El crimen de Sylvestre Bonnard: 010

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



Girgenti, 30 de noviembre 1859.


Al día siguiente me desperté en Girgenti, en la casa de Gellias. Gellias era un rico ciudadano de la antigua Agrigente, tan famoso por su desprendimiento como por su magnificencia, el cual dotó a la ciudad con varias hospederías gratuitas. Gellias murió hace trescientos años, y no existe ya la hospitalidad gratuita entre los pueblos civilizados. Ahora el nombre de Gellias es el de un hotel donde, gracias a mi extremada fatiga, pude dormir toda la noche.

La moderna Girgenti alza sobre la acrópolis de la antigua Agrigente sus casas estrechas y apretadas a la sombra de una vetusta catedral española. Desde mis ventanas, próximas al mar, veo la blanca hilera de templos casi ruinosos. Sólo estas ruinas ofrecen alguna jugosidad; lo demás todo es aridez. El agua y la vida huyeron de Agrigente. El agua, la divina Nestis del agrigentino Empédocles, es tan necesaria a los seres animados, que nada puede vivir lejos de los ríos y de las fuentes. En el puerto de Girgenti, situado a tres kilómetros de la ciudad, hay mucho tráfico. ¡Y en este paraje triste, sobre una roca abrupta, es dónde está el manuscrito de Juan Toutmouillé! Pregunto por la casa del señor Miguel Ángel Polizzi, y me encamino hacia ella.

El señor Polizzi, vestido de amarillo de pies a cabeza freía salchichas. Al verme soltó la sartén, levantó los brazos y prorrumpió en exclamaciones entusiastas. Era un hombre de poca estatura, cuyo rostro lleno de granos, cuya nariz respingona, cuya barbilla saliente y cuyos ojos redondos formaban una fisonomía extraordinariamente expresiva.

Me llamó excelencia, me dijo que señalaría aquella fecha con piedra blanca, y me invitó a sentarme. El aposento donde nos hallábamos le servía a la vez de cocina, de salón, de alcoba, de estudio y de bodega. Allí había hornillos, una cama, lienzos, un caballete, botellas de vino y pimientos colorados. Dirigí una mirada a los cuadros que cubrían las paredes.

—¡Las artes, las artes! —exclamó el señor Polizzi alzando nuevamente los brazos al cielo—. ¡Las artes! ¡Cómo dignifican y consuelan! Soy pintor, excelencia.

Y me enseñó un San Francisco que no estaba terminado y que hubiera podido seguir de aquel modo sin perjuicio del arte ni del culto. Luego me mostró algunos cuadros antiguos de mejor escuela, pero que parecían restaurados con bastante indiscreción.

—Restauro cuadros antiguos —me dijo—. ¡Oh, los maestros antiguos! ¡Qué alma, qué genio!

—¿Es usted a un tiempo pintor, anticuario y negociante en vinos?

Para servir a su excelencia —me respondió—. En este momento tengo un verdadero néctar, cada una de cuyas gotas es una perla de fuego. Quiero que su señoría lo pruebe.

—Me agradan los vinos de Sicilia —respondí—, pero no es eso lo que aquí me trae.

—¿Será un asunto relacionado con la pintura? ¿Es usted aficionado? Me proporciona una alegría inmensa recibir a los amantes de la pintura. Voy a enseñarle la obra maestra de Monrealesse; sí, excelencia, ¡su obra maestra!, ¡una Adoración de los pastores! ¡Es la perla de la escuela siciliana!

—Veré con gusto esa obra; pero hablemos antes de lo que principalmente me interesa.

Sus ojitos vivarachos se fijaron en mí con curiosidad, y me angustió cruelmente advertir que ni siquiera sospechaba el objeto de mi visita.

Muy turbado, y sintiendo que se me helaba el sudor en la frente, mascullé con tono lastimero una frase muy semejante a ésta:

—Vengo ex profeso de París para informarme acerca de un manuscrito de La leyenda dorada que usted me ofreció.

Al oír aquellas palabras levantó los brazos, y abrió desmesuradamente la boca y los ojos con señales de la más viva agitación.

