Doña Milagros: 11

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Capítulo X
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Doña Milagros Emilia Pardo Bazán


Pasaron Carnestolendas, y el mal de mi hija arreció, hasta el extremo, que vi llegada la hora de vencer la debilidad de mi carácter y adoptar alguna resolución, porque aquello más que a santidad transcendía a delirio. Antes de que confirmase mis recelos el médico, había yo comprendido que Argos ni era santa ni penitente, sino enferma.

Después de la visita al cementerio, sus rarezas redoblaron. Había días que se recluía en su cuartito (tenía uno para ella sola, de donde había expulsado a Rosa, bajo pretexto de que Rosa quería espejos, floreros y otras profanidades), y nuestros ruegos para que saliese a comer eran inútiles: dejaba correr horas y horas sin probar alimento, tal vez llorando; lo encendido de sus párpados la delataba. Aquella devoción sordomuda de los primeros días; aquel bullir de la segunda época, aquel piadoso zascandileo en unión de la marquesa de Veniales, Paciencita Borreguero, Regaladita Sanz y demás fundadoras y socias del Roperito; aquella afición al canto, aquel continuo ensayar trinos y fermatas, habían cedido el puesto a fúnebre preocupación, a un lirismo que puedo llamar mortuorio. Pasábase en el cementerio muchas tardes; y era lo peor que se escabullía sola, a pesar de mis mandatos. Nunca la vimos más desaliñada, más olvidada de que era mujer, y mujer joven y hermosa. El abandono de su traje sólo podía compararse al de su peinado. Más de una semana trajo vendada la frente con trapos negros, afirmando que era por culpa de unas jaquecas horribles. La venda era angosta, y prestaba singular realce al rostro de la muchacha, en cuyos ojos ardía la fiebre. Todo esto debía asustarme. Consulté, en primer lugar a mi amiga.

-Sí, señó -exclamó la andaluza cuando la manifesté mi propósito de avisar al Doctor-. Hase usté mu bien; pero no sé que el Doctor le pueda sacar a la chica los mengues del cuerpo y el clavo del corasón donde afincao lo tiene. Los médicos piensan que too es resetar, que too es tomar el pulso y dar medicamentos contra el flato y para engordá la sangre, y yo le digo a usté que hay otras cosiyas en el arma, y que los médicos no hasen caso de eya, y son unos jumentos, hablando mal.

-Según eso, ¿usted cree que no la curará el Doctor? Doña Milagros, querida doña Milagros, dígame su opinión, porque estoy que se me puede ahogar con un pelo. Usted, que ve a la chiquilla a todas horas; usted, que la acompaña mil veces (Dios se lo pague); usted, a quien, como mujeres que son las dos, ella entenderá de cosas íntimas que conmigo no ha de conferir nunca, sea franca conmigo. Siempre he tenido en usted mucha confianza; pero de algún tiempo a esta parte, la miro a usted como a un ángel bajado del cielo... Y no digo más, porque no quiero enternecerme.

La comandanta sonrió, apoyando su dedito moreno y afilado en sus labios descoloridos, tan lindos y tentadores. Era la actitud de la reflexión, en ella poco usual. Pasaba el diálogo en la sala de la señora, puesta con el aseo algo anticuado y la sencillez sin gusto de las casas meridionales. Las paredes estaban llenas de fotografías de familia: individuos mal engestados, displicentes, vestidos de domingo y apoyados en las estelas jónicas y en los muebles recargados de talla de la guardarropía fotográfica. Me había explicado la andaluza cien veces el parentesco el grado de consanguinidad y la afinidad que la unían a los originales; pero yo siempre los confundía, viendo, no obstante, en tal exhibición de parentela una prueba de la respetabilidad de la señora.

