El crimen de Sylvestre Bonnard: 005

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



20 de agosto de 1859.


Yo, que resulto agradable a veces, y tanteo la resistencia de todos los hombres; yo, que soy la alegría de los buenos y el terror de los malos; yo, que fomento y destruyo el error, desplegaré mis alas... No me recriminéis si en mi vuelo rápido paso por alto algunos años. . .

¿Quién habla así? Un anciano a quien conozco mucho: el Tiempo.

Shakespeare, al fin del tercer acto del Cuento de invierno, se detiene para dejar a la infantil Perdita que desarrolle su prudencia y su belleza; y cuando abre de nuevo la escena, presenta en ella al Tiempo como evocación del Coro antiguo, para dar noticias a los espectadores de los prolongados días que abrumaron la cabeza del celoso Leontes.

Suspendí ese diario, como Shakespeare la acción de su comedia, durante un largo intervalo, y como él hago intervenir al Tiempo para explicar mi silencio de ocho años. Hace, efectivamente, ocho años que no he escrito ni una sola línea en este cuaderno, y por desgracia no me veo precisado, cuando cojo la pluma de nuevo, a describir una Perdita, cuyos encantos y cuyos atractivos aumentaban con la edad. La juventud y la belleza son las fieles compañeras de los poetas. Estos fantasmas encantadores nos hacen una breve visita. No sabemos retenerlos. Si por un inconcebible capricho la sombra de alguna Perdita osara cruzar por mi cerebro, se marchitaría horriblemente entre montones de pergaminos resecos. ¡Felices los poetas! Sus cabellos blancos no espantan las sombras flotantes de las Helenas, de las Francescas, de las Julietas, de las Julias y de las Doroteas. En cambio, bastaría la nariz de Silvestre Bonnard para poner en fuga a todo el enjambre de grandes apasionadas.

Sin embargo he sentido la belleza como la sienten los otros, me ha emocionado el encanto misterioso que la incomprensible Naturaleza extiende sobre las formas animadas: una arcilla viviente me ha comunicado el estremecimiento propio de los amantes y de los poetas, pero nunca he sabido amar ni cantar. En mi espíritu, atiborrado de textos viejos y de viejas fórmulas encuentro de pronto, como se encuentra una miniatura en un desván, un rostro alegre con ojos brillantes.

Bonnard, amigo mío: eres un viejo loco. Más te valiera leer el catálogo que un librero de Florencia te ha enviado esta misma mañana. Es un catálogo de manuscritos, y te promete la descripción de algunas obras conservadas por algunos curiosos de Italia y de Sicilia. Esto es lo que te conviene y lo propio de tu edad.

Leo, y de pronto lanzo una exclamación. Hamílcar, que con los años ha adquirido una gravedad asombrosa me mira en actitud de reproche; parece preguntarme si es posible descansar en este mundo, puesto que a mi lado no lo consigue, aun cuando soy tan viejo como él.

En la alegría de mi descubrimiento necesito un confidente, y es al tranquilo Hamílcar a quien me dirijo con la efusión de un hombre feliz:

—No, Hamílcar, no; el descanso no es de este mundo, y la quietud a que aspiras es incompatible con los trabajos de la existencia. ¿Quién te ha dicho que somos viejos? Oye lo que leo en este catálogo y después dime si ha llegado la hora de descansar:

"La leyenda dorada de Jacobo de Voragine. Traducción francesa del siglo XIV, por el clérigo Juan Toutmouillé.

"Soberbio manuscrito adornado con dos miniaturas maravillosamente ejecutadas y en perfecto estado de conservación. Una representa la Purificación de la Virgen y otra la coronación de Proserpina.

"A continuación de la Leyenda dorada, se hallan las leyendas de los santos Ferreol, Ferrucio, Germán y Droctoveo, XXVIII páginas, y la Sepultura gloriosa del señor San Germán de Auxerre, XII páginas.

"Este precioso manuscrito, que formaba parte de la colección de sir Thomas Raleigh, lo posee en la actualidad el señor Miguel Ángel Polizzi, de Girgenti."

¿Has oído, Hamílcar? El manuscrito de Juan Toutmouillé está en Sicilia, en casa de Miguel Ángel Polizzi. ¡Ojalá este hombre sienta estimación por los sabios! Voy a escribirle.

Dicho y hecho. En mi carta, con un ruego al señor Polizzi para que me facilitara el manuscrito del clérigo Toutmouillé, le mencionaba los títulos por los cuales me atrevía a creerme digno de semejante favor.

Al mismo tiempo yo ponía a su disposición algunos textos inéditos que poseo y que no carecen de interés. Le suplicaba que me contestara pronto (e inscribía debajo de mi firma todos mis títulos honoríficos).

—¡Señor! ¡Señor! ¿Dónde va usted tan de prisa? —exclamó Teresa asustada, mientras bajaba de cuatro en cuatro los escalones, y corría detrás de mí con el sombrero en la mano. —Voy a echar una carta al correo, Teresa.

—Pero ¡Dios mío! ¿Por qué se ha de ir con la cabeza al aire, como un loco?

—Estoy loco, Teresa. ¿Quién no lo está? Déme el sombrero en seguida, que me voy.

—¿Y los guantes? ¿Y el paraguas?

Al pie de la escalera, aun la oía gritar y gemir.



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