Doña Milagros: 17

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Capítulo XVI
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Doña Milagros Emilia Pardo Bazán


Es el caso que, desde el mismo instante en que me decidí a poner el candado, cesó de hacer falta.

Argos, al día siguiente de su escapatoria y de mi larga e inexplicable ausencia, fue acometida a la madrugada de violenta convulsión, lo cual al pronto no nos alarmó extremadamente, porque la habíamos visto muchas veces de aquel modo. Aplicamos los remedios conocidos, pero nos preocupó que a la excitación sucediese una especie de estupor letárgico. Dispuse que avisasen a Moragas, y criada volvió diciendo que el doctor había salido la víspera, llamado precipitadamente, para un enfermo de mucho peligro, al pueblecillo de Roblas, célebre por sus aguas minerales. Roblas dista cuatro leguas de Marineda; no había que pensar en Moragas, opté porque buscasen al facultativo que viviese más cerca y más a mano estuviese. Y por convenir sus señas con estas, accedió don Dióscoro Napelo, viejo y rutinario practicón, de los del tipo clásico, que no han abierto en su vida una revista francesa ni alemana y mantienen cierta saludable prevención contra los remedios modernos, y un entrañable amor a las fórmulas que aplicaron en sus juventudes. Como quien cierra los ojos y se entrega en brazos de la suerte, introduje al buen señor en el cuarto de mi desgraciada hija, a la cual rodeaban sus hermanas, locas de miedo, pues la creían expirante.

Ordenó don Dióscoro que saliesen las muchachas y se inclinó sobre la enferma, a quien habían depositado encima de la cama, vestida con la holgada bata de estameña -el triste hábito, semejante a un sayal-. Tenía el rostro muy rubicundo, los párpados hinchados y entreabiertos, empañado el brillo de los ojos, turgentes los labios, y la lengua asomando entre los dientes, cual si no cupiese en la boca. Empecé a llamarla a gritos, con ansia amorosa y lastimeras voces; sin duda me oía, pues al repetir yo su nombre se esforzaba en pestañear, pero al punto volvía a quedarme inmóvil. Era su respiración frecuente, luctuosa o entrecortada, y sus pies desnudos estaban helados y cárdenos. Por orden del señor de Napelo traté de desviar con el rabo de una cuchara sus apretados dientes y hacerla tragar un poco de agua y éter, pero el líquido se deslizaba sin acción rebozaba por las comisuras de los labios. La pellizqué, la apreté la muñeca, y permaneció insensible. Sus pulsos no se descubrían en parte alguna; sólo sobre el corazón parecía advertirse un obscuro diástole.

-¡Está muy grave! -grité detrás del señor Napelo cuando este apoyaba su mano bajo el seno izquierdo de la enferma-. ¡Se me muere!

-¡Ya verá usted cómo no! -respondió el viejo, en tono afirmativo e imperioso-. Me atrevo a responder... y si el señor Moragas, a su regreso, critica las medidas adoptadas por este modestísimo compañero... ¡dígale usted que yo no sé curar por la nueva! A mis aforismos me atengo. Ubi stimulus, ibi afluxus. Venga una palangana... trapos de lienzo... Envíe usted a la farmacia, inmediatamente, por vejigatorios y cáusticos de los más enérgicos... Y todo volando, volando... porque ya conozco este mal, y otra vez que lo asistí en una señora de más edad que su hija de usted, hice traer, con los medicamentos, ¡la Santa Extremaunción!

Puede calcularse cómo estaría en tales momentos mi casa. Dábamos vueltas sin entendernos, unos buscando las camisas viejas para hacer vendas y trapos, otros disponiéndose a asaltar la botica, esta trayendo, en vez de palangana, una ensaladera, la otra llorando con hipo angustioso en un rincón. Mis manos trémulas sostuvieron la palangana; el viejo sacaba ya de una carterilla de zapa la lanceta, cuyo acerado brillo me hizo daño a los ojos. Crucificada por dos vejigatorios en la espina y el vientre, envueltas en sinapismos las plantas de los pies. Argos continuaba sin dar más señal de vida que la fatigosa y entrecortada respiración. Don Dióscoro se acercó; alzó la floja manga del saco, y quedó descubierto un brazo inerte y marmóreo; con rápido movimiento practicó la incisión en la vena, y al pronto no corrió la sangre; por fin rezumaron gotas negruzcas. Sentí que no podía resistir tal espectáculo, y a punto estuve de caer al suelo. Feíta, de pie detrás de mí, me arrebató la palangana de las manos, diciéndome:

-Salga un poco, que se le ha puesto muy mal color... Yo basto... Clara me ayuda.