-¿Ve usté? -solía decirme-. Esta es mi primiya Paula, la que casó el año pasao con este sanguango, un capitán de lanseros... Esta se ha quedao viuda la pobre: Juaniya se yama. Estos son los chicos de la esta misma Juaniya. Mire el pequeñiyo, qué mono (ya sabemos que a doña Milagros le parecían una monada todos los chicos). Esta... tan farfantona... la del mantón y el pañuelo... es mi tía la ricacha, la Tomatera de Chipiona, que la disen así porque ganó su fortuna cargando tomates para mandá a toda España y a Inglaterra... Podría de dinero está... y yo no me avergonsé de ella cuando empesaba a negosiar, y así me adora y me hase mil regalos y dise que me dejará su hasienda. A mí el interé no me siega; pero ¿avergonsarme de una mujer honrá? ¡Sabe Dios cuántas condesas quisieran ser como eya! ¿Verdá, don Benisio?

Esta charla no se repitió hoy, porque la andaluza, como dejo dicho, reflexionaba; operación penosa y difícil para quien era pura espontaneidad, instinto y arremetida franca y súbita, semejante a la del toro que por primera vez ve flotar el rojo e incitante trapo. Al fin sus ojos entornados irradiaron luz de inspiración; y echando mano de toda su sabiduría, de todo cuanto en ella formaba el elemento intelectual, me embocó este que casi puede llamarse discurso:

-Don Benisio, ya sabe usté que puede pedirme la vía si la nesesita: yo no quiero gastar retóricas para desir que se le apresia... Por lo mismo voy a hablarle como quien pisa huevos, y como quien mete la mano en brasas y no la quiere tostar. Cosas delicás saldrán a cuento, y si usté se me ofende a las primeras de cambio, meteré la cabesa debajo el ala, y agur.

Hice un ademán expresivo animando a la señora a que se explicase, y ella, dando tormento al abanico, aunque ni hacía calor ni estábamos en verano, prosiguió sin perder la gravedad:

-¿Usté se acuerda, santo varón, cómo empesaron los trabajos que pasamos en este pícaro mando los hombre y las mujere?

-Doña Milagros, ¿eso que tiene que ver?...

-Calma, cristiano, que allá voy. Todas cuantas desdichas y berrinches aguantamos, le vinieron a Adán por Eva y a Eva por Adán, y a los Adanes por las hijas de Eva, y a las hijas de Eva por los Adanes condenaos. Siempre que vea usté una mujer o un hombre con fatigas de muerte, no se derrita los sesos cavilando: es por la otra cara de la luna... ¿está usté? es por un Adán o una Eva, y digasté que yo lo digo. Cuanto zafarrancho se arma por ahí; cuanto inventan los hombres, con esos discursos endemoniaos de mecánicas y de construsiones y de embarcasiones; cuantas trifulcas arman de teatros y bailes y comersios y fábricas y diablos coronaos... todito es por la pingarrona de Eva, por eya nada más. Y cuanto nosotras no componemos y no asicalamos y no depepitamos y no ponemos tristes y no reímos a carcajá y murmuramo y chillamo, y arañamo y reñimo... y no tragamo a la gente... como le susedía a su difunta de usté, señó Neira... too es por el perdío de Adán, ni ma ni meno.

Oía yo sonriendo a la señora, por la sal de cielo con que echaba su relación; pero la idea no me parecía ciertamente ni muy nueva, ni muy aplicable al caso presente, o sea al místico desvarío de mi hija Argos. Sin duda doña Milagros leyó en mis ojos, pues se apresuró a añadir:

-Yo siento no tené más labia, más esplicaeras, y sobre too más siensia, para haserle a usté ver claro como el agua este intríngulis del mundo, que yo ayá a mi móo lo entiendo divinamente... Porque esté ahora dise pa entre sí: «¿Y qué tiene que ver con las arrancadas de mi niña, que todas son por el lao de la iglesia, la casta de los Adanes? Precisamente la chiquiya se corre que quiere entrar monja... y en el convento Adanes no hay». Pues velay, don Benicio: que a las mosita y lo propio a las mujere manías, no se crea usté, tanto las altera Adán de sobra como faltón... y basta, y usté ayúeme a hilar delgadillo esta madeja.

