Doña Milagros: 15

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Capítulo XIV
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Doña Milagros Emilia Pardo Bazán


No hablemos de la noche que pasé. Hacia cualquier parte que me volviese, sólo veía responsabilidades, decepciones y peligros. Era preciso emprender lo más difícil para quien no está habituado: tener tesón, revestirse de energía, en una palabra, transformar mi ser... ¡Ah, Ilduara! ¡Cuán preferible encontraba yo entonces la docilidad y obediencia a tu bienhechor régimen absoluto, a la triste anarquía que me rodeaba por todas partes y que representaba el más profundo desbarajuste moral y económico!

Apenas me hube levantado y salido en zapatillas a la galería, por ver si el aire fresco de la mañana entonaba un poco mis nervios, volvíame de pronto, porque sentí detrás el aliento de una persona que respira fuerte y vivo. Mi sangre dio una vuelta... Era la misma doña Milagros, que abusando de la confianza con que nos tratábamos, venía a aquella temprana hora, sin cumplido alguno, de falda usada y casaquillo blanco, el negro pelo recogido, una toquilla marrón anudada a la garganta. En el momento de verla, lo olvidé todo: encargos del Padre Incienso, chismes de la Sociedad de Amigos, quejas y suspicacias propias..., y me dejé llevar del gusto de tenerla allí, a media cuarta de distancia, en aquel traje casero, que favorecía las ilusiones más dulces de convivencia íntima.

Mal conocerá la naturaleza de ciertos afectos quien sospeche que la proximidad de doña Milagros me producía pecaminosas impresiones. Mi satisfacción era noble y honesta: la alegría del que, agobiado por cuidados y ansias mortales, ve al amigo a quien puede confiar todas sus cuitas y con el cual espera desahogar su corazón.

Como si la andaluza adivinase lo que por él pasaba; como si tuviese facultades de zahorí, adelantose a mis confidencias, exclamando:

-Vamo, don Benisio, que hoy hay penitas nuevas... No me las caye usté; así como así las he calao.

Me estremecí, y ella continuó:

-Estoy enterá de toos los disgustos. Soy yo el paño de lágrimas de la casa, y las chiquillas me cuentan antes que a nadie sus rabieta. Una confiansa tienen conmigo... ¡Pobresiyas! No haya reparo, santo varón: descargue ese costalito de aflisiones... que alguna se podrá remediar en un verbo.

Sonreía picarescamente al hablar así, mientras con una mano se sujetaba las puntas del pelo indómito que quería salirse del rodete. El movimiento era juvenil, encantador, y suspiré, más de verla y de pensar en su infamia, que por mis apuros y contrariedades.

-No valen suspiro... ea, ¿qué hase usté callao como un poste? A contar esos pesare... ¿No? -añadió, viendo que yo sacudía tristemente la cabeza y hacía ademán de rechazar las preguntas y el interés de la señora-. Pue los contaré yo... y le iré disiendo a usté el remedio para cada uno.

Acabo de arreglar los rizos; miró al mar, que el sol doraba y opalizaba allá a lo lejos, donde surgía la espuma de los rompientes; me dio un empellón... y habló así:

-Las hija, por orden de edaes. Tula está insufrible: con la soltería, es un pepiniyo en vinagre; rie, pega, y además, ni gobernar sabe... o no la da la gana. Bueno: pasiencia, y quitarla el mando; las cuentas las paga usté... y por la mano de eya, ni un séntimo. Clara... ¿se creía usté que yo no estaba enterá? Clara tiene determinao resar en el coro... Tan secretico lo guardó que pocos lo sabemo... Pero hace mu bien, y usté debe alegrarse. ¿Qué? Es una chica colocá; se la dota a usté otro, ¡y lleva buen marío!... ¿Que si la pesará luego? ¡A cuántas casás las pesa! Clarita corre el albur... y puede que esté más contenta que tos nosotro en el mundo. Rosa... casquivaniya... mucha gana de gastá la plata y de emperifoyarse, y de mirá al primero que la hase guiño... No perderla de vista, y no largarla ni un real tampoco a esa... ¡Argos, con vena de loca... pero no se asuste usté, hombre, que eso no dura, y la persona por quien anda ella bebiendo los vientos ni la ha de mirá siquiera! A esa, cerrojo y yave: no dejala salí en dos mese. Y si quiere usté oí un consejo bueno... pero bueno, ¡compadre!, a Argos... cuando se la quite esta luna que tiene... la dedica usté al canto, y la manda usté a Madrí, y en el teatro se gana la vía y lo pasa como una reina... Amiguito, en estos tiempos hay que trabajá, y ca palo que aguante su vela; ¡y no vale decir que salimos de la pata isquierda de los Gutigambas...! Esa chica, en la tabla se hase de oro... y puede que encuentre un esposo título y miyonario. ¡Anda! Ya no sería la primera, ni la segunda.

