El crimen de Sylvestre Bonnard: 022

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



6 de junio.


Era el primer jueves de junio. Cerré mis libros y me despedí del santo abate Droctoveo que disfruta de la beatitud celeste y no tiene prisa de ver su nombre y sus trabajos glorificados sobre esta tierra en una humilde recopilación salida de mis manos. ¿Lo diré? Aquella malva que la semana pasada vi hostigada por un insecto, me preocupa más que todos los antiguos abates mitrados, y hace poco Teresa me sorprendió en la ventana de la cocina, ocupado en observar con un lente las flores de los alhelíes. Hay en un libro de Sprengel, que leí en mi primera juventud, cuando yo lo leía todo, algunas ideas acerca de los amores de las flores, que renacen en mi imaginación después de medio siglo de olvido y me interesan hasta el punto de obligarme a lamentar no haber consagrado las humildes facultades de mi alma al estudio de los insectos y de los vegetales.

Hacía todas estas reflexiones mientras buscaba mi corbata. Pero después de revolver inútilmente varios cajones recurrí a Teresa, que llegó arrastrando los pies.

—Señor: si me hubiese dicho usted que pensaba salir, le hubiera dado su corbata.

—Pero, Teresa —respondí—, ¿no sería preferible dejarla en un sitio dónde yo pudiera cogerla sin pedirle a usted permiso?

Teresa no se dignó responderme.

No me deja disponer de nada; no puedo coger un pañuelo sin pedírselo; y como es sorda, calmosa, y además ha perdido por completo la memoria, carezco perpetuamente de todo; pero disfruta con tan apacible orgullo de su autoridad doméstica, que no me siento con fuerzas para tomar una determinación contra la administradora de mis armarios.

—¡Mi corbata, Teresa! ¿No me oye usted? ¡Mi corbata! Si me desespera usted con su lentitud, no será una corbata lo que yo necesite sino una cuerda para ahorcarme.

—¿Tanta prisa tiene usted, señor? —me responde Teresa—. Su corbata no se ha perdido; aquí no se pierde nada, porque yo me ocupo de todo; pero déme tiempo siquiera para buscar.

«He aquí —pensaba yo—, he aquí el resultado de medio siglo de abnegación. Si por fortuna la inexorable Teresa hubiese faltado a sus deberes tan sólo una vez, no adquiriera sobre mí ese imperio inflexible, y al menos me atrevería yo a defenderme. Pero ¿puedo resistirme a la virtud? Las personas que no tuvieron debilidades son terribles: no hay defecto que reprocharles. Ella no duda de sí, ni de Dios, ni del mundo; es la mujer fuerte, la virgen prudente de la Escritura; los hombres no la conocen, pero yo sí. La imagino con un quinqué en la mano, un humilde quinqué de cocina que brilla bajo las vigas de un techo rústico, y que nunca se apagará gracias a esos brazos flacos y resistentes como un sarmiento».

—¡Teresa!, ¡mi corbata! ¿No sabe usted, infeliz, que hoy es el primer jueves de junio y que la señorita Juanita me espera? La directora del colegio habrá mandado encerar el piso del salón; a estas horas ya estará como un espejo, y será un encanto para mí ver reflejada mi triste figura, aunque me cueste romperme un brazo. Si esto sucede, imitaré al amable y admirable héroe cuya efigie está cincelada en el puño del bastón del tío Víctor, decidido a sufrir las adversidades con rostro sonriente y alma constante. Mire usted qué sol tan hermoso. Los muelles se doran y el Sena sonríe con innumerables repliegues deslumbra-dores. La ciudad se cubre de oro; un polvillo rubio flota sobre sus hermosos perfiles, como una cabellera… ¡Teresa, mi corbata!… ¡Ah!, hoy comprendo a Chrysale, que ocultaba sus cuellos en un tomo de Plutarco. Le imitaré, y en lo sucesivo esconderé mis corbatas entre las hojas de los Acta sanctorum.

Mientras yo discurría dando voces Teresa buscaba en silencio. Oí llamar a la puerta.

—Teresa —le dije—, ¡qué llaman! Déme la corbata y vaya a abrir, o mejor dicho, vaya a abrir y luego me dará la corbata; pero no se quede ahí, se lo suplico, entre la cómoda y la puerta, igual que un asno entre dos piensos.

