Doña Milagros: 05

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Capítulo IV
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Doña Milagros Emilia Pardo Bazán


Cuando empecé a ascender fatigosamente las escaleras de mi casa, subía delante de mí la mujer del oso, la comandante de Otumba, doña Milagros. Ya sabemos que marido y mujer eran nuestros vecinos, sólo que vivían menos alto que nosotros, y no disfrutaban de tan hermosa vista al mar. Por cierto que de esta vista nació la intimidad de doña Milagros en mi casa, pues iba a extasiarse, las tardes que hacía bueno, con aquella gloria de Dios.

-Como en mi pueblo -decía. Y en seguida añadía indefectiblemente-: Porque ya sabrán ustés que yo soy gaditana.

No creo atentar a la fidelidad que debí a mi Ilduara querida, si reconozco que la señora de Llanes me pareció entonces, más que de costumbre, y acaso por contraste con la gente que dejaba en la Sociedad de Amigos, un objeto muy grato de contemplar. No diré que la comandanta fuese una belleza acabada y sorprendente, pero poseía en grado altísimo ese don de su raza que se conoce por sandunga. Hasta sus defectillos eran de los que prenden y enganchan la voluntad mejor que las perfecciones clásicas. La sombra oscura sobre el labio superior, carnosito y de un rosa algo pálido; el lunar castaño con cerdas rizadas en el carrillo izquierdo; la abultada cadera, las ojeras cárdenas y la voz gruesa y un tanto bronca, no acierto a decir si la desmejoraban, o si, por el contrario, la hacían seductora en grado sumo. Estos puntos yo los había oído debatir en la Sociedad de Amigos con gran calor, cuando el maridazo volvía la espalda, pues doña Milagros era mujer muy discutida, y no caía sobre ella ese olvido indiferente en que envuelven los varones a las hembras que no excitan su malsana curiosidad.

Mientras la señora subía la escalera, añadiré que siempre que en la Sociedad se trataba de doña Milagros, o se me daban con ella bromas inconvenientes, yo sufría. En torno de la comandante existía una atmósfera que me causaba enojo, persuadido como estaba de que todo eran injusticias y hablillas, sin más base que los pruritos de la maledicencia. Cada vez que veía a aquella excelente señora y adivinaba la franqueza de su carácter y la bondad de su corazón, experimentaba un sentimiento de lástima. ¿Lo habría adivinado la pobre? Porque me demostraba a su vez una simpatía, una inclinación honesta, una particular deferencia halagadora, que no sabía yo a qué atribuir. Y es el caso que mi Ilduara, sea que esas voces maldicientes hubiesen llegado hasta ella, sea que las bondades de doña Milagros para mí la alarmasen, profesaba a la graciosa comandanta ojeriza tanto más tenaz, cuanto que la disimulaba bajo apariencias engañosamente cordiales, y sólo la desahogaba con pasajeras indicaciones, rápidas y agudas como saetas. De cuanto se murmuraba acerca de la comandante, lo que más recogía mi esposa eran los rumores sobre origen plebeyo. Lamento tener que descubrir estas flaquezas de mi Ilda: cuando llegamos a Marineda, supuso que todo el aristocrático barrio de Arriba iba a dejarse caer en peso en nuestra mansión, para atendernos y festejarnos: mas nada de esto ocurrió, y los moradores de los cuatro o seis edificios blasonados que en Marineda se conservan aún, no hicieron el menor caso de nosotros, pobres hidalgüelos de gotera, quedándose reducidas nuestras relaciones a las que ofrecía la vecindad, y a dos o tres familias procedentes de Lugo, que se enteraron de que existíamos. Esta herida de amor propio se le enconó a Ilda, y en vez de buscar a toda costa relaciones, volviose más relamida, tiesa y difícil, dándose a inquirir los antecedentes de las personas que nos trataban. Doña Milagros tenía su expediente en regla.

-Pero esposa -decía yo en tono conciliador-, ¿qué sabes tú de malo respecto a doña Milagros? A mí me parece una señora como todas las demás; es mujer de un comandante; su categoría social la permite rozarse con lo mejorcito.

Mi mujer fruncía el entrecejo, apretaba los labios y rezongaba no sé qué de un puesto de verdura en el mercado de Chipiona, donde la madre o la tía carnal de doña Milagros... no consta cuál de las dos...

