El crimen de Sylvestre Bonnard: 011

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



París, 8 de diciembre de 1859.



Mi equipaje se hallaba todavía estorbando en el comedor. Estaba yo sentado ante una mesa cubierta de esos manjares suculentos que la campiña de Francia ofrece a los gastrónomos. Comía un pedazo de pastel de Chartres, que por sí solo basta para hacernos adorar la patria. Teresa, de pie ante mí, con las manos cruzadas sobre su delantal blanco, me contemplaba con benevolencia, con inquietud y con piedad. Hamílcar se restregaba contra mis piernas y babeaba de alegría.

Recordé el siguiente verso de un poeta antiguo:


Feliz quien, como Ulises, realizó un bello viaje.


«Está bien —pensaba yo—; he vagado inútilmente y vuelvo con las manos vacías; pero, semejante al de Ulises, mi viaje ha sido hermoso».

Y después de tragar el último sorbo de café, pedí a Teresa mi bastón y mi sombrero, que ella, recelosa, me entregó. Temía un nuevo viaje, y se tranquilizó al oírme pedir la comida para las seis en punto.

Érame grato recorrer las calles de París, cuyas piedras y cuyas aceras me inspiran inmensa ternura; pero tenía una urgencia; me fui derecho a la calle de Laffite y no tardé en divisar la tienda de Rafael Polizzi. Se distinguía por la abundancia de cuadros antiguos que, a pesar de hallarse firmados por nombres de muy varia significación artística, revelaban cierto parentesco, lo bastante para dar idea de la conmovedora fraternidad de los genios, si no atestiguara más claramente los artificios del pincel del señor Polizzi, padre. Enriquecida con tan sospechosas obras maestras, la tienda contenía pequeños objetos curiosos, puñales, jarrones, copas, figulinas, molduras de cobre y platos hispanoárabes con reflejos metálicos.

Colocado sobre un sillón portugués de cuero blasonado, se hallaba un ejemplar de Las horas de Simón Vostre, abierto por la página que tiene una figura astrológica, y un viejo Vitruvio ostentaba sobre un cofre sus magistrales grabados de cariátides y de atlantes. Aquel aparente desorden que ocultaba estudiadas disposiciones, aquella fingida casualidad con que los objetos estaban puestos a la luz más favorable, acreciera mi desconfianza si la que el solo nombre de Polizzi me inspiraba pudiese aumentar por no haber llegado aún al colmo.

Rafael Polizzi, presente allí como el alma única de todas aquellas formas diversas y confusas, me pareció un joven flemático, una especie de inglés, y no revelaba en absoluto las facultades trascendentales desplegadas por su padre en la mímica y en la declamación. Le expuse mi deseo; abrió un armario y sacó de él un manuscrito que dejó sobre la mesa, donde pude examinarlo a mi gusto.

No había sentido en mi vida una emoción tan violenta, excepto algunos meses de mi juventud cuyo recuerdo, aunque viva cien años, conservaré siempre lozano hasta en mi última hora como el primer día.

¡Era el manuscrito reseñado por el bibliotecario de Sir Thomas Raleigh; era el manuscrito del clérigo Juan Toutmouillé lo que yo veía, lo que tocaba! La obra de Voragine hallábase notablemente mutilada, lo cual me importaba poco. Las inestimables adiciones del monje de Saint-Germain-des-Prés aparecían allí. ¡Era lo esencial! Quise leer la leyenda de San Droctoveo, pero no pude. Leía todos los renglones a la vez, y en mi cabeza resonaba un ruido semejante al que hace un molino de agua por la noche y en despoblado. Reconocí fácilmente que el manuscrito presentaba los caracteres de la más innegable autenticidad. Las dos láminas de la Purificación de la Virgen y de la Coronación de Proserpina tenían un dibujo amazacotado y un colorido chillón. Muy deterioradas en 1824, como lo atestiguaba el catálogo de sir Thomas, habían adquirido desde entonces una frescura nueva. Aquel milagro no me sorprendió. Además, ¡qué importan las dos miniaturas! ¡El tesoro está en las leyendas y el poema de Juan Toutmouillé! Yo miraba con ansia cuanto mis ojos podían abarcar.