Quedeme suspenso, sin saber qué objetar a tan incongruentes afirmaciones.

-¿De suerte... -pregunté- que usted juzga que Argos... sus males... sus caprichos...?

-Los tontos creerán que son por Dio nuetro Señor. Por Adán y nada ma que por Adán; y si Moragas dise otra cosa, cómprele usté una gafa a Moragas.

-Pero -insistí- ¿qué Adán puede ser, doña Milagros, el que me tiene trastornada a la chiquilla? Sospecho que eso no lleva camino; porque si alguno pretendiese a Argos o Argos quisiese a alguien, Argos se compondría, Argos presumiría, Argos estaría como están las muchachas con novio.

-¡Ay qué material que es usté, don Benisio! Pué si no hubiese en el mundo más enreos que los que están a la vista de la gente y los noviasgos a son de trompeta... Mil veses se entra el corasón, y no lo sabe más que el corasón mismo: por fuera, nada: gayo tapao.

Me resonaron dentro estas palabras que con vivacidad acentuó la andaluza.

-Su niña de usté es una mosa que tiene en aquella cabesita un volcán. Too le entra por arrechucho, y se pinta eya a sí misma que siente la cosa más aún de lo que la siente. Por la mañana dise pa sí: «María Ramona, hoy tocan a yorar y a besar el suelo». Y se la caen los lagrimone como aveyanas, y capas es de lavá el piso con yanto. Pues como diga: «Hoy tocan a cantá...», más canta que un ruiseñor: vos como la suya, que tanto yegue al alma, en mi vida la he oído. Si la da la tema por está de rodiyas, de rodiyas aguanta horas y horas sobre la piedra, sin quejarse, aunque luego se caiga desvanesía de dolor. Si se la pone en el periquito vestir el saco de estameña, el saco suyo ha de ser el más gordo y más bronco y más feo; y dé usté grasia a Dio que no se la ocurra arrastrar tisú, porque lo arrastraría del más vistoso, aunque la costase darse al diablo.

-¡Doña Milagros! -pronuncié, saltando en la silla.

-Perdone... -murmuró la señora, confusa, con tan hechicera mansedumbre que me desarmó al punto-. No he querío ofender... Usté me pregunta... y yo... vamos, tengo la lengua larga... No se me atufe... Diga que me perdona. ¿Así? ¿Pases?

Y para sellarlas, tomó mi diestra y la oprimió contra la parte baja del pecho izquierdo, donde noté que el corazoncito sin hiel brincaba y golpeaba la tela tirante...

-Lo que he querío desir, don Benisio, es que su niña es una pila del telégrafo. Si tuviese novio, un Adansejo en regla, como Dios manda, valdría más que no andar visitando a los difuntos... La cosa es que...

Doña Milagros vacilaba.

-Que... vamos, en el caso de su hija de usté, el Adán no puede ser... no es posible que sea.. ¡Ay! se me traba la lengua, don Benisio... ¿no se va usté a enfadar?... Pues... ese Adán de Argos... si es que sale... nos saldrá... apestando a cera; ¡eso... cabal...!

Me puse en pie. En mi cráneo, de improviso, retumbaban voces, carcajadas y burlas infames. ¡Dios justo! Por primera vez se me ocurría la idea, la absurda idea... y ya no iba pareciéndome tan absurda, a los dos segundos de haberla concebido. Recuerdo que me eché a la cabeza las manos, para ahogar aquel estrépito diabólico. Doña Milagros comprendió con su agudeza femenil y murmuró:

-No hay que apurarse, señó de Neira... Esto que le digo yo a usté no creo que nadie lo sospeche. Ni la misma Argos entiende lo que la está pasando; eya se cree buenamente que anda así, afligía por sus pecaos y sus penitencias y sus étasis... y se figura que las cosa rara que la entran son ayá unas visitas de la gracia de Dios... y no hay, para qué desengañarla, que los achares se la han de quitar.

