Dulce sueño: 06

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Capítulo VI
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Dulce sueño Emilia Pardo Bazán


El de Carranza



- I -

Una fiebre nerviosa, no grave, me postra varios días. Convalezco serenamente. Farnesio está como loco. De una parte, cree que me muero; de otra cree que el tío Clímaco ha venido resuelto a hacer una. Sólo es verdad que el tío está en Madrid y no me ha visitado.

-Tendrá sus asuntos. No le podemos negar el derecho de viajar a ese señor.

Un fruncimiento de cejas de don Genaro; su cara más alargada y preocupada que de costumbre, me indican que el recelo le socava y le mina el espíritu. Ya me figuro lo que teme. Sin embargo, la empresa no ha de ser tan liviana. Sabré defenderme, ahora que las fantasmagorías de amor se han desvanecido, y sólo me queda el ansia de una vida fuerte, intensa, con otros goces y otros triunfos; los que mi brillante posición me asegura, a mí que ya traigo en la lengua, si no la pulpa, por lo menos el jugo acre y fuerte de la poma del bien y del mal...

Llega, sudoroso, el viejo y el polvoriento estío de Castilla. Me dedico a planear mi veraneo. Me acuerdo, con fruición, del calor sordo de los veranos alcalaínos. El bullir de mi sangre pedía otros aires, otros horizontes, y me ataba al pueblo muerto y callado la falta de dinero. El agua se recalentaba en el botijo. No se oía en la casa sino el andar chancletudo de la fámula, que arrastraba zapatos desechados míos. No podía yo conseguir que no se me presentase despechugada, con las mangas enrolladas hasta más arriba del codo. No tenía ni el consuelo de la compañía de mis amigos: Carranza se había ido de vacaciones a su tierra, la Rioja, donde posee viñas, y Polilla a la sierra, a casa de una cuñada suya, a cuyos hijos daba lecciones... Y cuando estoy enfrascada en rememorar mis tedios antiguos y mis glorias nuevas, el criado, con un recadito:

-Que está aquí el señor de Carranza. Que si la señorita está ocupada, aguardará. Y que si no hay inconveniente, almorzará con la señorita.

-Que le pongan cubierto. Que pase al gabinete.

De bata, de moño flojo, con fueros de convaleciente, salgo y estrecho la mano gruesa, recia de músculos, a pesar de la adiposidad, del canónigo. No acertaría a explicar por qué me siento enteramente reconciliada con él.

-Dichosos los ojos. Pudo usted venir antes.

-Vengo a tiempo. Vengo cuando hay algo importante que decir. Son las doce y media y no me falta apetito. Almorzaremos en paz, y después... ¿Podremos charlar sin testigos?

-¡Ya lo creo! -exclamo afirmando mi independencia.

Orden al jefe de que se esmere. Desesperación en la cocina: ¡esmerarse tan tarde y con una señorita que desde hace una quincena no prueba sino leche, caldos y gallina cocida! A la una y media, sin embargo, sirven un almuerzo pasable, vulgar, al cual Carranza hace cumplido honor. El melón con hielo en medio, el consomé frío, los huevos a la Morny, los epigramas de cordero, el valewsky... todo le encanta. Gastrónomo y no gastado, goza como un niño. Hasta beber a sorbos el café, con sus licores selectos, y apurar el Caruncho de primera, no se decide a entablar la plática.

-Hija mía, es mucho lo que traigo en la cartera. Haré por despachar pronto: contigo se puede ir derecho al asunto... Ante todo, has de saber que tu tío Clímaco ha estado en Alcalá unos días. Y creo que también dio su vueltecita por Segovia...

Ante mi silencio y el juego de mi chapín de raso sobre el tapete, apretó el cerco, descubriendo ya sus baterías.

-Mira, Lina, te he juzgado siempre mujer de entendimiento nada común. Se te puede hablar como a otra no... Estás en grave peligro. Tu tío quiere atacar el testamento y probar que no eres hija de Jerónimo Mascareñas, ni cosa que lo valga; que hubo superchería, y que el verdadero dueño de la fortuna de doña Catalina Mascareñas, viuda de Céspedes, es él. Parece que tu tío anda furioso contigo, porque no quisiste aceptar por novio al primo José María, que es un gandul. Ya ves si Carranza está bien enterado -se enorgulleció golpeando sus pectorales anchos, la curva majestuosa de su estómago-. Como que el gitano del señor de Mascareñas se ha ido de Alcalá en la firme persuasión de que tiene en mí un aliado. Pero a mí no me vende él el burro ojiciego con mataduras. A un riojano neto, no le engaña un almiforero de ese jaez. Me he propuesto estropearle la combinación y sacarte del berenjenal, sin que salga a la luz nada de lo que... de lo que no debe salir. Conque, anímate, no te me pongas mala... y ríete de pindorós, como les dicen a tales gitanazos.

-Carranza, mil gracias. Me parece que es usted sincero... en esta ocasión.

-Nada de reticencias... Hay tiempos diferentes, dice el Apóstol: hubo una época en que... convenía... cierto disimulo... Ahora, juego tendido. Yo te profeso cariño, pero al demostrártelo salvándote, no te negaré que también hay en mí un interés... un interés legítimo, en que a nadie perjudico. Esto no se ha de censurar. ¿Verdad?

-No por cierto. Sepa yo como me salvará usted.

-De un modo grato. Te propongo un novio.

-¡Llega usted en buen momento! Me repugna hasta el nombre; la idea me haría volver a enfermar.

-Hola, hola. ¿Eres tú la que tenía horror al convento?

-¿Quiere usted oírme lo mismo que en confesión?

Un pliegue de severa inquietud en la golosa boca rasurada... Carranza escucha; su oreja, en acecho, parece captar, beber mis palabras singulares. Le refiero todo, en abreviatura, desde los fugitivos ensueños del caballero Lohengrin, hasta la visita al médico...

-Comprendo -asiente- que estés bajo una impresión de disgusto y hasta de asco. Esas cosas, desde el punto de vista que elegiste, son odiosas. Te conozco desde hace bastantes años, y nunca he visto en ti sino idealidad. Tu imaginación lo eleva, lo refina todo. Sin embargo, debes reflexionar que si estudiásemos en esa forma otras funciones, verbigracia, las de la nutrición, nos dejaríamos morir de hambre. Y sería lástima, que almuerzos como el tuyo... En serio, que la situación es seria. O el claustro, o el matrimonio.

-Soltera, viviré muy a mi placer.

-Te volverás a Alcalá, pobre nuevamente, y acaso ni te den la rentita que entonces disfrutabas. Ni tú, ni don Genaro, ni yo, podemos defender esta causa mala y perdida. Han aparecido testimonios de la suplantación, de los amaños; la cosa no se hizo, a lo que me parece, con demasiada habilidad; no se presintió que un día, muerto Dieguito, la cuestión de la herencia podría plantearse. A don Juan Clímaco no le faltan aldabas. El castillo de naipes se viene a tierra. Existe, sin embargo, quien lo sostendrá con sólo un dedo.

-¿Tanto como eso?

-¡Vaya! Tu futuro, el novio que te propongo yo. Agustín Almonte, hijo de don Federico Almonte.

El nombre no era nuevo para mí. En Alcalá, mil veces Carranza hablaba de Almonte padre, paisano suyo, a quien debía, según informes de Polilla, la canongía y una decidida protección.

-Almonte, ¿no era ministro el año pasado?

-Ya lo creo. De Hacienda. Pero su hijo mayor, Agustín, que también el año pasado era subsecretario de Gobernación, ha de ir mucho más allá que el padre. Pasa algún tiempo en la Rioja; le conozco bien; charlamos mucho... y que me corten la cabeza si en la primer subida de su partido no ministra. ¿Tú sabes las campañas que hizo en el Parlamento? El padre va estando viejo; padece de asma. En cambio, el hijo... Porvenir como el suyo, no lo tendrá acaso ningún español de los que hoy frisan en los treinta y tantos. Reúne mil elementos diferentes. Sus condiciones de orador, su talento, que es extraordinario, ya lo verás cuando le trates... y el camino allanado, porque desde el primer momento, la posición de su padre le hizo destacarse de entre la turba. El padre es como la gallina que ha empollado un patito y le ve echarse al agua; la altura de Agustín, sus vuelos, van más allá de don Federico. Así es que, al saber que tú eres tan instruida, el muchacho se ha electrizado. Él, justamente, deseaba una mujer superior...

-¿Soy yo una mujer superior, según eso?

-Vamos, como si te sorprendiese. Tus cualidades...

-¡Pch!, mi primer cualidad, será mi dinero...

-¡Tu dinero, tu dinero! No eres la única muchacha rica, criatura. Sin salir de la misma Rioja, hubiese yo encontrado para Agustín buenos partidos. El dinero es cosa muy necesaria, es el cimiento; pero hacen falta las paredes. ¡Y, además, Lina querida, tu dinero está en el aire! No lo olvides. Si Agustín no lo arregla, cuando menos lo pienses... Tienes mal enemigo. Don Juan Clímaco está muy ducho en picardihuelas y pleitos... Piénsalo, niña.

-Tráigame usted a don Agustín Almonte cuando guste.

Carranza clavó en mí sus ojos sagaces, reposados, de confesor práctico. Me registró el alma.

-¿Qué es eso de «tráigame usted»? -bromeó-. ¿Es algún fardo? Es un novio como no lo has podido soñar. Quiera Dios que le gustes; porque, criatura, nadie es doblón de a ocho. Si le gustas (él a ti te gustará, por fuerza, y te barrerá del pensamiento esas telarañas románticas de la repugnancia a lo natural, a lo que Dios mismo instituyó...), entonces... supongo que no pensaréis que os eche las bendiciones nadie más que este pobre canónigo arrinconado y escritor sin fama...

-Sólo que -objeté- siendo los novios tan altos personajes como usted dice, parece natural que los case un Obispo...

Un gesto y una risada completaron la indicación. Carranza me dio palmaditas en la mano.

-Por algo le dije yo a Agustín que tú vales un imperio...



