Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo/Capítulo XIX

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CAPÍTULO XIX

Australia.
Sydney.—Excursión a Bathurst.—Aspecto de los bosques.—Un grupo de indígenas.—Extinción gradual de los aborígenes.—Infección engendrada por la asociación de hombres en perfecta salud.—Las Montañas Azules.—Vista de los grandes valles en forma de golfos.—Su origen y formación.—Bathurst; cultura general de las clases bajas.—Estado de la sociedad.—Tierra de Van Diemen.—Ciudad: de Hobart.—Destierro general de aborígenes.—Monte Wellington.—King George's Sound.—Aspecto triste del país.—«Bald Head»; moldes calcáreos de ramas de árboles.—Grupo de naturales.—Partida de Australia.


12 de enero de 1836.—Por la mañana temprano una ligera brisa nos llevó hacia la entrada de Puerto Jackson. En lugar de presentarse a nuestros ojos una región verdeante, salpicada de hermosas casas, encontramos una línea recta de farallones amarillentos, que nos recordó las regiones más desoladas de la costa de Patagonia. Unicamente el faro, construído de piedra blanca, que se alzaba en un sitio solitario, nos indicó la proximidad de una ciudad grande y populosa. El puerto, después de entrar en él, parece magnífico y espacioso, y está rodeado de una costa agria, cuya roca es una arenisca de estratificación horizontal. El país, casi del todo llano, cría una vegetación arbórea de plantas ralas y enanas, que anuncian esterilidad. Penetrando en el interior se ve que mejora la calidad de la tierra: hermosas villas y deliciosas quintas aparecen diseminadas a lo largo de la playa. A lo lejos, algunas casas de piedra, de dos y tres pisos, y varios molinos de viento que se alzan en el borde de una ribera, nos indican las cercanías de la capital de Australia [1].

Al fin anclamos dentro del abra de Sydney, que encontramos ocupada por muchos navíos de gran tonelaje y rodeada de almacenes. Por la tarde dí un paseo por la ciudad, y volví asombrado de todo lo que había visto. Es uno de los testimonios más magníficos del poder de la nación británica. Aquí, en un país de escasas promesas, algunas veintenas de años han hecho mucho más que otras tantas centurias en Sudamérica [2]. Me sentí dichoso de haber nacido inglés. Posteriormente, después de visitar la ciudad con mayor detenimiento, mi primera admiración decayó un poco; pero es, con todo, una hermosa ciudad. Las calles son regulares, anchas, limpias y conservadas en buen orden; las casas, de buenas dimensiones, y los comercios, abundantemente surtidos.

Puede compararse a Sydney con los grandes arrabales que hay en las cercanías de Londres y de otras grandes ciudades inglesas; pero ni en Londres ni en Birmingham hay apariencias de crecimiento tan rápido. El número de casas magníficas y de otros edificios recién terminados causa verdadero asombro, y, no obstante, todo el mundo se queja de los altos alquileres y de lo difícil que es procurarse casa. Llegado de Sudamérica, donde en las ciudades se conoce a los grandes propietarios, nada me sorprendió tanto como no poder averiguar desde luego a quién pertenecía este o aquel carruaje.

Contraté un hombre con dos caballos para que me llevaran a Bathurst [3], aldea del interior, situada a unas 120 millas de la costa, centro de una gran región pastoril. De este modo esperaba formar una idea general del aspecto del país. En la mañana del 16 de enero partí para mi excursión. La primera jornada nos llevó a Paramatta, pequeña ciudad rural que sigue en importancia a Sydney. Los caminos eran excelentes y construídos según el principio de Mac Adam, de piedra molida, traída al efecto de varias millas de distancia. En todos los pormenores se notaba un estrecho parecido con Inglaterra, aunque acaso las cervecerías eran aquí más numerosas. Sin embargo, una particularidad me llamó la atención, y fueron las cuerdas de reos condenados a trabajos públicos; cumplían su sentencia llevando la cadena y vigilados por centinelas con las armas cargadas. La facultad que tiene el gobierno de abrir caminos por todo el país mediante el trabajo forzado ha sido, a mi juicio, una de las causas que más han contribuído a la rápida prosperidad de esta colonia. Dormí en una parada muy cómoda, junto al embarcadero de Emu, a 35 millas de Sydney, no lejos de la subida a las Montañas Azules. Esta ruta es frecuentadísima, y el territorio por donde pasa, el primero que se pobló en la colonia. Todas las fincas tienen cercas de estacas, porque los granjeros no han logrado aclimatar plantas de seto. Hay aquí muchas casas importantes y buenas quintas, diseminadas por toda la comarca; pero aunque se cultivan ya grandes extensiones, la mayor parte permanece tan yerma como cuando se descubrió.

La extrema uniformidad de la vegetación es el rasgo más notable del paisaje en casi toda Nueva Gales del Sur. Por doquiera nos encontramos con un bosque abierto, cubierto en parte de una hierba fina con alguna apariencia de verdor. Casi todos los árboles pertenecen a una familia, y la mayoría tienen las hojas dispuestas en un plano vertical, en lugar de estar horizontales, como las de Europa; el follaje es escaso, de un peculiar verde pálido sin el menor lustre. De ahí que los bosques parezcan ralos y sin sombra, circunstancia poco favorable para el viajero cuando el sol de estío brilla abrasador, pero beneficiosa para la ganadería, porque de ese modo crece la hierba en todos los sitios soleados [4]. Las hojas no caen periódicamente, y este carácter puede considerarse común a todo el hemisferio meridional, a saber: Sudamérica, Australia y el Cabo de Buena Esperanza. Los habitantes de dicho hemisferio y de las regiones intertropicales se ven privados quizá de uno de los más hermosos espectáculos a que nuestros ojos están acostumbrados, cual es el primer brote del follaje en los árboles desnudos. Sin embargo, podrían objetarnos que bien lo pagamos con tener la tierra durante tantos meses poblada de áridos esqueletos. Sin duda, es cierto; pero nuestros sentidos hallan un exquisito placer en gozar del verdor primaveral, cosa desconocida en los trópicos, donde la vista se sacia en el transcurso del año contemplando la inmutable frondosidad de las selvas. El mayor número de árboles, con la excepción de algunos eucaliptos, no alcanzan gran tamaño, pero crecen a bastante altura y derechos, convenientemente separados unos de otros. La corteza de algunos eucaliptos se desprende anualmente, o pende muerta en largas tiras, que flotan azotadas por el viento y dan a los bosques un aspecto de suciedad y desolación. No puedo concebir contraste más completo, en todos respectos, que entre las selvas de Valdivia o Chiloe y los bosques de Australia.

