El crimen de Sylvestre Bonnard: 013

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France




II



JUANA ALEXANDRE


I



Lusance, 8 de agosto.


Cuando me apeaba del tren en la estación de Melún, la noche extendía su calma sobre la campiña silenciosa. El suelo, recalentado por un sol bochornoso, «por un fecundo sol», como dicen los segadores del Viré, exhalaba un olor fuerte y cálido. El perfume de las yerbas se difundía pesadamente a ras de tierra. Después de sacudirme el polvo del viaje, respiré con alegría. Mi maleta, que mi criada había llenado con mi ropa y mis utensilios de limpieza, munditiis, me pesaba tan poco que yo jugaba con ella como al salir de sus clases juega un colegial con el paquete de sus textos elementales oprimidos por una correa.

¡Si yo fuese todavía un chiquillo! Pero hace ya cincuenta años, muy corridos, que mi difunta madre, después de preparar una rebanada de pan con arrope, la metió en una cestita cuya asa me puso en el brazo, y provisto de este modo me condujo al colegio del señor Douloir, situado entre un patio y un jardín en la esquina del pasaje de Comercio muy frecuentado por los gorriones. El enorme señor Douloir nos sonrió con amabilidad y me acarició el rostro para expresar la simpatía que yo le inspiraba momentáneamente; y en cuanto mi madre atravesó el patio entre los gorriones que huían al verla, el señor Douloir ya no sonreía ni afectaba la menor ternura, y me miraba como a un ser insignificante. Luego advertí que todos sus discípulos le inspirábamos igual indiferencia; y nos distribuía los palmetazos con una agilidad impropia de su mucho volumen. Pero su primitivo afecto volvía a dominarle cada vez que hablaba a nuestras madres en presencia nuestra: entonces encarecía nuestras felices disposiciones y nos envolvía en una mirada cariñosa. Fue un tiempo muy agradable el que pasé en los bancos del señor Douloir con otros niños que, como yo, lloraban y reían con toda su alma desde la mañana hasta la noche.

Después de medio siglo, estos recuerdos flotan nuevamente con lozanía y brillantez en la superficie de mi alma, bajo este cielo estrellado que no cambia ni varía nunca, y cuyas claridades inmutables y serenas, verán impasibles a muchos colegiales, como yo lo fui entonces convertirse en sabios catarrosos y canos, como lo soy ahora.

¡Estrellas que habéis lucido sobre la cabeza ligera o pesada de todos mis olvidados ascendientes!, ¡vuestro resplandor despierta en mi alma un sentimiento doloroso! ¡Quisiera tener una posteridad que os admirase todavía cuando yo no pueda ya veros!

¡Sería padre y abuelo si tú hubieras querido, Clementina, cuyas mejillas asomaban tan frescas bajo la capotita rosa! Pero te casaste con Aquiles Allier, rico hacendado nivernés, y algo noble porque su padre, plebeyo acaparador de bienes nacionales, había comprado el archivo de sus señores con la casona y las tierras. No volví a verte desde que te casaste, Clementina, y supongo que tu vida transcurrió hermosa, obscura, suave, en vuestra residencia señorial. Supe un día, par casualidad, y gracias a uno de tus amigos, que al abandonar este mundo dejabas una hija semejante a ti. Aquella noticia, que veinte años antes hubiera sublevado todas las energías de mi alma, sólo me inspiró un profundo silencio; la emoción que me invadía no era un dolor agudo, sino la tristeza intensa y tranquila de un alma dócil a las enseñanzas de la Naturaleza. Comprendí que lo que yo había querido ya era sólo una sombra; pero tu recuerdo es aún el encanto de mi vida. Tu figura agradable, después de haberse marchitado lentamente, desapareció bajo la yerba espesa. La juventud de tu hija pasó también. Sin duda su belleza también se habrá deshojado; pero yo te veo siempre, Clementina, con tus bucles rubios y tu capotita rosa.

