Dulce sueño: 07

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Capítulo VII
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Dulce sueño Emilia Pardo Bazán


Dulce Dueño



- I -

Al llegar a Madrid, en enero, todavía muy floja y decaída, me ven sucesivamente dos o tres doctores de fama. Hablan de nervios, de depresión, de agotamiento por sacudimiento tremendo; en suma, Perogrullo. Hacen un plan, basado principalmente en la alimentación. El uno me prescribe leche y huevos; el otro, nuez de kola y vegetales, puches y gachas a pasto; aquel me receta baños tibios, purés, jamón fresco, carnes blancas... y, sobre todo, ¡calma!, ¡descanso!, ¡sedación! Mi sistema nervioso puede hacerme una jugarreta... En suma, trasluzco que temen si mi razón... ¡La razón! ¡Qué saben ellos de mi arcano!

Por egoísmo -no por atender a la salud- he cerrado la puerta a los curiosos, a los noticieros, a los impresionistas. Así que empiezo a reponerme algo, recobrando, gracias a la proximidad de la primavera, una apariencia de fuerza, no puedo negarme a la entrevista trágica con el padre y la madre de Agustín Almonte. Cuando el padre recogió el cuerpo del hijo, en Suiza, yo deliraba y me abrasaba de calentura en el hotel.

Ellos creen que mi larga enfermedad, mi estado de abatimiento, de «neurastenia», dicen los médicos en su jerga especial, no reconocen otra causa que la impresión de la desgraciada muerte de su hijo, mi futuro. La leyenda ha rodado; es original notar cómo, bajo su varita de bruja, se ha transformado la esencia de los hechos, sin alterarse en lo más mínimo lo apariencial. Los dos enamorados «bogábamos en silencio» -recuérdese a Lamartine-, sin otra preocupación que la de soñar que el amor, según nos enseña el poeta, no es eterno, que tan deliciosas horas huyen, y deben aprovecharse con avidez. Éramos una pareja a la cual «todo sonreía», a la cual estaban preparados destinos triunfales. De súbito, el Leman hinchó su seno pérfido, pegó el horrible salto de dos metros cincuenta, y nuestra barca nos volcó. Agustín, aterrado, gritó al barquero la consigna de salvarme, y quiso intentarlo él, a su vez; el grueso abrigo, empapado, le arrastró al fondo, mientras a mí el suizo me libraba de una muerte cierta. Al recobrar el conocimiento y saber la tremenda verdad, el dolor estuvo a punto de acabar también con mi vida. Aquella tristeza honda, aquella postración, eran tributo pagado por mi alma al sufrimiento de tal pérdida. Se había tronchado la flor preciosa de mis cándidas ilusiones. Cosa muy tierna, muy interesante. Los párrafos que nos consagraban los periódicos, al publicar nuestros retratos (obtenido el mío con estratagemas de pieles rojas cazadores, pues yo me resistía horripilada a la «información gráfica»), eran de una sensibilidad vehemente, elegíaca. Recibí entonces, de desconocidos, cartas febriles, en que se traslucía un amor reprimido, pronto a crecer y estallar.

Y fue preciso fijar hora y día para recibir a los padres sin consuelo, que vinieron, acompañados de Carranza, involuntario autor de la tragedia; el que, ceñida la mitra, empuñado el báculo, había de bendecir nuestros desposorios...

Al asomar en el quicio de la puerta las dos figuras enlutadas, me levanto, me adelanto; y, sin dar tiempo a mi saludo, unos brazos débiles, de mujer enferma y atropellada por los años, se ciñen a mi garganta; y en mi rostro siento el contacto de una piel rugosa, seca, calenturienta, y escucho un balbuceo truncado: «¡Mi hij... mi hij... mío del al... mío...!» y lágrimas de brasa empiezan a difluir por mis propias mejillas, a calentarlas, a quemar mi piel como un cáustico, a llegar hasta mi boca, que la sofocación entreabre, y en la cual un sabor salado, terrible, me introduce la amargura de nuestra vida, la nada de nuestro existir... Y este abrazo, que me mata, dura un cuarto de hora, eterno, sin que cese la congoja de la madre, sin que se interrumpa su mal articulada queja, el correr de su llanto, el jadear de su flaco pecho...

El padre, más sereno -al fin han corrido meses-, convenientemente triste, ahogado por el asma, interviene y desanuda el lazo, cooperando Carranza a la obra.

-Basta, María, un poco de resignación... ¡No ves que la pobre todavía está enferma! La nuestra es una pena misma... Señorita, ¿me permite usted que la dé un beso en la frente?

Y no me lo da, sino que pide ¡socorro! porque parece que, al soltarme la señora de Almonte, sufro un síncope...

Al volver en mí, ya un poco más sosegados todos, en un instante de respiro, entre el olor del éter, se habla largamente, con interrupción de sollozos, suspiros y cabezas inclinadas. Carranza, grave, cejijunto, pero sin perder su continente diplomático, de sagacidad y sensatez, dirige la cruel conferencia. Los padres se despiden al fin. Me mirarán siempre como a una hija. Vendrán a verme algunas veces; soy, para ellos algo querido, «lo que les queda» de su pobre Agustín... ¡Si yo supiese lo que Agustín valía! ¡Si yo me penetrase de lo que «habíamos perdido»! Y no sólo nosotros. Porque Agustín era para su patria algo más que una esperanza: iba siendo una realidad, ¡tan extraordinaria, tan superior a todo! Acaso -insistía el padre- el genio maléfico que parece dedicado a encaminar los sucesos de la manera más funesta para España, fuese el que había dispuesto la extraña peripecia del lago Leman. Porque él, después de meditar bastante en la catástrofe, veía en drama tan impensado algo de fatídico, que va más allá de la natural combinación de los sucesos...

-¡No lo sabe usted bien! -respondí sinceramente, como si pensara en alta voz, entre las últimas y largas presiones de manos temblorosas y frías.

Al marcharse los dos viejos, Carranza se queda a mi lado, murmurando frases consoladoras, sin convicción. Despaciosa, me arrodillo en la alfombra, ante el canónigo.

-¿Eh? ¿Qué te pasa, hija mía?

-Me confesaría de buena gana.

-¿Confesarte? -la sorpresa cuajó sus facciones en seriedad berroqueña. Era un medallón de piedra el rostro del magistral.

-Sí, Carranza; confesarme. No puedo con el peso de lo que hay en mí. Ayúdeme a descargar un poco el espíritu.

Las cejas se juntaron más. Un mundo de pensamientos y de recelos indefinidos cabía en el pliegue.

-Mira, Lina, ya otra vez quisiste... Y entonces, como ahora, te contesto: ¿de cuándo acá, entre nosotros, confesión? Tú has dicho siempre que yo era demasiado amigo tuyo para hacer un confesor bueno. Eso de confesión... es cosa seria.

-Serio también lo que he de decirle.

-No importa... Hazme el favor, Lina, de dispensarme. Para el caso de desahogar tu corazón, es igual que me hables fuera del tribunal de la penitencia. Para los fines espirituales, muy fácilmente encontrarás otro mejor que yo...

-Y el amigo... ¿me guardará el mismo secreto?

-El mismo, exactamente el mismo. Si quieres, la conferencia se verificará en el oratorio. Me consideraré tan obligado a callar como si te confesase... Tengo mis razones...

