Doña Milagros: 06

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Capítulo V
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Doña Milagros Emilia Pardo Bazán


La venida al mundo de las dos encantadoras criaturitas pesó sobre mi espíritu como losa de plomo: acaso por primera vez comprendí la gravedad de la obligación en que me había puesto al decidirme a ser padre de doce hijos.

En mis meditaciones solitarias y penosas; en mis horas de considerar el negro porvenir, me acusaba a mí mismo, por no acusar a las instituciones sociales. Era clarísimo que no debí haber engendrado aquellos dos vástagos más, y su existencia probaba de un modo evidente y casi afrentoso para mí que yo no tenía un adarme de juicio, de buen gusto, ni de sentido común. Cuando dos seres humanos, en todo el hervor y fuego de la edad juvenil, siendo su cómplice la naturaleza, que les brinda una primavera llena de flores y fragancias, que les canta en las espesuras el epitalamio con coros de avecillas, y les alumbra las bodas con la lámpara de plata de la luna, se dejan arrastrar a cualquier flaqueza, el desliz les condena a reprobación, y le ocultan como si fuese el mayor atentado. Y en cambio, si dos personas como Ilduara y yo, que nos acercamos a la vejez, sin aliciente alguno, en prosa vulgar, damos al mundo seres que ni tenemos medios de sostener, ni tiempo de ver criados, a nadie se le pasa por las mientes discutir si sería lícita acción semejante, y se festeja el nacimiento como si fuese algún motivo de regocijo y zambra.

Lo único que tranquilizaba un poco mi conciencia (tranquilidad puramente negativa), era pensar que el mayor tanto de culpa quizá no me correspondía a mí, sino a mi pobre esposa, y que algo pudieron dañarnos sus desatentados celos y sus absurdas suspicacias... Líbreme Dios de profundizar tan delicado asunto, y Él me preserve también de censurarla por lo que mostraba a las claras su conyugal amor, en el cual creo a pesar de todo... Probablemente la firmeza y la prudencia faltaron en mí; tal vez no supe, con finas y tiernas demostraciones, de un orden ideal y delicado, persuadirla de lo invariable de mi lealtad... En fin, lo cierto es que ahí estaban las mellizas, dos seres desvalidos y adorables, que sólo de mí esperaban protección, sustento, y lo que debe la vida a cada individuo... ¿Y cómo iba yo a cumplir, ¡Señor Dios!, obligación tan perentoria y sagrada? ¿Cómo sostener dos boquitas más, donde ya sólo a fuerza de orden podíamos soportar las exigencias de una posición falsa y de una vida, aunque modesta, mucho más lujosa de lo que permitían nuestros medios?

Empecé a ver que lo que complicaba la situación de mi familia, era la fatalidad de que la naturaleza se empeñase en regalarme hembras y no varones. Son las hembras, desde tiempo inmemorial, la plaga, la aflicción y el castigo de la fecundidad humana. He oído que en algunos países se acostumbra darlas muerte al nacer; y aunque se me haga duro creer tan horrible crueldad, lo cierto es que aquí, si no las matamos, renegamos de ellas. Once veía yo a mi alrededor, como los retoños de la oliva: cinco casaderas, una que lo sería bien pronto, y las demás, pobres criaturitas indefensas, desarmadas para todas las luchas, sin más apoyo que la protección de un hombre ya entrado en años, con un pie en el sepulcro. Si aparecían maridos, soberbio; pero si no aparecían, ¿qué iba a ser de mi prole? ¿Qué comerían hoy o mañana? ¡Como no echasen en el puchero el consabido aguilucho!... Si Froilancito despuntaba, las ampararía... ¡Era preciso que Froilancito nos saliese una eminencia!

Me distrajeron de estas cavilaciones otras más urgentes. Es el caso que mi Ilduara quedó exhausta desde la última y onerosa contribución pagada a la naturaleza. Contemplándola después de su doble parto, me asustó: parecía un cirio. La maternidad, que embellece y refresca a las mujeres relativamente jóvenes, había acabado de aniquilar el ya gastado organismo de mi pobre compañera, y comprendí que para reponerse necesitaría muchos meses de absoluto reposo, y, añadió Moragas, «el aire del campo».