—¡Oh! ¡El manuscrito de La leyenda dorada! Una perla, excelencia; un rubí, un diamante. Dos miniaturas tan encantadoras como dos rincones del paraíso. ¡Qué suavidad! Su colorido, solamente comparable al de las flores más bellas, endulza los ojos. ¡Julio Clovio no ha hecho nada mejor!

—¡Enséñemelo! —dije sin poder disimular mi inquietud ni mi esperanza.

—¡Enseñárselo! —exclamó Polizzi—. ¿Cómo es posible, excelencia, si ya no lo tengo? ¡No lo tengo!

Y fingía querer arrancarse los cabellos. Se los hubiese arrancado todos sin que yo se lo impidiera, pero se detuvo antes de hacerse mucho daño.

—¡Cómo! —le dije colérico—, ¿es posible? Me hace usted venir desde París a Girgenti para enseñarme un manuscrito, y cuando llego aquí ¡me dice usted que ya no lo tiene! ¡Es indigno, caballero! ¡Dejo que las gentes honradas califiquen su conducta!

Quien me hubiera visto entonces se formaría una idea bastante exacta de lo que puede ser un cordero irritado.

—¡Es indigno, es indigno! —repetía yo con los brazos extendidos y temblorosos.

Miguel Ángel Polizzi se dejó caer en una silla en la actitud de un héroe agonizante. Vi que sus ojos se llenaban de lágrimas, y que sus cabellos, erizados hasta entonces, caían en desorden sobre su frente.

—¡Soy padre, excelencia, soy padre! —exclamaba, y, entre sollozos, añadió—: Mi hijo Rafael, el hijo de mi pobre mujer, cuya muerte lloro desde hace quince años, excelencia; Rafael quiso establecerse en París, y alquiló una tienda en la calle Laffite, con objeto de vender curiosidades. Para ello le di lo más precioso que había en esta casa: mis mejores mayólicas, mis mejores barros de Urbino, mis obras maestras y algunos cuadros, excelencia. Todavía me deslumbran cuando los recuerdo. ¡Y todos firmados! También le di el manuscrito de La leyenda dorada. Le hubiera dado mi carne y mi sangre toda. ¡Es hijo único! ¡El hijo de mi desdichada y santa mujer!

—De modo —le dije— que, mientras yo, confiado en su buena fe, vine a buscar en el fondo de Sicilia el manuscrito del clérigo Juan Toutmouillé, ¡ese manuscrito estaba expuesto en un escaparate de la calle Laffite, a quinientos metros de mi casa!

—Allí estaba; ésta es la verdad —me dijo el señor Polizzi, serenándose de pronto—, y espero que, afortunadamente, allí continúe, excelencia.

Cogió una tarjeta sobre la mesa, me la ofreció y dijo:

—He aquí las señas del muchacho. Recomiéndelo usted a sus amigos, y se lo agradeceré. Porcelanas, esmaltes, telas, cuadros; posee un surtido muy completo de objetos de arte, todo auténtico, todo antiguo, palabra de honor. Vaya usted a verlo y le enseñará el manuscrito de La leyenda dorada. Dos miniaturas de un colorido prodigioso.

Tomé, cobardemente, la tarjeta que me ofrecía.

Aquel hombre abusó de mi debilidad, incitándome de nuevo a propagar entre mis amigos el nombre de Rafael Polizzi.

Ya tenía yo cogido el picaporte de la puerta para abrirla y salir, cuando el siciliano me agarró de un brazo. En aquel instante su aspecto era el de un iluminado.