-¡Mujer, cada uno es hijo de sus obras... el trabajar no deshonra, y el vender berzas no es oficio infamante!

-Pues traeremos a casa a las verduleras para que traten con tus niñas, si te parece -respondía echando lumbres mi mitad.

-Ilda querida... No es eso. Si doña Milagros vendiese berzas hoy, corriente... Pero en el día es la mujer de su marido, y, por lo mismo, una señora.

Hasta para ese argumento, al parecer concluyente, tenía respuesta Ilda.

-Señora, señora... A saber, a saber... Estas gentes que vienen así, de donde Cristo dio las tres voces... A luengas tierras, luengas mentiras... Han estado en Ultramar, allá en Cuba... (A mi mujer la escamaban muchísimo los que habían estado en Ultramar, y los juzgaba ipso facto trapisondistas). A ver, hijo del alma (cuando mi mujer me daba este dulce nombre, era para hacerme sentir mejor el peso de su cólera), a ver, tú que tanto cargas en lo del señorío, ¿estás bien seguro de que son marido y mujer verdaderos?

Y, en efecto, no podía yo tener lo que se llama certeza absoluta, no habiendo asistido a las bodas ni visto los registros parroquiales. Juraría, así y todo, que no existía allí ni sombra de contrabando. Mi mujer comprendía, a pesar de mi silencio, que no se me comunicaba su escepticismo, y añadía enrabiada.

-Y además, hombre, ¡qué gente tan ordinaria! ¡Cómo se les ve que son señores hechos a puñetazos! Él habla igual que un carretero y tiene pelos hasta en el paladar; ella parece una cualquier cosa, con aquel meneo tan descarado que lleva por la calle. Así es que todo el mundo se la atreve, porque la confunden con una tía pindonga. He de salir yo cien veces a misa, y nadie me seguirá, de fijo; y a ella el otro día la iba siguiendo Baltasar Sobrado. ¡No me lo niegues, que yo lo vi!

Lejos de mí el pensamiento de negar semejante noticia; para aquietar a Ilduara, exhalaba una especie de gruñido de conformidad.

-No, no tengas miedo de que persigan así a una mujer de bien... Lo que es a mí... ¡A mí no se me atreven!

¿Y quién había de atrevérsete ¡oh Ilduara mía! con aquel gesto tuyo y aquel entrecejo y aquella austeridad de líneas que alejaba todo pensamiento profano? En eso sí que estuvimos acordes, mujer incomparable.

-En fin, son gentecilla; él huele a cuchara, y lo que es ella, no quiero pensar a qué huele...

Temeroso de que mi esposa cometiese con el matrimonio Llanes algún exabrupto no me metía en defensas, mantuve mi acostumbrado sistema de decir amén a todo. Allá en mi interior, esta inicua confabulación dentro y fuera de mi casa contra una persona a quien no veía hacer nada malo, me infundía mayor interés hacia ella. Muy bajito, protestaba contra las necedades y preocupaciones del mundo, que no se contenta con que una mujer sea noble y servicial, sino que además la exige que al andar no columpie las caderas, y que sus tías no vendan zanahorias.

Porque aquella doña Milagros tan duramente juzgada; aquella bendita señora, objeto de comentarios tan poco caritativos, era una criatura de bondad, que se desvivía por encontrar manera de servir de algo a sus semejantes, y en particular a los vecinos. Pronta y fogosa para todo, nadie tan capaz de sacrificarse con verdadera abnegación por lo que no le iba ni le venía. Se lo hice observar tímidamente a Ilduara.

-Mujer, la debemos un ciento de favores.

-Nadie se los ha pedido -contestaba Ilda con acento que parecía el ruido de un ascua encendida al caer en el agua.

Al encontrármela yo en la escalera, doña Milagros subía con brioso taconeo, haciendo vibrar los peldaños, de prisa, como persona a quien no pesan aún la edad ni las carnes, a pesar de hallarse estas en condiciones de lozanía muy apetecibles y simpáticas, y alcanzar todo el turgente desarrollo que requiere la hermosura femenil. Siguiendo con la vista la alternativa de la claridad de la suela y la negrura del zapatito que calzaba el pie meridional de la señora, me distraje de aquella pavorosa perspectiva de las amas por partida doble, pensando que era lástima que mi Ilduara no reuniese, a su aire digno, algo de la morbidez de la señora de Llanes. Mientras se ocurrían estos pensamientos, los tacones diminutos confirmaban produciendo agradable repique sobre la escalera. Cerca ya de la puerta de mi piso, doña Milagros notó que alguien subía detrás, se volvió rápidamente, y me saludó con efusión que rayaba en exaltada ternura.