Nos dirigimos al oratorio de doña Catalina Mascareñas. Yo me había limitado a refrescarlo y arreglarlo un poco. En el altar campeaba, en un buen lienzo italiano, la figura noble de la Alejandrina. Al lado de mi reclinatorio, en marco de oro cincelado, de su estilo, brillaba la famosa placa del XV, que llevé a Alcalá el día en que Carranza nos leyó la historia. ¡Cuánto tiempo me parecía que hubiese transcurrido desde aquella tarde lluviosa y primaveral! Evoqué la misteriosa sensación del canto de las niñas:


¡Levántate, Catalina,
levántate, Catalina,
que Jesucristo te llama!



Me senté en mi reclinatorio, y, en un sillón el canónigo. Hablé como si me dirigiese a mi propia conciencia. Carranza me escuchaba, demudado, torvo, con los ojos entrecerrados, velando los relampagueos repentinos de la mirada. Al llegar al punto culminante, a aquel en que se precisaba mi responsabilidad, ya no acertó a reprimirse.

-¡Hola! ¡Vamos, si me lo daba el corazón! Te lo juro; yo lo sospechaba; ¡lo sospechaba! No eso mismo precisamente; cualquier atrocidad, en ese género... ¡Ahí tienes por qué no he querido confesarte! ¡No llega a tanto mi virtud! ¡Absolverte yo del... del asesinato...!

-¡Asesinato!

-¡Asesinato! Has asesinado a quien valía mil veces más que tú. ¡No extrañes que me exprese así! Quería yo mucho a Agustín, y será eterno mi remordimiento por haberle puesto en tus manos, conociéndote como te conozco. Te conozco desde que me hiciste otras confidencias inauditas, inconcebibles. ¡Tampoco quise ser confesor tuyo entonces! Mujeres como tú, doblemente peligrosas son que las Dalilas y que las Mesalinas. Estas eran naturales, al menos. Tú eres un caso de perversión horrible, antinatural, que se disfraza de castidad y de pureza. ¡En mal hora naciste!

Callé, y sujeté mi congoja, con férrea voluntad, palideciendo. Carranza insistió.

-En tus degeneraciones modernistas, premeditaste un suicidio, acompañado de un homicidio. Buscaste la catástrofe entre desprendimientos de aludes y desgajes de montañas, y al ver que no la encontrabas así, acudiste a las traiciones del lago. Si esto te falla, habrías echado mano de la bomba de un dinamitero... ¡O del veneno! ¡Eres para envenenar a tu padre!

-Como no estamos confesándonos, Carranza -declaro, sacudido el pecho por el martilleo de la ansiedad-, me será permitido defenderme. Algo puedo alegar en mi defensa. Almonte fue menos noble que yo. Habíamos celebrado un pacto; nos uníamos amistosamente para la dominación y el poder, descartando lo amoroso. Y lo quiso todo, y representó la comedia más indigna, la del amor apasionado, ardiente, incondicional... Y me juró que por mi vida daría la suya... ¡Me juró esto!; ¡por tal perjurio murió él, y yo he caído en lo hondo...!

Mi ademán desesperado comentó la frase.

-¡Eres una desdichada! ¿Qué crimen es jurarle a una mujer... esas tonterías? Acaso tú querías a Agustín tanto, tanto, como en las novelas?

-¡Si yo no le he querido jamás, ni a él, ni a ninguno! Y como no le quería, no se lo he dicho. No mentí. ¡Mentir, qué bajeza! Agustín no era caballero, no era ni aun valiente. Por miedo a morir; me dio con el codo en el pecho, me golpeó, me rechazó. Y, la víspera, aseguraba...

Carranza, sin fijarse en el lugar, que merecía respeto, hirió con el puño el brazo del sillón, y masculló algo fuerte que asomaba a sus labios violáceos, astutos, rasurados, delineados con energía.

-¡Mira, Lina, yo no quiero insultarte; eres mujer... aunque más bien me pareces la Melusina, que comienza en mujer y acaba en cola de sierpe! Hay en ti algo de monstruoso, y yo soy hombre castizo, de juicio recto, de ideas claras, y no te entiendo, ni he de entenderte jamás. Te resististe, en otro tiempo, a entrar monja. Bueno; preferías, sin duda, casarte. Nada más lícito. Te regala la suerte una posición estupenda; ya eres dueña de elegir marido, entre lo mejor. Tu posición se ha visto luego amenazada, por las... circunstancias... que no ignoras: te busco la persona única para salvarte del peor naufragio; esa persona es un hombre joven, simpático, el hombre de mañana -¡pobre Agustín!, ¡si esto clama al cielo!-; y tú no sosiegas, víbora... -¡Dios me tenga de su mano!- hasta que le matas... ¡Y luego, hipócritamente, recibes a los padres, te dejas besar por la madre, por esa Dolorosa! Tu castigo vendrá, vendrá... En primer lugar, te quedarás pobre... porque ahora no hay quien le meta el resuello en el cuerpo a don Juan Clímaco... ¡Y, en segundo... no sé si hallarás confesor que te absuelva! ¡Es que esto subleva, Lina! ¡En mal hora, en mal hora te hice yo conocer a aquel hombre, digno de una mujer que no fuese un fenómeno de maldad... y de maldad inútil! ¡Porque ahí tienes lo que indigna, que no se sabe ni se ve el objeto de tus delitos... de tus crímenes!

Sollozando histéricamente, caigo de rodillas, y repito la palabra que está fija en mi pensamiento, la palabra de los vencidos:

-¡Perdón! ¡Perdón!

-¡Perdón! Yo no estoy aquí para eso -insiste Carranza, petrificado en ira-. Estoy para protestar de un crimen que la justicia no castigará, que el mundo desconoce, y que hasta tú eres capaz, con tu entendimiento dañino, de presentar como un poético rasgo de superioridad, como algo sublime. ¡Porque tienes la soberbia infiltrada en el corazón, en ese perverso corazón que no sabe amar, que no sabe querer, que no lo supo nunca, y que no ha de aprenderlo!

Fulminaba ya Carranza en pie, excitándose con sus propias palabras, tronante de indignación. Y amenazó:

-Lo primero que haré, será impedir que esos desdichados padres sigan llamándote hija, lo cual es un escarnio... Y no te acuerdes más de tu antiguo amigo Carranza. Me has sacado de quicio; la locura es contagiosa. ¡No sé qué te haría! Se me pasan ganas de abofetearte... Es mejor que me retire... Adiós, Lina; siempre he desconfiado de las hembras... Tú me enseñas que el abismo del mal sólo puede llenarlo la malignidad femenil. Siento haberme descompuesto tanto... Parezco un patán... ¡Agustín, pobre Agustín! ¡Quién me lo diría! ¡Y por mi culpa!



- II -

El portazo que pegó Carranza me retumbó en la cabeza, que un dardo agudo de jaqueca nerviosa atarazaba. Quizás se me hubiese quitado con tomar alimento, pero mi garganta, atascada, no permitía el paso ni aun a la saliva pegajosa ardiente que encandecía, en vez de humedecerlas, mis fauces.

Salí del oratorio. Me recogí a mis habitaciones. Un azogue no me consentía sentarme, ni echarme sobre la meridiana, ni hacer nada que aliviase mi desasosiego. Me contenía para no batir en las paredes la cabeza, para no romper y hacer añicos porcelanas, vidrios, cuadros; para no desgarrar mis propias ropas y el rostro con las uñas... Un reloj de ónix y bronce, con su tic-tac monótono, me exasperaba. De un manotón, lo arrojé al suelo. El golpe paró el mecanismo. Al ruido, acudió mi doncella, la antigua Eladia, triunfadora del extranjero con los dos episodios desastrosos de Octavia y de Maggie...