- II -

¿Qué aspecto tiene el nuevo proco? A fe mía, agradable hasta lo sumo. Buena estatura, no muy grueso aún, por más que demuestra tendencia a doblar; moreno, de castaña y sedosa barba en horquilla; tan descoloridas las mejillas como la frente, de ojos algo salientes, señal de elocuencia, de pelo abundante, bien puesto, con arranque en cinco puntas, fácilmente parecería un tenor, si la inteligencia y la voluntad no predominasen en el carácter de su fisonomía. Desde el primer momento -es una impresión plástica- su cabeza me recuerda la de San Juan Bautista en un plato; la hermosa cabeza que asoma, lívida, a la luz de las estrellas, por la boca del pozo, en Salomé. Cosa altamente estética.

El pretexto honroso de la visita es que, informado por Carranza del riesgo que pueden correr mis intereses y la odiosa maquinación de que quiere «alguien» hacerme víctima, para despojarme de lo que en justicia me pertenece, viene a ofrecerse como consejero y guía, y cuando el caso llegue, como letrado, a fin de parar el golpe. Esto lo dice con naturalidad, con esa soltura de los políticos, hechos a desenredar las más intrincadas intrigas y a buscar fórmulas que todo lo faciliten. Sin duda los políticos son gentes que se pasan la vida sufriendo el embate de los intereses egoístas y ávidos, tropezando con el amor propio y la vanidad en carne viva, amenazados siempre de la defección y la puñalada artera. Nada se les ofrece de balde a los políticos, y todos, al dirigirse a ellos, hacen un cálculo de valor, de conveniencia. Así es que pesan la palabra y comiden la acción. Almonte no pronuncia frase que no responda a un fin... Y si yo soy la desilusionada, él debe ser el escéptico. Nuestros ojos, al encontrarse, parecen decirse:

«Una misma es nuestra pena...».

Nuestros dos áridos desencantos se magnetizan. Él me encuentra a la defensiva; me estudia. Yo le considero como se considera a un objeto, a un mecanismo. Es una máquina que necesito. Soy un campo que le ofrece la cosecha. Él ha visto el fondo de la miseria humana en su aspiración al poder y en los primeros peldaños de su ascensión; yo lo he visto en el gabinete de un médico.

¡Así está bien! Apartemos la cuestión de amor, la cuestión repugnante... y podré complacerme en el trato, en la compañía y hasta en la vista de este hombre, que no es cualquiera. ¡Si llegase a tener en él un amigo! Un amigo casi de mi edad, ¡no un vejete iluso como Polilla, ni un zorro sutil como Carranza! ¡Me encuentro tan sola desde que mi ensueño se ha quedado, pobre flor ligera, prensado y seco entre las hojas de los horribles libros del doctor Barnuevo, museo de la carne corrompida por el pecado! ¡Un amigo! ¡Un amigo... que no sea un esposo!

Mi proco -bien se advierte-, posee ese don de interesar conversando, de que han dejado rastro y memoria al ejercerlo los Castelar, los Cánovas, los Silvelas. Este es don y gracia de políticos. Refiere anécdotas divertidas; se burla suave, donairosamente de Carranza, al mismo tiempo que hace refulgir próximo el dorado de la mitra; traza una serie de cuadros humorísticos, de unas elecciones en la Rioja; y mi cansancio de enferma, misantrópico, desaparece; me río de buen grado, de cosas sencillas, sedantes para los nervios. Recuerdo el mutismo árabe de mi primo José María. Almonte, por lo menos, me entretiene. Sin saber cómo, y, afortunadamente, sin conato de galantería por parte de él, diría que nos entendemos ya en bastantes respectos.

Le refiero el caso de Hilario Aparicio, y lo celebra mucho. Él conoce un poco al amigo de Polilla; y con su equidad de hombre habituado a discernir, en medio de las chanzas, le defiende, le encomia.

-No crea usted, es muchacho que ha estudiado, que vale.

-¿Me querría usted hacer el favor de protegerle, de ponerle en camino?

-De muy buena gana. Es fácil que sea una adquisición. A esos muchachos, se les distingue a causa de lo que han escrito, con la esperanza de que, una vez en situación mejor, harán exactamente todo lo contrario de lo que escribieron. Su rasgo de usted, Lina, es de una malicia donosísima; es delicioso.

-Mi conciencia lo reprueba a veces.

-No se preocupe usted. Haremos por el kirkegaardiano -¿no ha dicho así?-, cuanto quepa. Verá usted cómo le volvemos al ser natural, despojándole de la piel falsa de sus filosofías. Y, por otra parte, a usted le consta que no es ni sincero en las utopías que profesa.

Le invito a almorzar con Carranza al otro día. Se excusa porque se va aquella misma tarde a Zaragoza, adonde le llama una cuestión de sumo interés; y añade sin reticencia:

-¿Dónde se propone usted veranear?

-Confieso que todavía no lo he determinado.

Y después suplico:

-¿Por qué no me hace usted un plan de viaje?

-Con sumo gusto. Conozco a Europa; salgo cada año dos meses a respirar en ella. Forma parte de mis deberes y de mis estudios, eso que han dado en llamar europeización. Antes de que lo inventasen, yo lo practicaba. ¡Sucede así con tantas cosas! Usted, Lina, podría pasar quince días en París -las señoras en París tienen siempre mucho que hacer. Antes debe usted detenerse en Biarritz y San Sebastián... Escribiré a la Duquesa de Ambas Castillas, que está allí y es muy buena amiga mía, para que la vea a usted y la acompañe. Este período que usted entretenga agradablemente, yo lo consagraré a imponerme bien de sus asuntos y a dejar jaloneada la defensa de su patrimonio. ¡No faltaba más! El bueno de don Juan Clímaco Mascareñas y yo nos conocemos; he intervenido bastante en las cuestiones de su senaduría vitalicia; a mi padre se la debe. Voy a enterarme como Dios manda; el señor Farnesio me ilustrará. Y ya se andará con tiento el gitano. Tengo armas, si él las tiene. De eso respondo. No se preocupe usted. Desde París puede usted seguir a Suiza. Yo suelo dirigirme hacia ese lado. Allí tendría la honra de presentarla mis respetos... De Zaragoza regreso el día quince. ¿Cree usted haberse puesto en viaje para entonces?

-No es probable. Espero a una doncella inglesa que me envían, y sin la cual...

-¡En efecto! Pues siendo así, el quince... ¿Insiste usted en invitarme a almorzar?

Cuando, de regreso, se presenta el proco, ya tengo a Maggie, la doncella, no inglesa, sino escocesa, pero vezada y amaestrada en Londres, nada menos que en la casa de Lady Mounteagle, lo más superferolítico. Esta mujer, a juzgar por las señales, es una perla. Chata, cuarentona, de pelo castaño con reflejo cobrizo, de tez rojiza, de ojos incoloros, posee en el servir un chic especial. Se siente uno persona elevada, al disponer de tal servidora. Indirectamente, con un gesto, rectifica mis faltas de buen gusto, cuanto desdice de mi posición y de mi estado; y, sin embargo, Maggie no se sale de sus atribuciones, y me demuestra un respeto inverosímil. Jamás familiaridades, jamás entrometimientos, jamás descuidos. Me recomienda a un criado inglés bastante joven, y que, en el viaje, nos será utilísimo. Pagará cuentas, facturará, pensará en el bienestar de Daisy, el lulú, se ocupará de detalles enojosos. Maggie chapurrea medianamente el francés; el criado, Dick, lo parla con suma facilidad. Con los dos, espero un viaje cómodo.

Almonte opina lo mismo; sin embargo, y conviniendo en que Maggie es una adquisición, me aconseja cuidado.

-Crea usted que los ingleses también tienen sus macas. Yo he sido cándido, y he creído en la superioridad de los anglosajones; niñerías... Una de las cosas que la civilización tiene a la vez más perfeccionadas y más corrompidas, es el servicio doméstico. Hoy se sirve a maravilla, pero el odio es el fondo de esas relaciones. Les exigimos tanto, en nuestro egoísmo, que a su vez la idea de interés es la única que cultivan. ¿Me perdona usted, Lina, estas advertencias? Con relación a usted soy viejo... es decir, lo soy interiormente; usted, en lo moral, es una niña, llena de candor.

Me ofendo como si me hubiese insultado. Se sonríe, tomando a cucharaditas el helado praliné.

-¿No le gusta a usted ser candorosa? ¡Pero si el candor, en ciertas épocas de la vida, es el signo de la inteligencia!

Siempre evitando esa personalización a que propenden los que asedian a una mujer, Agustín refiere historias de la corte, los anales de una sociedad que yo no conozco sino por los diarios -peor que no conocerla-. De estas pláticas parece desprenderse que el amor no existe. Dijérase que es un terrible mito antiguo, fabuloso. Agustín presenta las acciones de los hombres desde el punto de vista de la conveniencia, la utilidad, la razón. Sin duda la atracción de los sexos ejerce influjo, pero la clave secreta suele ser el interés, la vanidad, la ambición, mil resortes que actúan, no sólo en la edad pasional, sino en todas las de la existencia. La palabra de Agustín, nutrida, segura, se vierte sobre mi espíritu dolorido, magullado de la caída, como un bálsamo calmante. Me consuela pensar que hay más que ese amor que anhelé con loco anhelo. Me rehabilita ante mí misma convenir con mi proco en que tan insensato afán no es sino un accidente, una crisis febril, y que la vida se llena con otras muchas cosas que le prestan atractivo y hasta sabor de drama.

-¡La conquista del poder! -sugiere Agustín-. ¡Eso, no sabe lo que es quien nunca lo ha probado! Como se funda en la realidad, no en fluidas revêries de venturas místicas, porque usted es una mística, Lina; la han llevado a usted al misticismo y al romanticismo sus años de soledad y de injusto aislamiento; digo que, como se funda en la realidad, en las realidades más concretas, y al mismo tiempo en las honduras de la psicología positiva... tiene el encanto de la guerra, el sabor violento de la conquista. ¡Ah, si usted lo probase!

-No sé cómo lo había de probar.