Salí en efecto, y abatidísimo me dejé caer en un sofá. No sé cuánto tiempo transcurriría así, porque el dolor a veces tiene la virtud del placer: hace insensible el curso del tiempo. Oía el ir y venir azorado de mis hijas; notaba alrededor mío esa trepidación peculiar de los instantes en que se lucha con la muerte, y vi pasar a Clara llevando en las manos un frasco oblongo de cristal. La llamé; pregunté alarmado qué era aquello; y la futura monja, sin responder, lo colocó sobre la mesa. Al trasluz del agua turbia, vi una cosa horrible: un enjambre de delgados y enroscados viboreznos, de piel verde esmeralda con manchas sombrías, se agitaba adhiriéndose a las paredes del frasco. Escuálidas ahora como lombrices, dentro de poco aquellas fieras estarían hechas una boytarga asquerosa, digiriendo la sangre de las venas de mi hija...

-Ha costado -exclamó Tula excitadísima, acercándose a la mesa- Dios y ayuda el encontrarlas. Ya no hay sanguijuelas más que en la barbería de Redondo. El hijo es el que las proporciona, ¿no sabe usted? ese muchacho pintor que decoró las casas de don Juan Achinado... Dice que por casualidad tenían una docena... Ha sido tan atento que las trajo él mismo.

Al punto se entreabrió suavemente la puerta de la sala, y un mozo moreno aceitunado, patilludo, ojinegro, rechoncho ya a pesar de sus pocos años, que no pasarían de veintiséis, murmuró obsequiosamente:

-Don Benicio, dice papá que si hacen falta más... que aún podrá buscarlas por ahí.

-Dios se lo pague -respondí dolorosamente-: estimo el favor, y agradeceré que vengan pronto.

-Pues volveré con ellas -indicó el pintor, desapareciendo por el foro.

Jamás he podido comprender -reflexionando después sobre el método antiflogístico que con Argos se puso en práctica- cómo a la pobrecilla le quedó en el cuerpo gota de licor vital. Para abreviar el relato de sus tormentos, diré que la administró el valiente discípulo de Broussais nada menos de cinco sangrías, sustrayéndola más de diez onzas de sangre; y a la vez la aplicó al plano alto de los muslos veinticuatro rabiosas sanguijuelas -pues la segunda docena la trajo luego, y muy solícito, el hijo de Redondo-. Yo no conozco tus arcanos, ¡oh arte de curar!; yo no soy el llamado a decidir entre dos siglos médicos armados el uno contra el otro; yo respeto profundamente la ciencia, y la sabiduría, y los adelantos, y los descubrimientos, gloria de las eminencias contemporáneas; yo no descreo del progreso, ni es mi ánimo retroceder a los ominosos tiempos en que era peor, o sea más temible, el remedio que la enfermedad; pero yo debo también atribuir a cada cual lo suyo, y proclamar a la faz del mundo entero que con su lanceta y sus anélidos verdes, mi don Dióscoro Napelo sacó a flote a la moribunda Argos.

