Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo/Capítulo XVIII

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CAPITULO XVIII

Tahiti y Nueva Zelandia.
Paso por el Archipiélago Low.—Tahiti.—Aspecto.—Vegetación en las montañas.—Vista de Eimeo.—Excursión al interior.—Profundos barrancos.—Sucesión de cascadas.—Multitud de plantas útiles silvestres.—Templanza de los habitantes.—Su estado moral.—Parlamento convenido.—Nueva Zelandia.—Bahía de las Islas Hippahs.—Excursión a Waimate.—Establecimiento de misiones.—Semillas inglesas naturalizadas.—Waiomio.—Funerales de una neozelandesa.—Partida para Australia.


20 de octubre.—Terminada la inspección del Archipiélago de los Galápagos zarpamos con rumbo a Tahiti, y emprendimos nuestra larga navegación de 3.200 millas. Al cabo de unos cuantos días salimos de la sombría y nebulosa región oceánica que durante el invierno se extiende a gran distancia de la costa de Sudamérica. Entonces disfrutamos de un tiempo claro y brillante, mientras avanzábamos a razón de 150 ó 160 millas por día, sintiendo el efecto constante del alisio. La temperatura en esta parte central del Pacífico es más alta que en las cercanías de la costa americana. El termómetro del camarote de popa osciló noche y día entre 26,6 a 28°,5, lo cual era deliciosísimo; pero con uno o dos grados más el calor se hacía opresivo. Pasamos a través del Archipiélago Low o Peligroso, y vi varios de esos curiosísimos anillos de coral que apenas sobresalen del agua y han recibido el nombre de Islas de Laguna. Una playa de brillante blancura aparece orlada por una faja de verde vegetación, y al contemplarla por ambos lados se la veía angostarse súbitamente a lo lejos y hundirse bajo el horizonte. Desde lo alto de la arboladura se divisaba una anchurosa extensión de agua tranquila dentro del anillo; estas islas bajas de coral, que tienen un espacio hueco en el centro, no guardan proporción con el vasto océano, de donde surgen abruptamente, y es asombroso que invasores tan débiles no sean arrollados por el irresistible e infatigable oleaje del inmenso mar impropiamente llamado Pacífico.


15 de noviembre.—Al amanecer se presentó a la vista Tahiti, isla que por siempre debe permanecer clásica para cuantos viajen por el mar del Sur [1]. Vista de lejos, su aspecto no era atrayente. La frondosa vegetación de las regiones inferiores permanecía aún oculta, y al paso que las nubes iban desapareciendo, se mostraban hacia la parte central de la isla los picos más agrestes y escarpados. No bien hubimos anclado en la Bahía Matavai cuando nos vimos rodeados de canoas. Aquel día era para nosotros domingo; pero para los tahitianos, lunes; si hubiera ocurrido lo contrario, no hubiéramos recibido ni una sola visita, porque se observaba rigurosamente el precepto de no botar al agua ninguna canoa en el día de la semana señalado para las prácticas religiosas y el descanso. Después de comer saltamos a tierra con ánimo de disfrutar de todas las delicias producidas por las primeras impresiones de un nuevo país, y si, además, este país es el encantador Tahiti. Una multitud de hombres, mujeres y niños se habían reunido en la memorable Punta de Venus [2], prestos a darnos la bienvenida con semblantes regocijados y sonrientes. Nos escoltaron mientras íbamos a casa de Mr. Wilson, misionero de aquella región, el cual salió a recibirnos, dispensándonos la acogida más afectuosa que podíamos desear.

Estuvimos sentados un breve rato en su casa, y luego salimos cada uno a dar una vuelta por donde quiso, pero regresamos por la tarde.

El terreno cultivable se reduce en casi toda la isla a una franja de suelo bajo de aluvión, acumulado alrededor de la base de las montañas y protegido de las olas del mar por un arrecife de coral que rodea toda la línea de la costa. Dentro del arrecife hay una extensión de agua tranquila como la de un lago, donde las canoas de los naturales se mueven sin el menor peligro y en la que anclan los barcos. La tierra baja que desciende hasta la playa, de arena coralina, se halla cubierta de hermosísimas producciones de las regiones intertropicales. En medio de los plátanos, naranjos, cocos y árboles del pan hay sitios limpios de árboles, en los que se cultivan boniatos, yames, caña de azúcar y piñas. Hasta el arbusto que forma el monte bajo es un frutal importado, el guava [3], cuya intemperante multiplicación le hace tan dañino como la cizaña. Ya había tenido ocasión de admirar muchas veces en el Brasil las variadas bellezas de los bananos, palmas y naranjos, con sus mutuos contrastes; pero aquí crece además el árbol del pan, notable por sus hojas grandes, lustrosas y profundamente digitadas. Sorprende contemplar espesuras formadas por un árbol que echa ramas tan vigorosas como una encina inglesa, cargado con grandes frutos alimenticios. Aunque rara vez la utilidad de un objeto puede explicar el placer de contemplarlo, sin embargo, en el caso de estos hermosos bosques el conocimiento de los beneficios que producen entra indudablemente por mucho en el sentimiento de admiración. Los estrechos senderos que culebrean por ellos, protegidos por el fresco ramaje del arbolado, conducen a las dispersas viviendas, cuyos dueños nos recibieron en todas partes con alegre satisfacción.

Nada me causó tan grata impresión como el carácter de los habitantes [4]. Hay en la expresión de su continente una suavidad que disipa al momento la idea de estar tratando con salvajes, y una inteligencia que demuestra los adelantos que han hecho en la civilización. La gente ordinaria, cuando trabaja, se desnuda enteramente de la cintura para arriba, y entonces es cuando mejor pueden apreciarse las condiciones físicas de los tahitianos. Son altos, de anchos hombros, atléticos y bien proporcionados. Alguien ha hecho la observación de que entre los atezados colores de los salvajes ninguno impresiona al europeo más favorablemente que el de estos isleños. Un blanco bañándose junto a un tahitiano parecería una planta blanqueada artificialmente por los cuidados de un hábil jardinero, comparada con otra de obscuro verdor que se hubiera criado lozana en plena campiña. La mayoría de los hombres están tatuados, y las figuras siguen la curvatura del cuerpo con tanta gracia, que causan un efecto verdaderamente elegante. Uno de los dibujos más comunes, y que varía en los pormenores, recuerda el penacho de una palmera. Principia en la línea media de la espalda y se ramifica en curiosas curvas por ambos lados. Valiéndome de un símil algo fantástico, diré que el cuerpo de un hombre así ornamentado semeja el tronco de un hermoso árbol abrazado por una delicada planta trepadora.

Muchas personas de edad tienen los pies cubiertos de pequeñas figuras, cuyo conjunto presenta la forma de un calcetín. Sin embargo, esta moda ha pasado en parte, siendo sucedida por otras. Aquí, aunque los estilos disten mucho de ser inmutables, cada uno debe conservar el que prevalecía en su juventud. De modo que un viejo lleva siempre estampada en la piel su edad y no puede darse aires de lechuguino. Las mujeres se tatúan de igual modo que los hombres, y muy comúnmente en los dedos. Al presente está generalizada una moda extraña: la de afeitarse la cabeza en forma circular, dejando sólo un anillo. Los misioneros han intentado disuadir a la gente del país de continuar con esa práctica, pero contestan que es la moda, cuyo imperio se ejerce en Tahiti tan terminantemente como en París. La vista de las mujeres me causó una desilusión: son, por todos conceptos, muy inferiores a los hombres. La costumbre de usar una flor blanca o escarlata en el cogote, o a través de un pequeño agujero en cada oreja, es preciosa. Además, suelen ceñirse la cabeza con una corona tejida de hojas de coco, que es también pantalla para los ojos. A mi juicio, necesitan cubrirse con un traje mucho más que los hombres.

Casi todos los naturales entienden algo de inglés; de modo que conocen los nombres de los objetos ordinarios, y mediante estas palabras, ayudadas de gestos, pueden sostener una conversación imperfecta. Al regresar por la tarde, en bote, nos detuvimos para presenciar una escena muy pintoresca. Una multitud de niños estaba jugando en la playa a la luz de numerosas hogueras, que iluminaban el mar tranquilo y el arbolado próximo, mientras otros, en rueda, cantaban canciones tahitianas. Nos sentamos en la arena, incorporándonos a los grupos. La letra de sus cánticos era improvisada, y, según creo, se refería a nuestro arribo; una chicuela entonó un verso, que los demás siguieron en parte, formando un bonito coro. El conjunto de la escena nos daba la impresión inequívoca de estar sentados en las playas de una isla perdida en la inmensidad del famoso Mar del Sur.


17 de noviembre.—Este día está registrado en el cuaderno de bitácora como miércoles 17, en lugar de martes 16, a causa de haber navegado siguiendo el movimiento aparente del Sol. Antes del almuerzo el barco apareció rodeado de una flotilla de canoas, y en cuanto se dió permiso a los naturales para subir a bordo, se reunieron sobre cubierta lo menos unos 200. Todos los del Beagle convinimos en que hubiera sido difícil que tantos visitantes de cualquier otra procedencia hubieran causado menos molestias. Cada uno de ellos traía algo que vender; pero el principal artículo le constituían las conchas. Los tahitianos conocían ahora perfectamente el valor de la moneda, y la preferían a telas viejas y otros artículos. Sin embargo, las diversas piezas de dinero inglés y español los desconcertaban, y no parecían tranquilos con las monedas pequeñas de plata hasta que las cambiaban por dólares. Algunos jefes habían acumulado importantes sumas de dinero. Uno de ellos ofreció en cierta ocasión 800 dólares, o sea unas 160 libras esterlinas, por una pequeña embarcación, y con frecuencia compraban botes balleneros y caballos a razón de 50 a 100 dólares.

