Doña Milagros: 02

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Capítulo I
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Doña Milagros Emilia Pardo Bazán


En la pila bautismal me pusieron el nombre de Benicio. Por el lado paterno llevé el apellido de los Neiras de Villalba, pueblo digno de eterno renombre, donde se ceban los más suculentos capones de la Península española. En el escudo de mi casa solariega, sin embargo, no campean estas aves inofensivas, sino un águila coronada y un par de castillos de sable sobre campo de gules. Tales zarandajas heráldicas no impidieron a mi padre, el mayorazgo, casarse con la hija de un confitero y chocolatero natural de Astorga, establecido en los soportales de la Plaza de Lugo. Era mi padre (Dios le haya perdonado) algo antojadizo y terco y bastante libertino; y como la recia virtud de mi madre no consintió rendirse a sus asaltos, a contrapelo de toda la familia la hizo su esposa.

Yo creo que en tan desigual enlace quien salió perdiendo fue la confitera. Poseedora de las cualidades morales que faltaban a su marido; hacendosa, recta y cristiana a carta cabal, mi madre vivió sola, despreciada, maltratada y faltándole cariño, consagró el suyo entero a mi hermana y a mí. Digo mal: yo fui el preferido, el único amado tal vez, porque mi hermana, que pecaba de intrigante y chismosuela, fue desde pequeñita el ojo derecho de mi padre. Mi niñez corrió triste, viendo a mamá esconderse para llorar por los rincones de la casa, y echándome a temblar cuando papá gritaba y maldecía y soltaba cada terno que se venía abajo la bóveda celeste; pues una de las peores mañas del autor de mis días era jurar como un carretero desde que abría la boca; y recuerdo que mi madre me inculcó el odio a tan feo vicio, hasta hacerme caer en el extremo de considerar los juramentos, las blasfemias y las palabras soeces como el mayor y más estúpido pecado que puede cometer el hombre. Esta y las demás enseñanzas de mi madre se me grabaron indeleblemente, viniendo a ser la base de mis convicciones y principios; así como en el fondo de mi carácter quedó una blandura y un apocamiento, que atribuyo a haberme ensopado y reblandecido el corazón los terrores y las lágrimas maternales. Mi madre era mujer chapada a la antigua, e hizo predominar en mí el elemento tradicional sobre el innovador; porque (ahora lo discierno claramente) no cabía en sus facultades equilibrar los dos de tal manera que yo me encontrase en condiciones favorables para vivir en la época que Dios había señalado a mi paso por el mundo. Aprendí de mi madre la probidad, el horror a las deudas, el respeto de los contratos y de la honra de las mujeres, la modestia, la economía, la frugalidad, la veracidad, virtudes que adornan a la grave raza castellana, aunque se atribuyan en general a la ibérica. También me fue inculcado por mi madre otro sentimiento nada común en la sociedad actual: una consideración profunda por las personas de elevado nacimiento, unida a cierto democrático individualismo y a mucha llaneza con los inferiores. En cuanto a la enseñanza religiosa, por entero la debí a mi madre: ella me obligó a aprender de memoria el Catecismo, me hizo rezar diariamente el Rosario, me leyó en el Año Cristiano las vidas de los Santos y en el Kempis los capítulos referentes a la resignación, a la humilde sujeción, al hombre bueno y pacífico, a la tolerancia de las injurias, al puro corazón y la intención sencilla. Tales doctrinas prendieron en mí maravillosamente: sin duda existía oculta conformidad entre ellas y mi carácter; por lo cual llegué a imaginarme (a posteriori) que me hubiese convenido más ser amamantado en principios de energía, acción y violencia, porque hallándose estos en pugna con mi condición natural, se establecería el provechoso equilibrio donde quizá reside el secreto de la armonía, perfección y felicidad humana. Someto este problema a los doctos, y paso adelante.

