El crimen de Sylvestre Bonnard: 012

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



30 de diciembre de 1859.


—Teresa, ¿no oye usted que llaman a la puerta hace un cuarto de hora?

Teresa no me responde. Estará de charla en la portería, seguramente. ¿Es así como felicita usted los días a su viejo amo? ¿Me abandona en la víspera de San Silvestre? ¡Ay! Para que yo recibiera hoy felicitaciones cariñosas, tendría que salir alguien de la tierra, puesto que todos los que me querían están enterrados. Ignoro por qué sigo en el mundo. Vuelven a llamar. Me aparto del fuego lentamente, y un poco encogido me dirijo a la puerta para abrirla. ¿Qué veo en el descansillo? No es el Amor mojado, como yo no soy tampoco el viejo Anadreonte; pero es un precioso mozalbete de once años. Nadie le acompaña, y levanta la cabeza para verme. A pesar de que se ruboriza, su naricita respingona le da cierto aspecto atrevido. Lleva plumas en el sombrero y un cuello de anchos encajes. ¡Lindo muchacho! Sujeta con los dos brazos un paquete tan grande como él, y me pregunta si soy el señor Silvestre Bonnard. Le respondo que sí. En cuanto me entrega el paquete y me dice que lo trae de parte de su mamá, escapa.

Bajo algunos escalones, me inclino sobre la barandilla y veo que el sombrerito de plumas da vueltas por la espiral de la escalera, como una pluma lanzada al viento. ¡Adiós, hijo mío! Mucho me hubiera gustado hablarle, pero ¿qué le habría preguntado? No es prudente interrogar a los niños; y el paquete puede acaso instruirme bastante mejor que el mensajero.

Es un paquete grande y de muy escaso peso. En mi biblioteca desato las cintas, quito el papel que lo envuelve, y veo… ¿qué? Un leño, un leño enorme, un verdadero tronco de Navidad; como pesa muy poco lo supongo hueco, y efectivamente, averiguo que se compone de dos partes unidas por dos aldabillas, que se abre sobre unas charnelas. Descorro las aldabillas y me cubre una lluvia de violetas que invaden mi mesa, mi pecho y mi alfombra; entran en mi chaleco, en mis mangas; me ponen perfumadísimo.

—¡Teresa! ¡Teresa! Traiga floreros con agua. Aquí hay unas violetas que no sé de dónde vienen ni quién las envía; pero deben proceder de un país encantador y de una mano preciosa. Vieja lechuza, ¿me oye usted?

He puesto las violetas sobre la mesa, que recubren por entero con su abundancia perfumada. Pero aún queda algo dentro del leño; un libro, un manuscrito. Es…, no puedo creerlo y, sin embargo, es imposible dudarlo… Es La leyenda dorada, es el manuscrito del clérigo Juan Toutmouillé. Aquí están La Purificación de la Virgen y La Coronación de Proserpina; he aquí la leyenda de San Droctoveo. Contemplo la reliquia perfumada de violetas. Vuelvo las páginas, entre las cuales han resbalado algunas florecillas pálidas, y encuentro junto a la leyenda de Santa Cecilia una tarjeta que dice: «Princesa Trepof».

¡Princesa Trepof! Usted, que reía y lloraba alternativamente, con tanta gracia, bajo el hermoso cielo de Agrigente, y a la que un viejo taciturno juzgó locuela, hoy me parece loca del todo con espléndida y bella locura; y «la buena persona» a quien colma de alegría irá con el tiempo a besar su mano y a devolverla este precioso manuscrito, cuya publicación exacta le deberemos la ciencia y yo.

En aquel momento Teresa entró en mi despacho: estaba agitadísima.

—Señor —exclamó—, adivine usted a quien acabo de ver hace un instante en un coche blasonado, parado delante de esta casa.

—¡A la señora Trepof! —exclamé.

—No conozco a ninguna señora Trepof —me respondió mi criada—. La mujer a quien acabo de ver va vestida como una duquesa y la acompaña un niño cubierto de encajes; y es aquella señora Coccoz a quien envió usted leña cuando dio a luz hace once años. La reconocí en seguida.

—¿Es —pregunté vivamente— la señora Coccoz, la viuda del vendedor de almanaques?

—La misma, señor; la portezuela estaba abierta, y luego el niño, que salía de esta casa, subió al coche. No ha cambiado. ¿Cómo van a envejecer esas mujeres, si no se preocupan de nada? La Coccoz está solamente un poco más gorda que antes. ¡Una mujer a quien recibieron en esta casa por caridad, atreverse a venir aquí luciendo sus diamantes y su coche blasonado! ¿No es una vergüenza?

—Teresa —exclamé con voz terrible—, si no habla usted de esa señora con profunda veneración, regañaremos para siempre. Traiga usted aquí los jarrones de Sèvres para poner estas violetas, que dan a la ciudad de los libros un encanto que no tuvo jamás.

Mientras Teresa buscaba los jarrones de Sèvres yo contemplaba aquellas hermosas violetas, cuyo aroma se esparcía en torno mío como el perfume de un alma encantadora, y me preguntaba por qué no había reconocido a la señora Coccoz en la princesa Trepof. Pero fue para mí una visión muy rápida la de la joven viuda que me había presentado en la escalera a su hijo desnudo. Tenía más razones para acusarme de pasar junto a un alma privilegiada y hermosa sin haberlo sospechado.

«Bonnard —me decía—, descifras textos antiguos pero no sabes leer en el libro de la vida. La bulliciosa princesa Trepof, a quien sólo concediste un alma de pájaro, ha puesto en agradecer más celo y más inteligencia del que tú pusiste nunca en agradar a nadie. Te ha pagado regiamente la leña que la enviaste…».

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—Teresa, era usted una urraca y ahora es usted una tortuga. Venga a poner en agua estas violetas de Parma.



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