-Yo sí lo sé -responde él, sin la menor intencionalidad picaresca-. De esto hemos de hablar mucho. Me precio de que la convenceré. No hay cosa más fácil que convencer a la gente de talento... y de una sensibilidad despierta para sentir los horizontes bellos, prescindiendo, como usted sabe prescindir, de madrigales y de romanzas cursis.

Le miro con risueña benignidad. ¡Le agradezco tanto que, aunque sea con artificios, me escamotee el horripilante recuerdo, del cual estoy enferma aún! Tiene el arte de tratarme como yo deseo ahora ser tratada; de engañar mi melancolía de convaleciente con perspectivas que, sin arrebatarme, me distraen.

-Amiga Lina, hay cosas que, antes de conocerlas, parecen encerrar el secreto de la felicidad, y cuando se conocen, son más amargosas que la muerte. De esas cosas es preciso huir. Todos hemos tenido veinticinco años, y sufrido vértigos y rendido tributo a la engañifa, a las farsas, a los faroles de papel con una cerilla dentro... Ya vemos más claro. Otra lucha, ardiente, nos llama. Otro sport, como ahora dicen... ¿Usted supone que la mujer no puede jugar a ese juego? Vaya si puede. Detrás de cada combatiente suele haber una amazona; detrás de cada poderoso, una reina social. Consiéntame usted que, por lo menos, la inicie. Después, si no se pica usted al juego, nuestra amistad persistirá: siempre tendré igual empeño en que no se salga con sus malos propósitos Mascareñas. Le ajustaré las cuentas, no lo dude usted...

Al despedirme al día siguiente en la estación, me deslizó al oído, entregándome una primorosa caja de chocolates:

-Una postalcita... Deseo saber qué impresión la causa París.

¡Ah, Carranza! Reconozco tu mano eclesiástica, diplomática, de futuro cardenal, en la manera de haber adoctrinado a este proco. Le has revelado mi herida y la precaución que se ha menester para no irritar la viva llaga... Le has descubierto mi espíritu crispado de horror, mis nervios encalabrinados, mi mente nublada por sombras y caricaturas goyescas, por visiones peores que las macabras, ¡oh, la muerte es menos nauseabunda! Y, tal vez así...



- III -

Una magia es Biarritz, con su aire salobre, vivaz, su agua marina encolerizada, la alegría de sus edificaciones modernas, y el apetito que he recobrado, y el humor juvenil de moverme, de hacer ejercicio, de bañarme en el mar, sin necesidad probablemente. Por otra parte, en Biarritz empiezo a entrever esa actividad intensa, sin lirismo, esos resortes y esos fines que no evocan lo infinito, sino lo que está al alcance, no de todas las manos -despreciable sería entonces- sino de pocas y sabias y hábiles...

Entreveo ese juego atrayente, de que es imagen muy burda el otro juego, del cual se habla aquí y en que salen desplumados los «puntos». Así se lo escribo a Agustín, no en la postalcita que humildemente pidió, sino en una carta amistosa, en que apunta el compañerismo. El pretexto para convencerme de que debo escribirle pronto y largo, es que parece natural enterarle de la acogida que me dispensa la Ambas Castillas, mediante la esquela de presentación, redactada en términos de apremiante interés. La duquesa, a quien envío la esquela por Dick, contesta por el mismo, anunciando inmediata visita; y a la media hora se presenta, ágil y airosa y envelada la cara de tules, a fin de disimular y suavizar el estrago que los años han ejercitado, impíos, en su belleza célebre. Los rasgos permanecen aún, bajo el estuco; el pie es curvo, la mano elegante al través de la Suecia; el busto, atrevido, obedece a la obra maestra del corsé; y en su maceramiento de sesentona, persiste una gracia arrogante que yo desearía imitar. Envidio los gestos delicados, de coquetería y de hermosura triunfante, de gentil aplomo y gentil recato altanero; envidio este aire que sólo presta cierto ambiente... al ambiente que debe llegar a ser mío.

Corta es la visita. Por la tarde, en su automóvil, me lleva a recorrer caminos pintorescos, hasta San Sebastián. Nos cruzamos con otros autos, con mucha gente, mujeres maduras, niños de silueta modernista, hombres que saludan con respeto galante; dos autos se detienen, el nuestro lo mismo; la Ambas Castillas hace presentación: me flechan agudas curiosidades; oigo nombres, cuyo runrún había percibido desde lejos. Con nosotros viene una hermana de la Ambas Castillas, insignificante, callada y al parecer devota, pues se persigna al cruzar por delante de las iglesias. La duquesa me envuelve en preguntas. ¿Desde cuándo conozco a Agustín Almonte y a don Federico?

-A don Federico no le conozco. Don Agustín va a ocuparse en asuntos míos que revisten importancia.

-¿Es su abogado de usted?

-Sí, duquesa.

Después, salen a plaza los trajes. Mi atavío gris, de alivio, mi sombrero, sobre el cual vuela un ave de alas atrevidas, ave imposible, construida con plumas de finísima batista, enrizada no sé cómo y salpicada de rocío diamantesco, mis hilos de perlas magníficas, redondas; los detalles de mi adorno fijan la experta atención de la duquesa. Me encuentra a la altura; lo que llevo es impecable.

-¿Quién la viste?

Pronuncio negligentemente el nombre del modisto.

-¡Ah...! -la exclamación es un poema-. Claro, ese habrá de ser... Pero el bocado es carito...

Las preguntas, delicadamente engarzadas, continúan. ¿Tengo hermanos? ¿Vivo sola en Madrid? ¿Sigo a París? ¿A dónde iré a terminar el verano? Los proyectos de Suiza determinan una sonrisa discreta.

-Nuestro amigo Almonte también creo que suele ir por ese lado a descansar de sus fatigas políticas, parlamentarias y profesionales... ¡Qué porvenir tan brillante el de Almonte! Llegará a donde quiera. Su padre (en confianza) no ha alcanzado la talla de otros grandes políticos de su época: Cánovas, Sagasta, y aquel Silvela tan simpático, tan hombre de mundo... Pero como ahora unos se han muerto y otros están más viejos que un palmar, ¡pobres señores! -añadió la dama con juvenil, casi infantil alarde, que a pesar de todo no la sentaba mal-, crea usted que Almonte... Yo no entiendo de eso; lo que pasa es que oigo; mi marido es muy aficionado, va al Congreso mucho... El sol que nace, es Almonte.

Completé el elogio. La duquesa me hizo coro. La hermana insignificante suspiró.

-Es lástima que sus ideas...

-¡Hija, sus ideas! -se apresuró la duquesa-. Manolo, mi marido, asegura que Agustín, cuando mande, respetará lo que debe respetar.

Y variando de tono:

-Es seguro que al formarse Almonte una familia, eso también ejercerá en su modo de ser provechoso influjo. ¡Oh, la familia! Si encuentra una mujer de talento y buena... Y la encontrará. ¿No opina usted lo mismo, Lina...?

La familiaridad del nombre propio era un halago en la elegante señora, árbitra sin duda de la sociedad, aunque ya su sol declina. Puesto del todo este sol, que fue esplendoroso, aún quedará un reflejo de su irradiar. El propósito de halagarme, por si soy para Almonte algo más que una cliente rica, se revela en el empeño de acompañarme y pilotearme en el Casino -sin oficiosidad inoportuna-, de inventarme excursiones entretenidas, de relacionarme. Debieron de correr voces, un santo y seña, porque hubo atenciones, encontré facilidades, me vi rodeada, mosconeada, invitada a diestro y siniestro, a almuerzos y lunchs. Pregusté el sabor de los rendimientos que el poder inspira; sentí la infatuación de la marcha ascendente por el florecido sendero. No tuve, en pocos días, tiempo de profundizar la observación de lo que me salía al paso. Mi goce se duplicó por el bienestar físico que me causaba la tónica balneación, y por el femenil gusto de vestir galas y adquirir superfluidades en las ricas tiendas. También sentí orgullo al convidar a la duquesa, a su hermana, a algunos de los que me han obsequiado, a almorzar en mi hotel. Se enteraron de Dick, de Maggie, y vi el gesto admirativo de las caras cuando agregué:

-Bah, mi escocesa... Salió, para venir a servirme, de casa de lady Mounteagle. En efecto, sabe su obligación...

¡Al cabo, Biarritz es un pueblecillo! En una semana, no había nadie que no me conociese. De mi yo verdadero nada sabían; en cambio, conocían hasta el número de frasquitos de vermeil cincelado que contenía mi maleta de viaje, traída por Maggie de la casa Mapping and Web, reina de las tiendas caras y primorosas, en que se expenden tan londonianos artículos. No todo el mundo, sin embargo, me hizo igual acogida. Hubo sus frialdades, sus distanciaciones, sus impertinencias, aristocráticas y plutocráticas. Con mi fina epidermis, sentí algunos hielos, algunas ironías, mal disimuladas por aquiescencias aparentes; hubo sus corrillos que se aislaron de mí, sus saludos envarados, peores que una cabeza vuelta para no ver. Y entonces sí que empecé a «picarme al juego». A vuelta de correo, Agustín me contestaba:

-Esa es la lucha. Eso es lo que le prepara a usted un deleite de victoria. Apunte usted nombres. Verá usted qué delectación exquisita la de recordarlos después... Cuando llegue la hora, amiga Lina... Y váyase usted pronto a París. Conviene que haya usted pasado por ahí como un meteoro...

Seguí el consejo. No sufrí la fascinación de París. Es una capital en que hay comodidades, diversión y recreo para la vista, pero no sensaciones intensas y extrañas, como pretenden hacernos creer sus artificiosos escritores. El caso es que yo traía la imaginación algo alborotada a propósito de Notre Dame. Este monumento ha sido adobado, escabechado, recocido en literatura romántica. Sin duda su arquitectura ofrece un ejemplar típico, pero le falta la sugestión de las catedrales españolas, con costra dorada y polvorienta, capillas misteriosas, sepulcros goteroneados de cera y santos vestidos de tisú. Notre Dame... Un salón. Limpio, barrido, enseñado con facilidad y con boniment, por un sacristán industrial, de voz enfática y aceitosa. Falta en Notre Dame sentimiento. Yo rompería algunas figurillas del pórtico, plantaría zarzas y jaramago en el atrio. Y sin embargo, aquí han sentido profundamente los del Cenáculo. Ellos sacaron de sí mismos a Notre Dame. Yo, española, no puedo sentir hondo aquí, ni aun por contraste con las calles infestadas de taxímetros, de autobús y otras cosas feas. Vale más, seguramente, que no sienta. El lirismo, como un licor fuerte, me daña.