Al ponerse el Sol pasó junto a nosotros una veintena de negros aborígenes [5], llevando cada uno, según su costumbre, un haz de azagayas y otras armas. Dimos un chelín al jefe, que era un joven, por lo que se detuvieron para mostrar ante nosotros su destreza en arrojar las picas. Todos usaban alguna prenda de vestir, y había varios que hablaban un poco de inglés; sus semblantes reflejaban alegría y satisfacción, distando mucho de parecer seres tan degradados como de ordinario se los presenta. En sus artes son admirables. Pusieron de blanco una gorra a 30 metros de distancia, y la traspasaron con una pica corta, lanzada mediante un bastón especial, con la rapidez de una flecha disparada del arco por un hábil arquero. Dan pruebas de una sagacidad maravillosa para seguir el rastro de animales u hombres, y escuché de sus labios observaciones que indicaban considerable agudeza. Pero se obstinan en no cultivar la tierra ni construir casas, permaneciendo estacionarios, y ni siquiera se toman la molestia de cuidar los rebaños de ovejas que les dan. En general, parecen estar algunos grados sobre los fueguinos en la escala de la civilización.

Es muy curioso advertir en medio de un pueblo civilizado una casta de inofensivos salvajes vagando de un sitio a otro, sin saber dónde pasar la noche y ganándose la vida dedicados a cazar en los bosques. Al avanzar los blancos, se han extendido por el territorio perteneciente a diversas tribus. Estas, aunque rodeadas así de europeos, conservan sus antiguos distintivos, y a menudo guerrean unas con otras. En un encuentro que tuvo lugar últimamente, los dos bandos beligerantes eligieron con especial empeño para combate el centro de la aldea de Bathurst. Por cierto que esta circunstancia sirvió de mucho a la tribu derrotada, porque los guerreros fugitivos se refugiaron en las barracas.

El número de aborígenes decrece rápidamente. A pesar de lo mucho que recorrí el país, no vi mas que pequeños grupos y unos cuantos muchachos, recogidos por los ingleses para educarlos. Débese, sin duda, este decrecimiento a la introducción de bebidas espirituosas, a las enfermedades importadas de Europa (algunas de las cuales, como el sarampión [6], con ser una dolencia benigna, causa estragos entre los naturales) y a la gradual extinción de los animales salvajes. Dícese que perecen invariablemente muchísimos niños al poco tiempo de nacer, a causa de la vida errante de los padres. Cuando más escasean los alimentos, mayor necesidad tienen las tribus de vagar de un sitio a otro, y de ahí que la población, aun sin las mortandades producidas por el hambre, decrece con extraordinaria rapidez, en comparación de lo que ocurre en países civilizados, donde los padres, aunque se perjudiquen trabajando con exceso, no destruyen su descendencia.

Además de estas causas evidentes de despoblación, parece intervenir algún agente misterioso. Donde pone la planta el europeo, la muerte suele perseguir al indígena. Si tendemos la mirada por la gran extensión de las Américas, Polinesia, el Cabo de Buena Esperanza y Australia, hallaremos el mismo resultado. Y no es sólo el blanco el que actúa como agente destructor: los polinesios de origen malayo, establecidos en algunas partes del Archipiélago de las Indias Orientales, han hecho retroceder a las razas indígenas de obscuro color. Al parecer, las variedades de la especie humana se comportan entre sí como las diferentes especies de animales: el más fuerte extirpa siempre al más débil. Daba pena en Nueva Zelandia oír decir a los naturales, hombres bien formados y enérgicos, que el país estaba destinado a salir de manos de sus hijos. No hay quien ignore el decrecimiento inexplicable que ha sufrido la población en la hermosa y saludable isla de Tahiti desde la fecha en que hizo sus viajes el capitán Cook, y, sin embargo, en este caso podría esperarse que hubiera aumentado, porque el infanticidio, que prevaleció antiguamente en grado extraordinario, ha desaparecido, disminuyendo además la inmoralidad y las guerras mortíferas.

El Rdo. J. Williams, en su interesante obra [7], dice que la primera conjunción de naturales con europeos «va indefectiblemente seguida de fiebres, disentería y otras enfermedades, que se llevan multitud de gente». Y en otro lugar afirma que «es un hecho cierto, que no puede ser controvertido, que la mayoría de las enfermedades más mortíferas de estas islas, durante mi residencia, han sido introducidas por barcos [8]; hecho indiscutible y tanto más sorprendente, cuanto que en las tripulaciones no aparecieron señales de la terrible enfermedad». Esta afirmación no es tan extraña como parece a primera vista, porque se registraron varios casos de haberse declarado fiebres de una extrema malignidad coincidiendo con la llegada de viajeros en perfecta salud. En el primer período del reinado de jorge III, un prisionero que había sido confinado en un calabozo fué conducido en un coche por cuatro alguaciles y presentado ante el juez, y aunque el delincuente no tenía enfermedad alguna, los cuatro alguaciles murieron de fiebre pútrida maligna; pero el contagio no se propagó. De tales hechos parece inferirse que los efluvios de un conjunto de personas que hayan vivido confinadas por algún tiempo envenenan la sangre de otras no colocadas en tales condiciones, y acaso con mayor virulencia si concurre la diferencia de razas. Por misterioso que pueda parecer tal hecho, tiene, sin duda, relación con el observado en las disecciones, cuando una punzada o cortadura con instrumento usado en la operación ha ocasionado la muerte del que se hizo la herida, y antes de haber entrado en descomposición el cadáver.


17 de enero.—Por la mañana temprano pasamos el Nepean en un bote de pasaje. El río, ancho y profundo en este sitio, presentaba, no obstante, una pequeña corriente. Después de cruzar una hondonada en la ribera opuesta, llegamos a la falda de las Montañas Azules. El ascenso no es escarpado, por haberse construído el camino cuidadosamente, en la pendiente de un cantil de arenisca. En lo alto empieza una llanura casi a nivel, que, elevándose de un modo imperceptible hacia el Oeste, llega a una altura de más de 900 metros. Juzgando por el pomposo título de Montañas Azules y por su elevación absoluta, esperaba haber visto una imponente cadena de montañas que cruzara el país; pero en su lugar se halla una extensión seguramente inclinada, que forma un lomo de escaso relieve frente a la zona baja, próxima a la costa. Desde esta primera pendiente, la vista que ofrecía el extenso bosque hacia el Este era notable, y los árboles de las inmediaciones se alzaban a gran altura; pero al subir a la plataforma de arenisca, el paisaje se tornaba excesivamente monótono; los dos lados del camino aparecían bordeados por arbustos achaparrados y perennes de la familia de los eucaliptos, y, exceptuando dos o tres pequeñas posadas, no hay casas ni terrenos cultivados. El camino, además, es solitario, y nuestros encuentros más frecuentes eran con carretas de bueyes cargadas de balas de lana. Al mediodía dimos un pienso a los caballos en una pequeña posada que lleva el nombre de Weatherboard. El terreno aquí está a 840 metros sobre el nivel del mar. A cosa de milla y media de este lugar hay un paisaje digno de ser visitado. Bajando por un vallecito regado por un arroyuelo, se tropieza de pronto con un inmenso abismo, que se abre por entre el arbolado de los dos lados del camino y tiene una profundidad de 450 metros aproximadamente. Puesto uno al borde del precipicio, ve allí en el fondo una gran bahía o golfo, porque no sé qué otro nombre darle, cubierto de espeso bosque. El punto de vista está situado en la base de esa bahía, formada por dos líneas divergentes de farallones, que presenta altura tras altura, como en una costa brava. Estos cantiles se componen de estratos horizontales de arenisca blanquecina, y son tan perfectamente verticales, que en muchos puntos se puede dejar caer desde el borde una piedra y verla chocar contra los árboles del fondo del abismo. Tan continuada es la línea de escarpas, que para llegar al pie de la cascada formada por el arroyuelo es necesario, según dicen, dar un rodeo de 16 millas. A unas cinco de distancia del frente se extiende otra línea de cantiles, que de este modo parece cerrar del todo el valle, y de ahí que se halle perfectamente justificado el nombre de bahía dado a esta gran depresión en forma de anfiteatro. Si imaginamos que un puerto de circuito casi cerrado y profunda cala, rodeado de farallones verticales, se secara de pronto y brotara en su arenoso fondo un bosque, tendríamos la apariencia y estructura que describo. Fué una vista enteramente nueva para mí y de suprema magnificencia.