Oía yo a la señora sin despegar los labios. Reaparecían poco a poco mi cólera y mi desprecio, y no encontraban más fórmula que la de aquel silencio elocuente, que ella interpretó de otra manera, creyéndolo efecto de mi apocamiento.

-¿Se le ha comío a usté la lengua un ratón? -exclamó festivamente, tirándome de la manga-. Si ya sé yo, aunque usté no responda, lo que cavila... Cavila usté en que usté es, como quien dise, un alma de Dios, un bonusir, un cacho de calabasa, que no tiene arranque... ¡vamo!, para apretarse los calsones y chillar: ¡Eh, gayinero, aquí mando yo, porque quiero y porque puedo y porque me da la gana... y a cayar, y a enderesarse! Pues hombre, si usté no puede decidirse a ser autoridá, yo... yo estaré a su vera pa darle ánimo ¿entiende?, pa que me sea un valentón... y pa que todo ande derechito. Y no le consiento a usté que se ladee. Y usté no se ladea. ¡No faltaba má! Por los hijo hay que ser duro como un cuerno... y blando como un merengue... too a su tiempo... ¿estamos? En fin, que usté hará su obligación de padre... o si no, a la horca. Misté: ¿Ha visto esa payasá que la disen el enano? Es una persona que habla y otra la apunta lo que ha de desir y mueve los braso por eya. Pues así haremos, camarada: usté habla y yo le soplo.

Tuve un respingo que la señora interpretó por desconsolada negativa, fundada en alguna razón secreta, y al punto añadió con toda su monería y con la zalamera humildad que la hacía tan irresistible:

-Que tenemos la cuestión de monise... Que este mes va a haber algún ahogo... Pues ná... no hay ahogo, querío, no hay ni sombra de él... Ayer, cuando salto de la cama, me entra Visente una carta sertificá, con más pegotes de lacre... Firmo el resibo, la abro, y sale de dentro una letriya... ¿Ve usted? -añadió, entreabriendo el casaquín con indiscreta familiaridad y sacando un papel largo, crujidor, cubierto de renglones mitad litografiados, mitad de esa bonita letra inglesa propia de los documentos comerciales-. Mi tía la rica e Chipiona... que cada medio año o cada tres mese me dispara estas pedrás... Tres mil peseta sobre la casa Sobrao... ¿Qué me dise usté del confite? Pues teniendo yo parné, ¿hae pasá usté agonías? Hombre, estaría grasioso. Tomás ni sabe ni se entera de nada de esto. Es el hombre más infelís de la tierra y sus arrabales... digo, no; más infelís es usté... ¡Al grano: el grano es que hoy cobro yo la letra... y esta noche tiene usté en su bolsa el trigo! A mí no me viene usté con resibo ni con pinturas: los papelote son bueno pa los trapalone: yo le conosco a usté y sé que tan honraos los habrá, pero más es imposible. Arreglamos las trampiyas esas... que son neutrales: porque, patriarca, esta casa es una federal, donde todos mandan y nadie gobierna, y si usté no agarra el látigo, va a traerse de las orejas cuando me lo sangren. Y como yo no he de consentir que se meta usté en manos de usureros, le doy lo que necesita... y no se habla más del asunto.