Después de almorzar salté a tierra, y subí por la pendiente más próxima, hasta la altura de 600 a 900 metros. Las montañas de la zona exterior eran lisas y cónicas, pero escarpadas, y las antiguas rocas volcánicas que las forman están cortadas por numerosos barrancos profundos, que divergen desde las quebradas regiones centrales de la isla hasta la costa. Habiendo cruzado el estrecho y bajo cinturón de fértil tierra habitada, seguí una lisa y escarpada cresta entre dos de los profundos barrancos. La vegetación era singular, y se componía casi exclusivamente de pequeños helechos enanos, mezclados en las partes superiores con hierbajos; parecíase bastante a la de algunas montañas de Gales, y esto, a tan corta distancia de los huertos de plantas tropicales en la costa, era en extremo sorprendente. En el punto más alto a que llegué reapareció el arbolado. De las tres zonas de relativa frondosidad, la inferior debe la humedad que la fecunda a la circunstancia de su escaso declive y altura; porque, levantándose apenas sobre el nivel del mar, el agua de las regiones superiores pasa por ella muy despacio. La zona intermedia no llega, como la superior, a la atmósfera húmeda y nebulosa, y, por tanto, permanece estéril. Los bosques de esta región superior son de vistosísimo aspecto, estando en ellos los cocoteros de la costa reemplazados por helechos arbóreos. Sin embargo, no debe suponerse que igualen en magnificencia a las selvas del Brasil. No cabe esperar que una isla contenga el inmenso número de producciones que caracteriza a un continente.

Desde el pico más alto a que subí se gozaba una vista excelente de la lejana isla de Eimeo, sujeta a la soberanía de Tahiti. Sobre las encumbradas y agrestes cimas se acumulaban blancos nubarrones, que formaban una isla en el cielo azul, como la formaba Eimeo en el azul océano. La isla, exceptuando una pequeña entrada, está completamente rodeada de un arrecife. A la distancia en que me hallaba sólo era visible una línea blanca y brillante, bien definida, señalando el lugar donde las olas se encontraban por vez primera con el muro de coral. Las montañas se alzan abruptamente sobre la cristalina extensión de la laguna encerrada dentro de la línea blanca que separaba las aguas interiores de las exteriores y más obscuras del océano. El conjunto era sorprendente y podía muy bien compararse a un cuadro de forma oval, en el que los rompientes representaban el marco; la laguna lisa, el papel del margen, y la isla misma, el grabado o pintura. Cuando por la tarde bajé de la montaña, me salió al encuentro un hombre a quien yo había regalado un objeto de escaso valor, y me trajo bananas asadas, todavía calientes, una piña y cocos. Después de haber caminado bajo un sol abrasador, no conozco nada más delicioso que la leche de un coco tierno. Las piñas abundan aquí de tal modo, que la gente las come tirando una parte de ellas, como se hace con los nabos en Inglaterra. Son de un sabor exquisito, tal vez mejor que las cultivadas en Europa, y esto, a lo que creo, es el mejor elogio que puede hacerse de cualquier fruta. Antes de volver a bordo, el misionero hizo saber al tahitiano portador de los anteriores obsequios que le necesitaba yo, junto con otro compañero, para guiarme en una breve excursión al interior de las montañas.


18 de noviembre.—Por la mañana temprano volví a tierra, llevando provisiones en un morral y dos mantas, una para mí y otra para mi criado. Las sujetaron a las extremidades de un palo largo, que alternativamente llevaban al hombro mis compañeros. Estos hombres están acostumbrados a llevar así hasta 50 libras en cada punta de un palo, durante un día entero. Dije a mis compañeros que se proyeyeran de comida y ropas; pero me replicaron que en las montañas había de sobra que comer, y que en cuanto a vestidos, les bastaba la piel. Emprendimos la marcha por el valle de Tia-auru, regado por un río que desagua en el mar junto a Punta Venus. Es una de las principales corrientes de la isla, y tiene su nacimiento al pie de las cimas centrales más elevadas, que suben a la altura de unos 2.100 metros. La isla toda están montañosa, que no se puede penetrar en el interior sino remontando los valles. En un principio, nuestra ruta pasó por bosques que crecían en las dos riberas del río, y los altos picos centrales que mostraban a intervalos, como a lo largo de una avenida, con tal cual cocotero ondeando al viento su elegante penacho de hojas, ofrecían una vista en extremo pintoresca. El valle empezó en breve a estrecharse, y los lados a hacerse más altos y escarpados. Después de haber andado unas tres o cuatro horas, hallamos que la anchura de la barranca apenas excedía la del cauce de una corriente. Ahora los muros laterales caían casi a pico, pero, a causa de la blandura de los estratos volcánicos, en todos los bordes salientes crecían árboles y otras plantas frondosas. Estos precipicios debían tener unos 1.000 pies de altura, y el conjunto formaba una garganta o cañón, superior en magnificencia a todo lo que hasta entonces había contemplado. Mientras el Sol permaneció sobre el barranco, hiriéndole verticalmente con sus rayos, el aire se conservó fresco y húmedo, pero después se hizo pesado y sofocante. Comimos a la sombra de un saledizo de roca, debajo de una fachada de lava columnaria. Mis guías se habían procurado ya un plato de pececillos y camarones de agua dulce. Tenían una pequeña red sujeta a un aro, y en los sitios donde el agua era profunda y remansada, como nutrias, con los ojos abiertos, seguían a los peces a los agujeros y rincones y allí los cazaban.

Los tahitianos tienen la destreza de los animales anfibios para moverse en el agua. Una anécdota referida por Ellis demuestra lo familiarizados que están con dicho elemento. Con ocasión de estar desembarcando un caballo, en 1817, para la reina Pomarre, se rompieron las eslingas y el animal cayó al agua; inmediatamente los naturales se arrojaron a ella por la borda, y con sus gritos y vanos esfuerzos de ayuda estuvieron a punto de ahogarle. Pero en cuanto salió a la playa, todos los tahitanos allí presentes huyeron a esconderse para que no los viera el cerdo comehombres, como llamaron al caballo.

Un poco más arriba el río se divide en tres pequeñas corrientes. Las dos del Norte eran impracticables, efecto de una serie de cascadas que bajaban de las cimas de las montañas más altas, y la tercera, según todas las apariencias, era también inaccesible; pero conseguimos seguir su curso ascendente por un camino realmente extraordinario. Las laderas del valle eran aquí casi verticales; pero, como sucede frecuentemente con las rocas estratificadas, proyectaban pequeños saledizos, que estaban cubiertos de espesos bananeros silvestres, plantas liliáceas y otras exuberantes producciones de los trópicos. Los tahitianos, encaramándose a estos bordes salientes para buscar comida, habían descubierto una vereda por la que podía escalarse el precipicio entero. El primer ascenso desde el valle era muy peligroso, porque se necesitaba pasar una pendiente casi vertical de roca desnuda, con ayuda de las maromas que llevábamos al efecto. De qué modo pudo descubrirse que este formidable sitio era el único punto en que era practicable la ladera de la montaña, no lo puedo concebir. Después avanzamos con cautela a lo largo de uno de los saledizos, hasta llegar a una de las tres corrientes. Este rellano formaba una plataforma, sobre la que vertía sus aguas una hermosa cascada de algunos centenares de pies de alta, y debajo otra cascada, de gran desnivel, caía en la corriente principal de la parte baja del valle.

Desde este fresco y sombrío rincón dimos un rodeo para evitar la cascada que teníamos encima. Como anteriormente, volvimos a seguir los saledizos, quedando oculto en parte el peligro por la espesura de la vegetación. Al querer pasar de uno de dichos bordes salientes a otro, nos encontramos con un muro vertical de roca. Uno de los tahitianos, que poseía gran destreza y agilidad, apoyó contra el paredón el tronco de un árbol, se encaramó por él, y luego, aprovechándose de las grietas, llegó a la cima. Ató las cuerdas a un pico que salía de la roca y nos las alargó para halar el perro y el equipaje, subiendo después nosotros. Debajo del borde en que descansaba el tronco, el precipicio debía tener 500 ó 600 pies de profundidad, y si el abismo no hubiera quedado oculto en parte por los helechos y liliáceas colgantes, habría sentido vértigo y nada me hubiera movido a intentar la subida. Seguimos ascendiendo, a veces a lo largo de saledizos y a veces a lo largo de angostas crestas, que dejaban ver por ambos lados profundos barrancos. En la Cordillera he visto montañas de proporciones mucho mayores, pero no hay nada comparable a lo quebrado y agreste de las tahitianas. Por la tarde llegamos a una pequeña llanura en las márgenes de la corriente que habíamos venido siguiendo, y que baja en una cadena de cascadas; aquí vivaqueamos por la noche. En cada lado de la barranca había grandes grupos de bananos de montaña, cubiertos de un maduro fruto. Muchas de estas plantas tenían de 20 a 25 pies de altas y de tres a cuatro de circunferencia. Con ayuda de tiras de corteza en lugar de cuerdas, cañas de bambú por maderos, y anchas hojas de bananero por techo, los tahitianos construyeron en pocos minutos una excelente casa, y con hojas secas prepararon una excelente cama.

