El crimen de Sylvestre Bonnard: 019

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



Del 2 al 5 de mayo.


He visto en su «estudio» al señor Mouche, el tutor de Juanita. Bajito, delgado, seco; su tez parecía impregnada en el polvo de sus legajos. Es un animal con gafas y no creo posible imaginarle sin ellas. He oído al señor Mouche: tiene voz de carraca y se expresa con frases rebuscadas; pero yo hubiera preferido que no las rebuscase tanto. He observado al señor Mouche: es ceremonioso, y mira a la gente con el rabillo del ojo, por debajo de las gafas.

El señor Mouche es feliz, según él me ha dicho; está satisfecho del interés que me inspira su pupila, pero no supone que hayamos nacido para divertirnos. No, no lo cree; y debo añadir, en justicia, que a su lado se comparte su opinión por lo poco ameno que resulta. Teme sugerir a su pupila una idea falsa y perniciosa de la existencia si la con-siente muchas distracciones. «Por lo cual —me ha dicho— suplico a la señora de Gabry que vea y obsequie lo menos posible a la muchacha».

Cuando me alejé del notario ruin y de su polvoriento «estudio», llevaba yo una autorización en toda regla (cuanto procede del señor Mouche, está en toda regla) para ver el primer jueves de cada mes a la señorita Juana Alexandre en el colegio de la señorita Préfère, maestra establecida en la calle Demours, de Ternes.

El primer jueves de mayo me dirigí a casa de la señorita Préfère, cuyo establecimiento reconocí en seguida por un rótulo de letras azules. Aquel azul fue para mí un primer indicio del carácter de la señorita Préfère, que tuve después ocasión de estudiar detenidamente. Una criada titubeante cogió mi tarjeta y me dejó solo, sin decirme una palabra de esperanza, en un frío salón donde se respiraba ese olor insulso peculiar de los refectorios de los colegios. La madera de aquel salón había sido encerada con tan implacable energía que temí resbalar y caer, pero felizmente advertí que algunas alfombritas de lana estaban colocadas ante las sillas de paja, puse a cada paso un pie sobre uno de aquellos islotes de tapicería, y así logré llegar hasta la chimenea junto a la cual me senté desalentado.

Vi sobre la chimenea un cartel con marco dorado que se titulaba, en espléndidos caracteres góticos, Cuadro de Honor, y contenía muchos nombres, entre los cuales no tuve la dicha de hallar el de Juanita Alexandre. Después de haber leído repetidas veces los nombres de las discípulas que a los ojos de la señorita Préfère se habían distinguido, me intranquilizó pensar que nadie se aproximaba. La señorita Préfère seguramente conseguiría establecer en sus dominios pedagógicos el silencio absoluto de los espacios celestes, si los gorriones no mostrasen predilección por su patio donde piaban con todas sus fuerzas en número infinito. Era grato oírlos; pero ¿cómo verlos a través de los cristales esmerilados? Tuve que conformarme con el espectáculo que me ofrecía el salón, adornado en sus cuatro paredes con dibujos ejecutados por las colegialas. Allí había vestales, flores, chozas, capiteles, volutas y una enorme cabeza de Tatio, rey de los sabinos, firmada por Estrella Mouton.

Me cansaba ya de admirar la energía empleada por la señorita Mouton en el dibujo de las cejas como cepillos y de los irritados ojos del guerrero, cuando un murmullo más tenue que el de una hoja seca arrastrada por el aire me hizo volver la cabeza. En efecto, no era una hoja seca: era la señorita Préfère. Con las manos cruzadas, avanzaba sobre el reluciente piso como las santas de La leyenda dorada sobre la superficie cristalina del agua. Dudo que en ninguna otra ocasión la señorita Préfère vuelva a recordarme las adorables vírgenes de la mística leyenda. Limitado a contemplar su rostro, más bien le encontrara parecido con una manzana reineta conservada durante el invierno en el desván de una hacendosa ama de casa. Abrigaba sus hombros una manteleta listada que no ofrecía nada de particular, pero que la maestra llevaba como una vestidura sacerdotal o como la insignia de un elevado magisterio.