Ante aquel rasgo que confirmaba la magnanimidad de la señora y la verdad de su cariño, un enternecimiento repentino me invadió, y la voz se me trabó en la garganta. Sí; doña Milagros era muy buena; quedábamos en esos, en que efectivamente era la más generosa, la más noblota de cuantas mujeres existen en el mundo... pero lo otro, lo otro, no podía olvidarse ni perdonarse; lo otro era como mancha de cieno en blanco ropaje, como hendidura en aspa de cristal, como desgarrón en encaje rico, como grieta en torre, que delata su caída próxima. Lo otro les estropeaba todo, les inflamaba todo, lo echaba todo a perder... ¡Admitir yo dinero de las manitas impuras que jugueteaban sobre el borde de la galería! Primero la ruina y el hambre y la mendicidad... No era indignación lo que sentía; creo que este viril resorte de la indignación, como el del orgullo, faltaba en mi carácter; era pena, era bochorno, era un dolor depresivo, como el del muchacho a quien han castigado rudamente sin causa, y que respira, en la atmósfera, una gran maldad, una irritante injusticia... A seguir mi impulso, hubiese dejado caer la cabeza sobre el hombro de la culpable y lo hubiese calado de lágrimas.

-Pero cristiano, ¡se contesta! ¿Habla algún gato, que no merese ni una rasón? -murmuró la señora, enrollando la letra alrededor de su índice.

De pronto, como al destaparse e inclinarse una botella sale el agua a borbotones, salieron las quejas de mi boca.

-Doña Milagros... ya que se empeña... usted sabe que soy un hombre de bien; que en mí no cabe un sentimiento villano: que soy incapaz de no agradecer, que agradezco, que agradezco... ¡No; no me juzgue usted tan vil que la ingratitud tenga asiento en mi corazón...!

-No vale haser puchero -murmuró la andaluza volviéndose, pero no tan pronto que yo no divisase, al borde de sus pestañitas curvas y negras, una gota menuda, que al sol relució como un brillante.

-No, si no me enternezco por lo que usted piensa... No es que me conmueva su bondad... Me conmueve; pero lo que me aflige... es que no puedo aceptarla... y las causas porque no la acepto... las causas... no me las pregunte usted... porque mire usted... ¡no se las diría, no se las diría...! No, doña Milagros, no insista usted, no me mate... Mucho ascendiente tiene usted sobre mí; es decir, mucho ha tenido... pero lo que es ahora... Lo que es ahora, moriré callando. Bástele a usted con saber que ni admito ni puedo admitir sus favores... Y esto es lo de menos. No le he dicho a usted lo gordo. ¡Lo más gordo! Que... que... que nos... que ya no podemos tratarnos... vernos... ser amigo... amigos... como antes. Que se acaba esto... ¡Sí, se acaba, y mal, y feamente! Y que ya no saldrán con usted mis hijas a la calle... ni bajarán... ni... ni cogerá usted... en brazos... a las pequeñas... a las gemelitas.

Aquí me aturullé, me desfallecí, se me atascó la voz, se me encogió el corazón, y me volví de espalda... ¡Cuál no sería mi asombro... y mi repulsión, al escuchar la carcajada insolente que soltó doña Milagros!

-¡Divino! -exclamaba la señora sacudiéndose de risa y destellando malicia por sus negras pupilas, de venturina a la luz del sol-. ¡Es usté un alma mejor aún de lo que parese, don Benisio! ¡Es usté la perla e Dios! Pero, cristiano, ¿se ha figurao usté que yo soy tan infelís como usté mismo?

-¡No entiendo, doña Milagros! ¡Y a la verdad... me choca... me extraña!

-Le choca... le extraña... ¡Querío, querío! ¡Santo de mi corazón!

El acento de dulzura, de mimoso halago, con que la señora pronunció estas palabras, no lo puedo yo expresar, ni se imagina sin oírlo. Quedé atónito. ¡Así acogía la señora la grave acusación, el terrible como que envolvían mis palabras! ¡Con tal descaro, con tal cinismo ponía en solfa la enérgica reprobación que yo la arrojaba a la luz! ¡Hasta tal punto me creía débil, que osaba reírse en mis bigotes errando yo la aseguraba que no volvería a acompañar a mis hijas!

