El árbol de mamá

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Este texto ha sido incluido en la colección Textos póstumos de Felisberto Hernández
Compilado de relatos, no agrupados en libros, revisados por la Fundación Felisberto Hernández en colaboración con Creative Commons Uruguay
El árbol de mamá

El árbol de mamá
de Felisberto Hernández


En una noche sin ruidos una mujer joven estaba sentada, a oscuras, en medio de su habitación; tenía el busto erguido y la mitad de la cara tapada por un mechón de pelo negro. Cuando la criada pasó cerca de ella y se dirigió a la ventana, la mujer sentada se puso de pie y movió la parte superior de su cuerpo, muy flexible, como si hubiera sido sacudida por el viento. Al caminar –las caderas y las piernas eran muy pesadas– hacía pensar en una planta que anduviera con su maceta. Se acercó a la ventana, puso un codo en el hombro de la criada y escondió la mano bajo el mechón. Las dos mujeres miraban, desde un primer piso, un pedazo de vereda manchada por sombras de árboles.

–¿Los oíste roncar?

–¡Sí, niña!

La mano que había quedado bajo el mechón sentía en el dorso el roce del pelo; los dedos acariciaban la mejilla; y el codo recibía el calor del cuello de la criada.

–Están un poco enojados con usted por lo del señorito Raúl...

–Como me hables otra vez de eso te prometo una cachetada.

Sacó el brazo de encima de la criada y fue hasta una mesita; puso una mano abierta sobre un libro de matemáticas, forrado por el padre con una tela de hule y se entretuvo en ir despegando, lentamente, los dedos del barniz.

–¿Qué horas serán? Ese otro idiota ya tenía tiempo de estar aquí.

Se dirigió hacia la mesa de luz; allí había un termo con café con leche; y al lado una mamadera. Los tocó, por hacer algo, y después dejó caer el cuerpo en la cama, haciendo cimbrar el elástico y empezó a pensar en su compromiso con Raúl Romero. Un día, su padre, agitado por la escalera, con su cuerpo chiquito y el corazón agrandado por la enfermedad, le dijo: “Te conseguí un discípulo”. Hacía mucho tiempo, ella había tenido una pasión fuerte por un muchacho que sabía matemáticas y empezó a estudiar con él. Algunos meses después, la madre anduvo de acá para allá, con su cuerpo inmenso, y supo que Eva –su nombre era Evangelina, pero la llamaban Eva– no pasaba las noches de los viernes “en casa de una amiga paralítica”. Entonces la separaron del matemático; pero ella siguió con los números y su padre estaba orgulloso. Después de algunas clases a Raúl Romero le dijeron que él la pretendía; y hacía dos días él, personalmente, le había propuesto casamiento. Ella tenía esperanza de una libertad muy grande que le llegaría un día sin saber de dónde; pero al lado de Raúl Romero su vida sería mezquina. Además, viendo a la madre contenta, Eva empezó a tener ataques de rabia. Ahora se levantó de la cama y sus piernas la llevaban de un lado para otro, tropezando con todo. De pronto la criada, con una mano en la boca, como para atajar una mala palabra, le dijo: “Ahí está”.

Las dos mujeres miraban al recién llegado en el momento en que él, para ver si venía alguien, se asomó por detrás de un árbol; pero el tronco en que se apoyaba no era el de la ventana de su prima, sino el que estaba bajo el balcón de la madre. Eva hizo una mueca de payaso y se clavó las uñas en la cabeza.

–Este cretino se va a subir al árbol de mamá...

–¡Espérese, niña...!

–Pero ¿no ves cómo lo abraza?

–No, niña; ahora viene para el suyo.

–¡Ah! Lo hace por gusto; ya otra vez le dije... pero te juro que me las pagará.

El joven era alto, traía un violín –venía de tocar en un cine–, y puso la caja en donde se bifurcaban las primeras ramas.

–Ya le dije que cambiara el estuche por otro que tuviera curvas; ese parece un cajoncito de muerto...

El muchacho, después de subir hasta las primeras ramas se puso la manija de la caja en la boca y empezó a trepar en dirección al balcón de su prima. Ellas lo veían moverse en cuatro pies como un animal con la presa en la boca.

–¡Ah! ¡Qué sentirán los hombres cuando están con una!...

–Yo no sé, niña; no les debo gustar...