-¡Jesús mil veces! Creí que era la señorita la que se había caído... ¿Recojo el reloj? ¡Qué lástima! Se ha roto por la esquina...

No contesté. Comprendía que no me hallaba en estado de responder de una manera conveniente. Sólo ordené:

-Mi abrigo de paño, mi sombrero obscuro.

-¿Va a salir la señora? ¿Telefoneo que enganchen?

-¡Mi abrigo, mi sombrero! -repito, con tal tono, que Eladia se precipita.

Cinco minutos después, estoy en la calle. Yo misma no sé a dónde voy. La especie de impulsión instintiva que a veces me ha guiado, me empuja ahora. Voy hacia mí misma... Vago por las vías céntricas, en que obscurece ya un poco. Salgo de la calle del Arenal, subo por la de la Montera, mirando alrededor, como si quisiera orientarme. Penetro en una calleja estrecha, que abre su boca fétida, sospechosa, asomándola a la vía inundada de luz y bulliciosa de gente. A la derecha, hay un portal de pésima traza. Una mujer, de pie, envuelta en un mantón, hace centinela. Me acerco resueltamente a la venal sacerdotisa.

-¿Qué se la ofrece a usted, señora? ¿Eh, señoraa?

-¿Quiere usted hacerme un favor?

-¿Yo... a usté? Hija, eso, según... ¿Qué favor la puedo yo hacer? ¡Tie gracia!

El vaho de patchulí me encalabrinaba el alma, me nauseaba el espíritu.

-El favor... ¡no le choque, no se asuste! Es... pisotearme.

-¿Qué está usté diciendo? ¿Señora, está usté buena, o hay que amarrarla? ¡Miusté que...! ¡Pa guasas estamos!

-Un billete de cincuenta pesetas, si me pisotea usted, pronto, y fuerte.

Abrí el portamonedas, y mostré el billete, razón soberana. Titubeaba aún. La desvié vivamente, y, ocultándome en lo sombrío del portal, me eché en el suelo, infecto y duro, y aguarde. La prójima, turbada, se encogió de hombros, y se decidió. Sus tacones magullaron mi brazo derecho, sin vigor ni saña.

-Fuerte, fuerte he dicho...

-¡Andá! Si la gusta... Por mí...

Entonces bailó recio sobre mis caderas, sobre mis senos, sobre mis hombros, respetando por instinto la faz, que blanqueaba entre la penumbra. No exhalé un grito. Sólo exclamé sordamente.

-¡La cara, la cara también!

Cerré los ojos... Sentí el tacón, la suela, sobre la boca... Agudo sufrimiento me hizo gemir.

La daifa me incorporaba, taponándome los labios con su pañuelo pestífero.

-¿Lo ve? La hice a usté mucho daño. Aunque me dé mil duros no la piso más. Si está usté guillada, yo no soy ninguna creminal, ¿se entera? ¡Andá! ¡En el pañuelo se ha quedao un diente!

El sabor peculiar de la sangre inundaba mi boca. Tenté la mella con los dedos. El cuerpo me dolía por varias partes.

-Gracias -murmuré, escupiendo sanguinolento-. Es usted una buena mujer. No piense que estoy loca. Es que he sido mala, peor que usted mil veces, y quiero expiar. Ahora ¡soy feliz!

La mujerzuela me miró con una especie de respeto, asustada, sin cesar de enjugarme la cara y la boca, a toquecitos suaves.

-¡Válgame Dios! ¡Qué cosas pasan en el mundo! ¡Pobre señora! ¡Vaya! Si tuvo usted algún descuidillo... ¡Gran cosa! Pa eso somos mujeres. Misté, ahora me arrancan a mí el alma primero que pegarla un sopapo... ¿Quiere que vaya a buscar un poco de anisado? Está usté helá... ¿La traigo algo de la farmacia? Dos pasos son...

La contuve. La remuneré, doblando la suma. La sonreí, con mis labios destrozados. Y, renaciendo en mí el ser antiguo, la dije:

-¡Otra penitencia mayor...! Deme un abrazo... Un abrazo de amiga.

¿Entendía? Ello es que me estrechó, conmovida, vehemente, protectora. Entré en la farmacia, donde lavaron con árnica diluida mi rostro, vendándolo. Vi la curiosidad en sus agudas miradas, en sus preguntas tercas. Tomé un coche de punto, di las señas de mi casa. Al llegar, dolorida y quebrantada, pero calmada y satisfecha, me miré al espejo; vi el hueco del diente roto... Al pronto, una pena...

-La Belleza que busco -pensé- ni se rompe, ni se desgarra. La Belleza ha empezado a venir a mí. El primer sacrificio, hecho está. Ahora, el otro... ¡Cuanto antes!

Serían las diez, cuando Farnesio acudió a mi llamamiento, y se precipitó a mí, viéndome tendida en la meridiana, vendada la mejilla, con los ojos desmayados y la rendida actitud de los que han agotado sus fuerzas y reposan.

-¿Qué tienes? ¿Dolor de muelas? ¿Llamo al médico? ¡Di, niña!

-Nada... Un caldo... un poco de jerez en él... Me siento débil. Tráigame el caldo usted mismo...

Contento, afanoso, lo enfrió, dosificó el jerez. Viéndomelo deglutir, parecía él también reanimarse. Al desviar la venda, al abrir yo la boca, una exclamación.

-¡Estás herida! ¡Pero si te falta un diente! ¡Jesús! ¡Qué ha sucedido, Lina! ¡Pequeña! ¡Criatura! ¿Qué te ha pasado, qué?

-Nada, nada ha sucedido... Permítame que no lo cuente. Un incidente sin importancia...

-No me digas eso... ¡Herida! ¡Un diente roto!

-Por favor...

Le imploro con tal urgencia, que, aterrado por dentro, se calla. Mi misterio, al fin, ha sido siempre impenetrable para él.

-Hágase como quieras... ¿Estás mejor? ¿A ver estas manecitas? ¿Este pulso? Parece que no lo tienes.

-Tengo pulso; ya no se me caen de debilidad los párpados... Me encuentro fuerte. Óigame, Farnesio, por su vida. Sin esperar más que al correo de mañana, al primero, va usted a escribir a mi tío, el de Granada: a don Juan Clímaco.

-Pero...

-Sin pero. Va usted a escribirle, diciéndole -¡atención!-, que estoy dispuesta a restituirle lo que indebidamente heredé.

Se tambaleó aquel hombre, al peso y a la pujanza del martillo que hería su cráneo. Sus ojos vagaron, alocados, por mi semblante. Su lengua se heló sin duda, porque no formó sonidos: no hubo protesta verbal. La protesta estuvo en la actitud, semejante a la del que llevan al suplicio.

Me levanté, le eché los brazos al cuello, junté a la suya mi cara dolorida. Las ternezas, las caricias, ablandaron su pena. Recobró el habla. Me insultó.

-¿Pero qué estás diciendo, necia, loca, insensata...? Yo eso no lo escribo. ¡No faltaba más!