Con fingida indiferencia pregunté a Rafael Polizzi el precio de aquel manuscrito, temeroso, mientras aguardaba su respuesta, de que superase a mis ahorros, muy disminuidos por los gastos del viaje. Respondióme que no podía disponer de un objeto que ya no le pertenecía: debía subastarlo en el «Hotel de Ventas» con otros manuscritos y algunos incunables.

Aquello fue un golpe rudo para mí; procuré tranquilizarme y conseguí responder, aproximadamente, lo que sigue:

—Me sorprende lo que usted me dice, caballero. Su padre, a quien acabo de ver en Girgenti, me aseguró que era usted dueño del manuscrito, y no creo posible que sea usted quien deba hacerme dudar de la palabra de su padre.

—Lo era, en efecto —me respondió Rafael con absoluta sencillez—, pero ya no lo soy. Vendí este manuscrito a un aficionado a quien no puedo nombrar, y que por razones que deben permanecer ocultas se ve obligado a desprenderse de su colección. Honrándome con su confianza, mi cliente me ha pedido que le redacte el catálogo, y me ha encargado también la subasta, que se verificará el 24 de diciembre. Si quiere usted darme sus señas, tendré mucho gusto en enviarle un ejemplar del catálogo cuya impresión terminaré muy pronto y en el cual hallará usted La leyenda dorada descrita en el número cuarenta y dos.

Le dejé mis señas y me fui.

La digna seriedad del hijo me desagradaba tanto como la inconveniente mímica del padre. En el fondo de mi alma detestaba las farsas de aquellos viles traficantes. Era evidente para mí que los dos bribones estaban de acuerdo y habían ideado la pública subasta, encomendada a un escribano para que, sin reprochables apariencias, alcanzara un precio inverosímil el manuscrito que yo deseaba. Me habían cogido incautamente. Nuestras ansias más inocentes resultan humillantes, porque someten nuestra voluntad a otro individuo y nos privan de la independencia. Aquella reflexión me fue dolorosa, pero no aminoró en mí las ansias de poseer la obra del clérigo Toutmouillé. Mientras meditaba, en el momento de cruzar a la otra acera, me detuve para dejar paso a un coche que iba en dirección contraria y dentro del cual, a través de los cristales, pude reconocer a la señora Trepof, a quien dos caballos negros y un cochero envuelto en pieles como un boyardo llevaban al galope. Ella no me vio.

«¡Ojalá —me dije— encuentre lo que busca o, mejor dicho, lo que la conviene! Sólo eso la deseo en pago de la risa cruel con que sorprendió a mi decepción en Girgenti. Tiene un alma de pájaro».

Dominado por mi pesadumbre dirigí mis pasos hacia los puentes.

Con su eterna indiferencia el tiempo nos condujo al día 24 de diciembre sin apresurarse ni retrasarse. A la hora oportuna me presenté en el «Hotel Bullion» y me acomodé en la sala número 4 junto a la mesa donde debían ponerse el tasador Boulouze y el perito Polizzi. Poco a poco la sala se llenó de personas conocidas. Estreché la mano de algunos antiguos libreros del Muelle; pero la conveniencia, que hace prudente en circunstancias difíciles a los más confiados, aconsejóme callar la causa de mi insólita visita al «Hotel Bullion». Cautamente interrogué a todos aquellos señores acerca del interés que les inspiraba la venta de Polizzi, y tuve la satisfacción de que me revelaran propósitos lejanos del mío.

Llegaron con media hora de retraso, el tasador provisto de un martillo de marfil, el pasante cargado de uniformes, el perito con su catálogo y el voceador con una cacerola puesta en una vara, y subieron al estrado revestidos de burguesa solemnidad. Los dependientes del salón se alinearon al pie de la mesa, y después de anunciar el tasador que la venta comenzaba, casi reinó el silencio.

