Doña Milagros: 13

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Capítulo XII
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Doña Milagros Emilia Pardo Bazán


Me había ordenado en el confesonario el Padre Incienso que procurase no estar nunca, nunca a solas con mi peligrosa amiga; y deseoso de obedecer al pie de la letra, no hallé medio de enterarla de lo referente a Clara y Argos y consultarla para que su incomparable talento me guiase y alumbrase; porque yo no sabía qué hacer, ni cómo echarle a Argos dobles llaves y triples cerrojos a fin de que dejase vivir a la gente.

Pasado el alboroto de los primeros instantes, se me figuraba que hubiese podido acercarme a doña Milagros, oír su habla graciosa y disfrutar de su compañía, sin que se desmandase ningún instinto inferior, ni apareciese ninguna forma baja e indigna del acendrado afecto que me inspiraba aquella mujer seductora. Ni aun me explicaba cómo habían podido desencadenarse en mí los malos impulsos. Esperaba no reincidir; en lo sucesivo con agravios a la señora, al par que un cariño hondo, un delicado respeto, el que merecía por sus virtudes. Virtudes he dicho, y no me retracto: rabien los lenguateros de la Sociedad de Amigos: el caso de Sobrado estaba ahí: yo tenía pruebas. El figurarme a doña Milagros honesta, legal, incólume, fidelísima, me tranquilizaba; depurábase mi cariño, y se calmaba mi espíritu contristado.

Siguiendo otro consejo del Padre, avisé al médico para saber ante todo lo que procedía hacer con Argos, y cómo asistir a tan rara enferma. Y mientras ella estaba en el templo, y las mayores de paseo con la comandanta, y las chiquitas jugaban bajo los soportales, custodiadas por la niñera y por Visanté. Moragas acudió, dándose por enterado aun antes de que yo le expusiese el caso.

-Su hija de usted -me dijo- hace tiempo que me llama la atención. Es cosa notable: una imaginación servida por órganos... y también perturbada por algunos. Va usted me conoce: ya sabe mi manera de pensar... Pero no seré yo quien incurra en la vulgaridad de echar a la religión culpas que no tiene. Argos ha nacido con una fantasía exaltadísima, candente, rica, dominadora, y tendencia a dramatizar la vida. Es, por vocación, actriz y neurósica por temperamento. En esta clase de naturalezas, a veces se desliza la niñez y parte de la juventud sin revelar lo que late, porque faltó el móvil, la sacudida inicial. Móvil ha sido para Argos la muerte de su madre y las escenas que precedieron y siguieron a esa muerte. Cuando su difunta señora de usted cogió en brazos a la niña y amagó arrojarla por la ventana; cuando Argos echó a llorar conociendo que su madre se moría; cuando al verla se quedó cortada, sin llanto; cuando luego se abrazó al cadáver se arrodilló delante del Crucifijo, fue sufriendo otros tantos embates que la desequilibraron.

-Pero... -murmuré, sin comprender bien-. ¿Usted cree que está la niña... transtornada?...

-Enferma; diga usted enferma.

-¿Loca? -interrogué como si sollozarse.

-¿Qué adelantaríamos con poner rótulos? -exclamó don Pelayo-. Las fronteras de la locura están por deslindar; y casi inexplorado el terreno que limitan. Hay locos de un minuto, locos de una hora, de un día, de un año, de diez... Nadie se muere sin el cuarto de hora de locura. La razón nuestra no es una lámpara fija, inalterable, resguardada por un globo de vidrio sino una antorcha agitada por el viento...

Como no callase. Moragas volvió a tomar la ampolleta:

-No se figure usted que lo de Argos es cosa nunca vista. Al contrario: la exaltación nerviosa es un mal característico del sexo. Tampoco piense usted que me parezco a esos que creen que hay dos medicinas, una para la mujer y otra para el hombre. Si el padecimiento de su hija de usted se presenta más a menudo en la mujer o casi exclusivamente en ella, no es tanto por diferencias de organización, como por las de educación y vida social. El varón que nace dotado de esa ardiente fantasía, de esa sensibilidad que notamos en Argos, tiene mil modos de emplearlas: el estudio, el arte, el trabajo, la distracción, la multiplicidad de las relaciones exteriores... y... no se asuste usted... el amor real.