Por la tarde llegamos al sitio llamado Blackheath. La meseta de arenisca alcanzaba aquí la altura de 1.020 metros, y, como antes, aparece el mismo boscaje achaparrado. Desde el camino se divisan trozos de un profundo valle de igual carácter que el descrito; pero, a causa de la verticalidad y elevación de sus lados, apenas puede verse el fondo. Blackheath es una posada deliciosa, a cargo de un veterano, y me recordó los pequeños mesones del norte de Gales.


18 de enero.—Muy de madrugada di un paseo de más de tres millas para visitar Govett's Leap, vista de carácter análogo a la precedente, pero acaso más estupenda aún. Como era tan temprano, el abismo estaba velado por una neblina azulada, que si bien dañaba al efecto general, hacía que pareciera más profundo el bosque sepultado en el fondo. Estos valles, que por tanto tiempo han ofrecido una barrera insuperable a las tentativas de los más animosos exploradores para llegar al interior, son de lo más sorprendente. Con frecuencia, desde las principales depresiones se ramifican y penetran en la meseta de arenisca grandes cortaduras en forma de bahías secundarias, y, a su vez, la altiplanicie proyecta en los valles enormes promontorios, y aun deja en ellos grandes masas aisladas. Para bajar a alguno de estos valles se necesita dar un rodeo de 20 millas, y hay otros en que sólo han penetrado últimamente los exploradores topógrafos, y a los que los colonos no han podido llevar los ganados. Pero el rasgo más notable de su estructura es que, no obstante medir varias millas de anchura en la base, se angostan generalmente en su entrada, en grado tal, que llegan a ser infranqueables. El topógrafo mayor, sir T. Mitchell [9], intentó en vano, ora andando, ora arrastrándose por entre grandes bloques de arenisca, desprendidos de los riscos, subir por una garganta que establece la unión entre los ríos Grose y Nepean; y, sin embargo, el valle del Grose, en su parte superior, según vi yo mismo, forma una cuenca de espacioso fondo plano, de varias millas de anchura, y está rodeado en todas direcciones por cantiles cuyas cimas, a lo que se calcula, están unos 900 metros sobre el nivel del mar. Cuando el ganado fué conducido al valle del Wolgan por un sendero (que yo he bajado) en parte natural y en parte hecho por el dueño del terreno, no pudo volver a salir; porque este valle está por todas partes rodeado por cantiles perpendiculares, y ocho millas más abajo, desde una anchura de 800 metros que tiene en sus comienzos, se angosta en términos que es infranqueable para hombres o bestias. Sir T. Mitchell afirma que el gran valle del río Cox, con toda su red fluvial, se angosta, en su confluencia con el Nepean, en una garganta de 2.200 metros de anchura y casi 300 metros de profundidad. Podría añadir otros casos semejantes.


La primera impresión que sugiere el ver la correspondencia de los estratos horizontales en cada lado de estos valles y grandes depresiones en forma de anfiteatro, es que han sido excavadas, como otros valles, por la acción del agua; pero cuando se reflexiona sobre la cantidad enorme de piedra que en tal supuesto debería de haber sido acarreada a través de gargantas meras o escobios, es natural preguntarse cómo esos espacios tan angostos no se han cegado. Además, considerando la forma irregular en que los valles se ramifican y la de los promontorios, de exigua anchura, que desde la meseta avanzan hasta dentro de las hondonadas, la hipótesis anterior parece de todo punto improbable. Atribuir tales excavaciones a la acción aluvial de la época presente sería absurdo, y, por otra parte, el drenaje procedente de la meseta no siempre cae, como he observado cerca de Weatherboard, dentro de la cabecera de estos valles, sino en un lado de sus repliegues, en forma de bahía. Algunos colonos me dijeron que cuantas veces habían fijado la atención en los últimos y en los cantiles de sus dos lados, otras tantas les había chocado la semejanza que tenían con una costa brava. Y así es, indudablemente. Además, en la costa presente de Nueva Gales del Sur, los numerosos y excelentes puertos de amplios senos ramificados, en comunicación con el mar por un estrecho boquete, abierto en los farallones de arenisca, presentan, aunque en pequeña escala, una imagen de los grandes valles del interior. Pero inmediatamente se ofrece la siguiente dificultad: ¿Cómo es que el mar ha excavado tan vastas depresiones en la meseta, dejando meras gargantas a la entrada, por las que ha debido pasar toda la enorme cantidad de materia triturada? La única luz que puedo arrojar sobre este enigma es recordar los bancos, de irregularísimas formas, que al parecer se están formando ahora en ciertos mares, como en algunos puntos de las Antillas y el Mar Rojo, bancos que tienen sus lados casi verticales. Por lo que hace a tan caprichosas estructuras, me he visto inducido a suponerlas formadas por el sedimento que aglomeran corrientes poderosas sobre un fondo irregular. Apenas cabe poner en tela de juicio que en algunos casos el mar, en lugar de esparcir el sedimento en capas horizontales, lo acumula alrededor de rocas e islas submarinas. Basta echar una ojeada a los mapas de las Antillas para convencerse de ello. Por mí mismo he podido observar en muchas partes de Sudaméríca que las olas pueden formar farallones altos y tajados, aun en puertos cercados de tierra. Para aplicar estas ideas a las plataformas de arenisca de Nueva Gales del Sur imagino que los estratos se han acumulado por la acción de poderosas corrientes y del oleaje de un mar abierto en un fondo irregular, y que los espacios vacíos, en forma de valles, han transformado sus primitivos lados de gran declive en cantiles verticales, durante una elevación lenta del suelo. En cuanto a las masas de arenisca rota en pedazos y sacada de las depresiones, su transporte ha debido de efectuarse, bien cuando se abrieron las estrechas gargantas al retirarse el mar, bien posteriormente, por la acción aluvial [10].