La di cuenta del objeto de mi visita y la entregué mi carta de presentación.

—¿Ha visto usted al señor Mouche? —me dijo—. ¿Su salud es todo lo buena que puede desearse? Es un hombre tan honrado, tan…

No acabó la frase y sus ojos se alzaron hacia el techo. Los míos los siguieron para fijarse en una pequeña espiral de papel recortado que, colgado en el lugar de lámpara, según mis conjeturas atraía las moscas, y por consiguiente las alejaba de los marcos dorados, de los espejos y del cuadro de honor.

—He conocido —dije— a la señorita Juana Alexandre en casa de la señora de Gabry, donde pude apreciar el excelente carácter y la clara inteligencia de la niña. Como traté a sus abuelos, me complacería consagrarle un interés semejante al que sus progenitores me inspiraron.

Por toda respuesta la señorita Préfère suspiró profundamente, oprimió contra su pecho su misteriosa manteleta, y volvió a fijar los ojos en la pequeña espiral de papel.

Por fin dijo:

—Caballero: puesto que ha conocido usted al señor y a la señora Noel Alexandre, me complazco en pensar que deplora, como el señor Mouche y como yo, las quiméricas especulaciones que los condujeron a la ruina, y condujeron a su hija a la miseria.

Al oír aquellas palabras comprendí que es una enorme desdicha ser desventurado, y que esa desdicha es imperdonable en los que durante mucho tiempo fueron dignos de envidia; su derrota nos venga y nos halaga; somos implacables.

Después de haber declarado con franqueza que desconocía en absoluto aquellas cuestiones de intereses, pregunté a la directora si estaba satisfecha de la conducta de Juanita Alexandre.

—¡Es una criatura indomable! —repuso la señora Préfère.

Y tomó una actitud académica para expresar simbólicamente la situación que la creaba una discípula de tan ineducables condiciones. Luego adujo, ya sosegada:

—No carece de inteligencia, pero no puede aplicarse a estudiar nada metódico.

¡Qué extraña persona era la señorita Préfère! Andaba sin doblar las piernas y hablaba sin mover los labios. Sin detenerme más de lo debido en esas particularidades, la respondí que el método era cosa muy excelente sin duda, y que de ello estaba yo muy bien enterado, pero que al fin lo importante es saber algo y no la manera de aprenderlo.

La señorita Préfère hizo lentamente un gesto negativo. Luego suspiró:

—¡Ah!, caballero: las personas ajenas a la pedagogía tienen ideas muy falsas. Estoy segura de que hablan con la más sana intención del mundo, pero harían mejor si se atuvieran a lo que dicen personas competentes.

No quise insistir y me limité a preguntar si podría ver en seguida a la señorita Alexandre.

Contempló su manteleta: buscaba tal vez la respuesta más oportuna en el enmarañamiento de sus franjas, como buscaría en un formulario, y dijo al fin:

—La señorita Juana Alexandre está en una clase. Aquí las mayores enseñan a las pequeñas. Esto se llama «enseñanza mutua…». Sin embargo, para que no se haya usted molestado inútilmente la mandaré llamar. Permítame ahora, caballero, que para mayor formalidad inscriba el nombre de usted en el registro de las visitas.

Sentóse ante la mesa, abrió un ancho cuaderno, y sacó de la manteleta la carta del señor Mouche, que había guardado.

—Bonnard termina con una d ¿no es cierto? —me dijo mientras escribía—. Dispense usted que insista en este detalle; pero mi opinión es que los nombres propios tienen su ortografía. Aquí, caballero, se hacen dictados de nombres propios…, nombres históricos, ¡naturalmente!

Después de inscribir mi nombre con mano suelta, me preguntó si podría poner además alguna profesión, como «antiguo negociante», «empleado», «rentista» o cualquiera otra. En su registro había una columna para las profesiones.

—¡Dios mío!, señora —la dije—, si tiene gusto en llenar esa columna, ponga usted «de la Academia Francesa».

