucho elige su potro ya perfectamente crecido, y mientras el animal corre furioso alrededor de la cerca, le arroja el lazo de modo que enganche las dos patas delanteras. Al punto el caballo rueda por tierra, dando una fuerte caída, y, en tanto que pugna por levantarse, el gaucho, manteniendo prieto el lazo, forma con el resto de la correa un círculo para enganchar una de las patas traseras, precisamente por debajo del menudillo o cerneja, y tira hasta unir esta pata con las dos delanteras, y sujeta perfectamente las tres. Luego, sentándose en el cuello del caballo, fija una brida fuerte sin bocado a la mandíbula inferior, lo que ejecuta pasando una correa estrecha por los ojales del extremo de las riendas y dando varias vueltas alrededor de la mandíbula y la lengua. Las dos patas delanteras se traban ahora, bien juntas, con una correa fuerte, en la que se hace un nudo corredizo. Aflojado el lazo que sujetaba las tres patas, el caballo se levanta con dificultad. El gaucho, empuñando fuertemente la brida atada a la mandíbula inferior, saca el caballo del corral. Si hay otro hombre que ayude (pues de otro modo la operación cuesta más trabajo), tiene sujeto al animal por la cabeza mientras el primero le pone los aparejos y la silla, cinchándolos juntos. Durante esta operación, el caballo, con el terror y espanto de verse así atado por medio del cuerpo, se echa a tierra y da incesantes revolcones, sin querer levantarse hasta que se le obliga a palos. Al fin, cuando está ensillado, el pobre animal apenas puede respirar de espanto, y está blanco de espuma y sudor. El hombre se dispone ahora a montar, oprimiendo pesadamente el estribo, de modo que el caballo no pierde el equilibrio, y en el momento de echar la pierna sobre el lomo del animal tira del nudo corredizo que sujeta las patas delanteras, y el caballo queda libre. Algunos domadores quitan esa traba estando el animal derribado, y, poniéndose sobre la silla, le permiten levantarse debajo de ellos. El caballo, loco de terror, da algunos saltos violentísimos, y luego parte a todo galope; cuando se ha fatigado hasta agotar sus fuerzas, el hombre, con paciencia, le trae de nuevo al corral, donde se le suelta envuelto en un vaho de cálido sudor y medio muerto. Cuando los potros no quieren galopar y se obstinan en echarse en tierra, la doma es mucho más penosa. El procedimiento descrito es terriblemente duro, pero a las dos o tres pruebas el caballo queda domado. Sin embargo, hasta después de algunas semanas no se le monta con bocado de hierro y barboquejo sólido, porque tiene que aprender a asociar la voluntad del jinete con la sensación de la rienda antes de que el más poderoso freno pueda serle de algún servicio.

Los animales son tan abundantes en estas regiones, que no suelen andar muy unidos la humanidad y el interés propio; y, por tanto, recelo que el primero de esos sentimientos apenas sea conocido aquí. Un día, cabalgando en las Pampas con un estanciero muy respetable, mi caballo estaba tan cansado, que se rezagaba. El hombre me instaba a menudo para que lo espolease. Cuando le advertí que daba lástima porque el caballo estaba enteramente exhausto, dijo: «¿Por qué no? No importa, aguíjele, es mi caballo». Cuando le hice comprender, con alguna dificultad, que era por respeto al caballo y no en consideración a él por lo que prefería no usar mis espuelas, exclamó con ojos muy sorprendidos: «¡Ah, Don Carlos, qué cosa!» Era evidente que nunca había entrado en su cabeza idea semejante.

Sabido es que los gauchos son excelentes jinetes. No entra en su cabeza la idea de que se pueda ser derribado por un caballo. Un buen jinete es, en su criterio, quien puede manejar un potro indómito, o quien, de caerse su caballo, puede quedar en pie o es capaz de realizar hazañas semejantes. He oído a un hombre apostar que derribaría a su caballo veinte veces y que él no se caería ni una sola. Recuerdo de un gaucho que montaba un caballo muy rebelde que tres veces seguidas se encabritó tanto que cayó de espaldas con gran violencia. El hombre, con desusada sangre fría, juzgaba del momento propicio en que era menester tirarse al suelo, antes o después de encabritarse; y apenas el caballo estaba en pie, saltaba el hombre a sus lomos, hasta que por fin partieron a galope. Nunca parece emplee el gaucho fuerza alguna. Un día en que galopaba yo junto a uno de ellos, excelente jinete, pensaba yo para mis adentros: «Presta tan poca atención a su caballo, que como bote lo tira de seguro». En este momento, un avestruz macho saltó fuera de su nido justamente a los pies del caballo; el potro dió un bote de lado; en cuanto al hombre, todo cuanto puedo decir es que saltó con su caballo sin quedar desarzonado.

En Chile y el Perú se esmeran más en el bocado del caballo que en La Plata, y es evidentemente consecuencia de la naturaleza más escabrosa del terreno. En Chile no se considera perfectamente domado un caballo hasta que se le puede hacer parar en seco marchando a todo galope, en un sitio previamente señalado, por ejemplo, en una capa tendida en tierra, o también cuando, al lanzarlo contra un muro, en el momento de llegar a él se encabrita y roza la superficie con sus cascos. He visto a un animal que saltaba con gran nervio, y sin embargo se le hizo marchar a todo galope por un patio sujetando las riendas con sólo el índice y el pulgar, y luego dio una vuelta alrededor del poste de una galería con gran velocidad, pero a distancia tan igual, que el jinete, extendiendo el brazo, podía mantener un dedo rozando el poste. Luego, dando una media vuelta en el aire, con el otro brazo tenso de la misma manera, giró con asombrosa fuerza en dirección contraria.

Un caballo así está bien domado, y aunque a primera vista tales habilidades parezcan inútiles, dista mucho de ser así, pues diariamente se ofrecen ocasiones de aprovecharse de ellas. Al detener un toro y engancharlo en el lazo, a veces empezará a dar vueltas y más vueltas, y el caballo, asustado al sentir la fuerza con que él toro tira de él, si no está bien domado no girará con facilidad, como el eje de una rueda. A consecuencia de esto han muerto muchos hombres, pues si el lazo se enrolla alrededor del cuerpo del jinete, en pocos momentos resultaría casi partido en dos mitades, por la fuerza con que las bestias tiran en sentido contrario. En el mismo principio se educan las razas de carrera. La pista es solamente de 200 a 300 metros de largo, pues lo que se desea es habituar a los caballos a un arranque rápido. A los animales destinados a carreras se les enseña no sólo a mantenerse con los cascos tocando una línea, sino a poner en juego a la vez los cuatro remos, de modo que al primer salto entren en plena acción las patas traseras. En Chile contaron una anécdota que creo cierta y suministra una buena comprobación de las ventajas que ofrece un caballo bien domado. Yendo un día a caballo un señor de posición, encontró a otros dos, de los que uno iba montado en un caballo que le habían robado al primero. El señor les echó el alto, y ellos contestaron desenvainando los sables y acometiéndole. Volvió grupas el atacado, y picando espuelas les tomó la delantera, manteniéndose, sin embargo, a corta distancia, y al pasar junto a un arbusto de espeso ramaje, giró en torno de él e hizo parar en seco a su caballo. Los que le perseguían se vieron forzados a torcer a un lado y pasar delante. Entonces el señor se lanzó sobre ellos: hundió un cuchillo en la espalda de uno, hirió al otro, recobró el caballo, quitándosele al ladrón moribundo, y se encaminó a su casa. Para tales proezas de equitación se necesitan dos cosas: un bocado muy duro, como los usados por los mamelucos, y que el caballo conozca bien sus poderosos efectos, aunque se le emplee rara vez, y además, grandes espuelas de punta roma, capaces de ser aplicadas, ya como mero contacto, ya como instrumento de extremo castigo. Se me figura que las espuelas inglesas, cuya aplicación, aun hecha con suavidad, pica el pellejo del caballo, no sirven para domar éste al estilo de Sudamérica.

