El cisne de Vilamorta: 27

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Capítulo XXVI
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El cisne de Vilamorta Emilia Pardo Bazán


Al abrirla cayeron varios números de periódicos, donde señalados con una cruz de tinta estaban los párrafos en que se hablaba del libro recién impreso, del tomo de poesías titulado Cantos nostálgicos, que tal nombre dio en la pila Segundo a sus renglones desiguales.

Venía también una carta de Roberto, de cuatro carillas... Era su contenido tan importante para Segundo, de tal manera había de pesar y ejercer influencia en su porvenir lo que aquellas letras contuviesen, que las dejó a un lado, temeroso, sin saber por qué, de leerlas, queriendo dilatar lo que tanto deseaba... Veía la carta abierta, y le saltaban a los ojos ciertos nombres, ciertas palabras repetidas... Allí se nombraba muchas veces a la viuda de Comba... Para dominar su turbación, puramente nerviosa, recogió los periódicos, y se determinó a leer antes lo que traía la señal de la cruz... Recorrió el vía-crucis, en toda la extensión de la palabra.

El Imparcial daba un estrepitoso bombo al país gallego, y para probar que en él nacen poetas con la misma facilidad que exquisitas pavías y bellísimas flores, citaba, sin nombrarle, al autor de Cantos nostálgicos, lindo tomito acabado de poner a la venta. Y ni una línea más, ni una apreciación crítica, ni un leve indicio de que nadie, en la redacción del popular diario, se hubiese tomado el trabajo de cortar las páginas del tomo. El Liberal, mejor informado, aseguraba en tres renglones que los Cantos revelaban en su autor gran facilidad para versificar. La Época, en lo más rezagado de su sección de Libros nuevos, alababa la elegancia tipográfica del libro; no aprobaba el sabor romántico del título y la portada; y, de refilón, lamentaba, que la musa del poeta fuese la infecunda nostalgia, habiendo por ahí tantas cosas sanas, alegres y fecundas que cantar. El Día...

¡Ah! Lo que es en El Día le pegaban a Segundo un varapalo en regla; pero no de esos varapalos sañudos, intencionados, enérgicos, en que se toma la vara a dos manos para deslomar a un adversario fuerte y temible, sino un latigazo de desprecio, un capirotazo con la uña, como el que se da a un insecto cuando molesta; una de esas críticas sumarias, que el crítico no se toma el trabajo de fundar y razonar por ser tan evidente lo que dice, que no requiere demostración: una ejecución capital por medio de dos o tres chistes, pero de las que acaban con un autor novel, le hunden, le relegan para siempre a los limbos de la oscuridad... Venía el crítico a decir que hoy, cuando los versos magistrales carecen de lectores, es lástima grande hacer gemir las prensas con rimas de inferior calidad; que hoy, cuando Bécquer pertenece ya al número de los semidioses de la poesía, habiendo ingresado en el panteón de los inmortales, es pecado que se le falte al respeto imitándole torpemente, y estropeando y contrahaciendo sus pensamientos mejores; y por último, que es de sentir que jóvenes muy estimables, dotados quizá de felicísimas disposiciones para el comercio o para las carreras del notariado y farmacia, gasten el dinero de sus papás en ediciones lujosas de versos que nadie comprará ni leerá...

Debajo de tal filípica había escrito de su puño y letra Roberto Blánquez: «No hagas caso de este animal. Lee mi artículo».

Con efecto, en un periódico oscuro y subterráneo, de esos innumerables que ven la luz en Madrid sin que Madrid los vea, Blánquez vertía y desahogaba toda la bilis de su amistad y patriotismo herido, poniéndole al crítico las peras a cuarto, encareciendo el libro de Segundo y declarándolo digna pareja del de Bécquer, sólo que un poco más dulce, un poco más soñador y melancólico todavía, a fuer de hijo de un país hermoso cuanto desventurado, un país más bello que Andalucía, que Suiza y que todos los países bellos del orbe: acabando por decir que, si Bécquer hubiese nacido en Galicia sentiría, pensaría y escribiría como EL CISNE DE VILAMORTA.