-Venga usted aquí... Si usted no lo escribe, lo escribo yo, y es igual. Fíjese bien. El testamento de... la tía Catalina, no es válido. En mi nacimiento hay, superchería. Lo sabe usted mejor que yo, y nada de esto debe sorprenderle. Reflexione usted. De ahí puede salir algo muy serio; corre usted peligro, lo corro yo. Afuera codicia, afuera riquezas temporales. Me pesan sobre el corazón, como una losa. Crea usted que en mi determinación hay prudencia, aunque no es la prudencia lo que me mueve. No le quiero engañar: no es la prudencia. Es... otra cosa...

-Cavilaciones, disparates... ¡Delirios!

-¡No, amigo mío, mi amigo, mi protector, a quien no he agradecido bien su cariño! Disparates fueron otros... ¡Tantos! Crea usted que he despertado de mi pesadilla; que ahora es cuando veo, cuando entiendo, cuando vivo de veras, en la verdad. Y deseo, con ansia sedienta, ser pobre.

-¡Pobre! ¡Pobre tú!

-¿Pero ya no se acuerda usted de que lo he sido muchos años...? Y aquella era una pobreza relativa. Hoy ansío salir por ahí, pidiendo o trabajo o limosna. Limosna, mejor.

Se echó las dos manos a la cabeza.

-Conque, no más discusión. Escriba usted, porque a mí me es molesto haber de ocuparme de asuntos, y, además, así que arregle algunas cosillas, voy a hacer un viaje; mi alma necesita que mi cuerpo se fatigue.

-Iré contigo. No es posible dejarte... así..., en estas circunstancias.

-¿En qué circunstancias?

-Enferma, herida, exal...

-Exaltada, no. Enferma, tampoco. Herida... ¡pch!, unas erosiones, que yo considero caricias, y unas cuantas magulladuras y contusiones. Estoy buena, muy buena, y en mi interior, tan dichosa como nunca lo fui. Dentro de mí, hay agua viva... Antes había sequedad, calor, esterilidad... No es exaltación. Es verdad; es lo que en mí siento. No ponga usted esa cara. Jamás he estado tan cuerda.

Suspiró hondísimo. Macilento, mortal, escondió el rostro en la sombra del rincón.

-No quiero que usted se aflija. La primera señal de mi cordura, de que es ahora cuando me alumbra la razón, es que deseo que usted no sufra por mi causa; es que reconozco deberle a usted amor, respeto... Ya sé que, por usted, estoy perdonada.

Agitó el cuerpo, las manos, tembló. Se echó a mis pies.

-No digas tales cosas. Me haces daño, criatura. Soy yo quien necesita tu perdón; te desterré, te encerré, te abandoné. Quise recluirte. Pensaba que hacía bien. Obedecía a motivos, a escrúpulos... Me equivocaba. Fui... un infame. Tu carácter se torció, tu imaginación se trastornó en aquella soledad... Culpa mía... Maldíceme.

Nos estrechamos; humedad caliente empapaba nuestras sienes. Besé su pelo gris, sus mejillas demacradas.

-Le bendigo. Usted no puede adivinar el bien que me ha hecho. El mayor bien.

-¿No me quieres mal?

Respondieron mis halagos. Respiró.

-Pues una cosa te pido ¡no más! ¡Por mí, por el viejo Farnesio! Aplaza algo tu resolución de escribir al señor de Mascareñas. Concédeme un poco de tiempo. Yo no digo que no lo hagas; es únicamente un plazo lo que solicito. Antes de adoptar tan decisiva resolución, es preciso poner en orden demasiados asuntos. Tú misma, si estás en efecto tranquila, serena ante el porvenir, debes comprender que estas determinaciones hay que madurarlas algún tanto. De las precipitaciones siempre nos arrepentimos. Tiempo al tiempo. El único favor que Farnesio te suplica...

-No acierta usted. Lo bueno, inmediatamente.

-El único favor. ¿No me lo concedes, niña mía?

-No quiero negárselo. Tiene un año de plazo. Entretanto, yo viviré como si no fuese dueña de estos capitales, que ya no considero míos. Me reservo... lo que me daba doña Catalina en vida. Lo estrictamente necesario. Usted, Farnesio, manda y dispone de todo y en todo...

Y después de una pausa:

-Excepto en mí.



- III -

Salí de Madrid dos semanas después, al anochecer, con una maleta vieja por todo equipaje. Llevaba puesto lo más sencillo que encontré en mi guardarropa: traje sastre, de sarga, abrigo de paño color café con leche. Ni guantes, ni sombrero. Un velillo resguardaba mi cabeza y mi faz, ya deshinchada, en que sólo la mella del diente recordaba el suceso. Mi peinado era todo recogimiento y modestia.

Antes de emprender la caminata, por la mañana, me había arrodillado en la iglesia de Jesús, a los pies de un capuchino joven, de amarilla tez venada de azul, barbitaheño, consumido y triste. Oyome casi impasible; un movimiento ligero de párpados, una palpitación de las afiladas ventanas de la nariz. Un instante sólo le vi alterado, expresando pasión.

-Ese sacerdote que le ha dicho a usted que no la absolverían... ha pecado gravemente contra la esperanza y contra la caridad. ¿Quién es él para poner lindes a la misericordia? ¡No crea usted eso, hermana... Dios perdona siempre!

-El hombre a quien causé la muerte, era necesario a los intereses de ese sacerdote...

-Hábleme de sí misma; no acuse a nadie...

Y proseguí, lenta, balbuciente, registrando, explicando... La oreja de cera que se tendía hacia mi voz la recogía cada vez con atención más viva.

Cuando referí el origen de las señales que se veían en mi boca, el fraile se volvió, me miró, en un chispazo de fraternidad...

-¿Eso ha hecho, hermana?

-Eso hice...

Al llegar a mi conversación con Farnesio, acerca de la herencia, otro respingo.

-¿Eso hizo, hermana?

-Eso he resuelto hacer...

Antes de exhortarme, el capuchino se recogió, cerrando los descoloridos ojos azules. Sus labios se movían, sin que de ellos saliese ningún sonido. Al fin, en voz baja, fatigada, de enfermo, murmuró:

-No soy docto, hermana. Desconozco el mundo, y usted me propone cosas extrañas para mí. Mejor se confesaría usted con el padre Coloma, verbigracia. Supla a mi ignorancia Jesucristo, en cuyo santo nombre... Yo veo descollar entre sus pecados una gran soberbia y un gran personalismo. Es el mal de este siglo, es el veneno activo que nos inficiona. Usted se ha creído superior a todos, o, mejor dicho, desligada, independiente de todos. Además, ha refinado con exceso sus pensamientos. De ahí se originó la corrupción. Sea usted sencilla, natural, humilde. Téngase por la última, la más vulgar de las mujeres. No veo otro camino para usted, y tampoco habrá penitencia más rigurosa.

-¿Y... por ese camino... llegaré al amor?

-¿Al amor divino? ¡Quién lo duda! Usted lo ha presentido, hermana, al dejarse pisotear por una mujer de mala vida, y despreciable a causa de ella. Esa acción no significa sino ansia de humillarse. Humíllese, humille esa cerviz altanera... Pero no un instante, no en un acto violento, extremo, repentino. ¡Siempre, siempre!

-¿Nada más?

-Nada más. Basta. No tengo otro consejo que darle...

