El crimen de Sylvestre Bonnard: 020

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



2 de junio.


Habíamos acompañado aquel día hasta el cementerio de Marnes a un viejo colega de mucha edad que, según el pensamiento de Goethe, «consintió en morir». El magnífico Goethe, cuya fuerza vital era extraordinaria, creía en efecto que cada uno muere cuando le place, es decir, cuando todas las energías que se resisten a la descomposición final, cuyo conjunto constituye la vida misma, quedan completamente destruidas. En otras palabras: imaginaba que sólo se muere cuando ya no es posible vivir. ¡Enhorabuena! Sólo se trata de entenderse, y el precioso pensamiento de Goethe, bien interpretado, dice lo mismo que la canción de La Palisse.

Así pues, mi excelente colega había consentido en morir, gracias a dos o tres ataques de apoplejía de los cuales el último fue muy persuasivo y no admitió réplica. Le traté poco en vida, pero según parece fui muy amigo suyo en cuanto dejó de existir, puesto que mis colegas me suplicaron, graves y convencidos, que llevara una de las cintas del féretro y hablase ante su tumba.

Después de leer pésimamente un discurso que había escrito lo mejor que pude —lo cual no es mucho decir—, fuíme a pasear en los bosques de Ville d’Abray, sin pedirle demasiado apoyo a mi bastón, por un sendero que sombreaba el ramaje y donde la luz cernida formaba discos de oro. Jamás el olor de la yerba y de las hojas húmedas, jamás la belleza del cielo y la serenidad poderosa de los árboles penetraron con tanta violencia en mis sentidos y en mi alma, y la opresión que sentía en aquel silencio, turbado por una especie de zumbido continuo era a la vez sensual y religiosa.

Sentado a la orilla del camino, a la sombra de una encina, me prometí no morirme, al menos no consentir en morirme antes de haberme sentado nuevamente al pie de otra encina, donde influido por la serenidad pacífica de un extenso paisaje reflexionaré acerca de la naturaleza del alma y los destinos del hombre. Una abeja, cuyo cuerpo oscuro brillaba al sol como una armadura de oro viejo, se posó en una flor de malva de austera belleza y muy abierta sobre su tallo frondoso. No era ciertamente la primera vez que presenciaba yo tan vulgar espectáculo, pero sí era la primera vez que lo veía con una curiosidad afectuosa e inteligente. Reconocí entre el insecto y la flor toda clase de simpatías y mil relaciones ingenuas que hasta entonces nunca sospeché.

El insecto harto de néctar, huyó; describió al huir una trayectoria violenta. Yo me levanté y me sostuve sobre mis pies lo mejor que pude.

—Adiós —dije a la flor y a la abeja—. Ojalá viva el tiempo necesario para adivinar el secreto de vuestras armonías. Ya estoy rendido, pero el carácter del hombre es tal, que sólo descansa de un trabajo con otro nuevo. Las flores y los insectos me distraerán, Dios mediante, de la filología y de la diplomática. ¡Cuántas interpretaciones presenta el viejo mito de Anteo! He tocado la tierra y soy un hombre nuevo; a los sesenta y dos años nacen en mi alma nuevas curiosidades, como los retoños brotan en el carcomido tronco de un viejo sauce.



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