-¡Ay don Benisio del arma!... Mare mía de la Consolación... ¡Ay!, ¿pero usted sabe lo suseío? Si es un milagro e los grandes... ¡Grasia a Dió que ha venío usté! ¡Jesú, hombre! Si ya creí que se nos quedaba poallá, sin vení a ve la sal del mundo, la cosa más chistosa... ¡Ay qué envidia le tengo a su mujé, santo varón! Monáa como las tales gemeliyas... ¡Por unas así daba yo sangre e la vena!... ¡No etiman la suerte argunas!... ¡Es usté un cabayero, don Benisio!

Al oír estos dichos, propios de tan apasionada señora, reparé que llevaba las manos ocupadas con un sinnúmero de objetos; tiras de lienzo, tabletas de chocolate, una cazuelita chica, una maquinilla de esas de hervir agua con alcohol, un cucurucho, no sé qué más cachivaches...

-Pues apenas va usted cargada.

-Quia, hombre... Menuensias que hasen farta en casos como estos... Yo nunca me vi en ellos, por mi suerte desdichá; pero con la afisión a los chicos, tengo ya más práctica... En cuanto supe que yegaba el lanse, arriba me planté, a ofreserme pa to lo que haga farta, con confiansa, como si fuese de la familia, lo mismito. Más veses yevo subío y bajao...

El sobrealiento de la señora probaba su afirmación, y al verla así, tan cordial, tan cariñosa conmigo, no fui dueño de contener la gratitud que se me subía a la garganta, y murmuré alargando las manos.

-Doña Milagros... es usted muy buena.

Ella, no menos conmovida, quiso y no pudo echarme un brazo al cuello, murmurando.

-Cáyese usté. ¡Vaya unas bondaes, cristiano! Ea, cargue usted con este artilugio. (Y entregó la maquinilla). Andando, andando, que no estamos pa paliques.

No fue preciso tocar a la campanilla. Como si detrás de mi puerta nos acechase un ser invisible, entreabriose calladamente y apareció la nariz de mi hija mayor, Tula, cuyos ojos, que no por denigrarlos sino por definir su especial mirada, he comparado a los de una lechuza, se clavaron en la comandanta y en mí. Y por entre el hueco de la puerta y de la persona de Tula se deslizó Feíta, deteniendo a doña Milagros, que iba a entrar como una manga de agua o un ciclón, y diciendo: «¡Chist! Cuidado con meter bulla, por causa de mamá».

-Aquí tenéis espliego -dijo la señora entregando a Tula el cucurucho-. Sahúma, hija, sahúma, que es lo ma sano pa las parías... Toma la estufilla: verá tú como en un verbo hasemo agua santa, agua paná, agua de tilo...

Cortó la inspiración hidráulica de la buena señora la aparición de otros dos vástagos míos, Clara y Constanza, con lo cual la antesala quedó de suerte que no nos podíamos revolver. Y detrás apareció Rosa, emperejilada según costumbre, con su cara deslumbradora, y una dalia prendida detrás de la oreja. ¡Para dalias estábamos!

-¡Dos niñas, papá! ¡Dos niñas! -exclamó con diferentes entonaciones el coro femenil.

-¡Dos niñas! -repetí, sin que otra cosa se me ocurriese-. ¿Y mamá, qué tal?

Feíta se adelantó, me cogió de la manga, y en voz apagada y discreta, voz de enfermera, murmuró:

-Dice el señor de Moragas que bien... Ahora dormita... Venga, papá; venga a ver la cucada, la gracia del mundo, las gatiñas recién nacidas... Las estábamos lavando... ¡Si viese qué idénticas!... Como dos gotas. Más lindas... El señor de Moragas está ahí; pero se va a largar, que tiene que hacer...

Entré de puntillas, no en la alcoba conyugal, por respetar el sueño de mi esposa, sino en el gabinete que confinaba con ella. Moragas salió a recibirme, felicitándome en un tono en que discerní compasión y algo de chunga. ¡Malditas casas pequeñas, sin comodidad ni desahogo! Allí mismo, en el gabinete, entre el armario de luna y el sofá, se había tenido que extender una sábana, y sobre ella, en un lebrillo lleno de agua tibia, mi hija Argos y la criada lavaban a las gemelas, palpando torpemente los cuerpos blandujos. No se entendían para fajarlas; y sin consultar mi voluntad, me pusieron una en cada brazo, envueltas en la toalla húmeda.