Y heme aquí en el vagón de tercera, mezquino, sucio, en contacto con la plebe, la gentuza... Sí, esto puedo hacerlo. Puedo sentarme en un banco duro e incómodo; puedo viajar casi sin ropa, mal pergeñada, respirando el olor bravío de dos paletos -una especie de mendigo y una vieja que abraza un cestón enorme-; puedo hasta alargar la mano, solicitar un socorro... Lo que no puedo, lo que el capuchino no ha visto que no puedo, es creerme -dentro de mí- al nivel de estos que van conmigo, del que me diese limosna, del que cruza a mi lado... No me expreso bien. Mientras el tren avanza, temblequeando sobre los rieles, yo ahondo, yo sutilizo mi caso. No es tal vez que me crea ni superior ni inferior. Es que me creo otra. No reconozco lazo que con ellos me una. No se trata quizás de orgullo, de soberbia, como suponen Carranza y el capuchino. Es que, en el fondo de mi conciencia, en medio de mis actos penitenciales, no me persuado de que haya nada de común entre los demás y yo. Hasta llego a suponer, que los demás no existen; que soy yo quien existo, únicamente, y que sólo es verdad lo que en mí se produce; en mí, por mí... Y es en mi interior donde aspiro a la vida radiante, beatífica, divina, del amor. Es en mi interior donde quiero divinizarme, ser lo celeste de la hermosura. ¿Cómo buscar el interior encielamiento? No con actos externos, no con mi cuerpo pisoteado y mi rostro afeado y mi ropa vulgar. Si dentro está el cielo del amor, dentro debe de estar el modo de conquistarlo.

Y me acuerdo de mi patrona, la Alejandrina. ¡Mujer feliz! Ella no necesitó ni vestirse de burel, ni inclinar su frente principesca, para ser amada, para tener en su mismo corazón al Amante. Con sus ropajes fastuosos, con sus joyas, con su aristocrático desdén de todo lo bajo, de la fealdad, de la miseria, logró conocer ese amor -ahora lo comprendo-, el único que merece desearse, soñarse, anhelarse; y se desposó con ese Dueño -¡único que sin vileza se admite y se ansía, cuando se desprecia todo lo que no surge en las fuentes secretas de nuestro ser!

La noche nos envolvía ya; las voces resquebrajadas de los empleados cantaban nombres. El vacío de las estepas solitarias rodeaba al tren. El viaje terminaría pronto.

Me bajé en la estación de una ciudad vieja, y resolví dormir lo que faltaba de la noche en la fonda de la estación misma. Al despertar, arbitraría el modo de transportarme adonde tenía resuelto vivir.

Una conversación con el dueño de la fonda me fue utilísima. Averigüé que, en el desierto que me había atraído como objeto de mi viaje, existe un convento de Carmelitas, y, a corta distancia del convento, casuchas desparramadas, de las cuales alguna me alquilarían tal vez.

-¿Costará muy cara? -pregunto, inquieta, pues ya no soy rica.

-Sí, sí, aún se dejarán pedir... Menos de veinte duros por año, no la cederán.

Un birlocho me lleva, al través de los campos grisientos y silenciosos, salpicados de alcornoques, hacia el desierto, un valle escondido por montañuelas que espejean al sol. Salvados los pequeños mamelones, aparece el valle, y su vista me estremece de alegría, porque es un oasis maravilloso.

Todo él se vuelve flor y plantas fragantes. Romero, cantueso, mejorana, tomillo, mastranzo, borraja, lo esmaltan como vivo, movible tapete recamado de colorines. Y la florida alfombra se mueve, ondula, agitada por el zumbido y el revuelo y el beso chupón, ardoroso, de miles de abejas, cuyas colmenas diviso en los linderos. A la derecha, el campanario del convento se recorta sobre el azul. Las casas -dos o tres- tienen un huerto más riente, si cabe, que el campo mismo. En la revuelta de mi sendero, a la puerta de una de estas casucas, está sentada una mujer. Sus ojos, abiertos e inmóviles, no parpadean y los cubre blanca telilla: es una ciega. A su lado, hace calceta una chiquilla de unos dote o trece años, negruzca, de facciones bastas, con dos moras maduras por pupilas.

Me acerco, trabo conversación.

-¿Me alquilarían la casa? ¿Una habitación, por lo menos?

La desconfianza de los menesterosos me sale al paso. ¿Qué pretendo? Yo soy una señorita. ¿Cómo voy a pasarlo allí? Es imposible que me encuentre bien...

-Me encontraré perfectamente. Pagaré adelantado. Haré yo la cocina, mi cama, la limpieza.

La anciana titubea; la extrañeza, la curiosidad, plegan sus labios, de arrugadas comisuras, hundidos por el desdentamiento. La chiquilla no sabe qué decir, y con un pie pega golpecitos en la canilla de la otra pierna. Su pelo, apretujado, me inspira recelo indefinible. Ninguna simpatía me infunden estos dos seres. Y, sin embargo, insisto, para quedarme en su compañía. Saco un par de monedas.

-Agüela, dos duros m’ha dao esta ñora.

La avidez de los ciegos se pinta en la cara huesuda, inexpresiva.

-Daca...

Los guarda en la remendada faltriquera, y rezonga:

-Yo, con toa satisfación... Sólo que, como no hay na de lo que se precisa...

-No importa. Esta noche dormiré envuelta en mi manta. Mañana traerán...

Queda convenido. Hago mis encargos al cochero. Y, como en casa propia, entro en la vivienda. Es de una pobreza sórdida. Tal vez la avaricia hace aquí competencia a la miseria. La ciega tendrá por ahí escondida una hucha de barro... Quizás por eso recelaba de mí... ¿Seré una ladrona disfrazada?

Gradualmente, se disipa su temor. Cierto respeto hacia mí nace en su espíritu, cuando nota que trabajo, que ayudo a la Torcuata -así se llama la niña- en sus menesteres domésticos, y que hasta sirvo a las dos, cuidándolas, procurando que la ciega no derrame la sopa y que la chica no se atraque de miel, lo cual la hace daño. Porque las dos mujeres viven de la miel y la cera; son colmeneras, como los demás moradores del valle, y sacan también algún fruto de vender cosecha de plantas aromáticas a drogueros y herbolarios. Empiezan a creer que yo soy una especie de santa, no sólo por el cuidado incesante que tengo de complacerlas y de atenderlas, sin exigirles nada, ni aun el mejor servicio, sino porque voy a la iglesia del convento diariamente, y muchas tardes me ve Torcuata sentarme, pensativa, a la puerta, haciendo calceta como ellas, con aire resignado. A sus preguntas respondo sin impaciencia.

-La señora, ¿tie familia? ¿Es usted extranjera, o de acá?, etc.

A mi vez, pregunto; oigo la historia de los padres de Torcuata, que se murieron, él «gomitando» sangre, ella de un mal parto; y, ufanas de saber más que yo, me explican las costumbres de las abejas, costumbres casi increíbles, portento natural que nadie admira. Los acontecimientos de nuestra existencia, en el valle, son el enjambre que emigra y que es preciso recoger, llamándolo con cencerreo suave y teniéndole preparada la nueva colmena, frotada de miel y de plantas odoríferas; la operación de castrar los parrales, los mil delicados cuidados que exige la recolección, el trasvase de la miel a los barreños, y luego a los tarros, el derretido de la cera, su envase en los cuencos de madera, las complicadas manipulaciones de la pequeña industria agrícola. Pronto auxilio yo eficazmente a Torcuata, con grande alegría y maravilla de la ciega, que no cree en tanto bien. Desde que faltaban los hijos, la cosecha disminuía cada año. «¿Qué puede hacer una creatura? Comerse las mieles na más...».

