El crimen de Sylvestre Bonnard: 024

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El crimen de Sylvestre Bonnard Anatole France



16 de agosto.


Las esperaba. Debo añadir que las esperaba con impaciencia. Animando a Teresa para que las recibiera dignamente, agoté mi arte de insinuar y de agradar. Todo es poco. Por fin llegaron. Juanita estaba deliciosa. No vale tanto como su abuela, pero advierto, por primera vez, que su fisonomía es agradable, lo cual en este mundo es muy útil a una mujer. Sonríe, y la ciudad de los libros se alegra con su sonrisa.

Observé a Teresa, deseoso de averiguar si sus rigores de viejo guardián se suavizarían en presencia de la criatura. La vi fijar en Juanita sus ojos humedecidos, toda la expresión de su rostro arrugado y piltrafoso, de su barbilla puntiaguda como la de una hada vieja y temible. Y no hubo más.

La señorita Préfère vestida de azul, avanzaba, retrocedía, brincaba, trotaba, gritaba, suspiraba, bajaba los ojos, alzaba los ojos, se deshacía en atenciones, se mostraba decidida, se mostraba tímida, volvía a decidirse, volvía a intimidarse, hacía una reverencia… En resumen: no paraba un instante.

—¡Cuántos libros! —exclamó—. ¿Los ha leído usted todos, señor Bonnard?

Desgraciadamente —respondí—. Por lo cual no sé nada, pues ninguno de esos libros deja de desmentir al otro; de manera que, una vez conocido lo que dicen todos no se sabe qué pensar. ¡Ésta es mi situación, señora!

De pronto llamó a Juanita para comunicarle sus impresiones; pero la niña estaba en el balcón.

—¡Qué gusto! —nos dijo—. Me alegra ver correr el agua del río. ¡Hace pensar en tantas cosas!

Al quitarse la señorita Préfère el sombrero, dejó ver sobre la frente sus bucles rubios; mi criada retiró con brusquedad aquel sombrero y dijo que no era decoroso esparcir los pingajos sobre los muebles. Después se acercó a Juanita, y al preguntarla si quería quitarse la manteleta y el sombrero, la llamó afectuosamente su señorita. La niña se los entregó a Teresa, y un busto encantador y un talle perfecto destacaron gallardamente sus contornos sobre el cuadro luminoso del balcón. Entonces yo hubiera querido que la contemplase alguien más que una criada vieja, una maestra de escuela rizada como un borrego y un infeliz archivero paleógrafo.

—¿Mira usted el Sena? —le dije—. Brilla mucho al sol.

—Sí —respondió—. Parece una llama que se desliza. Pero vea usted a lo lejos cuánta frescura extiende, cómo refleja los sauces de sus orillas, que le dan sombra. Aquel rinconcito me atrae.

—Vaya —respondí—, veo que siente los encantos del río. ¿Qué diría usted si, con el beneplácito de la señorita Préfère, fuéramos a Saint-Cloud en una lancha de vapor que seguramente hallaríamos en el Puente Real?

Mi proyecto alegró mucho a Juanita, y la señorita Préfère mostróse desde luego resuelta a toda clase de sacrificios; pero mi criada quería saber algo más, y me condujo cautamente hasta el comedor, adónde yo la seguí tembloroso.

—Señor —me dijo cuando estuvimos solos—, nunca se le ocurre a usted nada, y yo he de pensar en todo. Felizmente, tengo buena memoria.

No creí oportuno desvanecer aquella ilusión temeraria. Ella prosiguió:

—¿De modo que se iba usted sin decirme antes lo que le gusta a la señorita? Usted es muy difícil de contentar, señor, pero al menos sabe distinguir lo bueno. No sucede lo mismo con las personas de pocos años, que no aprecian los primores de la cocina. A veces, lo mejor es lo que menos les deleita y lo peor les parece delicioso, porque no tienen aún el paladar educado; y no sabe una cómo acertar. Dígame si a la señorita la gustan los pichones con guisantes, y las croquetas.

—Mi buena Teresa, guise lo que usted crea más conveniente, y de seguro estará todo bien. Estas señoras se contentarán con nuestro modesto diario.