-¿Eh? ¡Qué bonitas! ¡Qué iguales! La que nació primero es esta; tiene atado a la muñeca un estambre verde para diferenciarla.

Yo las miraba, girando la cabeza del lado derecho al izquierdo. Parecíanme diminutas, color de berenjena y algo hinchadas: esto es común en los recienes, e indica que de grandes serán excesivamente blancos. Al fin, inclinándome, les di a mis niñas un beso. Entró en esto doña Milagros, y me las arrebató, y empezó a chillarlas.

-Monáas, tesoros, cominiyos, peasos de masapán... ¡Ay qué judiá, tenerlas así en cuero, arresiditas de frío! ¡A ver, a ver, un capiyito, que la quiero vetir a esta emperatrís de la China!

La andaluza tomó el capillito templado, la faja, el pañolico triangular, la gorra, y empezó a vestir a una de las gemelas con extraña habilidad. Cualquiera pensaría que la comandante había parido y criado media docena de chicos lo menos. Manejaba aquella masa gelatinosa con incomparable soltura, y enrollaba la faja alrededor del cuerpo lo mismo que si no hubiese hecho en su vida otra cosa. En cambio, Argos y Clara se veían y se deseaban para arreglar la suya. Feíta se entrometía, pretendiendo arrancársela de las manos.

-¡Yo!... ¡Yo la amañaré!

-Quita, mocosa, chiquilicuatra -contestaban desdeñosamente-. Si te remangamos las faldas, verás qué azotes.

-Papá... que me dejen... -articuló Feíta dirigiéndose a mí, con la garganta atascada de sollozos-. Que me dejen. ¡Ya verán si sé!

Moragas, siempre en pleito con Feíta, y al mismo tiempo encariñado con ella y protegiéndola, indicó:

-Déjenla ustedes a ver cómo se las compone esta mona sabia... Puede que haga prodigios.

-Bueno, que la vista... -ordené yo.

¡Quién vio a Feíta! Iluminose repentinamente su rostro con una expresión que, a no ser ella tan diablillo, podría llamarse angelical; y tornando a la niña, sentose en la butaca y la acomodó en el regazo. Yo la miraba atónito, mientras Moragas me daba disimulados codazos, como diciendo: «¿Ve usted?». En efecto, aquella empecatada chicuela, que no podía coger nada sin romperlo, que tenía los movimientos y las actitudes de un muchacho revoltoso, se transformaba de repente en la mujer más cuidadosa y solícita. Apretando y haciendo embudo con los labios, fijos los ojos en la criatura, con manos que la tocaban como se toca a una santa reliquia, trémula de gozo y de orgullo al mismo tiempo, Feíta la vistió en tres minutos perfectamente. Y cuando estuvo liado el paquetito, lo levantó en alto, lo arrimó a la cara, y chilló con delirio.

-¡Uuuuú... Moniña, moniña!

Y luego, volviéndose hacia las hermanas mayores, que parecían burlarse de su triunfo, les sacó una cuarta de lengua, y les gritó:

-¡Aaaá... Pasmosas, chapuceras, envidiosas!

Ellas contestaron sotto voce:

-¡Pericón!

La cosa no tuvo más consecuencias. Doña Milagros estaba en su elemento, daba órdenes, hacía preguntas: parecía un general en jefe, y por ese instinto que hace que obedezcamos a las personas de iniciativa, mis hijas ejecutaban sus mandatos al punto, excepto Tula, que hasta se me figura que la respondió dos o tres veces con aspereza. Sobre el velador, retirado el tapete de croché, hervía con simpáticos gorgoritos no sé qué infusión en el cazo de la estufilla: era un brebaje para paladear a las pequeñas: la comandanta, soplando en la cucharilla antes, se la metía entre los labios, y las oruguitas hacían gestos muy cómicos, entre estornudo y mueca, al percibir aquella primera sensación de los órganos del gusto. Luego doña Milagros comenzó a lamentarse de que no hubiesen traído un indispensable jarabe, a lo cual mi hija Tula contestó agriamente que no se podía pensar en todo y que bastante se había hecho. La comandanta entonces salió disparada, regresando a los dos minutos con la noticia de que ya iba por el jarabe su asistente; y como Moragas y yo conferenciásemos en el hueco de una ventana, se vino a nosotros hecha un basilisco, y cual si se tratase de su propia alimentación, me interpeló acerca de la de mis hijas. «¿Cómo estábamos de amas?». Sí, empleó el plural.