A las dos primeras sangrías, se calentaron un poco las manos y los pies de la muchacha. A la tercera, en vez de sangre negra y semicoagulada, empezó a brotar un caño rojo y vivo. La piel se humedeció ligeramente y la temperatura fue menos cadavérica. Y por último, cuando el señor de Napelo, tomando una plumita de gallina empapada en tintura de asafétida, la introdujo en las fosas nasales de la paciente para provocar un estornudo salvador, la muchacha no estornudó, pero empezó a moverse y a quejarse con expresiones interrumpidas y balbucientes, que indicaban el trastorno de las facultades cerebrales. En seguida aparecieron sus pulsos, aunque muy lentos, profundos e irregulares, y por instantes fue vitalizándose su rostro. La dimos unas cucharadas de caldo y las tragó bien; poco después -a la tarde- el pulso latía con libertad y blandura, y aunque la calentura fuese alta e intensa, viose claramente que estaba conjurado el inminente peligro.

El practicón me lo advirtió con una sonrisa confidencial y en términos sencillos y llanos. «Animarse, que ya pasó lo peor. Ahora no es nada. Habrá que alimentarla bien: cosas muy nutritivas y muy tónicas, porque va a quedarse debilísima, y la suma debilidad no nos conviene tampoco. En fin, esto correrá de cuenta de don Pelayo Moragas... Y usted no se acoquine. Yo soy padre también... Desgracia y muy grande considero el tener hijas en un mundo tan ignorante, que está sobre poco más o menos a la altura de los tiempos en que Areteo de Capadocia diagnosticó por primera vez el mal que padece esta señorita, y que suele llamar histeria. El injusto mundo, señor don Benicio, hace a las doncellas responsables de este mal... cuando este mal es precisamente un certificado público de vida honesta y de pureza incólume, pues las mujeres que se entregan a desarreglos como el varón, apenas conocen tan terrible padecimiento. ¡Ah! -añadió el facultativo-. Por si acaso... las sanguijuelas que las estrujen, para que suelten lo que chuparon y puedan volver a servir».

Feíta se encargó de operación tan cruenta, y sus finos deditos estiraron el monstruoso cuerpo de las sanguijuelas llenas como odres. Echolas luego en agua clara a fin de que se avivasen y volviesen a sentir sed de sangre humana... Y como la enferma necesitaba reposo, yo cerré las maderas y me instalé en una sillita baja, velando su calenturiento sueño. Estaba a obscuras la habitación silenciosa e impregnada de olores farmacéuticos; y... ¡no ocultaré mi flojedad! reclinando la cabeza sobre la durísima esquina de la mesa de noche... me quedé dormido como una marmota. Era que indudablemente los disgustos, los sustos, las impresiones fuertes, las emociones, me habían rendido... Lo cierto es que me amodorré. Y cuando llevaba de siesta... no sé cuánto, tal vez un cuarto de hora, el ruido de una respiración agitada me despertó... No era de la enferma, sino otra que yo conocía bien, que había comparado mil veces al aleteo de la asustada paloma... Sí: allí estaba doña Milagros.

Me pareció su presencia cosa natural. En el momento de trasposición del sueño a la vigilia, ningún hecho nos sorprende: conservamos la credulidad del durmiente, que vuela sin alas, y en realidad, dentro del modo de ser de doña Milagros, no tenía nada de admirable el que se me presentara olvidando mis desprecios. Por otra parte, apenas tuve tiempo de reflexionar, porque la comandanta, poniendo un dedo sobre los labios, me hizo expresiva seña de que no debíamos hablar allí; después, con el mismo dedito, apuntó a la puerta, indicando que tenía que decirme algo de suma importancia.

Me levanté y de puntillas las seguí a la galería, que comunicaba con la sala y también con los dormitorios. Al salir a la luz cruda del sol, reverberada por el mar y que caía a torrentes en el cierre de cristales, me impresionó advertir el cambio del rostro de la señora. La expresión de malicia infantil e ingenua, de bondad humorística y alegre franqueza derramada por sus facciones y rebosante de su boca y sus ojos, había desaparecido, siendo sustituida por una mezcla de angustia indecible y morboso abatimiento; sus párpados estaban hinchados, contraída su boca, y se veía que reprimía a duras penas las lágrimas que querían saltársele. Parecía como si de pronto la hubiesen echado encima diez años; entre el negro pelo, dos o tres canas, en que yo no había reparado nunca, brillando al sol, aumentaron aquella impresión de madurez triste y dolorosa, de mujer sola y sin afecciones que la consuelen de la edad. Mi corazón se hizo papilla, se liquidó... aun antes de que ella exclamase:

-¡Ay don Benisio! Tenga compasión de esta infelis... No puedo ma; se me acaba la cuerda. En mi vía, desde la muerte de mi madre, recuerdo pena como la presente.