Cuando me veía quejoso y dolorido del proceder de mi padre, mamá me predicaba la conformidad más entera. «Las faldas del marido -me decía- no excusan jamás las de la mujer. Él es el jefe de la casa, y se le ha de obedecer y se le ha de querer bien, todo lo que no sea esto se queda para bribonas infames. Rezar mucho a ver si se convierte y se hace bueno... y paciencia, y que cada cual acepte su cruz. Contra el marido y el padre jamás tiene razón la mujer y el hijo. Silencio... y Dios sobre todo».

Uno de los sanos consejos de la que me llevó en sus entrañas, fue el de seguir una carrera. «Hijo -me decía- Dios sabe a dónde llegaremos... Puede suceder que tengamos que pedir limosna». La vida rota y relajada de mi padre daba cierta verosimilitud a tan tristes profecías. Asistí, pues, al Instituto, con propósito de ingresar más tarde en el Seminario, ordenarme y conseguir un curato de aldea donde viviríamos mi madre y yo, humildemente, según el espíritu del Kempis, pero sin mendigar. La muerte de mi madre, casi súbita, de un ataque de reuma al corazón, malogró estos planes. Por consejo de mi tío Ventura Neira, el abogado, se me envió a la Universidad compostelana a cursar leyes.

Cuento mis épocas de estudiante como las mejores de mi vida. La alegría y descuido de la mocedad, el trato regocijado de los amigos, las bromas y los entretenimientos propios de mi edad y mi estado, me dejaron delicioso recuerdo. Debo advertir que esto ocurría allá por los años 45 a 50, cuando todavía decir estudiante era decir buen humor, chispa, viveza, ingenio, travesura. Ahora las estudiantinas (todos los Carnavales se presenta alguna en Marineda) parecen cuadrillas de penitentes, según lo compungidas y contritas que se muestran: ni por casualidad provocan el más leve desorden; ni siquiera galantean a las muchachas; embolsan el dinero que las dan, con la misma tristeza con que los pobres vergonzantes se guardan el socorro; andan como si se hubiesen tragado el molinillo; en fin, estos no son escolares. Nosotros armábamos cada guitarreo y cada baile de máscaras y cada gresca, que si me acuerdo aún me río. Yo no figuraba entre los inventores de las diabluras; pero no descomponía partido; se contaba conmigo siempre, y una vez metido en danza, no me quedaba atrás (entendiéndose que nuestras humoradas no pertenecían al género de las que dejan en pos de sí deshonor y llanto).

Excuso decir que ni rastros persistían en mí de la supuesta vocación eclesiástica. Al contrario... Confesémoslo sin rebozo: mi corazón juvenil latía dulcemente solicitado por misteriosas voces y por ansias indefinibles. Un aguijón, un estímulo suave me incitaba sin cesar a que me aproximase a la mitad bella de la humana progenie. Estudiante más enamoradizo que yo, dudo que haya existido desde que hay aulas en el mundo. Sólo que en mí no llegaba a adquirir la pasión amorosa el grado de concentración y de fijeza que la hace terrible: a fuerza de gustarme tanto las mujeres, no me perdía por ninguna. Verlas y derretirme en babas, era todo uno; sus insinuaciones me encontraban siempre rendido, galante, hecho un caramelo; hoy me mareaban unas pupilas de azabache, mañana dos ajos azules me volvían tarumba... y, al fin, nada; revoloteos de mariposa, sin consecuencias ulteriores.

Mi espíritu no anhelaba los torturadores goces del amor culpable, pagarlos con el desasosiego de la conciencia: lo que me sonreía, en medio de tantos zascandileos amorosos, era la perspectiva de la honesta felicidad conyugal. «No hay remedio: me caso no bien acabe la carrera», decía, pareciéndome lo más natural del mundo que como el ave busca pareja y nido, busque compañera y hogar el hombre. Así es que apenas tuve en el bolsillo mi título de licenciado, empecé a tender la vista, por si distinguía la media naranja... No fue en Compostela, centro al fin de vida un poquillo disipada, donde se me apareció, sino en Monforte, la villa medioeval, legendaria, que aún domina, ceñudo y fiero, el torreón de los Hidalgos. ¡Allí te encontré, cara esposa, Ilduara mía, en quien hasta el nombre revistió carácter de noble severidad, de dignidad austera! ¡Algunas veces, al ver tu majestuoso continente, tus formas en que cada año fue acentuándose más la línea recta, y sobre todo, tu energía indomable, tu intransigencia loabilísima, te he comparado al torreón de tu pueblo natal! Sin embargo, al tiempo que te conocí, la amable risa descendía aún a tus ojos y a tus labios. ¡Después del primer año de boda fue cuando empezó a ocurrírseme que te parecías al torreón!