En una estancia próxima a Las Vacas se matan semanalmente gran número de yeguas para vender sus pieles, a pesar de valer solamente cinco dólares en papel, o unas 10 pesetas cada una. Parece extraño a primera vista que resulte beneficioso matar yeguas por tan insignificante cantidad; pero, siendo ridículo en este país tanto domar como montar una yegua, carecen de valor si no es para la cría. La única cosa en que he visto hacer uso de yeguas ha sido en trillar trigo, para lo cual se les hacía dar vueltas en una cerca circular, donde se habían tendido las gavillas. El matarife de las yeguas era además muy celebrado por su destreza con el lazo. Y, en efecto, apostaba que, dentro de la distancia de 12 metros de la entrada del corral, cogería en el lazo a todas las bestias que pasaran corriendo, sin errar una. Otro aseguró que se comprometía a entrar en el corral a pie, coger una yegua, trabarle las manos, sacarla, derribarla, matarla, degollarla, poner la piel en estacas para secarla (operación esta última muy pesada), hacer lo mismo con otra, y sucesivamente hasta con 22 en un solo día. En el caso de limitarse a matarlas y desollarlas, el número anterior se elevaría a 50. Esta tarea se tiene como prodigiosa, porque se considera como buena labor diaria la de degollar y colgar las pieles de 15 ó 16 animales.


26 de noviembre.—He salido con ánimo de regresar en línea recta a Montevideo. Habiendo tenido noticia de que hay algunos huesos gigantes en cierta alquería próxima, sobre el Sarandis, pequeño afluente del río Negro, he ido a caballo allá en compañía de mi patrón y conseguido por el valor de 18 peniques la cabeza del Toxodon [5]. Cuando se la descubrió estaba perfectamente entera; pero los muchachos le quitaron algunos dientes, con piedras, y luego la tomaron por blanco para tirar cantos. Por una felicísima casualidad hallé un diente completo, que encajaba perfectamente en uno de los alvéolos del cráneo enterrado en las orillas del río Tercero, a la distancia de cerca de 228 kilómetros de este lugar. He encontrado restos de este extraordinario animal en otros dos lugares; de modo que en tiempos antiguos debió de abundar bastante. Además he tropezado aquí con grandes porciones de la armazón de un animal gigantesco parecido al armadillo, y con parte de la gran cabeza de un Mylodon. Los huesos de esta cabeza estaban tan frescos que contenían, según el análisis de Mr. T. Reeks, un 7 por 100 de materia animal, y cuando se los puso a la llama de una lámpara de alcohol ardían con llama pequeña. El número de restos enterrados en el gran depósito de estuario que forma las Pampas y cubre las rocas graníticas de Banda Oriental debe de ser extraordinariamente grande. Creo que si se tira una línea recta en cualquiera dirección a través de las Pampas, pasará sin duda por algún esqueleto o montón de huesos. Aparte de los que hallé en mis cortas excursiones, he oído hablar de muchos otros, y de nombres locales, como «El Arroyo de las Bestias», «La Montaña del Gigante», cuyo origen es obvio. En otras ocasiones me han contado que ciertos ríos tienen la maravillosa propiedad de aumentar el tamaño de los huesos, trocando los pequeños en grandes, o que los huesos mismos crecían, según aseguraban algunos. De lo que he podido averiguar resulta que ninguno de esos animales pereció, como se suponía antiguamente, en los pantanos o cauces cenagosos del terreno actual; antes bien, los huesos de sus esqueletos han sido puestos al descubierto por las corrientes que cortan los depósitos subácueos en que en un principio estuvieron enterrados. Podemos, pues, concluir que toda la extensión de las Pampas es una inmensa necrópolis de estos gigantescos cuadrúpedos extintos.

El 28, a eso del mediodía, llegamos a Montevideo, después de dos días y medio de camino. El terreno recorrido era de un carácter muy uniforme, y algunas partes parecían más rocosas y montuosas que las inmediaciones de La Plata. No lejos de Montevideo pasamos por la aldea de Las Piedras, así llamada por algunas grandes masas redondas de sienita. Su aspecto no dejaba de ser bonito. En este país, unas cuantas higueras alrededor de un grupo de casas y una posición elevada 30 metros sobre el nivel general debe calificarse de pintoresca.

Durante los últimos seis meses he tenido ocasión de observar un poco el carácter de los habitantes de estas provincias. Los gauchos o campesinos son muy superiores a los que residen en las ciudades. El gaucho se distingue invariablemente por su cortesía obsequiosa y hospitalidad; jamás he tropezado con uno que no tuviera esas cualidades. Es modesto, así respecto de sí propio como por lo que hace a su país, y a la vez animoso, vivaracho y audaz. Por otra parte, es menester decir también que se cometen muchos robos y se derrama mucha sangre humana, debiendo atribuirse como causa principal a la costumbre de usar el cuchillo. Da pena ver las muchas vidas que se pierden por cuestiones de escasa monta. En las riñas, cada combatiente procura señalar la cara de su adversario cortándole en la nariz o en los ojos, como con frecuencia demuestran las profundas y horribles cicatrices. Los robos son consecuencia natural del juego, universalmente extendido, del exceso en la bebida y de la extremada indolencia. En Mercedes pregunté a dos hombres por qué no trabajaban. Uno me respondió, gravemente, que los días eran demasiado largos; y el otro, que por ser demasiado pobre. La abundancia de caballos y profusión de alimentos hace imposible la virtud de la laboriosidad. Además, hay una multitud de días festivos; y, como si esto fuera poco, se cree que nada puede salir bien si no se empieza estando la Luna en cuarto creciente; de modo que la mitad del mes se pierde por estas dos causas.

La policía y la justicia carecen de eficacia. Si un hombre pobre comete un asesinato y cae en poder de las autoridades, va a la cárcel y tal vez se le fusila; pero si es rico y tiene amigos, puede estar seguro de que no se le seguirán graves consecuencias. Es curioso que hasta las personas más respetables del país favorecen siempre la fuga de los asesinos; creen, al parecer, que los delincuentes van contra el gobierno y no contra el pueblo. Un viajero no tiene otra defensa que sus armas de fuego, y el hábito constante de llevarlas es lo que impide la mayor frecuencia de los robos.

El carácter de las clases más elevadas e instruídas, que residen en las ciudades, participa, aunque tal vez en grado menor, de las buenas cualidades del gaucho; pero recelo que las acompañen con muchos vicios que el último no conoce. La sensualidad, la mofa de toda religión, y corrupciones de índoles diversas, no dejan de ser comunes.

Casi todos los funcionarios públicos son venales. El director de Correos vendía francos falsificados. El presidente mismo y su primer ministro se confabulaban para estafar al Estado. La justicia, cuando entra en juego el dinero, no puede esperarse de nadie. He conocido a un inglés que acudió a la primera autoridad judicial (según me contó, no conociendo entonces las costumbres del país, tembló al entrar en la sala) y le dijo: «Señor, he venido a ofrecer a usted 200 pesos (papel)—valor equivalente a 125 pesetas—si manda usted arrestar antes de tal tiempo a un hombre que me ha engañado. Fulano de Tal me ha recomendado dar este paso.» El juez sonrió asintiendo, le dió las gracias, y antes de anochecer, el hombre estaba en la cárcel. Con tan absoluta carencia de moralidad en los hombres directores, y con una infinidad de empleados turbulentos mal pagados, ¡todavía espera el pueblo en los buenos resultados de una forma democrática de gobierno!

Al ponerse por primera vez en contacto con la sociedad en estos países, dos o tres rasgos notables, por lo típicos, llaman la atención del observador: las maneras corteses y señoriales, que se hallan generalizadas entre la mayoría de los habitantes; el gusto excelente desplegado por las mujeres en el vestir, y la igualdad de trato en todas las clases. En el río Colorado algunos tenderillos de escaso fuste solían comer con el general Rosas. El hijo de un comandante, en Bahía Blanca, se ganaba la vida haciendo cigarrillos, y se brindó a acompañarme en calidad de guía o criado hasta Buenos Aires; pero su padre se opuso, fundándose sólo en el peligro que correría. Muchos oficiales del ejército o clases inferiores no saben leer ni escribir, y, sin embargo, todos se tratan como iguales en sociedad. En Entre Ríos, la Sala o Congreso se componía de seis representantes solamente. Uno de ellos tenía un comercio o tienda de poca importancia, lo que indudablemente no le incapacita para el cargo. Todo esto es lo que desde luego podía esperarse de un país nuevo; sin embargo, la ausencia de verdaderos caballeros le parece a un inglés cosa algo extraña.

Al hablar de estos países no debe perderse de vista el modo como han sido educados por la violenta autoridad maternal de España. En general, más elogios merece lo que se ha hecho que censura lo que se ha dejado de hacer. Y no cabe duda de que el excesivo liberalismo de estos países debe producir al final buenos resultados. La tolerancia, muy generalizada, de las religiones extranjeras; la gran atención concedida a los medios de educación; la libertad de la prensa; las facilidades ofrecidas a todos los extranjeros, y de un modo especial—así me cumple decirlo—a todas las personas que tengan las más humildes pretensiones científicas, deberán ser recordadas con gratitud por cuantos hayan visitado la Sudamérica española.