-A ver, usté, señó Neira, ¿qué jase usté ahí tan parao? ¿Cuándo dispone que tengan teta etas dos asuseniya?

-Si no se la damos usté o yo, señora... -contesté riendo, porque no había medio de formalizarse con una mujer tan excelente, aunque tan entrometida.

-¿Yo?... Peasitos de mi corasón, con vía y arma se la daría. ¡Qué felisiá, criar un nene! ¡Pa qué quería yo más! Pero esto no pue seguí así. Hijas, yorá pa que os busquen teta, que os tienen desfayesías.

Lo mismo que si obedeciesen a un conjuro, las gatitas dejaron oír quejumbrosos mayidos, que resonaron en mis blandísimas entrañas de padre. Entre el médico, la señora y yo comenzamos a debatir aquella pavorosa cuestión de subsistencias, que más bien era de capacidad. El bolsillo, trémulo de pavor, se arriesgaría a afrontar la doble lactancia; pero era humanamente imposible buscar acomodo al ama sufragánea. Para alojar a la que ya estaba contratada en la Erbeda y sólo aguardaba aviso, había sido indispensable repartir a los niños en los cuartos de sus hermanos, y convertir en dormitorio un chiribitil antes destinado a cuarto de plancha y leonera. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer, Dios santo?

-Mire usté -exclamó con fuego doña Milagros-. Por eso no se apure usté ná. Abajo sobra sitio. Tan holgaos estamos, que para ca pierna y ca brazo hay su habitasión. Se bajan el ama y el angeliyo, y abajo duermen y abajo están tó el santo día. Tomás, loco con la gurruminita; yo, con más babas que un caracol; y se ha sarvao la patria.

Todo lo facilitaba, y por poco me convence, aunque yo opinaba que aguardásemos a que despertara mi esposa, cuyo sueño encargaba Moragas que no se perturbase, por la necesidad que tenía de reponer sus fuerzas. Pero cambió nuestros planes el ver entrar a mi hija Feíta empuñando una botella llena de un líquido blanco. Nunca mostró la cara tan animada y satisfecha como entonces.

-Papá... mira lo que he discurrido. Con esta botella hago un biberón, y le doy de mamar a las niñas. No se necesita ama ninguna. Son unas galopinas, unas cargantes. Yo, yo sola crío a las pequeñas. Y divinamente. Verás.

Nos burlamos de la chiquilla; pero Moragas, risueño y todo, la cogió por la barba, la pasó la mano por el cabello, y dijo:

-Sí, Lucifer, trasto, tú salvarás a tus hermanas... No vendrá más que un ama, y la otra será la señorita Fea... Ya verás cómo te doy un curso de cría con biberón... En tres lecciones te gradúas de doctora.

Así quedó resuelto el espantable conflicto. Al otro día muy temprano llegó de la Erbeda el ama, y por la tarde se bautizaron las gatitas. Se les puso por nombre, a una María Remedios y a otra María Teresa, por haber nacido el día 14 de octubre, fiesta de Nuestra Señora de los Remedios, y bautizádose el 15 del mismo mes, fiesta de la santa doctora de Ávila. Mis hijas y doña Milagros hicieron prodigios para adornar a las gemelas. Encaje de aquí, cinta de acá y bordado de acullá, me las pusieron tan majas. Al volver de la iglesia, el ama alzó los pañolitos de nipis que tapaban la cara a mis dos retoños, y me dijo las palabras sacramentales: «Llevé unas moras y traigo unas cristianas». Miré a las inocentes criaturas, que dormían. Disipada la hinchazón de sus caritas, con la aureola de encajes de las gorras, no se puede negar que estaban hechiceras. Las tomé en peso, una en cada brazo, y la idea de ser autor de aquellos ángeles me hizo pensar entre orgulloso y triste:

-¡Quién duda que son unas monadas!... Si no fuese que ya tiene uno en casa otras diez... Si el zapatero y el panadero no enviasen cuentas... Si estuviésemos en el Paraíso terrenal...


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