Desgraciadamente estábamos en octubre, y cuando Ilduara pudiese ponerse en camino, sería bien entrado noviembre. No cabía ni soñar en irse a una aldea, sin recursos, con frío, con lluvias incesantes.

A falta de campo, se ordenó una alimentación nutritiva, y yo no sé lo que gasté en gallinas durante los días de la convalecencia. Si iba en persona al mercado (¿quién se fía de criadas?), encomendaba a doña Milagros este pormenor, que no me atrevía a encargar a la inexperiencia de mis hijas; y en el pasillo nos encontramos más de una vez la comandanta y yo, muy ocupados en sopesar y en soplar el obispillo a una gorda gallina, discutiendo si valía o no los doce reales que costaba.

Es de advertir que en cuanto mi esposa recobró ánimos, impacientose con la inmixtión de la comandanta en nuestros asuntos domésticos. Ilda siempre había sido guardadora de su autoridad, lo cual, añadido a la prevención que contra doña Milagros alimentaba, dio por resultado una tirantez de espíritu y una sobreexcitación que se declaraban sólo con sentir los pasos de la infeliz señora en el recibimiento. Acaso la debilidad había desatado los nervios de Ilda, porque nunca la vi en estado semejante. Por desgracia, la andaluza subía más que nunca: nos la encontrábamos hasta en la sopa. Había cobrado a mis gemelas tal cariño, que rayaba en frenesí, y no sabía pasarse dos horas sin echarles la vista encima. Lo que sobre todo embelesaba a doña Milagros, era la dificultad de distinguir a las gemelas, por lo muchísimo que se parecían. ¿Hay encanto como no saber cuál es Zita ni cuál es Media? (Mi hija pequeña, Pura, las confirmó así con una media lengua y su ceceo incorregible). Para señal, doña Milagros había traído una medallita de plata del Carmen, y una del Corazón de Jesús; y todo el día andábamos con el ajetreo de abrirles el capillo a las mellizas y exclamar: «¡Ay, ama, que esta niña no ha mamao... A ver... la medaya... Pues no, esta es Zita... esta si se echó una buena tragantá al cuerpo... es la otra la que está muerta de hambre!... ¡Gloria er mundo, biscochiyo, reina regente! ¡Te comería... huuum, te comería! ¡Pues si se ríe ya... ama, se ríe... ya se ríe!».

Otras veces ayudaba a Feíta en sus tareas de nutriz, en las cuales se lucía el diablillo. Moragas le había explicado la higiene de la botellita vital, destinada a reemplazar el calor y la afluencia del seno humano, y la chiquilla se penetró tan perfectamente de aquello de la limpieza, y la temperatura, y las cantidades de agua y leche, que las niñas tomaban con igual gusto el pezoncillo de goma que el pecho del ama. Era esta una moza soltera, costurera de oficio, que ya por segunda vez ejercía el de alquilar su cuerpo, convirtiendo en granjería la quiebra de su virtud. Doña Milagros no estaba a bien con la muchacha, ni le parecía ama suficiente para una sola de las niñas, cuanto más para las dos, por mucho que las ayudase la botellita dichosa: y el ama, notando que la comandanta no era amiga suya, le había cobrado una inquina sorda y solapada, pero fiera. Yo llegué a sospechar más adelante, cuando sobrevinieron acontecimientos funestísimos, que aquella pécora contribuyó a sobreexcitar a mi esposa. Pero también alguna de mis hijas entraba en la conspiración doméstica contra doña Milagros. Tula, en todas las cosas tan semejante a su madre, lo fue asimismo en esta. Es imposible describir su gesto al ver a la andaluza.