—¡Ah, excelencia —me dijo—, qué ciudad la nuestra! ¡Aquí ha nacido Empédocles…! ¡Empédocles…! ¡Qué grande hombre y qué gran ciudadano! ¡Qué audacia de pensamiento! ¡Qué virtud! ¡Qué alma! Hay en el puerto una estatua de Empédocles, ante la cual me descubro cada vez que paso. Cuando Rafael, mi hijo, estaba dispuesto a marcharse para establecer su comercio de antigüedades en la calle Laffite, de París, le conduje al puerto de nuestra ciudad, y a los pies de la estatua de Empédocles le di mi bendición paterna, diciéndole: «Acuérdate de Empédocles». ¡Ah, señor!, nuestra desdichada patria necesita un nuevo Empédocles. ¿Quiere usted que le lleve a ver esa estatua, excelencia? Le serviré de guía para visitar las ruinas; le enseñaré el templo de Cástor y Pólux, el templo de Júpiter Olímpico, el templo de Juno Luciniano, los baños antiguos, la tumba de Terón y la Puerta de Oro. Los guías viajeros son, generalmente, unos asnos. Yo soy un buen guía. Si le place, haremos excavaciones y descubriremos tesoros. Poseo la ciencia, el don de las excavaciones. Descubro siempre tesoros donde los sabios no habían encontrado nada.

Pude, al fin, librarme de aquel hombre. Pero corrió detrás de mí, diome alcance al pie de la escalera, y me detuvo para decirme en voz baja:

—Excelencia, escúcheme: le llevaré a la ciudad para presentarle nuestras girgentinas. ¡Unas sicilianas, señor, de belleza clásica! ¡También conocerá nuestras campesinas! ¿Le place mi ofrecimiento, excelencia?

—¡El diablo lo lleve! —exclamé, indignado.

Y me lancé a la calle, dejándole con los brazos abiertos.

Cuando estuve lejos de él me desplomé sobre una piedra y me puse a meditar con la cabeza entre las manos:

«¿Sólo para oír tales ofrecimientos —pensaba— he venido a Sicilia?».

Seguramente ese Polizzi y su hijo son unos bribones; pero ¿qué tendrán urdido? No me era posible adivinarlo. Entretanto sentíame humillado y triste.

Pasos ligeros y crujir de enaguas me hicieron levantar la cabeza, y vi a la princesa Trepof. Sentóse junto a mí, cogióme una mano y me dijo con dulzura:

—Le buscaba, señor Silvestre Bonnard. Siento profunda satisfacción al verlo. Quisiera dejarle un buen recuerdo de nuestras entrevistas. Me interesa mucho.

Y mientras ella hablaba, parecióme descubrir bajo su velo una lágrima y una sonrisa.

El príncipe acercóse a su vez y nos envolvió en su gigantesca sombra.

—Dimitri, enséñale al señor Bonnard tu preciosa joya.

Y el dócil coloso me tendió una cajita de cerillas, una vulgar cajita de cartón, adornada con una cabeza azul y roja que, según decía la descripción, era Empédocles.

—Ya lo veo, señora, ya lo veo. Pero el detestable Polizzi, a cuya casa le aconsejo que no envíe nunca al señor Trepof, me ha enemistado para toda la vida con Empédocles; y ese retrato no basta para reconciliarme con el antiguo filósofo.

—Es feo —dijo ella—; pero es un buen hallazgo. Rara vez aparece una de estas cajitas en las colecciones. Hay que comprarlas aquí. A las siete de la mañana Dimitri estaba ya en la fábrica. Comprenderá usted que no hemos perdido el tiempo.

—Es posible, señora —respondí con amargura—. En cambio yo estoy seguro de haber perdido el tiempo. No he hallado lo que vine a buscar desde tan lejos.

Pareció interesarla mi disgusto.

—¿Tiene usted alguna contrariedad?... —me preguntó vivamente—. ¿Puedo serle útil en algo? ¿No quiere usted contarme sus penas?

Se las conté. Mi relato fue largo; pero la conmovió, puesto que a renglón seguido me hizo muchas preguntas minuciosas que yo tomé como otras tantas pruebas de interés. Quiso conocer el título exacto de mi manuscrito, su tamaño, su aspecto, su fecha. Me preguntó la dirección de Rafael Polizzi.

Y yo se la di, haciendo contra mi voluntad (¡oh Destino!) lo que el abominable Miguel Ángel Polizzi me había recomendado.

A veces resulta difícil contenerse. Insistí de nuevo en mis quejas, en mis imprecaciones, y la señora Trepof no pudo reprimir la risa.

—¿Por qué se ríe usted? —le pregunté.

—Porque soy una mujer muy mala —me contestó.

Y tendió el vuelo dejándome solo y consternado en el banco de piedra.