El crimen de Sylvestre Bonnard: 021

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



4 de junio.


Me agrada mirar desde mi balcón el Sena y sus muelles en una de esas mañanas grises y plácidas que comunican a los objetos una suavidad infinita. He contemplado el cielo azul que extiende sobre la bahía de Nápoles su serenidad luminosa, pero nuestro cielo de París es más espléndido, más hospitalario y más espiritual. Sonríe, amenaza, acaricia, se contrista y se alegra como una mirada humana. Derrama en este momento una suave claridad sobre los hombres y los animales que realizan su tarea cotidiana. Allí, a lo lejos, en la otra orilla, unos mocetones del puerto de San Nicolás desembarcan los cargamentos de cuernos de buey, mientras otros colocados en fila sobre un puente volante, se pasan de mano en mano los pilones de azúcar hasta la cala de un vapor. En el muelle del Norte los caballos de los coches de punto alineados a la sombra de los plátanos, con los hocicos metidos en sus morrales rumian tranquilamente el pienso, mientras los cocheros rubicundos vacían sus vasos ante el mostrador del tabernero y acechan con el rabillo del ojo a los burgueses madrugadores.

Los libreros dejan sus cajas sobre el parapeto. Esos heroicos traficantes del ingenio que viven sin cesar al aire libre, se hallan de tal modo familiarizados con el viento, las lluvias, las nevadas, las nieblas y el sol, que acaban por parecerse a las viejas estatuas de las catedrales. Todos son amigos míos, y no paso nunca ante sus puestos sin comprarles algún libro que seguramente hasta entonces yo había necesitado mucho sin sospecharlo siquiera.

Al regresar he de sufrir las amonestaciones de mi criada, que me acusa de romper los bolsillos y de llenar la casa de papeles viejos que atraen a los ratones. Teresa es comedida en esto, y precisamente porque es comedida, yo no suelo escucho sus consejos.

A pesar de mi aspecto tranquilo, me atrajeron siempre con mayor facilidad las pasiones desenfrenadas que la indiferente prudencia; pero como no son mis pasiones de las que destruyen, vociferan y asesinan, el vulgo no las advierte. Sin embargo me perturban, y algunas veces me han quitado el sueño las páginas escritas por un monje desconocido e impresas por un humilde aprendiz de Pedro Schoeffer. Y si esos locos ardores van extinguiéndose en mí, es porque yo también me extingo lentamente. Nuestras pasiones son nuestras propias esencias. Mis libros constituyen todo mi ser; soy viejo y arrugado como ellos.

Un viento ligero barre con el polvo de la calzada las semillas de los plátanos y los granos de cebada caídos de los morrales de los caballos Ese polvo no es nada, pero al verlo volar recuerdo que en mi infancia veía también un polvo semejante, y mi alma de viejo parisiense se conmueve. Todo cuanto diviso desde mi halcón, ese horizonte que se extiende a mi izquierda hasta las colinas de Chaillot y que me permite descubrir el Arco de Triunfo como un dedalito de piedra; el Sena, río glorioso, y sus puentes; los tilos de la terraza de las Tullerías; el Louvre del Renacimiento, cincelado como una joya; y a mi derecha, por la parte del Puente Nuevo, pons Lutetioe Novus dictus, como se lee en las estampas antiguas: el viejo y venerable París con sus torres y sus flechas. Todo esto es mi vida, yo mismo; nada sería yo sin esas imágenes reflejadas en mí por los mil matices de mi pensamiento que me inspiran y me animan. Ésta es la razón de que París me atraiga con un cariño inmenso.