A poco de partir de Blackheath descendimos de la plataforma de arenisca por el paso de Monte Victoria. La construcción de este paso ha exigido arrancar enormes cantidades de piedras, y tanto su proyecto como la ejecución pueden competir con las carreteras más atrevidas de Inglaterra. Seguidamente penetramos en una región compuesta de granito y más baja que la precedente en unos 1.000 pies. Con el cambio de roca mejoró la vegetación: los árboles eran más lozanos y crecían a convenientes distancias, y entre ellos había un pasto más verde y abundante. En el punto llamado Hassan's Walls dejé la carretera, y di un pequeño rodeo hasta una granja que lleva el nombre de Walerawang, para cuyo administrador me había dado su amo, en Sydney, una carta de recomendación. Mister Browne tuvo la bondad de rogarme que me quedara allí aquel día y el siguiente, ofrecimiento que acepté con el mayor gusto. Es ésta una de las grandes granjas, o más bien criadero de ganado lanar, que contiene la colonia. Sin embargo, en el caso presente las vacas y caballos abundaban más de lo ordinario, a causa de la proximidad de algunos valles pantanosos, que producen pastos gruesos. Cerca de la casa se habían desmontado dos o tres trozos de terreno llano para dedicarlos al cultivo de cereales, y por ahora las mieses estaban en sazón y los segadores y acarreadores se ocupaban en recogerlas. Según me dijeron, no habían sembrado más trigo que el necesario para alimentar durante el año a los trabajadores de la estancia. Generalmente esta posesión tenía asignados 40 proscriptos para trabajar en ella, pero al presente había más. Aunque estaba bien provista de todo lo necesario, notábase en ella cierta falta de bienestar y comodidades. Tal vez influyera en ello la ausencia absoluta de mujeres. La puesta del Sol en un día hermoso sugiere contento en todo paisaje; pero en esta granja los colores más brillantes de los bosques vecinos no lograron hacerme olvidar que 40 hombres proscriptos de la sociedad cesaban en sus trabajos diarios, como los esclavos de Africa, sin el derecho de éstos a la compasión de las personas honradas.

Al día siguiente, muy temprano, Mr. Archer, el administrador adjunto, me hizo el obsequio de llevarme a cazar canguros. Pasamos la mayor parte del día cabalgando, pero con adversa fortuna, pues no vimos un solo canguro, ni siquiera un perro salvaje. Los galgos persiguieron una rata-canguro, que se les escapó metiéndose en un árbol hueco; pero conseguimos sacarla. Es un animal del tamaño de un conejo y con la figura de un canguro. [11] Hace algunos años abundaban en esta región los animales salvajes; pero al presente el emu ha desaparecido [12], retirándose a larga distancia, y el canguro escasea. Los lebreles llevados de Inglaterra han causado en ellos verdaderos estragos. Quizá transcurra mucho tiempo antes de que esos animales queden exterminados; pero así sucederá inevitablemente. Los naturales gustan mucho de tomar prestados los galgos de las alquerías, y a cambio de su uso, de los despojos de las reses sacrificadas y alguna leche de vaca, los colonos prosiguen su pacífica penetración en el interior de la gran isla. El incauto aborigen, seducido por estas triviales ventajas, se alegra de la aproximación del blanco, que parece predestinado a heredar el país de sus hijos.

Aunque la cacería fué poco afortunada, el paseo a caballo me procuró no poco placer. El terreno de bosque presenta tales claros, que se puede galopar por él. Hállase atravesado por valles de fondo llano, en el que no hay árboles, sino hierbas y arbustos; en tales sitios se pasea como en un parque. Apenas hallé en toda esta comarca un solo lugar que no tuviera señales de haber sido incendiado, sin otras variaciones que las de época y color más o menos negro de los troncos. Esta circunstancia engendraba una monotonía fatigosa para el viajero. No se ven muchas aves en estos bosques; sin embargo, a veces tropezamos con grandes bandadas de cacatúas blancas, que comían en los trigos, y algunos vistosos loritos; los cuervos, parecidos al grajo de Inglaterra, no son raros, y otra ave que recuerda la urraca. Por la obscuridad del anochecer seguí la línea de una serie de charcos que en este seco país señalan el curso de un río, y tuve la suerte de ver varios ejemplares del famoso Ornithorhynchus paradoxus. Estaban buceando y jugueteando a flor de agua, pero dejaban ver una parte tan pequeña de sus cuerpos, que fácilmente hubiera podido tomárselos por ratas de agua. Mr. Browne mató uno de un tiro; ciertamente es el animal más extraordinario que se haya visto; los ejemplares disecados no dan idea exacta de la cabeza y pico del Ornithorhynchus recién muerto, porque el último se endurece y contrae [13].


20 de enero.—Una larga jornada a caballo, hasta Bathurst. Antes de entrar en el camino real seguimos un sendero por la selva, y la región, con la excepción de algunas pocas cabañas intrusas, estaba muy solitaria. Hoy sufrimos los efectos del viento australiano, parecido al siroco, que sopla de los abrasados desiertos interiores. Veíanse nubes de polvo, arrastradas en todas direcciones, y el viento, caldeado, producía la impresión de haber salido de la boca de un horno. Después me dijeron que el termómetro al aire libre había subido a 119° en una habitación cerrada, a 96° (Fahrenheit) [14]. Por la tarde dimos vista a las hondonadas de Bathurst. Estas extensiones, onduladas y casi lisas, son muy notables en esta comarca, por carecer en absoluto de árboles. Lo único que se cría en ellas es un pasto ralo y pardusco. Después de cabalgar algunas millas llegamos a la ciudad de Bathurst, situada en el centro de lo que podría llamarse un ancho valle o angosta llanura. Me advirtieron en Sydney que no formara un juicio demasiado desfavorable de Australia fundándome en lo que viera desde el camino, ni demasiado optimista tomando pie del terreno que rodea a Bathurst, en cuanto al último, no siento el menor peligro de que me ofusque el entusiasmo. La estación—conviene hacerlo notar—ha sido de gran sequía, y el terreno presenta un aspecto poco favorable, aunque, según me dicen, estaba mucho peor dos o tres meses antes. El secreto de la rápida prosperidad de Bathurst consiste en que el pasto negruzco, de tan escaso valor al parecer, es excelente para pasto de ovejas. La ciudad está a 660 metros sobre el nivel del mar, en las márgenes del Macquarie, uno de los ríos que corren por el vasto y poco conocido interior. La línea divisoria de aguas, que separa las corrientes del interior de las de la costa, tiene una altura de 900 metros aproximadamente, y corre de Norte a Sur a la distancia de 80 ó 100 millas de la costa. El Macquarie figura en el mapa como un río de importancia, y es el mayor de los que recogen las aguas de este lado de la vertiente; pero, con gran sorpresa, no hallé mas que una cadena de charcas, separadas por espacios casi secos. En ciertas épocas sólo corre por él muy escasa cantidad de agua, y en otras lleva un considerable e impetuoso caudal. Pero con ser tan escasa el agua en esta comarca, lo es mucho más en el interior.


22 de enero.—Comencé mi regreso, y seguí un nuevo camino, llamado Ruta de Lockyer, a lo largo del cual se ve un paisaje más quebrado y pintoresco. Fué un largo viaje a caballo, que duró un día entero, con la agravante de que la casa donde deseaba dormir estaba a cierta distancia del camino y era difícil de hallar. Encontré en esta ocasión, como en todas las demás, trato muy cortés entre la clase de gente baja, contra lo que pudiera esperarse de lo que son y han sido. La granja en que pasé la noche pertenecía a dos jóvenes recién establecidos aquí y que empezaban su vida de colonos. La absoluta carencia de todo género de comodidades no tenía nada de atrayente, pero esperaban enriquecerse dentro de poco.