Luego procedieron a hacer fuego y cocinar la cena. Para lo primero, frotaron un palo aguzado de madera en una muesca hecha en otro, como si trataran de ahondarla, hasta que con el roce se encendió un poco de serrín. La madera que usan es muy blanca y ligera (el Hibiscus Tiliaceus); de ella son los palos largos en que llevan las cargas y las flotantes escoras de sus canoas. Obtúvose el fuego en unos cuantos segundos; mas cualquiera que no esté práctico en el arte necesitará hacer los mayores esfuerzos, como tuve ocasión de comprobar, aunque al fin, con no pequeña satisfacción de mi amor propio, logré poner el serrín en ignición. El gaucho usa en las pampas un método distinto: tomando un palo flexible de medio metro de largo, sujeta uno de sus extremos contra el pecho e introduce el otro, que está aguzado, en el agujero de una pieza de madera, y después da vueltas rápidamente a la parte encorvada, como hace un carpintero con un berbiquí; luego que los tahitianos hubieron hecho una hoguera con palos y troncos, colocaron en ella una porción de piedras del tamaño de bolas de cricket. A los diez minutos el combustible se había consumido y las piedras estaban calientes. Antes de esto habían envuelto en paquetitos de hojas trozos de carne, pesca y bananas maduras y sin madurar, junto con varias extremidades del yaro silvestre. Pusieron los paquetitos verdes entre dos capas de las piedras calientes, que yacían aún sobre el rescoldo, y lo cubrieron todo con tierra, para que no pudieran escapar ni los vapores ni el humo. En un cuarto de hora, poco más o menos, todo quedó deliciosamente asado. Luego tendieron los tiernos paquetitos sobre un mantel de hojas de banano, y en un casco de coco trajeron agua fresca de la vecina corriente. Con tales preparativos quedó terminado el rústico servicio de la comida, la cual saboreamos con excelente apetito.

No pude contemplar sin admiración las plantas de las inmediaciones. A un lado y otro crecían bosques de bananeros, cuyo fruto, no obstante su utilidad como alimento, yacía pudriéndose en montones. Frente a nosotros había una extensa espesura de caña de azúcar silvestre, y la corriente se deslizaba a la sombra de los verdes y nudosos tallos del ava [5], tan famosa en otros tiempos por su poderosa virtud intoxicante. Mastiqué un trozo de esta planta, y hallé que tenía un sabor acre y desagradable, propio para hacerla creer venenosa. Gracias a los misioneros, sólo se la encuentra ahora en estos profundos barrancos, donde no puede perjudicar a nadie. Junto a ella vi el yaro silvestre [6], cuyas raíces, bien asadas, son comestibles, y las hojas tiernas mejores que las espinacas. Había además un yame silvestre y una planta liliácea llamada ti [7], que se da en abundancia y tiene una blanda raíz de color moreno, que por su forma y tamaño parece un enorme tronco de madera; la tomamos de postre, pues se prestaba a ello por su sabor dulce y agradable. También descubrí varios otros frutos silvestres y hortalizas útiles. El riachuelo que nos proveyó de agua fresca producía anguilas y cangrejos de río. El paisaje que tenía ante mis ojos me llenó de admiración al compararlo con los terrenos incultos de las zonas templadas. Aquí se me presentó en toda su evidencia la observación de que el hombre, al menos el hombre salvaje, con sus facultades intelectuales sólo en parte desenvueltas, es el niño de los trópicos.

Mientras se acercaba la noche, discurrí bajo la tétrica sombra de los bananeros, corriente arriba. Pronto hallé cerrado el paso por una cascada de 200 a 300 pies de alta, encima de la cual había otra. Cito estos desniveles tan repetidos del cauce de una corriente insignificante para dar una idea general de la inclinación del país. En el sitio abrigado donde cae el agua no parece que haya soplado jamás una ráfaga de viento. Conservábanse intactos los bordes finos de las grandes hojas de los bananeros, cubiertas de agua y espuma, en lugar de aparecer desgarradas en miles de tiras, como generalmente ocurre. Desde la posición que ocupábamos, casi suspendidos sobre el lado vertical de la montaña, alcanzamos a ver en parte los profundos abismos de los valles próximos; pero las elevadas cimas de las montañas centrales, irguiéndose a seis grados del cénit, medio ocultaban el cielo del crepúsculo. Sentados en aquel lugar, observamos el sublime espectáculo que ofrecían las sombras de la noche al envolver gradualmente las últimas y más elevadas cimas.

Antes de echarnos a dormir, el tahitiano más viejo se puso de rodillas, y con los ojos cerrados recitó una larga oración en su lengua. Oró como un cristiano debe hacerlo: con reverente compostura, sin temor al ridículo ni vana ostentación de piedad. En todas nuestras refacciones no se probaba bocado sin haber rezado primero una oración de gracias. Me hubiera gustado tener en nuestra compañía a los viajeros que dudan de la fe sincera de estos salvajes y creen que sólo rezan cuando los está mirando el misionero. Antes de amanecer llovió copiosamente, pero la techumbre de hojas de banano evitó que nos tocara el agua.


19 de noviembre.—En cuanto apuntó el alba, mis amigos, después de rezar sus preces matinales, prepararon un excelente almuerzo, procediendo de igual modo que en la tarde anterior. Y por cierto que participaron de él con largueza; nunca he visto a nadie comer tanto. Supongo que esa enorme capacidad de sus estómagos proviene de alimentarse durante largos períodos sólo con frutas y hortalizas, que en igualdad de volumen contienen menor cantidad de substancias nutritivas. Sin saberlo fui causa de que mis compañeros quebrantaran una de sus observancias y propósitos, según averigüé más tarde. Había llevado conmigo una botella de licor, y cuando les brindé con ello no supieron rehusar mi invitación; pero siempre que bebían un poco ponían su dedo en la boca y musitaban la palabra «misionero». Hace unos dos años, aunque estaba prohibido el uso del ava, el vicio de la embriaguez empezó a prevalecer, a causa de la introducción de bebidas espirituosas. Los misioneros lograron persuadir a unos cuantos naturales influyentes de la ruina inevitable que amenazaba a la población entera de la isla si no se ponía coto al mal organizando una Asociación de Templanza. Ora obedeciendo a su buen sentido, ora por vergüenza, todos los caciques, y la misma reina de Tahiti, entraron en la asociación mencionada. Inmediatamente se dictó una ley prohibiendo la introducción de licores y castigando con una multa tanto al comprador como al vendedor de los mismos. Sin embargo, para no perjudicar a los que tenían grandes existencias, se concedió una tregua antes de empezar a regir la mencionada ley. Pero cumplido el término señalado se efectuó un registro general, sin excluir las casas de los misioneros, y toda el ava (como llaman los tahitianos a las bebidas alcohólicas) se vertió en tierra. Cuando se reflexiona sobre los efectos de la intemperancia en los aborígenes de las dos Américas, fuerza es convenir en que los misioneros de Tahiti se han hecho acreedores a la gratitud de todos cuantos se interesen por el bienestar y progreso del país. Mientras la pequeña isla de Santa Elena permaneció bajo la autoridad de la Compañía de las Indias Orientales, se prohibió la importación de las bebidas alcohólicas propiamente dichas, excluyendo el vino que se recibía del Cabo de Buena Esperanza, en atención a los daños que ocasionaban. No deja de causar extrañeza, y aun desagrado, que en el mismo año que se permitía la venta de licores en Santa Elena quedara prohibida en Tahiti por la libre voluntad del pueblo.

Después de almorzar proseguimos nuestro camino. Como mi objeto era meramente ver un poco del paisaje interior, regresamos por otra ruta, que descendía hasta el fondo del valle principal. Durante cierto trecho tuvimos que rodear por un intrincadísimo sendero, a lo largo de la ladera de la montaña que formaba el valle. En los sitios menos pendientes pasamos por grandes espesuras de bananos silvestres. Los tahitianos, con sus cuerpos desnudos y tatuados, las cabezas adornadas de flores y vistos en la umbría de estos bosques, hubieran formado un cuadro excelente representando a los habitantes de algún país primitivo. En nuestro descenso seguimos la línea de la cresta, que era excesivamente estrecha y en trayectos considerables tajada casi a pico, pero toda cubierta con vegetación. El extremo cuidado con que había que fijar el pie hacía sumamente fatigosa la caminata. No cesé de admirar estos barrancos y precipicios, sobre todo cuando, al tender la vista por el país desde alguna estrecha y elevada lomera, el punto de apoyo era tan reducido que me parecía estar colgado de un globo. En este descenso sólo una vez tuvimos que valernos de cuerdas, en el punto por donde entramos en el valle principal. Dormimos bajo el mismo saliente de roca que nos había servido de techo el día antes; la noche era hermosa, pero profundamente obscura, a causa de la profundidad y angostura de la garganta en que estábamos.

Antes de ver con mis ojos el país me parecía difícil comprender dos hechos mencionados por Ellis, a saber: que después de las sangrientas batallas de los antiguos tiempos, los supervivientes del bando vencido se retiraran al interior de las montañas, donde un puñado de hombres podía resistir a una numerosa multitud. Ciertamente, media docena de combatientes, en algunos sitios retirados de Tahiti, hubieran podido fácilmente rechazar la embestida de millares. El segundo hecho es que después de haberse predicado el cristianismo había en esta isla salvajes ocultos en las montañas, cuyos escondrijos eran desconocidos de los habitantes más civilizados.


