Doña Milagros: 12

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Capítulo XI
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Doña Milagros Emilia Pardo Bazán


Apenas salí de la iglesia, donde Argos se quedó rezando, tuve un trasacuerdo. Pesome no haber solicitado del director espiritual de Argos una conferencia reservada, uno de esos coloquios que, sin tener la solemnidad sacramental de la confesión, ni su virtud medicatriz para el espíritu, le sirven no obstante de luz y de guía y hacen ver claro lo que no discerníamos antes. Una serie de reflexiones o más bien de intuiciones rápidas, me dijo que sólo el confesor de mi hija podía darme consejo discreto, reservado y prudente. Él, mejor que nadie, conocía el verdadero estado moral de María Ramona; él, mejor que nadie, podía confirmar o desmentir las osadas conjeturas de... tengo que nombrarla por fuerza, pero al nombrarla, Señor, purifico mi intención... de doña Milagros.

-Consultar con el médico males del alma, se me figuraba que era atender, en cierto modo, al pudor de la doncella. Únicamente con el sacerdote pueden conferirse ciertas cosas.

Iba cavilando en eso, a tiempo que una voz fuerte y hombruna, pero enmelada, digámoslo así, por el propósito de resonar con inflexiones afectuosas, pronunció a mi espalda: «¡Qué paso de muchacho lleva usted, señor de Neira!». Y al instante mismo emparejó conmigo el Padre Incienso.

A la luz del sol pude reparar bien la fisonomía y catadura del Jesuita. Era alto, recio, delgado, no mal dispuesto, aunque se doblaba por costumbre, lo cual le hacía parecer cargado de hombros; su rostro expresaba firmeza e inteligencia, y unos rastros de orgullo, involuntario sin duda, pues se esforzaba en sonreír con agrado y, apagar la chispa dominadora de sus ojos castaños, amarillentos por la bilis. Tenía la barba espesa y mal rasurada; el pelo obscuro y, copioso, apenas salpicado de algún hilito de plata; la tez marchita y con ráfagas requemadas sobre un tono moreno claro genuinamente español; aguileña la nariz, los dientes blancos y juntos, pero descuidados, y, la boca exangüe, casi sin labios, contraída, indicio cierto de represión de las pasiones. La edad fluctuaba entre los treinta y ocho y los cuarenta y dos, aunque a primera vista parecía más avanzada. Se adivinaba que el Jesuita no era hombre a quien se le hacía fácil vencerse, pero también que, si llegase a caer, se despreciaría a sí mismo. La continencia, fuente a veces de plácido sosiego, a él sin duda le embravecía, reconcentrando en su alma el vigor varonil, volviéndole más enérgico y un tanto impaciente y duro. Esto se notaba en el confesonario y asimismo en el trato, no obstante todo el cuidado que ponía en mostrarse afable; en el púlpito, el Padre Incienso se transformaba, se volvía todo azúcar, y tenía una elocuencia dulzona, rizada y quintaesenciada hasta dar en empalagosa: puro arrope conceptista, digno de un Gracián, admiración del vulgo y encanto de las beatas. Personificaba el Padre un aspecto muy conocido del genio nacional: la austeridad religiosa que oculta sus maceradas carnes bajo un recargado paño barroco bordado de pájaros y de floripones.

-Parece que se quería usted escapar de mí -díjome con la misma violenta amabilidad de antes, al ver que yo me detenía respetuosamente.

-Al contrario -exclamé-. ¡Si es cosa como de Dios! Tenía precisamente que solicitar de usted un ratito de conversación a solas.

-Es mi mayor deseo -contestó con entonación que me pareció singular por lo expresiva-. Sólo que, en la calle, imposible hablar de nada -y al decir esto miraba precavidamente a un lado y a otro, como si temiese ser oído-. Tampoco quiero ir a su casa de usted, ni que nos vean entrar juntos, mano a mano, en la residencia. Si usted me dispensase el favor de venir a verme... aguarde... ¿Mañana, a boca de noche... a la hora en que la gente de los balcones ya no atisba, y en la mayor parte de las casas se come o se cena...? ¿Comprende usted? Porque todo lo que sea evitar comentarios... Supongo que se hace usted cargo, y no necesito añadir más... Hasta mañana ¿no es cierto, señor de Neira?