Aquello debía de ser un error. ¿Me habría entendido efectivamente doña Milagros?

-¡Qué cara de bobo estasté poniendo! -insistió ella sin dar de mano a la risa-. Vamos... yo me explicaré, es decir, yo le explicaré a usté lo que cavila, y lo que usté cree tan secretiyo entre usté y el confesor. Para que vea que no soy ninguna boba. ¡Atensión! ¿andan las chiquiyas por ahí?

Salió de la galería, se cercioró de que estábamos bien solos, volviendo a mí, pronunció risueña:

-¿Se acuerda usté, don Benisio, de lo que hablamo el otro día? ¿Se acuerda que le dije que en el mundo todo lo hase Adán por Eva y Eva por Adán? Pues... aplique usté ahora la moraleja. Usté, aunque no es ningún chico, y aunque es por lo bueno un paseo de mojicón, al fin... es de la casta de Adán... y como además tiene consiencia... se le ha puesto en el periquito... vamo... que me... es desir... que está un poco más chalao por mí de lo regular... y que Dios, y el Padre Jesuita, y toda la corte selestial... quieren que se aparte de mí alrededor de cuatrosientas leguas. ¿Que te quemas! ¿Verdá?

Al decir esto me miraba serena y tiernamente, y en sus mejillas tersas y sin color asomaba un carmín ligero que la hacía mucho más linda.

-No, no acierta usted, doña Milagros -respondí, trémulo, aterrado de mi emoción.

-Sí que asierto... y usté, troso de masapán, es el que no sabe por dónde se anda. Don Benisio, usté se ha creío que me quiere; y yo, si empieso a devanar por todo lo alto, también soy capás de jurar a Dios vivo que le quiero a usté como una guillá...; pero, ¿qué, hombre, qué? Si todos los pecaos del mundo fuesen así... ni agua bendita. Porque del modo que le quiero yo a usté es una cosa tan bonita y tan inocente... que, si Dios la pesca, dirá allá pa sí: «Por esto no me atufo». Porque el caso es... oiga, que tiene su intríngulis: que yo, si le quiero a usté, es porque ha engendrao dos angeliyos que me roban el arma... y a mis horas... cuando el corasón me pide querensia... verasté... no se ría... me creo que soy la mamá de eyos, y que a Zita y Media las he dado a lus, pasando los dolore y la fatiga y las aflisiones de las madre... Que si, don Benisio: caa loco con su tema, y no hay nadie que no esté loco; yo loquiya estoy, y me ha entrao la manía de que es mentira que usté estuviese casao con... con la difunta, vamo, ¡con la difunta!; que con quien estuvo usté casao fue conmigo; que nos quisimo... allá en tiempos; que tuvimos esas neniya... y que ahora todavía nos queremo, sí señó, nos queremo... de la entraña...; pero santamente, como lo hermanitos viejos, muy viejos... sin pecao ni malisia. Ahí tiene usted, querío... cómo el Padre que le dijo que no me viese y que se apartase de mí, demostró que no entiende de estas cosa. Si usté me tiene ley, es por las chiquiyas, por las gemelas de gloria... y si yo le tengo ley a usted... es por las gemelas también, por las gemelas. Y el que se figure porquerías y maldaes... peor para el muy bárbaro... peor pa el gorrino. ¿Tengo rasón? No ponga esos ojos espantaos. Los dos somo una Eva y un Adán, pero que acaban por donde los demás empiesan. Los Adanes que hasen la rosca a las Evas, es para vení a parar en la patochá de tener luego un vástago... o dos... o los que salten. Pues si aquí ya han venío; si ya los tenemos y los adoramo y son como los serafines de hermoso, ¿me quiere usté desir a qué íbamos a calentarnos la cabesa? Esto es ma claro que el agua, cristiano... Dígaselo al cura, y que se entere de que yo, grasia a la Virgen de la Consolasión, soy una buena mujer... y usté... usté, un santo.