6 de diciembre.—El Beagle zarpó del Plata para no volver a entrar en su cenagosa corriente. Dirigimos el rumbo a Puerto Deseado, en la costa de Patagonia. Antes de pasar más adelante reuniré aquí unas cuantas observaciones hechas en el mar.

En repetidas ocasiones, estando el barco a varias millas de la desembocadura del Plata, y otras veces cuando nos hallábamos frente a las costas de la Patagonia Septentrional, nos vimos rodeados de insectos. Una tarde, en que sólo nos separaban de la Bahía de San Blas unas 10 millas, una gran nube de mariposas, en bandadas de miriadas incalculables, se extendía hasta donde la vista podía alcanzar. Ni siquiera con ayuda del catalejo fué posible descubrir espacio alguno libre de tales mariposas. Los marineros gritaron que «nevaba mariposas», y así era en apariencia. Había varias especies; pero el mayor número pertenecía a una clase muy parecida, aunque no idéntica, a la que abunda en Inglaterra y lleva el nombre científico de Colias edusa. Algunos microlepidópteros e himenópteros acompañaban a las mariposas, y un hermoso escarabajo (Calosoma) cayó a bordo. Conócense otros casos de haberse cogido este insecto a gran distancia de la costa, siendo especialmente de notar porque la mayor parte de los Carábidos rara vez o nunca vuelan a gran altura. El día había estado hermoso y tranquilo, de igual modo que el anterior, con viento suave y vario. Por lo mismo, no cabe suponer que los insectos fueron arrastrados por el viento desde tierra; antes bien, se debe concluir que emprendieron el vuelo espontáneamente. Las grandes bandadas de Colias parecen a primera vista suministrar un ejemplo como los que se recuerdan de las emigraciones de otra mariposa, Vanessa cardui [6]; pero la presencia de otros insectos hace que el caso sea distinto y menos explicable aún. Antes de ponerse el Sol se levantó una fuerte brisa del Norte, la cual debió de ocasionar la muerte de millares de mariposas y otros insectos.

En otra ocasión, mientras estábamos a 17 millas frente al cabo Corrientes, tenía yo a bordo una red para pescar animales pelágicos. Al recogerla, con gran sorpresa mía, hallé en ella un número considerable de coleópteros, y aunque esto era en alta mar, no parecían muy dañados por el agua salada. Se me perdieron algunos ejemplares; pero los que conservé pertenecían a los géneros Colymbetes, Hydroporus, Hydrobius (dos especies), Notaphus, Cynucus, Adimonia y Scarabæus. En un principio creí que estos insectos habían sido arrojados por el viento desde la playa; pero, al considerar que de las ocho especies cuatro eran acuáticas y otras dos en parte, por sus hábitos, me pareció lo más probable que hubieran sido llevadas al mar por un riachuelo procedente de un lago próximo al cabo Corrientes. Como quiera que fuere, siempre es un caso curioso hallar insectos vivos en alta mar, a 17 millas del punto más próximo de la costa. Se conocen relaciones de viajeros que hallaron insectos arrastrados por el viento frente a las playas de Patagonia. El capitán Cook los vió, y más recientemente el capitán King, en el Adventure. La causa probable es la falta de abrigo, árboles o montañas, por lo que un insecto que levante un poco el vuelo, si sopla brisa de tierra, corre peligro de ser arrastrado al mar. El caso más notable que he conocido de un insecto recogido a gran distancia de tierra es el de un gran saltamontes (Acrydium) que voló a bordo estando el Beagle a barlovento de las islas de Cabo Verde, y cuando el punto más próximo a la costa, no opuesto directamente al alisio, era Cabo Blanco, en la costa de Africa, a 370 millas de distancia [7].

En varias ocasiones, estando el Beagle dentro de la desembocadura del Plata, las jarcias se cubrieron de telas de una araña menuda. Un día (1 de noviembre de 1832) presté particular atención a este asunto. El tiempo había estado hermoso y claro, y por la mañana el aire estaba lleno de copitos de telaraña lanosa, como en un día de otoño en Inglaterra. El barco distaba de tierra 60 millas, mientras soplaba de la costa una brisa constante, aunque suave. Un gran número de pequeñas arañas, de 2,5 milímetros de longitud y color rojo obscuro, estaban pegadas a las telas. Calculo que habría algunos millares en el barco. Estas minúsculas arañas, al ponerse por primera vez en contacto con el cordaje, se sostenían siempre en un solo hilo y no en los copitos lanosos, los cuales sólo parecían producirse por apelotamiento de los hilos sueltos. Las arañas pertenecían todas a una especie, y las había de uno y otro sexo, junto con las crías, distinguiéndose éstas por su menor tamaño y color más obscuro. No daré la descripción de esta araña, y únicamente afirmaré que no la creo incluida en ninguno de los géneros de Latreille. El minúsculo aeronauta, tan pronto como llegaba a bordo, desplegaba gran actividad, corriendo de una parte a otra, dejándose caer a veces, y volviendo luego a subir por el mismo hilo, y ocupándose en ocasiones en tejer una redecilla muy irregular en los ángulos situados entre las cuerdas. Podía correr con facilidad por la superficie del agua. Si se la molestaba, alzaba las patas delanteras, como prestando atención. De recién llegado parecía muy sediento, y con las maxilas tendidas bebía evidentemente las gotas de agua; esta misma circunstancia había sido observada por Strack: ¿no provendría de haber pasado el insecto por una atmósfera seca y enrarecida? Su provisión de seda parecía inagotable. Mientras observaba a algunas que estaban suspendidas cada una en su hilo, observé que el más leve soplo de aire las hacía desaparecer, arrebatándolas en línea horizontal. Otro día (el 25), en circunstancias semejantes observé repetidas veces la misma clase de araña minúscula, que, habiendo trepado a una pequeña altura, levantaba el abdomen, emitía un hilo y luego se lanzaba al aire, alejándose en dirección horizontal con una rapidez increíble. Si no me engaño, percibí que la araña, antes de hacer los preparativos que he mencionado, reunía todas sus patas, sujetándolas con hilos finísimos; sin embargo, no lo afirmo como cosa segura.

En Santa Fe tuve un día mejor ocasión de observar algunos hechos parecidos. Una araña, de unos siete milímetros de longitud, y que en su aspecto general parecía un citígrado (completamente distinta de la hilandera sutil), estando en el extremo posterior de un poste, sacó cuatro o cinco hilos de sus hileras, los cuales, al brillar con la luz del Sol, podían compararse a rayos luminosos divergentes. No eran, sin embargo, rectos, sino ondulados como delgadísimas tiras de seda agitadas por el viento. Tenían más de un metro de longitud, y desde los orificios divergían en dirección ascendente. La araña se desprendió repentinamente del poste y se perdió muy pronto de vista. El día era caluroso y sereno al parecer; mas aun en esas circunstancias la atmósfera no puede estar tan en perfecta calma que no afecte a un tejido tan delicado como la trama de la tela de una araña. Si durante un día caluroso fijamos la atención, bien en la sombra de cualquier objeto proyectada en una lomera, bien en la de un mojón distante que se levante sobre el llano, percibimos casi siempre con toda claridad el efecto de una corriente de aire cálido que asciende: tales movimientos ascensionales del aire caliente pueden evidenciarse, según se ha observado, por la subida de burbujas de jabón, que no se elevarían en sitio resguardado, como, por ejemplo, una habitación de la casa. Si se tiene esto en cuenta, no habría, a mi juicio, gran dificultad en comprender el ascenso de los hilos sutiles proyectados por las hileras de una araña, y después el ascenso de la araña misma; la divergencia de los hilos se ha intentado explicar por Mr. Murray, a lo que creo, recurriendo a la semejanza de su condición eléctrica. La circunstancia de haber hallado en varias ocasiones, a muchas leguas de la costa, arañas de la misma especie, aunque de diferentes sexos y edades, adheridas en gran número a los hilos flotantes en el aire, da probabilidad a la creencia de que el hábito de navegar en el aire es característico en esta tribu, de igual modo que lo es de la Argyroneta el bucear. Podemos, pues, rechazar la hipótesis de Latreille, que supone derivada, indiferentemente, de las crías de varios géneros de aranas la que hemos denominado hilandera sutil, aunque, como hemos visto, las crías de otras arañas poseen la facultad de realizar viajes aéreos [8].