-¡Señor de Moragas! -exclamé-. No entiendo... Hábleme usted como a un ignorante que soy: dígame en qué consiste la enfermedad de mi hija y cómo se cura.

-A eso voy... ¿Se acuerda usted de un refrán que dice: carrera que no da el potro, en el cuerpo se le queda?

-Lo cual significa...

-Que como la mujer no puede dar carrera ninguna... a no ser que la dé para perderse... se le va almacenando dentro, en los sentidos, en el cerebro, en el corazón, toda esa fuerza... y, en ciertas organizaciones, se produce fatalmente la explosión... ¿Todavía no me ha entendido usted?

-De suerte que las muchachas vienen a ser así... como una bomba de dinamita bien cargada, y que al menor contacto, al menor sacudimiento...

-No las muchachas todas... pero sí algunas muchachas... bastantes muchachas... las que poseen en alto grado ciertas facultades no logran atrofiarlas con la vida pasiva a que las costumbres y las instituciones condenan a la mujer. ¡Pobrecillas! ¿Qué quiere usted que hagan, don Benicio?

-¿Qué? -exclamé-. ¡Lo que hicieron siempre... lo que hizo mi santa madre! Mucho coser... mucho rezar... en casita... y querer a su marido y a sus hijos!

Cuando expresaba estas opiniones tan cuerdas, pareciome que la sombra de Ilduara, irritada y fatídica, lívida de color, cruzaba por delante del vidrio azul de la galería -porque en la galería pasaba esta plática-. Y sobre el cirio amarillo, como bañada en luz de oro, apareciose doña Milagros. Ninguna de aquellas dos mujeres, tan diferentes entre sí -las dos a quien yo había querido-, se asemejaba a mi madre en lo más mínimo. Entonces pensé que tal vez suceda con las mujeres lo que con los hombres, y lo que es bueno para unas sea para otras ominoso y detestable. El Doctor, entre tanto, alisando su blanco cabello rizoso, estirando sus níveos puños, derecho y engallado, sonreía maliciosamente.

-Me parece que no está usted conforme, señor de Moragas -añadí al notar su buen humor.

-No... lo que pasa es que se me figura que hablamos dos idiomas diferentes, y que por este camino no podremos entendernos jamás. Con el fin de que nos entendamos en lo indispensable, en lo referente al tratamiento de su hija de usted, sólo le ruego que se haga cargo de una cosa: que para querer al marido y a los hijos hay que empezar por tenerlos... y que acaso, si Argos los surgiese, no descarrilaría. ¿Puede usted casarla? ¿No? ¿Entonces, cómo quiere usted que realice el tipo ortodoxo de la hembra de nuestra especie?

Según hablaba Moragas, pensé en mí mismo, y vi con extraña lucidez que yo, yo en persona, Benicio Neira, sí que realizaba el tipo señalado como ortodoxo para la mujer. Empapado en las ideas de mi madre acerca de la organización monárquico-absoluta de la familia, y no pudiendo plantearlas porque mi esposa no se había sometido a mí, las había planteado sometiéndome yo a ella y viviendo única y exclusivamente para mis funciones de esposo y padre. No había cosido, es cierto; pero otros oficios domésticos que, en mi opinión, incumben a la mujer, los había aceptado en ocasiones dócilmente. Una llamarada de rubor me encendió el rostro; no estaba seguro de mi virilidad; parecíame sentir alrededor de mi cuerpo crujido de enaguas. Por fidelidad a mis ideas tradicionales, ¿habría yo sido en mi casa el hembro? ¿Tal vez quien no sirve para amo es necesariamente esclavo?

-Señor de Moragas -dije en alta voz y sin fe- que yo sepa, no piensa en amores mi hija. Trátase de una monomanía mística; si algo tememos es que se nos meta monja.