-Pero... -tartamudeé- ¿por quién, doña Milagros, por quién cree usted que siente mi hija... debilidad... afición... en fin, eso?

-¡Eh! No tan aprisa... No he dicho eso presisamente; sólo que se me ha puesto aquí que alguna tontá por el estilo será la madre del cordero.

-Un nombre... ¿No se la ocurre a usted un nombre?

-Don Benisio... es delicaíyo contestar. No nombro a nadie. Usté abra el ojo, fíjese, entérese, como es el deber de too padre, de lo que hace su hija y a quién ve... porque también es usté demasiado confiao y blandullón, y con usté hasen su santa voluntá las niñas las veinticuatro horas del día, vamo... Así como su señora, Cristo la haya perdonao, pecaba de dómina y de regañona, usté parese hecho de merengue: con usté las chiquillas tienen república. No le aconsejo que mire por Argos... y no ha de sacarme usté más, que estaría muy feo calumniar... o salir con algún sinfundo.

No conseguí otra cosa. A mis súplicas opuso la señora un significativo, «se ha dicho bastante». Para torcer la conversación, sin duda, preguntome de pronto:

-¿Se ha enterao usted del cambio de ministerio? ¿Ha visto al nuevo Gedeón? Es decir... este de Gedeón no tiene nada.

-Sí, se me figura que me abrió la puerta una cara desconocida... ¿Ha encontrado usted su ideal?

-¡Ay mare! pues si estoy que no quepo en mí de goso. Le digo, Neira, que ahora sí me encuentro en la gloria. No sé dónde ha podío desenterrar Tomás semejante alhaja; pero no he visto naa como eso. Un muchacho más limpio que el oro; da ganas de comer verle: y trabajaor, no se crea usté: que hasta los suelos friega y saca lustre a los hierros del balcón. Mañoso como él solito: mejor guisa que ninguna cocinera: pone el arroz que se chuparía usté hasta el codo. Me tiene el fogón, que dan ganas de colgarlo al cuello por dije. No lo va usté a creer: plancha, pega botones y limpia y sacúe mi ropa.

-¡Atiza! Como una doncella.

-Que sí... Y no se crea usté que eso que es ningún mariquiyas. Es disposición que Dios le ha dao. ¡Ay! Mis pies y mis manos es la criatura. Ya le he cobrao una ley...

-Vamos, un estuche.

Quieras o no quieras (no tenía yo el menor empeño en admirar las habilidades del nuevo asistente), hubo que dejarse llevar a la cocina por unos pasillos obscuros. Entramos en la oficina de la bucólica, y vimos de pie ante una mesa de pino blanco, a la nata, flor y espejo de los asistentes, y con las mangas de la camisa arremangadas y frotando a todo frotar la hoja de unos cuchillos. El exterior del sirviente era de lo más simpático; pero yo, con cierta repulsión (afirmo que la sentí desde luego), me volví a la señora y, pregunté en voz baja:

-¿Es paisano de usted?

-No, valensiano.

Entonces reparé que, en efecto, aquel hermoso tipo meridional sólo podía haberse producido en las márgenes del Turia, que llaman floridas los poetas. Si no repugna hablar de la belleza de un hombre, hablemos de la de Vicente o Visanté, que a tal nombre respondía el soldado. Pálido, con la palidez sana, caliente y marmórea de las razas semi-africanas; de negros ojos, fogosos, largos y brilladores; de facciones correctas, espesa barba que azuleaba de puro sombría, dientes blanquísimos y prócer estatura, era Vicente lo que se llama un arrogante mozo. El brazo ligeramente velludo, que ostentaba su rica musculatura al fregar los cuchillos, tentaría a un escultor; y la mano, fuerte, morena, grande, pero flexible, de noble diseño, lejos de denunciar la baja extracción del fámulo, parecía decir que por sus venas corría ignorada sangre de árabes conquistadores. Al vernos, cuadrose el muchacho, como si viese al comandante en persona.