Durante nuestros diferentes pasos por el sur del Plata llevé muchas veces a remolque por la parte de popa una red de lanilla, con la que cogí muchos animales curiosos. De crustáceos hay numerosos géneros raros, todavía sin describir. Uno de ellos, que en algunos respectos se parece a los notópodos (cangrejos que tienen sus patas posteriores colocadas casi encima del dorso, para asirse a la cara inferior de las rocas), es notable por la estructura de su último par de patas. La penúltima articulación, en lugar de terminar en una simple uña, acaba en tres apéndices híspidos de diferentes longitudes, igualando la del más largo a la de la pata entera. Estas garras son finísimas y están aserradas con dientes muy finos, dirigidos hacia abajo; sus extremidades curvas están aplanadas, y en esta parte se hallan cinco cavidades muy diminutas, que parecen hacer el oficio de ventosas, como las de los tentáculos del pulpo. Atendiendo a que el animal vive en alta mar y probablemente necesita un sitio en que descansar, supongo que esta hermosa y anómala estructura está adaptada a facilitar la flotación de los animales marinos.

Lejos de la costa, y en aguas profundas, el número de seres vivientes es extremadamente reducido; al Sur de los 35° de latitud nunca logré coger ninguno, fuera de algún Beroe [9] y unas cuantas especies de diminutos crustáceos entomostráceos. En aguas más superficiales, a distancia de pocas millas de la costa [10], abundan muchísimas especies de crustáceos y de algunos otros animales [11], pero sólo durante la noche. Entre las latitudes 56° y 57° al sur del cabo de Hornos puse la red a popa varias veces, y nunca recogió nada mas que algunos pocos ejemplares de dos especies extremadamente diminutas de entomostráceos. En cambio, las ballenas y focas, los petreles y albatros son numerosísimos en toda esta parte del océano. Siempre ha sido para mí un misterio la materia que sirve de alimento a los albatros a grandes distancias de la costa; presumo que, como el cóndor, se pasa varios días sin comer, y que un buen festín en el cadáver de una ballena en putrefacción dura largo tiempo. Las partes centrales e intertropicales del Atlántico hierven de pterópodos, crustáceos y radiados, junto con sus enemigos los peces voladores y los bonitos y albacoras [12], que devoran a los últimos. Supongo que las numerosas formas inferiores de animales pelágicos se alimentan de infusorios, pues abundan en alta mar, según se sabe por las investigaciones de Ehrenberg; pero ¿con qué se sustentan en el agua clara y azul estos infusorios?

Mientras navegábamos algo al sur del Plata, en una noche muy obscura, el mar ofreció un admirable y bellísimo espectáculo. Corría una fresca brisa, y por toda la superficie, que durante el día se había visto como espumosa, ahora brillaba con una luz pálida. El barco hendía ante su proa dos olas de fósforo líquido, y dejaba en pos de sí una estela láctea. Las crestas de las olas brillaban en toda la extensión del océano, hasta donde la vista podía alcanzar, y las capas inferiores atmosféricas que se tendían sobre el horizonte, merced al resplandor reflejado de los lívidos fulgores antes descritos, no parecían tan tenebrosas como la bóveda superior del cielo.

Al paso que se avanza hacia el Sur, el mar deja de mostrarse fosforescente, y frente al cabo de Hornos no recuerdo haberle visto así mas que una vez, y aun en esta ocasión distaba mucho de ser brillante. Esta circunstancia tiene probablemente estrecha conexión con la escasez de seres orgánicos en esa parte del océano. Después del docto estudio [13] de Ehrenberg sobre la fosforescencia del mar, es casi superfluo que yo haga la menor observación sobre el asunto. Puedo, no obstante, añadir que las mismas partículas de materia gelatinosa, desgarradas e irregulares, descritas por Ehrenberg parecen ser la causa común de este fenómeno, tanto en el hemisferio sur como en el hemisferio norte. Tan diminutas eran esas partículas, que podían pasar fácilmente por una espesa gasa; sin embargo, las había perceptibles a simple vista. Puesta el agua en un vaso y agitada, soltaba chispas; pero una pequeña cantidad colocada en un cristal de reloj apenas era luminosa. Ehrenberg asegura que todas las partículas mencionadas conservan un cierto grado de irritabilidad. Mis observaciones, hechas en parte inmediatamente después de haber recogido el agua, dieron un resultado diferente. Puedo añadir también que, habiendo usado la red durante una noche y puéstola luego a secar, al ir a usarla doce horas después hallé que toda la superficie fosforescía con destellos tan brillantes como cuando la saqué por primera vez del agua. No parece probable en este caso que las partículas pudieran permanecer vivas por tanto tiempo. En una ocasión, habiendo conservado una medusa del género Dianæa hasta que murió, el agua en que estuvo se hizo luminosa. Cuando las olas lanzan destellos de un fulgor verdoso, creo que el fenómeno se debe, en general, a diminutos crustáceos. Pero no cabe duda que muchos otros animales pelágicos, en tanto viven, son fosforescentes.

En dos ocasiones he observado que el mar era luminoso a profundidades considerables. Cerca de la desembocadura del Plata, ciertos pedazos circulares y ovales, de dos a cuatro metros de diámetro, y con perfiles definidos, brillaban con luz constante y pálida, mientras el agua circundante sólo emitía algunas chispas. El aspecto imitaba la reflexión de la Luna o de algún cuerpo luminoso, pues los bordes presentaban sinuosidades a causa de las ondulaciones de la superficie. Nuestro barco, que calaba unos tres metros, pasó por estos manchones sin alterarlos. Por tanto, hemos de suponer que algunos animales de los congregados alcanzaban una profundidad mayor que la del fondo del barco.

Cerca de Fernando Noronha el mar brillaba en relampagueos. El aspecto que ofrecía era muy semejante al que se produciría si un pez enorme se moviera rápidamente a través de un flúido luminoso. A esta causa lo atribuyeron los marinos; por entonces, sin embargo, tuve algunas dudas, a causa de la frecuencia y rapidez de los relampagueos. Ya dejo advertido que el fenómeno es mucho más común en los países cálidos que en los fríos, y a veces se me ha figurado que una alteración de las condiciones eléctricas de la atmósfera favorecía su producción. Ciertamente creo que el mar es más luminoso después de unos cuantos días de calma superior a la ordinaria, época en que suele abundar en diversas clases de animales. Observando que el agua cargada de partículas gelatinosas se halla en estado de impureza, y que las manifestaciones luminosas, en todos los casos comunes, se producen por la agitación del flúido en contacto con la atmósfera, me siento inclinado a considerar la fosforescencia como el resultado de la descomposición de las partículas orgánicas, proceso (casi me atrevería a llamarle respiración) por el que se purifica el océano.


23 de diciembre.—Hemos arribado a Puerto Deseado, situado a los 47° de latitud, en la costa de Patagonia. El abra penetra a unas 20 millas en el continente, con una anchura irregular. El Beagle ancló a pocas millas de la entrada, frente a las ruinas de un antiguo poblado español.

Aquella misma tarde salté a tierra. El primer desembarco en un país nuevo es muy interesante, y especialmente cuando, como en este caso, el aspecto del conjunto lleva el sello de una individualidad bien caracterizada. A la altura de 60 a 90 metros sobre algunas masas de pórfido, se extiende una vasta llanura, que es peculiar y característica de Patagonia. La superficie es perfectamente horizontal, y se compone de un cascajo redondo mezclado con una tierra blanquecina. Aquí y allá crecen matojos dispersos de hierba correosa y pardusca, alternando con espinosos arbustos enanos, menos numerosos aún. El tiempo es seco y agradable, y el limpio azul del cielo rara vez se obscurece. Cuando se está en medio de una de estas llanuras desiertas y se mira hacia el interior, el horizonte se presenta generalmente limitado por la escarpa de otra planicie más alta, pero igualmente llana y desolada, y en cualquier dirección la línea en que se confunde el cielo con la tierra se presenta indistinta a causa del trémulo espejismo que parece levantarse de la calentada superficie.

En semejante país no tardó en decidirse la suerte de las colonias españolas; la sequedad del clima durante la mayor parte del año, y los asaltos frecuentes de los indios nómadas, obligaron a los colonos a dejar sus casas a medio edificar. Sin embargo, el estilo de la construcción en que se comenzaron atestigua la mano fuerte y liberal de la vieja España. El resultado de todas las tentativas de colonizar esta parte de América, al sur de los 41°, ha sido miserable. Puerto del Hambre [14] expresa con su nombre las angustias y sufrimientos extremos de varios centenares de infelices, de los que sólo uno sobrevivió, para relatar sus infortunios. En la Bahía de San José, en la costa de Patagonia, se fundó una pequeña colonia; pero un domingo los indios atacaron y asesinaron a todo el grupo, excepto dos hombres, que permanecieron cautivos durante muchos años. En el río Negro conversé con uno de ellos, que a la sazón era ya muy anciano.