Patullo en la prosa parisiense. Manicuras, peluqueros, modistas, reyes del trapo, maniquíes vivientes, destilan en actitudes afectadas. Mis uñas son conchitas que ha pulido el mar. Mi peinado se espiritualiza. Mi calzado se refina. Dejo a arreglar en la calle de la Paz las pocas joyas anticuadas de doña Catalina Mascareñas que no transformé en Madrid, para que me hagan cuquerías estilo María Antonieta o modernisterías originales. Voy a los teatros, donde los intermedios me aburren. Me doy en el Louvre una zambullida de arte y de curiosidad. ¡Cuánto se divertiría aquí don Antón de la Polilla! Pude hacerle feliz quince días... Sólo que me aburriría a mí, porque lo admiraría todo en esta ciudad y en este modo de ser de un pueblo aburguesado y jacobino. ¡Me daría cada solo volteriano inocente! ¡Y si al menos él tuviese gracia! Pero un Voltaire pesado, curado al humo en Alcalá...

Y lo que me asfixia en París, lo que me hace de plomo su ambiente, es la continua exhibición de la miseria humana, la suciedad industrializada, fingida, afeitada, cultivada lo mismo que una heredad de patatas o alcacer. Las desnudeces y crudezas de los teatros; las ilustraciones iluminadas de los kioscos; los títulos de guindilla de los tomos que sacan a la acera las librerías; los anuncios con mostaza y pimienta de Cayena, me renuevan la náusea moral, el sufrimiento de la vergüenza triste, de la repugnancia a tener cuerpo. Vuelven las horas de aburrimiento, y al regresar al hotel me dejo caer en la meridiana, mientras Maggie me da consejos higiénicos, me recomienda la poción que tomaba para sus vapores lady Mounteagle...

-¡A Suiza! -ordeno lacónicamente-. Vamos directamente a Ginebra... Prepare usted el equipaje.



- IV -

Noto en Suiza lo contrario que en Granada. A Granada pude yo hacerla para mí. Suiza está hecha: tan hecha, que nada nuevo íntimo descubro en ella. La sedación de Suiza, su frígida pureza de horizontes, me hacen, eso sí, un bien muy grande. Comprendo que aquí se busque reposo después de una caída de las de quebrantahuesos. Reposo activo; no la disolvente languidez de la Alhambra.

Como Agustín me escribe que todavía le detendrán una quincena los quehaceres y que en Ginebra nos reuniremos, dedico este tiempo a ciudades y lagos. De los Alpes, visito todo lo que no obliga a alardes de alpinismo. ¡Soy de la meseta castellana! Subo, por dentro, a las montañas inaccesibles; con los pies, no. He visitado Friburgo y Berna, encontrando superiores los hoteles a las ciudades; Lucerna y Zurich, y, por Schaaffhausen, me he dirigido al lago de Constanza, punto menos infestado de turistas ingleses que el resto de Suiza. El Rin, que forma estos dos lagos entre los cuales Constanza remeda el broche de una clámide, es al menos un río cuya imagen he visto en mis deseos, un río de leyenda. Constanza es poco más que un pueblecillo; sin embargo, los hoteles no ceden a los de ninguna parte. Suiza ha llegado, en punto a hoteles, a lo perfecto. Y es una sensación de calma y de goce físico, reparadora, la que me causa, después del enervamiento del tren, esta vida solitaria y magnífica, con Maggie que no me da tiempo a formular un deseo, y pasándome el día entero al aire libre, el aire virgen, purificado por las nieves eternas, en un balcón o veranda sobre el lago, que enraman las rosas trepadoras y los cabrifollos gráciles. A mi lado, sentada perezosamente, una inglesita lee una novela; de vez en cuando sus ojos flor de lino buscan, ansiosos, los ojos de un inglesón de terra cotta, que sin ocuparse de su compañera, se mece al amparo de la sábana de un periódico enorme. Pobre criatura, ¿sabrás lo que anhelas? ¡Qué fuerza tendrá el engaño para que tu cabecita de arcángel prerrafaelista, nimbada de oro fluido, se vuelva con tal insistencia hacia ese pedazo de rubicunda carne, amasada con lonchas de buey crudo, e inflamada con mostaza desolladora y picores de rabiosa especiería!

De Constanza, me agrada también el que sus recuerdos no me producen lirismo... Aquí no flotan más sombras que las de herejes recalcitrantes asados en hogueras, y emperadores, condes y barones a quienes hubo que embargar sus riquezas porque no pagaban el hospedaje a los burgueses de la ciudad. Bien se echa de ver que los suizos están convencidos, al través de las edades, de dos cosas: que hay que ser independiente y cobrar a toca teja las cuentas del hotel.

El Rin me atrae; de buen grado pasaría la frontera y recorrería Baviera y el Tirol, aunque me sospecho que pudieran parecerse exactamente a Suiza; los mismos glaciares, los mismos precipicios, y esas montañas donde los que logran alcanzar la cúspide, echan sangre por los oídos. No realizo la excursión, porque experimento cierta inquietud de volver a ver a Agustín; me agrada la perspectiva de su presencia. Ninguna turbación, ninguna emoción desnaturaliza este deseo sencillo, amistoso.

Una postal me avisa, y retorno por el lago de Como a Ginebra, donde al venir no he querido detenerme. Me instalo, no en el mejor hotel, sino en el que domina mejor vista sobre el lago azul. No es una frase: en el lago Leman, las aguas del Ródano, al remansarse, sedimentan su limo y adquieren una limpidez y un color como de zafiro muy claro. Hay quien cree que no basta esta explicación, y que algún mineral o alguna tierra de especial composición se ha disuelto en ellas, para que así semejen jirón de cielo.

Me acuerdo de aquellas aguas de Granada, seculares, donde el pasado hace rodar sus voluptuosas lágrimas... y me parece que este lago es como mi alma, donde el limo se ha sedimentado y sólo queda la pureza del reposo.

No me canso de mirarle y de comprenderle. Forma una media luna, y en uno de sus cuernos se engarza Ginebra, como un diamante al extremo de una joya. Ningún lago suizo, ni el de Constanza, donde desagua el Rin, le vence en magnitud. Con razón le califican de océano en miniatura. El barquero que me pasea por él en un botecito repintado de blanco, graciosa cascarita de nuez, me informa, con sinceridad helvética, de que el lago es peor que el mar: sus traiciones, más inesperadas. En días tormentosos, el nivel del Leman, súbitamente, crece dos metros; de pronto, se deshincha; media hora después, vuelve a hincharse. Y, creyendo que me asusto, añade el pobre hombre:

-Pero hoy no hay cuidado. Nosotros sabemos cuándo no hay cuidado.

Sonrío desdeñosa, porque el peligro eventual no me ha parecido nunca muy digno de tenerse en cuenta, entre los mil que acosan a la vida humana, sabiendo que, al cabo, es presa segura de la muerte. Estoy tan enterada como el barquero del singular fenómeno, que se nota sobre todo en las dos extremidades del lago, y, por consiguiente, cerca de Ginebra. Cuando venga Agustín, le contagiaré: pasearemos por este mar diminuto y felino, y haremos la excursión alrededor de él, por sus márgenes pintorescas.

Un telegrama... Llega esta tarde Almonte. Naturalmente, no le espero: él es quien, atusado y limpio ya, solicita permiso para presentárseme. Mando que le pongan cubierto en la mesa que ocupo, cerca de una ventana, por la cual entra la azulina visión del lago. Y, familiarmente, comemos juntos, como si fuésemos ya marido y mujer...

Vuelvo a probar la grata impresión de Madrid, que no tiene ninguno de los signos característicos del amor, y por lo mismo no me renueva las heridas aún mal cicatrizadas. Agustín es el amigo... Los dos tenemos planteado el problema de la vida, con magnífica curva de desarrollo; los dos necesitamos eliminar el veneno lírico, en las gimnasias y los juegos de la ambición. Él me lo dice, refiriéndome añejas historias de amarguras y desencantos, que se parecen a la mía...

-Todas las aventuras llamadas amorosas son muy semejantes, Lina. Uno de los espejismos de esa calentura es suponer que hay en ella un fondo variado de psicología. No hay más que la sencillez del instinto, del cual dimana.

La comida es plácida, llena de encanto. Averiguamos nuestras predilecciones, nos comunicamos secretos de paladar. Agustín apenas bebe un par de copas de burdeos; yo una de Rin, con el pescado, una de Champagne, muy frío, con el asado. Nos gustan a los dos los exquisitos peces de agua dulce, que en Constanza eran mejores, porque estábamos al pie del Rin, y truchas y salmones y anguilas tenían especial sabor. Todo esto reviste suma importancia: Agustín cree que, en las horas de descanso apacible, se debe refinar, disfrutar de las delicias de tanto bueno como hay en el mundo.

-Sí, Lina, ese es el sistema... Cuando se lucha, se acomete y se resiste sin importársenos de los golpes, del dolor, del riesgo. Pero cuando nos rehacemos con un paréntesis de bienestar y de olvido, entonces ¡venga todo el epicureísmo y el sibaritismo! ¡Tenemos en las manos una dulce fruta: a no perder gota de su zumo!

Desde el primer momento establecemos y definimos nuestra situación. El mundo es una cosa, nosotros otra. Somos dos aliados, dos fuerzas que han de completarse. Da por supuesto que la dirección la imprime él. Y me asombro de encontrarme tan propicia a una sumisión, de aceptar una jefatura, y de aceptarla contenta. Me someto a este hombre a quien no amo; me someto a él porque puede y sabe más de la ciencia profana que eleva a sus maestros. Analizado y destruido mi antiguo ideal, él me promete una vida colmada de altivas satisfacciones; una vida «inimitable», como llamaron a la suya Marco Antonio y la hija de los Lagidas, al unirse para dominar al mundo.