Poseía mi Ilduara bienes y casas en Monforte, y allí vivimos algún tiempo y nacieron nuestros primeros vástagos. Porque esta fue otra excelencia y cualidad singular de mi esposa: rendir infaliblemente su cosecha anual. Fecundidad semejante es extraordinaria aun en Galicia misma. En esta narración se irá patentizando hasta dónde llegaba la fertilidad de Ilda: debo decir que no puede compararse sino con el prodigioso desarrollo del sentimiento de la filogenitura en mí. Tal sentimiento dormía en las profundidades de mi ser afectivo, y sólo aguardaba, para revelarse en toda su fuerza, la abundancia de prole con que quiso Dios bendecir mi casa. Desde los paseos a las altas horas, descalzo y con el canario de alcoba muy agasajadito en el pecho, hasta las corridas a cuatro patas con el nene montado sobre el espinazo; desde la fabricación de trompos y cometas hasta los perennes repasos de silabario y Astete, recorrí todos los grados de la paternidad celosa y babosa: mi Ilduara bastante tenía con parir...

Un trágico acontecimiento fue el primer cáliz de amargura que me hizo apurar la paternidad. Mi primogénito era un varón, de lo más travieso, adelantado y listo que se ha visto nunca: un fenómeno de talento para sus cuatro años. Con decir que ya juntaba las letras... Cierto día se puso la criada a vestirle, teniéndole sentado en el hueco de una de esas ventanas antiguas que forman como nichos hondos. La vidriera estaba entornada... En una vuelta que dio la infante mujer, el niño se inclinó... La cabeza le pesaba más que el cuerpo... ¡Ay, de mí!

Desde entonces Monforte se me hizo aborrecible. Los guijarros de las calles tenían sangre de mi pequeño. Nos trasladamos a Lugo.

Encontré a mi padre completamente subyugado por el marido de mi hermana, un procurador llamado Garroso, lo más fullero y tramposazo que han conocido los siglos. Mi Ilduara, desde el primer instante, adivinó la situación, y las dos cuñadas se declararon guerra a muerte, sin tregua ni cuartel posible. Guerra solapada, eso sí, pero doblemente feroz: tiroteo incesante de chismes, delaciones, enredos, competencias, murmuraciones, desdenes y mal encubiertas groserías. Lo primerito que hicieron, ponerse motes. Mi hermana apodó a mi esposa el Estandarte, y mi esposa se vengó llamando a mi hermana la Dulcera. ¡Inconsiderada profanación de la memoria de mi santa madre!