20 de noviembre.—Por la mañana partimos temprano, y alcanzamos Matavai al mediodía. En el camino encontramos a un gran grupo de hombres atléticos, que iban a recoger bananas silvestres. Allí supe que el barco, por causa de la dificultad de hacer aguada, se había trasladado al puerto de Papawa, adonde me encaminé inmediatamente. Es éste un sitio delicioso. El abra está rodeada de arrecifes, y el agua es tan tranquila como la de un lago. El terreno cultivado, con sus bellas producciones y sus casas rústicas esparcidas aquí y allá, desciende hasta el borde del agua.

Por los diversos relatos que había leído antes de arribar a estas islas, sentía vivos deseos de formar juicio personal y directo sobre su estado moral, aunque tal juicio hubiera de resultar forzosamente incompleto. En todos los casos, las primeras impresiones dependen mucho de las ideas previamente adquiridas. Había tomado esas ideas de las Polynesian Researches, de Ellis, trabajo admirable e interesantísimo, pero de criterio demasiado benévolo y optimista; otras dos obras consultadas fueron el Viaje de Beechey y el de Kotzebue, que impugna vigorosamente todo el sistema de las misiones. El que coteje estos tres relatos formará, a mi juicio, un concepto bastante exacto del estado presente de Tahiti. Una de las impresiones que saqué de las dos últimas autoridades era, a no dudarlo, inexacta, a saber: que los tahitianos se habían vuelto una raza sombría y vivían en el temor al misionero. De tal sentimiento no vi el menor rastro, a no ser que con la palabra miedo se signifique respeto. En lugar de dominar el descontento o la tristeza, sería difícil hallar en Europa multitudes de aspecto tan alegre y regocijado. Se condena como equivocada y estúpida la prohibición de la flauta y el baile, de acuerdo con el juicio formado sobre el modo de observarse el descanso semanal entre los presbiterianos. Sobre estos puntos no pretendo presentar mi dictamen contra el de hombres que han residido en nuestras islas tantos años como días estuve yo.

En general, me parece que la moralidad y religión de los habitantes merecen elogios. Hay muchos que combaten con más acrimonia que Kotzebue tanto a los misioneros como a su sistema y los efectos que produce. Los que así piensan nunca comparan el estado presente de la isla con el de hace veinte años, ni siquiera con el de Europa en el día de hoy; antes parecen tomar por tipo el elevado modelo de la perfección evangélica. Esperan que los misioneros consigan lo que los mismos apóstoles no consiguieron. Recrimínase a los misioneros por lo que el pueblo dista de la mencionada perfección, en lugar de aplaudirles por lo mucho que han logrado. Olvidan, o no quieren recordar, que los sacrificios humanos, el poder ilimitado de un sacerdote idólatra, la corrupción de costumbres en un grado sin semejante en el resto del mundo, el infanticidio como consecuencia de tal sistema, guerras sangrientas en que no se perdonaba la edad ni el sexo, son otros tantos males que han quedado abolidos, y que la deshonestidad, la intemperancia y la licencia han disminuido mucho con la introducción del cristianismo. Hacer caso omiso de todo esto arguye baja ingratitud en el viajero; porque si, por desgracia, le ocurriera estar a punto de naufragar en alguna costa desconocida, sin duda haría votos por que se hubieran extendido hasta ella las predicaciones del misionero.

En punto a moralidad, se ha dicho muchas veces que es preciso calificar de muy deficiente la virtud de las mujeres. Pero antes de censurarlas con demasiada severidad convendrá traer a la memoria las escenas descritas por el capitán Cook y Mr. Banks, en que intervenían las abuelas y las madres de la generación actual [8]. Los más severos en sus juicios deberían considerar lo mucho que influyen en la moralidad de las mujeres europeas las ideas y prácticas de la educación maternal, y, sobre todo, en cada caso particular, los preceptos de la religión. Pero es inútil argüir contra tales razonadores; paréceme que, disgustados de no hallar el desenfreno y licencia de otros tiempos, se obstinan en no dar crédito a una moralidad que quisieran ver destruída, y a una religión que miran con desdén, si es que no la desprecian positivamente.


Domingo 22 de noviembre.—El puerto de Papiete, donde reside la reina, puede considerarse como capital de la isla; es también sede del gobierno, y es el más frecuentado de los barcos. El capitán Fitz Roy desembarcó, en compañía de varios oficiales, para asistir a los oficios religiosos de la capilla, primero en idioma tahitiano y luego en inglés. Ofició Mr. Pritchard, primer misionero de la isla. El edificio era una amplia y aérea construcción de madera, que estaba repleta de gente limpia y aseada, de todas las edades y de ambos sexos. Sufrí un desencanto en lo relativo a la atención y compostura; pero creo que esperaba demasiado. Con todo, el efecto del conjunto era exactamente igual al de las iglesias rurales de Inglaterra. El canto de los himnos resultó, sin disputa, agradable; pero el sermón del misionero, aunque pronunciado sin tropiezos, sonaba desagradablemente; la repetición constante de palabras como tata, ta, mata mai le hacía monótono. Después de terminado el servicio religioso en inglés, unos cuantos marineros regresaron a pie a Matavai. Era un paseo agradable, que a trechos corría a lo largo de la playa y a trechos a la sombra de un hermoso arbolado.

Hace cosa de dos años, un pequeño barco bajo pabellón inglés fué robado por algunos naturales de las islas Low, que entonces se hallaban sujetas a la reina de Tahiti. Se creyó que los perpetradores obedecieron a instigaciones de ciertas leyes indiscretas promulgadas por Su Majestad. El Gobierno inglés pidió una indemnización, que fué reconocida como justa, conviniéndose en que el Gobierno de Tahiti pagaría una suma aproximada a 3.000 dólares el día 1 del pasado septiembre. El comodoro que estaba en Lima ordenó al capitán Fitz Roy averiguar lo que hubiera sobre esa deuda y pedir satisfacción en el caso de no haber sido satisfecha. A consecuencia de ello, el capitán pidió una entrevista con la reina Pomarre, ya famosa por el mal trato recibido de los franceses, y hubo de reunirse un Parlamento para examinar el asunto, asistiendo los jefes principales y la reina. Después de haber sido descrita esta entrevista con todo género de interesantes pormenores por el capitán Fitz Roy, no intentaré repetirlos aquí. Resultó que no se había pagado la indemnización; las razones alegadas eran tal vez de dudoso valor; pero, por otra parte, no hallo palabras para expresar la admiración que nos causaron el buen sentido, las racionales observaciones, la moderación, la ingenuidad y la pronta resolución demostradas por ambas partes. Creo que todos salimos de la reunión con un concepto de los tahitianos muy distinto del que teníamos al entrar. Los jefes y el pueblo decidieron ayudar con una suscripción y completar la suma que se necesitaba. El capitán Fitz Roy manifestó que lamentaba ver el sacrificio impuesto a la propiedad particular por el delito de unos isleños distantes. Pero los jefes replicaron que agradecían aquella consideración y que, siendo Pomarre su reina, estaban resueltos a prestarle ayuda en aquel apuro. Este acuerdo y su pronto cumplimiento, pues la suscripción se inició a la mañana siguiente muy temprano, puso término a esta notabilísima escena de lealtad y honrados sentimientos.

Terminada la discusión, varios jefes aprovecharon aquella coyuntura para hacer al capitán Fitz Roy muchas y atinadas preguntas, relativas al trato de los barcos y extranjeros, según las costumbres y leyes internacionales. Sobre ciertos puntos, no bien se tomó la decisión, dictóse la ley en el acto. Este Parlamento tahitiano duró varias horas, y cuando se terminó, el capitán Fitz Roy invitó a la reina Pomarre a visitar el Beagle.


25 de noviembre.—Por la tarde se enviaron cuatro botes en busca de Su Majestad: el barco se engalanó con banderas y la marinería subió a las vergas al llegar la reina a bordo. Venía acompañada de la mayor parte de los jefes. Todos se portaron con extremada corrección; a cada instante pedían permiso para examinar cualquier objeto de cubierta, y parecían complacidísimos con los regalos del capitán Fitz Roy. La reina es una mujerota desgarbada, sin belleza, gracia ni dignidad. El único atributo real que la distingue es una perfecta impasibilidad en todas las circunstancias, y ésta acompañada de una expresión huraña. Los cohetes voladores fueron muy admirados por la multitud, que prorrumpía en prolongados «¡Oh!», que se oían desde la orilla, todo en torno de la negra bahía. También causaron admiración los cantos de los marinos, y la reina dijo que uno de los más entusiastas ¡no podía ser un himno! La regia comitiva no regresó a tierra hasta pasada la media noche.


26 de noviembre.—Por la tarde, con una suave brisa de tierra, zarpamos con rumbo a Nueva Zelandia, y a la luz del Sol poniente echamos una ojeada de despedida a las montañas de Tahiti, isla que ha recibido el tributo de admiración de todos los viajeros.