-Aquí vengo a lusir tus gracias, Visente -dijo la señora con garbosa familiaridad-. Mire usté, Neira, qué tinaja tan fregaíta. ¡Ay! En estas sartenes reluciente me gusta a mí freír los huevos, que salen abuñolaos. ¡Caye! Si hasta el perejil me lo tiene este chico que parese un ramiyete -añadió tomando un vaso donde en agua muy clara se encrespaban ramas de perejil-. Abre ese cajón, Visente, alhajiya. Too en orden, too aseado. ¡Qué almirés! ¡Qué perol! ¡Qué encanto de chocolatera!

El autor de tantas maravillas se mantenía derecho, inmóvil, callado, y al parecer melancólico, con esa melancolía noble que llevan sellada en el rostro las bellas razas de Levante, que saben ejecutar con dignidad los menesteres más bajos.

Al salir de los dominios de Vicente, la señora, volviéndose hacia mí con orgullo, preguntome:

-¿Qué me dise usté del muchacho? ¿Es o no es prenda?

Era en la antesala; me acuerdo bien que la figura de doña Milagros se destacaba sobre una cortina de reps verde obscuro, y que sonreía, dejando ver la dentadura de nácar, ornato de su boca de adolescente que empieza a sombrear el bozo. Yo me sentía lastimado, abatido, con inmenso abatimiento, como el que acaba de recibir funesta noticia, o de asistir a un espectáculo repulsivo, o de prestarse a algo que subleva su conciencia y su corazón; y de pronto, en medio de esta depresión moral, de esta angustia mal definida, cuya causa no me era posible inferir, ¡oh vergüenza para mis canas!, ¡oh vil y despreciable condición del hombre!, ¡oh barro de que somos fabricados, escoria, limo de la tierra, polvo, basura!, ¡oh rostro del pecado original!, una oleada de profana embriaguez me arrolló; un relámpago cruzó ante mis ojos, deslumbrándolos con el serpear de su luz siniestra, un golpe como de saeta que se clava repercutió en lo profundo de mi ser, y, despavorido, comprendí, sin que me quedase lugar a duda, qué genero de sentimientos me inspiraba doña Milagros.

Luché como un atleta para que no se me conociese. Sujeté mis ojos, contuve mi lengua, crucé los brazos sobre el pecho, clavándome en el antebrazo las uñas. Abochornado, sólo quise ocultar mi flaqueza, a manera de asesino que esconde el cuerpo de su víctima. Miraba dentro de mí y me parecía ver negra sentina de maldades. ¡Cuán lejos estaba doña Milagros de sospechar el verdadero estado de mi alma en su compañía y presencia! Sentí impulsos de presentarla los carrillos diciéndola:

-Abofetéeme usted señora... Écheme como a un perro tiñoso... Lo merezco... y me servirá de consuelo el que usted lo haga.

Y en alta voz, en lugar de implorar castigo, lo que dije fue:

-Doña Milagros... me voy ya, sin que usted aclare aquel enigma.

-¿Cuál, cristianos? -y la andaluza se aproximaba.

-Entremos en la sala, entremos -murmuré turbado por la media luz del recibimiento, sofocado por el zumbido de mis arterias-. Aquí pueden oír...

-No, si es que me quiere sacar con terrasa el nombre del Adán... pierde usté el tiempo. Y adiós, amigo... Va a venir Tomás, y le va a volver loco con sus peinaos... Lárguese si no quiere aguantar el solo... ¡Tomás tiene la sangre más gorda! Por hoy, chito: se ha dicho que no. ¡Hasta luego!

