El Gíbaro/Escena IX

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ESCENA IX.


ESCRITORES PUERTO-RIQUEÑOS.


D. Santiago Vidarte,


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a literatura, ha dicho un escritor célebre de nuestra época, es la espresion, el termómetro verdadero del estado de la civilizacion de un pueblo: verdad innegable, que se ve confirmada en nuestra Antilla. Pocos años hace que vió la luz en ella la primera publicacion literaria, y pocos también que se nota un verdadero progreso: aquella fué la señal de este, y los hijos de Puerto-Rico no aplaudimos entonces desde Europa la aparicion de un libro nuevo, tanto como el feliz cambio que simbolizaba.

Pero este cambio, como es natural, no pudo verificarse en un momento; los demás ramos del saber humano se van estendiendo poco á poco, y la literatura marcha sin avanzar mas de lo que permiten las circunstancias del país: verdadera crisálida que acaba de romper su envoltorio, mas bien camina que vuela, y no se aparta de una hoja sino pasando á otra de la misma planta; pero si le falta vigor, si no tiene, como algunos pretenden, una region en que volar, luce ya los vivísimos colores en sus alas, el sol las dora, y no tardará en lanzarse al espacio, posándose veleidosa sobre las flores que bordan la campiña.

Los escritores de Puerto-Rico, la mayor parte poetas, son casi desconocidos fuera de aquella Isla; sus producciones respiran ingenio y revelan imaginacion ardiente; el genio brilla en ellas, pero tímido y saliendo apenas de la senda trazada por otros. ¿A qué se debe esto, cuando el tender la vista al rededor y copiar, basta en las Antillas para deslumbrar á los que miren despues el cuadro? Sin ofender á talentos que reconozco muy superiores al mio, creo que es debido á que ni el terreno está preparado, ni el grano bastante maduro. Cuba ha dado un Heredia, un Valdés, un Caballero, un Saco y otros; pero no los dió hasta llegar á un grado de adelanto que todavía no hemos alcanzado nosotros.

Cuando nuestra enseñanza sea mas completa; cuando las artes y la industria sean mas general mente conocidas; cuando nuestra agricultura acabe de salir de la antigua rutina; en una palabra, cuando podamos compararnos sin desventaja con la Isla de Cuba, entonces estará el terreno preparado. Cuando una juventud ávida de instruccion adquiera en las escuelas del país la que ahora solo puede alcanzar un reducido número de privilegiados; cuando esta juventud se dedique á profesiones que en el dia se miran con desprecio, porque son casi ignoradas, entonces estará el grano en sazon y brotará dando despues abundantísima cosecha. Sembrar en un campo cubierto de malezas es perder el tiempo y la semilla.

Los escritores de Puerto Rico deben demostrar la utilidad de una instruccion artística é industrial, de que por desgracia carecemos, y arrostrar si es preciso la peor de todas las críticas, la mordacidad del ignorante; deben ..... ¿y porqué me detengo en decirlo? debemos estudiar, meditar y discurrir mucho, puesto que somos jóvenes, para servir despues de ejemplo á los que nieguen el benéfico influjo del saber. ¡Cuán dichoso el que llegue á ser citado por modelo! Vístase el pensamiento con las formas que se quiera, pero que sea siempre uno; siga cada cual su rumbo, pero vayamos todos al mismo término, evitando que una enseñanza viciosa por lo incompleta reuna combustibles, que puedan servir para la hoguera en que nos quemaria la barbarie. ¡Cuán lamentable es la historia de Santo Domingo! Cuán arriesgado el crear una universidad que llene de médicos y abogados un país en que las artes y la industria no bastan á mantenerlos! Pero dejemos esto para los que cuidan de nuestro porvenir, contentándonos con que las anteriores líneas llamen su atencion sobre un punto que interesa hasta lo sumo, y pasemos á ocuparnos del primero de nuestros jóvenes poetas.

Don Santiago Vidarte, casi niño todavía, ha merecido con justicia el título de primer poeta puerto-riqueño, y no tememos al darle este dictado incurrir en la nota de parciales, que supondria no muy sobrada instruccion, y mas que poca generosidad en los ingenios que pudieran disputárselo; reconocemos la altura á que llegan otros, y hubiéramos estudiado con mucho gusto sus producciones para dar sobre ellas con toda cordialidad nuestro humilde voto; pero por una parte la desconfianza natural al crítico novel, y por otra el temor harto fundado de que la espresion de nuestro pensamiento se interpretase como ínfulas de preceptista nos han desanimado, haciéndonos pasar ligera y superficialmente por la primera parte de esta escena. Además, todos los escritores de Puerto-rico viven por fortuna y son jóvenes; ¿quién sabe adonde llegarán con el tiempo y el estudio? al paso que Vidarte murió ya; y aunque mucho hizo, rompióse la rueda, y volcó su carro apenas comenzada la senda gloriosa de su triunfo.