–¡Sos tan flaca!

A medida que el joven avanzaba las ramas se doblaban más; pero él sabía balancearse hasta alcanzar el borde del balcón.

–Abre la ventana y tómale tú el violín.

En el instante en que la criada se lo sacó de la boca, él con voz de afónico, le preguntó:

–¿Y Eva?

–Está un poco enojada porque usted, antes de subir, tocó el árbol de la señora.

–¡Oh! ¡Cómo me iba a confundir!

Cuando él entró, su prima buscaba una estación de onda corta; sin sacar el cigarrillo de los labios ella le ofreció la mejilla. Y cuando él, con su brazo largo, le enlazó el talle; ella le tomó la manga del saco con dos dedos, como si se tratara de un trapo sucio y la separó de su cuerpo.

–Y ahora, ¿qué te pasa?

–Hoy estoy muy mal y no me extrañaría que tuviera que mandarte al árbol. Hacemos una vida muy poco espiritual...

Él se sentó en la cama, desanimado; y ella dijo:

–Levántate de ahí que me arrugas la colcha.

Él se puso de pie, y al verse obedeciendo tan rápidamente tuvo vergüenza de sí mismo y se le ocurrió –una vez más– romper aquella situación. Su prima le daba la espalda, rabiaba por los silbidos de la radio y golpeaba el piso con el pie; era pequeño y soportaba con elegancia la masa de las piernas. El joven las veía temblar a cada golpe de pie y pensaba: “Si le hago un desplante y me voy, a ella no le importará nada y yo desaprovecharé las pocas oportunidades que todavía me quedan”.

Ella encontró una onda que trasmitía un trozo de ópera.

–Raúl Romero quiere que me case con él, cuanto antes...

Al mismo tiempo miró a su primo. Él se quedó impasible. Ella tuvo la impresión de haber arrojado una piedra a un estanque sin verla ni oírla caer en el agua. Al rato, con voz atragantada, como las burbujas de ranas que aparecen en un lugar inesperado, él dijo:

–Para Romero, tú ya eres una cosa de él; y habla de ti como si te hiciera un favor.

Ella quiso disimular la rabia que le corría por el cuerpo, le dio más fuerza a la radio y aparentaba oírla; pero al mismo tiempo llevaba el compás con el pie y tarareaba una canción que no tenía nada que ver con la ópera. Después a él se le ocurrió decir:

–Debías casarte conmigo.

–Ni en broma debías echarme semejante maldición. ¡Casarme con un pobre violinista de cine! ¡Y más celoso que Otello!

Él se levantó bruscamente, tomó el violín y se dirigía hacia la ventana; pero se detuvo al oír la voz de ella:

–Mándate mudar, si quieres; pero no te perdonaré, ni en el instante de la muerte, que me hayas hecho esperarte hasta más de la una para hacerme esta parada.

Él miraba hacia afuera; no sabía cómo justificar el deseo de quedarse; y al fin, en actitud de ceder, dijo:

–¡Merezco que me cuelguen de un árbol!

Vení para acá –dijo ella, levantando los brazos. Él se acercó, lentamente, y la iba a abrazar.

–No, vamos a bailar.

–¿Cómo? ¿Con música de ópera?

–Haremos movimientos lentos, como en los bailes clásicos...

Se movían balanceándose, y casi sin salirse del mismo sitio; pero de una manera tan torpe como si hubieran obligado a un oso a bailar con una jirafa. En un instante en que él arqueó todo su cuerpo para poder besarla, ella se desprendió de sus brazos y fue hacia la mesa de luz; allí preparó su mamadera –llenándola con el contenido del termo– y echándose en la cama se preparó para tomarla. Él, sin movimientos bruscos, se fue recostando al lado de su prima; ella le dio la espalda, puso la mamadera en la almohada y empezó a chuparla, lentamente, entornando los ojos. Al mismo tiempo, con el índice y el pulgar pellizcaba una frazada de lana y le arrancaba la pelusa. Él quiso abrazarla: pero ella, desprendiendo ruidosamente la boca de la mamadera, le dijo:

–Si no te quedas quieto, te juro que te mandaré al árbol.