La zoología de Patagonia es tan limitada como su flora [15]. En las llanuras áridas podían verse algunos coleópteros negros (Heterómeros), que se arrastraban lentamente de aquí para allá, y de cuando en cuando se deslizaba un lagarto por tal o cual sitio. De las aves tenemos tres rapaces carroñeras, y en los valles se ven algunos pinzones y otros pájaros insectívoros. Un ibis (el Theristicus melanops, especie que se halla en el Africa Central, según se dice) no es raro en las partes más desiertas; en sus estómagos hallé saltamontes, cigarras, pequeños lagartos y hasta escorpiones [17]. En cierta época del año los ibis andan en bandadas, y en otras, apareados; emiten un grito muy agudo y extraño, parecido al relincho del guanaco.

El guanaco, o llama salvaje [18], es el cuadrúpedo característico de las llanuras de Patagonia; en Sudamérica representa el camello del Oriente. En el estado de naturaleza es un animal elegante, con cuello largo y esbelto y patas delgadas. Abunda mucho en todas las regiones templadas del continente, extendiéndose por el Sur hasta las islas próximas al cabo de Hornos. Generalmente vive en pequeños rebaños de 12 a 30 individuos; pero en las riberas de Santa Cruz vimos un rebaño que debía de contener lo menos 500.

De ordinario son extraordinariamente esquivos. Mr. Stokes me contó que un día había visto con un anteojo de largo alcance un rebaño de estos animales, que sin duda habían sido espantados y huían a todo correr, aunque la distancia era tan grande que no podía distinguirlos a simple vista. El cazador, con frecuencia es advertido de que hay guanacos en las cercanías por el peculiar relincho de alarma, que hacen oír a gran distancia. Si entonces mira con atención, probablemente verá el rebaño alineado junto a alguna colina distante. Al acercarse se oyen algunos chillidos más, y el grupo parte a galope en apariencia, lento, pero en realidad rápido, siguiendo alguna angosta ruta muy transitada, hasta alguna altura próxima. Pero si por casualidad encuentra de pronto uno o varios animales, generalmente todos los guanacos se pararán y permanecerán inmóviles, contemplándolos atentamente; después se alejan quizá algunos metros, dan la vuelta y vuelven a mirar. ¿Cuál es la causa de esta diferencia en su proceder? ¿Es que a distancia confunden al hombre con su principal enemigo, el puma? ¿O es que la curiosidad se sobrepone a su timidez? Que son curiosos, es indudable, porque si una persona se echa a tierra y hace algunos movimientos extraños, tales como ponerse con los pies en alto, los guanacos se acercan siempre a reconocerla. Es un artificio puesto en práctica repetidas veces con éxito por nuestros cazadores, con la ventaja, además, de permitirles disparar varios tiros, que formaron parte de la pantomima. En las montañas de la Tierra del Fuego he visto más de una vez un guanaco que al acercarme no sólo relinchaba y chillaba, sino que hacía corvetas y saltaba del modo más ridículo, como desafiándome a hacer lo propio. A estos anímales se los domestica con mucha facilidad, y así, he visto a algunos cerca de una casa en la Patagonia Septentrional enteramente sueltos. En ese estado son muy atrevidos y atacan fácilmente al hombre, hiriéndole por detrás con ambas patas. Se asegura que el motivo de estos ataques es el celo por sus hembras. Sin embargo, los guanacos salvajes no tienen idea de la defensa, y un solo perro puede sujetar uno de estos grandes animales hasta que llegue el cazador. En muchos de sus hábitos se parecen a las ovejas en rebaño. Así, cuando ven acercarse a algunos jinetes en varias direcciones se aturden al punto y no saben por donde escapar. Esto facilita grandemente a los indios su caza, pues los espantan, llevándolos a un punto céntrico y allí los cercan.

Los guanacos se echan al agua sin recelo; en Puerto Valdés los vi varias veces nadar de una isla a otra. Byron, en su viaje, refiere haberlos visto beber agua salada. También algunos de nuestros oficiales vieron un rebaño que parecía beber el líquido salobre de una salina cerca de cabo Blanco. Se me figura que en varias partes del país, si no beben agua salada, no la beben de ninguna clase. En medio del día se revuelcan a menudo en el fondo de algunas hondonadas. Los machos pelean unos con otros, y un día pasaron dos muy cerca de mí relinchando y tratando de morderse. Entre los que se mató a tiros se hallaron varios con las pieles marcadas por hondas cicatrices. Los rebaños parecen a veces partir en grupos exploradores; en Bahía Blanca, donde hay poquísimos en una faja de la costa de 30 millas de ancha, vi un día el rastro de 30 ó 40, que habían venido en línea recta a un arroyo cenagoso de agua salada. Después, al notar quizá que se acercaban al mar, giraron en redondo con la regularidad de un escuadrón de caballería, y volvieron grupas por la misma senda recta que habían traído. Los guanacos tienen una costumbre singular, que de ningún modo acierto a explicarme, y es que en días sucesivos echan los excrementos en el mismo montón. He visto uno de estos estercoleros, que medía unos dos metros y medio de diámetro y contenía gran cantidad de excrementos. Según monsieur A. d'Orbigny, este hábito es común a todas las especies del género y beneficia en gran manera a los indios del Perú, que emplean el estiércol como combustible, ahorrándose así el trabajo de recogerlo.

Los guanacos parecen tener sitios predilectos en que morir. En las márgenes del Santa Cruz, en ciertos espacios circunscritos, de ordinario cubiertos de espesa vegetación y todos cerca del río, la tierra está materialmente pavimentada de blancas osamentas. En un sitio de esa clase conté de 10 a 20 cráneos. Examiné algunos en particular, y no tenían, como otros que había visto dispersos, señales de haber sido roídos o rotos, como si hubieran estado entre las mandíbulas de animales carnívoros. Los guanacos que murieron allí debieron de arrastrarse agónicos por entre los arbustos. Mr. Bynœ me informa de que durante su primer viaje observó la misma circunstancia en las riberas del río Gallegos. No comprendo la razón de esto; pero creo del caso observar que los guanacos heridos en el Santa Cruz invariablemente tomaban la dirección del río. En Santiago, en las Islas de Cabo Verde recuerdo haber visto en un profundo barranco un rincón retirado que estaba cubierto de huesos de cabra, y entonces dijimos todos que aquello debía de ser el cementerio de todas las cabras de la isla. Cito estas menudencias porque en ciertos casos podrían explicar el hecho de hallarse muchos huesos intactos en algunas cuevas o sepultados bajo acumulaciones aluviales, y asimismo la causa del por qué ciertos animales, más comúnmente que otros, se hallan enterrados en depósitos sedimentarios.

Un día el capitán envió la yola al mando de míster Chaffers, con provisiones para tres días, a inspeccionar la parte superior del puerto. Por la mañana buscamos algunos sitios en que hacer aguada, señalados en una antigua carta española. Hallamos una cala en cuyo fondo había un arroyuelo de agua salobre. Aquí la marea nos forzó a esperar varias horas, y en el intervalo caminé algunas millas adentro. La llanura, como de ordinario, se componía de grava mezclada con una tierra que parecía cal, pero que en realidad era de muy distinta naturaleza. A consecuencia de la poca cohesión de estos materiales había numerosos barrancos. No se veía un árbol, y apenas algún cuadrúpedo o ave; únicamente el guanaco aparecía en la cima de algún cerro, velando como fiel centinela por su rebaño. Todo era silencio y desolación. Sin embargo, al pasar por regiones tan yermas y solitarias, sin ningún objeto brillante que llame la atención, se apodera del ánimo un sentimiento mal definido, pero de íntimo gozo espiritual. El espectador se pregunta por cuántas edades ha permanecido así aquella soledad, y por cuántas más perdurará en este estado.

«Nadie puede decirlo...; todo parece ahora eterno.
El desierto tiene una lengua misteriosa,
que sugiere terribles dudas» [19].

Por la tarde navegamos unas cuantas millas más arriba, y luego plantamos nuestras tiendas para pasar la noche. Al día siguiente, a eso de las doce, la yola varó, y por falta de fondo no pudo continuar más allá. Como el agua era en parte dulce, Mr. Chaffers tomó el bote y avanzó dos o tres millas más adentro, donde también varó, pero en un río de agua dulce. El agua era cenagosa, y aunque la corriente carecía de importancia, hubiera sido difícil explicar su origen, a no ser por la fusión de las nieves de la Cordillera. El sitio en que vivaqueamos estaba cercado de atrevidos riscos y empinados pináculos de pórfido. No creo haber visto nunca un lugar más apartado del resto del mundo que esta gran grieta rocosa en la extensa llanura.