-Señor de Neira -respondió el doctor-, yo le aseguro a usted que no hay tal, y su hija está perturbada en el terreno amoroso. La congestión de la fantasía ha parado en eso; y cuando lo digo, tengo mis razones. La he examinado atentamente; pero no atribuya usted este rasgo mío a perspicacia, no; la malicia se ha adelantado a la ciencia, y corren voces por ahí...

-¿Qué voces? -exclamé alteradísimo.

-Las que nunca faltan... Las de los innumerables chismosos de cada pueblo.

-Pero... ¡Dios mío! ¿Con quién? Argos...

Moragas tecleó en la pechera.

-Es difícil mi situación. La de usted también. Hay otra situación peor todavía: la del hombre que, obligado a evitar, no ya el pecado, sino hasta la apariencia de él; más sujeto dentro de su sotana a las vírgenes dentro de su blanco traje; forzado, sin embargo, a tratar con mujeres, a oír sus íntimos secretos, a ser, como ellas dicen, su director espiritual, su confidente, su amigo, ve a alguna de esas mujeres -de cuya conducta, en cierto modo, es responsable- caer en el abismo de la pasión imposible, absurda, reprobada, sin finalidad. ¿Qué se hace en casos así?

No dijo más Moragas, ni era preciso para que yo comprendiese que sus noticias confirmaban enteramente las del Padre Incienso. Y la aflicción, la paternal humillación que sentí fueron tales, que se me saltaron las lágrimas. Por primera vez, de mi vida apreciaba uno de los aspectos terribles de la solidaridad entre padres e hijos: la responsabilidad que nos toca en el mal que no hemos cometido, como autores del autor de ese mal.

La mano del doctor se apoyó en mi hombro.

-¡Ánimo! ¡Ea! ¿Qué es eso? Alégrese usted de la persona en quien recae el extravío de Argos; esté usted cierto que no abusará de él. ¿Quiere usted saber más? Vamos, yo le voy a decir todo... siempre que prometa tener valor.

-Lo tengo -respondí-; sólo que lo que atañe a mis hijas, en esto de la honra, es lo único que me aplana... Pero diga usted... diga.

-Pues allí va... Conviene que usted sepa que él mismo fue quien me avisó de... de la enfermedad de Argos.

-¿Él?

-Sí... el director... Y mire usted... yo, el médico empecatado, el librepensador empedernido, tengo que reconocer que el diantre del Jesuita se porta como hombre de bien... y además como hombre experto. Rayó a gran altura de discreción. Díjome que sabiendo que soy el médico y el amigo de la casa, se creía en el deber de llamarme la atención respecto al estado de salud de Argos... Me rogó que me fijase en ciertos fenómenos y síntomas, y diome a entender que, entre las manifestaciones de la enfermedad de su hija de usted, había algunas que rebasaban del límite de aquellas que la medicina puede combatir... Añadió que, por su profesión y ministerio, estaba habituado a ver casos semejantes, y que, hecho a diferenciar los verdaderos llamamientos de Dios de las ilusiones que se forja la fantasía humana, no atribuía gran valor a ciertas cosas... extraordinarias... peregrinas... que le ha referido Argos, y las consideraba síntomas de un estado de perturbación causado por la muerte de su madre...

Callé. Algo ardiente me quemaba el rostro. Al fin, pude preguntar:

-Y... ¿qué síntomas raros son esos... de que habló el confesor de mi hija?

-Los hubiese yo podido relatar antes de oírle a él y de verla a ella... La agitación moral; la alteración funcional del sueño y de la comida, que ella toma por devoción, diciendo que ayuna al traspaso cuando deja transcurrir un día entero sin probar alimento; la insensibilidad al frío, que la permite pasarse la noche en camisa, rezando; el buscar el mismo frío para calmar el ardor de la piel, echándose sobre el santo suelo; y, por último, algo alarmante: las alucinaciones... Del oído: su hija de usted, a cada momento, cree oír la voz del Padre que la ordena que haga esto, aquello o lo de más allá... De la vista: su hija de usted cree que a ciertas horas se aparece a su lado. El Padre... y siempre de pie, y al lado izquierdo siempre... Pues aún hay más... ¡Hay más! Voy a enterarle de una cosa que usted no sabe, y... vamos... cosa peliaguda... Argos se alabó de tener... ¡ahí es nada! una llaga milagrosa en la frente... como una santa... ¡no sé cuál! usted recordará mejor.