Esta marejada me disgustaba mucho, no solamente por lo que a mi parecer tenía de injusto, sino principalmente porque contribuía a que se empeorase Ilduara, cuya enfermedad tomaba forma de malquerencia contra doña Milagros. Yo veía a mi esposa cada día más extenuada, sin fuerzas para levantarse, porque generalmente, cuando a fin de mullir su cama la trasladábamos a un sillón, solía acometerla algún desvanecimiento. Para evitar que perdiese la poca vida que le quedaba, recomendábale Moragas que se mantuviese con los pies más altos que la cabeza, y que guardase la mayor inmovilidad posible; pero sólo con oír la voz de la comandanta en la antesala, mi mujer se retorcía como pisada culebra, y vibrando odio por ojos y boca, exclamaba:

-Vamos, bueno... ¡Ya está allí esa mujer!

Los ofrecimientos y servicios de la complaciente andaluza, en vez de calmar a mi esposa, acrecentaban su furia de un modo que para mí sería increíble si no lo hubiese visto. Y el caso es que fundaba su enojo en razones enrevesadas y estrambóticas, y argumentaba sin permitir que yo abogase en favor de aquella excelente señora.

-Se necesita poca vergüenza para meterse así en las casas ajenas, donde no le llaman a uno, ni le necesitan. Gente ordinaria al fin y al cabo, militarotes de cucharón, furrieles indecentes, acostumbrados a comer del rancho y dormir en cama redonda. ¿Quién llama aquí a esa chula -porque es una chula-, Benicio, desengáñate? Viene a curiosearlo todo, a enredarlo todo. Luego, qué frescura, qué falta de pundonor. Le ve a uno serio, y nada, cara de corcho. Hasta que la echen a puntapiés...

-¡Ilda... Ilda! -murmuraba yo-. Hay que tener miramiento... Eso que dices es terrible. La señora de Llanes se desvive por obsequiarnos.

-¿Y quién le pide semejantes obsequios? Sin ellos hemos vivido siempre, sin ellos seguiremos viviendo muy contentos y felices, en paz y en gracia de Dios. ¿Se los has ido tú a mendigar? Puede que sí.

-No, mujer, por los clavos de Cristo... Pero la buena voluntad se estima, aunque no se solicite. Son atenciones que, al fin, nadie las tiene con uno más que esa señora.

-Atenciones, atenciones... Abusos e impertinencias les llamo yo.

-Ya sabes que mima muchísimo a nuestros niños... ¿Cuántas veces se los lleva a merendar y jugar abajo?

-Para sonsacarlos y averiguar todo lo que aquí sucede. Tú eres un papamoscas: a ti te pasan las cosas delante de los ojos, y como si nada.

Olvidando el estado de mi esposa, que me imponía la obligación de asentir a cualquier absurdo, me formalicé, tan infundada me pareció la acusación.

-Pero vamos a ver, Ilduara querida, tómate el trabajo de discurrir con la cabeza. ¿Qué diablos tiene que averiguar doña Milagros de lo que aquí sucede? ¿Qué le importa? En resumen, ¿qué sucede aquí? Ni le hacemos falta para nada, ni ella viene sino porque es así, una infeliz, amiga de servir y de complacer, y acabose. Tú eres la que ves visiones y armas líos, hija.

Me detuve, porque Ilda, incorporándose en la cama, con las mejillas encendidas y la voz ronca, gritó frenética.

-Ciertas defensas me llaman la atención... Sacar la espada por ciertas personas, no se comprende sino mediante ciertas razones. Si entre doña Milagros y tu familia escoges a doña Milagros, a esa verdulera, y la prefieres a una mujer que te ha parido diez y ocho hijos, entonces dilo claro y entendámonos de una vez. Si no, sírvate de gobierno que esa individua no ha de venir más a entrometerse donde sólo yo mando. En mi casa soy la reina, y como vuelva aquí a mangonear, la canto las verdades del barquero. ¡Ya lo sabes! A mí no me engañan las amabilidades ni los servicios de ciertas pájaras. No me la pegan las doñas Milagros, ¡desinterés, atención! Ya sabemos lo que viene a buscar. Lo que no tiene en su casa. ¡Y no me obligues a desbocarme, porque saldrán sapos y culebras!