El misterio y recato, las precauciones adoptadas para la entrevista, me probaron que si yo tenía cosas graves que preguntar al Padre, no eran de poca monta las que el Padre deseaba comunicar conmigo. Un confuso presentimiento, fundado en datos más o menos elocuentes, me gritaba que el Jesuita y yo nos buscábamos para tratar el mismo asunto. Yo sentía que la conferencia se llamaba Argos, y que la alarmante muchacha, la pobrecita loca, la chiflada, la calamidad de mi familia, era quien nos reuniría en plática grave y triste al padre de su alma y al de su cuerpo.

Obedeciendo en todo y por todo las órdenes del Jesuita, esperé la hora señalada, y embozándome en mi pañosa, como el que acude a cita secreta, y dando primero mil reviravueltas por callejuelas a fin de desorientar a los que averiguan cuanto no les importa, llegué a la residencia de los Jesuitas, viejo caserón situado en solitaria plaza del Barrio de Arriba. No necesité llamar: la puerta de la calle, cerrada al parecer en realidad sólo arrimada. Se abrió sin ruido alguno, y un donado, lego o lo que fuese -un corcovadito gangoso, que andaba sin hacer ruido- me dijo en apagada voz:

-Tómese usted la molestia de entrar.

Cuando estuve dentro, el corcovado cerró de veras, con llave, me alumbró para que no tropezase en la escalera vetusta. Atravesé varias piezas frías y aseadas, amuebladas sin pobreza ni lujo, decorosamente, hasta llega a una sala chica, que sobre sus desnudas paredes blancas no mostraba más adorno que una detestable copia de la famosa Concepción de Murillo. Un hombre que leía sentado ante una mesa con tapete de hule, se levantó al sentirme entrar, y murmurando «Bienvenido, felices noches» me condujo a un sillón de gutapercha, acomodándose él enfrente, en otro igual, de tal modo que su cara quedaba en sombra, mientras la claridad que derramaba el quinqué de petróleo puesto sobre la mesa me iluminaba por completo a mí.

Callamos un instante los dos. El Padre tosiqueaba, afectaba sonarse; pero, al fin, su natural resuelto triunfó del embarazo que no podía disimular, y después del ¡ejem! que precede siempre a las primeras interrogaciones en el tribunal de la penitencia, dijo, eligiendo con evidente cuidado las palabras:

-Al llamarle a usted a esta hora y de este modo, adivinará que tengo que manifestarle algo muy importante a su tranquilidad y su honra de usted... y a la mía no menos. Si me hubiese sido posible resolver el conflicto con mis propias fuerzas, no acudiría a usted; desgraciadamente hemos llegado a tal punto, que, consultado mi superior, me ordena que me ponga de acuerdo con usted, para que entre los dos remediemos el mal.

El tono de persuasión y autoridad del Jesuita me impuso tal respeto, que al pronto no acerté a contestar palabra: sólo el temblorcillo de mis labios y la ansiosa expresión de mi cara respondieron por mí.

-¿Ya habrá usted comprendido que aludo al estado de... su hija, la señorita María Ramona?

-Sí, señor... digo, Padre... ¡Me lo supuse!

-Soy su confesor -advirtió el Jesuita poniendo sordina a la aspereza de la voz-; pero nada de lo que va usted a oír lo sé por el confesonario, porque entonces no me sería lícito tratar de ello con persona de este mundo. Sin aludir, pues, a relaciones que no tienen más testigo que Dios; por indicios externos, por observaciones que usted habría podido realizar si quisiese, y que puede comprobar cuando guste, he llegado a adquirir el convencimiento, señor de Neira, de que su hija padece una manía... fatal, perniciosa; y en mi opinión, usted, interponiendo su autoridad de padre, debe prohibirla que frecuente tanto la iglesia, y no permitirla sino aquellos actos de piedad que no omite ningún buen cristiano. En el cuidado de su casa; en las labores de su sexo; en honestas distracciones, propias de su clase y estado, empleará el tiempo bastante mejor que en extremos de devoción... que su director... autorizó al principio... pero que... bien mirado... ya no puede menos que reprobar severamente.