¡Qué hermosa noche! Reina con noble languidez sobre los hombres y los animales ya libres del yugo cotidiano, y siento su benigna influencia, aún cuando por una costumbre de sesenta años sólo reconozco la existencia de las cosas en los signos que las representan. Para mí en el mundo no hay más que palabras; soy un filólogo impenitente. Cada uno construye a su manera el sueño de su vida.

Yo he construido mi ensueño en mi biblioteca, y cuando me llegue la hora de abandonar este mundo, ¡ojalá me encuentre Dios sobre mi escalera frente a los estantes repletos de libros!

—¡Eh! ¡Ya lo creo que es él! ¡Buenas tardes, señor Silvestre Bonnard! ¿Adónde iba usted a través de la campiña con paso ligero, mientras yo le esperaba junto a la estación con mi cochecillo? Se me escabulló al apearse del tren; yo volvía confuso a Lusance. Déme su maleta y suba al coche conmigo. ¿Sabe usted que desde aquí hasta la casona hay siete kilómetros bien largos?

¿Quién me habla de tal modo, con robusta voz desde lo alto de su cochecillo? Es Pablo de Gabry, sobrino y heredero de Honorato de Gabry, par de Francia en 1842 y poco ha fallecido en Mónaco. Precisamente a casa de Pablo de Gabry me dirigía con el equipaje preparado por mi criada. Aquel hombre admirable acababa de heredar, con sus dos cuñados, los bienes de su tío, que por ser descendiente de una antigua familia de toga poseía en su residencia de Lusance una biblioteca donde abundaban los manuscritos, algunos de los cuales eran de fines del siglo XIII. Para inventariar y catalogar aquellos manuscritos iba yo a Lusance, cariñosamente solicitado por Pablo de Gabry, cuyo padre, hombre mundano y bibliófilo distinguido, sostuvo siempre conmigo relaciones muy corteses. A decir verdad, el hijo no heredó las nobles inclinaciones del padre. Pablo es entusiasta del deporte, entiende mucho de perros y caballos, y creo que, de todas las ciencias propias para saciar o engañar la inagotable curiosidad de los hombres, la de la cuadra y la perrera son las únicas que posee plenamente.

No puedo decir que me sorprendiera encontrarle, puesto que estaba citado con él, pero confieso que, impelido por el curso natural de mis pensamientos, había olvidado la residencia señorial de Lusance y sus huéspedes hasta el punto de que la voz del hidalgo campesino, cuando yo me internaba en la carretera que se extendía ante mí como una cinta, resonó de pronto en mis oídos estruendosamente.

Me sobran razones para temer que mi fisonomía reveló mi distracción incongruente con cierta vaguedad estúpida que suele revestir en la mayoría de las transacciones sociales. Mi maleta ocupó un lugar en el cochecillo y yo después de la maleta. Me agradó mi huésped por su cordial sencillez.

—No entiendo nada de pergaminos —me dijo—, pero no le faltará con quién discutir semejantes asuntos. Sin contar al cura, que es literato, y al médico, persona muy agradable aunque no poco liberal, encontrará usted alguien que le seguirá la corriente en estos particulares: mi mujer. No es una erudita, pero no hay nada que se resista a su poder de adivinación. También cuento, a Dios gracias, para retenerle el mayor tiempo posible, con la presencia de la señorita Juana, que tiene unas mágicas manos y un alma angelical.

—La señorita, tan privilegiadamente dotada, ¿es de su familia?

—No —me respondió Pablo con los ojos fijos en las orejas del caballo, que trotaba sobre la carretera azulada por la luna—; es una amiguita de mi mujer. Es huérfana de padre y madre. Su padre nos comprometió en una peligrosa aventura de dinero, de la que salimos bastante mal.

Luego meneó la cabeza y varió la conversación para advertirme el estado lastimoso en que se hallaban el parque y la casona, completamente abandonados durante treinta y dos años.