No es decible la hiel que yo tragué con semejantes rencillas. El dolor causado por la desgracia de mi Monchito era al menos un dolor noble y que podía confesar y desahogar ante las gentes; pero estas miserables cuestiones, si pudiese, me las callaría a mí mismo. Andaba avergonzado. Comprendí entonces por primera vez que el esposo, cuando no establece desde un principio su autoridad doméstica y su legítimo ascendiente, queda anulado, sometido a la que, de súbita, se trueca en tirana fiera. Ilduara desoyó mis ruegos, se mofó de mis consejos y hasta volvió contra mí las faltas de los míos. Mi padre tomó, por supuesto, el partido de mi hermana, y, enfermo de gravedad, no quería recibirme ni sufrirme a su cabecera. Falleció, y ni aun después de muerto me lo dejaron ver. Se abrió el testamento, y aparecí perjudicado en todo lo posible, con la saña y la mala voluntad que podrían desplegarse contra el hijo más calavera e ingrato. Yo me inclinaba a conformarme y tomar lo que buenamente me diesen; pero Ilduara, sin conocimiento mío, consultó a varios abogados, y me forzó a entablar una serie de litigios, de lo más embrollado que registran los laberínticos anales de la curia gallega. Allí tuve ocasión de comprobar el acerado temple de alma de mi esposa. Ella aseguraba que su bello ideal era pleitear «hasta quedarse por puertas» con tal de ver a la familia de Garroso pidiendo también limosna. El lecho conyugal, campo reservado a más tiernas expansiones, se convirtió para mí en antecámara de la Audiencia marinedina, y todas las noches oí hablar de incidentes, vistas, juicios, sala, autos, documentos -mezclado con invectivas y furibundos ataques a mis padres, cuñado, hermana, etcétera-. ¡Qué intimidades, santo Dios, qué intimidades! Dos años duró este tósigo. Al fin, mi cuñado me propuso secretamente una transacción. Leonina, claro está; pero si el pleito de partijas continuaba, todos quedaríamos iguales, en camisa... Temblé por mis pobres chiquillos, y esta idea me dio fuerzas para abrazar una resolución sin consentimiento de Ilduara. Abracela, y firmé...

Menos funesto hubiese sido para mi paz doméstica abrazar a todas las mozas de seis leguas en contorno. ¡Oh firma, oh rúbrica, que aún me parece estar viendo al pie de la escritura, con vuestras letras encogidas, con vuestros trémulos rasgos! Por obra vuestra descendí definitivamente desde el augusto solio de jefe de familia al humilde lugar de esclavo consorte; vosotras, como las letras de fuego que mudaron la faz del destino del monarca babilónico, señalasteis en mi existencia de esposo y padre un trágico momento de crisis. Desde entonces fui el acusado, el culpable, el traidor de la familia; todas nuestras escaseces y adversidades se achacaron a aquel Benicio Neira y Quiñones... en mal hora estampado; cuantas veces intenté hacer prevalecer mi opinión en mi hogar, o emanciparme en algo, vino la fatídica firma a taparme la boca, y oí resonar la frase tremenda:

-Como tú arruinaste a tus niños con la escritura de partijas...

A fuerza de oírlo repetir, llegué a creerlo yo mismo; sí, llegué a creer que, en efecto, con la malhadada firma, había consumado la perdición de tan queridos seres.

Sin embargo, para que se vea lo que son las pequeñeces y cuánto pesan en la balanza de nuestra vida, no fue la desdichada transacción, sino otro suceso harto insignificante, lo que hizo rebosar el vaso de la cólera y disgusto de mi Ilduara, y la movió a adoptar una determinación tan radical como la de trasladar nuestra residencia fuera de Lugo. Es el caso que el odio que mi esposa sentía hacia la familia de mi hermana se comunicaba a nuestra progenitura, y ya varias veces mi hija mayor, Gertrudis, había andado a la greña, en la escuela, con las chiquillas de Garroso. Sólo el varón primogénito de los Garroso, llamado Luis, de cinco años, se empeñaba, con magnanimidad notoria, en echar pelillos a la mar; y apenas me veía desde cien leguas, ya estaba gritando: «¡Tío Benitio... tío Benitio!... ¡Tayamelos!...». En épocas de relativa concordia había yo contraído el hábito de regalarle, siempre que le encontraba, dos o cuatro cuartos de esta golosina; y el ángel de Dios, por no perder la costumbre, venía a reclamar su renta. Era tan guapote, tan colorado y tan zalamero aquel sobrino mío; se parecía tanto a la pobre mamá, que, vamos, cada vez que le hacía un desaire, me dolía el corazón. Una tarde salía yo de la Catedral, de oír la plática del señor Penitenciario sobre el perdón de las injurias, cuando me veo venir disparado al rapaz, repitiendo su estribillo: «¡Tío... tayamelos... tayamelos!...». Agarrado a mi gabán, y saltando a la patacoja, me llevó hacia los soportales, a la más próxima confitería. Tuve un momento de flaqueza. «Mira que no digas nada a nadie, Luisito...». Y le puse en las manos un cucurucho. Cuando salíamos de la confitería vi en los soportales de enfrente a mi hija Gertrudis, por donde comprendí que se preparaba un conflicto, y me propuse agachar las orejas y callar. Mas ¿cómo podía figurarme que, en vez de los sermones a que iba habituándome ya, mi mujer me recibiese con estas palabras disparadas a boca de jarro?