Al día siguiente pasamos por grandes trozos de terreno en llamas, viendo pasar a través del camino grandes masas de humo. Antes del mediodía volvimos a coger la primera ruta, y emprendimos la subida a Monte Victoria. Dormimos en el Weatherboard, y en la tarde de este día, antes que anocheciera, di otro paseo por el anfiteatro. Durante mi regreso a Sydney pasé una tarde deliciosísima con el capitán King, en Dunhewed; y con esto terminó mi corta excursión por la colonia de Nueva Gales del Sur.

Antes de llegar aquí, las tres cosas que me interesaban eran el estado social de las clases más elevadas, la condición de los deportados y los atractivos que ofrecía el país a los que pensaran establecerse en él. Por supuesto, después de una visita de tan breve duración, no es mucho lo que puede valer mi juicio; pero tan difícil me parece no formar alguna opinión, como formarla exacta. En general, tanto por lo que oí como por lo que vi, tuve un penoso desengaño por lo que al estado social se refiere. Toda la población está rencorosamente dividida en partidos sobre la mayoría de los asuntos. Muchos de los que, por razón del puesto que ocupan en la sociedad, debían dar ejemplo, llevan una vida tan licenciosa, que las personas respetables se ven precisadas a esquivar su trato. Reina una violenta animadversión entre los hijos de los ricos emancipistas y los colonos libres, complaciéndose los primeros en considerar a los hombres honrados como negociantes defraudadores. Todos los habitantes, pobres o adinerados, no sueñan mas que en adquirir riqueza; ni se habla de otra cosa entre las clases altas que del precio de la lana y de la cría de ovejas. Graves y serios obstáculos se oponen a la conveniente educación de la familia, siendo tal vez el principal el tenerse que valer de criados proscriptos. Hiere los sentimientos de toda persona decente verse servir a la mesa por un hombre que tal vez el día antes fué apaleado por cualquier fechoría de poca importancia. Las criadas, por supuesto, son mucho peor, y de ahí que los niños aprendan las expresiones más soeces, y fortuna será que no adquieran igualmente viles ideas.

Por otra parte, el capital de cualquier persona, sin la menor molestia por su parte, le produce triple interés que en Inglaterra, y con poco cuidado que ponga, se enriquecerá seguramente. Abundan los regalos y comodidades de la vida, si bien cuestan algo más que en la metrópoli; pero la mayoría de los artículos alimenticios están más baratos. El clima es espléndido y enteramente saludable; mas para mí perdió todos sus encantos desde que contemplé el desagradable aspecto del país. Los colonos tienen una gran ventaja en poder utilizar los servicios de sus hijos desde muy jóvenes. Entre los diez y seis y veinte años suelen ponerse al frente de granjas distantes. Pero no hay modo de evitar que vivan asociados con trabajadores deportados. No tengo noticia de que el tono de la sociedad haya adquirido algún carácter peculiar; pero con tales hábitos y sin aspiraciones intelectuales es difícil creer que se mejore. Mi opinión es que sólo una apremiante necesidad me compelería a venir emigrado a este país.

La rápida prosperidad y brillante porvenir de Australia, para mí, que no entiendo de estos asuntos, son un verdadero enigma. Los dos principales artículos de exportación son lana y el aceite de ballena, y ambas producciones tienen un límite. El país no se presta para construir vías fluviales, por lo que se necesita recurrir al transporte con carros, y el coste de éste, si es a punto muy distante, sube tanto como el de cuidar y esquilar las ovejas. Como los pastos crecen ralos, los colonos se han visto precisados a penetrar en el interior; pero se han encontrado con regiones en extremo pobres. La agricultura, por causa de las sequías, no podrá nunca desenvolverse en gran escala y, por tanto, a lo que yo alcanzo, Australia tiene que esperarlo todo de ser un gran centro de comercio para el hemisferio meridional, y acaso de su futura industria. Las minas de hulla que posee le suministrarán cuanta fuerza pueda necesitar. Dada la circunstancia de formar el terreno habitable una faja costera, y atendiendo al origen inglés de la población, cabe esperar que se convierta en una nación marítima. En un principio imaginé que Australia rivalizaría en riqueza y poder con Norteamérica; pero ahora me parece que esa soñada grandeza tiene mucho de problemática.

Con respecto a la situación de los criminales deportados, he tenido menos ocasiones de formar juicio que sobre otros puntos. La primera cuestión es si la condición de esos hombres es la de reos que expían un crimen; nadie se atreverá a sostener que el castigo sea demasiado severo. Sin embargo, poca importancia tendría esta lenidad mientras la deportación siga inspirando temor a los criminales de la metrópoli. Las necesidades corporales de los deportados se hallan bastante atendidas; la libertad y las comodidades se les ofrecen como asequibles en breve, y con toda seguridad si se portan bien. A los no sospechosos y que se abstienen de delinquir se les da un boletín de licencia para viajar libremente por un distrito determinado, valedero por cierto número de años, según los de la sentencia, previa, desde luego, una certificación de buena conducta; pero con todo eso, el recuerdo del antiguo encarcelamiento y miserias padecidas no puede menos de amargarles los años de castigo. Una persona inteligente me hizo observar que los deportados no conocen otras satisfacciones que las de la sensualidad, y esas no los recompensan de las penas sufridas. El perdón absoluto, con que el gobierno premia las delaciones de complots, junto con el profundo horror a las colonias penitenciarias aisladas, destruye la confianza entre los deportados y previene el crimen. La vergüenza parece ser un sentimiento desconocido entre esa clase de gente, y de ello pude convencerme con algunos testimonios muy singulares. Por extraño que parezca, se dice por todo el mundo que el carácter de la población deportada es cobarde en grado inverosímil; con frecuencia se dan casos aislados de desesperación y desprecio de la vida; sin embargo, rara vez se pone por obra un plan que requiera sangre fría y valor perseverante. Lo peor de todo ello es, aunque exista lo que puede llamarse reforma legal y se cometan relativamente pocos delitos penados en el Código, que se halla enteramente desatendida la reforma moral. Personas bien informadas me aseguraron que si alguno de los proscriptos quisiera corregirse de sus vicios, le sería de todo punto imposible viviendo con los compañeros que se le asignan, pues le harían intolerable la vida con sus malos tratos y persecuciones. No estará de más recordar la mutua contaminación que sufren los condenados a galeras y presidio, tanto en Inglaterra como aquí. En resumen, el sistema de colonias penitenciarias, como procedimiento de justicia vindicativa, apenas llena su objeto; como medio correccional, es un fracaso, mayor tal vez que el de otros métodos; pero como arbitrio para convertir a vagabundos del todo inútiles en un hemisferio en ciudadanos activos del otro y en hombres exteriormente honrados, dando así origen a un nuevo país y a un gran centro de civilización, ha triunfado en un grado tal, que acaso no tenga paralelo en la Historia.