La manteleta de la señorita Préfère continuaba en mi presencia, pero ya no cubría a la señorita Préfère que poco antes conocí, sino a una nueva persona, condescendiente, agradable, cariñosa, feliz, radiante. Sus ojos sonreían; las pequeñas arrugas de su rostro (y eran muchas) también sonreían; su boca sonreía también, aunque sólo de un lado. Habló; su voz mudóse tanto como sus facciones; era una voz dulce.

—Decía usted, caballero, que nuestra querida Juanita es inteligente. Yo había hecho ya la misma observación, y me halaga que seamos del mismo parecer; en realidad esa muchacha me interesa muchísimo. Aunque un poco precipitada, tiene lo que yo llamo un «envidiable carácter». Perdóneme usted si abuso de sus preciosos momentos.

Llamó a la criatura, que después de mostrarse más servicial y más despavorida que antes, se retiró con orden de advertir a la señorita Juana Alexandre que el señor Silvestre Bonnard, de la Academia Francesa, le esperaba en el salón.

La señorita Préfère sólo tuvo tiempo para comunicarme que las decisiones de la Academia, fueran cuales fueran, las inspiraba siempre un profundo respeto; y Juanita se presentó sofocada, con los ojos muy abiertos, los brazos caídos, y encantadora en su encogimiento inocente.

—¡Cómo vienes! —murmuró la señorita Préfère con dulzura maternal, mientras le arreglaba el cuello del vestido.

Efectivamente. Juanita se había presentado de una manera extraña. Sus cabellos muy tirantes y sujetos por una redecilla de la cual salían algunos mechones, sus delgados brazos cubiertos hasta el codo por unos puños de satén, sus manos enrojecidas por los sabañones que sin duda la molestaban mucho, su vestido muy corto que dejaba ver unas medias demasiado anchas y unas botas con los tacones torcidos, y una cuerda de saltar atada a la cintura: daban a Juanita un aspecto muy poco presentable.

—¡Locuela! —suspiró la señorita Préfère, que parecía en aquellos momentos, no una madre sino una hermana mayor.

Deslizóse como una sombra sobre el espejo del suelo, y desapareció.

Dije a Juanita:

—Siéntese y hábleme como a un amigo. ¿Está usted contenta en esta casa?

Vaciló, y me respondió luego con resignada sonrisa:

—No mucho.

Jugueteaba en silencio con los mangos de la cuerda.

La pregunté si a su edad saltaba aún a la comba.

—¡Oh, no, señor! —me respondió vivamente—. Cuando la criada me dijo que me esperaba usted en el salón, hacía saltar a las pequeñas, y para no perder la cuerda me la lié a la cintura. No es muy correcto; le ruego que me perdone; ¡tengo tan poca costumbre de recibir visitas!

—¡Dios mío! ¿Por qué supone usted que me desagrada verla presentarse con una cuerda de saltar? Las Clarisas llevaban una cuerda a la cintura, y eran unas santas mujeres.

—¡Es usted muy bueno, porque ha venido a verme y porque me habla como me habla! No se me ha ocurrido darle las gracias al entrar; ¡me sorprendió tanto su visita! ¿Ha visto usted a la señora Gabry? ¿Quiere usted que hablemos de ella?

—La señora Gabry —respondí— está perfectamente. Se halla en sus posesiones de Lusance. Le diré a usted, Juanita, respecto a la señora de Gabry, lo que un viejo jardinero decía cuando alguien le preguntaba por su dueña: «La señora está en su camino». La señora de Gabry está en su camino; ya sabe usted Juanita cuán atinado es su camino y con qué paso tan igual lo recorre. El otro día, antes de que se marchase a Lusance, fui con ella muy lejos, muy lejos, y hablamos largamente de usted. Hablamos de usted, hija mía, ante la tumba de su madre.

—Mucho se lo agradezco —dijo Juanita.

Y se puso a llorar.

Con gran respeto dejé correr aquellas lágrimas infantiles, y mientras se enjugaba los ojos la rogué que me contara su vida en el colegio.

Me dijo que era a la vez discípula y maestra.

—¿La educan y usted educa? Tal orden de cosas es muy frecuente en el mundo. Hay que soportarlo, hija mía.

Pero me dio a entender que ni aprendía mucho ni enseñaba gran cosa; era la encargada de vestir a las niñas de la clase de párvulos, de lavarlas, de enseñarles modales, el alfabeto, el uso de la aguja; de hacerlas jugar y de acostarlas después de los rezos.