Y me induce también a admitirle por guía la presciencia o el tacto que revela al echar a un lado la cuestión amorosa, las flaquezas del sexo. El penoso encogimiento de la vergüenza me lo ha suprimido así. Me ha comprendido, ha penetrado en mi abismo. Como no es fatuo, admite la hipótesis de no causarme cierto orden de impresiones. Y, como tiene la viril paciencia de los ambiciosos, aguarda. Y, como se propone algo más que el vulgarísimo episodio de unos sentidos en conmoción, me respeta, y nos entendemos en la infinidad de terrenos en que el hombre y la mujer pueden entenderse, cuando han acertado a pisotear la cabeza de la sierpe, antes que destile en el corazón su ponzoña.

Se regulan las horas, se hace programa de la estancia en el oasis. Nos vemos incesantemente. No sólo comemos y almorzamos juntos, sino que en la veranda tomamos a la vez el mismo poético desayuno, el té rubio con la aromosa y blonda miel, que aquí, como en Zurich, se sirve en frasquitos de una limpieza seductora. Venden esta miel las aldeanas en Zurich, llevando en uno de los capachos del borriquillo las flores montesinas de donde la liban las abejas. La idea de una loma florida, de un cuadro idílico, va unida a este té tan gustoso. Un día, riendo, Agustín me hace observar que, al cabo, nos unimos para el cultivo de la sensación; sólo que es una sensación gastronómica.

-Esas no abochornan -respondo. Y él aprueba. ¡Ha aprobado!

Largas horas pasamos contemplando el panorama, las ingentes montañas sobrepuestas, queriendo cada una acercarse más al firmamento; y, coronándolo todo, el Mont Blanc, el coloso, que sugiere pensamientos atrevidos, deseos de escalarlo... Nos confesamos, sin embargo, que no tenemos vocación de alpinistas, ni hemos pensado parodiar a Tartarín.

-El frío... El cansancio... Las grietas, los aludes, el hielo en que se resbala. A otro perro con ese hueso -declara él-. No crea usted, Lina, que tengo un pelo de cobarde; pero, como sé que en mi carrera no faltan peligros, y que si se les teme no se llega adonde se debe llegar, yo evito los otros, los peligros del lujo.

-El peligro tiene su sabor...

-¡Ah, lírica, lírica! ¿Es que ha soñado usted que yo le traiga un edelweiss cogido por mí al borde de un precipicio espantoso? Vamos, no está usted enteramente curada aún. Deje usted eso para los ingleses, gente sin imaginación ninguna. Nosotros, cuando subimos, es más arriba de las montañas; es a cimas de otro género. Esto no nos sirve sino de telón de fondo. Y los ingleses suben, y suben, ¿y qué encuentran? Lo mismo que dejaron abajo. Es decir, peor. Nieve y riscos inaccesibles. Ahí tiene usted. El que trepa, debe trepar para llegar a algo. Si no, es un tonto.

Nos reímos. Los ingleses son nuestros bufones. A toda hora nos ofrecen alguna particularidad ultra-cómica. Sus mujeres son sencillamente caricaturas enérgicas, a menos que sean ángeles vaporosos. Convenimos en la fuerza física de la raza. En cuanto a su mentalidad, no estamos muy persuadidos de que llegue a la mediana mentalidad ibérica.

-Me atrae su aseo -declaro-. No debe de oler una multitud inglesa como una multitud de otros países. El vaho humano, en esa nación...

-Eso creía yo mientras no pasé una temporadita en Londres, y, sobre todo, mientras no visité Escocia. El olor de la gente en Escocia es punzador. Conviene que salgamos de casa para aprender lo que debemos imitar y lo que debemos recordar, a fin de no ser demasiado pesimistas. Lina, a mí se me ha puesto en la cabeza que he de dejar huella profunda en la historia de España. Que la hemos de dejar; porque desde que la conozco a usted, con usted cuento. En nuestro país se están preparando sucesos muy graves. ¿Cuáles? Por ahora... Pero que se preparan, sólo un ciego lo dudaría. ¡El que acierte a tomar la dirección de esos sucesos cuando se produzcan, llegará al límite del poder; no es fácil calcular a dónde llegará! Yo aguardo mi hora, no esperando que me despierte la fortuna, sino en vela, con los riñones ceñidos, como los caudillos israelitas. La soledad completa me restaría fuerza, y una compañera sin altura, ininteligente, me serviría de rémora. ¿Si usted...?

-La cosa es para pensada, Agustín... Para muy meditada.

-No, no es para meditada, porque yo no pido amor. Lo que solicito es una amiga, a la cual interese mi empresa. Ya sabe usted que a su tío, don Juan Clímaco, le dejo muy abozalado. No ladrará, ni aun gruñirá. Él sabe que conmigo no puede permitirse ciertas bromas. ¡Ah! No crea usted; la red estaba bien tejida. Entre las mallas se hubiese usted quedado. El hombre armó su trampa con habilidad de gitano en feria. Compró testimonios que comprometían gravemente a don Genaro Farnesio; hubiese ido... ¡quién sabe!, a presidio. Se me figura que a él y a usted les he salvado. ¿Merezco alguna gratitud?

-Mucha y muy grande -contesto, tendiéndole la mano, que estrecha y sacude, sin zalamerías ni insinuaciones-. Sólo que... es delicado decirlo, Agustín...

-No lo diga... Si ya lo sé. Y lo acepto. Estoy seguro de que usted cambiará.

-¿Y si no cambio?

-Ni un ápice menos de respeto ni de amistosa cordialidad. Creo que el trato es leal. Lo único que pido, es que la prohibición a que suscribo para mí, no se derogue en beneficio de otro. Si para alguien ha de ser usted más que amiga...

-¡Ah! ¡Eso no! Eso no lo tema usted.

-Pues no temiendo eso... Crea usted, Lina, que haremos una pareja venturosa. Demos al tiempo lo suyo. Todo pasa; somos variables en el sentir. Yo fío siempre en la inteligencia de usted, que es para mí el gran atractivo que usted reúne. Antes de conocerla, su fortuna me pareció una base necesaria para mis aspiraciones -no se quejará usted de que no soy franco- pero ahora, se me figura que hasta sin fortuna desearía su compañía y su auxilio moral. Para un hombre político, es un peligro la soltería. Existe en su porvenir un punto obscuro; lo más probable es que halle una mujer que o le disminuya o le ponga en berlina.

-Es cierto, y, ya que usted ha sido tan sincero, le digo que tampoco conviene a un político una mujer pobre. Yo encuentro que la cuestión de la honradez de un hombre político es algo pueril; el menor error, en materia de gobierno, importa doble y perjudica doble al país que una defraudación. Sólo que es arsenal para los enemigos, y piedra de escándalo para los incautos. Por eso un político debe estar más alto, poseer millones legítimamente suyos. Eso le exime de la sospecha.

-¡Palabras de oro! -bromea él-, y no sé de dónde ha sacado usted tal experiencia... Hubo en la historia de España un hombre que fue, en un momento dado, árbitro, como rey. Pero tenía mujer; y ella, por la tarde, vendía los cargos y honores que al día siguiente él concedería. Y el lodo le llegaba a la barba; y su poder duró poco y cayó entre escarnio. Nuestra fuerza, nos la dan las mujeres. Si no me auxilia usted por amor, hágalo por compañerismo. Subamos de la mano...

Creo que este diálogo lo pasamos una noche, en que el lago reflejaba una luna enorme, encendida todavía por los besos del poniente. Estábamos en la veranda, muy cerca el uno del otro, y los camareros, cuando pasaban llamados por algún viajero que pedía whisky and soda, cerveza o aperitivos, apresuraban el andar, por no ser molestos a los enamorados españoles. Y, sin embargo, en el momento sugestivo, no se aproximaban temblantes muestras manos, ni se inclinaban nuestros cuerpos el uno hacia el otro.



- V -

Y avanza el singular noviazgo, frío y claro como las nieves que revisten esos picachos y esas agujas dentelladas, que muerden eternamente en el azul del cielo puro. Aun diré que era más frío el noviazgo que las nieves, ya que estas, alguna vez, se encendían al reflejo del sol. Me lo hizo observar un día Agustín. Él no lamentaría que la situación cambiase; pero lo procuraba con labor fina, sabiendo que yo estaba a prueba de sorpresas. Aplicaba a la conquista de mi espíritu la ciencia psicológica y matemática a un tiempo con que estudiaba al resto de la gente, piezas de su juego de ajedrez. Dueño de largas horas y propicias ocasiones, teniendo por cómplices los azares de un viaje, supuso -después lo he comprendido- que siempre llega el cuarto de hora. Debo reconocer que esta idea, algo brutal en el fondo, la aplicó el proco con artística finura.

Su actitud fue la del hombre que busca un afecto, y, para conseguirlo profundo, lo quiere completo, sin restricciones. Estaba seguro de mi amistad, contaba conmigo como asociada... pero ¿y si, abandonando él en mí lo que no debe abandonarse, otro hombre...?

-Ni en hipótesis -confirmo tercamente.

Para demostrarme con un alto ejemplo histórico su pensamiento, me recordó el lazo entre el conquistador Hernán Cortés y la india doña Marina.

-¿No es verdad que al pensar en esta pareja, no vemos en ella a los amartelados amantes, sino a dos seres superiores a los que les rodeaban, y que se juntaban para un alto fin político? Cortés necesitaba a doña Marina, su conocimiento del ambiente, su lealtad para prevenir emboscadas y traiciones. La india se había penetrado de los propósitos del conquistador. Sin embargo, el modo de que las dos voluntades se fundiesen, fue la unión natural humana. En ello, Lina, no hay ni sombra de nada repugnante. Es un hecho como el respirar. Por distintos caminos que usted, yo he llegado a despreciar también la materia, la estúpida ceguedad del instinto. Pero en la vida de dos personas como usted y yo, esta comunión sería más espiritual que otra cosa... ¿Me niega usted el derecho de defender mis ideas...? -se interrumpió con grata sonrisa sagaz, de italiano discípulo de Maquiavelo.