Retrocedí, mirando espantado al médico.

-No se asuste... Oiga con calma... En efecto... la frente... ¿no se ha reparado usted que la llevó vendada algunos días? La frente de su hija de usted... ha sudado sangre.

Mi palidez, mi susto, fueron tales que sobresaltaron a Moragas. Sentí un estremecimiento que bien puedo calificar de terror sagrado: aquel escalofrío de que habla Job, que entre las nocturnas tinieblas heló en sus venas la sangre y erizó sus cabellos, vino a resbalar, como un hálito de tumba, sobre mi rostro que la angustia bañó en sudor glacial. Mis cincuenta años de fe; las creencias mamadas con la leche y enraizadas en el corazón; todo aquel fondo de catolicismo, que yo ignoraba a veces, pero que no por eso dejaba de regir mi conciencia, mis sentimientos y mis actos, se condensó en un solo grito, en una exclamación venido del alma:

-¡¡Jesús!!

Y Moragas, cogiéndome del brazo y apretándomelo con sobrehumana energía, respondiome:

-No es Jesús, no... Le hablaré a usted, no como habla el médico, sino como hablaría el mismo Padre Incienso si usted le consultase... Jesús debe de complacerse en la pureza; Jesús debe de aborrecer la amalgama de la pasión humana y profanísima, con las formas castas y místicas de la caridad... No es el dedo de Jesús el que abrió en la frente de Argos esa llaga. Es la circulación alterada por los fenómenos histéricos, y que, congestionando un punto cualquiera de la epidermis, lo hincha hasta que rompe la piel y sale la sangre por allí... Es un fenómeno característico de la enfermedad, que combatiremos por medios racionales... Tan natural es eso, como el sangrar por las narices... No corre peligro la vida... Lo que sí peligra es la fama, es la consideración de su hija de usted. ¡Ya empieza a susurrarse...! ¿Sabe usted quiénes lo llevan y traen, quiénes lo propalan? Esas beatuelas, esas ratas de sacristía, esas diletantes del confesonario, que tienen de ella... ¿cómo me explicaré? una especie de celos... sí, de celos. Zoe Martínez Orante, Paciencia Borreguero, Ragaladita Sanz, han sido las primeras en notar ciertas tonterías de Argos... y en comentarlas con frases de emponzoñada miel. Yo puedo atender al cuerpo: a la reputación, solo usted puede.

-¡Dios mío! -murmuré lleno de aflicción-. ¡Dios piadoso! Bastante es para un hombre, señor de Moragas, cuidar de su propia conciencia, de su reputación propia; celar su honradez y librarla de manchas feas... ¡La reputación de los hijos debiera ser sagrada! Sagrada, sí; los que atentan a ella proceden como infames... ¡Ah! ¡Que no haya castigo para estos delitos! ¡Mi hija desconceptuada! ¡La pobrecilla, que ignora tal vez su estado; que se cree inspirada por el cielo!

-Así es. Ella tiene en esto la misma responsabilidad que tendría si la saliese un tumor, o la doliesen las muelas. En fin, no amontonarse. Calma, mucha calma, calma sobre todo. Voy a poner un directorio en regla: usted se obliga a que lo observe la muchacha, y sobre todo, no me la deja ir a la iglesia... ¡ni a otros lugares de perdición...! Y dentro de dos o tres meses, según esté Argos, nos la llevamos a la Erbeda a beber leche y desgranar maíz. Campo, aire, libertad, sueño, comida. Salud segura.

La tarde de este mismo día, entrome un escozor de comprobar por mí personalmente la verdad de las afirmaciones de Moragas y saber si, en efecto, la honra de mi hija andaba en lenguas. Se me figuraba -y no iba descaminado- que sólo con acercarme a la Sociedad de Amigos, leería en los rostros la calumnia. Resuelto a observar, emboceme en mi capa y me fui a la Sociedad, a la hora en que sabía yo que se esgrimían las tijeras y el cuchillo.