-He escrito a Marineda preguntando por los alquileres de las casas.

-Por los alq...

-Mañana empezaremos a levantar esta. Yo no sigo viviendo en infierno semejante: no y no.

-Pero esposa, Ilda...

Cuando comprendí que la cosa iba de veras, me resigné. ¿Qué había de hacer? Un infierno era realmente nuestra existencia, envenenada por lo que más repugna a mi carácter: odios, luchas y desazones diarias. Sólo que, si se hubiese querido oír mi consejo, sería contrario a la traslación de domicilio a Marineda, donde según mis noticias, la vida empezaba a complicarse con exigencias de lujo que me asustaban, y favorable a Monforte, residencia más conveniente para un matrimonio tan prolífico como el nuestro. Ha de decirse la verdad. Yo no creo que la tontería aquella de los caramelos bastase a precipitar a Ilduara de tal modo. Juzgo que influyó muchísimo su vanidad, o, mejor dicho, su justo amor propio de esposa del mayorazgo de Neira, que se ve arrojada de la casa solariega por manejos más o menos turbios de un procurador; pues este era el caso verdaderamente triste en que nos encontrábamos, y el aguilucho y los torreones de Neira, como todo lo más lúcido de un patrimonio, después de la consabida transacción, a mi cuñado pertenecían. Se me figura, pues, que Ilduara, creyó humillante la retirada a Monforte, y dio por cierto que la marcha a Marineda revestía cierto carácter triunfal, como si por medio de ella dijese a su aborrecida cuñada: «¡Usurpadora, ave de rapiña, quédate ahí hecha una lugareña, una procuradora de mala muerte! Nosotros, los Neiras verdaderos, nos vamos adonde la gente fina ha de apreciarnos más, adonde están nuestros iguales, adonde vivamos en la esfera que nos corresponde y en el pie que nos compete».

Para mí el trasplante fue doloroso. Y si analizo bien los motivos de la pena que sentí al dejar a Lugo, sus humedades y sus brumas, yo mismo declaro que pertenecen al número de aquellos sentimientos que demuestran que está lleno de contradicciones el corazón humano. Me afligía dejar a Lugo, por lo mismo que en él no gocé ni por casualidad un rato bueno. Y aquella gente ávida, indelicada, sin fe, entre cuyas manos se quedaba lo mejor de mi herencia paterna y la paz de mi hogar, me angustiaba, ¡quién lo dijera!, el perderla de vista, porque de tal pasta soy, que no puedo desencariñarme de cosa ni de persona alguna... Además, parecíame destruir, con el cambio de horizontes, mi ser tradicional de propietario e hidalgo, en el cual fundaba, no diré mi orgullo, pues esta profana virtud o nervio viril del orgullo, brillante vicio del alma superior, me faltó siempre, pero sí mi modestísima dignidad, y el ambiente de lo que puedo llamar mi vida histórica. Yo venero el pasado. Jamás miré sin respeto las miniaturas de mis abuelas y tías, con sus mangas de jamón y su peinado a lo nene; nunca creí que se pudiese ser cosa mejor que Neira de Villalba; y la conservación de los muebles, inmuebles y fincas legadas por los antecesores, la juzgué religioso deber. Uno de mis dolores del alma fue que ciertos estafermos que poseíamos desde tiempo inmemorial, ciertos majestuosos muebles apolillados, se vendiesen a una prendera, por imposibilidad de acomodarlos en nuestra residencia marinedina. Después supe que entre aquellos trastos nos deshicimos de algunas antiguallas de mérito.