Guardé silencio, esperando más razones, y el Padre continuó, poniendo el mismo tiento exquisito en la elección de palabras:

-Si el cambio de vida y la distracción no bastasen para... para... sosegar... el espíritu de esa señorita... en mi entender sería muy conveniente entregarla a un facultativo experto y sabio... como... como el doctor Moragas, que creo es el que asiste a ustedes, y de cuya ciencia tengo formado excelente concepto. No soy tan enteramente profano en medicina (aquí el Padre sonrió intentado expresar modestia) que no me haga cargo de que el alma tiene con el cuerpo una relación estrechísima y que a veces, para granjear la salud del alma, es preciso evitar que sea juguete del cuerpo alborotado o débil. Si su hija de usted no... no se reporta, póngala usted en cura, señor don Benicio... Y si no es indiscreción, a este ruego añadiré otro: no piense usted más que en las cosas de su casa, y en ellas... piense con ahínco, a toda hora, sin cesar. Tiene usted a su cargo la honra y la felicidad de muchos seres -no digo que su salvación eterna, pues ni el mismo Dios, que pudo hacernos sin nosotros, puede sin nosotros salvarnos, y la salvación de cada uno se la ha de procurar uno mismo-; pero... por lo menos... a la de sus hijas, debe usted contribuir.

No sé por qué, esta alusión a mis propias flaquezas me desató la lengua y me prestó confianza para responder:

-Padre, lo que usted va diciendo es el Evangelio... Le sobra a usted razón...; y con todo, es preciso que comprenda la situación en que me hallo. Ese estado de mi hija María Ramona..., vengo notándolo desde el fallecimiento de su madre, y desde que lo noté lo creí funesto y quise remediarlo. La hice mis reflexiones; intenté evitar que se excediese en las prácticas religiosas y en las penitencias... pero... lo malo es que... por la costumbre que había contraído mi esposa de ejercer plena autoridad en el hogar doméstico... y mi asentimiento a dejarla exclusivamente en sus manos... es lo cierto que las niñas se habituaron a obedecerla a ella... y... faltando ella... a mí... a mí... no me tienen respeto... es decir... no me tienen miedo ninguno... o... francamente, soy la última carta de la baraja en esto de regir a la familia. Sí señor: un cero a la izquierda. Hábitos así no se corrigen en días ni en meses. Las muchachas apenas cuentan conmigo; no es que no me quieran, no es que deseen faltarme; es que nunca vieron en mí al que gobierna... y acaso yo también tenga... inexperiencia... y poca firmeza en el mandar.

Esto lo dije lleno de confusión; y si no fuese por la hábil colocación de la luz, hubiese leído en la mirada del Padre -de aquel hombre tan confitado en hablar y tan rudamente viril por dentro- un menosprecio que apenas atenuaba la piedad. De todas las miserias en que puede caer el varón, sin duda al Padre le parecía la más vergonzosa el dejarse usurpar la autoridad por una hembra. ¡Con qué magnífico desdén se regocijaba entonces el Jesuita de haber renunciado a la unión conyugal, que así curte y reblandece las almas!

-¿De manera -articuló precipitadamente- que usted no se encuentra capaz, dentro de su casa de hacer entrar en orden y en razón a su hija, o al menos de impedirla que se ponga en ridículo... y que nos ponga en berlina a los demás?

Ya no escogía términos el Padre. La desazón, el enojo y la pesadumbre le salían a borbotones por la boca.

-¿En berlina? -pregunté dolorido a mi vez...