Él la dejó, apoyó toda la espalda en la cama, estiró las piernas y soltó el aire de los pulmones como si se hubiera pinchado un neumático. Tenía pereza de enojarse y de reunir todas las ideas honorables que tendría repartidas por el alma. Además, su prima ya no le inspiraba deseos de estimarse a sí mismo ni de mostrarle, a ella, ninguna dignidad. Eva no reaccionaría, tampoco, como las otras: si él se fuera, ella no sentiría deseos de retenerlo, haría subir a otro al árbol, y nada más. Sin embargo, al principio, cuando pensaba en el cuerpo de ella, y a pesar de conocer la manera de ser de su prima, él imaginó que aquel cuerpo guardaría otro espíritu u otra manera de la intimidad: cierta fineza en la ternura y más seguridad en la pasión. Ahora se daba cuenta que, desde el principio, ella se había portado como ahora. Pero él se había empecinado en soñarla en otra forma y en que ella se pareciera a su sueño. Las cosas habían empezado en una siesta del verano. Cuando él llegó a su casa, ella estaba sola, en el escritorio; lo recibió con pereza que justificara un beso más largo que de costumbre. Después le había dicho:

–Siéntate en aquel sillón y no me hables hasta que termine esta operación.

Fue hasta el escritorio, se sentó con el kimono abierto y como si ignorara que desde aquel sillón, su primo le vería las piernas desnudas. Él encendió un cigarrillo; con el pretexto del humo entornó los ojos y empezó a revolotear la mirada por el aire, esperando la oportunidad de llevarla debajo del escritorio. Ella se puso la mano ante los ojos, como para concentrarse, y él aprovechó el instante. Pero de pronto se abrió la puerta y apareció el padre; ella se puso de pie, arreglándose el kimono y dijo:

–Hoy no me van a dejar hacer este cálculo.

Mientras el padre saludaba al sobrino, ella sacó unos papeles de una carpeta y se los alargó al padre, para que se fuera más pronto.

–Sí, ya me voy –dijo él, tomando los papeles.

Al salir cerró la puerta con cuidado y los dos primos llevaron al mismo tiempo la mirada al pestillo. Después ella fue hacia la biblioteca y él le advirtió:

–Tienes los zapatos desatados y te vas a caer.

Ella, haciéndole señas con una mano para que se callara tomó el libro; hojeándolo fue hasta donde estaba su primo, levantó un pie y puso el zapato en el asiento de él. Él no comprendió y ella tuvo que decirle: “Átame los zapatos”. Por la abertura del kimono había aparecido una rodilla grande y redonda como una cara sin ojos y sin boca que se hubiera asomado entre cortinas. Él la había mirado un instante; aunque ataba los cordones con los ojos bajos, la tenía presente con una precisión angustiosa. Su prima tenía los ojos en el libro; a él le venían varias ideas y no sabía a cuál atender. Miraba el pie regordete de su prima –tendría que apoyar el nudo en la lengua del zapato: era angosto y no cerraba bien–, y entonces pensó: “Esto puede ser una provocación; pero si realmente está distraída y lo hace pensando en la confianza... sin embargo podría darle un beso en la rodilla... el nudo está terminado y debo decidirme”. Afortunadamente vio el otro zapato, también desabrochado. Calcularía mejor mientras hacía el otro nudo. Al terminar éste, él levantó los ojos hacia ella y con su voz atragantada le dijo: “El otro”. Ella dejó pasar unos instantes; después sacó los ojos del libro, miró el zapato, y le contestó:

–Un poco más apretado el nudo, querido... discúlpame...

Y volvió al libro. Entonces él empezó a decirle: “¡Te voy a lastimar la...”. Iba a decir “la carne”; esta palabra le pareció mal y anduvo buscando otra. “No importa”, dijo ella, con sílabas lentas y poco aliento. Él volvió a hacer el nudo con la satisfacción de pensar que todavía le quedaba el otro zapato. Ella sintió sobre la rodilla el aliento de él y la movió hacia los lados como si pasara un manjar humeante bajo las narices de un hambriento. Él, casi sin pensar, detuvo el movimiento de la rodilla apoyando, como al descuido, la mejilla. Quedaron trabados unos instantes con el silencio expectante de dos boxeadores en clinch, y él despegó lentamente la mejilla para decirle: “El otro”.

–¿Qué? –preguntó ella.

–El otro pie.

–¡Ah!