Vendieron primero, y a precio bajo, una colección insignificante de Preces pioe con miniaturas. Es inútil advertir que las miniaturas presentaban una lozanía admirable.

La modestia de las tasaciones alentó al grupo de cambalacheros, que se unieron a nosotros en confianza. Los caldereros entraron también, en espera de que les abriesen las puertas de una sala contigua, y groseras expansiones ahogaron los gritos del voceador.

Un magnífico códice de la Guerra de los judíos llamó la atención. Durante largo rato fue muy disputado. «¡Cinco mil francos, cinco mil!», anunciaba el voceador entre el silencio de los caldereros asombrados. Siete u ocho antifonales apenas tuvieron puja, y se adjudicaron a precios modestos. Una lozana revendedora, en pelo y a cuerpo, animada por el tamaño del libro y la modestia de la tasación, adquirió uno de aquellos antifonales por treinta francos.

Al cabo, el perito Polizzi puso sobre la mesa el número 42: «La leyenda dorada, manuscrito francés inédito; dos miniaturas soberbias. ¡Tasado en tres mil francos!».

—¡Tres mil! ¡Tres mil! —repetía el voceador.

—Tres mil —repuso secamente el tasador.

Me zumbaban las sienes y se nublaron mis ojos mientras una multitud de fisonomías ansiosas volvíanse hacia el manuscrito abierto y mostrado en torno de la sala por un dependiente.

—¡Tres mil cincuenta! —dije.

Y me quedé espantado del sonido de mi voz, confuso al ver que todos los rostros se volvían hacia mí.

—¡Tres mil cincuenta a la derecha! —dijo el voceador publicando mi ofrecimiento.

—¡Tres mil ciento! —repuso el señor Polizzi.

Entonces comenzó un duelo heroico entre el perito y yo.

—¡Tres mil quinientos!

—¡Seiscientos!

—¡Setecientos!

—¡Cuatro mil!

—¡Cuatro mil quinientos!

Luego, de un salto formidable, el señor Polizzi llegó hasta los seis mil.

¡Seis mil francos! Yo no podía disponer de más. Era para mí todo lo posible. Arriesgué lo imposible gritando:

—¡Seis mil ciento!

¡Ay! Lo imposible no era bastante.

—Seis mil quinientos —replicó el señor Polizzi con calma.

Bajé la cabeza y permanecí con la boca abierta, sin atreverme a replicar al voceador, que me gritaba:

—¡Seis mil quinientos! No es en la derecha; es aquí donde los dan; no equivocarse. ¡Seis mil quinientos!

—Enterados —dijo el tasador—. Seis mil quinientos. Conformes. ¿No hay quien dé más de seis mil quinientos francos?

Un silencio solemne reinaba en la sala. De pronto sentí que se me abría el cráneo. Era el martillo del escribano que, de un golpe seco dado sobre la mesa adjudicaba irrevocablemente el número 42 al señor Polizzi.

En seguida la pluma del pasante corrió sobre el papel sellado para registrar en un solo renglón aquel famoso acontecimiento.

Yo me sentí anonadado; necesitaba respirar el aire libre de la calle, y sin embargo no abandonaba mi sitio. Poco a poco recobré la serenidad. La esperanza es muy terca. ¡Tuve una esperanza! Supuse que el nuevo poseedor de La leyenda dorada sería un bibliófilo inteligente y liberal que me permitiría estudiar el manuscrito y hasta publicar las partes más esenciales. Por esto cuando la subasta hubo terminado, acerquéme al perito, que bajaba de la tarima, y le dije:

—Señor perito, ¿ha comprado usted el número 42 por cuenta propia, o por encargo de alguien?

—Por encargo. Tenía orden de adquirirlo a cualquier precio.

—¿Puede usted decirme el nombre del comprador?

—Lamento que no me sea posible complacerle, porque me han prohibido publicarlo.

Me alejé lleno de angustia.




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