30 de enero.—El Beagle zarpó para la ciudad de Hobart, en Tasmania, o Tierra de Van Diemen. El 5 de febrero, después de una derrota de seis días, cuya primera parte fué deliciosa y la segunda fría y destemplada, entramos en la boca de la Bahía de Storm, Bahía de las Tormentas; realmente, el tiempo justificó este desapacible nombre. La bahía debería llamarse más bien estuario, porque en su cabecera recibe las aguas del Derwent. Junto a la entrada hay algunas extensas plataformas basálticas; pero más arriba se hace el terreno montañoso y está cubierto de monte bajo. Las partes inferiores de las colinas que bordean la bahía carecen de esa vegetación, y en cambio parecen lozanear amarillentos campos de trigo y verdes patatales. A última hora de la tarde anclamos en la abrigada caleta donde se levanta la capital de Tasmania. La primera impresión que produce Hobart es muy inferior a la de Sydney, mereciendo ésta el nombre de urbe moderna y aquélla sólo el de modesta ciudad. Está situada al pie del Monte Wellington, que se eleva a 930 metros, pero tiene poco de pintoresco; de este monte recibe la ciudad el surtido de agua. Alrededor del abra hay algunos buenos almacenes, y a un lado un pequeño fuerte. Viniendo de las colonias españolas, donde con tanta esplendidez se atendió generalmente las fortificaciones, los medios de defensa parecen aquí despreciables. Al comparar la ciudad con Sydney, una de las cosas que más me sorprendieron fué la relativa escasez de grandes casas que había en Hobart, edificadas o en construcción. Según el censo de 1835, contenía 13.826 habitantes, siendo la población total de Tasmania 36.505.

Todos los aborígenes habían sido transportados a una isla en el estrecho de Bass; de modo que Tasmania posee la gran ventaja de haberse libertado de la población indígena. Parece que esa determinación inhumana llegó a ser del todo inevitable, como único medio de poner coto a los robos, incendios y asesinatos, que los negros perpetraban en sucesión interminable, y que a la corta o a la larga habían de mover a los blancos a exterminarlos. Mucho recelo que esa serie de crímenes y sus consecuencias no tuvieran su origen en la infame conducta de algunos de nuestros compatriotas. Treinta años es un período muy corto para desterrar hasta el último indígena de su país natal, y mucho más en el caso de una isla aproximadamente tan grande como Irlanda. La correspondencia cambiada sobre este asunto entre el gobierno de la metrópoli y el de Tasmania es muy interesante. Aunque en las escaramuzas sostenidas por varios años murieron o fueron hechos prisioneros muchos indígenas, nada parece haberlos convencido tanto del poder abrumador de los ingleses como el haber puesto en 1830 toda la isla en estado de guerra, ordenando a la población blanca concurrir, en un esfuerzo decisivo, a poner en salvo la existencia de la raza. El plan seguido se pareció mucho al de las grandes cacerías de la India, y consistió en formar una trocha que cruzaba la isla, con ánimo de empujar a los indígenas a un chorco formado por la península de Tasmania. El intento fracasó, pues los naturales se deslizaron furtivamente por la noche al través de la línea, atados a sus perros. Lo cual no tiene nada de sorprendente, si se tiene en cuenta la destreza especial de los naturales para arrastrarse detrás de los animales salvajes y la gran agudeza de sus sentidos. Me han asegurado además que saben ocultarse en terreno despejado de un modo tal que, a no verlo, se creería imposible; sus cuerpos obscuros son fácilmente tomados por los troncos ennegrecidos que abundan dispersos sobre el terreno. En cierta ocasión un tasmaniano que estaba en la falda desnuda de una montaña apostó con unos ingleses a que se les escondería con sólo que tuvieran cerrados los ojos unos segundos. Cuando así lo hicieron, el indígena se agazapó en cierto sitio, y no hubo modo de distinguirle entre los troncos por allí esparcidos. Pero, volviendo a la gran batida organizada, los naturales se desconcertaron al observar el plan, y comprendieron que era inútil resistirse contra el poder y número de los blancos. Poco después se presentaron 13 de ellos, pertenecientes a las dos tribus, y, conscientes de su impotencia, se rindieron a discreción, perdida toda esperanza de triunfar. A raíz de este hecho, Mr. Robinson, hombre de corazón e inteligencia, visitó, intrépidamente, a los naturales más hostiles, y con sus amistosos razonamientos logró persuadirlos a que siguieran el ejemplo de los que se habían presentado. Entonces se los trasladó a una isla y se los proveyó de alimentos y vestidos [15]. Afirma el conde Strzelecki [16] que «en 1835, fecha de su deportación, el número de indígenas se elevaba a 210. En 1842, esto es, al cabo de siete años, sólo quedaban 54 individuos; y mientras todas las familias de Nueva Gales del Sur, no contaminadas con el contacto de los blancos, hervían de chiquillos, los de la isla de Flinders no tuvieron en ocho años mas que ¡catorce de aumento!»

El Beagle se detuvo aquí diez días, y en este tiempo hice varias excursiones agradables, principalmente con objeto de examinar la estructura geológica de las inmediaciones. Los particulares más importantes se reducen a las siguientes: en primer lugar, algunos altos estratos fosilíferos, pertenecientes al período devónico o carbonífero; en segundo lugar, varios indicios de haberse levantado el suelo en época reciente; y, por último, un pedazo aislado y superficial de amarillenta caliza o travertino, que contiene numerosas impresiones de hojas de árboles, junto con conchas terrestres de especies extintas. No es improbable que esta pequeña cantera incluya el único recuerdo que subsiste de la vegetación de Tasmania durante una antigua época.

El clima es aquí más húmedo que en Nueva Gales del Sur, y la tierra más fértil, en consecuencia. La agricultura se halla en estado floreciente; los campos cultivados presentan buen aspecto, y los huertos abundan en lozanas hortalizas y frutales. Algunas granjas y quintas, situadas en lugares retirados, tienen una apariencia muy atractiva. El aspecto general de la vegetación es semejante al de Australia; quizá es algo más verde y alegre y más abundante el pasto que crece entre los árboles. Un día di un largo paseo a pie por el lado de la bahía opuesto a la ciudad; para llegar allá me embarqué en uno de los dos botes que constantemente van y vienen efectuando el transbordo. La maquinaria de uno de ellos se había construído enteramente en esta colonia, ¡a los treinta y tres años de haberse fundado! Otro día subí al monte Wellington; llevé conmigo un guía, porque fracasé en mi primer intento, a causa de la espesura del bosque. Sin embargo, tampoco esta segunda vez fuimos muy afortunados, porque el hombre del país que nos acompañaba era un estúpido, y nos condujo por el lado meridional y húmedo de la montaña, donde crecía una vegetación exuberante; de modo que el trabajo de la subida, por la multitud de troncos podridos, fué casi tan grande como el de trepar a una montaña en Tierra del Fuego o en Chiloe. Cinco horas y media de ruda brega nos costó el llegar a la cima. En muchas partes, los eucaliptos alcanzaban gran desarrollo, formando una magnífica selva. En algunas de las barrancas más húmedas prosperaban de un modo admirable los helechos arbóreos; vi uno que debía de medir lo menos 20 pies, de la base a las frondes, y cuya circunferencia era exactamente de seis pies. Las frondes, en forma de elegantes sombrillas, producían una sombra velada como la del anochecer. La cima de las montañas es ancha y plana, y se compone de enormes masas angulosas de piedra verde desnuda. Su altura es de 930 metros sobre el nivel del mar. El día era espléndidamente claro, y gozamos de una extensa vista: al Norte, el país parecía una aglomeración de montañas cubiertas de bosques, tan altas como la en que estábamos y con el mismo perfil suave; al Sur, se desplegaba ante nosotros con perfecta claridad la costa quebrada y el mar, que forma en esta parte muchas e intrincadas bahías. Después de estar algunas horas en la cima, efectuamos el descenso por un camino mejor que el de la subida; pero no llegamos al Beagle hasta las ocho, y con una gran fatiga.