Cambió el pie sin sacar la mirada del libro y sin preocuparse de la abertura del kimono. Él pensó en terminar cuanto antes. Pero la otra rodilla recibía un reflejo de luz sobre la piel nacarada y volvió a pensar en darle un beso. Entonces se le ocurrió que eso no sería muy grave; volvió a aceptar las ideas de la provocación: “Cuando ella estaba en el escritorio debía saber que tenía el kimono abierto. La prueba estaba en que se lo cerró apenas oyó que alguien abría la puerta. Además, aquella manera de esperar que el padre se fuera, no era de la persona que sólo desea volver a su trabajo: ella dejó demasiado tiempo los ojos en el pestillo de la puerta; tal vez estaría pensando en cómo lo provocaría. ¿Y todo esto del zapato, ahora?”. Primero suavemente y después aumentando la presión, hundió sus labios en la rodilla y esperó los acontecimientos. Pasaron algunos instantes sin novedad. Tal vez ella esperara, sin darle importancia, a que él terminara con su locura. Pero sintió entre su pelo los dedos de ella, apretándolo contra la rodilla y él la llenó de besos. Ella perdió el equilibrio, por un instante; después se dejó caer pesadamente encima de él y lo besó en la boca pellizcándole las mejillas con los dedos, como se hace con los niños. Era una manera artificial que se le ocurría a una persona de mucha práctica y que desea mostrar una manera original. A los pocos instantes ella corrió sus labios por la mejilla de él con la suavidad de un avión que despega, y le preguntó:

–¿Hace mucho que me quieres?

–¡Uf! –hizo él, como si debiera expresar: “Realmente hacía mucho calor”.

De pronto ella se puso de pie y le habló con una rapidez que él no le conocía:

–Mamita se está levantando de la siesta. Es absolutamente necesario que no desconfíe. Yo me voy a mi pieza; pensaré cómo haremos para vernos y te escribiré. No te quedes mucho rato.

Volvió a tomarle las mejillas con la punta de los dedos para besarlo en los labios. Mientras ella se iba, los ojos de él seguían los pasos difíciles de aquellas piernas pesadas; por último se quedó con los movi- mientos de la puerta y el pestillo, que su prima hacía girar del lado de afuera. Era una gran comodidad que Eva se encargara de organizar los encuentros; desde ya él los esperaba como si ella le hubiera ofrecido un budín sin decirle cómo sería el relleno. En cambio le parecía incómodo tener que conversar con su tía: prefirió salir a la calle y repasar, en un paseo solitario, los detalles de su dicha. Caminó hasta el oscurecer y después entró, con los ojos entornados, en calles iluminadas; pasaban a su lado mujeres elegantes y él pensaba vagamente que ellas también podrían dispensar placeres. Y esa noche, en el cine, inclinaba la cabeza sobre su violín atolondrado por los sonidos y los recuerdos. Antes de recibir la carta de Eva, él trató de verla en la iglesia; ella iba con su madre los domingos y se sentaban en los últimos bancos. Él las miraba desde alguna distancia, protegido por un confesionario. Eva tenía un paño oscuro en la cabeza y los párpados bajos. No la podía ver bien; le molestaba el gran volumen de la madre. Las rodillas de Eva parecían dos hermanitas juntas: también tenían los párpados bajos y estaban cubiertas por el borde de la pollera oscura. Él alcanzó a su prima y a su tía apenas terminada la misa. Y mientras la madre llevaba todo su cuerpo hacia la pila del agua bendita, Eva dijo a su primo:

–Si serás cretino, vienes a buscarnos aquí para que mamita se dé cuenta.

–No recibí tu carta.

–La puse ayer, desgraciado.

–Si me sigues hablando así no te veré nunca más.

Cuando vino la tía y salieron a la luz del día, Eva dijo, en broma, a su madre:

–¿Qué me dices de éste? El diablo en misa. ¿A qué habrá venido? Con nosotras estás cumplido...