Así se estableció entre mis huéspedas y yo la cordialidad más completa. Invertidas las relaciones, fui su criada. Sin escrúpulo, desinfecté la cabeza pecadora de Torcuata, lavé su pelo, embutido de aceite, cerumen y tierra, até un lazo azul a sus mechones, ya esponjados, y siempre recios como cola de yegua rústica. Cosí camisas para la ciega. Me dejé explotar. Hice regalos.

-¡Santa! ¡Es santa! -repetía la vejezuela, atónita-. ¡Nos la ha traío la virge el Calmen!

¡Santa! No... En lo recóndito, en el escondrijo de la verdad, ningún afecto sentía por las dos mujeres. Ejemplares ínfimos de la humanidad, barro ordinario que amasó aprisa el alfarero, me eran tan indiferentes como uno de los alcornoques que sombreaban el repuesto valle. Ni ellas serían capaces de ningún acto de abnegación, ni yo sentía el menor goce emotivo al realizarlos por ellas. Mi instinto estético me las hacía hasta repulsivas. Fea era la cara de níspero de la codiciosa vieja, y acaso más fea la adolescencia alcornoqueña de la moza. ¡No importa! Había que proceder como si las amase. ¿No es eso lo que pides, dulce Dueño?

-¡Ah! Por las tardes, respirando el olor embeodante de las florescencias, cuyo polen llevaban las abejuelas de una parte a otra, auxiliando la fecundación, me dirijo a ti, Dueño que no vienes... ¿Por qué han pasado los tiempos en que, a precio de la tortura, de la piel arrancada, de la cabeza destroncada, acudías, exacto a la cita, transportado de ardor? ¿Por qué no me es concedido comprarte a ese precio? Lo que estoy haciendo, me cuesta más, mayor esfuerzo, un vencimiento largo, tedioso, sin fin. Como Teresa, la que tanto te quiso, yo estoy sedienta de martirio, y me iría a tierra de moros, si allí se martirizase. ¡Época miserable la nuestra, en que el bello granate de la sangre eficaz no se cuaja ya, no brilla! De las dos sangres excelentes, la del martirio y la de la guerra, la primera ya es algo como las piedras fabulosas y mágicas, que se han perdido; y la otra, también la quieren convertir en rubí raro, histórico, guardado tras la vitrina de un museo! ¡Edad menguada! ¡No poder ser mártir! En una hora, ganarte, unirme a ti... Si tú quisieses, dulce Dueño, yo te ofrecería licor para refrescar el de tus cruentas llagas... Yo te daría con qué renovar el Grial. Soy muy desventurada, porque no me es concedido dejar correr las fuentes de mis venas. ¡No poder sufrir, no poder morir!



- IV -

Y, poco a poco, mientras ejecuto las cosas prosaicas, comunes, antipáticas a mis sentidos, allá en lo oculto, en lo reservado de mí misma, noto los indicios de una transformación. Bogo hacia mi ideal, trabajosamente, desviando troncos, chocando en piedras. El espíritu de docilidad y el de renunciación van depositándose en mí, como en la celdilla ya preparada se deposita la miel. Según la miel se purifica, siento que se purifica mi ánimo. Voy cortando los circuitos de mis impurezas, análogos a los que forman las neuronas, las cuales reproducen el acto vicioso ya con independencia de nuestra voluntad. Lo material de mi expiación, lo cumplo sin pensar en ello, sin atribuirle valor ninguno. Atiendo más bien a lo íntimo. Vivo interiormente.

El convento no influye en esto. Voy a la iglesia, pero evito a los carmelitas. Lo hago por prudencia, por quitar palabreos entre los paletos maliciosos. Los carmelitas, supongo que por igual razón, ni parecen sospechar que existo. Son pocos y se encierran en su conventillo, cuyas celdas y claustros están forrados de corcho. Silencio, quietud y soledad. No se la he de robar, ni ellos a mí. Tan gran bien es justo que se respete. ¿Y quién sabe si estos frailes se parecen o no a los directores ininteligentes, fustigados por San Juan de la Cruz?

Comprendo que no basta la paciencia. Necesito el amor. Es preciso que lo amargo me sea dulce. Que me sepan a miel estas molestias que me tomo por dos mujeres bajas, burdas. ¿Tendré que amarlas, para amarte a ti, para que tú me ames? ¿Será este el secreto, la palabra del enigma? ¿Y cómo se hace para eso? ¡Estoy tan al principio de mi deificación! Me faltan etapas, me faltan grados. Hay momentos en que desconfío, dudo, y la secura me invade.

Lo primero que necesito es abandonarme, cerrar los ojos... Tal vez me atormento en balde. Tal vez no necesito hacer más de lo que hago, ni sufrir más de lo que sufro: basta que cambie mi corazón. Sólo entonces seré, como dijo el gran poeta, «amada en el amado transformada». No lo soy. No le hallo cuando le busco dentro. No le hallo... ¡Qué tristeza, no hallarle! Acaso estoy unida a Él en conformidad, pero no en unión transformativa. No somos uno. No hay noche nupcial. No hay en mis dedos, que empieza a deformar el trabajo, ni señal de anillo de luz... Y sin embargo, yo debiera obtener algo, porque mi espíritu no es como el de la muchedumbre: yo soy singular. Mi resolución, mi vida, no se parecen a las de las mujeres que no padecen ansias de belleza suprema.

Acaso esto que pienso sea tentación contra la humildad... ¡Pero si es cierto! ¿La verdad te ofende? ¿He de tenerme por cualquiera? ¿Ignoro lo que soy? ¿Me confundiré con la gente que no pasa del sentido, que no entiende ni pregunta la hermosura inefable?

De seguro que la Alejandrina elegante, mi patrona, no se creía igual a Gnetes. Comprendía de sobra la excelsitud de su propio ánimo. Y la diste el anillo. ¿Qué debo hacer? Todo me será fácil, menos creer lo que no creo. ¿Qué me pides? Toma mi juventud; ya te he ofrendado mi vanidad de mujer; aféame más, si me embellezco para ti... Toma mi existencia, corta o larga, día por día... ¿No es eso lo que deseas?

Quiero recorrer todas las etapas, andar el camino hasta el fin, gemir, llorar, clamar, velar de noche, ayunar de día. Quiero el fuego, el desfallecimiento, el deseo de morir, el vuelo espiritual, el transporte; quiero tu dardo, tu cuchillo... Y se me figura que jamás los obtendré. Me siento sola, abandonada en este florido desierto, entre aromas de miel intensa, que marean, que llenan de nostalgia y de dolor íntimo. Y, sin embargo, han existido otras mujeres que se unieron a ti, que te tuvieron consigo, a quienes dijiste: «Tú eres yo y yo soy tú...». Otras que en ti habitaron, a quienes tendiste la mano, en ceremonia de desposorios; que en ti bebieron la vida; que en ti fueron deiformes. ¡Y, por muchos que hayan sido mis yerros, no creo que más hondamente pudiesen sentirte y llamarte de lo que te llamo!

Esto cavilaba, en una hora de desolación, cuando, próximo ya a ponerse el sol, las abejas se habían recogido a sus colmenas, y, apaciguado el inquieto devaneo de su libar y revolar, el campo yacía en una calma misteriosa, triste. En el convento tocaron a oración. Al extinguirse las campanadas, me volví con sobresalto. Acababan de ponerme la mano en el hombro.

-¿Ah? ¿Eres tú, Torcuata?

-Sí, ñora... ¿No sabe? Un fraile sa muerto.

-¿Cuándo? -pregunté maquinalmente.