Quedé aterrado. Sapos y culebras parecíame que, en efecto, se asomaban a aquella calenturienta boca. En primer lugar, preveía un disgusto feroz con la familia Llanes; en segundo, veía a mi esposa al borde de una recaída, arriesgando su salud por un furor inexplicable. ¡Ah, Ilduara mía, compañera fiel y leal, casta y honrada esposa! Créelo: en aquel momento lamenté de todo corazón mi carácter débil y la resignación completa que en tus manos hice del poder desde que nos unió la santa coyunda. Toda autoridad que se subvierte, se corrompe. ¿Quién sabe si, con más tesón, poseería sobre ti el ascendiente necesario para traerte entonces al camino de la razón, de la delicadeza y de la sensatez, y evitar las desgracias que sobrevinieron?

Intenté apaciguar a mi esposa con dulzura; pero vi que, lejos de lograr el objeto apetecido, sólo conseguía aumentar su enojo; noté que la irritaba el eco de mi voz y hasta mi tono humilde. Seriamente preocupado, como si el corazón me avisase de alguna desdicha, me aparté de su cabecera, saliendo a la galería, por donde empecé a pasearme angustiadísimo. No sé si lo que influía en mí era aquella vieja educación cortés, la enseñanza materna, que me ordenaba guardar consideración a las mujeres, y me hacía temer que a una maltratasen bajo mi techo... o si era la ardiente simpatía que me inspiraba la señora de Llanes; pero el caso es que sentí turbación y una pena y una vergüenza mortal. Con las manos atrás, caída la cabeza sobre el pecho, empecé a medir la galería de arriba abajo, tropezando en los tiestos y cajones de flores y enredaderas que aglomeraran allí mis hijas. Aquel cierre de cristales tenía una particularidad que lo diferenciaba de los restantes de Marineda: y es que su parte baja la componían vidrios alternados de distintos colores, azules, rojos, verdes y amarillos, al través de los cuales se veía el puerto y el anfiteatro de montañas que lo corona, teñidos de un matiz fantástico, semejante a la de los cosmoramas. La vistosa alternativa de los cristales me sugería ideas, ya lúgubres, ya consoladoras. El país de oro que veía al través del vidrio amarillo me reanimaba, y la fúnebre palidez del azul me abatía y acoquinaba enteramente.

Entre vuelta y vuelta, la idea de bajar y espontanearme con doña Milagros se me apareció como un faro salvador. La señora, enterada de las rarezas de Ilda y prevenida contra cualquier rasgo de barbarie, hasta ayudaría a desterrar aquella mala disposición de mi esposa, ya presentándose menos, ya empleando algún otro artificio, fácil para su entendimiento y despejo natural. Se me venían a la imaginación cláusulas enteras del discurso que iba a espetarla. «Mire usted, doña Milagros, en este mundo cada uno tiene sus manías, y usted, con su buen talento, ha de saber dispensar ciertas cosas...». Y delante del vidrio dorado, la cosa me parecía, no sólo fácil, sino grata, porque me lisonjeaba la idea de desahogar mis cuitas en el corazón de aquella bondadosísima señora, que no dejaría de compadecerme y consolarme. Pero al pasar delante del vidrio azul, melancólico y afligido, se me ocurrieron todas las dificultades de la empresa. ¿Si doña Milagros lo tomaba por donde quema y subía a pedir cuenta a mi esposa de sus extrañas prevenciones? ¿Si aun cuando doña Milagros guardase el secreto, averiguaba Ilduara mi visita al piso de abajo y mi entrevista con la comandanta, por la bien montada policía de mis hijas? Tampoco era fácil encontrar fórmula adecuada. «Mire usted, doña Milagros, mi mujer dice que no quiere que aporte usted por casa en los días de su vida». «Oiga... ¿por qué? ¿Se pué saber?». «Pues porque cree que usted es una métome-en-todo, y una revoltosa y una pues, y una tal y una cual...». ¡En fin, que ciertas cosas no hay medio humano de decirlas!