–No vino la persona que esperaba; tal vez llegue para la otra misa –dijo él tratando de seguir la sugerencia de Eva. Y en seguida se despidió y entró de nuevo a la iglesia. Al día siguiente recibió la carta de su prima; tuvo una gran desilusión; pero al mismo tiempo sentía como una necesidad de leerla a cada momento, de comentarla y de angustiarse:

“Amor del alma...”. Él pensó que esas palabras, lo mismo que besar pellizcando las mejillas, era el deseo de mostrar una manera original, escogida entre muchas y en largos años de práctica. “Después de pensar mucho en ti he encontrado la manera de reunirnos. Debes venir después del cine y subir por el árbol que da a mi ventana; pero ¡por el amor de Dios!, no vayas a trepar por el árbol de mamita...”. Ella no debía haber pensado mucho, esta vez: él no habría sido el primero en subir al árbol. (Él no sabía nada de la vida de su prima; las familias estaban separadas desde muchos años atrás y hacía poco tiempo que él había resuelto olvidar rencores y visitar al hermano de su madre. –Su tía política había dicho que su marido y su cuñada eran unos pobres inocentes sin carácter.) “Te espero el martes después de la una. Fíjate bien en mi árbol y espera a que no haya gente en la calle. Te besa muchas veces, Eva”. Y después volvía a leer “Amor de mi alma” y volvía a pensar: no creo que deba ser muy del alma, ese amor. Pero en la noche recibía con gusto el recuerdo de las rodillas de su prima, con aquellos reflejos, que le hacían pensar en las bolas de cristal de los adivinos que leen destinos, y resolvía entregarse a la aventura sin esperar el amor de ella. Sin embargo, la primera noche que subió al árbol (tuvo miedo de caerse pero se reconfortaba pensando que otros no se habrían caído), su prima había estado muy amorosa y él volvió a tener la ilusión de amor.

Ahora no esperaba nada de ella. Eva había terminado de tomar la mamadera y cuando él la fue a abrazar, ella le dijo:

–Bien podías darte cuenta que tengo café con leche en el estómago.

Después se habían reconciliado y por último se durmieron. Eva se despertó la primera y sacudió desesperadamente a su primo:

–Mira toda la luz que hay. Ándate antes que pase gente por la calle.

Él, asustado, se tiró de la cama y fue descalzo a la ventana. Miró hacia la calle y vio, debajo del árbol, el techo negro de un carro de verdulero rodeado de mujeres y legumbres de todos colores. Aquella animación correspondía a las ocho de la mañana. Eva se acercó a él, en pantuflas y dijo:

–Ándate, de cualquier manera.

–Pero ¿cómo me voy a bajar, con el violín, entre tanta gente?

–No me importa lo que digan. Mamita no habla con ningún vecino.

Pero dándose cuenta de la situación pensó otra cosa.

–Podrías irte por la escalera. Vístete rápido, imbécil. No –agregó en seguida–, mamita está en el patio dándoles de comer a los pájaros. ¡Ah! ¡Dios mío! Ahora vendrá Amanda (otra de las sirvientas) con el desayuno. Métete debajo de mi cama.

Él tomó su ropa y obedeció.

–¡Dejaste el violín afuera! Quédate ahí, yo lo esconderé en mi ropero.

Después se metió de nuevo en la cama y siguió diciendo:

–Cuando vengan a acomodar el cuarto diré que quiero estar sola, que estoy enferma y que por hoy dejen la pieza como está.

Él escuchaba, debajo de la cama, y con la ropa arrollada y apretada al cuerpo. Pero el frío o el polvo del piso lo hizo estornudar.

–Por favor, tápate esas narices... Y ahora cuando venga Amanda, entrará Lulú. (La perrita.)

Él se empezó a poner los pantalones. Apenas entró la sirvienta Eva le gritó:

–Que no pase Lulú; hoy no me siento bien y no quiero fiestas...

–Déjala, pobrecita –dijo en ese instante la madre, que venía detrás de Amanda. Su cuerpo, como una nube de tormenta oscureció el cuarto por un momento. Lulú pasó por entre los pies de Amanda, fue hacia la cama, ladrando, y Eva se apresuró a tomarla en brazos.

–¿Qué tienes? –le preguntó la señora.

Eva, como de costumbre, esperaría que se lo repitiera varias veces. Entonces se dirigió a Amanda:

–Toma a Lulú; enciérrala en el escritorio.

Aunque la cama era baja y no lo verían, el violinista se alejó del lado que daba a la puerta. Vio llegar los pies de Amanda y por un instante le pareció raro que aquellos pies no lo descubrieran y que fueran una parte de Amanda sólo utilizable para caminar: temía algo así como si tuvieran intuición. Mientras las manos de la criada maniobraban con el desayuno y con la perra, los pies cambiaban de posición como periscopios que insistieran sobre algún lugar del horizonte. Y cuando se fueron, el violinista tuvo una sonrisa y un pensamiento con estas palabras: “Los pies no tienen intuición”. Pero en seguida volvió a quedarse serio: veía venir los pies de la señora; los tobillos parecían atragantados y se movían como focas sobre las piedras.