-Ta mañana. He ío a verlo muerto en la igresa, ¿no sabe? Estaba negro, negro too.

-¿Negro? ¿Por qué?

-Porque era guiruela, diz que dice, la enfermedá. Guiruela mala. ¡Muy mala!

Nos recogemos a casa. Torcuata está estremecida. Ha visto de cerca, sin comprenderlo, el misterio de la muerte; y su pubertad se ha estremecido, con vago escalofrío de horror. Ni ella misma lo sabe. Las dos moras negrazas de sus pupilas conservan, no obstante, la empañadura inexplicable de la visión fúnebre.

Al medio día siguiente, la chica sufre un desvanecimiento.

-Cosas de la edá. Aluego va a ser mocita -murmura la ciega, estrujando con sus dedos nudosos panales sobre un perol, a fin de que suelten la melaza y reducirlos a pasta derretible.

Una punzada, un presentimiento... ¿Y si fuese así? ¡Bah! ¡Qué me importa!

Dos días después, Torcuata salta de calentura. La acostamos. Me instalo a su cabecera. Despacho un propio a la ciudad para traer médicos, medicinas. No dudo: es la viruela, y en este organismo joven, jamás vacunado, viene con una fuerza y una malicia... De mano armada, dispuesta a vendimiar.

Se queja la niña de fuerte dolor en los lomos. Ha sufrido una breve convulsión.

A ratos, delira. La doy de beber limonadas, agua mineral, refrescos. El médico no decide aún. Mientras no brote la erupción... Así que brote, él y yo sabremos lo mismo.

En los momentos lúcidos, la muchacha me habla, hasta me sonríe, con esfuerzo, murmurando:

-Ñora...

Alargando una mano ardorosa, endurecida, coge la mía, la estrecha.

-Ñora... No se vaya... La agüela no ve... No pué estar al cuido mío.

La ciega, acurrucada en un rincón, gime, barbota rezos, y repite a intervalos:

-¡Lo que Dios nos invía! ¡Ahora la Torcuata tan malita! ¡Lo que invía Dios!

-No me voy, chiquilla. Aquí estoy, contigo...

-¡Si está ahí, ñora, pa mí está la Virgen el Calmen!

No sé cómo dijo esto la inocente. Sé que sentí algo, un calor, un golpe, en las mismas entrañas. ¿Sería el cuchillo de la piedad que, ¡por fin!, se hincaba en ellas...?

Ha vuelto el médico. Cesó la incertidumbre. Los puntos rojizos se han señalado. El cuerpo de la enferma tiene el olor característico a pan recién salido del horno. Se presenta la sangre por las narices.

-Viruela, y de la peor... Confluente... Señora, tengo el deber de advertir a usted que el mal es extraordinariamente contagioso, sobre todo en el período que se aproxima...

-Gracias, doctor. No me moveré de aquí. Venga usted diariamente... Abono los gastos de coche y demás. No soy opulenta, soy casi una pobre; pero deseo que nada le falte a Torcuata.

La ciega, alzando las manos, insistía:

-Santa es, santa es.

La hórrida erupción brotó con furia. La cara fue presto la de un monstruo. Las moras de las pupilas, de un negro violeta tan intenso, tan fresco, desaparecieron tras del párpado abollonado. La niña no veía.

-Otra cieguecita como la agüela... -suspiró-. Ñora Lina ¿está ahí? Ñora, ¿me moriré como el fraile?

Nuevamente percibí la herida en lo secreto del ánima; y más viva, más cortante, más divinamente dolorosa. La piedad al fin; la piedad humana, el reconocimiento de que alguien existe para mí, de que el dolor ajeno es el dolor mío. Un impulso irresistible, ardiente, sin freno de ternura infinita, de amor, de amor sin límites... Sobre la faz de la niña, de la paleta alcornoqueña, gotea la miel de mi caridad, envuelta, desleída en llanto. Y mis Labios, besando aquel espantoso rostro, tartamudean:

-No, hija mía, no te mueres. ¡No te mueres, porque te quiero yo mucho!

Por la ventana abierta, entran el aire y la fragancia de la tierra floreciente, amorosa. Cierro los ojos. Dentro de mí, todo se ilumina. Alrededor, un murmurio musical se alza del suelo abrasado con el calor diurno; mi cabeza resuena, mi corazón vibra; el deliquio se apodera de mí. No sé dónde me hallo; un mar de olas doradas me envuelve; un fuego que no destruye me penetra; mi corazón se disuelve, se liquida; me quedo, un largo incalculable instante, privada de sentido, en transporte tan suave, que creo derretirme como cera blanda... ¡El Dueño, al fin, que llega, que me rodea, que se desposa conmigo en esta hora suprema, divina, del anochecer...!

Entrecortadas, mis palabras son una serie de suspiros. Mi boca, entreabierta, aspira la ventura del éxtasis. Imploro, ruego, entre el enajenamiento del bien inesperado, fulminante.

-No me dejes, no me dejes nunca... Siempre tuya, siempre mío... Quítame lo que quieras, haz de mí lo que te plazca, venga cuanto dispongas, redúceme a la nada, que yo sea oprobio, que yo sea burla, que me envilezca, que me infame. Venga ignominia, fealdad horrible, dolor, enfermedad, ceguera; venga lo que sea, hiéreme, hazme pedazos... Pero no te apartes, quédate, acompáñame, porque ya no podría vivir sin ti, sin ti, sin ti...

Y, palpitando en mis labios, la queja deliciosa repite, sin pronunciarlo, sin rasgar el aire:

-Dulce Dueño...



- V -

En este asilo, donde me recluyeron, escribo estos apuntes, que nadie verá, y sólo yo repaso, por gusto de convencerme de que estoy cuerda, sana de alma y de cuerpo, y que, por la voluntad de quien puede, soy lo que nunca había sido: feliz.

Mi felicidad tiene, para los que miran lo exterior (lo que no es), el aspecto de completa desventura.

En lo mejor de mis años, me encuentro encerrada, llevando la monótona vida del establecimiento; sometida a la voluntad ajena, sin recursos, sin distracciones, sin ver más que médicos, enfermeros y dolientes... En comparación con mi suerte actual, el convento en que antaño pretendieron que ingresase, sería un paraíso.

Y yo soy feliz. Estoy donde Él quiere que esté. Aquí me visita, me acompaña, y la paz del espíritu, en la conformidad con su mandato, es mi premio. Aún hay regalos doblemente sabrosos, horas en que se estrecha nuestra unión, momentos en que, allá en lo arcano, se me muestra y comunica. ¿Qué más puedo pedir? Todo lo acepto... todo lo amo, en Él y por Él. Amo estas paredes lisas, que ningún objeto de arte adorna; este mobiliario sin carácter, como de hospital o sanatorio; estos árboles sin frondosidad, este jardín sin rosas, este dormitorio exiguo, esta gente que no sospecha lo que me sirve de consuelo, y se admira de la expresión animada y risueña de mi cara, y me llama -lo he averiguado- «la contenta...». Y, mientras mis dedos se entretienen en una labor de gancho, mi alma está tan lejos, tan lejos... ¡Por mejor decir, mi alma está tan honda...! Recatadamente, converso con él, le escucho, y su acento es como un gorjeo de pájaro, en un bosque sombrío y dorado por el sol poniente... Otras veces, le aguardo con impaciencia de novia, deseosa de oír crujir la arena bajo un paso resuelto, juvenil... y le pido que no tarde, que no me haga languidecer. Y languidezco, y a veces, un desvanecimiento, un arrobo, me sorprenden en medio de la ansiosa espera.

