Doña Milagros: 01

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Prólogo en el cielo
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Doña Milagros Emilia Pardo Bazán


EL HÉROE.- (Deteniéndose en el umbral de la gloria.) Señor de cielos y tierra, ¿es verdad que voy a entrar en la mansión de los escogidos? Apenas me atrevo a creer tamaña ventura. ¿Cuáles han sido mis merecimientos, Señor, para que te dignes mirar con indulgencia a tu siervo? ¿Yo en la gloria? ¿Yo entre santos, mártires, confesores y vírgenes, tronos, jerarquías, potestades y dominaciones?


VOZ DEL ESPÍRITU DE DIOS.- (Que sale de una ardiente nube.) No estarás entre los santos, ni entre los vírgenes, porque no lo eres. Entre los mártires y confesores bien podrías, pues algún martirio padeciste y algunas veces me confesaste. Si sólo los santos entrasen en el cielo, muy solitaria se hallaría mi mansión. La santidad, como el genio luminoso y la belleza soberana, es patrimonio de pocos. ¿Has imaginado tú que Yo crie, perfeccioné y redimí al género humano para destinarle a condenación eterna, verle retorcerse en el fuego del Purgatorio o aullar en los braseros del Infierno?


EL HÉROE.- (Transportado de alegría.) Señor, es cierto que si pequé, mi corazón no es el de un malvado. Yo deseaba guardar tus mandamientos, aunque no los he guardado siempre, y en Ti he creído y esperado con firmeza. Nunca, aun en medio de las pruebas que te dignaste enviarme, se entregó mi alma a la negra desesperación, ni osó desconfiar de Tu providencia, ni censurar Tu obra, ni renegar del don precioso de la vida que otorgaste a Tus criaturas. No te serví con el celo y fervor que debiera, pero Tú sabes que no he sido impío. Sin embargo, estoy confuso... Nada hice bueno, y algo malo sí... ¡Algo muy malo!...


VOZ DEL ESPÍRITU.- (Suave, armoniosa y musical, como si brotase de los registros más delicados de un órgano.) Has amado mucho. Recuerda que a quien mucho ama, mucho se le perdona. Tu corazón fue un foco de ternura. Eres el Padre, por otro nombre el Pelícano. En tus párpados hay huellas de llanto y señales de prolongadas vigilias. En tus manos no veo ni oro ni jirones de honra. Ábrelas... Están vacías. En una de ellas...


EL HÉROE.- (Temblando, lloroso y contrito.) Señor, Tú que todo lo comprendes, ¿no distingues esta... esta manchita... así... roja?... ¡Misericordia, Señor... Misericordia de mí!


VOZ DEL ESPÍRITU.- (Grave y serena.) No; no la distingo. La vi cuando cayó. Después la ha borrado tu constante arrepentimiento.


EL HÉROE.- (Respirando y enajenado de gozo.) ¿Con que no soy asesino? ¿No soy criminal?


VOZ DEL ESPÍRITU.- (Misteriosa y lejana.) El hecho descarnado nada significa para mí. Mi justicia no se parece a la que tú conociste allá en el mundo. El beso de Judas fue asesinato; el tajo de Pedro, que cercenó la oreja a Malco, fue caricia. Cuando Pedro desenvainó la espada, rebosaba amor por mi Hijo. Intenciones, motivos, pensamientos... Hechos no. El hecho no existe en estas regiones. El hecho es la cáscara de la realidad.


EL HÉROE.- (Creyendo soñar.) ¿He matado y estoy sin culpa?


VOZ DEL ESPÍRITU.- (Clara y firme.) He medido y pesado los móviles de tu falta. Ya has expiado viviendo. El que mata y vive, expía. Con todo, aún te queda una penitencia que cumplir. Antes de entrar en el goce de la beatitud, bajarás otra vez a la tierra y escribirás tu historia, para bien de algunos de tus semejantes.


EL HÉROE.- (Asustado.) ¡Señor! ¡Escribir! No ignoras que nunca aspiré a la gloria literaria. Ni aun he combatido en el estadio de la prensa. Es decir... Para que no se ría el diablo de la mentira, recuerdo haber puesto dos o tres comunicados en el Grito Cantábrico y en el Nautilense, cuando el ayuntamiento de Villalba, contra toda ley y razón, se empeñó en expropiarme...