Mientras me hallaba en esta perplejidad, vino a librarme de ella un suceso que no me dio tiempo de poner por obra ninguna resolución. Y fue, que viendo un día de otoño bastante claro y sereno, dispuso Ilduara que sacase el ama a las gemelitas a tomar el aire. Rosa, siempre dispuesta al callejeo, y Constanza, fueron comisionadas para acompañar y vigilar al ama. Arregláronse y bajaron todos; pero apenas haría diez minutos que habían salido, cuando ¡tilín, tilín! volvimos a sentir en la antesala el estruendo de sus voces, y el llanto de una de las niñas.

Ilduara, que se levantaba por tercera o cuarta vez, hallábase tendida en el sofá. Al ver regresar el grupo, saltó sorprendida.

-Ama, ¿qué es eso? ¿Por qué vuelves? ¿Se ha olvidado algo?

-Es que doña Milagro... -pió el ama con su vocecilla remilgada de costurera campesina- nos mandó...

El rostro de mi esposa se puso del color de los tomates maduros; tan rápidamente acudió a él la poca sangre que andaba repartida por las venas de su cuerpo. Y manoteando y enronquecida ya, gritó furiosa:

-Conque doña Milagros, ¿eh? Magnífico... ¡Pues me hace gracia! ¿De manera que ya no puede cada uno disponer de su casa y de sus hijos, sino que ha de venir la gente de fuera a enmendarle la plana? ¿Y a ti, santa boba, quién te dice que obedezcas a cualquiera? Y vosotras -añadió dirigiéndose a Rosa y Constanza-, ¿para qué os envío con las pequeñas, sino para hacer respetar la voluntad de vuestra madre? ¡Ahora mismo... ahora mismo me estáis bajando otra vez a la calle, y me paseáis a las niñas hasta las doce de la noche! ¿Habéis oído? Hasta las doce. Si volvéis un minuto antes, cuidado conmigo... A ver si aquí manda quien debe, o las desvergonzadas.

Yo, que presenciaba esta escena y escuchaba esta filípica, me quedé helado al ver que por la abertura de la puerta asomaba doña Milagros su rostro moreno.

-Esposa... Ilda... ¡Por la Virgen... mira que está ahí... que te oye! -supliqué con angustia, acercándome a mi mujer.

-Mejor -chilló Ilda más alto-. Lo que estoy deseando es que oiga. No lo ha oído más pronto porque no ha querido. No hay peor sordo...

Ya entraba la impetuosa andaluza como un rehilete, sin fijarse en lo que Ilduara decía, atenta sólo a su idea.

-¡Ay, Jesús!... ¡Fortuna han tenido esos cachos de sielo en encontrarse conmigo!... ¡Pulmonía como la que piyan si no!... ¡Yo no sé cómo hay való pa enviá a esos angeliyos fuera con una tarde tan fría! ¡Y desabrigás! ¡Ni el ganbansiyo e franela yevaban! De forma que dije: Ama, arribita con eyas...».

Charlando así, había tomado en brazos a una de las gemelas, y la cubría de besos gorjeados y sonoros. Yo temblaba, mirando a mi esposa inmóvil, erguida como el torreón aquel, con un aspecto arquitectónico y una calma fría del peor agüero. Tan significativo y terrible era su ademán, que mi hija Rosa, muy partidaria de doña Milagros, se atrevió a murmurar:

-Mamá, es cierto... Hace un frío que pela, ahí en los soportales... A las niñas, aun no bien salieron, se les puso morado el hociquito.