19 de diciembre.—Por la tarde vimos a lo lejos Nueva Zelandia. Ahora podíamos imaginar que casi habíamos cruzado el Pacífico. Preciso es navegar por este gran océano para comprender su inmensidad. Avanzamos durante semanas enteras sin ver otra cosa que el mismo azul y profundo océano. Aun en los archipiélagos, las islas no son mas que meras manchas, a gran distancia unas de otras. Acostumbrados a mirar su extensión en mapas dibujados en pequeña escala, donde se agrupan puntos, sombras y nombres, no formamos juicio exacto de cuán infinitamente exigua es la proporción de tierra emersa en el agua de esta vasta extensión. Habíamos pasado el meridiano de los antípodas, y ahora cada legua nos traía a la memoria el grato recuerdo de la patria, a que empezábamos a acercarnos. Estos antípodas suscitan en la imaginación las dudas y asombro de los días de la niñez. El otro día no más, tendía yo la vista adelante hacia esa barrera imaginaria, como una linea definida en nuestro retorno a casa; pero ahora veo que tanto ella como los demás sitios en que esperamos descansar son para la imaginación como sombras que huyen delante del que las persigue. Una tempestad de viento que duró algunos días nos dió amplia tregua para calcular en los ratos de ocio las futuras etapas de nuestra larga navegación hacia el suelo patrio y para desear vivamente que terminara cuanto antes.


21 de diciembre.—Entramos de madrugada en la Bahía de las Islas, y como estuvimos encalmados algunas horas cerca de la boca, no llegamos al ancladero hasta la mitad del día. El país está cubierto de montañas de suave perfil y cortadas profundamente por numerosos brazos de mar, que se extienden desde la bahía. El terreno, visto de lejos, parece alfombrado de tosco pasto, pero en realidad son helechos. En las montañas más distantes, así como en ciertas porciones de los valles, hay bastante bosque. El color general del paisaje no es de un verde brillante, y desde cerca recuerda el del sur de Concepción, en Chile. En varias partes de la bahía se ven esparcidas aldehuelas de casas cuadradas y limpias, que descienden hasta el borde del agua. Había anclados tres barcos balleneros, y de cuando en cuando cruzaba de playa a playa una canoa; fuera de eso, reinaba en toda la región cierto aire de extrema quietud. Una sola canoa se llegó al costado del Beagle. Esta circunstancia y el aspecto general del conjunto formaba un contraste notable y poco grato con el ruidoso y alegre recibimiento que habíamos tenido en Tahiti.

Por la tarde saltamos a tierra, y nos encaminamos a uno de los mayores grupos de casas, que apenas merecen el nombre de aldea. Se llama Pahia, y es la residencia de los misioneros, donde no hay otros indígenas que los criados y trabajadores. En las cercanías de la Bahía de las Islas, el número de ingleses, incluyendo sus familias, varía entre dos y tres centenares. Todas las quintas, muchas de las cuales están enjalbegadas de blanco y parecen muy limpias, pertenecen a súbditos de Inglaterra. Las chozas de los naturales son tan pequeñas y ruines, que apenas se las divisa desde lejos. En Pahia era delicioso contemplar las plantas inglesas en los jardines ante las casas; había rosas de varias clases, madreselvas, jazmines, claveles y setos enteros de escaramujo oloroso o de agavanzos.


22 de diciembre.—Por la mañana salí a dar un paseo, pero pronto vi que el país era intransitable. Todas las montañas están cubiertas de alto helecho, mezclado con un arbusto bajo que se parece en su ramaje al ciprés, habiendo muy poca tierra despejada o cultivada. Probé a caminar por la playa; pero ahora tomara por la derecha, ahora por la izquierda, no tardé en encontrar obstruído el paso por pequeñas vías de agua salada y profundos arroyos. Los habitantes de las diversas partes de la bahía se comunican casi exclusivamente por medio de botes (como en Chiloe). Una de las cosas que más me sorprendieron fué ver que la mayor parte de las montañas a que subí habían estado en otro tiempo más o menos fortificadas. Los puntos más altos estaban cortados en bancales o terrazas sucesivas, ante los que a menudo se habían abierto profundas trincheras. Después observé que las montañas principales del interior presentaban, análogamente, un perfil artificial. Estos son los célebres pahs, que tantas veces cita el capitán Cook con el nombre de hippahs, que se diferencia del anterior en llevar el artículo prefijo.

Que los pahs hayan sido muy empleados en época anterior es evidente, por las pilas de conchas y los pozos, en que, según me dijeron, se guardaban boniatos como alimentos de reserva. No habiendo agua en estas montañas, los defensores no hubieran podido nunca resistir un asedio prolongado, sino, a lo sumo, un asalto repentino, planeado para saquear el país. Contra una agresión de esta índole, las terrazas sucesivas, sin duda, hubieran sido buena protección. La introducción general de las armas de fuego ha transformado enteramente el sistema de guerrear, y una posición descubierta en lo alto de una montaña es ahora peor que inútil. Por lo mismo, los pahs se construyen hoy en un trozo de terreno llano. Se componen de una doble estacada de postes gruesos y altos, dispuestos en zigzag, de modo que cada parte pueda ser flanqueada. Dentro dela cerca de estacones se forma un montículo de tierra, detrás del cual se apostan los defensores, protegidos de los tiros enemigos y en condiciones de hacer fuego. En la parte llana se excavan a veces caminos subterráneos que pasan al través del parapeto, y por ellos se deslizan los defensores hasta la empalizada para practicar reconocimientos en la hueste enemiga. El reverendo W. Williams me hizo esta descripción, y añadió que en algunos pahs se ha notado la existencia de contrafuertes que avanzaban hacia el lado interior y protegido del montículo de tierra. Habiéndole preguntado el jefe para qué servían, respondió que para ocultar los muertos y heridos a los combatientes próximos, evitando así que desmayaran.

Los neozelandeses consideran estos pahs como medios perfectísimos de defensa, porque las fuerzas asaltantes nunca poseen la disciplina necesaria para embestir todas unidas contra la empalizada, derribaría y penetrar en ella. Cuando una tribu guerrea, el jefe no puede mandar a un destacamento que vaya a un punto y a otro que efectúe tal operación, sino que cada uno pelea en la forma que le agrada. Pero, como es natural, a cada combatiente aislado le parece que acercarse a una empalizada defendida por armas de fuego es ir a una muerte cierta. En vista de todo ello, me inclino a creer que con dificultad se hallará en ninguna parte del mundo una raza más belicosa que los neozelandeses. Así lo confirma su modo de proceder cuando veían por vez primera un navío, según refiere el capitán Cook, pues «acudían a la playa y, lejos de huir ante un objeto tan enorme y para ellos nuevo, le arrojaban piedras en gran número, gritando: «¡Acércate aquí y te mataremos y comeremos!» De este antiguo espíritu belicoso quedan aún rastros evidentes en muchas de sus costumbres, y hasta en sus modales ordinarios. Si se da un golpe a un neozelandés, aunque sea en broma, lo devolverá indefectiblemente, y de ello vi un ejemplo con uno de los oficiales del Beagle. Al presente, con el progreso de la civilización, han disminuído mucho las guerras, excepto entre algunas tribus del Sur. He oído una anécdota característica que tuvo lugar hace algún tiempo en el Sur. Un misionero halló a un jefe y a su tribu preparándose para una campaña; los fusiles estaban limpios y brillantes, y las municiones preparadas. El pastor les predicó largamente sobre la inutilidad de la guerra y el poco motivo que había para hacerla. El jefe vaciló en su resolución, dando muestras de dudar; pero al fin se le ocurrió que tenía un barril de pólvora en mal estado y se le echaría a perder dentro de poco. Esta circunstancia se interpretó como un argumento incontestable en pro de la necesidad de declarar inmediatamente la guerra; ni por un momento era posible admitir la posibilidad de dejar que se estropeara tanta cantidad de excelente pólvora, y esto zanjó la cuestión. Los misioneros me contaron que mientras había vivido Shongi, el famoso jefe que estuvo en Inglaterra, el móvil principal de todas las acciones era el afán de guerrear. La tribu por él acaudillada había sufrido durante mucho tiempo la opresión de otra procedente del río Támesis, uno de los de la isla. Los hombres juraron solemnemente que cuando sus muchachos llegaran a mozos y contaran con fuerzas bastantes tomarían venganza de aquella vejación. Cumplir este juramento fué la razón que determinó el viaje de Shongi a Inglaterra, y mientras estuvo allí no pensó en otra cosa. No consideró como de valor sino los regalos que podían convertirse en armas, y la fabricación de éstas fué lo único que le interesó. Estando en Sydney, Shongi, por una extraña coincidencia, se encontró con el jefe enemigo de río Támesis en casa de míster Marsden; allí se trataron con toda cortesía, pero Shongi dijo a su contrario que cuando regresara a Nueva Zelandia no dejaría jamás de hacerle la guerra. El desafío fué aceptado, y Shongi, en cuanto volvió, cumplió al pie de la letra el juramento hecho. Venció y destrozó a la tribu enemiga, logrando además dar muerte a su caudillo. Dícese que Shongi era de buen natural, no obstante alimentar sentimientos tan profundos de odio y venganza.

Por la tarde fui con el capitán Fitz Roy y uno de los misioneros, Mr. Baker, a visitar Kororadika; dimos unas vueltas por la aldea, y conversé con muchos de los habitantes, hombres, mujeres y niños. Al ver a los neozelandeses, se los compara, naturalmente, con los tahitianos; y de hecho, ambos pertenecen a la misma familia oceánica. La comparación, sin embargo, resulta desfavorable para los primeros. Tal vez sean éstos superiores en energía; pero en las demás cualidades se hallan muy por bajo de los tahitianos. Basta mirarlos al rostro a unos y a otros para convencerse de que los neozelandeses son salvajes y los tahitianos gente civilizada. En vano se buscaría en Nueva Zelandia un hombre que tuviera el semblante y la expresión del viejo jefe tahitiano Utamme. A no dudarlo, el extraño tatuaje que aquí se usa contribuye mucho a dar a los neozelandeses un aspecto desagradable. Las complicadas, pero simétricas, figuras que cubren totalmente el rostro desconciertan y confunden al ojo no avezado; es además probable que las incisiones profundas, destruyendo el juego de los músculos superficiales, dan cierto aire de inflexibilidad rígida. Pero a esto se agrega un guiño especial de ojos que sólo puede indicar astucia o ferocidad. Los neozelandeses son altos y fornidos, pero no son comparables en elegancia con los de las clases trabajadoras de Tahití [9].