-¿Qué le sucede a usted, señora? -respondí esforzándome en conservar la dignidad de quien está cargado de razón.

-Me suceden varias cosas y toas muy gordas, muy gordísima; pero en particular me sucede que no me acostumbro a vivir sin ver a las gemeliyas y sin cuidarlas y sin besarlas. Como cada hijo de vesino tiene su cacho de dignidá, y no es una de palo ni de corcho, ni está acostumbrá a que la digan atrosidaes... yo... a la fuersa... en los primeros momentos... hise juramento solemne que ni volvería a pisá su casa de usté, ni a crusarle saludo. Porque mire usté que le he cogío yo ley a esta casa desde que les trato, y mire usté que en ella he recibío bofetás y coses en el arma... Pero soy de esta hechura y no de otra; soy de la condición de la hiedra, que se arrima y se agarra y se abrasa, y no se pue apartar ya del árbol sin secarse... Es una condición mala, detestable, y daría argo porque me fabricasen un corasón de metal muy nuevesito y muy reluciente, que fuese a modo de reló, ¿comprende usté? de esos que se les da cuerda, y ya están en marcha para un año, sin discrepar ni un segundo... Eso me hace a mi farta; el relojiyo, y no esta porquería de corasón de manteca, que se le sale el cariño por toos laos como harina por criba rota. Me vasté a desir por qué regla de tres estoy yo aguantando en esta casa desaires de ca cual, groserías de su mujé de usté (que en pas descanse) jetas torsías de su hija Tula, impertinencias de los criaos, y hasta de usté -de usté, santo varón- el chafo y el sonrojo de la Era cristiana. Yo tengo, gracia a Dio, con que vivir; en mi chosa no debía echar na de menos; mi marío, a su moo, me complace y me trata bien; sólo me farta, como dijo el otro, sarna que rascá... y mire usted por donde diantre se me pone en el periquito del condenao corasón prendarme de ustés, pero sobre unos de las dos reina gitana... Y aquí estoy en disposición de tragarme las injurias y hasta de dar gracia por eya, con tal de que me consienta usté tener en bracos a los dos cachos de sielo. No crea usté; yo misma me río de mí misma, señó don Benisio. Si conosco mi tontera; si la conosco. Que esa niña ni son mía ni cosa que lo valga; que no me deben na, ni yo a eyas, ni a usté, ni ese es el camino... Corriente, enterá ¿Y qué le hago si me voy tras ellas lo propio que si me hubiesen salío de la entraña? ¿Qué le hago, si desde que me las privan no encuentro gusto para na? ¿Y si me consumo y me acabo? ¿Qué hago, a ver, dígamelo usted?

Me quedé perplejo. La no fingida aflicción de la señora, su desmejoramiento, la elocuencia desordenada con que expresaba aquel extraño amor maternal electivo por mis últimos retoños, me conmovían profundamente; pero creíame en el deber de resistir a tal emoción, y de llevar adelante mis propósitos de desvío y ruptura.

-Me aflije usted, doña Milagros -murmuré- y me aflije usted en momentos bien tristes de suyo, porque no debe usted de ignorar que la pobre Argos por poco se nos muere, y aún quién sabe lo que será de ella. Tengo demasiadas penas, doña Milagros, créame usted, y no venga a doblarme la carga pidiendo imposibles. No me obligue a dar razones de mi determinación, porque tampoco me agrada que usted pueda decir que la trato mal. Por Dios, no me agobie; comprenda que no podemos ser amigos como antes... y, retírese, se lo ruego.