7 de febrero.—El Beagle zarpó de Tasmania, y el 6 del siguiente mes llegó al King George's Sound, situado cerca del ángulo sudoeste de Australia. Estuvimos aquí ocho días, y en todo nuestro viaje no hemos pasado un tiempo más pesado y aburrido. El país, visto desde una altura, parece una planicie arbolada, en la que aquí y allá surgen colinas de granito opulentas y en parte desnudas. Un día salí con varios compañeros, esperando ver una caza de canguros, y anduvimos a pie una porción de millas. Por todas partes hallamos el suelo arenoso y paupérrimo, que sólo producía, o hierbas delgadas y bajo matorral, o monte bajo de árboles raquíticos. El paisaje recordaba las altas plataformas de arenisca de las Montañas Azules; la Casuarina (árbol algo parecido al abeto escocés) abunda aquí en mayor número, y el Eucalyptus algo menos. En los parajes descubiertos había varias Xanthorrheas, que en apariencia tienen alguna afinidad con la palmera, pero que en vez de estar coronadas por un penacho de magnífico ramaje, se terminan sólo por un manojo de hojas muy bastas que parecen hierba. El vivo color verde del matorral y otras plantas, contemplado desde lejos, podría interpretarse por un indicio de fertilidad. Pero un solo paseo bastó para disipar tal ilusión, y el que siga mi parecer no querrá nunca repetir la visita de tan ingrato país.

Acompañé un día al capitán Fitz Roy a Bald Head, lugar mencionado por tantos navegantes, que creyeron haber visto en él corales y árboles petrificados, conservando la posición en que crecían. A mi juicio, los estratos han sido formados por el viento amontonando arena fina, compuesta de menudas partículas redondeadas de conchas y corales, de modo que durante el proceso de acumulación quedaron enterradas ramas y raíces de árboles con muchas conchas terrestres. El conjunto ha sido consolidado merced a la infiltración de materia calcárea, y las cavidades cilíndricas que dejó la madera podrida se llenaron de dura roca seudoestalactítica. El tiempo va desgastando ahora las partes más blandas, y como resultado de esta acción se alzan sobre la superficie raíces y ramas petrificadas, remedando admirablemente troncos secos de un matorral.

Por casualidad, durante nuestra visita a este sitio llegó una numerosa tribu de indígenas, llamados los cacatúas blancos. Mediante la promesa tentadora de darles unos paquetes de arroz y azúcar, se logró persuadirlos a que celebraran una «corrobery», esto es, un gran baile, lo que había de efectuarse en combinación con la tribu perteneciente a King George's Sound.

Tan pronto como obscureció, se encendieron pequeñas hogueras, y los hombres comenzaron su toilette, que consistía en pintarse manchas y líneas blancas. Cuando estuvieron preparados se echó nueva leña a las hogueras, sentándose alrededor de ellas, como espectadores, las mujeres y los niños; los cacatúas y los del Rey Jorge formaron dos cuadrillas distintas, y bailaron, respondiendo en general los movimientos de los unos a los de los otros. El baile consistió en correr de lado o en fila india, por un espacio descubierto, pateando con gran fuerza al marchar a compás. Las fuertes pisadas coincidían con una especie de gruñido, y a la vez chocaban sus clavas y picas unas con otras, y hacían diversos gestos, como extender los brazos y retorcer el cuerpo. Era una escena del todo bárbara y rudísima, y, para nuestras ideas, sin ninguna significación [17]; pero noté que las mujeres y los niños negros la contemplaban con el mayor gusto. Tal vez estos bailes representaran en un principio guerras y victorias. Uno de los bailes, llamado del emu, se ejecutaba doblando cada hombre un brazo como el cuello de dicha ave. En otro, un salvaje imitaba los movimientos del canguro al pastar entre los bosques, mientras otro se arrastraba por detrás fingiendo querer herirle con la azagaya. Cuando las dos cuadrillas se mezclaron en el baile, hacían temblar el suelo con su simultáneo pisoteo, atronando el aire con sus gritos salvajes. Todos parecían enajenados de júbilo, y el conjunto de las figuras casi desnudas, contemplado a la rojiza luz de las hogueras, moviéndose todos con diabólica armonía, presentaba un cuadro acabado de un festival entre los más bajos bárbaros. En Tierra del Fuego contemplamos muchas escenas curiosas de la vida salvaje; pero ninguna en que los indígenas desplegaran tanto entusiasmo y se sintieran tan a su gusto. Acabado el baile, el grupo entero de salvajes se sentó formando un gran círculo, y el arroz cocido y el azúcar se distribuyeron entre ellos, mostrándose muy contentos con la golosina.

Después de varias molestas detenciones, a causa del tiempo nebuloso, el 14 de marzo partimos, y gozosos, de King George's Sound, con rumbo a la isla Keeling. ¡Adiós, Australia! Eres una niña crecida, y, sin duda, algún día reinarás como una gran princesa en el Sur. Demasiado grande y ambiciosa para atraerte el afecto, no lo eres bastante para merecer respeto. Dejo tus playas sin sentimiento ni pena.