El segundo día después de nuestro regreso al fondeadero un grupo de oficiales y yo fuimos a saquear una antigua tumba india, descubierta por mí en la cima de una colina próxima. Dos piedras enormes, cada una de las cuales pesaría probablemente lo menos un par de toneladas, habían sido colocadas frente a un saledizo de roca, de unos dos metros de alto. En el fondo de la tumba, sobre la dura roca, había una capa de tierra de unos tres decímetros de espesor, la cual debió de ser transportada allí desde la llanura inferior. Sobre esa capa se había puesto un pavimento de losas, y encima de ellas un montón de otras, a fin de llenar el espacio entre el saledizo y los dos grandes bloques. Para completar el sepulcro, los indios habían logrado desprender del borde saliente un enorme fragmento y hacerlo caer sobre el montón de modo que decansara en los dos bloques. Nosotros hicimos excavaciones en ambas lados de la tumba, pero no pudimos hallar restos, ni siquiera huesos. Los últimos se habían deshecho probablemente hacía largo tiempo, en cuyo caso la tumba debía de ser antiquísima, pues hallé en otro lugar algunos montones más pequeños, y debajo de los mismos unos cuantos trozos desmenuzados, de los que no era posible saber con certeza si habían pertenecido a un esqueleto humano. Asegura Falconer que los indios sepultan a sus muertos donde fallecen, pero que después recogen cuidadosamente sus huesos y los llevan, a no ser que haya gran distancia, a un sitio próximo a la costa, para depositarlos allí. Esta costumbre, a mi juicio, debe ser tenida en cuenta para explicar el hecho anterior, recordando que estos indios probablemente llevaban el mismo género de vida que los fueguinos de hoy, antes de ser introducidos en el país los caballos, y que, consiguientemente, hubieron de residir cerca del mar. El prejuicio general de querer enterrarlos al lado de sus mayores hizo, sin duda, que los indios, a la sazón nómadas, llevaran la parte menos perecedera de sus difuntos a su antiguo cementerio de la costa.


9 de enero de 1834.—Antes que obscureciera, ancló el Beagle en el magnífico y espacioso puerto de San Julián, situado a unas 110 millas al sur de Puerto Deseado. Aquí permanecimos ocho días. El territorio es casi igual al de Puerto Deseado, pero quizá algo más estéril. Cierto día un grupo acompañó al capitán Fitz Roy en un largo paseo alrededor del fondo del puerto. Once horas estuvimos sin probar agua, y algunos de la partida se sentían enteramente agotados. Desde la cima de la montaña (con gran oportunidad llamada desde entonces Thirsty Hill, la Montaña Sedienta) divisamos un magnífico lago, y dos del grupo se encaminaron a él, después de haber convenido algunas señales para indicar si era o no agua dulce. ¡Cuál no sería nuestro desencanto al saber que era una nívea extensión de sal cristalizada en grandes cubos! Atribuimos nuestra extrema sed a la sequedad de la atmósfera; ya avanzada la tarde, volvimos a los botes. Aunque no pudimos hallar en ninguna parte, durante toda nuestra visita, ni una sola gota de agua dulce, alguna debe de haber, pues, por una extraña casualidad, hallé en la superficie del agua salada, cerca del fondo de la bahía, un Colymbetes no enteramente muerto, que sin duda había vivido en algunas charcas más o menos próximas. Otros tres insectos (una Cicindela con trazas de hybrida, un Cymindis y un Harpalus, todos los cuales viven en llanos cenagosos invadidos de cuando en cuando por el mar), y uno más que encontré muerto en la llanura, completan la lista de los coleópteros. Abundaba mucho una mosca grande (Tabanus), que nos atormentaba con sus penosas picaduras. La mosca borriquera ordinaria, que tan molesta es en las sombrías veredas de Inglaterra, pertenece a este mismo género. Aquí tenemos el enigma que con tanta frecuencia se presenta en el caso de los mosquitos: ¿Con la sangre de qué animales se sustentan de ordinario estos insectos? El guanaco es casi el único cuadrúpedo de sangre caliente, y no abunda si se le compara con la muchedumbre de moscas.


La geología de Patagonia es interesante. A diferencia de lo que ocurre en Europa, donde las formaciones terciarias parecen haberse acumulado en las bahías, aquí, a lo largo de centenares de millas de costa, tenemos un gran depósito que contiene muchas conchas terciarias, todas al parecer extintas. La concha más común es una ostra maciza gigantesca, que a veces tiene tres decímetros de diámetro. Estos lechos están cubiertos por otros de una clase peculiar de piedra blanca, compuesta en gran parte de yeso y parecida a la cal, aunque en realidad su naturaleza es la de la piedra pómez. Es notabilísima por componerse, al menos en una décima parte de su volumen, de infusorios: el profesor Ehrenberg ha comprobado ya en ella la existencia de 30 formas oceánicas. La capa mencionada se extiende 500 millas a lo largo de la costa, y tal vez a distancia mucho mayor. ¡En Puerto San Julián su espesor pasa de 240 metros! Estos blancos estratos se presentan en todas partes cubiertos por una masa de cascajo, que forma probablemente uno de los mayores yacimientos de su clase en el mundo; con toda seguridad se extiende desde cerca del río Colorado hasta 600 ó 700 millas náuticas [20] al Sur; en el Santa Cruz (río que corre un poco al mediodía de San Julián) llega hasta el pie de la Cordillera; a medio camino río arriba su espesor excede de 60 metros: probablemente se extiende por todas partes hasta la gran cadena de donde proceden los cantos rodados de pórfido; podemos calcular que, por término medio, tiene una anchura de 200 millas y un espesor de 15 metros. Si esta gran capa de guijarros, sin incluir la parte terrosa procedente de su desgaste, se reuniera en un montón, formaría ¡una gran cadena de montañas! Cuando se considera que todos esos guijarros, tan incontables como los granos de arena del desierto, han procedido de la lenta disgregación de masas de roca en las antiguas líneas costeras y márgenes de los ríos, y que los primeros fragmentos grandes se han reducido a trozos más pequeños, que desde entonces han rodado poco a poco, redondeándose y transportándose a lejanas distancias, el ánimo se llena de asombro al pensar en el larguísimo y absolutamente necesario lapso de años. Y, no obstante, toda esa capa de grava ha sido transportada, y probablemente redondeada, después de haberse depositado los estratos blancos, y muy posteriormente a las capas infrayacentes, con conchas terciarias.

Todo en este continente meridional se ha efectuado en gran escala: el terreno desde el Plata hasta la Tierra del Fuego, en una distancia de 1.200 millas, se ha levantado en masa (y en Patagonia a la altura de 90 a 120 metros) dentro del período de las conchas marinas hoy existentes. Las antiguas y desgastadas, que han quedado en la superficie de la llanura levantada, conservan aún en parte sus colores. El movimiento de elevación ha sido interrumpido al menos por ocho largos períodos de reposo, durante los cuales el mar ha vuelto a invadir la tierra, penetrando hasta bien adentro y formando, a sucesivos niveles, las largas líneas de acantilados o escarpes que separan las diferentes llanuras al descender escalonadas una tras otra. El movimiento elevatorio y la labor de desgaste producida por el mar durante los períodos de descanso se han verificado con gran igualdad en largas líneas de la costa, pues, con no pequeño asombro, observé que las llanuras escalonadas se levantan a alturas casi iguales en puntos muy distantes. La llanura más baja tiene 27 metros de altitud sobre el nivel del mar, y la más alta a que subí cerca de la costa, 285 metros, y de éstas sólo quedan restos en forma de montes achatados, cubiertos de una capa de grava. Las llanuras superiores de Santa Cruz alcanzan una altura de 900 metros hasta llegar al pie de la Cordillera. He dicho que dentro del período de las conchas marinas actuales se ha levantado Patagonia de 90 a 120 metros, y puedo añadir que en el período en que los icebergs transportaron los cantos erráticos sobre las llanuras más altas de Santa Cruz la elevación ha sido al menos de 450 metros. Pero Patagonia ha sido afectada no solamente por movimientos de elevación. Las conchas extinguidas del terciario procedentes de Puerto de San Julián y de Santa Cruz no pueden haber vivido, según el profesor Forbes, a profundidades oceánicas superiores a las comprendidas entre 12 y 80 metros, y, sin embargo, ahora están cubiertas por estratos de depósitos marinos cuyo espesor varía entre 240 y 300 metros; de ahí que el lecho del mar en que esas conchas vivieron en otro tiempo debe de haberse hundido varios centenares de pies, para permitir la acumulación de los estratos suprayacentes. ¡Qué historia de cambios geológicos revela la costa de Patagonia, en medio de su sencilla estructura!