Al ensartar estas locuras, no estaba muy lejos la señora de abrazarme; y yo, turbado, confuso, estático, embriagado, absorto, no encontraba palabra que pronunciar, ni razón que oponer a los divinos disparates de la ceceosa lengua.

-Yo le quiero a usté -repetía la señora- por la habilidad de las niñas... pero también... ¿qué se creía usté? por su persona, por usté que vale cuanto pesa... Hombre mejor no nace de madre... Bueno es Tomás, que yo no lo he de poner por los suelos; pero es bueno a lo bruto, a lo patán... y usté a lo cabayero, a lo desente. Tenía yo una amiga en Cádis que me desía siempre: «Me pirro por los perdíos». Yo soy de otra manera. Me pirro por la bondá. Siempre me yevó el alma la gente buena. Alguna delirará por un chico arrogante. A mí que me den los infelises y las criaturas de Dios. Y tampoco por aquí me voy a condenar. Esto no es cosa mala.

Ponte en mi caso, lector intransigente. Que te diga estar vaciedades una mujer de singular atractivo, de coquetería tanto más peligrosa cuanto más involuntaria; que te las diga con toda la gracia de su acento, toda la efusión de su alma, todo el brío de su carácter, y mucha inocencia real o fingida; que te las diga en una mañana de sol, delante del mar cuya salobre brisa te acaricia la frente, cerca de unos tiestos de heliotropo en flor, que trascienden a bienaventuranza y a primavera; que te las diga con abandono, en traje casero y en incitadora soledad relativa... Y si a más no has sido amado nunca, por lo menos de una manera blanda y dulce; si tienes años y ningún mérito; si te ilusionan más las delicadezas y monerías del cariño que los estímulos de la materia; si eres capaz de estimar la dicha pura en todo lo que vale, ¿no te sentirías aturdido, loco?

Me tambaleaba; iba a caer, como los galanes de comedia, a los pies de mi dama encantadora... cuando vi que por el muelle cruzaba una figura apuesta, un hombre que levantó el rostro y se fijó en el cierre donde estábamos. El rayo de aquellos ojos fue para mí como un rayo verdadero... Volví a la razón, a la memoria, a la realidad; y señalando a Vicente -pues era él el que pasaba, llevando en las manos un envoltorio y mirándonos con intensidad y fijeza-, dije en voz que gemía:

-Usted se chancea, doña Milagros; usted me quiere tapiar la boca con jalea, pero no sirve... Vejestorios de mi facha no cautivan a nadie... Si yo me pareciese a ese...

-¿Eh? -prorrumpió sorprendida la andaluza.

-¡Digo que para gustar a Eva hay que tener la figura de ese Adán! -añadí con algo que intentaba ser ironía-. ¡Adanes así valen un mundo! ¿No es cierto?

-¿Ha almorsao usté fuerte, don Benisio? -contestó la comandanta poniéndose pálida y desviándose un poco-. Semejante guasa.

-No es guasa, sino el Evangelio -respondí con la brutalidad de los tímidos.

-¿A ver... Qué dise este hombre?

-Lo que todos dicen. Lo que todos saben.

-¿Toos? ¿Y quién son toos? ¡Embusteros infame!

-¡No, no... Por desgracia no mienten... Y como yo he abierto los ojos ya..., doña Milagros..., se ha concluido el acompañar a mis hijas... y de las gemelitas despídase usted... que no ha de volver a besarlas!

La andaluza se quedó muda. Oscilaba todo su cuerpo; sus manos bailaban sobre el talle, como si tuviese alferecía su dueña. Al fin se las echó a las sienes, se metió en la boca el puño, dio dos pataditas, respiró ruidosamente, y un grito salió de su boca.

-¡Mal agradesío! ¡Judas!

Al mismo tiempo echó a correr sin mirarme; salió de casa como un cohete; batió mi puerta; se disparó por las escaleras; retumbó su puerta también, y yo me encontré tan humillado y tan triste, que de buena gana regalaría mi corazón al que me hiciese la calidad de sacármelo del pecho.


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