Segundo cogió el manojo de periódicos y, mirándolo un rato con los ojos fijos y el gesto torvo, hízolo al fin pedazos, primero grandes, luego chicos, luego más chiquitos aún, que lanzó por la ventana y fueron a caer revoloteando, a manera de simbólicas mariposas, o plateados pétalos de la flor de la ilusión, al charco de lodo más inmediato... Segundo sonreía con amargura. Allá va la gloria... pensó. Ahora... creo que ya estoy más sereno... ¡Vamos a leer la carta!...

Lo importante de esta son ciertos trozos... adicionados con los comentarios que no en voz alta, sino mentalmente, hace el lector.

«Estuve, según tu encargo, en casa de la viuda de Comba, a entregarle el ejemplar que me remitiste tan cerradito y tan selladito... -¡Claro! Llevaba dentro una dedicatoria que no me gustaba que viese ella que podías haberla leído tú...- Tiene una casa preciosa, con mucha cortina de seda y flores naturales. -Todo, todo lo suyo es así, delicado y bonito...- Pero tuve que ir dos veces o tres antes de que me recibiese, porque siempre era mala hora... -No recibirá ella a dos por tres al primero que se presente... -Por último, me recibió con un sin fin de etiquetas y cumplidos... Está muy guapa de cerca, aún más que de lejos; y parece mentira, chico, que tenga una niña de doce años: ella representa, lo más, veinticuatro o veinticinco... -¡Qué cosas me cuenta a mí Roberto! -Pues nada, en cuanto le dije que iba de parte tuya... -¡A ver!- se puso... ¿cómo te diré yo? -¡Ruborizada!-, disgustada y sobresaltadísima, chico; y además, tan seria, que yo me quedé volado y sin saber qué hacer... -¡Infame! ¡Infame! Temía que yo... A ver, concluyamos, concluyamos... -No quiso recibir el libro por más instancias que le dirigí... -¡Pero esto no se concibe! ¡Ah, qué mujer!... -porque asegura que le recordaría mucho este país, y el fallecimiento de su esposo, que Dios haya; y por consiguiente, te ruega que la dispenses... -¡Miserable! -de abrir el paquete... y de leer tus versos... y te da las gracias... -¡Ja, ja, ja! -¡Bravo! ¡Gran actriz!

»Yo, a pesar de todo, como tú me encargabas expresamente que se lo entregase, me propuse no volver a casa con él, y saludándola y tomando el sombrero dejé tu paquetito sobre un mueble; pero al día siguiente por la mañana ya lo tenía en casa, cerrado, lacrado, intacto... -Y yo no la arrojé al Avieiro aquel día en que nuestras bocas... ¡Estúpido de mí! En fin, acabemos...

»Ante esta conducta de la viudita, conjeturo que tú debes haber inventado todo aquello del precipicio y del balcón... me lo contarías para guasearte conmigo... o como eres así, tan loco, soñaste que te sucedió, y confundiste el sueño con la realidad... -Hace bien en mofarse.- De todos modos, chico, si la viuda te interesaba, no pienses más en ella... Sé de fijo, por mis primas, que lo saben con certeza por su padre, que al acabarse el luto se casa con un marqués de Cameros, que tuvo distrito en Lugo... -Sí, sí... comprendido.- La cosa no va de broma: ya le están bordando, según dicen mis primas, sábanas con corona de marquesa...».

La carta fue desgarrada con más lentitud que los periódicos, en trozos más menudos, casi en polvillo de papel... Con los restos hizo Segundo una bolita, y la despidió briosamente para que se hundiese muy adentro en el charco de lodo... ¡Es el amor!... pensó, riéndose a carcajadas.

Comenzó a pasearse por la habitación, primero con cierta monótona regularidad, después con desasosiego y furia. Clara, la hermana mayor, entreabrió la puerta del cuarto.

-Dice la tía Gaspara que vengas.

-¿A qué?

-A comer.

Segundo tomó su sombrero, y se lanzó a la calle, dirigiéndose a las orillas del río, presa del furor que las necesidades diarias de la vida causan a los que sufren algún violento choque moral, un desengaño.


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