Así que entré, pude comprender que, en efecto, allí se murmuraba, y lo que más que demostró que se hablaba de personas para mí queridas, fue que, al llegar yo se estableció de súbito en el corrillo embarazoso silencio. Como si mi presencia les hubiese echado una rociada de agua glacial, callaron y sorprendí codazos, gestos, miradas expresivas que decían con elocuentísimo lenguaje: «Ahora no podemos continuar. Hay papel de estraza. A otro asunto».

Entonces sentí un impulso que no había notado jamás en mis cincuenta años de vida esencialmente pacífica. Fue como una remoción, en lo profundo de mí, de todos los instintos animales y sanguinarios de que no carece ningún hombre. Fue un deseo vivo, ardiente, incoercible, de destruir, romper, ahogar, hacer trizas. Sí; gustoso, gustosísimo, hubiese cogido a todas aquellas gentes y las hubiese retorcido entre mis flacas manos como se retuerce la ropa mojada. Una visión horrible me pasó ante los ojos: pareciome ver a mi hija, a mi niña querida, al pedazo de mis entrañas; pero verla... ¿cómo lo diré sin que se manche mi boca?, despojada de los ropajes que velan el pudor, tendida, pálida, exánime, sobre una losa de mármol; y las miradas de aquella gente maldita se clavaba en ella, escudriñaban su hermosura, la registraban ávidos e impúdicos, la profanaban... ¡Ah! ¡Qué tentación, repito, de lanzarme a ellos y despedazarles! Acordeme de la gallina, que a pesar de su mansedumbre, se eriza y enfurece para defender a su progenitura. ¡Yo me volvía león!

Algo extraño debía de notarse en mi gesto, para que Mauro Pareja, el Abad, mirándome fijamente, me cogiese de un brazo y me llevase, como en animosa demostración, hacia el cierre de cristales que daba al mar, en el salón de lectura.

-Don Benicio... ¿qué le pasa a usted? -preguntome-. Parece que está usted así... como inmutado.

-No sé... -murmuré apenas repuesto de la horrible impresión- No sé... ¡Déjeme usted ahora... aguarde un poco...!

Y de pronto, encarándome con él:

-Mire usted, don Mauro.. usted es amigo mío... usted me aprecia; digo, yo creo que me aprecia. Deme usted una prueba de amistad: una sola.

-Diga usted... ¿De qué se trata?

-Pero no ha de engañarme usted.

-¡Si no sé que es ello! -exclamó cada vez más sorprendido. Al ver mi angustia, añadió:

-En fin, bueno... se lo prometo a usted. Explíquese.

-Pues dígame, ¡pero con verdad! de qué hablaba esa gente cuando yo entré, y por qué callaron de pronto.

Mauro Pareja reflexionó breves instantes. Vi en su rostro señales de perplejidad. Al fin, enarcando las cejas:

-¿Me promete no sulfurarse?

-Haré lo posible... Venga... Espero.

-Después de todo, si se sulfurase usted, valiente tontería... Cuando no se trata de personas que a uno le tocan muy de cerca...

-No entiendo... ¡No entiendo!

-¡Vamos... oiga...! Como usted es tan amigo... -y Mauro recalcó la frase- del comandante de Otumba... y como se hablaba del escándalo... del escandalito monumental...

-¿Qué escándalo? -interrogué.

-¡Hágase usted de nuevas! Lo del asistente...

-Del... ¿del asistente?

-¡Vamos! ¡Conmigo no sirven disimulos! Ese asistente tan buen mozo... ¡Pues es un grano de anís!... Usted me decía que las murmuraciones contra doña Milagros no tomaban forma nunca... Ya la han tomado... ¡y muy gallarda! Si yo soy mujer, creo que por un chico tan guapo... Aunque... francamente... la clase... la... ¡Digo, si doña Milagros no tiene el mismo aristocrático abolengo que el Vicente!

Apoyeme en la vidriera. Me caía. El mar dio vueltas y el cielo también. Entreoí que dijo Mauro Pareja:

-Pero, ¡qué rábanos, don Benicio!.... ¡Se nos va usted a desmayar como las mujeres!


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