Ilda ni siquiera prestó atención. Con una decisión glacial que me asustó mucho más que un acceso de cólera, se adelantó hacia la comandanta, y, arrancándole de las manos la criatura que en ellas tenía y restallando cada frase como un latigazo, dijo así:

-Señora, usted a disponer en su casa, pero no en las ajenas. Y si quiere usted manejar chiquillos, haga por tenerlos, que los míos son míos y de nadie más. ¿Ve usted esa galería? Pues si me da la gana de tirar por ella a la niña, la tiro... ¿ve usted? La tiro... así.

Echó a andar hacia la vidriera abierta, muy encendida de color, temblando de ira, con la nena en alto; en la sala resonó un grito terrible, que a un mismo tiempo lanzamos la andaluza, Rosa y yo. Por mis ojos pasó una nube, o mejor dicho, un relámpago lívido, y en vez de ver en aquella acción de mi esposa un recurso oratorio, feroz sí, pero teatral, vi sencillamente el cuerpo de la niña que volteaba en el espacio e iba a estrellarse contra las losas de la calle, como un día se estrelló el de su desgraciado hermanito. Mi clamor fue de agonía; dando un salto de tigre, me arrojé a cortar el paso a Ilduara, y valiéndome de su debilidad, le arranqué la pequeña, ayudándome doña Milagros, que sujetó por la cintura a mi frenética esposa. La cual gritaba, ya fuera de tino:

-¿Para qué me pone usted las manos encima? ¿No ve usted que yo no soy una verdulera como usted, sino una señora? Una señora de toda la vida, ¿entiende usted? de padres a hijos, porque los Pimenteles de Monforte siempre fueron caballeros. Una señora no se mete en las casas de los demás... una señora se está en la suya... Si usted lo fuera, hace tiempo que no pondría aquí los pies. Pero lo que es usted todos los saben, y si usted quiere, se lo digo yo ahora mismo.

La fina tez de la andaluza palideció bajo este chaparrón de injurias: en sus preciosos ojos se pintó el asombro de verse tratada así, y medio sollozando, exclamó:

-¡Ay, Jesú!... ¡Pero esta mujé está de luna!... ¡En nada la he fartao, y me sapatea!... Señó e Neira, ¿qué pasa, qué tiene su señora de usté? ¿Se ha güerto loca? ¿Está arrebatáa con sus enfermeaes y su pariura?... ¡Y grasia que no ha tirao er angeliyo por la ventana! ¡No ma queao gota e sangre en las venas!... ¡Jesú, Jesú!... ¡Una hiena del África parece! ¡Que yamen al señó e Moragas volando!

-¡Doña Milagros... si le quedan a usted unas miajas de vergüenza... no se queje a mi esposo! ¡Lárguese usted!

A todo esto, los gritos habían atraído a la sala a mis hijas; y al través de la puerta, la criada, atónita, miraba el escándalo. La andaluza se volvió como el toro cuando se ve en el redondel acosado y aturdido.

-Pues ná, que esta mujer se ha guillao -dijo, dirigiéndose al público-. Me dise verdulera, al mismo tiempo me farta y arma la bronca conmigo, conmigo que no la farto en ná... Me echa como a un perro. Por vosotras lo siento, angeliyos, que os quiero más que a las telas der corasón. En mi casa me tenéis pa lo que se os ocurra. Señó Neira, haga usté favó de declarar aquí que no les debo dinero, grasia a Dió, y que no me habrá usté visto portarme mal en ná. ¿Digasté? ¿Me tiene uté, sí o no, por una señora?

Un impulso irresistible puso en mi boca estas palabras, mientras, penetrado aún del terror pasado, estrechaba a la recién nacida contra el pecho.

-Doña Milagros, usted es toda una señora, y yo no puedo decir otra cosa, porque sería mentir, y Benicio Neira no miente.

Ilduara me miró con extraviados ojos, y viniéndose sobre mí... la sinceridad me obliga a no omitirlo... pero no lo repitan ustedes... ¡me puso... me puso en la faz la mano...! Retrocedí; ella quiso hablar y no pudo, y negra de furor, se desplomó en brazos de Tula, que la sostuvo y la condujo al sofá. Hubo un silencio entrecortado por exclamaciones de angustia:

-Un ataque...