En Puerto San Julián [22], en un légamo rojo que cubre la grava de la llanura, de 27 metros de altitud, encontré medio esqueleto del Macrauchenia Patachonica, notable cuadrúpedo, tan grande como un camello. Pertenece a la misma división o grupo de los Paquidermos, junto con el rinoceronte, tapir y Palæotherium, pero en la estructura de los huesos de su largo cuello ofrece una evidente relación con el camello, o más bien con el guanaco y llama. Del hecho de haberse hallado conchas marinas recientes en dos de las más altas llanuras escalonadas, que deben de haberse modelado y levantado antes que se depositara el légamo en que quedó sepultado el Macrauchenia, se colige con certeza que este curioso cuadrúpedo vivió mucho tiempo después de haber estado poblado el mar por sus conchas actuales. En un principio no podía comprender cómo un cuadrúpedo tan corpulento había hallado manera de subsistir en la latitud 49° 15', en estas desoladas llanuras de grava, con su raquítica vegetación; pero la afinidad del Macrauchenia con el guanaco, que ahora habita en las regiones más estériles, explica en parte esa dificultad.

La relación, aunque lejana, entre el Macrauchenia y el guanaco, entre el Toxodon y el Capybara; el parentesco, más estrecho aún, entre muchos Desdentados extintos y los vivientes perezosos, hormigueros y armadillos, hoy tan eminentemente característicos de la zoología sudamericana, y las afinidades, mucho más acentuadas que las anteriores, entre las especies, fósiles y vivientes, del Ctenomys e Hydrochœrus, constituyen los hechos más interesantes. Todas esas relaciones se patentizan maravillosamente—tan maravillosamente como las que existen entre los marsupiales de Australia, fósiles y extintos—en la gran colección últimamente llevada a Europa, de las cuevas del Brasil, por los señores Lund [23] y Clausen. En dicha colección se cuentan especies extintas de todos los 32 géneros, excepto cuatro, de los cuadrúpedos terrestres que ahora habitan las comarcas donde se hallan las cuevas, y las especies extintas son mucho más numerosas que las vivientes de hoy; hay hormigueros, armadillos, tapires, pecaríes, guanacos, zarigüeyas, junto con numerosos roedores, monos y otros animales sudamericanos, todos fósiles. Esta admirable relación, en el mismo continente, entre las especies muertas y las vivas ha de arrojar de aquí en adelante—no lo dudo—más luz sobre el aspecto exterior de los seres orgánicos en nuestro planeta y sobre su desaparición que cualquiera otra clase de hechos.

Es imposible reflexionar sobre el cambio que se ha realizado en el continente americano sin sentir el más profundo asombro. En remotas épocas, América debe de haber sido un hervidero de grandes monstruos; ahora no hallamos mas que pigmeos, cuando se los compara con las razas afines que los han precedido. Si Buffón hubiera tenido noticia del perezoso gigante y de otros animales parecidos al armadillo, también de tamaño enorme, así como de los paquidermos desaparecidos, habría podido decir que las fuerzas creadoras de América han perdido su poder; afirmación más verosímil que la de que no lo tuvieron nunca sino en corto grado. El mayor número, si no todos, de estos cuadrúpedos extintos vivió en un período reciente y fueron contemporáneos de las más de las conchas marinas que hoy existen. Desde que ellos vivieron no se ha efectuado ningún gran cambio en la forma del país. ¿Cuál ha sido, pues, la causa que ha exterminado tantas especies y todos los géneros? El ánimo se siente arrastrado desde luego irresistiblemente a suponer algún gran cataclismo; mas para destruir así tantos animales, grandes y pequeños, en el sur de Patagonia, en el Brasil, en la Cordillera del Perú, en Norteamérica hasta el estrecho de Behring, sería menester sacudir el globo entero [24]. Fuera de eso, el examen de la geología de La Plata y Patagonia conduce a la creencia de que todos los rasgos del país provienen de cambios lentos y graduales. Juzgando por el carácter de los fósiles en Europa, Asia, Australia y las dos Américas del Norte y del Sur, parece que las condiciones favorables a la vida de los mayores cuadrúpedos coexistieron últimamente en todo el mundo. Qué condiciones fueron ésas, nadie ha podido ni siquiera conjeturarlas hasta ahora. Difícilmente cabe atribuirlo a un cambio de temperatura, que casi al mismo tiempo destruyera los habitantes de latitudes tropicales, templadas y árticas en ambos hemisferios. Por Mr. Lyell sabemos positivamente que en Norteamérica vivieron grandes cuadrúpedos con posterioridad al período en que los cantos erráticos fueron transportados a latitudes donde ahora no llegan nunca los icebergs; podemos tener por cierto, por razones concluyentes, aunque indirectas, que en el hemisferio meridional el Macrauchenia también vivió mucho después del período del transporte glaciar de cantos erráticos. ¿Es que el hombre, después de su incursión primera en Sudamérica destruyó, como se ha sugerido, el indómito y pesado Megatherium y los otros Desdentados? Al menos, debemos buscar otra causa por lo que se refiere a la destrucción del pequeño tucutuco en Bahía Blanca y de muchos ratones fósiles y otros pequeños cuadrúpedos en el Brasil. A nadie le pasará por las mientes que una sequía, aun suponiéndola mucho más terrible que las causantes de estos estragos en las provincias de La Plata, sea capaz de destruir todos los individuos de las diversas especies desde la Patagonia meridional hasta el estrecho de Behring. Y ¿qué diremos de la extinción del caballo? ¿Es que faltaron pastos en las llanuras, recorridas de entonces acá por millares y cientos de millares de caballos descendientes de los introducidos por los españoles? ¿Acaso las especies introducidas posteriormente consumirían los alimentos de las grandes razas anteriores? ¿Podemos creer que el Capybara se apropió la comida del Toxodon, el guanaco la del Macrauchenia, y los pequeños desdentados existentes la de sus numerosos prototipos gigantescos? Ciertamente, en la larga historia del mundo no hay un hecho tan sorprendente como el de los amplios y repetidos exterminios de sus habitantes.

Sin embargo, si consideramos el asunto desde otro punto de vista se nos presentará menos enigmático. Olvidamos a menudo la profunda ignorancia en que estamos acerca de las condiciones de existencia de cada animal, y dejamos de tener presente que ciertos obstáculos impiden constantemente la multiplicación demasiado rápida de todos los seres orgánicos que viven en estado de naturaleza, es decir, abandonados a sí propios. La cantidad de alimento, de ordinario, permanece constante; sin embargo, todos los animales propenden a aumentar en progresión geométrica; y los sorprendentes efectos de este hecho en ninguna parte se han manifestado de una manera más asombrosa que en el caso de los animales europeos abandonados al estado salvaje durante las últimas pocas centurias en América. Todo animal en estado de naturaleza procrea de una manera regular; pero en una especie establecida por largo tiempo todo gran crecimiento en número es evidentemente imposible, y debe ser reprimido por algunos medios. Sin embargo, rara vez podemos decir en qué período de vida o en qué período del año, o si solamente en largos intervalos, deja actuar el obstáculo que limita su multiplicación, y tampoco sabemos definir cuál sea la naturaleza precisa de este obstáculo. De aquí nace probablemente que apenas nos llame la atención el hecho de escasear una o dos especies muy afines por sus hábitos, mientras abundan otras en la misma comarca; y tampoco sabemos conceder bastante atención a la circunstancia de abundar una especie en una región, y otra, que ocupa el mismo lugar en la economía de la naturaleza, sea abundante en un distrito próximo que difiere muy poco en sus condiciones. Si se nos pregunta la causa de ello, respondemos inmediatamente que está determinada por alguna diferencia de matiz en el clima, alimentación o número de enemigos; y, no obstante, ¡cuán pocas veces estamos en condiciones de puntualizar la causa precisa y modo de actuar el obstáculo limitador del desarrollo! Por tanto, nos vemos forzados a concluir que ciertas causas, generalmente fuera de nuestro alcance, determinan si una especie dada deberá ser numerosa o rara.