En dos épocas pueden dividirse las poesías de Vidarte: entre ellas no media mas que el corto espacio de dos años; y sin embargo, ¡cuánta diferencia! cuan inmensa la distancia que separa una de otra! Ensayaremos su bosquejo, y muy felices nosotros si podemos trasmitir al lector una pequeña parte de la triste veneracion que nos inspira el recuerdo de ese lucero de los Trópicos, que brilló para morir antes que pudiera admirarse su hermosura.

En el año 1844 apareció el Álbum Puerto-riqueño, obrita cuyo fin y origen es inütil recordar, y en ella vieron la luz pública las primeras composiciones de Vidarte, que habian sido recibidas con agrado en una reunion literaria, formada por varios jóvenes algunos meses antes. En todas las producciones de esta época se revela el genio del autor; pero estraviado por la lectura de algunos de nuestros poetas modernos, siguiendo un camino árido y queno era el suyo, sin fe y sin creencias, imitando á otros, que á su vez eran imitadores; en una palabra, queriendo parecer vieja y gastada una alma virgen y llena de esperanzas: y ¿como podia ser de otra suerte? una imaginacion ardiente y en la hermosa primavera de la vida, ¿no habia de estar en oposicion consigo misma al pintar la duda terrible que no podia comprender, y al hacer gala de un escepticismo que nunca abriga un corazon de quince años?

De aquí nace la monotonía, la falta de unidad y el amaneramiento de la mayor parte de las composiciones á que nos referimos. Cuando el poeta es ingenuo, cuando el poeta es jóven, sus versos son fáciles, las imágenes vivas y el lector goza en su contemplacion; pero cuando el poeta quiere aparecer viejo, calla el sentimiento para que ocupe su lugar una razon débil y versátil, ó una reminiscencia siempre fria y amanerada. En la composicion titulada La vida, despues de pintar la juventud con la siguiente octava:

Es el alma entonces virgen
dulce asilo de ilusiones,
ajena de las pasiones
que estravian nuestro ser;
y comienza nuestra vida
á descubrir sus primores,
cual en un jardín las flores
al tiempo de amanecer,

retrata la edad proyecta con estas quintillas, que no parecen del mismo autor:

Y seguimos ofuscados
hollando impuros despojos;
tan solo vemos abrojos
y esqueletos estraviados,
donde clavamos los ojos.
Aquí... negra tumba vemos
con un epitafio inscrito...
Allí... un feretro!!!... allá... escrito
sobre una lápida lemos
el nombre de algun proscrito.

¡Qué seria nuestra ecsistencia privada de goces que hicieran olvidar nuestros sufrimientos, y sin fé que nos alentase á sobrellevarlos? El poeta puede ecsagerar, pero nunca mentir.

Hemos dicho que cuando Vidarte seguia los impulsos de su corazon, apartándose de reflecsiones cuya profundidad no podian medir sus cortos años, lucia todas las galas de su rico ingenio, y la cancion titulada El sereno es una prueba de la verdad de este aserto. ¡Con que encantadora sencillez pinta el amor inocente de su edad cuando dice:

Las once y media ha tocado
y el barrio tranquilo está;
duerme, hermosa, sin cuidado,
que un sereno enamorado
á tu puerta velará.

Duerme, sí, linda Belisa,
y en tus ensueños de amores
me consagra una sonrisa,
dulce y pura cual la brisa
que mece blanda las flores!

Dulcísimos y puros son los anteriores versos, y muy dulce y puro el amor que retratan: compárese esta composicion con las demás en que el poeta llora desengaños que no ha sufrido ¿pero qué mas? él mismo manifiesta cuanto le abrumaba lo que con razon llama soñar, cuando, dirigiéndose á su caro amigo Don Pablo Saez, dice:

Cantemos, cantor, cantemos
las ilusiones que vimos.

No mas ¡vive Dios! soñemos;
ya es tiempo que despertemos
del letargo en que dormimos.