—¡Ah! —exclamé—, ¿eso es lo que la señorita Préfère llama «enseñanza mutua»? No puedo ocultárselo, Juanita; la señorita Préfère no me agrada del todo y no la creo tan buena como debiera ser.

—¡Oh! Es como la mayoría de las gentes —respondió Juanita—. Es buena con las personas que la gustan, y no lo es con las que no consiguen serle gratas. ¡Yo… sospecho que no me quiere mucho!

—¿Y el señor Mouche? Juanita, ¿qué me dice usted del señor Mouche?

Me respondió con viveza:

—Caballero: le agradeceré que no me hable del señor Mouche. Se lo suplico.

Cedí a tan vehemente súplica y cambié de conversación.

—Juanita, ¿modela usted aquí figuras de cera? No he olvidado el hada que tanto me sorprendió en Lusance.

—No tengo cera —me dijo; y vi languidecer su brazo.

—¡La falta cera —exclamé— cuando habita en una república de abejas! Juanita, yo traeré cera de colores tan resplandecientes como las joyas.

—Muchas gracias, caballero; no me la traiga usted. Aquí no tengo tiempo para trabajar la cera. Sin embargo, había comenzado un San Jorge pequeñito con su coraza dorada. Las niñas creyeron que era una muñeca; jugaron con él y lo rompieron.

Sacó del bolsillo de su delantal una figurita cuyos miembros dislocados apenas estaban unidos por su armazón de alambre. Aquel espectáculo la inspiró a un tiempo alegría y tristeza; no pudo más la alegría, y sonrió con una sonrisa que fue bruscamente refrenada.

La señorita Préfère estaba de pie, vigilante, a la puerta del salón.

—¡Pobre niña! —suspiró la directora del colegio, y puso en sus palabras la mayor dulzura posible—. Acabará por fatigarle a usted, que sin duda tiene ocupaciones de mucha importancia.

La rogué que no se preocupase por mí; al levantarme para despedirme, saqué de los bolsillos las pastillas de chocolate y los dulces que llevaba.

—¡Oh!, caballero —exclamó Juanita—, con esto hay para todo el colegio.

La señorita de la manteleta intervino:

—Señorita Alexandre, dé usted las gracias a este caballero por su generosidad.

Juanita la miró con expresión recelosa, y luego me dijo:

—Le agradezco mucho estos regalos y le agradezco sobre todo que haya tenido la bondad de venir a verme.

—Juanita —la dije al estrechar sus manos—, sea usted siempre buena y animosa. Ya nos veremos.

Al retirarse con los paquetes de chocolate y de dulces, tropezó en una silla con los mangos de la comba. La señorita Préfère, indignada, oprimió su corazón debajo de la manteleta, y temí que su espíritu escolástico se desvaneciese.

Cuando estuvimos solos recuperó la serenidad, y me atrevo a decir, sin vanagloriarme, que me sonrió con todo un lado de su rostro.

—Señorita —la dije al advertir su actitud amable—, he observado que Juanita Alexandre está un poco pálida. Ya sabe usted que la edad crítica por que atraviesa exige muchas precauciones y cuidados. No quisiera desagradar a usted con mis advertencias. Cuídela mucho.

Aquellas palabras la encantaron sin duda; contemplaba como en éxtasis la espiral del techo, cruzó las manos y exclamó:

—¡Cómo saben descender hasta los más ínfimos detalles estos hombres eminentes!

La hice observar que la salud de una chiquilla no es un detalle ínfimo, y me despedí con mucha cortesía; pero me detuvo en la puerta y me dijo, dando a su voz inflexiones de íntima confidencia:

—Disculpe mi debilidad, señor mío. Soy mujer y la gloria me subyuga. No puedo ocultarle que la presencia de un académico en mi modesta institución pedagógica es para mí un triunfo que me enorgullece.

Disculpé la debilidad de la señorita Préfère, y preocupado solamente de Juanita, con la ceguera del egoísmo, por el camino repetí muchas veces: «¿Qué haremos de esa niña?».