El crimen de Sylvestre Bonnard: 014

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



II



Lusance, 9 de agosto.


Durante el almuerzo tuve distintas ocasiones de apreciar la conversación de la señora de Gabry, la cual me advirtió que varios fantasmas frecuentaban su residencia, y principalmente la Dama de los tres pliegues en la espalda, envenenadora en su tiempo y alma en pena para siempre. No acierto a decir con cuánto colorido y con cuánta gracia me refirió aquel antiguo cuento. Tomamos el café en la terraza, cuyos balaustres arrancados a su zócalo de piedra por la yedra vigorosa, que aún los envolvía, se hallaban presos entre los tallos de la planta lasciva, con la actitud desesperada de las mujeres tesalianas entre los brazos de los centauros raptores.

La residencia, semejante en su forma a un carro de cuatro ruedas, guarnecida por un torreón en cada ángulo, había perdido todo su carácter a consecuencia de sucesivas reparaciones. Era un edificio espacioso y cómodo; nada más. No me pareció que hubiera sufrido grandes desastres durante un abandono de treinta y dos años; pero cuando entré en el salón de recepciones del piso bajo guiado por la señora de Gabry, vi los techos arqueados, los zócalos podridos, las pinturas de los entrepaños negruzcas y casi por completo desprendidas de los marcos. Un castaño arraigado allí levantaba las tablas del piso y dirigía hacia la ventana sin cristales sus penachos de anchas hojas.

No dejó de intranquilizarme aquel espectáculo. Pensé que la rica biblioteca de Honorato de Gabry, instalada en una habitación contigua, padecería durante largo tiempo influencias deletéreas. Sin embargo, al contemplar el castaño del salón no pude menos de sentirme admirado ante el magnífico vigor de la Naturaleza y la irresistible fuerza que impulsa todo germen a desarrollarse en la vida; y me entristecía advertir que el esfuerzo que hacemos los sabios para retener y conservar las cosas muertas, es un esfuerzo penoso y vano. Todo lo que ha existido sirvió de sustento indispensable a las nuevas vidas. El árabe que se construye una cabaña con los mármoles de los templos de Palmira, es más filósofo que todos los conservadores de los museos de Londres, de París y de Munich.



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