Sin embargo estoy rendido, y comprendo que es imposible descansar en el seno de esta ciudad que piensa tanto, que me ha enseñado a pensar y continuamente me invita a pensar. ¿Cómo no vivir agitado entre esos libros que a todas horas excitan mi curiosidad y la fatigan sin satisfacerla? Ya es una fecha lo que urge conocer, ya un sitio lo que importa determinar fijamente, o alguna palabra vieja cuyo sentido verdadero hay que discurrir. ¿Palabras? ¡Oh! Sí; palabras. Como filólogo, soy su soberano; ellas son mis súbditos, y como buen rey las consagro mi vida entera. ¿Podré abdicar algún día? Adivino que debe haber en alguna parte, lejos de aquí, en el lindero de un bosque, una casita donde hallaré el descanso que necesito, en espera de que un descanso mayor, irrevocable, se apodere por completo de mí. Sueño con tener un banco junto a la puerta, y un horizonte campesino; pero sería preciso que un rostro lozano sonriera cerca de mí para reflejar y concentrar tanta lozanía; he de suponerme abuelo para llenar así todo el vacío de mi existencia.

No soy un hombre violento y sin embargo me irrito con facilidad; todas mis obras me ocasionaron tantos disgustos como satisfacciones. No sé por qué razón de pronto recuerdo la vana e imperdonable impertinencia que se permitió respecto a mí, hace tres meses, mi joven amigo del Luxemburgo. No le llamo amigo irónicamente, sino porque me agrada la juventud estudiosa, con todas sus temeridades y sus desvaríos. Sin embargo, mi amigo se extralimitó. El señor Ambrosio Paré, cirujano que practicó antes que nadie la ligadura de las arterias, para elevar donde al presente se halla la cirugía que hasta entonces anduvo en manos de barberos empíricos, viose atacado en su vejez por todos los aprendices portalancetas. Calificado en términos injuriosos por un joven aturdido, acaso el más virtuoso hijo del mundo pero que no poseía el sentimiento del respeto, el viejo maestro le respondió en su Tratado de la memoria, del unicornio, de los venenos y de la peste: «Le ruego —dijo aquel hombre insigne—, le ruego que si siente deseos de oponer algunas objeciones a mi réplica, suprima las animosidades y trate con más amabilidad a este viejo». Semejante respuesta es admirable en la pluma de Ambrosio Paré, pero aún cuando procediera de un empírico de aldea encanecido en el trabajo y burlado por un jovenzuelo, sería digna de alabanza.

Puede creerse que semejante recuerdo era reconcomio de un vil rencor. También yo lo creía, y me acusaba de preocuparme neciamente por las frases de un jovenzuelo que no sabe lo que se dice. Por fortuna mis reflexiones acerca de este particular tomaron en seguida un rumbo más oportuno, y por esto las anotó en mi cuaderno. Recordé que un día, y a mis veinte años (hace más de medio siglo), me paseaba con algunos camaradas por ese mismo jardín del Luxemburgo. Hablamos de nuestros viejos maestros, y uno de nosotros nombró al señor Petit-Radel, erudito estimable, que proyectó el primero alguna luz sobre los orígenes etruscos, pero tuvo la desdicha de redactar un cuadro cronológico de los amantes de Helena. Esto nos hizo reír enormemente, y yo exclamé: «Petit-Radel es un estúpido, no en ocho letras sino en ocho volúmenes».

Esta frase de adolescente es demasiado ligera para que pese aún sobre la conciencia de un viejo. ¡Ojalá sólo hubiera lanzado frases tan inocentes en la batalla de la vida! Pero hoy me pregunto si en mi existencia hice, sin sospecharlo, algo tan ridículo como el cuadro cronológico de los amantes de Helena. El progreso de las ciencias inutiliza los trabajos que más han ayudado a ese mismo progreso, y cuando tales obras apenas sirven ya la juventud cree de buena fe que nunca sirvieron, las desprecia, y al hallar en sus páginas una idea un poco anticuada, se burla. Por esto a los veinte años me burlaba yo del señor Petit-Radel y de su cuadro de cronología galante; por esto ayer, en el Luxemburgo, mi joven e irrespetuoso amigo…


No te quejes, Octavio y reflexiona.
Pides respeto, y tú nada respetas.




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