-No -asentí-. Es probable que no llegue usted a persuadirme; pero si cierro los oídos, se pudiera inferir miedo. Espláyese usted y persuádame, si es capaz.

Se tejió este diálogo en el castillo de Chillón, que siguiendo al rebaño, tuvimos la ocurrencia de visitar en nuestra excursión a Vevey, comprendida en la vuelta que dimos al lago. El sitio es, sin duda, pintoresco, entre salvaje y sosegado; la torre y los calabozos sólo recuerdan episodios políticos; Almonte me hace notar cómo ha cambiado este aspecto de la vida: por cuestiones políticas ya a nadie se suele echar grillos; y los judíos, a quienes estos pacíficos suizos y saboyanos sacaron de la fortaleza para quemarlos vivos, como hubiesen hecho unos terribles inquisidores españoles, hoy son partidarios de la libertad de conciencia...

-Los recuerdos de Chillón no le serán a usted molestos. Por aquí no revolotea el cupidillo...

-Sí que revolotea. Por aquí sitúa Rousseau escenas de su Nueva Heloísa, que es un libro pestífero, y, después de pensar quien lo ha escrito, muy empalagosamente asqueador.

Combatiente diestro, aprovechándose de la ventaja que se le concedía, Almonte supo disertar. En nuestro periplo alrededor del misterioso lago, desplegó los recursos de su arte. A su voz no le había yo prohibido el contacto material. Su voz hermosa, llena, de gran orador, tenía por auxiliares los ojos, algo salientes; pero de un negror y blancor expresivos. Poco a poco la voz va entrando en mi alma. Experimento un goce sutil en oírla, diga lo que diga; solamente al llamar al camarero. Me place que desenvuelva sus planes, haciendo lo contrario de Mefistófeles con Fausto; presentándome, como remate del vivir, en vez de la perspectiva amorosa, la del triunfo de una ambición intensa. Escucho interesada las inauditas y dramáticas historias que me refiere de gente conocidísima, y él, para justificarse, alega:

-La política es cada día más una cuestión de personas. No hay nadie que no tenga en su vida un interés, un resorte secreto. El que los conoce es dueño de mucha gente, si creen que puede realizar esos anhelos que no se exhiben, generalmente, ante el público, y aunque se exhiban...

La sociedad altanera, frívola y disoluta que he visto de refilón en Biarritz la diseca Agustín con instrumento de oro, entre gestos seguros, de hombre de ciencia... de esa ciencia.

-¿Fulano? Hacia la senaduría. ¿Mengano? La rehabilitación de un título con grandeza. ¿Perengano? Cosa más sólida; un célebre asunto en lo contencioso... Millones. ¿Perencejo? Toda la vida ha querido ministrar... y no siendo más inepto que otros, no lo ha logrado. ¿Ciclanito? Eso es serio; pica alto, alto...

Y, comentario:

-A lo alto llegaremos nosotros. ¡Sabe Dios a qué altura! Por mucha que sea, ni usted ni yo somos de los que sufren vértigo... Aquí no nos armamos de alpenstock, porque no nos divierte. Desde abajo vemos los juegos de la luz... En fin, yo quiero que usted sea la segunda mujer de España... a no ser que para entonces los sucesos hayan tomado tal giro, que pueda ser la primera. ¡Así, la primera! No tomarán ese giro; yo, por lo menos, no lo creo; pero ello es que hay muchos modos de ocupar primeros lugares... Si yo soy el dueño, la dueña usted... Siendo yo Cayo, tú serás Caya... como decían los romanos en las ceremonias nupciales. ¡Ah! Perdón, Lina... la he tuteado...

-Era un tuteo histórico.

-No importa; me va a fastidiar ahora mucho volver a... Lina, yo te creo una mujer superior. ¿No se tutean los amigos?...

-En realidad...

Y el tuteo no fue embarazoso, sobre esta base de la amistad franca. Al contrario; estableció entre nosotros algo tan grato, que yo no recordaba nunca un período en que tan gustoso me hubiese sido vivir. Los planes, los proyectos, las esperanzas, todos saben cuánto superan en deliciosa sugestión a la realidad, aun cuando salga conforme a esos mismos planes o los mejore. Un anhelo de interés me hacía desear locamente lo más loco de cuanto se desea: el acercarse a la muerte: que los años hubiesen volado, y que Agustín y yo fuésemos ya los amos, los árbitros, aquellos ante quienes todo se inclinaría... Él, sonriente, moderaba mi impaciencia.

-Calma... calma... Y atesorar mucha fuerza y felicidad para que no nos coja débiles el momento de la apoteosis... que es seguro.

-El caso es, Agustín, que yo tengo ideal, y que, si llega ese instante, quisiera que, mañana, la historia...

-El ideal, en la política, se construye con realidades pequeñas. Nace de los hechos, sin cultivo, como esos edelweiss peludos sobre la nieve... Entretanto, Lina, seamos egoístas, pensemos en nosotros...

Y noté, efectivamente, que mi amigo empezaba a prestar al «nosotros» un sentido nuevo, diferente del que yo le había atribuido hasta entonces. Como en las altas cumbres que el sol teñía de amatista pálida y de los anaranjados del oro encendido por el fuego -al avanzar el verano, el hielo se derretía-. Desde el tuteo, Agustín iba, poco a poco, mostrándose enamorado, traspasado, rendido. Era una inconsecuencia, era una transgresión, era faltar a lo tratado; y, sin embargo, yo fluctuaba. Una indulgencia que me parecía criminal ante mí misma, me invadía como un sopor. Lo que más contribuía a hacerme indulgente -reconozco que es extraño el motivo- era que yo no compartía la turbación que iba advirtiendo en Almonte. El enervamiento de la Alhambra y de Loja, no se reproducía ante el Mont Blanc. Y como no era en los demás, sino en mí, donde encontraba especialmente repulsiva la suposición de ciertos transportes, no me alarmaba ni me sublevaba como me hubiese sublevado al comprobar que yo los sentía.

-Que arda, bueno... La culpa no es mía... No soy cómplice...

Recuerdo que nuestra situación se precisó cuando, dirigiéndonos a Chambery, nos detuvimos en Annecy, viejo y curioso pueblecillo, donde fueron enterrados los restos de dos amigos de distinto sexo y muy puros, el amable y ameno San Francisco de Sales y la nobilísima madre Chantal. ¿Por qué -pensaba yo acordándome del obispo de Ginebra y de su colaboradora- no se ha de reproducir esta unión espiritual? ¿Sin duda no es locura mía aspirar a ella, cuando ya se ha visto en la tierra algo tan semejante a lo que yo sueño? Esta baronesa mística, que se grabó en el seno, con hierro ardiente, el nombre de Jesús, ¿no enlazó castamente toda su voluntad, toda su existencia, a la de un hombre, el elegante y delicado autor de Filotea? ¿No tuvieron un fin, todo lo espiritual que se quiera, pero humano? No abandonó la Chantal, por este enlace, familia, hijos, sociedad, y no se consagró a fundar la orden de la Visitación? He aquí los frutos de las amistades limpias, serenas...

Íbamos por las orillas frescas del diminuto lago de Annecy -al lado del Leman, un juguete- y nos habíamos desviado algo del paseo público, perdiéndonos en un sendero orillado de abetos, muy sombrío a aquella hora de la tarde. Agustín me daba el brazo. De pronto, sentí una especie de quejido ahogado, sordo, y le vi que se inclinaba, intentando un abrazo de demencia... Balbuceaba, temblaba, palpitaba, jadeaba, y en un hombre tan dueño de sí, tan avezado a conservar sangre fría en las horas difíciles, la explosión era como volcánica.

-No puedo más... No puedo... Haz de mí lo que quieras... Recházame, despídeme... Has vencido o ha vencido el diablo; estoy perdido... Te has apoderado de mí... Cuanto he prometido, los convenios hechos, eran absurdos, necedades... Imposible que yo cumpliese tales condiciones... y si hay un hombre en el mundo que lo haga, entonces me reconozco miserable, me reconozco infame, ¡lo que quieras! Lina, es igual: aquí no discutimos, no hay argumentos. Lo que hay es la verdad, lo hondo de las cosas. Prefiero romper el contrato. Sí, lo rompo. Se acabó. Y me voy, me alejo esta misma noche, para siempre. Lo que combinábamos juntos, era un contrasentido. Tú no lo comprendes; yo no sé qué ofuscación padeces, para haber dislocado las nociones de la realidad y pedir la luna... Eres de otra madera que el resto de los humanos. Bueno. Yo no. Despidámonos aquí mismo, Lina; despidámonos... o abracémonos, así, en delirio...

Los brazos eran tenazas. Entre ellos, yo permanecía cuajada, como el magnífico hielo de los glaciares.

-Basta..., Agustín..., oye...

Hizo el gesto de locura de emprender carrera.

-No te reconozco... ¡Es increíble! ¿No decías...? ¿No opinabas...?

-Opinase o dijese lo que quisiera. Es que yo no contaba con una complicación inesperada, con un suceso ridículo y fatal. Me he enamorado. Es una razón estúpida, convengo. No encuentro otra. Me he enamorado. No creas que así de broma. Me he enamorado tanto, que comprendo que, en bastante tiempo, no podré resignarme a la vida. ¡Tú serás capaz de extrañarlo! No lo extrañes, Lina -suspiró con pena romántica-. ¡Tú no te has dado cuenta de tu valer! Inteligencia, cultura, alma, belleza... Todo, todo, reunido por mi mala suerte en una mujer singular, que ha resuelto...

-Pero si yo...

-Tú, tú... Tú me permites... que me abrase... Ahí está lo que me permites... Tu compañía, tu amistad, la perspectiva de un enlace... Verte incesantemente, andar juntos y solos por estos sitios que convidan a querer... Yo no soy un fenómeno, yo soy un hombre... ¡Cómo ha de ser! Al separarme de ti, destruyo un gran porvenir, el porvenir de los dos; era algo espléndido... Pero estoy en esa hora en que se arroja por la ventana no digo el interés, ¡la existencia! Comprendo que procedo en desesperación. No es culpa mía.

Me detuve, y le hice señas de que se calmase y escuchase. El lago rebrillaba bajo un sol tibio. Me senté en el parapeto. Hice señas a Agustín de que se sentase también.