Dos años despues dió una prueba de haber despertado al insertar en el Cañc. de Borinq. las seis hermosas composiciones tituladas: Insomnio, La nube, Dolora, Ante una cruz, Las dos flores, y Memorias. Estas pertenecen á la segunda época, y son otras tantas guirnaldas que forman la corona inmortal de nuestro vate. Las ecsaminarémos en particular, sujetándonos á los estrechos límites que marca el carácter de esta obra; pero antes permítanos el lector cuatro palabras que puedan guiarnos en nuestro juicio, y que espliquen la grande diferencia que hay entre esta y la primera época del autor.

Dos años empleados en incesantes estudios, en largas meditaciones, en discusiones amistosas, en una sociedad formada sin otro objeto que la instruccion mutua, debieron por fuerza dar otra direccion á las ideas de un jóven en que todos admiraban el genio, el sano juicio y una dulzura de carácter, que sola ella hubiera bastado á hacer su trato apetecido y siempre agradable. Los triunfos alcanzados en su carrera, y que lejos de procurarle envidiosos émulos, aumentaban por su modestia el número de sus admiradores, hicieron que viese en el hombre, no un mortal y encubierto enemigo, sino un hermano que alguna vez no lo parece por causas que no emanan de él. La luz de una Religion divina, que enseña al hombre á amar al hombre, completó el triunfo de la razón, y el genio rompió la cadena de dudas que le ahogaba con su peso, manifestándose bello, puro y confiado en su grandeza.

Algunas penas, de aquellas que no lo son para las almas vulgares, vinieron á turbar el alma inocente del poeta: sin la Religion y el estudio hubiera renacido con creces su antiguo escepticismo; pero fortalecido su ánimo con estos dos ausilios poderosos, combatió con fe en el porvenir, y solo se conoce esta lucha en la dulce tinta melancólica que vemos esparcida en sus producciones. Pasemos á analizar estas.

La primera que aparece en la coleccion es el Insomnio, y nosotros quisiéramos trasladarla íntegra, porque estamos seguros de que ella diria mas al corazon del lector que nuestros pobres elogios. Al comenzar la poesía, espresa el Autor la confusion, pesadez y ansiedad que preceden al ensueño; luego las imágenes son mas claras, ve á su amada, la invita á partir con él á un país delicioso y una barca les conduce durante la noche; á la primera luz de la aurora despiértala impaciente anunciándola la prócsima salida del sol y cuenta las bellezas de una tierra que verán con su luz; aparece el astro luminoso, y á medida que se acercan va mostrándole los encantos de aquel suelo de promision: ya estan cerca, mas cerca aun, vense las montañas, los prados, los jardines, los pueblos, los castillos y.... «¡Poder de Dios, si estoy soñando!» esclama el poeta cuando el colmo del placer que siente al pisar de nuevo el suelo de su patria, le arrebata un sueño tan seductor.

La unidad perfectamente sostenida con formas siempre nuevas y variadas, la profundidad, delicadeza y verdad en los pensamientos, la pureza en el lenguaje, en una palabra, el mas esquisito gusto campea en toda la composicion; de suerte que citaremos algunos trozos de ella, no como mejores, sino como muestra de la belleza del todo: tales son los que siguen de la primera parte.

Mira, del céfiro en alas
volará nuestra barquilla,
dividiendo con su quilla
las olas del vasto mar;
y unidos en tierno abrazo
yo iré mil trovas cantando,
mientras tú vayas jugando
del agua con el cristal.

Ven, palomita, y marchemos
de otro nido á disfrutar,
no tengas miedo del mar:
Tú eres sirena de amor,
y el mar ama las sirenas.

No sabemos que admirar mas, si la sencillez, pureza y verdad del primero, ó la esquisita finura que cubre el sensualismo que encierran los dos primeros versos del segundo.

Como modelo de facilidad y armonía, no podemos dejar de hacer mencion de los que siguen de la segunda parte, y del principio de la tercera.

Voguemos, voguemos
al son de los remos,
la noche convida,
¡qué bella es la vida
que corre en el mar!

El aura ligera,
veloz, placentera
nos va susurrando,
meciendo, empujando
la barca fugaz.

Auras de amor, que pacíficas
del mar la olas besáis,
venid con livianas ráfagas
nuestra esperanza á arrullar.
Venid, amorosos céfiros,
que la flor enamoráis,
y con vuestras alas plácidas
nuestra piragua empujad
                   ¡Soplad!

La metáfora empleada al hablar de la montaña de Luquillo es valiente, natural, nueva y sublime: en efecto, ¿qué puede añadirse al último verso de esta cuarteta?

Despierta ya, alma mía, el tiempo avanza,
y al asomar su disco el sol dorado,
verás cual se dibuja en lontananza
verde gigante de metal preñado.