Teresa respondió secamente:

—Señor, me refiero a mi señorita: no es justo que se marche de casa sin haber disfrutado algo. En cuanto a la vieja rizada, si mis guisos no la gustan que se chupe los dedos; poco me importa.

Volví rebosante de satisfacción a la ciudad de los libros donde la señorita Préfère hacía ganchillo con tanta tranquilidad como si estuviera en su casa. Yo mismo llegué a pensarlo también. Ocupaba poco sitio, es cierto, junto al balcón, pero había elegido tan acertadamente su silla y su taburete, que aquellos muebles parecían estar hechos para ella.

Por el contrario, Juanita dirigía a los libros y a los cuadros una mirada que casi era un afectuoso adiós.

—Tome usted —le dije—, hojee, para entretenerse, un libro que no dejará de agradarle, porque hay en él estampas muy bonitas.

Y abrí ante ella la colección de trajes de Vecellio, no la vulgar copia pobremente ejecutada por artistas modernos, sino un magnífico y venerable ejemplar de la edición primera, tan noble como las nobles damas que figuran en sus páginas amarillentas y embellecidas por la pátina del tiempo.

Mientras hojeaba los grabados con ingenua curiosidad, me dijo:

—Hablábamos de dar un paseo, y usted me ofrece hacer un viaje, un viaje muy largo.

—Pues bien, señorita —repuse—; lo primero es ponerse en condiciones de realizar cómodamente ese viaje. Está usted sentada en el filo de la silla que sólo tiene una pata apoyada en el suelo. Siéntese bien, apoye las cuatro patas de la silla y ponga el libro sobre la mesa.

Me obedeció sonriente, y dijo:

—Mire usted qué traje tan hermoso, señor —era el de una dogaresa—. ¡Qué noble resulta! ¡Cuántas ideas sugiere! ¡Es magnífico el lujo!

La profesora levantó de su labor una naricilla imperfecta, y adujo:

—No debe usted manifestar tales pensamientos, señorita.

—Son tan naturales como inocentes —dije—. Hay almas lujosas que tienen el gusto innato de la magnificencia.

La naricilla imperfecta bajóse de pronto.

—A la señorita Préfère también le gusta el lujo —dijo la niña—; recorta pantallas de papel transparente para los quinqués. Es un lujo económico, pero es un lujo.

De nuevo nos interesó Venecia, y mientras admirábamos a una patricia con dalmática bordada, sonó la campanilla. Creí que sería cualquier muchacho con su cesta, pero la puerta de la ciudad de los libros se abrió y… ¿Deseabas, Silvestre Bonnard, que otros ojos distintos de los tuyos apagados y con gafas, vieran a tu protegida? Tus deseos se realizan de un modo inesperado, y como al imprudente Teseo, una voz te dice:


Temed, señor, que el implacable cielo
en castigo realice vuestro anhelo.


Abrióse la puerta de la ciudad de los libros y apareció un gallardo mozo introducido por Teresa. Mi pobre criada, alma sencilla, sólo sabe abrir o cerrar la puerta a las personas; no concibe las delicadezas de la antesala al salón; no entra en sus propósitos anunciar ni hacer esperar; da con la puerta en las narices a las visitas o las introduce donde yo me hallo sin preparación alguna.

Ya tenemos al galán metido entre nosotros, y no sería correcto hacerle salir y encerrarlo en seguida en la habitación inmediata como a una fiera peligrosa. Espero que se explique y lo hace sin apurarse, pero me parece que ha reparado en la niña, que hojea el ejemplar de Vecellio inclinada sobre la mesa. Me fijo en la fisonomía del mozo y, o mucho me engaño o le vi en otra parte. Se llama Gelis. Ese nombre lo he oído yo no sé dónde. El caso es que el señor Gelis tiene muy buena figura. Según me dice, estudia el tercer año en la Escuela de Diplomática, y desde hace quince o diez y ocho meses prepara su tesis del grado, cuyo asunto es El estado de las abadías benedictinas en 1700. Ha leído mis trabajos acerca del Monasticón y está convencido de que no podrá terminar su estudio sin mis consejos, en primer lugar, y sin cierto manuscrito que yo poseo: el diario de gastos de la abadía de Citeaux desde 1638 hasta 1704.