Huí. Sentíame tan rebajado, tan indigno de ejercer de padre, que en vez de subir salí solo a la calle, recorrí el camino de la estación, me retiré tarde, no dormí, tuve calentura, y, al día siguiente, en vez de reprender a Argos por sus exaltadas devociones, madrugué como ella y la acompañé a la iglesia de San Agustín. Ansiaba confesarme, limpiarme mi conciencia y ofrecer a Dios, con mi firme propósito de la enmienda, mi arrepentimiento sincero y casi inmediato, pues lo mismo fue calmarse mi vergonzosa fiebre, que pesarme de ella y conocer cuán mal le estaba a mi edad y cuánto ofendía al cielo. Si no acostumbraba importunar a Dios por leves circunstancias de la vida, en la gran tribulación no se me ocurrió pedir consuelo y ayuda a nadie más que a Él.

Mi hija caminaba a mi izquierda, cubierto el rostro, arrastrando sobre las baldosas de las bien empedradas calles marinedinas su blando calzado de beata. Creí notar que lejos de alegrarla mi acto de religiosidad, iba de mal talante, reconcentrada y arisca.

-¿Habrá quien confiese a estas horas? -la pregunté antes de entrar en el templo.

-¡Ya lo creo que lo habrá! -fue su única respuesta.

Adelanté por la nave. Algunas formas confusas se rebullían a uno y otro lado de los bancos: el templo, sin estar obscuro como una cueva, no estaba tampoco claro: era la luz incierta del amanecer. Un jesuita alto, encorvado, de aire distinguido, salió de la sacristía dirigiéndose al confesionario. Mi hija se alzó el velo, corrió, precipitose, y balbuceó suplicante:

-¡Padre Incienso!... ¡Padre Incienso! Estoy aquí.

Él proseguía andando, deslizándose, sin mirar a la devota: pero como yo añadiese: «También deseo confesarme», volviose vivamente, se fijó en mí, y exclamó: «Con mucho gusto, señor de Neira, inmediatamente», se introdujo en la garita de madera. Me arrodillé ante la rejilla: Argos se desvió: y, después de las fórmulas y rezos que preceden a la confesión auricular, en un arranque efusivo, sincero, espontáneo, que debió de agradarte, ¡oh Dios que ves las almas!, derramé todas mis culpas en el oído en el pecho de tu ministro.

¿Quién, si tiene la fortuna de ser católico, no adivina lo que dije y lo que me respondieron y aconsejaron? ¿A qué profanar contándolo el inefable cuchicheo, el misterioso diálogo de nuestras conciencias, las palabras, ya severas, ya consoladoras, las viriles exhortaciones, las advertencias prudentísimas, las firmes e indulgentes frases del confesor, con todo lo demás que atañe a la sabia economía del admirable Sacramento de la Penitencia? Lo que importa es que me levanté sereno, aliviado, animoso, en una situación moral que sólo no envidian los que la desconocen, y que allí y sólo allí se consigue con tal plenitud y tan exquisito sabor de bienaventuranza.

-Le daré a usted ahora mismo la sagrada comunión-, advirtió el jesuita doblándose para salir del confesonario.

-¿Y yo, Padre Incienso? -susurró la voz de la mujer que aguardaba casi postrada, y en quien reconocimos a Argos.

-Usted no se confiesa hoy porque no tiene para qué: se ha confesado ya dos veces en lo que va de semana -respondió el Padre.

Me acerqué solo a la barandilla del presbiterio; dejé caer la frente sobre el paño blanco; una oración sin palabras se alzó de mi regenerado espíritu... y poco después, temblando de respeto ante el misterio augusto... sentí en los labios el Pan de los ángeles.

Ahora, Satanás, puedes venir... Me he revestido de coraza, he embrazado el escudo, y he jurado que, si te presentas, te llevarás un chasco como para ti solo. En mí no entrarás, que diría mi tormento, mi enemiga dulcísima, doña... No la nombremos: más vale.


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