VOZ DEL ESPÍRITU.- (Benévola.) Ahora es asunto de mayor importancia. La narración de tu vida tendrá forma novelesca.


EL HÉROE.- (Más incrédulo que antes, temiendo ser víctima de una pesadilla.) ¿Noveles...?


VOZ DEL ESPÍRITU.- (Enérgicamente.) Novelesca.


EL HÉROE.- (A dos dedos de la más satánica rebeldía.) Señor, ¿eres Tú quien me manda hacer una obra novelesca? ¿Una novela, hablando pronto? ¿Es Tu voz o es la de Lucifer la que escucho? ¿Yo que me he pasado la vida tapando los agujeros por donde pudiesen deslizarse en mi casa esos libros nefandos y pestilenciales, a fin de que no se posasen en ellos ¡ay de mí!, los ojos de mis amadas hijas? ¿Yo que he cazado folletines como quien caza serpientes? Ya sé que, según dicen, las novelas de ahora no se parecen a las de antes; pero tengo entendido que aún son peores, porque rompiendo todo freno presentan la vida humana con repugnante desnudez, y la fotografía pornográfica más descarada no llega adonde llegan tan asquerosos librotes. Pornográfica es palabra de un amigo mío sumamente ilustrado... que me dijo que así debían calificarse...


VOZ DEL ESPÍRITU.- (Con lentitud solemne.) Obedece y calla. Yo soy, la Verdad, la Belleza y la Bondad juntas, y nada de lo que ha sido hecho se hizo sin Mí. En Mí está la Vida, y la Vida es la luz de los hombres.


EL HÉROE.- (Para sí, aturdido.) Esto se me figura que lo dicen en la misa... (Desvanécese la ardiente nube, y aparece otra nubecilla nacarada, y cabalgando en ella un ANGELITO muy risueño, pálido, que representa unos cuatro años de edad.)


EL ANGELITO.- (Al HÉROE.) Ven conmigo. Yo te guiaré a que cumplas tu expiación, como manda Papá del cielo. ¿Qué? ¿No me conoces? ¿Ya no te acuerdas de mí?


EL HÉROE.- (Haciendo pantalla con la mano.) No... digo, sí... se me figura... no sé...


EL ANGELITO.- ¡Sí soy tu Moncho, tu Ramón, el que se cayó del tercer piso por un descuido de la niñera y se hizo tortilla contra las piedras de la calle!


EL HÉROE.- (Conmovidísimo.) ¡Hijo de mi alma! ¡Monchito!¡Válgame Dios! Quién iba a conocerte con esas alas tan cucas, y esa claridad que te rodea, y esa cara de bienaventurado! ¡Ay! ¡Dichoso tú! ¡Si supieses las horas que pasé cuando te subieron sin vida, caliente aún tu pobre cuerpecito! No estabas nada desfigurado, ni tenías roto nada, al parecer... Sólo un cuajarón de sangre debajo de la naricilla... ¡Qué de besos te di! ¡Infelices padres los que tal ven!


EL ANGELITO.- (Riendo.) Pues ahora consuélate, papá. Suerte como la mía... El trago fue para ti. Yo, tan contento. Nada me dolió: duró aquello un instante, y creo que ya llegué muerto a las losas. Aquí nada me falta. Tengo una legión de compañeritos, y jugamos a la pelota y al volante con unas estrellas más lindas... Ahora, a la tierra. Agárrate a mis alas. No, si están muy fuertes; no me las arrancas ni tú ni diez como tú. Así... fuera miedo.


EL HÉROE.- (Al atravesar el tercer cielo.) Se va muy bien... me parece que soy pájaro y que he volado toda mi vida. Pero oye... Contigo tengo yo más confianza para hacer ciertas preguntas. ¿Es posible que Dios, sobre mandar escribir una novela, que ya es cosa bastante rara, se lo mande a quien ni tiene facultades, ni costumbre, ni...? ¿Cómo empezaré? ¡Sabes que me da en qué pensar? ¿Irá bien si empiezo: «En una serena tarde del mes de Julio...»?