-¡Ay Dios mío!...

-¡Papá, papá... mamá se muere!... -sollozó Argos, cogiéndose a mi manga-. ¡Ay, papá!

-Papá -dijo Tula, pálida y severa, acercándose a mí- que se vaya la señora de Llanes. Ya debía irse cuando mamá la echó... Ahora, échala tú... porque mamá agoniza.

Yo creía volverme loco. Solté la pequeña dándosela al ama, me llegué a doña Milagros, y le dije con acento suplicante:

-Señora, me parece mejor que baje usted... Ya ve en qué circunstancias nos encontramos... Dios me pone a prueba muy dura...

La andaluza me contestó entre lástima y enfado:

-Ya tomo la puerta, ya... Encaríñese usted con la gente pa esto... Vaya por Dios... ¿Me dejasté dar un beso a las gatiyas?

-Es mala ocasión... En otra... Todo se arreglará... Váyase usted...

Me pareció mentira cuando la sentí cerrar la puerta y, pude atender a Ilduara, a quien trasladamos a la cama lo mejor que supimos. Salió la cocinera a buscar al médico, y mientras las niñas prestaban a su madre los cuidados que su estado requería, yo me quedé al pie del lecho abrumado por el presentimiento de una gran desgracia. El cariño por mi desdichada esposa se despertó con toda la fuerza de los sentimientos inveterados, que están en nosotros sin que notemos su presencia, como no notamos la de los órganos que sostienen nuestra vida. Me entró inmenso remordimiento de haber provocado con palabras quijotescas el mal de mi esposa; y de todo corazón me arrepentí de haberlas pronunciado. Las exclamaciones de dolor de mis hijas me partían el alma. «Mamá... mamá querida... Vinagre... un poco de éter... Que se muere, Virgen de los Dolores... Sujetarla... No se puede... La arde la frente... Se ha sofocado muchísimo... ¿Qué tiene, mamá? Hable, diga por Dios...».

Sintiéronse en la antesala pasos de hombre y me precipité, creyendo que venía el señor de Moragas. Ya anochecía. En el pasillo me tropecé con un bulto ingente, enorme, una especie de animalazo barbudo, peludo y bronco, y entreoí lo que sigue: «Moño, vecino; aquí vengo a cantarle a usted...». Comprendí que el comandante de Otumba quería pedirme una satisfacción por los insultos a su esposa. ¡Cuánta mayor prudencia demostraría doña Milagros -la verdad- no enterando a su marido! Pero, ¿pueden guardar reserva personas de un carácter tan fogoso y tan polvorilla? El comandante, viendo mi silencio, me echó la zarpa al brazo.

-¡Peineta, hijo, no se escurra usted...! Vengo a decirle dos o tres cosas calientes, y a ver si está usted conforme, moño, en que nos rompamos las narices, remoño peinero... ¡A mi señora, peineta, nadie la falta estando yo a su lado, y hay ciertas cosas, moño, que sólo yo se las puedo decir; pero, peineta, a los demás no se las aguanto, retemoño!

-¡Tenga usted miramiento! -contesté al bárbaro-. Ahí al lado hay una señora enferma, ¿está usted? enferma de gravedad; y hay también señoritas que no deben oír la ristra de cebollas que usted ensarta constantemente; y esto no es cuartel, ni las personas regulares somos quintos.

-¡Peineta, peine! Aquí se ha ofendido, moño, a mi señora, y... yo vengo a armar la de Dios es Cristo, y a quemar, moño, la casa y hasta el barrio... No me salga usted con que si hay enfermos, si no hay enfermos... A las señoras, moño, se las respeta siempre...