Quizá por la prevención que llevaba conmigo, al pronto Marineda no me agradó. Luego fui convenciéndome de que se la puede contar entre las más lindas capitales de provincia de España, si se exceptúan tres o cuatro ciudades de gran importancia, como Barcelona y Sevilla. En esto convenían todos los forasteros. Lo que me arrebató y cautivo fue el mar. Ni nunca lo había visto, ni nunca pude imaginarme la hermosura, la atracción, la grandeza de tan magnífico elemento. Los pensamientos religiosos y hasta filosóficos que me sugería, no los quiero revelar, porque no sé si parecerían disparates, y además porque tiene algo de vago e intraducible, que sólo podría condensarse en palabras si Dios me hubiese otorgado dotes poéticas. Lo cierto es que la ocupación de contemplar el mar vino a ser predilecta para mí, y si los días de tormenta y vendaval me extasiaba el soberano espectáculo del Océano en el Varadero, los días tranquilos me embelesaba con el siempre variado cuadro de la bahía, la entrada y salida de vapores, el movimiento de la grúa y el ir y venir de las lanchas pasajeras cargadas de gente.

No disponía, sin embargo, de mucha libertad de espíritu para semejantes contemplaciones, porque mi vida doméstica era agitada, angustiosa, merced a la repetición periódica del fenómeno de la paternidad. Desde la llegada a Marineda, en vez de amainar, había arreciado el chaparrón de hijos (lo cual podía atribuirse a influencias del aire salitroso). De esta cosecha no toda llegó a espigar y lograrse; pero entre embarazos, partos, amas, niñeras, médicos, denticiones, escarlatinas, escuelas y maestras de costura, estábamos que no nos llegaban a media muela el tiempo ni los cuartos. No obstante, hacia el principio de la década de 1878 a 88, Dios consintió algún alivio a nuestra enfermedad, que maliciosamente llamaría alguien plétora de salud. Sea que experimentásemos cierto cansancio vital, sea por otras causas desconocidas, pasaron cinco o seis años, ¡cinco o seis años!, sin que amenazase caer de nuevo sobre nuestras cabezas la bendición del Señor. Yo miraba a mi Ilduara de reojo, y me congratulaba viendo su talle, no ya esbelto, sino plano. Esta satisfacción la amargaba aun poco la decadencia física de mi leal compañera, en quien notaba cuantos la conocían, un estado de salud nada floreciente. ¿Y cómo era posible otra cosa después de tan continuas batallas, de fecundidad tan increíble? Padecía mi esposa diversísimos achaques, unos acabados en algias, como neuralgias, gastralgias y cefalalgias; otros en agias, como hemorragias; otros en emia, como anemia...; pero todo ello, hablando en cristiano, se podía encerrar en dos síntomas funestos: debilidad de un organismo gastado, pérdidas de sangre que agotaban su escaso caudal de vigor. Lo extraño es que semejantes empobrecimientos y aflicciones no paraban en apagarle el carácter a Ilda, ni en doblegar su firmeza. Al contrario, aquel carácter de bronce parecía más recio y bravo con los males físicos; a semejanza de los mártires que en el tormento cobraban fuerzas, mi mujer se crecía más cuanto más sufría. Nunca ejerció mejor la dictadura; nunca la familia se inclinó más sumisa bajo su férreo, aunque provechoso yugo. Aquel cuerpo, en vez de rendirse, parecía curtirse a la intemperie, como el famoso torreón; aquel genio, en vez de amansarse, se volvía más arisco y fiero; aquella boca, en vez de ayes, exhalaba filípicas y regaños por cualquier motivo leve, o sin motivo ni sombra de él. Era esto bien contrario a mi índole, pacífica de suyo y codiciosa de tranquilidad en el sagrado recinto de mis lares; y nuevamente lamenté no haber desplegado, desde los primeros días del matrimonio, un poco de energía y de tesón que alcanzase en mis manos el cetro de la autoridad, mía y sólo mía en su divino origen, como varón que soy. Si en casa de mis padres obedecía siempre la mártir mujer, en la mía el marido era... francamente: era la carabina de Ambrosio.