-En berlina. Ya que ha llegado la ocasión de decir la verdad... me molesta, me contraría, me abochorna lo que está pasando... y, envenenado por la malicia, es imposible inferir qué proporciones tomará. He empleado cuantos medios están a mi alcance para que su hija de usted suprimiese ciertas demostraciones... inconvenientes, indiscretísimas. He puesto tasa a las confesiones y comuniones; he evitado toda aproximación, excepto las que me imponía mi santo ministerio; me he servido de mi autoridad espiritual para prohibir cuanto pudiese dar pábulo a la maledicencia; he vedado el canto, porque desde que Argos cantaba, se fijaba mucho más en ella la atención; en fin, nada descuidé... y como no ha surtido efecto; como está cada día más revuelto aquel meollo; como he notado cosas que... que prueban la debilidad de su cerebro... como me la encuentro a... la pobrecilla... hasta creo que dentro de la faja... como se echa a llorar cuando me ve... como si no me ve me escribe y casi es peor... como ha dado en la tontería de regalarme pañuelos... y libros... y medallas de plata... que yo devuelvo, ya usted se lo figurará... ¡creo que ha llegado el instante de que usted venga en mi ayuda... y a la vez se ayude a sí propio. Porque si a mí me contraría ¡bien lo sabe Dios! esta peripecia, a usted... ¡a usted debe de sacarle de quicio!

Calló el Padre, y como si se encontrase fatigado reclinó el codo sobre la orilla del sofá, y la cabeza en el dorso de la mano cerrada.

¿Por qué mi pensamiento se convirtió entonces hacia ti, o mi adivinadora, mi maga, mi bruja, doña Milagros? Allí estaba la viva prueba de tu teoría, la clave de tu síntesis del mundo: aquel hombre que en actitud apesadumbrada tenía delante de mí: aquel hombre esclavo de una idea, vestido de negro, severo, inflexible, feo, casi viejo ya, era el Adán, el estrafalario Adán por quien una Eva romántica, incitada del demonio, desdeñaba el mundo, sus pompas y vanidades, y creía abrir las alas remontándose al cielo, cuando en realidad se precipitaba al abismo. La devoción de mi hija, sus rezos, sus delirios, sus penitencias, su olvido completo de la coquetería femenil, no eran, no, llamamientos de lo divino... Eran aquel hombre y nada más que aquel hombre... ¡Adán y Eva, el drama eterno del Paraíso!

Sin embargo, en cierto respecto, el caso presente desmentía más bien que confirmaba las suposiciones de doña Milagros. Este Adán no era Adán, en el sentido terrenal y profano de la frase: al contrario, representaba la victoria del ángel sobre el instinto del hombre. La reprobación de ciertas flaquezas; la altanera repulsión hacia ciertos pecados; el horror al cenagal de la concupiscencia, se pintaban tan claramente en las acentuadas facciones, en el ceño adusto y en los delgados labios desdeñosos del Jesuita, que me sugirieron una envidia extraña: envidié a las almas soberbias que ven el pecado en forma de humillación, y que, por poseer la naturaleza grandiosa del águila, llegan a adquirir la condición inmaculada del armiño. La protesta del ser espiritual y racional contra la materia impura hermoseaba tanto al padre, que se transfiguraban las líneas de su rostro, dándole cierta semejanza con un arcángel moreno... un arcángel muy casto... y semirrebelde. Ocurrióseme que la castidad, bella en la mujer, adquiere en el hombre, en quien tiene tanto de inesperada, un tinte majestuoso y sobrehumano.

El Jesuita se levantó de pronto, lo mismo que si le impacientase la prolongación de nuestra plática, y comprendiese que ningún fruto sacaría de ella.

-En resumidas cuentas... ¿intentará usted... probará? Mire usted que la situación actual es insostenible -pronunció con tedio-. Por ahora, el cuentecillo no pasa de las sacristías; hay alguien que ha visto... que ha olfateado... pero aún no se divulgó por allí la especiota. Se divulgará bien pronto; ya sabemos lo que pasa. Es la teoría de la mancha de aceite.

-¡Que vergüenza! -exclamé.