Teresa avanzó hacia la puerta como hacia el enemigo. Mi excelente criada es de día en día menos hospitalaria; toda persona forastera la parece sospechosa, y supone que su prevención se funda en su experiencia y conocimiento de las acciones humanas. No tuve tiempo suficiente para calcular si la misma experiencia, hecha por otro experimentador, daría el mismo resultado.

El señor Mouche me esperaba en mi despacho.

El señor Mouche tiene un color más amarillento de lo que yo suponía; lleva gafas azules, y sus pupilas se agitan debajo de las gafas como los ratones detrás de un biombo.

El señor Mouche se disculpa por haber venido a molestarme en aquel momento…; no precisa el momento, pero me figuro que quiere decir en el momento en que no tengo corbata. No es culpa mía, como ustedes comprenden. El señor Mouche no se ha enterado ni parece sentirse ofendido; sólo teme ser inoportuno. Le tranquilizo a medias. Me dice que ha ido a verme como tutor de la señorita Alexandre. Ante todo me ruega que no haga caso de las restricciones que al principio creyó conveniente poner a la autorización para visitar a la señorita Juanita en su colegio. En lo sucesivo, el establecimiento de la señorita Préfère estará abierto para mí todos los días, desde las doce hasta las cuatro. Enterado ya de lo mucho que me interesa la niña, se cree en el deber de instruirme acerca de la persona a la cual ha entregado su pupila. La señorita Préfère, a quien conoce hace mucho tiempo, es de toda su confianza. La señorita Préfère, según él, es una persona inteligente, discreta y de buenas costumbres.

—La señorita Préfère —me dijo— es mujer muy sistemática. Y en los tiempos que corremos difícilmente se halla una persona de tales condiciones. Todo ha cambiado mucho; esta época es peor que las precedentes.

—Y si no, que lo diga mi escalera, caballero —respondí—; hace veinticinco años se dejaba subir lo más cómodamente posible, y ahora me corta la respiración y me fatiga las piernas desde los primeros escalones. Se ha echado a perder. También los libros y los periódicos en otro tiempo se dejaban devorar fácilmente a la luz de la luna, y hoy a la luz del sol se burlan de mi curiosidad; cuando no llevo mis gafas me ofrecen sólo una confusa mezcla de blanco y negro. La gota me roe las piernas; es otra de las bellaquerías del tiempo.

—No es eso lo peor —me respondió muy serio el señor Mouche—, lo verdaderamente intolerable de nuestra época es que nadie está satisfecho de su posición; desde lo más alto a lo más bajo en todas las clases sociales reina un descontento, una inquietud, un ansia de bienestar.

—¡Dios mío, caballero! —respondí—. ¿Cree usted que el ansia de bienestar es propia sólo de esta época? Los hombres nunca tuvieron gusto en ser desgraciados y trataron siempre de mejorar su situación. Ese constante esfuerzo ha producido constantes revoluciones. Continúa y continuará, ni más ni menos.

—¡Ah, caballero! —me respondió el señor Mouche—. ¡Ya se ve que vive usted entre libros y alejado de los negocios! No presencia, como yo, conflictos de intereses, luchas de dinero. Los grandes y los pequeños combaten con la misma efervescencia, entregados a una especulación desenfrenada. El espectáculo que presencio me aterra.

Yo me preguntaba si el señor Mouche habría ido a mi casa únicamente para explanar su misantropía virtuosa; pero al fin oí salir de sus labios conceptos más consoladores. El señor Mouche me presentaba a Virginia Préfère como una persona digna de respeto, de estimación, de simpatía; honradísima, capaz de sacrificarse, instruida, púdica, discreta, que sabía leer con buena entonación y aplicar vejigatorios. Entonces comprendí que acaso me pintó de manera tan desolada la corrupción universal, para que resaltaran más, por contraste, las virtudes de la maestra. Supe que el establecimiento de la calle Demours se hallaba muy acreditado, era un buen negocio y gozaba del aprecio público. El señor Mouche, para confirmar sus declaraciones, extendió su mano con guante de lana negra, y añadió en seguida:

—Estoy obligado, hasta por mi profesión, a conocer el mundo. Un notario es casi un confesor. Me he creído en el deber de darle a usted estas tranquiliza doras explicaciones en el momento en que una feliz casualidad le ha relacionado con la señorita Préfère. Sólo añadiré, para concluir, que la señorita Préfère ignora en absoluto esta diligencia mía, y que me habló de usted en términos sumamente afectuosos. Los desvirtuaría si los repitiese, y tampoco puedo repetirlos sin hacer traición a la confianza de la señorita Préfère.