En los casos en que podemos atribuir al hombre la extinción de una especie, ya en general, ya en una región limitada, sabemos que esa especie se hace cada vez más rara, hasta que al fin se pierde; sería difícil señalar una distinción [25] precisa entre una especie destruída por el hombre o por el aumento de sus enemigos naturales. La evidencia de que la escasez precede a la extinción se ve patentemente en los estratos terciarios sucesivos, según han hecho notar varios observadores; a menudo se ha hallado que una concha muy abundante en un estrato terciario es ahora rarísima, y aun se la ha creído extinta por largo tiempo. Si, pues, como parece probable, la especie se hace rara primero y luego desaparece; si el aumento demasiado rápido de todas las especies, aun las más favorecidas, se halla constantemente reprimido, como es forzoso admitir, aunque sea difícil decir cuándo y cómo, y si vemos sin la menor sorpresa, aun siendo incapaces de señalar la razón precisa, que una especie abunda y otra muy afín es rara en la misma comarca, ¿por qué hemos de asombrarnos de que la escasez, llevada a un grado mayor, conduzca a la extinción? Cualquier influencia que se ejerza constantemente a nuestro alrededor, y que a pesar de ello sea apenas perceptible, podría muy bien intensificar sus efectos sin provocar nuestra observación. ¿Quién había de sorprenderse al oír que el Megalonyx era antiguamente raro en comparación con el Megatherium, o que alguno de los monos fósiles era muy escaso en número respecto de los que ahora viven? Y, no obstante, con esa relativa escasez tendríamos una prueba clarísima de las condiciones menos favorables para su existencia. Admitir que las especies se hacen raras antes de extinguirse; no asombrarse de la relativa escasez de una especie, comparada con otra, y, con todo eso, recurrir a la acción de un agente extraordinario y maravillarse mucho de que una especie deje de existir, me parece exactamente igual a admitir que la enfermedad en el individuo es el preludio de la muerte, no admirarse de la enfermedad, y cuando el enfermo muere, mostrar extrañeza y creer que ha muerto violentamente.


  1. Mr. Waterhouse ha trazado una descripción minuciosa de esta cabeza, que espero publique en algún diario.
  2. Una estructura anormal bastante parecida, aunque no es hereditaria, se ha observado en la carpa y el cocodrilo del Ganges: Histoire des Anomalies, por M. Isid. Geoffroy St. Hilaire, tomo I, pág. 244.
  3. Al pie meridional del Himalaya corre toda una serie de colinas conocidas en parte como formaciones de Siwalik, constituídas por depósitos detríticos originados por la erosión torrencial de las corrientes de la cadena del Himalaya, Las capas inferiores de Siwalik pertenecen al neogeno medio, y las superiores al neogeno superior, acaso cuaternario. El Sivatherium gigantheum, parece exclusivamente acantonado en el nivel superior. Ambas formaciones son riquísimas en mamíferos fósiles (caballos, bisontes, camellos, toros, elefantes) que no existen en las formaciones europeas de esta misma época, de lo que parece lícito concluir que el elefante, el toro y el caballo aparecieron en la India antes que en Europa. El Dr. Falconer—que aquí cita Darwin—, Cantley y R. Lydekker han estudiado esta fauna, H. Falconer y P. T. Cantley, Fauna antigua sivalensis, being the fossil zoology of the Siwalik Hills, in the North of India, Londres, 1846-49. R. Lydekker, «Indian Tertiary and Post-tertiary Vertebrata», Palaeont Ind., tres tomos con láminas y figuras, en publicación.—Nota de la edic. española.
  4. M. A. d'Orbígny ha hecho una descripción muy semejante de estos perros; tomo I, pág. 175.
  5. Hago constar mi agradecimiento a Mr. Keane, en cuya casa me hospedé en el Berquelo, y a Mr. Lumb, de Buenos Aires, porque sin su ayuda dichos valiosos restos nunca hubieran llegado a Inglaterra.
  6. Lyell, Principies of Geology, vol. III, pág. 63.
  7. Las moscas que frecuentemente acompañan a los barcos por algunos días, mientras pasan de un puerto a otro, y andan vagando por el navío, se pierden pronto y desaparecen todas.
  8. Mr. Blackwall, en sus Researches in Zoology, expone varias excelentes observaciones sobre las costumbres de las arañas.
  9. Del tipo de los celentéreos, grupo ctenóforos, cuyo cuerpo es blando, muy delicado y transparente.—Nota de la edic. española.
  10. Véase nota de la pág. 29.
  11. Se concede hoy singular importancia entre los biólogos al estudio del plankton, con que se designa el conjunto de los organismos flotantes carentes de medios propios de locomoción. Constituye el alimento de una gran parte de los animales acuáticos, en especial de los peces. Lo forman seres principalmente de tamaño pequeño y organización elemental, como algas diatomáceas, protozoos, pequeños crustáceos (copépodos especialmente), formas larvales, huevos (de peces, crustáceos, equinodermos, briozoarios, etc.). Incapaces de trasladarse por sí mismos, su reparto está en relación con los movimientos, luz, temperatura y salinidad de las aguas del mar. Para las pescas ofrece gran importancia el estudio de su repartición en los mares.

    Los seres que se trasladan libremente en el mar constituyen el nekton, y los fijos al fondo, el benthos.—Nota de la edic. española.

  12. Hay en los mares cuatro especies de escómbridos semejantes, y que las gentes suelen confundir, a saben el atún (Thynnus vulgaris), el bonito (Th. pelamys), la toñina (Th. thunina) y la albacora (Th. alalonga).—Nota de la edic. española.
  13. Un extracto del mismo se da en el núm. IV del Magazine of Zoology and Botany.
  14. Véase capítulo XI.
  15. Hallé aquí una especie de cactus, descrita por el profesor Henslow con el nombre de Opuntia Darwinii (Magazine of Zoolog. and Botany, vol. I, pág. 466), que era notable por la irritabilidad de los estambres cuando introduje en la flor un palito o la punta del dedo. Los segmentos del periantio también se cierran sobre el pistilo, pero más lentamente que los estambres. Plantas de esta familia, generalmente consideradas como tropicales, se hallan en Norteamérica (Lewis and Clarke's Travels, pág. 221) a la misma latitud que aquí, esto es, a los 47°, en ambos casos.
  16. Véase J. H. Fabre, La vida de los insectos, págs. 258-295, editado por Calpe.
  17. Estos insectos no eran raros bajo las piedras. Hallé un escorpión caníbal, que estaba devorando tranquilamente a otro [16].
  18. Los camélidos están representados en América Meridional por especies sin joroba y algo menores que el camello y el dromedario. Las especies son la llama, guanaco o huanaco (Lama huanacus), la alpaca (L. pacos) y la vicuña (L. vicunna). Su lana es muy apreciada y la llama sirve a los peruanos de bestia de carga Nota de la edic. española.
  19. Shelley, versos al Monte Blanco.
  20. Distinguen los ingleses dos millas: la milla marina o náutica (nautical mile), de 1.855 metros, que es casi la longitud de un minuto de meridiano cerca del paralelo medio de las Islas Británicas, y la milla (mile o statute-mile) de 1.609,34 metros, empleada para distancias terrestres.—Nota de la edic. española.
  21. No lejos de las fuentes de este río, en Ultima Esperanza, ha hallado Erland Nordenskjöld, en la caverna de Eberhardt, pedazos de piel de un gran desdentado, al que sucesivamente se ha ido dando los nombres de Glossotherium, Neomylodon y Grypotheriumm Listai. Este animal, que ha hecho estallar toda una rica literatura, era contemporáneo del hombre, dudándose por unos si estuvo domesticado y afirmándose por otros que acaso viva todavía en Patagonia. Léase Erland Nordenskjöld, Mis exploraciones y aventuras en América, editada por Calpe, en la colección de Viajes modernos.—Nota de la edic. española.
  22. Últimamente he sabido que el capitán Sulivan, de la Real Marina inglesa, ha encontrado numerosos huesos fósiles, sepultados en estratos regulares, en las riberas del río Gallegos, a los 51° 4' de latitud. Algunos de esos huesos son grandes; otros, pequeños, y parecen haber pertenecido a un armadillo. Es éste un descubrimiento de los más interesantes [21].
  23. En la caverna de Lagoa Santa (Minas Geraes). Puede leerse el trabajo de Lund (P. W.) «Forstatte Bemaerkninger over Brasiliensudödde Dyrskabning». Kjöbenhaun Dansk. Vid. Selsk. Afh. IX, págs. 121-136, 1842.—Nota de la edic. española.
  24. La teoría de los cataclismos geológicos como explicación de la sucesión de las faunas fue inventada por Cuvier. El geólogo inglés Lyell, a quien Darwin dedicó esta obra, arruinó por completo la teoría de Cuvier tras la racional exposición de las causas actuales en sus Principies of Geology. Hoy—salvo los no enterados—nadie defiende en geología los cambios súbitos y catastróficos.—Nota de la edic. española.
  25. Véanse las excelentes observaciones de Mr. Lyell sobre este asunto, en sus Principles of Geology.