  1. Hoy los seis Estados primitivos de Australia forman una Confederación, con su peculiar gobierno parlamentario, que reside en Melbourne y no en Sydney.—N. del T.
  2. El censo de 1917 ha dado a Sydney 770.000 habitantes.—Nota de la edic. española.
  3. Esta ciudad—aldea cuando Darwin la visitó—tiene hoy 11972. habitantes y, es centro agrícola, fabril y minero de primer orden.—Nota de la edic. española.
  4. La exacta descripción de Darwin coincide con el eucalipto, uno de los árboles más característicos—singularmente sus especies Eucalyptus globulus y E. regnans—de los bosques de Australia. Al presente, los eucaliptos, naturalizados en América y regiones mediterráneas, son ya bien conocidos.—Nota de la edición española.
  5. Los aborígenes de Australia, hoy muy reducidos, parecen ser de raza negrito, que de un lado ha dado los aborígenes de Australia y de Tasmania, y de otro los papúes, melanesios y habitantes de las islas Salomón. Es cuestión, sin embargo, no del todo resuelta. Sus analogías con los Vedas de Ceylán—en cuyo caso procederían de la India, en tiempos remotísimos—parecen evidentes.—Nota de la edic. española.
  6. Merece notarse que una misma enfermedad se presenta como más o menos grave, según tos diferentes climas. En la pequeña isla de Santa Elena, la introducción de la escarlatina se considera como una plaga. En algunos países, las afecciones contagiosas atacan de distinto modo a los extranjeros que a los naturales, de lo que hay ejemplos en Chile y, según Humboldt, en Méjico: Polit Essay New-Spain, vol. IV.
  7. Narrative of Missionary Enterprise, pág. 282.
  8. El capitán Beechey (cap. IV, vol.I) asegura que los habitantes de la isla Pitcairn están firmemente convencidos de padecer enfermedades cutáneas y otros trastornos después de la llegada de cada barco. El capitán Beechey lo atribuye al cambio de alimentación durante la visita. El Dr. Macculloch (Western Isles, vol. II, pág. 32) dice: «Se da por cierto en Santa Kilda que el arribo de un extranjero produce en todos los habitantes la enfermedad de catarro.» El citado doctor cree que es una ridiculez, a pesar de haberse dicho así tantas veces. Añade, sin embargo, que «todos los naturales le preguntaron sobre el particular, conviniendo unánimemente en el hecho». En el Viaje de Vancouver, se halla una afirmación semejante respecto de Tahiti. El Dr. Dieffenbach, en una nota a la traducción de este Diario, afirma que el mismo hecho está universalmente admitido por los habitantes de las Islas Chatham y en partes de Nueva Zelandia. No se concibe la universalidad de tal creencia en el hemismerio Norte, en los antípodas y en el Pacífico, sin algún fundamento sólido. Humboldt (Polit. Essay on King of New-Spain, vol. IV) dice que las grandes epidemias de Panamá y el Callao «se señalan» por la llegada de barcos de Chile, porque la gente de esa región templada es la primera en experimentar los fatales efectos de la zona tórrida. Añadiré que, según me contaron en Shropshire, las ovejas importadas en barcos, aunque sanas, producían a menudo enfermedades en los rebaños a que se las incorporaba.
  9. Travels in Australia, vol. I, pág. 154. Cúmpleme expresar mi agradecimiento a sir T. Mitchell por sus interesantes noticias personales relativas a estos grandes valles de Nueva Gales del Sur.
  10. Al presente se explican estos valles de paredes acantiladas por la erosión del agua en una alternancia de capas blandas carboníferas coronadas por una dura arenisca triásica en una meseta (la de las Montañas Azules) que se ha levantado merced a un pliegue monoclinal que, en suave pendiente, se eleva desde la costa oriental de Australia. Los ríos Caperti, Nepean y Hawkesbury han tajado y disecado, con profundos y angostos escobios, la alzada meseta que ahora, en virtud del pliegue monoclinal, vierte sus aguas hacia el Pacifico y antes vertía hacia el W., es decir, hacia el lago central de Australia. Así, hay aquí una aparente inversión del relieve, y son más angostos los valles cuanto más próximos a la desembocadura de sus ríos.—Nota de la edic. española.
  11. A querer dar una impresión de la fauna especial de Australia, se dirá que los grupos más interesantes son los marsupiales y los monotremas. Los marsupiales, cuyas hembras tienen una bolsa en su vientre para resguardar sus hijuelos nacidos antes de su completo desenvolvimiento, alcanzan un enorme desarrollo en Australia, sin paralelo en cualquier otra región del Globo. Los marsupiales ofrecen en Australia riquísima variedad de formas, pertenecientes a los géneros Sarcophilus, Thylacinus, Dasyurus, Myrmecobius, Notoryctes, Perameles, Phascolomys, y sobre todo el canguro (Macropus).

    En cuanto a los monotremas—que posee únicamente Australia—, hay solamente dos mamíferos ponedores de huevos, que por su modo de reproducción y de desarrollo, así como por sus caracteres anatómicos, representan el tránsito entre los reptiles y los mamíferos.

    De estos dos animales, el Ornithorhynchus (hoy Platypus), de que habla Darwin, es anfibio, con dedos palmeados y pico de pato; vive en lagos y corrientes. La hembra pone e incuba sus huevos, y después de nacidos, los pequeños maman de su madre.

    El otro género (Echidna) es de vida puramente terrestre, y la hembra pone un solo huevo. Mamíferos tan extraordinarios son desconocidos en las demás partes del mundo, y aun fósiles se los ha hallado únicamente en Australia en depósitos de fecha reciente.—Nota de la edic. española.

  12. Las avestruces estaban representadas en Nueva Zelandia por varias especies de moas (como el género Dinornis), que en tiempos remotos cazaron los aborígenes de la isla, y en Australia por otras afines, aún vivientes, como el emu Dromæus novæ-hollandiæ y el casoar. Para el género Dinornis o Deinornis, véase la nota segunda de la página 245. A una raza acaso emparentada con los papuas—anteriores a los actuales maoris en Nueva Zelandia—, se la ha llamado «cazadores de moas».—Nota de la edic. española.
  13. Me entretuve en observar el hoyo, en forma de embudo, de la hormiga-león u otro insecto análogo; cayó primero una mosca en la traidora pendiente, y desapareció al punto; luego llegó una grande, pero incauta, hormiga; como hizo violentos esfuerzos por escapar, llovieron sobre ella esos curiosos chorros de arena descritos por Kirby y Spence (Entomol., vol. I, pág. 425) como lanzados por la cola del insecto. Pero la hormiga fue más afortunada que la mosca, y escapó de las mandíbulas fatales, que yacen ocultas en la base del hoyo cónico. El tamaño de este embudo era solamente casi la mitad del que construye la hormiga-león europea.
  14. Su equivalencia con la escala centígrada es la siguiente:
    Fahrenheit. Centígrada.
    119° 48°,3
    96° 35°,5

    (Nota de la edic. española.)

  15. La raza aborigen de Tasmanía, negra y de cabello lanoso, era diferente de la de los aborígenes australianos y más afín a los melanesios de las Islas del Pacífico. Era acaso la raza más primitiva conservada en el siglo xix, inferior todavía a los habitantes de los extremos países meridionales (fueguinos o bushmanes). Se hallaban en el estadio paleolítico. Después de su confinamiento (1832) en las islas Flinders, a que Darvin alude, todavía se redujo su número, y el último aborigen de sangre pura murió en 1876. Léase H. Ling Roth, The Aborigines of Tasmania.—Nota de la edición española.
  16. Physical Description of New South Wales and Van Diemen's Land, pág. 354.
  17. Aun cuando Darwin, en su tiempo, no acertase a sospechar significación alguna en estas danzas, se sabe hoy que la tienen. El corrobori o corrobery es entre los australianos institución universal. Cada corrobori parece tener su significación peculiar: el descrito por Darwin es acaso la elección de un jefe; la danza del emu representa la caza del ave gigante, cuyo recuerdo ha quedado en la tribu como supervivencia. Véase nota de la pág. 266 Nota de la edic. española.