¿Era una pasión, lo que se dice una pasión? ¿La pasión se manifestaba así? ¿Se limitaba la pasión a estas llamaradas? ¿O sería él capaz, por mí, de sacrificios, de abnegaciones?

-De todo... ¡Hasta qué punto! No lo dudarías si comprendieses cuán diferente eres de las demás... Te rodea un ambiente especial, tuyo, que ninguna otra mujer tiene... ¡Ah! ¿Sacrificios, dices? Lo repito en serio: ¡La vida! ¡La herida está muy adentro!

-Siendo así... ¿Pero mira bien si es así...? ¡Cuidado, Agustín, cuidado!

-¡Así es! Ojalá no fuese.



- VI -

Y dispusimos la boda. Se escribió para los papeles indispensables. Permaneceríamos en Ginebra hasta mediados de septiembre, mientras se arreglaba todo. Nos casaríamos en París.

Al evocar aquel período, recuerdo que me sorprendió algún tanto la placidez que demostró Agustín, después de sus arrebatos de Annecy, revestidos de un carácter de violencia sombría y halagadora. Placidez apasionada, galante tierna, pero placidez. ¿Esperaba yo que me aplicase antorchas encendidas? ¿Quería un martirio ferozmente amoroso? Hubo monerías, hubo mil gentilezas. Brasas bien contenidas dentro de una estufa correcta, con guardafuego de bronce.

-Acuérdate, Agustín, de que eres mi novio...

Cambiaba con estas palabras el giro de la conversación. Salían a relucir por centésima vez mis cualidades, lo que me diferenciaba del resto de las mujeres del mundo, lo que explicaba aquel sentimiento único, elevado a la máxima potencia, inspirado por mí... Almonte sabía expresar a la perfección los matices de su sentir. Hubo momentos en que se me impuso la convicción. Sin duda, en realidad, yo le había caído muy hondo. No usaba, para probármelo, de excesivas hipérboles, ni de imágenes coloristas, a lo árabe; su modo de cortejar tenía algo de sencillo, natural y fuerte.

-Lo eres todo para mí. Haz la prueba de dejarme. Allí se habrán concluido la carrera y las ilusiones de Agustín Almonte. Únete conmigo, y verás... Nadie abrirá huella como la que yo abra. Cada hombre encuentra en su camino cientos de mujeres, y sólo una decide de su existir. Hay una mujer para cada hombre. Esa eres tú, para mí. ¿Te extraña que no te deshaga en mis brazos, sin esperar...? Es que te respeto, ¡con un respeto supersticioso! Y es que, a fuerza de quererte, sé quererte de todas maneras... La manera de amistad, la que primero contratamos, persiste. Sólo que va más allá de la amistad, y es un cariño... un cariño como el que se tiene a las madres y a las hermanas, por quienes no habría peligro que no arrostrásemos... ¡Qué dicha, arrostrar peligros por ti! ¡Salvarte, a costa de mi existencia!

He recordado después, en medio de otras orientaciones, esta frase del proco. Las ondas del aire, agitadas por la voz, deciden del destino. Parece que la palabra se disuelve, y, sin embargo, queda clavada, hincada no se sabe dónde, traspasando y haciendo sangrar la conciencia.

En la mía, algo daba la voz de alarma. Por mucho que había querido yo mantenerme más alta que las turbieces del amorío, era como si alguien, envuelto en barro, pretendiese no mancharse con él. Ejemplo de esta imposibilidad me la había dado un espectáculo natural, el de la junción del Arve, que baja de los desfiladeros, con el Ródano. Es el Arve furioso torrente que desciende de los glaciares del Mont Blanc, engrosado por el derretimiento de las nieves, y cruza el valle de Chamounix. Arrastra légamo disuelto; su color, de leche turbia y sucia, y la espuma amarillenta que levanta, contrastan con el Ródano cerúleo, zafireño, en cuyo seno va a derramar la impureza. Introducido ya el torpe río, violando con ímpetu la celeste corriente, no quiere esta sufrir el brutal acceso, y no mezcla sus aguas, de turquesa líquida, con las ondas de lodo. La línea de separación entre el agua virginal y el agua contaminada, es visible largo tiempo. Al cabo, triunfa el profanador, mézclanse las dos linfas, y la azul, ya manchada y mancillada, no recobrará su divina transparencia, ni aun próxima a perderse y disolverse en el mar inmenso...

-Tal va a ser mi suerte... -pensaba, releyendo estrofas de Lamartine, ni más ni menos que si estuviésemos en la época de los bucles encuadrando el óvalo de la cara y las mangas de jamón. ¡Bah! En secreto, aún se puede leer a Lamartine... Mi desquite es leerlo a solas... Agustín acaso me embromaría, si le cuento este ejercicio rococó.

Arrebujada en mis encajes antiguos avivados con lazos de colores nuevos, de blanda y fofa cinta liberty; mientras Maggie, silenciosa, dispone mi baño y coloca en orden la ropa que he de ponerme para bajar a almorzar, mis atavíos de turista, mis faldas cortas de sarga o franela tennis, mis blusas «camisero» de picante airecillo masculino, mi calzado a lo yankee, yo aprendo de memoria, puerilmente:


Ainsi, toujors poussées vers de nouveaux rivages,
dans la nuit éternelle emportés sans retour,
ne pourrons nous jamais, sur l’ócean des áges
jeter l’ancre un seul jour...?

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¿Un jour, t’en souvient il? nous voguions en silence...



Parecía el poeta traducir la sorda inquietud de mi espíritu, que tantas veces se preguntaba por qué todo es transitorio. Y si la idea de lo inmundo no puede asociarse a la del amor, tampoco podrá la de lo transitorio y efímero. ¡Un amor que se va de entre los dedos! La pena de lo deleznable, aquí la situó Lamartine, en este lago Leman por él tan de relieve pintado, al suplicarle que conserve, por lo menos, el recuerdo de lo que pasó, de lo que creyó llenar el mundo.


Q’uil soit dans ton repos, q’uil soit dans tes orages,
beau lac, et dans l’aspect de tes riants coteaux,
et dans ces noirs sapins, et dans ces rocs sauvages,
qui pendent sur tes eaux!...



¿Fue la lectura... la lectura, la melodía, el suspiro contenido, nostálgico, de este sentir anticuado ya, lo que me hizo culpable de un pecado tan grave, tan irreparable...? ¿Podrá serme perdonado nunca?

Yo no sé cómo nació en mí la inconcebible idea. Mejor dicho: no considero que se pueda calificar de idea; a lo sumo, de impulsión. Y ni aun de impulsión, si se entiende por tal una volición consciente. Fue algo nubloso, indefinido; no me es posible recoger la memoria para retroceder hasta el origen de la serie de hechos que produjo la catástrofe. Ningún juez del mundo encontraría base para imputarme responsabilidad. Todos, me absolverían. Sólo yo, aunque no acierte a precisar circunstancias, conozco que hubo en mí ese hervor que prepara sucesos y que, en vaga visión, hasta los cuaja y esculpe de antemano. Hay, un extraño fenómeno psicológico, que consiste en que, al oír una conversación o presenciar el desarrollo de una escena, juraríamos que ya antes habíamos escuchado las mismas palabras, asistido a los mismos acontecimientos. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿En qué mundo? Eso no lo sabríamos explicar; es uno de los enigmas de nuestra organización. Tal hubo de sucederme con lo que pasó en el lago. No sólo no me sorprendió, sino que me parecía poder repetir, antes de que hubiese sucedido, frases, conceptos y detalles relacionados con un hecho tan extraordinario y, si se mira como debe mirarse, tan imprevisto... Porque ¿quién afirmaría que lo preví? ¿Qué pude preverlo ni un solo instante? Y si no lo preví, si no cooperé a que sucediese por una serie de flexiones y de movimientos de la voluntad, ¿cómo pudo volver a mi conciencia en forma de estado anterior de mi conocimiento? Repito que mis nociones se confunden y mi parte de responsabilidad constituye para mí terrible problema...

Lo que sé decir es que, según avanzaba nuestro noviazgo y se acercaba la fecha de que se convirtiese en tangible realidad; según mi futuro -ya no debo llamarle proco-, extremaba sus demostraciones y apuraba sus finezas; a medida que debiera yo ir penetrándome del convencimiento de que en él existía amor, y amor impregnado de ese anhelo de sacrificio que ostenta los caracteres del heroísmo moral, una zozobra, una impulsión indefinible nacía en mí, que revestía la forma de un ansia de vida activa y agitadamente peligrosa, en medio de una naturaleza que cuenta al peligro entre sus elementos de atracción. En vez de gustarme permanecer horas largas y perezosas en la veranda o en el salón de lectura, ataviada, adornada, perfumada, escuchando a Agustín, en plática alegre y reflexiva, experimentaba continuo afán de conocer los aspectos de la montaña, de recorrerla, de afrontar sus caprichos aterradores.

-¿No habíamos quedado en que no éramos alpinistas? ¿Que no le haríamos competencia a Tartarín? -preguntaba Almonte sin enojo-. ¿Quieres que justifique mi apellido? Hágase como tú desees... pero permíteme lamentarlo, porque así pierdo algún tiempo de cháchara deliciosa.

Y, provistos de guías, realizamos expediciones alpestres. Me lisonjeaba la esperanza de tropezar con cualquiera de las variadas formas del alud, fuese el alud polvoriento, esa lluvia de nieve fina como harina, que entierra tan rápidamente a los que alcanza, fuese el que precipita de golpe un enorme témpano, fuese el lento desgaje casi insensible y traidor, el alud resbalón que, con pérfida suavidad, se lleva los abetos y las casas; fuese el más terrible de todos, el sordo, el que está latente en el silencio y estalla fulminante, con espantosa impetuosidad, al menor ruido, al tintinear de la esquila de una cabra. Como no estábamos en primavera, no me tocó sino el alud teatral e inofensivo, el sommer-lauissen, semejante a un río de plata rodeado de espuma de nieve. Cuando le anunció un redoble hondo, parecido al del trueno, miré a Agustín, por si palidecía. Lo que hizo fue fruncir las cejas imperceptiblemente.