-Sí por cierto... y añada usted, ¡qué responsabilidad! -agregó de un modo incisivo, paseándose agitado por la reducida salita-. Pues antes de que estalle la bomba... a recogerla. No ignora usted que aquí, lo mismo que en todas partes, existen unos papeluchos indecentes, órganos de las desmedradas logias locales, o solo de la desvergüenza y la grosería de quien los escribe. Los tales papeluchos señalan con piedra blanca el día en que averiguan yerros como el de su hija de usted. Una señorita de buena familia, joven, hermosa, y un Jesuita... ¡qué presa para esos sabuesos viles! Ya oigo sus ladridos irónicos; ya leo el suelto indigno, ya veo la asquerosa caricatura obscena... Ya me parece que las mejillas se me abrasan de rubor y que las manos me tiemblan, porque no pueden abofetear, como lo merecería, al miserable... -Y al expresarse así, el Jesuita se me venía encima, con las manos abiertas y en actitud de agarrar algo para deshacerlo-. ¡Tantos años pasados en rogar a Dios que aparte de mí hasta la sombra de una calumnia; tantos años de combate, tanta perseverancia en el ejemplo... expuestos a perderse por la insania de una... de una... de una pobre joven! ¡De cuantos deberes tengo que cumplir por obediencia, el único que me cuesta esfuerzo es este de confesar a mujeres! Lo cumplo, lo cumplo... ¡Pero si usted supiese lo que se sufre! No parece sino que el aliento de la mujer envenena el aire... En fin, don Benicio, ¿me promete usted sacar fuerzas de flaqueza? Se lo ruego por amor de Cristo sacramentado.

-Padre -murmuré-, yo he de hacer cuanto sea posible; pero quien sabe si exagera usted algo nuestra desdicha. No me toca defender a mi hija en este caso; cuando usted dice que... que le molesta... que le acosa... cierto será...; pero tal vez sus intenciones no cederán en pureza a las de usted; acaso sólo por imprudencia, por exceso de celo, por fervor mal entendido, ha pecado María Ramona.

El Jesuita se había vuelto a sentar, quedando en la sombra su rostro. Un ligero estremecimiento de su cuerpo respondió a mi frase, y, después, como violentándose, articuló:

-Poco importa la intención al mundo, que ve las cosas por fuera. Yo le apercibo a usted, en concepto de padre, porque, si no lleva a mal mis palabras sinceras, le diré que usted responde de esto que pasa... En mi ya largo ejercicio de confesor, he tenido a veces la desgracia de... de tropezar con mujeres... cuya cabeza regía mal; pero eran solteronas ya entradas en años, versos sueltos, por decirlo así, y no tenían las infelices quien las contuviese. ¡Una señorita tan joven y de las... condiciones... de su hija de usted... jamás se me atravesó en el camino...! Sólo una huérfana podría... No me haga usted creer que sus hijas están huérfanas... o que deberían estarlo.

Sentí que la sangre se me arrebataba a las mejillas y tartamudeé:

-¿Usted sabe que mi hija quiere entrar en un convento?

-Su hija de usted... -contestó reposadamente el Padre...- Sí, su hija de usted; pero no su hija María Ramona, que es de la que hablamos.

-¿Eh? ¿Qué... qué dice usted?... María Ramona... Argos divina...

-¡No señor! Pero ¿dónde vive usted? Veo que nuestra conversación era más necesaria de lo que yo mismo creía. ¡Válgame la Virgen santa! ¿Es posible que hasta ese extremo dispongan de sí mismos los que de usted dependen, sin consultarle, sin enterarle siquiera? Don Benicio... ¡la autoridad del padre es sagrada, procede de Dios! ¡El que no la sostiene y no la ejercita, renuncia a sus más santos derechos! ¡El que forma lazos y engendra familia contrae deberes; usted ha permitido que todo se subvierta, que todo se corrompa en su casa de usted! ¡Lamento no haberlo conocido a usted antes, para repetirle sin cesar que quien manda, manda, y que mujeres entregadas a su albedrío no pueden dar al varón prudente sino amarguras!

-¡No sé lo que me pasa! -exclamé ya aturullado-. ¡Pero por Dios, acláreme usted el enigma! ¿Qué sucede? ¿Cuál de mis hijas, si no es Argos, aspira a la vida monástica?