Después de ilustrarme acerca del asunto, me entrega una carta de recomendación firmada por uno de mis colegas más ilustres.

¡Enhorabuena! Comprendo al fin. El señor Gelis es el mozo que un año antes me trató de imbécil a la sombra de los castaños. Al desdoblar su carta de presentación, reflexionó:

«¡Ah, infeliz! Estás muy lejos de sospechar que no ignoro lo que piensas de mí… o al menos lo que pensabas aquel día, porque los jóvenes son muy casquivanos. Te hallas en mi poder, joven imprudente; has caído en las garras del león, pero de un modo tan inesperado, que el león, sorprendido, no sabe qué hacer de su presa. ¿Acaso tú, viejo león, serás verdaderamente un imbécil? Si no lo eres, lo fuiste. Fuiste un imbécil por haber puesto atención en lo que decía el señor Gelis al pie de la estatua de Margarita de Valois; dos veces imbécil por haberle oído; y tres veces imbécil por retener en la memoria lo que valiera más no escuchar».

Cuando hube amonestado así al viejo león, le exhorté para que se mostrara clemente; no se hizo rogar mucho, y de pronto se sintió tan satisfecho que hubo de contenerse para no lanzar gozosos rugidos.

En mi manera de leer la carta de mi colega pudieron juzgarme poco inteligente en lecturas. Tardé mucho, y el señor Gelis hubiera tenido tiempo de aburrirse, pero contemplaba a Juanita mientras aguardaba sin impaciencia; Juanita volvía de vez en cuando la cabeza hacia nosotros. No es posible permanecer inmóvil, ¿verdad?

La señorita Préfère se arreglaba los bucles y agitaban su pecho débiles suspiros. He de advertir que algunos de aquellos suspiros iban dirigidos a mí.

—Señor mío —dije mientras doblaba la carta—, me place serle útil. Las investigaciones que le ocupan también me interesaron vivamente. Hice lo que pude. Sé, como usted, y acaso mejor que usted, que aún queda mucho por hacer. Pongo a su disposición el manuscrito que me pide; puede usted llevárselo, pero no es de los menos voluminosos, y temo…

—¡Ah, señor! —dijo Gelis—, los libros no me asustan por muy voluminosos que sean.

Rogué al joven que me aguardara, y fuime a un aposento inmediato para buscar el manuscrito, que al pronto no apareció. Desesperaba ya de encontrarlo cuando advertí, en ciertos indicios seguros, que mi criada había hecho limpieza. Aquel manuscrito era tan voluminoso que Teresa no pudo extraviarlo por completo. Lo descubrí, lo levanté con trabajo, y tuve la satisfacción de sentir su considerable peso.

«Aguarda, muchacho —le dije con una sonrisa que debió ser muy sarcástica—. Para abrumarte fatigaré primero tus brazos y después tu cerebro. Ésta es la venganza inicial de Silvestre Bonnard. Más adelante, ya veremos».

Cuando entré en la ciudad de los libros oí que el señor Gelis decía a Juanita:

—Las venecianas empapaban sus cabellos en un tinte rubio; usaron el rubio de oro y el rubio de miel; pero hay cabellos cuyo color natural es mucho más bonito que el de la miel y el del oro.

Juanita respondió con un silencio reflexivo y amable. Adiviné que se trataba del bribón de Vecellio, y que inclinados sobre el libro habían mirado juntos a la dogaresa y a las patricias.

Al mostrar aquel enorme volumen pensé que Gelis pondría mal gesto. Era la carga de un mazo de cordel; yo tenía ya los brazos doloridos, pero el joven, sonriente, lo cogió como una pluma y se lo puso debajo del brazo. Luego me dio las gracias con esa concisión que tanto me place, me repitió que necesitaría de mis consejos; y después de preguntarme cuándo podríamos tener una segunda entrevista, nos saludó a todos y se fue con desenvoltura gallarda.

Yo dije:

—Es un mozo muy agradable.

Juanita volvió algunas páginas del Vecellio, sin responder nada. Luego fuimos a Saint-Cloud.



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