¡Con cuánta propiedad retrata en esta otra á la ciudad de Puerto-rico vista á la luz de la aurora!

Una peña blancuzca y altanera,
que está del mar en brazos dormitando.

Pero donde nos vemos en la precision de no omitir una sola palabra hasta el final de la poesía, es desde donde esclama el Poeta:

..... ¡Qué hermosa es la alborada!
¡Que bello ¿no es verdad? el Océano
con su limpio azul! Oh! canta inspirada
una canción al mundo americano.

Mas no, calla... ¿columbras á lo lejos
una luz amarilla, un globo ardiente
que brota de la mar en mil reflejos?
Pues... es él, que se anuncia por oriente.

El es, sí, si, ya estamos, mi paloma;
es el sol ¿No distingues con su brillo
aquel gigante que en el agua asoma?
Pues se llama el gigante aquel—Luquillo.

¿Y ves allí cabe su planta umbría
fantástico un jardín de flores rico,
donde vive el Abril, sirena mia?
Pues el jardín se llama—Puerto-rico.


Cerca está el puerto. ¿Ves la peña aquella que está del mar en brazos dormitando, vestida de castillos, rica, bella...? Pues es... ¡Poder de Dios, si estoy soñando

Enmudecemos de asombro al contemplar tanta belleza, y tememos cometer una profanacion queriendo analizarla. Largo seria é inútil ir anotando una á una las bellezas de que estan sembradas las demás poesías; basta lo que acabamos de decir de la anterior, para probar que Vidarte merece justamente el título de primer poeta Puerto-riqueño; sin embargo, no podemos menos que citar la siguiente cuarteta de las Memorias:

Y tú, patria adorada, Puerto-Rico,
perla de oro en el piélago embutida,
que de la mar sobre el crespado lomo
tu sien levantas de altivez henchida.

y esta otra de las dos flores:

Del campo ameno la feraz llanura
en risueña esltension se prolongaba,
por límites teniendo una cintura
de verdes cerros do la luz trepaba.

En esta composición pudiera un crítico severo hallar la falta de objeto moral, y alguna imágen poco motivada; pero en cambio tiene partes, como el romance con que comienza, que nada dejan que desear; y si el Poeta parece en ella poco crédulo en la justicia de los hombres, véase en su plegaria cuanto confia en la de un Dios omnipotente.

Lanzado en este mar ronco y profundo
sin otra luz que una esperanza bella...
las olas cruzo del revuelto mundo;
mas ¡ay, Señor, que mi batel se estrella!...

¡Negra es la noche! el huracán insano
en torno ruje con furor sombrío;
y...¡guay de mí, Señor, si vuestra mano
no desvanece ese huracán bravio!

Yo he delinquido, y tu divino nombre
en mi delirio á veces he olvidado...
pero si tengo un corazon de hombre,
¿que hacer, Señor, si el hombre es el pecado?

¡Humilde piedad, uncion evangélica, sublime resignacion, cuánta virtud en una alma tan tierna! y nunca podrá la envidia decir que Vidarte no abrigaba en su corazon esa esperanza en un Dios mi sericordioso que tan bien espresan los anteriores versos, no, es imposible que donde no hay creencia haya verdadera inspiracion; además, nosotros, que seguimos uno á uno los pasos del mal que destruyó su ecsistencia preciosa, sabemos la serenidad con que aguardó el momento solemne, mientras su razon estuvo libre. No habia ya esperanza... ¡Solo en Dios!... y era preciso que sus amigos lleváramos al ministro del Altísimo junto al lecho del dolor, despues de anunciarlo al moribundo.... La voz del cantor de los palmares desfalleció mas de una vez, y la nuestra se anuda en la garganta al recordar aquella escena. No habia allí mas que uno tranquilo y resignado, y este era Vidarte. ¿Con qué no tengo remedio? dijo con voz entera y muy segura: con todo, no me dejen Vds. morir sin que venga á verme el Doctor S., pero antes, que venga el confesor.

A los pocos dias murió en los brazos de sus amigos, despues de un delirio en que repetia muy á menudo los nombres de sus padres y hermanos, los de sus bienhechores y el de su patria, añadiendo siempre: es preciso estudiar... estudiar; es menester que yo trabaje mucho. A su modesto coche fúnebre seguian mas de veinte, que apenas bastaban para conducir las personas que espontaneamente fueron á su entierro; leyéronse junto á su tumba sentidas composiciones en prosa y verso; mas nosotros callamos entonces, como callamos ahora, porque ahora como entonces nada podemos, mas que verter amargas lágrimas.

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