Supe por él que Honorato Gabry, su tío, andaba siempre a la greña con los cazadores furtivos, contra quienes su guarda disparaba como si fueran conejos. Uno de ellos, campesino vengativo, que recibió en pleno rostro la perdigonada del señor, le esperó una noche entre los árboles del paseo, y faltó poco para que le matase, puesto que de un balazo le despuntó una oreja.

—Mi tío —continuó Pablo— quiso averiguar la procedencia de aquella bala; pero al convencerse de que sus pesquisas eran inútiles, continuó, sin apresurarse, hacia la casona. Al otro día llamó al administrador para ordenarle que pusiera una cerca a todos sus dominios y que no dejaran entrar alma viviente. Prohibió en absoluto que se permitiera tocar nada, y mandó que no limpiasen ni compusiesen nada hasta su regreso. Dijo entre dientes, como en la canción, que volvería por la Pascua o por la Trinidad, y como en la canción pasó la Trinidad sin que volvieran a verle. Hace un año murió en Cannes, y mi cuñado y yo fuimos los primeros que entramos en la residencia abandonada durante treinta y dos años. En el centro del salón había crecido un castaño, y para recorrer el parque se necesitaba replantear el trazado de los caminos.

Mi compañero calló, y sólo se oían el trote regular del caballo y los zumbidos de los insectos entre la yerba. A uno y otro lado del camino los montones de haces se alzaban en los campos, y a la difusa claridad lunar semejaban mujeres enormes, blancas y arrodilladas. Entreguéme como un chiquillo a las magníficas seducciones de la noche. Después de pasar bajo la obscura bóveda del paseo, torcimos hacia la derecha y seguimos por una avenida señorial, al fin de la que se me apareció de pronto la residencia como una mole negra, con sus torreones en las esquinas. Seguimos una especie de calzada que da acceso al patio de armas; cruzamos el foso por donde el agua corre, pero sobre el cual ya no existe puente levadizo. La pérdida del puente levadizo fue, según creo, la primera humillación que el dominio fortificado tuvo que sufrir antes de verse reducido al pacífico aspecto de residencia señorial que ofrecía cuando me recibió. Las estrellas se reflejaban en el agua turbia, como en un espejo. Pablo me acompañó hasta mi habitación, situada en el segundo piso, al final de un pasillo largo; disculpóse de no presentarme en seguida a su mujer por lo avanzado de la hora, y me dio las buenas noches.

Las gracias galantes del siglo XVIII impregnan mi cuarto, de blancas paredes y colgaduras de Persia. Las cenizas calientes aún me declaran las precauciones tomadas para librarme de la humedad, y llenan la chimenea sobre cuyo mármol hay un busto de la reina María Antonieta en porcelana blanca. En el marco blanco del espejo, obscurecido y manchado, dos garfios de cobre de donde habrían colgado sus llaveros las damas de otros tiempos, se prestan gustosos a sostener mi reloj, al que tengo la precaución de dar cuerda, pues, contra las máximas de los telemistas, opino que el hombre sólo es dueño del tiempo —y el tiempo es la vida— cuando lo dividido en horas, en minutos y en segundos, es decir, en partes proporcionadas a la brevedad de la existencia humana.

Y reflexiono que la vida sólo nos parece corta porque la medimos inconsiderablemente con nuestras locas esperanzas. Todos, como el anciano de la fábula, debemos añadir un ala a nuestro edificio. Antes de morir quiero terminar la historia de los abates de Saint-Germain-des-Près. El tiempo que Dios concede a cada uno de nosotros es como un tisú que cada cual borda lo mejor que puede. Yo entretejí el mío con toda clase de ilustraciones filológicas. Así divaga mi pensamiento, y mientras me pongo el gorro de dormir la idea del tiempo me conduce al pasado. Por segunda vez, en breves instantes, tu recuerdo me asalta, Clementina, y te bendigo con ternura en tu posteridad antes de apagar mi vela y de dormirme arrullado por el croar de las ranas.



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