EL ANGELITO.- (Riendo a carcajadas.) Jesús, papá... Le cuelgas a Dios unas tonterías... Tú no tienes que escribir la novela. Basta con que la inspires. Yo te llevo a casa de un novelista de profesión; te acercas a su oído y susurras: «Mire usted, cuando vivía hice esto, aquello y lo otro; pensé así, sentí asado...». Y basta. Él se encargará del resto.


EL HÉROE.- Eso mismo dudo que pueda hacerlo de manera que el novelista saque algo en limpio de mi historia. Yo sé bien lo que me ha sucedido y lo que sentí allá por dentro; pero hijo, las explicaderas...


EL ANGELITO.- (Con ternura.) Papá, ya verás cómo así que te llegues al novelista se te despabila el meollo y ves claramente muchas cosas que en vida no entendiste; y además te entran una franqueza y una elocuencia tales, que declaras los móviles de tus acciones más leves y ensartas los pormenores de los sucesos más insignificantes de tu verdadera historia. Y al irlos refiriendo, adivinarás la coordinación secreta de los efectos y sus causas en la vida... Has de pegarte algún cachete en la frente. ¿No ves cómo hablo y discurro yo, desde que subí al cielo?


EL HÉROE.- (Algo amostazado.) Bien, obedezco... pero conste que no me explicar esta orden del Señor... En fin, quien manda, manda.


EL ANGELITO.- ¡Ay papá, qué descontentadizo! ¿Preferías un añito de Purgatorio?


EL HÉROE.- Yo qué sé... Ahora enciérrese usted en el cuarto de un escribidor, que será algún tugurio, y el dueño tal vez un perdis rematado... Me mirará por encima del hombro; me juzgará con dureza, y escudriñará impúdicamente el alma de mis desventuradas hijas.


EL ANGELITO.- (Partiéndose de risa.) ¡Qué gracia papá, qué gracia! Cuando veas a donde te conduzco...


EL HÉROE.- (Colgado del ala de su hijo y mirando hacia abajo.) ¿Qué es esto? ¡No es Marineda la ciudad que se extiende allá... sobre el azul? ¡No es esa la bahía redondeada en forma de concha, la torre del Faro, los amenos jardines del Terraplén? El corazón se me sale de alegría. ¡No es aquella la chimenea de mi propia casa?


EL ANGELITO.- (Cariñoso.) Sí, papá... pero no la mires... Ahí no has de volver nunca.


EL HÉROE.- (Con ansia.) Dos minutos... Verlas... ¡Por caridad!


EL ANGELITO.- No puede ser. Tu expiación comienza.


EL HÉROE.- (Afligido.) ¿A dónde me guías?


EL ANGELITO.- ¿Ves aquel caserón antiguo del Barrio de Arriba? ¿Balcón con palma en el primer piso...?


EL HÉROE.- ¿Galería en el segundo?


EL ANGELITO.- Justo... ¿Ves dos ventanas del tercero abiertas? ¡Una gran mesa... estanterías, libros, cachivaches, plantas, flores? ¿Una mujer que atraviesa la habitación con un violetero lleno de violetas en la mano...?


EL HÉROE.- (Admirado y gozoso.) ¡Ah!.... de modo... con que es ahí... Ya... Claro... Respiro... Al menos hablaré con una persona del mismo Marineda, una señora, un alma compasiva... Ya sabrá ella parte de mi historia.


EL ANGELITO.- Anda, papá... Es preciso que entre allí tu espíritu antes de que se cierre la ventana... Va a llover y tengo mucha prisa de regresar al cielo. En este clima tan húmedo no hay modo de vivir sin paraguas, impermeable o cosa así. Cuélate pronto... y abur... ¡Hasta luego! ¡Que ya cierran la vidriera...!


EL HÉROE.- (Desde el alféizar de la ventana.) Hijo mío, no te mojes... Arrópate bien en la nube... Mira que los catarros, ahora en esta estación...


EL ANGELITO.- (Con risa argentina y encantadora.) Abur, abur. Volveré por ti cuando esté terminada la última cuartilla.


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