El oso me sacudía el brazo con ira. La puerta del recibimiento se abrió de repente, doña Milagros, en bata y zapatillas, se apareció y se me figuró una visión angelical. Con aquella voz de almíbar y aquel salado ceceo suyo, y con sobrealiento que parecía el azorado anhelar de las palomas cuando alguien las coge y las aprieta, se dirigió al bruto, y le dijo tartamudeando de emoción:

-A ver si dejas en pas al señó Neira... Bastante abroncao estará el pobre hombre con las majaerías y los selos y los sopitipandos e su mujé... No me ha fartao él, y la señora está medio espichando y toa entrambilicáa... Vámono a nuestra casa, que aquí naa se no pierde. ¡Ay, Jesú!... ¡Qué geniasos hay po el mundo!

-Moño, como me dijiste, moño...

-No he dicho ná. Abajito ma pronto que la lus.

¡Buena, dulce doña Milagros! Mi corazón se inundó de gratitud hacia ella en aquel instante, como en la escalera la noche del nacimiento de las gemelitas, y con los ojos repentinamente humedecidos, murmuré:

-¡Si supiese usted qué mala está Ilduara!

-¡Sea por Dios! -exclamó la andaluza-. Si hago farta, naa de remilgos: mandar recao. No soy rencorosa. Oigo yo a las locas como si oyese cantá la sartén.

Y se retiró, arrastrando a su marido. Moragas vino de allí a poco. Enterado del suceso, y habiendo visto a la enferma, puso cara grave y sombría, cosa tan desusada en él cual lo sería el bigote en un niño de seis años. No dijo nada, pero pronta y enérgicamente ordenó varios remedios, revulsivos la mayor parte.

-Ahora hay modorra -indicó-. Temo que por la noche habrá mucha temperatura.

Prescribió lo que debíamos ejecutar y en qué caso convendría llamarle; y, en efecto, a las altas horas de la madrugada fue preciso enviarle apremiantísimo recado.

La casa estaba en la mayor desolación. Tratábase de una supresión y un retroceso a la cabeza, que constituía verdadera congestión cerebral. Al corto abatimiento había sucedido la agitación, hiperemia, y luego altísima fiebre. Serían las tres cuando comenzó a delirar. A las primeras palabras que pronunció roncamente, con voz que parecía salida de lo más profundo de su ser, Moragas me hizo expresiva seña, y ordené a mis hijas que se retirasen. Obedecieron de mal talante, y sólo el médico y yo presenciamos el tremendo desvarío de aquella mujer dignísima, de aquella madre de familia ejemplar, que a última hora, perdido el albedrío, adoptaba en breves y tristes instantes la máscara de una arpía furiosa. ¡Qué lenguaje, Dios mío, y cuánto sufrí al escucharlo! ¡Qué horribles acusaciones las que me lanzó, no mi esposa, sino su fiebre, su locura! ¡Con qué desesperación la oí renegar de su maternidad, maldecir la tarea que la dignificaba a mis ojos, y abrumarme con un aborrecimiento sañudo y atroz! Diríase que, abierta la misteriosa llave del corazón, salía de él algo tan cínico y tan feo, que yo retrocedía de espanto. Ilduara se jactaba de haberme devuelto mal por mal, condenándome a la servidumbre doméstica más ignominiosa. «Calzonazos, pelele», repetía con expresión que no puedo recordar sin estremecerme aún. ¡Pobre esposa de mi vida! No tomas, no, que yo te atribuya a ti la que puso en tus labios el genio del mal, para desmentir en minutos toda una vida consagrada al deber y al conyugal amor; ¡porque tú me amabas, Ilda de mi corazón, compañera de treinta años, santa madre de mis hijos, y aquellas frases preñadas de odio y de hiel, aquellos espumarajos de desprecio, burla y rabia, no eran sino las convulsiones de una epiléptica agonía, que a costa de mi propia vida quisiera yo ahorrarte!...

Al amanecer después de tan funesta troche, cesó el desvarío sobrevino un estado comatoso, profundo y mortal. Ni el Viático pudo traerse. Luego sobrevino cavernoso estertor, se apagó la pulsación y se vidriaron las pupilas...

Así me quedé viudo.


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