-¿Retirarme? -exclamó ella briosamente, con cierto gracioso desgarro chulesco muy en armonía con su tipo físico-. No en mis días, hasta que usté se entere; porque está usté en Belén, hijo, en Belén, a consecuencia de haser caso de cuentos, enreos y chisme... Si en ves de creer a esos despellejaores viene usté a mí y me pregunta ¿Milagro, qué hay de esto y de lo otro? ¡mejor para usté y retemejor para mí! Pero usté se traga las bolas, se enfurruña, me echa con cajas destemplás... y aquí se ha enredao una madeja que el desenredarla va a costá sudore.

-Si no se explica usted más... -exclamé a mí vez.

-Allá voy... ¿No se trata de Visente?

Bajé los ojos y sentí que me encendía de vergüenza al oír aquel nombre que tantas vueltas venía dando en mi perturbada imaginación.

-De Visente... no tuersa usté la jeta, ¡mala persona!; de mi cortejo... ¿No dise usté que ese es mi cortejo? Vamo, dígamelo usté en mi cara, en mi misma cara... sin empacho. Pensarlo habrá sío lo feo; que desirlo...

-Doña Milagros... ¡por lo que más quiera! -murmuré-. Me está usted dando un rato muy cruel... y no lo necesito; crea usted que me gastan los disgustos de puertas adentro.

-No, no se sofoque usté, abaníquese, refrésquese... y a los demás, ¡que no parta un rayo! -prorrumpió la comandanta-. ¿Se cree usté que es el único a tragar quina? Pues toos tenemos nuestra alma en el almario... Pa no cansar, ¡porque está usté como un chiquiyo, Neira!, hasta el otro día que usté me dio aquel bofetón, yo mardito si pensé que a ningún alma negra se le podía pasá por la cabesa criticarme con el criao... Bajo con él y le digo que Visente se tiene que ir de mi casa; que se ha hecho muy insolentón y muy holgasán, y que no me conviene ni chispa...

-¿Eso es verdad? -grité con un gozo tal, que me temblaban las manos y el cuerpo todo.

-No, que e mentira -contestó remedándome.

-¿Y... ya se ha ido? -añadí, con la sonrisa que deben de tener los bienaventurados en el cielo.

-¡Irse! Allí está el hueso, el hueso malo de roer... No le da la gana al señorito, y Tomás es tan lerdo, que por má que le digo no acaba de plantarle... Tendré que cantar claro. Y canto. ¡No que no! Mal me conoce ese chaval si piensa que no he de ser a la postre franca con mi marío. Y a serlo con él, voy a serlo también con usté. Los despellejaores tenían media rasón. Visente se ha atrevío ¡el muy naranjo! a desirme que no se larga porque no puede viví sino a mi vera; que con eso se contenta; que nunca ha solisitao más... pero que si le quitan eso sin motivo arguno, la menor determinasión será pegar fuego a la casa; y de que arda y ardamos todos... verá lo que hase después.

Mi júbilo era tal, que me decidí a tomar una mano de la señora, y a pasarla por los húmedos ojos.

-¿Ve usted? -tartamudeaba-. ¿Ve usted como era cierto? ¿Ve usted como ese tunante la estaba a usted poniendo en ridículo? ¿Ve como?...

-¿Ve usté como yo la he tenido a usté por una sirvengüensa?

-No, eso no, doña Milagros; por Dios, no me diga usted eso, porque me mata... Perdón; se lo pido de rodillas si quiere... ¡Si usted supiese el daño que me hacía pensar mal de usted! Soy un necio, soy un malvado; pero perdóneme... ¡Diga que me perdona! Ahora mismo va usted a tener a las gemelitas todo el día en brazos... A ver, ama, Constanza, Feíta... que traigan a las pequeñas... ¡Si viese usted qué monas están! -proseguí, como si la señora no las hubiese visto en un año.

-Bien; pero ¿y el conflicto del bruto es, que quiere quemá la casa? -murmuró ella por lo bajo, antes de que entrasen las niñas.

-¡Bah! ¡Quemar! ¡Fanfarronadas... barbaridades para asustarla a usted a imponérsele! ¡Con la escoba le barre usted... y al día siguiente, a ver si hay en Marineda quien no hable de usted con el sombrero quitado!


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