—No la traicione, caballero, no la traicione. A decir verdad, nunca pude suponer que la señorita Préfère me conociera. De todos modos, puesto que tiene usted para ella el ascendiente de su antigua amistad, por la buena opinión que la merezco le rogaré que interponga su influencia en provecho de Juanita Alexandre. Me parece que trabaja demasiado; es a un tiempo discípula y maestra; se fatiga mucho. Por añadidura, creo que la recuerdan continuamente su triste situación, y las humillaciones pudieran sublevar su naturaleza generosa.

—¡Ay! —me respondió el señor Mouche—, conviene que no ignore las miserias de la vida. No venimos al mundo para divertirnos ni para imponer nuestra voluntad.

Le respondí vivamente:

—Venimos al mundo para recrearnos en el bien y en la belleza y para mantener nuestra voluntad cuando es noble, gallarda y generosa. Una educación que no ejercita las voluntades, fácilmente deprava las almas. Es preciso que el maestro fortalezca la voluntad del discípulo.

Creí comprender que el señor Mouche me juzgaba un infeliz. Con mucha calma y serenidad, replicó:

—Advierta, caballero, que debemos educar a los pobres muy cautamente, atentos a la situación humilde y de absoluta dependencia que les corresponde ocupar en el mundo. Quizá no sepa usted que Noel Alexandre murió insolvente y que su hija está educada casi de limosna.

—¡Oh! ¡Caballero! —exclamé—, no lo digamos. Decirlo es cobrarlo, y una caridad que se proclama, deja de serlo.

—El pasivo del patrimonio —prosiguió el notario— superaba enormemente al activo; pero hice algunos arreglos con los acreedores en interés de la menor.

Se ofreció a darme explicaciones detalladas y me negué a oírlas, porque me considero incapaz de comprender los negocios en general y los del señor Mouche en particular.

El notario insistió de nuevo para justificar el sistema de educación de la señorita Préfère, y coronó su razonamiento con esta frase:

—Estudiar, no es divertido.

—Estudiar es divertido —respondí—. El arte de la enseñanza estriba en saber despertar curiosidades en las inteligencias juveniles y en satisfacerlas después; la curiosidad sólo es poderosa y sana entre los seres dichosos. Los conocimientos que se inculcan a la fuerza, ahogan y entorpecen. Para digerir los conocimientos hay que tragarlos con apetito. Si yo dirigiera la educación de Juanita, procuraría que brillase, no por su mucha ciencia, pues la quiero bien, sino por un espíritu inteligente, una vida intensa en la cual todas las bellezas de la Naturaleza y del arte se reflejaran con suave resplandor. Procuraría que sintiera el encanto de los hermosos paisajes, de las escenas ideales, de la poesía, de la historia, y que se conmoviera noblemente con la música. Trataría de que la resultase agradable todo cuanto a mi juicio debiera interesarla; avivaría su afición a los trabajos de aguja, escogiendo para ella tisúes, bordados y encajes; la regalaría un perro y una jaca para enseñarla a gobernar a las criaturas; la daría pájaros para que los criase, a fin de advertirla el valor de una gota de agua y de una miga de pan. Para proporcionarle una satisfacción más, me gustaría que fuese caritativa, pero alegremente. Y ya que el dolor es inevitable, puesto que la vida está llena de miserias, la enseñaría la prudencia cristiana que nos eleva por encima de todas las miserias y resiste con belleza sublime al dolor mismo. Así es como, a mi entender, debe educarse una niña.

—Respeto su opinión —respondió el señor Mouche.

Juntó sus dos guantes de lana negra, y se levantó.

—Comprenderá usted —le dije al despedirle—, que no pretendo imponer a la señorita Préfère mi sistema educativo, en absoluto incompatible con la organización de los colegios, hasta de los mejor dirigidos; le ruego solamente que la convenza de que debe procurar a Juanita menos trabajo y más recreo, evitarla humillaciones y concederla toda libertad física e intelectual que sea compatible con el reglamento de la casa.

Con una sonrisa pálida y misteriosa me aseguró el señor Mouche que tendría en cuenta mis observaciones.

Hizo un ligero saludo, y al irse me dejó sumido en un incomprensible malestar y en una turbación angustiosa. He tratado en el transcurso de mi vida a muchas gentes de todas clases; pero no se parecían en modo alguno a ese notario y a esa maestra.




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