Sufrimos, eso sí, una borrasca de nieve, y regresamos al hotel perdidos, excitando la respetuosa admiración de Maggie, para quien sólo merece ser persona el que corre estos azares.

La borrasca de nieve no fue un peligro; fue una aventura tragicómica; estábamos ridículos, mojados, tiritando, con la nariz roja, la ropa ensopada, el pelo apegotado y lacio. En desquite, los Alpes nos ofrecieron su magia, sus cimas iluminadas por el poniente, inflamadas y regias. Al ocultarse el sol, el firmamento, a la parte del Oeste, en las tardes despejadas, luce como cristal blanco, y en las nubosas, sobre el mismo fondo hialino, se tiñe de cromo, de naranja, de rubí auroral, transparente. Volviéndose hacia el Este, densa tiniebla cubre la llanura, mientras las cúspides de las montañas resplandecen como faros, y la zona distante de las cumbres intermedias adquiere una veladora de púrpura sombría. Y la sombra asciende, asciende, no lenta, sino con trágicos, rápidos pasos, y la lucería de la montaña muere, cediendo el paso al tinte cadavérico de su extinción. Ya el sudario obscuro envuelve la montaña, y el cielo, en vez de la blancura reluciente de antes, ostenta un carmín sangriento; la cabellera negra de la sombra hace resaltar los bermejos labios. Un azul de metal empavonado asoma después en el horizonte, y por un momento la montaña resucita, resurge, vuelve a ceñirse el casco de oro. ¡Misterioso fenómeno, sublime! Una noche en que lo presenciábamos, mi pecho se hinchó, mi garganta se oprimió, mis ojos se humedecieron, y tartamudeé, estrechando la mano de Agustín, acercándome a su oído, con ojos delicuescentes:

-¡Dios!

-¿Quieres saber lo que te pasa, Lina mía? -amonestó luego él, en la veranda-. Que te estás embriagando de poesía, y se te va subiendo a la cabeza. ¡Oh, lírica, lírica incorregible! Y el caso es que me parecía haberte curado o poco menos... Niña, en interés tuyo, dejemos los Alpes; vámonos al muy prosaico y complaciente París. Así como así, tienes que dar allí muchos barzoneos por casas de modistos intelectuales...

-¡No sigas, Agustín! -imploré-. No sigas...

-¿Qué te pasa?

-Que todo eso que me estás diciendo ya me lo habías dicho... no sé cuándo... no sé dónde. -Y con voz ahogada, palpitando, reconocí:

¡Tengo miedo!

-¡Miedo tú! -sonrió Agustín.

-Miedo a lo desconocido... ¿No comprendes que entramos en la región de lo desconocido, de lo extraño?

-Lo que comprendo es que no te conviene Suiza. Este país pacífico te alborota, Lina; es preciso que yo dé un objeto concreto a tu grande alma, para que no sea un alma enfermiza, torturada y con histérico. Piensa en ti misma, Lina. Piensa en nuestro amor...

¿Por qué habló de amor y jugó con la palabra sacra? Sería que su destino lo quiso así. Recuerdo haberle respondido:

-Nos iremos pronto... Antes quiero despedirme del Leman, al cual conozco que profesaré siempre una fanática devoción. ¿No te gusta a ti el lago?

-Me gusta lo que te guste -fue su aquiescencia, demasiado pronta, demasiado análoga a la que se manifiesta a los antojos de las criaturas.

Entonces, obedeciendo a un estímulo ignorado, reservadamente, llamé al barquero que solía servirnos, un mocetón rubio, atlético, y le interrogué con habilidad refinada y discreta, para averiguar cuándo existen contingencias de tormenta en el océano en miniatura.

-Ahora es el momento -respondiome el mozo helvético, con cara cerrada e insensible, de hombre acostumbrado a seguir las manías arriesgadas de los ingleses-. Estos días hay lardeyre, y cuando lo hay...

-¿Lardeyre? -repetí.

-El flujo y reflujo del lago, que es señal de tempestad.

-Quinientos francos si me avisas cuando esté más próxima y nos previenes la barca.

Cuarenta y ocho horas después vino el aviso. Me acuerdo de que por la mañana Agustín me propuso pasar la jornada en Coppet, para ver la residencia y el retrato de madama de Staël. Vivamente, sin razonar, me había negado. Bien engaritados en nuestros gruesos abrigos de paño, caladas las gorrillas de visera, de cuarterones, que habíamos comprado iguales, tomamos asiento en la barca. Soplaba cierzo de nieve. El agua, siniestramente azulosa, palpitaba irregularmente, como un corazón consternado. Sentía la proximidad de la convulsión que iba a sufrir, y se crispaba, turbada hasta el fondo.

Bogábamos en silencio, como los amantes inmortalizados por Lamartine, aunque el líquido ensueño del agua que duerme no nos envolvía. Agustín parecía preocupado. Aprovechándome de que el barquero no sabía español, entablé la conversación, advirtiéndole que, en efecto, no faltaría algún motivo de aprensión a quien no tuviese el alma muy bien puesta. El latigazo hizo su efecto. Las mejillas pálidas de frío se colorearon y las cejas se juntaron, irritadas.

-Yo no soy de los que eligen un porvenir sin lucha ni riesgo, Lina... En cada profesión hay su peculiar heroísmo... Buscar peligros por buscarlos, es otra cosa, y creo que debiéramos volver a tierra, porque el lago presenta mal cariz... A no ser que halles placer. Entonces... es distinto.

-Hallo placer.

Calló de nuevo. Insistí.

-¿Qué puede suceder?

-Que venga la crecida y se nos ponga el bote por montera.

-En ese caso, ¿me salvarías?

-¡Qué pregunta, mi bien! Agotaría, por lo menos, los medios para lograrlo.

-¿Es cierto que me quieres?

Suspirante, caricioso, llegó su cuerpo al mío, y efusionó:

-¡Tanto, tanto!

De seguro le miré con un infinito en la delicuescencia de mis pupilas. Era que creía. ¡Qué bueno es creer! Es como una onda de licor ardiente, eficaz, en labios, garganta, y venas... Tuve ya en la boca la orden de volver al muelle, del cual nos habíamos distanciado hasta perderlo de vista... La lengua no formó el sonido. Muda, me dejé llevar. Una voluptuosidad salvaje empezaba a invadirme; percibía con claridad que era el momento decisivo...

¿En qué lo conocí? No sé, pero algo de físico hubo en ello. Una electricidad pesada y punzadora serpeaba por mis nervios. Densos nubarrones se amontonaban. La barca gemía; miré al barquero; en su rostro demudado, las mordeduras del cierzo eran marcas violáceas. Me hizo una especie de guiño, que interpreté así: «¡Valor!». Yen el mismo punto, sucedió lo espantable: una hinchazón repentina, furiosa, alzó en vilo el lago entero; era la impetuosa crecida, súbita, inexplicable, como el hervor de la leche que se desborda. El barco pegó un brinco a su vez y medio se volcó. Caí.

Desde entonces, mis impresiones son difíciles de detallar. Conservé, sin embargo, bastante lucidez, y como en pesadilla vi escenas y hasta escuché voces, a pesar de que el agua se introducía en mis oídos, en mi boca. Mecánicamente, yo braceaba, pugnaba por volver a la superficie. A mi lado pasó un bulto, luchando, casi a flor de agua.

-¡Agustín! -escupí con bufaradas de líquido-. ¡Sálvame, Agustín!

Una cara que expresaba horrible terror flotó un momento, tan cercana, que volví a dirigirme a ella, y sin darme cuenta, me así al cuello del otro desventurado que se ahogaba. Dos brazos rígidos, crispados, me rechazaron; un puño hirió mi faz, un esguince me desprendió; la expresión del instinto supremo, el ansia de conservar la vida, la vida a todo trance, la vida mortal, pisoteando el ideal heroico del amor... Antes de advertir en mi cabeza la sensación de un mar de púrpura, de un agua roja y hormiguearte, como puntilleada de obscuro, tuve tiempo de soñar que gritaba (claro es que no podría):

-¡Cobarde! ¡Embustero!

Y lo demás, por el barquero lo supe. El forzudo suizo, despedido también en aquel brinco furioso de dos metros de agua, pero maestro en natación, trató de pescar a alguno de los dos turistas locos, que con los abrigos, densos como chapas de plomo, se hundían en el lago. Pudo cogerme de un pie, dislocándomelo por el tobillo. La barca, felizmente, no estaba quilla arriba. Me depositó en ella y trató de maniobrar para descubrir a mi compañero. Pero Agustín derivaba ya hacia los lagos negros, límbicos, en que nadan las sombras dolientes de los que mueren sin realizarse...

Y cuando después de mi larga, nueva fiebre nerviosa, mucho más grave que la de Madrid, volví a coordinar especies, encontré a mi cabecera a Farnesio, envejecido, tétrico. De la catástrofe había hablado la prensa mundial en emocionantes telegramas de agencias; éramos «los dos amantes españoles» víctimas de una romántica imprudencia en el lago. En España, mi ignorado nombre se popularizó; mi figura interesaba, mi enfermedad no menos, y el revuelo en el mundo político por la desaparición de Almonte fue desusado. ¡Aquel muchacho de tanto porvenir, de tantas promesas! El desolado padre, llamado a Ginebra por el atroz suceso, se llevó un frío despojo al panteón de familia, en la Rioja... Toda la ambición se encerró en un nicho de ladrillo y cal, en esperanza de un mausoleo costeado por amigos, gente del distrito, núcleo de partidarios fieles...

Y don Genaro, gozoso al verme abrir los ojos, repite:

-No morirás... No morirás... ¡Estabas aquí tan sola! ¿No sabes, criatura? Tu Maggie y tu Dick, cuando te trajeron expirante, aprovecharon la ocasión y desaparecieron con tu dinero y tus joyas... Creo que se entendían, a pesar de la diferencia de años... Ella se emborrachaba... ¡Qué pécora! En América estarán...

-Dejarles -respondo; y tomando la mano de Farnesio, la llevo a los labios y articulo:

-Perdóname... Perdóname...


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