Farnesio ha venido a visitarme, en un estado de alteración y angustia, que da lástima.

-¿Lo ves? -repite-. ¿Lo ves? Si tenía que suceder... ¡Si ya lo decía yo! ¡Si te lo había anunciado! Es horroroso... ¡Y no poder, no lograr evitar estas cosas!

-Pero ¿qué es lo que usted quería evitar?

-¡Y me lo preguntas! Voy temiendo que sea cierto que se haya trastornado tu razón. ¿Qué es lo que quería evitar? Que te trajesen a la casa de locos. ¡Qué infamia! ¡A la casa de locos!

-Me encuentro perfectamente en ella.

-¡Válgame Dios, niña! No puede ser; y aun cuando así fuese, ¿voy yo a consentirlo? ¿Voy a permitir que el malvado de tu tío te encierre aquí, por toda la vida acaso?

-Según eso, ¿fue mi tío? ¡Bah! Le perdono.

-¿Perdonar? Como no salgas pronto de aquí, ha de saber quién es Genaro Farnesio. ¡Gitano inmundo! Estaba yo con él en negociaciones para transigir, y rescatar, por lo menos, la mitad de tu fortuna, porque no te figures que él tenía el pleito fácil, ni que nos arrollaría tan sencillamente, cuando se le ha ocurrido otra combinación más sustanciosa: declararte demente y administrar legalmente tus bienes, mientras llega el instante de heredarlos o él o su prole. ¡Nos veremos las caras! ¿Loca tú? Esto clama al cielo. Tengo yo mis amigos en la prensa; tengo mis valedores; conozco políticos. Vamos a armar un escandalazo.

-Don Genaro querido, no haga usted tal. Mire usted que no hay cosa más verosímil que esto de mi locura. Si usted no me quisiese tanto, haría coro, diciendo que estoy...

Me toqué la frente con el dedo.

-¡Disparates! Cosas que tú lanzas en broma... Mira, mira cómo no se puede soltar prenda... ¡Es increíble! ¡Qué red, qué maraña, qué serie de emboscadas, qué negra conjuración contra ti, pobrecilla, que a nadie hiciste daño!

-Se equivoca usted. Daño, lo hice. Bien me pesa. ¿Qué menor castigo he de sufrir por lo que dañé?

-Vaya un daño el que tú harías... Y todos contra ti, confabulados... ¿Querrás creer? Hasta el mentecato de Polilla declara que has cometido ciertos actos de extravagancia impropios de una señorita formal... Carranza es el peor. Ese te declara loca peligrosa, maligna. Te cree capaz hasta de crímenes. Dice que haces el mal por el mal. Se ve que te odia. ¡Qué desengaños se sufren en el mundo! ¡Carranza! Yo creo que ha mediado...

Hizo, frotando el pulgar y el índice, ese ademán expresivo que indica dinero.

-No lo suponga usted. Carranca no es capaz de eso. Me tiene una prevención... sobrado justa.

-¡Bueno! Tu tío le habrá sobornado. ¡Sí, que se para en barras él! Hay detalles atroces. Tú no sabes de la misa la media. Hay una declaración de una mujer de mala vida y de un boticario...

-Ya sé. La que me pisoteó, a ruegos míos. ¿Cómo han logrado averiguar...?

-Por lo visto, te espiaban. Te seguían los pasos. Esa noche fatal, tú entraste en la botica a que te pusiesen tafetanes, o no sé qué. Dijiste que te habías caído. Luego te subiste a un coche, diste las señas de tu casa. El boticario las oyó. Todo se ha descubierto. ¡Qué idea! ¡Qué chiquillada...!

Bajando la voz:

-También ha declarado el barquero que os paseaba a ti y a Almonte por el lago... Dice...

-Cuanto diga, es cierto.

-¡Bigardo! ¿Y la bribona de Eladia... lo creerás? Esa sí que me consta que tomó cuartos... La he despedido, y si no me contengo, la harto de mojicones. Es que me han sacado de mis casillas. La muy bruja, que si tiraste y rompiste un magnífico reloj a propósito, que si la tratabas mal, que si esto, que si lo otro... Que toda la noche duraba en tu cuarto la luz encendida, que el baño era todo de esencias...

-Semejantes niñerías, Farnesio, no merecen que usted se enoje, ni que maltrate a nadie. Créame. Déjelos tranquilos. Allá mi tío... Peor para él.

-¡Y los médicos! ¡Deliciosos! En cuanto se pronunció la palabra «locura» les faltó tiempo para asegurar que ya lo habían ellos notado, y se lo callaban por prudencia. Así, así, como lo oyes. La neurastenia aquí, la vesania allá. Sabe Dios de qué medios se ha valido el gitano...

-De ninguno. Los médicos están de buena fe. De la mejor fe. Son personas dignas, respetables. Yo comprendo su error, que, dentro de su concepto científico, no es error probablemente.

-Ahora, ¿sabes con lo que salen? Conque tus monomanías adquirieron últimamente forma religiosa, mística. Que te fuiste vestida como el pueblo, en tercera, a practicar penitencia en un convento de Carmelitas, en el desierto. Que viviste de hacer miel, y que adoptaste a una chiquilla paleta, muy fea, y otras mil rarezas, no atribuibles sino al extravío de tu mente. Ya comprenderás que se refieren a la Torcuata... En fin, que han conseguido tejerte una malla espesa... Pero la desbarataré. No temas; la desbarato.

-Por su vida, estese quieto, don Genaro, no desbarate cosa ninguna. Hay que dejar nuestra suerte en manos del que la conoce. Él, y sólo Él...

-¡Ea, que no! -gritó impetuosamente, abrazándome-. No es Dios quien te ha metido aquí: son las bribonadas de los hombres. Y no lo aguanto. Tú fía en mí, y muéstrate tranquila, y hazlo todo a derechas... Se me parte el alma de verte aquí. ¡No sabes lo que Farnesio te quiere!

-Lo sé... -exclamo, con acento significativo-. Lo que no hace falta es compadecerme. Soy aquí dichosa.

Ahogado de emoción, el viejo callaba, acariciándome.

-¿Y Torcuata? -pregunto.

-Llévesela el diablo... Por tus bondades con ella... Está hecha un trinquete. Eso sí, con mil hoyos en la cara. Quiere verte. La traeré.

-No las desampare usted, ni a ella ni a la ciega. Mire usted que se lo encargo mucho.

-Ya lo creo que las he de amparar, aunque sólo fuese porque son las únicas que hablan de ti con entusiasmo.

-¿De veras?

-¡Vaya! Como que afirman que eres santa, santa, de ponerte en los altares...

-Pues lo que ellas dicen y lo que dicen los otros... tal vez es igual. La declaración de mi santidad, para el caso, no crea usted que no sería lo propio que la de mi locura... Si quiere usted sacarme de aquí, Farnesio, no me santifique.

-Veo que no has perdido el buen humor...

Cuando se retiró, decidido a rescatar a la princesa del poder de malignos encantadores, suspiré. ¡Ojalá no lo consiga! Mejor me encontraba en el puerto, sin luchas, sin huracanes. ¿Logrará el que me trajo al mundo material, llevarme otra vez al mundo del peligro y de las tentaciones?

¡Estaba tan bien a solas contigo, Dulce Dueño! Hágase en mí tu voluntad...



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