–¿Me vas a decir lo que tienes?

–Estoy cansada... estos días he trabajado mucho; quiero estar en la cama y que no me molesten...

–Te habrás olvidado que anoche te atracaste de caracoles en gran- de, no comes como una mujer, pareces un animal...

–No debías tocar ese tema, mamita... Ciérrame la puerta, ¿quieres?

Los pies de la madre, como animales ciegos, ya cerca de la muerte, y moviéndose con dificultad, empezaron a irse.

Los dos primos pasaron un día silenciosos –debían estar atentos a los pasos que andaban por la casa– y tenían hambre; se habían repartido lo poco que le mandaban a Eva, ya que la suponían indigestada de caracoles. A cada instante, los pasos de las sirvientas o los ladridos de la perra obligaban al violinista a meterse debajo de la cama; los cambios de temperatura –el calor de la cama y el frío del piso– lo resfriaron. Sólo a la siesta decidieron trancar la puerta, estar juntos y reposar dos horas. A las nueve de la noche, después de la cena, vino el padre de Eva y hubo una escena, con Lulú, tan peligrosa como en la mañana. Después vino la madre con la costura, dispuesta a acompañar un rato a la hija; al padre se le ocurrió lo mismo y fue a buscar el diario. Lulú entró de nuevo y la señora estaba conmovida ante la desesperación de la perra; Eva la tomaba, para no dejarla pasar por debajo de la cama, como un futbolista que defiende la valla. El primo no podía estornudar ni sonarse las narices y respiraba con la boca abierta. Eva, después de haber atajado la perra llamaba furiosa a Amanda para que se la llevara; la madre también se enojaba por la crueldad de su hija; entre las palabras fuertes de las dos mujeres y los ladridos de la perra, el violinista aprovechaba a sonarse las narices. Después llegó el padre, con el diario, y los cuatro pasaron un rato silenciosos. El violinista miraba los pies de su tío; descansaban apoyados sobre el borde de los zapatos como pequeños botes varados que mostraran la parte exterior del fondo. Sintió ternura al pensar que aquellos pies eran del hermano de su madre; pero al rato, el resfrío y la inmovilidad lo empezaron a incomodar hasta hacérseles insoportables. Entonces se le ocurrió que aquella señora de los pies atragantados tenía razón en decir que su cuñada y su marido eran “pobres inocentes sin carácter”. ¿Y él mismo, el sobrino político, escondiendo su amor debajo de una cama? ¿No sería más digno afrontar el escándalo en vez de humillarse por una mujer que tanto lo despreciaba? Él ahora debía salir de donde estaba, y antes que los padres de Eva volvieran de su asombro, él se iría, malhumorado y sin dar explicaciones. Sería, además, un buen castigo para su prima. Repasó estas ideas varias veces; y lo ahogaban tanto como el resfrío y la inmovilidad. Eva vio moverse, del lado oscuro de su cama, la forma del pie de su primo. Desesperada, saltó entre las cobijas y dijo a sus padres:

–Váyanse, por favor... no puedo más de los nervios... quiero estar sola...

Su padre también saltó en la silla haciendo crujir el diario; la madre empezó a rezongar, pero se puso de pie, lo mismo que su marido. La pierna del primo detuvo su movimiento, pero permaneció quieta, fuera de la cama. Ni el padre de Eva, perplejo, ni la madre, enojada, le dieron las buenas noches. Cuando cerraron la puerta ya el violinista había sacado todo el cuerpo de debajo de la cama. Eva, en una crisis nerviosa, apretaba los dientes y se lanzó encima de él para arañarlo y golpearle la cara. Él le tomó los brazos, la tumbó sobre la cama y fue hacia el ropero para sacar el violín: se iría en seguida, por el árbol, aunque pasara alguien y lo viera. En el instante de salir, su prima, afectando tranquilidad, le dijo:

–Anoche te dejé dormir a propósito. Otro día que vengas y toques el árbol de mamá, pasarás una semana debajo de la cama.

Él se fue sin decirle nada. Después ella le escribió varias cartas; pero no supo más nada de él.