Tanto sus personas como sus casas son sucias y repugnantes; no les entra en la cabeza la idea de lavarse el cuerpo ni el vestido. Vi a un jefe que llevaba una camisa negra y cubierta de manchas, y cuando le pregunté la razón de ello me respondió con sorpresa: «¿No ves que es vieja?> Algunos de los hombres tienen camisas; pero el vestido más común consiste en una o dos mantas grandes, de ordinario ennegrecidas por la suciedad, que se echan sobre los hombros en la forma más impropia y desgarbada. Algunos jefes principales tienen ternos decentes de hechura inglesa, pero sólo se los ponen en las grandes ocasiones.


23 de diciembre.—En un sitio llamado Waimate, a unas 15 millas de la Bahía de las Islas y a medio camino de la costa oriental a la occidental, los misioneros han comprado algunos terrenos con objeto de cultivarlos. Me habían recomendado al reverendo W. Williams, y éste, no bien le signifiqué mi deseo de verle, me contestó invitándome a visitarle en Waimate. Míster Bushby, el residente inglés, se brindó a llevarme en su bote por un riachuelo en el que podría ver una bonita cascada, acortando además la distancia. Asimismo me procuró un guía. Habiendo rogado a un jefe que le recomendara un hombre, se ofreció a ir él mismo; pero desconocía el valor de la moneda en tal grado, que después de preguntarme cuántas libras esterlinas le daría, acabó contentándose con dos dólares. Cuando le mostré un paquetito que debía llevarme, se negó rotundamente a hacerlo, y creyó absolutamente necesario tomar un esclavo para tal menester. Estos sentimientos de orgullo empiezan ya a desaparecer; pero en otro tiempo un hombre principal hubiera muerto antes que sufrir la indignidad de llevar la más pequeña carga. Mi compañero era un hombre ágil y diligente, que vestía con manta negra y llevaba la cara tatuada por completo. En sus mocedades había sido un esforzado guerrero. Parecía estar en cordialísimas relaciones con Mr. Bushby; pero varias veces habían tenido altercados violentísimos. Mr. Bushby observaba que un poco de imperturbable ironía imponía con frecuencia silencio a cualquier indígena en sus arrebatos. El citado jefe se había presentado una vez a Mr. Bushby y arengado con heroico ademán en estos términos: «Un gran caudillo, un gran hombre, un amigo mío, ha venido a verme; necesito que me procures algún plato exquisito, algunos bonitos regalos», etc. El interpelado le dejó concluir su discurso, y luego, con la mayor sangre fría, le replicó: «¿Qué más puede tu esclavo hacer por ti?» El hombre cesó, con cómica expresión, en su perorata.

Hace algún tiempo Mr. Bushby fué víctima de una contrariedad mucho más seria. Cierto jefe, con una partida de los suyos, intentó penetrar violentamente en la casa del residente inglés a media noche, y viendo que no era fácil ordenó un vivo tiroteo, logrando herir ligeramente a Mr. Bushby; pero al fin los asaltantes tuvieron que retirarse sin conseguir su objeto. Poco después se descubrió al autor del atentado, y hubo una reunión general de jefes para examinar el caso. Se consideró como muy atroz por los neozelandeses por concurrir las circunstancias de nocturnidad y enfermedad del amo de la casa. Haremos constar, en honor de los neozelandeses, que entre ellos los enfermos merecen respetos y consideraciones especiales. Así, pues, acordaron confiscar las fincas del agresor en beneficio del Rey de Inglaterra. Fué el primer caso que se dió de juzgar y castigar a un jefe. El delincuente, además, quedó descalificado en la consideración de sus iguales, lo cual fué de mayor importancia para los ingleses que la confiscación de las tierras.

Mientras el bote seguía navegando, saltó a él un segundo jefe, sin otro motivo que el de recrearse, remontando el riachuelo y bajando después a favor de la corriente. En mi vida he visto una expresión más feroz y horrible que la de este hombre. Al pronto me ocurrió que había cierta semejanza entre él y una ilustración fantástica de la balada de Fridolin, de Schiller, en la que aparecían dos hombres empujando a Roberto al horno de hierro. El intruso era precisamente el que ponía el brazo sobre el pecho de Roberto. En este caso la cara no mentía: el citado jefe había sido un notorio asesino y un ladrón de marca. Desde el sitio a que arribó el bote, Mr. Bushby me acompañó unos centenares de metros por el camino; no pude menos de admirar la frescura y desvergüenza del viejo bandido, a quien dejamos tendido en el barquichuelo, cuando dijo a voces a mi acompañante: «No tardes mucho, porque me cansaré de esperar aquí.»

Ahora comencé mi caminata con el guía. El camino sigue un sendero muy trillado y guarnecido en ambos lados por helechos gigantes, que cubren la región entera. Después de haber andado unas millas llegamos a un pueblecillo del país, formado por varias chozas al pie de algunos trozos de tierra sembrados de patatas. La introducción de la patata ha sido el beneficio más esencial hecho a la isla, y actualmente es la hortaliza que más se usa. Nueva Zelandia se halla favorecida por una gran ventaja natural, cual es la de que sus habitantes nunca pueden morirse de hambre. En todo el territorio abunda el helecho, y sus raíces, aunque poco apetitosas, son muy nutritivas [10]. Un indígena no necesita en caso de apuro otro alimento que esas raíces y los mariscos, que son abundantes en todas las partes de la costa. Las aldeas se distinguen especialmente por tener unas plataformas levantadas, sobre cuatro postes, a 10 ó 12 pies del suelo, en las que se ponen los productos del campo, preservándolos así de todo accidente.

Al llegar cerca de las cabañas me divertí en ver la ceremonia de frotarse las narices, o más bien apretárselas unos contra otros, ejecutada en debida forma. Las mujeres, al acercarnos, empezaron a proferir algunas palabras en tono dolorido; después se pusieron en cuclillas y levantaron la cara; mi compañero se inclinaba sobre ellas, una tras otra, ponía el caballete de su nariz sobre el de la nariz de cada mujer, izándose en ángulo recto, y comenzaba la presión. Esto duraba algo más que un efusivo apretón de manos entre nosotros, y, así como en Europa y América varía la fuerza con que se estrechan las manos amigas, así sucede entre los neozelandeses con la mutua presión de las narices. Mientras se efectuaba la extraña ceremonia daban pequeños gruñidos de satisfacción, de un modo muy parecido a los de los cerdos al frotarse uno contra otro. Observé que el esclavo se apretó las narices con todo el que le salió al encuentro, antes o después que su amo el jefe. Aunque entre estos salvajes los caudillos y amos tienen poder absoluto de vida y muerte sobre sus esclavos, hay, no obstante, una total ausencia de ceremonias entre ellos. Mr. Burchell ha notado la misma cosa en el Africa del Sur entre los rudos bachapines. Cuando la civilización ha llegado a un cierto punto surgen formalidades complejas entre las diferentes clases sociales; así, por ejemplo, en Tahití todos estaban obligados a descubrirse de la cintura arriba en presencia del rey.

Terminada en debida forma la ceremonia de frotarse las narices con todos los presentes, nos sentamos en círculo frente a una de las cabañas, y permanecimos allí media hora. Todas las cabañas tienen casi la misma forma y dimensiones, y todas coinciden en la falta de limpieza. Parecen establos de vacas, abiertos por un extremo y con un tabique a poca distancia de la entrada, que tiene un boquete cuadrado y forma un cuartito obscuro. Los moradores de la vivienda guardan en él todos sus bienes, y allí duermen cuando hace frío; pero comen y pasan el tiempo en la portalada delantera. Cuando mis guías hubieron acabado de fumar sus pipas, continuamos nuestra excursión. El camino siguió por el mismo terreno ondulado, todo él cubierto uniformemente de helechos, como anteriormente. A nuestra derecha culebreaba el curso de un río, cuyas márgenes guarnecían algunos árboles, mientras en las laderas de las montañas aparecían aquí y allí trozos de bosque. El conjunto, a pesar de su color verde, presentaba cierto aspecto desolado. La vista de tanto helecho imprime en la mente la idea de esterilidad; sin embargo, esto no es exacto, porque donde el helecho crece densísimo y a la altura del pecho de un hombre la tierra cultivada rinde abundante fruto. Algunos colonos ingleses creen que la extensa campiña, ahora sin arbolado, fué en un principio una selva que ha sido talada por el fuego. Dícese que cavando en los sitios más desnudos se hallan frecuentemente pedacitos de resina que produce el pino Kauri [11]. Evidentemente, los indígenas tuvieron una razón poderosa para descuajar el país, y es que el helecho, principal base de su alimentación en tiempos pasados, no prospera mas que en los terrenos despejados. La ausencia casi absoluta de hierbas asociadas, que constituye uno de los caracteres distintivos de la vegetación de esta isla, tal vez pueda explicarse por haber estado cubierto el terreno en un principio de árboles forestales.