No obstante, lo llevaba todo con paciencia: asperezas, persecuciones, bufidos, el amargo y perpetuo reproche de haber arruinado a nuestros hijos, de ser un panarra y un hombre inútil: sólo llegó a sacarme de quicio cierta peregrina manía que a deshora padeció Ilduara... y fueron los... risa da escribirlo... los furiosos celos que impensadamente empezaron a torturarla... digo mal... a torturarme a mí.

Siempre había notado en mi esposa atisbos de esa rabiosa enfermedad; caso tanto más raro, cuanto que Ilda (dígase en honor suyo) nunca se mostró en nuestra relación conyugal extremosa y apasionada, como yo la hubiese deseado allá en los venturosos días de Monforte, aurora de nuestro amor; sino que supo guardar, hasta un extremo inconcebible y para mí muy doloroso al principio, aquella casta rigidez y recato de la verdadera esposa cristiana, y aquella reserva y aparente frialdad que, si enojan al enamorado loco, deben satisfacer profundamente al marido cuerdo.

Respecto a los celos de Ilda, mi ejemplar conducta, mi fidelidad a prueba, el empeño que ponía en desvanecer y calmar sus aprensiones, habían impedido que llegasen a adquirir carácter perturbador de nuestra tranquilidad. ¡Y lo que no había sido en la mocedad más que transitoria afección, retoñaba después de los años mil, adquiriendo proporciones alarmantes! Yo no volvía de mi asombro, en especial cuando me miraba al espejo. Si allá, por los tiempos en que era Neirita el estudiante y rasgueaba en la guitarra, en tertulias caseras, la Marcha de Luis XVI yendo al cadalso, pude alabarme de una regular presencia, ahora de todo apenas quedaban señales; y como no soy fatuo ni me dio nunca por hacer el pisaverde, lo declaro y pongo aquí el inventario descriptivo de mis gracias: Mediana estatura; cabeza pequeña y piriforme, cubierta de un cepillo cerdoso y entrecano; bigote híspido y color de ala de mosca; dientes largos, calzados de verdín, como teclas de piano viejo que atacó la humedad; ojos... vamos, los ojos podían pasar, y aun creo que en su negra profundidad se reflejaba la honradez de mi alma, por la cual su expresión no carecía de atractivo. Para definir de una vez lo peculiar de mi aspecto, diré que mi cara era una cara de época, atrasada, como reloj que se ha parado, de estas que en mi país se llaman caras antiguas; pero no de carácter histórico tan remoto como esta frase parece significar, pues la fecha que marcaba mi semblante era la de Espartero y la milicia; estaba diciendo Constitución o muerte. Creo que a ello ayudaba mi manera anticuada de afeitarme, rasurándome todo el vello facial, excepto el bigotillo de hisopo y la saliente mosquita. Volviendo al asunto por que saqué a relucir mi facha, claro que esta no justificaba la rara aprensión que le entró a mi buena esposa, aprensión de la cual debo hablar con indulgencia, pues demuestra gran amor, aunque extraviado. En gracia de él la perdoné y vuelvo de todo corazón a perdonarla aquel tomar y despedir de criadas, cocineras y niñeras, aquel andar buscando para nuestro servicio las más feas jimias y los más espantables monstruos, aquel humillante espionaje a que me vi sometido, aquellas insensatas acusaciones y aquellas denigrantes sospechas. Se las perdoné, claro está, aunque en el momento me consternaban, a mí que profeso la religión del lazo conyugal y que desde mis bodas no había encaminado mi gusto sino por la honesta vía del deber. En ocasiones me daba al diablo, no sabiendo qué idear para devolver el juicio a la digna matrona.

En lo más enconado de este período de celosa furia, medió algo que me hizo sentir escalofríos de terror. Ilduara mandó bajar del desván cierto mueble arrinconado hacía tiempo: la cuna, la vieja cunita de forma de nao, estrenada por mi primogénito en Monforte veintinueve años antes, y en que tantos pimpollos míos durmieron el primer sueño... Pero ¿es posible, oh Providencia dadivosa, más bien derrochadora? ¡La cuna, la cuna otra vez!


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