-Virgos, como usted la llama... esa... esa será monja cuando yo sea obispo- y una pálida sonrisa jugó en los marchitos labios del Padre-. La que ingresará muy pronto en las Benedictinas de San Payo de Compostela, es... ¡increíble parece que usted lo ignore! Clarita, la segunda.

-¡Clara!

-La misma.

-¡Clara!

-¿De qué se asombra usted? Clara ve el mundo tal cual es... y no quiere vivir en él. Es también mi confesada: he combatido al principio su vocación, lo tengo por sistema invariable; pero un día tras otro la vocación ha resistido a mis ataques, y he llegado a aprobarla a alabar la resolución de la señorita. Su vocación no es de esas arrebatadas, ardientes; no la produce ningún amoroso desengaño, ningún antojo o desarreglo del alma; ¡es una determinación madurada despacio, fundada en razones sólidas y en consideraciones que revelan juicio y discernimiento!

-Clara vale mucho -exclamé entre afligido y lisonjeado.

-Vale, vale... Piensa como un hombre -dijo indulgentemente el Jesuita-. Sabe que no ha de heredar grandes bienes de fortuna, ve que pasa tiempo y no la han pretendido aquellos jóvenes a quienes podría aceptar y con quienes podría ser una buena esposa; no quiere ni imaginar bodas con un hombre desagradable, que la repugne; cree, y no se engaña, que si el matrimonio encierra felicidades, también trae consigo grandes penas, y, por último en la imaginación de su hija de usted ha labrado huella el espectáculo de la incesante fecundidad de su madre, al verla sufriendo siempre, siempre encinta, siempre con el comadrón a la puerta y, por último, el verla morir como murió... En fin -pronunció el Jesuita con voz mordiente-, la han asustado ustedes. Clara es de complexión tranquila, amiga del reposo, de la vida regular y metódica, de las horas fijas de la paz, de la calma, de la dignidad. En las Benedictinas estará como en su centro. La regla no es estrecha; el convento tiene una huerta preciosa.

Miraba yo al Padre, atónito y subyugado ante aquel hombre que me hablaba por primera vez, y conocía mejor que yo los propósitos, el corazón y el carácter de mis hijas.

-Debe usted -añadió- alegrarse mucho del monjío de Clara. En el convento será dichosa: los embates y las luchas del mundo no llegan allí. Usted no tendrá que pensar en dote...

-¡Eh!

-Nada: la dota su padrillo, el Penitenciario de Lugo...

Yo me cogía con las manos la cabeza.

-¡Estoy soñando! Clara... ¡mi Clarita! ¡Pero si nada me ha indicado; si hace la vida normal; si se arregla, se adorna, ríe, pasea con sus otras hermanas! Buena cristiana, sí; pero no se come los santos... ¿Está usted cierto, Padre? ¿Está usted cierto?

-Sí, señor... No se lo diría a usted a no estar certísimo. Ahora llega usted a su casa, y se lo pregunta a ella misma... En fin, para ser francos del todo, señor de Neira... Clarita me ha dado la comisión de enterarle a usted. No se atrevía... y contó conmigo para este encargo. Ya lo desempeñé... Ruego a usted que lo tome como se deben tomar cosas que ni nos perjudican ni nos avergüenzan. Pero que por Clara no se le olvide a usted María Ramona. Clara marcha bien. ¡A la otra, si tiene usted carácter!...

¡Carácter, carácter! ¡Que pronto se dice eso, Padre Incienso de mi vida! ¡Quisiera yo que hubiese sido casado treinta años con doña Ilduara Pimentel... y ya veríamos en qué paraban sus fueros y sus bravezas! El manso gato casero no es el tigre, y el Jesuita no es el marido... Por el camino, desde la residencia a mi casa, combiné unas entradas terribles, unas catilinarias de papá fiero... y al abrirse la puerta aparecer las chiquilladas, sólo supe decir:

-Hijas, ¿está la cena? Vengo muerto de debilidad.

Y cuando Clara, un poco humedecidos los ojos, se me colgó del cuello, todo lo que pude exclamar fue: -¡Ay Clarita! ¿Que debía yo hacerte? ¿De cuando a acá a los padres los enteran los extraños?


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