El suelo es volcánico: en varias partes pasamos sobre lavas cordadas, pudiendo distinguirse cráteres en algunas de las colinas vecinas. Aunque el paisaje nunca mereció el calificativo de bello, sino, a lo sumo, el de bonito, y esto de cuando en cuando, la excursión me resultó agradable. Hubiera gozado más aún si mi acompañante, el jefe neozelandés, no hubiese sacado a relucir su garrulería inagotable. Yo no sabía mas que tres palabras de su lengua: «Bueno», «malo» y «sí», y con ellas respondía a todos sus razonamientos; por supuesto, sin haber entendido nada de lo que decía. Pero no fué necesario más; debí parecerle un buen oyente, una agradable persona, y él no dejó su charla ni por un instante.

Al fin llegamos a Waimate. Después de haber recorrido tantas millas por un territorio yermo e inhabitado, la súbita aparición de una granja inglesa, con sus campos bien cuidados y atendidos, colocada en aquel rincón apartado del globo como por arte de encantamiento, me causó un efecto de lo más delicioso que cabe imaginar. No hallándose en casa Mr. W. Williams, fui recibido con la mayor cordialidad en la residencia de Mr. Davies. Después de tomar el te en compañía de su familia, salí con el anfitrión a dar una vuelta por la alquería. En Waimate hay tres casas grandes, donde viven los respetables señores misioneros, Williams, Davies y Clarke, y cerca de ellas están las chocas de los trabajadores del país. En una ladera contigua se veían trigos y cebadas en plena granazón, que auguraban una excelente cosecha, y en otra parte había extensiones de patatas y trébol. Me es imposible describir todo lo que vi: grandes terrenos de regadío, dedicados a huertas, contenían todas las frutas y hortalizas que Inglaterra produce, y además muchas otras de climas cálidos. Puedo citar los espárragos, fríjoles, cohombros, ruibarbo, manzanas, peras, higos, melocotones, albaricoques, uvas, aceitunas, grosella, lúpulo, árgomas para cercas y robles, junto con muchas clases de flores. En torno a la granja se alzaban los establos, y cerca de ellos se tendía la era para la trilla de los cereales, con su máquina aventadora, una fragua, y en el suelo varios arados y otros aperos; en un amplio corral, provisto de cobertizos y pocilgas, yacían descansando, en pacífica y feliz mezcolanza, cerdos y gallinas, como en todas las alquerías de Inglaterra. A la distancia de unos centenares de yardas se había construído una presa que recogía el agua de un arroyo, y allí había un espacioso e importante molino.

Todo esto es en extremo admirable, si se considera que hace cinco años no prosperaba aquí mas que el helecho. Los diversos oficios enseñados por los misioneros habían operado este cambio; el ejemplo del misionero es la varita mágica. Los naturales habían levantado los edificios, construído las puertas y ventanas, arado los campos e injertado los árboles. En el molino había un neozelandés cubierto del blanco polvo de la harina, como sus colegas los molineros ingleses. Cuando contemplé la escena en su conjunto me pareció admirable. No sólo trajo a mi memoria el recuerdo vivo de Inglaterra, sino que, al anochecer, los ruidos domésticos, los campos, las mieses y la campiña desigual, salpicada de árboles, halagaron mi vanidad nacional por la obra de mis compatriotas, y a la vez me inspiraron fundada esperanza en los futuros progresos de esta hermosa isla.

En esta granja trabajaban varios jóvenes, redimidos de la esclavitud por los misioneros. Vestían camisa, chaqueta y pantalones, y parecían personas respetables. Juzgando por una anécdota trivial que me refirieron, debo creerlos de honrados sentimientos. En una ocasión, en que Mr. Davies se paseaba por los campos, se le acercó un trabajador y le entregó un cuchillo y una barrenilla, diciendo que los había encontrado en el camino y que ignoraba quién pudiera ser su dueño. Estos esclavos, así jóvenes como muchachos, parecían estar muy contentos y de buen humor. Por la tarde presencié una partida de cricket, y, recordando las acusaciones de austeridad dirigidas contra los misioneros, me agradó ver entre los jugadores a uno de los individuos de su familia. En las jóvenes que servían de criadas en las casas se notaba un cambio más decidido y agradable. Su aspecto saludable, limpio y aseado, como el de las mantequeras de Inglaterra, formaba admirable contraste con el de las mujeres que habitaban las sucias viviendas de Kororadika. Las esposas de los misioneros intentaron persuadirlas que no se tatuaran; pero habiendo llegado un famoso operador del Sur, dijeron: «Realmente, deberíamos tener algunas líneas en los labios, porque de no hacerlo así se nos llenarán de arrugas al llegar a viejas y estaremos horribles.» La costumbre de tatuarse ha disminuído algo; sin embargo, tardará mucho tiempo en desaparecer, por constituir una nota de distinción entre el amo y el esclavo. Tan extraño hábito llega a influir muy pronto en el modo de juzgar de los mismos europeos allí establecidos; de tal modo, que aun los misioneros se ven impulsados a considerar como inferiores y de clase baja a los que llevan el rostro limpio, sin los pintorescos adornos usados por la gente de calidad en Nueva Zelandia.

Ya bien obscurecido fuí a casa de Mr. Williams, a pasar la noche. Allí encontré a un numeroso grupo de niños, reunidos para el día de Navidad, todos sentados a la mesa en que iban a tomar el te. Nunca he visto una reunión más alegre y simpática. ¡Y pensar que estábamos en el centro de la tierra clásica del canibalismo, de los asesinatos y de los crímenes más atroces! La cordialidad y alegría que con tanta viveza reflejaban los semblantes de los pequeñuelos, parecían compartidas igualmente por las personas de edad de la misión.


24 de diciembre.—Leyéronse en la lengua del país, a toda la familia, las preces de la mañana. Después del almuerzo salí a dar un paseo por las huertas y los campos. Era día de mercado, y los habitantes de las cabañas circunvecinas traían sus patatas, maíz o cerdos para cambiarlos por mantas, tabaco y a veces por jabón, a instancias de los misioneros. El hijo mayor de Mr. Davies, que dirige la explotación de una alquería propia, es el hombre de negocios en el mercado. Los niños de los misioneros, llegados a la isla de pequeños, acaban por aprender el idioma del país mejor que sus padres, y se entienden mejor con los naturales para lograr de ellos lo que desean.

Poco antes de mediodía, los señores Williams y Davies me acompañaron a dar un paseo hasta un sitio del bosque próximo, con el fin de enseñarme el famoso pino Kauri [12]. Medí uno de estos árboles magníficos, y hallé que tenía 31 pies de circunferencia en la base del tronco. Había otro, no muy distante, de 33 pies, según me dijeron, y un tercero que llegaba a 40. Estos árboles son notables por sus lisos troncos cilíndricos, que se elevan a la altura de 60 y aun 90 pies, conservando casi el mismo diámetro, y sin una sola rama. La corona de ramas del extremo está fuera de toda proporción, por lo pequeña, con el tronco, y las hojas son asimismo muy pequeñas comparadas con las ramas. Toda la selva aquí se componía de esta clase de pinos, y los ejemplares mayores, a causa del paralelismo de sus lados, parecían enormes columnas de madera. Los pinos mencionados constituyen uno de los productos más valiosos de la isla, y la resina que fluye de su corteza se vende a los americanos a penique la libra, para uso desconocido. Algunos bosques de Nueva Zelandia deben de ser impenetrables en grado extraordinario. Según me dijo Mr. Matthews, uno de ellos, que sólo tenía 34 millas de ancho y separaba dos regiones pobladas, no había sido cruzado por primera vez hasta hacía poco tiempo. El y otro misionero, cada uno con una partida de cerca de 50 hombres, emprendieron con entusiasmo la tarea de abrir un camino; pero les costó ¡más de quince días! En los bosques vi muy pocas aves; es un hecho notabilísimo que una isla tan grande, tendida en una extensión de más de 700 millas en latitud, con 90 de anchura en muchas partes, estaciones variadas, un clima excelente y terreno de diversas altitudes desde los 4.200 metros para abajo, con la excepción de una pequeña rata, no posea un animal indígena [13]. Las varias especies del gigantesco género de aves Deinornis [14] parecen haber reemplazado aquí a los mamíferos cuadrúpedos, al modo que lo han hecho los reptiles en el Archipiélago de los Galápagos. Dícese que la rata común de Noruega, en el breve espacio de dos años, ha exterminado en el extremo septentrional de la isla las especies de Nueva Zelandia. En muchos puntos descubrí varias clases de maleza, que hube de reconocer como importadas de mi país, de igual modo que la rata. Cierta especie de puerro se había propagado por regiones enteras, resultando muy perjudicial; habíale importado un barco francés, vendiéndole como un favor. La acedera se halla también muy diseminada, y paréceme que ha de permanecer para siempre como testimonio de la granjería de un inglés, que vendió estas semillas por las de tabaco.

De regreso de nuestro agradable paseo comí con Mr. Williams, y después volví a la Bahía de Islas en un caballo que me prestaron. Me despedí de los misioneros con gracias por su amable hospitalidad y sentimientos del mayor respeto a su carácter caballeresco, honrado y servicial. Creo que con dificultad se hallaría un conjunto de hombres mejor preparados y más idóneos para la elevada misión que desempeñan.


Día de Navidad.—Dentro de pocos días se cumplirán cuatro años de nuestra ausencia de Inglaterra. Las primeras Navidades las pasamos en Plymouth; las segundas, en el abra de San Martín, cerca del Cabo de Hornos; las terceras, en Puerto Deseado, en Patagonia; las cuartas, anclados en puerto inhabitado de la península de Tres Montes; las quintas, aquí; y las siguientes, confío en la Providencia que ha de ser en Inglaterra. Asistimos al servicio divino en la capilla de Pahia; parte del servicio fué leído en inglés y parte en lengua indígena. Mientras permanecimos en Nueva Zelandia no oímos hablar de ningún acto reciente de canibalismo; pero Mr. Stokes halló esparcidos alrededor del sitio en que se había hecho una hoguera una porción de huesos humanos quemados, en un, islita inmediata al ancladero; mas tales restos de un regalado banquete estaban tal vez allí desde hacía varios años. Cabe esperar que mejore rápidamente el estado moral del pueblo. Mr. Bushby refirió una agradable anécdota en prueba de la sinceridad de algunos neófitos; al menos, de los que profesan el cristianismo. Uno de los jóvenes que había tenido a su servicio, y estaba acostumbrado a leer oraciones a los demás criados, se marchó a su casa. Varias semanas después le ocurrió a Mr. Bushby pasar a hora avanzada de la tarde por una casa aislada, y en ella vió y oyó a su antiguo sirviente leer la Biblia con dificultad, a la luz del fuego, a varios indígenas. Terminada la lectura, se pusieron de rodillas y oraron, y en sus oraciones mencionaron a Mr. Bushby y su familia, siguiendo con los demás misioneros y sus territorios correspondientes.


26 de diciembre.—Mr. Bushby se ofreció a llevarnos a Mr. Sulivan y a mí en su bote, algunas millas río arriba, hasta Cawa-Cawa, y después nos propuso dar un paseo y llegarnos a la aldea de Waiomio, donde hay algunas rocas curiosas. Tuvimos una excursión agradable, siguiendo un brazo de la bahía, y pasamos por lindos parajes en todo el trayecto, hasta una aldea, en la que el bote se detuvo por no poder seguir su navegación. En dicho lugar se nos ofrecieron un jefe y varios hombres a acompañarnos a Waiomio, que distaba cuatro millas. El jefe se había hecho famoso por haber ahorcado, hacía poco, a una de sus mujeres y a un esclavo, por adulterio. Cuando uno de los misioneros le reprendió, mostróse sorprendido y dijo que creía haber seguido fielmente la costumbre inglesa. El viejo Shongi, cuya permanencia en Londres coincidió con la causa seguida a la Reina, manifestó que desaprobaba lo hecho, y añadió que si tuviera cinco mujeres preferiría cortarles a todas la cabeza antes que aguantar tantas molestias por causa de una sola. Dejando la aldea, seguimos nuestro paseo, y atravesamos por otra situada en la falda de una colina inmediata. Cinco días antes había muerto allí la hija de un jefe, que era todavía pagano. La choza en que expiró aparecía quemada hasta los cimientos; el cadáver, metido entre dos pequeñas canoas, fué colocado sobre el suelo en posición vertical, y alrededor se puso una cerca de palos con imágenes de sus dioses, pintando el conjunto de rojo vivo, para que se viera de lejos. El vestido de la finada se sujetó al féretro, y a los pies del mismo colocaron la cabellera. Los parientes se desgarraron las carnes de sus brazos, cuerpos y caras, hasta bañarse en sangre, ceremonia que aumentó en sumo grado el aspecto repugnante de las viejas. Al día siguiente visitaron el lugar algunos de los oficiales, y hallaron todavía a las mujeres dando alaridos e hiriéndose.

Proseguimos nuestra excursión, y poco después llegamos a Waiomio; vense aquí unas moles extrañas de caliza que parecen castillos en ruinas. Estas rocas habían servido por largo tiempo de cementerio, y por lo mismo eran sagradas y no era posible aproximarse. Sin embargo, uno de los jóvenes exclamó: «¡No acobardarse!», y siguió avanzando; pero a los 100 metros todo el grupo mudó de parecer y se paró en seco. A pesar de ello, nos permitieron examinar el lugar con la mayor indiferencia. En la aldea nos detuvimos varias horas, y durante ese tiempo algunos de los moradores sostuvieron una larga discusión con Mr. Bushby sobre el derecho de venta de ciertos terrenos. Un viejo, que parecía un genealogista consumado, explicó la lista de sucesivos poseedores por medio de astillas clavadas en el suelo. Al salir de las casas nos daban a cada visitante una cestita de boniatos asados, para comerlos por el camino. Me sorprendió ver que entre las mujeres empleadas en los quehaceres de la cocina había un esclavo, y consideré lo humillante que debía de ser para un hombre, en un país guerrero como éste, trabajar en la ocupación reputada por la más baja de cuantas se confían a las mujeres. A los esclavos no se les permite ir a la guerra; pero esto tal vez apenas pueden mirarlo como una desgracia. Me refirieron que un pobre desgraciado, durante las hostilidades, se había pasado al bando opuesto; encontráronle después dos hombres, y al momento le dieron caza; pero no pudiendo llegar a un acuerdo sobre si pertenecía a uno o a otro, cada uno de ellos se puso junto al prófugo con el hacha de piedra levantada en alto, resuelto en apariencia a que su contrincante no se le llevara vivo. El pobre hombre, medio muerto de miedo, salvó la vida gracias a la sagaz intervención de la mujer de un jefe. Dimos luego un paseo, que resultó delicioso, de vuelta al bote, pero no llegamos al barco hasta muy tarde.


30 de diciembre.—Después del mediodía salimos de la Bahía de Islas con rumbo a Sydney. Si no me engaño, todos nos alegramos de dejar a Nueva Zelandia. No es un lugar agradable. Los indígenas carecen de la encantadora sencillez que distingue a los de Tahiti, y la mayor parte de los ingleses son verdadero desecho de la sociedad. Tampoco las condiciones del terreno tienen nada de atrayentes. El único sitio de que conservaba un recuerdo grato era Waimate, con sus habitantes cristianos.


  1. Véase Bougainville, Viaje alrededor del mundo, tomo II de la colección de Viajes clásicos, editada por Calpe.
  2. Léase Bongainville (L. A.), Viaje alrededor del mundo, tomo II de la colección de Viajes clásicos, editada por Calpe.
  3. El guava, o la guayaba, es un arbolito tropical americano (Psidpium guayaba), de la familia de las mirtáceas, ahora cultivado ya en todas las regiones intertropicales. Véase también la nota de la página 48 del tomo I.—Nota de la edic. española.
  4. Nadie ha pintado con igual encanto las costumbres de Tahiti como Bougainville. Véase su Viaje alrededor del mundo, tomo II de la colección de Viajes clásicos, editados por Calpe. Nota de la edic. española.
  5. El ava o kava (Piper methysticum), pimienta de los polinesios, es una planta de cuya raíz se extrae un zumo que en pequeñas dosis es un tónico y estimulante, y bebido con exceso embriaga y envenena. Tiene entre los polinesios tradición ceremonial. Nota de la edic. española.
  6. Lo que aquí llama Darwin yaro o aro silvestre es el taro de los polinesios (Colocasia antiquerum o Arum esculentum), que, originaria de la India, se ha propagado por todos los países tropicales y aun subtropicales del Globo. Su tubérculo es alimento principal de los indígenas tahitianos.—Nota de la edic. española.
  7. El ti es voz polinesia con que se designa un arbolito (Tætsia terminalis) cuyas raíces, de que se extrae azúcar y un licor espirituoso, son consumidas por los indígenas de las islas del Pacífico.—Nota de la edic. española.
  8. Véase los Viajes de Cook en la colección de Viajes clásicos, editada por Calpe.
  9. Los habitantes de Nueva Zelandia son maori, miembros de la rama Tongafiti, de la raza polinesia. Cuando fueron descubiertos poseían un gobierno teocrático-militar e ideas relativamente elevadas, morales y religiosas. Su habilidad era extraordinaria en obras de madera. Con todo, practicaban el canibalismo.

    Acaso proceden, como los Rarotongas, de los polinesios emigrados de Samoa.—Nota de la edic. española.

  10. El rasgo más saliente de la vegetación de Nueva Zelandia es la presencia del bosque de follaje perenne, que primitivamente cubrió gran parte del país, y especialmente el área del país pumítico de la meseta volcánica, en la isla septentrional. Crece entre este bosque el helecho comestible (Pteris esculenta), a que Darwin alude, mezclado con la mirtácea Leptospermumscoparium o manuka. Véase también Cook (J.) Viaje a las regiones meridionales y alrededor del mundo, tomo I de la colección de Viajes clásicos, editada por Calpe.—Nota de la edic. española.
  11. En el bosque, de carácter subtropical, de Nueva Zelandia, acaso el árbol más conocido es el pino kauri Dammara australis, que da la resina vare o warikauri, o kaudi. Véase página 244.—Nota de la edic, española.
  12. Véase nota de la página 240 de este tomo.
  13. Aparte de focas y ballenas, los únicos mamíferos indígenas en Nueva Zelandia son un perro, una rata y dos murciélagos, acaso los dos primeros introducidos por los emigrantes polinesios. Léase Hutton and J. Drummond, The Animals of New Zealand, Christchurch, 1905.—Nota de la edic. española.
  14. Avestruz extinta de unos tres a cuatro metros de altura. Véase nota de la página 266.—Nota de la edic. española.